I
En una mañana de finales de mayo, Lady Sandgate entró en su salón de estar por la puerta que quedaba a la derecha si uno accedía a esta encantadora pieza desde la parte de la casa que daba a Bruton Street. Se encontró con el señor Gotch, su mayordomo, quien acababa de aparecer en la puerta mucho más ancha que comunicaba el salón con una estancia igual de espaciosa, cuya iluminación provenía de la parte trasera de la casa y que tenía acceso independiente a los pisos superiores e inferiores. Se mostró sorprendida de no ver de inmediato al visitante que le había sido anunciado.
—¿Y el señor Crimble...?
—Aquí está, señora. —Gotch dio paso al joven, quien entró desde la sala de atrás, e hizo lo indicado retirándose enseguida.
—Me he asomado un instante con el permiso de su criado —explicó Hugh— para ver su famoso Lawrence. Ha sido maravilloso; él ha tenido incluso la amabilidad de proporcionarme la iluminación adecuada. —El atuendo del joven era menos casual que el que había llevado en su visita a Dedborough; no obstante, su máximo sacrificio al mundo de las vanas apariencias lo representaba el suave sombrero de fieltro que estrujaba algo nervioso mientras hablaba.
La premura de Hugh por ver el cuadro despertó al instante la curiosidad de Lady Sandgate.
—Gotch aprecia a mi bisabuela tanto como yo, hasta el punto de que ha terminado, por lo visto, confundiéndola con la suya propia.
—En cualquier caso se nota claramente por su belleza que usted es de su mismo linaje —se permitió el gusto de responder Hugh, no sin cierta desenvoltura—, y no debo dejar de echarle otro vistazo en cuanto tenga tiempo.
Las esperanzas de su anfitriona se vieron al parecer menguadas al escucharlo.
—¿De modo que no ha venido usted por mi querida bisabuela? —Y al comprobar que no era éste, evidentemente, sino otro muy distinto, el motivo de su visita, añadió—: ¡A juzgar por el interés que enseguida mostró usted, pensé que seguramente alguien querría quedarse con ella...! —Su voz se quebró en un suspiro anhelante.
—¿Supuso usted que me enviaba uno de esos coleccionistas que andan al acecho? —preguntó Hugh—. Ah, jamás trabajaré para uno de ellos... a no ser para traicionarle; ¡no me importaría en absoluto hacerlo! Para serle sincero, he venido a esta hora tan temprana para pedirle que me permita ver un momento a Lady Grace, con quien deseo tratar un asunto particular, si ella es tan amable de prestarme su tiempo...
—¿Se enteró entonces de que ella estaba conmigo?
—Sabía que había venido aquí nada más abandonar Dedborough —explicó Hugh—, que no había querido ir a casa de su hermana, y que Lord Theign se había marchado o estaba a punto de marcharse al extranjero.
—¿Y sabía usted todo eso después de haberla tratado tan sólo durante las últimas tres o cuatro semanas?
—Apenas he coincidido con ella dos o tres veces: en una inauguración privada, en el vestíbulo de la ópera, en ocasiones así. ¿Pero no se lo ha contado ella?
Lady Sandgate no quiso afirmarlo ni negarlo; se limitó a mostrarle su agudeza algo aparatosa:
—Quería ver cuánto estaba dispuesto a contarme usted. —Hizo una pausa, como si esperara que él le fuese a contar algo más, pero al ver que no era así prosiguió—: ¿Y coincidieron otra vez en una cena?
—Sí, ¡pero por desgracia no estuve cerca de ella!
—¿Y dice que en una inauguración privada? Entonces debió de estar muy cerca de ella, porque la gente suele estar muy apretada en ese tipo de actos.
Estas palabras estimularon el buen humor del joven.
—Sí, ¡la gente estaba muy apretada!
—¿Y otra vez en el vestíbulo de la ópera? —prosiguió su anfitriona.
