I
Hugh Crimble aguardaba de nuevo —esta vez por la tarde— en el salón de estar de la mansión de Bruton Street. Andaba moviéndose nervioso de un sitio a otro, mirando las cosas sin verlas; lo único que pareció mirar, lo único que pareció contemplar atentamente, fue su rostro y su aspecto general en el momento de detenerse ante un espejo alargado que colgaba entre dos ventanas. Tras realizar este breve y acaso no del todo gratificante examen se volvió, y en ese preciso instante apareció Lady Grace (Hugh había pedido que le anunciaran su llegada) en la puerta de la otra sala. No hubo entonces ningún intercambio inmediato de palabras entre los dos jóvenes; el suyo fue un diálogo mudo, en el que cada uno, inmóvil, tanteaba el silencio del otro, tratando de adivinar si podía hablarle con entera confianza. Hugh fue al parecer el primero en experimentar cierta tranquilidad en ese sentido, si bien quiso saber de inmediato hasta qué punto estaba justificada.
—¿He hecho bien, Lady Grace? ¿He hecho bien, quiero decir, en venir después de varios días sin tener noticias, sin saber nada de usted, y lo que es tal vez estúpido de mi parte, sin tratar de averiguar nada? —Y mientras ella permanecía con la mirada fija en él y sin pronunciar palabra, debido tan sólo, imaginamos, a la tensión emocional, Hugh prosiguió—: Y si he hecho mal, permítame decirle que no me importa, sencillamente porque, sean cuales sean los nuevos problemas que seguramente le he ocasionado por el hecho de verla aquí hace dos semanas, hay algo que hace hoy demasiado angustiosas mis dudas y mis temores, y me lleva a sentirme incapaz de soportar más tiempo la incertidumbre, el no poder disiparlos.
La joven se acercó. Si su rostro grave reflejaba cierta lástima, todavía evitaba, en cambio, mostrar miedo.
—¿De qué incertidumbre está hablando? ¿La que le provoca no contar aún con el otro dictamen?
—Ah, eso me preocupa, sí, y tanto más cuanto que ahora... —Dejó sin embargo el tema—: ¡Ya se lo contaré dentro de un momento! Lo que me ha venido de veras atormentando todo este tiempo ha sido el no saber en qué clase de complicaciones se ha visto envuelta a raíz de aquel último encuentro que tuvimos aquí con su padre, y al mismo tiempo el comprender que si trataba, al no saber nada de usted, de volver a verla, aunque fuera de forma discreta, quizá estaría empeorando las cosas, lo que me importaba mucho evitar. No he sabido nada durante todo este tiempo —prosiguió—, y no me ha parecido conveniente que usted supiese de mí, de modo que ahora, después de que la necesidad personal de verla a cualquier precio me haya llevado una vez más a presentarme aquí tan de improviso, ignoro qué es más importante para mí, si el deseo o el temor de escuchar las noticias que pueda usted darme.
Al tiempo que observaba y escuchaba a Hugh, Lady Grace parecía estar considerando las distintas formas que tenía de responder a sus palabras; sin embargo quiso postergar su respuesta con un gesto apaciguador y lleno de autoridad, el cual indicaba el valor que atribuía al asunto prioritario, el que obligaba a dejar momentáneamente de lado todo lo demás.
—Antes que nada, ¿tiene ya noticias de Bardi?
—Precisamente por tenerlas es por lo que he venido derecho a verla una vez más; recuerde que ya he dado muestras anteriormente de mi tendencia a acudir a usted en momentos de crisis. Bardi, el buen hombre, ha venido, tal como yo esperaba —dijo Hugh—; acabo de recibirlo en la estación y a las cinco iré a recogerlo al hotel de Clifford Street donde se hospeda. Esta mañana, de camino hacia aquí desde Dover se detuvo, para mi exasperación, a degustar, como él dijo, Canterbury. He dejado que se dé un baño y se cambie de ropa y tome algo de té, y más tarde le llevaré volando a Bond Street, donde llevará a cabo el primer examen del cuadro; un examen que será rápido y sagaz e impecable, y que iluminará como una linterna... bueno —dijo el joven, concluyendo de forma tan elegante como concisa—, el asunto en toda su extensión.
El esfuerzo por comprenderlo todo la dejó jadeante.
—¿Se refiere a la cuestión de si los dos retratos son del mismo modelo?
—Exactamente. Siendo cada vez mejores las perspectivas de que se confirme su autenticidad, creo —y al decirlo resplandeció Hugh en medio de su pesadumbre— que podemos postrarnos ya en adoración ante el último Mantovano que quedaba por descubrir en el mundo.
Sobre esta suposición, que la amiga de Hugh a todas luces ansiaba que fuera cierta, se cernía sin embargo una nube, según advirtió Lady Grace tras apartar los ojos de él.
—¡Si es que no falla la linterna, claro!
—Si es que no falla la linterna, ¡demonio! —El recuerdo de experiencias pasadas le hizo explayarse un poco—: ¡Así que ahora entiende mi nerviosismo!
Lady Grace le miró de nuevo como si comprendiese la situación con demasiada claridad como para desperdiciar palabras.
—Mientras usted, por supuesto, no pierde de vista el nerviosismo del señor Bender.