—Después del Tristán, en efecto; pero con gente muy distinguida que yo no conocía de nada.
Lady Sandgate valoró el grado de distinción de aquella gente:
—Oh, ¡los Penniman no son nadie! ¿Pero ahora está usted aquí, dice, por un asunto de negocios?
—Un asunto de la mayor importancia, sí, lo que explica el que haya venido a esta hora y con este aspecto.
—No le pido que me dé muchas explicaciones —dijo amable Lady Sandgate—, pero no puedo evitar preguntarme si no le habrá contado a usted lo sucedido.
Hugh dio vueltas en la cabeza a estas palabras, preguntándose a qué se podía referir.
—No ha tenido ocasión de contarme nada... excepto que pensaba venir aquí.
—¿Sin precisar el porqué?
—¿El porqué? —repitió Hugh.
Lady Sandgate desistió de seguir por ese camino y decidió abordar el asunto de forma más directa:
—Ha venido porque soy su vieja y fiel amiga. Está aquí al cuidado mío y bajo mi protección.
—Entiendo. —Interpretó sus palabras, con agudeza y sin demasiado agrado, como una insinuación dirigida a él—. Le hace a usted estar en guardia.
Lady Sandagate lo expresó con más delicadeza:
—Me hace prometer que estaré pendiente de ella; su padre, al menos, me hace prometerlo.
—Pendiente de si me ve a mí o no.
—Pendiente de cuanto le pueda ocurrir.
—¿Y eso se debe, según dice usted, a que han ocurrido algunas cosas?
Lady Sandgate trató de sondearle.
—¿Sólo han hablado de arte cuando se han encontrado?
—Bueno —dijo sonriendo Hugh—, ¡el arte es largo!
—¡Entonces confío en que le ayude a usted siempre! Pero debe saber que espero en breve la llegada de Lord Theign...
—¿Ha regresado ya del extranjero? —Hugh estaba muy alerta.
—Aún no se ha marchado, va a pasar por aquí esta mañana antes de emprender viaje.
—¿Se detiene aquí de camino?
—Esta tarde va a tomar el train de luxe con destino a Salsomaggiore, allí acude todos los años. Pero va a andar tan escaso de tiempo —prosiguió para tranquilidad de Hugh— que, para simplificar las cosas, y según dice el telegrama que me ha enviado hace una hora desde Dedborough, se ha citado aquí con el señor Bender, que bajo ningún concepto debe irse sin verle.
—¿Y que va a llegar de un momento a otro?
Lady Sandgate miró su reloj de pulsera.
—Dudo que antes del mediodía. De modo que va a tener usted su oportunidad...
—¡Gracias a Dios! —Hugh estaba decidido a aprovecharla—. Aun así me resultaría todo más fácil si usted tuviese la amabilidad de contarme primero...bueno —vaciló—, aquello a lo que aludió antes y que tanto me intranquilizó; lo que ha ocurrido.
Lady Sandgate se tomó su tiempo; sin embargo terminaron por imponerse su buen carácter y otros atributos.
—¿No ha sospechado usted siquiera que Lady Grace ha sufrido la reprobación más severa por parte de su padre?
—Sí, ya lo he supuesto; que Lady Grace debe de haberle disgustado mucho. ¿Pero no se debe eso a haberme ella pedido que actúe en nombre suyo? Quiero decir con respecto al Mantovano... Y lo cierto es que ya lo he hecho.
Lady Sandgate se quedó pensativa.
—¿Ha actuado?
—Eso es lo que he venido a anunciarle, y estoy muy impaciente por hacerlo.
—Ya entiendo. —Había captado una pista—. En efecto, a él le saca de quicio ese asunto... ¿Pero no ha caído usted en la cuenta del otro efecto que ha provocado su visita de una hora a Dedborough? —le preguntó. Mientras hablaba comprendió, sin embargo, que su intuición había fallado, pero no quiso confesárselo—. Apenas se hubo marchado usted rechazó a Lord John. Quiero decir que declinó su oferta de matrimonio.
Era evidente que Hugh estaba ante todo perplejo.
—¿Le pidió la mano allí mismo?
—Él ya había hablado ese mismo día, antes de la conversación que mantuvo usted con Lord Theign, quien estaba seguro de que ella lo aceptaría. Pero entonces llegó usted, señor Crimble, y nada más marcharse, cuando el pretendiente de Lady Grace regresó para saber cuál era su respuesta...
—¿No quiso aceptarlo? —preguntó Hugh con interés acuciante.
Pero Lady Sandgate era capaz de satisfacer casi cualquier curiosidad.
—No quiso hacerle ni caso.
Hugh reflexionó unos instantes.
—¿Pero había dicho que lo haría?
—Eso cree su padre, y está indignado.
—¿Ése es el motivo de su indignación?
—Tenía razones para confiar en ella, de modo que el asunto ha provocado una crisis muy desagradable.
Hugh Crimble rumió las palabras de Lady Sandgate: andaba al parecer buscando en ellas algo demasiado inaprensible.
—Lamento saberlo, ¿pero qué relación guarda todo esto conmigo?
—Ah, ¡si usted, que debería saberlo mejor que nadie, es incapaz de ver ninguna...! —En ese caso, pareció indicar con un gesto Lady Sandgate, ella se lavaba las manos del asunto.
Hugh ofreció por un momento el aire de un joven al que se le hubiese brindado la deliciosa oportunidad de resolver un acertijo. No obstante, desistió de ello.
—Le aseguro, Lady Sandgate, que no veo ninguna. Pero le estoy de veras agradecido por habérmelo contado —dijo él de forma un poco incongruente.
—¡No hay nada que agradecerme! De todos modos creo que ha sido amable de mi parte —dijo sonriente ella— el contárselo a usted pese a conocerle desde hace tan poco. —Y añadió con aire más serio—: Le he expuesto la situación; ahora haga lo que le parezca oportuno. Pero querría que supiese que estoy en todo caso de parte de Grace.
—¡Si yo también lo estoy! Permita que se lo diga con franqueza.
Estas palabras vivificaron claramente a Lady Sandgate, quien casi se sintió cautivada por Hugh.
—¡Eso es lo menos que puede decir! Aun así no estoy segura de si al decirlo se revela usted como el más simple o el más perspicaz de los hombres. Pero en caso de que no sepa, como yo, lo poco que el pretendiente en cuestión...
—¿Merecía tener éxito con ella? —le interrumpió Hugh, demostrando al menos en ese momento una inteligencia pronta—. No, quizá no sepa tanto como usted al respecto, pero creo saber cuanto me es preciso por ahora.
—¿Lo ve? Si usted efectivamente evitó —prosiguió su anfitriona— lo que no hubiera sido conveniente ni deseable, entonces también estoy de su parte.
Nuestro joven amigo pareció advertir una sombra de ambigüedad en este comentario, pero quiso aferrarse a algún significado más o menos explícito.
—¿Está usted conmigo en mi empeño por defender, por muy grande que sea el esfuerzo o el talento necesario para ello...
—¿El valioso cuadro que Lord Theign está poniendo en peligro? —Lady Sandgate fue más ágil al captar el presumible sentido de las palabras de Hugh de lo que éste se había mostrado a la hora de interpretar las suyas—. Bueno, ¿sabrá usted guardar en secreto todo cuanto le he dicho y le voy a decir?
—¡Hasta la muerte, Lady Sandgate!
—Entonces —dijo solemne— le diré que yo también estoy interesada en pararle los pies a Bender. Si me pregunta —prosiguió— como consigo conciliar eso con mi profunda lealtad a Lord Theign...
—Yo no le pregunto nada semejante —le cortó Hugh—, jamás se me ocurriría preguntárselo; y mi brillante plan para lograr el objetivo que usted ha mencionado...
—Va a tener el tiempo justo —dijo ella mirando una vez más su reloj de pulsera— para explicárselo a Lady Grace. —Extendió la mano para pulsar un timbre y luego, al dirigirse de nuevo a Hugh, varió su tono de forma brusca y algo vergonzante—: Mi gran retrato le parece espléndido, ¿no es así?
Hugh se había apartado demasiado del tema y ahora volvía a él con desgana.
—¿El Lawrence que tiene allí? Magnífico, como ya he dicho.
Le interrumpió el mayordomo, que venía derecho desde el vestíbulo, y a quien Lady Sandgate hizo saber lo que quería:
—Comuníquele a Lady Grace que ha llegado el señor Crimble.
Gotch miró con severidad a Hugh, su arrugado sombrero... casi como si tuviera otra alternativa que obedecer a su ama. Pero se resignó a repetir «El señor Crimble» con una nitidez y precisión que rozaron la socarronería, y acto seguido se marchó a transmitir el recado.
Entretanto Lady Sandgate no había cejado en el súbito afán de ejercitar su pericia diplomática.
—¿No podría usted valerse de su inmensa astucia y fuerza de convicción para conseguir que el gobierno hiciese algo?
—¿Con respecto a su cuadro? —Hugh manifestó en este punto una indiferencia burda—. ¿Entonces usted también quiere vender?
Lady Sandgate quiso matizar su postura.
—¡Sí, pero jamás a un comprador privado!
—¿Y no anda detrás de él el señor Bender? —preguntó Hugh, sin que su sonrisa forzada consiguiera atenuar la impresión de que se interesaba con suma desgana por el asunto.
—Ya lo creo que anda detrás de él. ¡Pero jamás se lo vendería a un extranjero engreído! —exclamó la propietaria del cuadro.
—Aplaudo su patriotismo. ¿Pero por qué no lleva su nobleza un poco más lejos y nos da a todos un ejemplo tan maravilloso como el propio cuadro?
—¿Entregárselo a usted a cambio de nada? —Levantó las manos, escandalizada—. Soy una mujer mayor que no tiene un penique; no puedo permitirme hacer sacrificios así como así.
Hugh fingió reflexionar, aunque sin demasiado éxito.
—¿Está dispuesta a vendérselo barato al gobierno?
—Sí... por menos de lo que ofrecería un tipo como Bender.
—Ah... —dijo con vivacidad Hugh—, eso es posible, pero aun así...
—Bueno, voy a averiguar cuánto ofrece él —dijo Lady Sandgate con súbita determinación— mientras usted, por su parte, hace lo que esté en su mano... y luego les pediré un tercio menos. —Y dando de repente la impresión de tener a Hugh por una persona demasiado quisquillosa, prosiguió—: Ya ve, señor Crimble, lo generosa que he sido con usted, siendo ésta la primera vez que nos encontramos.
—Lo ha sido, en efecto —respondió Hugh—, pero la posibilidad de que no le haya guiado más que su interés por este otro asunto proyecta una luz lívida sobre su generosidad.
—Lo he hecho así... bueno, para mantener el control de la situación. Puesto que le he aportado información muy valiosa, ¿no podría usted por su parte...?
—¿Estimar su valor al contado? —dijo de forma cortante Hugh—. Ah, Lady Sandgate, estoy en deuda con usted, pero si lo que de verdad está haciendo ahora es convertir su valiosa información en objeto de negociación, digamos que no me agrada mucho tenerla.
Lady Sandgate respondió indicándole con un gesto que guardara silencio: había oído a Lady Grace entrar en la estancia contigua desde el rellano trasero. Mientras se encaminaba hacia la puerta más próxima desechó el asunto con alegre resolución:
—¡No negociaré con el Tesoro! —Ya había desaparecido cuando llegó Lady Grace.