—Sí, mientras yo no pierdo de vista el nerviosismo del señor Bender, aunque él no sabe que Bardi anda por aquí.
—De todos modos —dijo la joven con su lucidez acostumbrada—, si la linterna efectivamente se rompe ahora...
—¿La visión de Bender será la primera en notarlo? —Hugh había adoptado al instante la idea, pero sólo para añadir a continuación—: Lo sería seguramente, de no ser porque él ahora lleva gafas, por así decirlo; el dichoso dictamen adverso de Pappendick le ha obligado a llevarlas sujetas con demasiada firmeza a la nariz. —Pero entonces se acordó de inmediato—: Ah, claro, en estos días tan tristes no ha estado usted al corriente de la visita de Pappendick. Después de recibir aquel telegrama suyo desde Verona le envié yo otro retándole...
—¿Y eso le hizo venir? —exclamó ella.
—A fin de hacer lo honesto, en efecto, y esto lo digo para ser justo con él; quiso confirmar el recuerdo que tenía de nuestro cuadro para convencerse del todo.
—¿Y eso sólo sirvió para que se ratificara en lo que había dicho en el telegrama?
—Para que declarase, por desgracia, que nuestro cuadro es un puro Moretto, y para que lo hiciera, además, con todo el peso de su autoridad, ante el propio Bender, quien, naturalmente, no había querido dejar de verlo.
—¿Y a raíz de eso Bender se ha olvidado por completo del asunto? —preguntó Lady Grace.
La pregunta permitió a Hugh exhibir su humor incisivo:
—Verá, Lady Grace: Bender, en virtud de la ley misma de su ser, jamás se olvida por completo de un asunto —¡ni tampoco le gusta enredarse del todo en él!—. Vive entre cielo y tierra, como la luna, proyectando su luz plateada sobre el mundo; nunca desaparece por completo, pero tampoco llega a estar nunca allí del todo salvo en momentos preciosos. Admito que estaría en peligro de sufrir un eclipse —prosiguió Hugh— si comprendiese de pronto que la cuestión estaba cerrada. Pero felizmente la prensa, que es un puro gozo celestial y está haciendo ahora un papel soberbio, se encarga de mantenerla tan abierta como Piccadilly.
—Lo que aumenta sin embargo el peligro de que se lleve algo —dijo con agudeza Lady Grace.
—Ah, ¡sobre todo por lo vergonzosa que resultaría una capitulación! Reconozco, desde luego, que cuando uno se pasa la vida aguardando con avidez a ver por dónde salta la liebre, lo único que le importa es que el animal esté en la línea de tiro en el momento justo, cuando se produce la señal. ¡Y ése es el lugar exacto donde nos encontramos! —dijo riendo.
Lady Grace miró a su alrededor como si examinara de forma perspicaz ese lugar.
—¿Quiere decir que su extraordinaria idea ha funcionado, y que el alboroto ha sido tan formidable que parece que haya llegado hasta aquí?
—Más de lo que nunca me había atrevido a imaginar —respondió Hugh—; la mejor prueba está en la gente que acude en masa todos los días a ver el cuadro. Debemos preservarlo a toda costa, la nación debe agarrarlo con fuerza y no soltarlo, ése es el grito que resuena en todas partes. Las diez cartas al director diarias en los periódicos marcan el compás, aparte del fantástico editorial cada tres días, por no hablar de las conversaciones encendidas que uno no para de escuchar, algunas de ellas terriblemente destempladas, pero en cualquier caso, todo eso es como el viento que empuja nuestras velas.
—Supongo que es el mismo viento que me empujó hasta el sitio ése para que pudiera ver el cuadro bajo una nueva luz —dijo Lady Grace—. Pero no pude quedarme... ¡porque me entraron ganas de llorar!
—Ah, quienes rían los últimos reirán mejor, ¡y ésos seremos nosotros! —Hugh quiso, para confortarla, abundar en su particular visión del asunto—. Y entretanto, la extraña mirada del hombre del cuadro ¿no parece estar suplicando? Las mujeres, benditas sean, lo adoran, no lo quieren soltar, y se habla ya de una liga femenina de protesta... Todo esto mantiene alto el ruido.
—La pobre Amy y yo constituimos ya una liga femenina —bromeó triste la joven—, ya que nos hemos suscrito al Journal sin importarnos el precio.
—Oh, entonces ya lo tienen casi todos... porque supongo —añadió Hugh tras vacilar brevemente— que el propio Lord Theign no anda languideciendo por falta de noticias.
—¿Noticias de los periódicos... en el remoto Salsomaggiore? Desde luego; no me cabe ninguna duda de que no le ahorran ni las peores —dijo Lady Grace—, ni de que eso entorpece su cura.
A Hugh le sorprendió mucho el que no estuviera en condiciones de afirmarlo con certeza.
—¿Entonces no le llegan a usted —si me permite preguntárselo— noticias suyas?
—¿A mí? Jamás.
—¿Él no le escribe a usted? —se permitió insistir Hugh.
—No me escribe. Y yo tampoco le escribo a él.
—¿Y Lady Sandgate?
—¿Que si le escribe ella?
—¿Tiene ella noticias suyas? —dijo el joven, juzgando al parecer algo evasiva la otra forma de la pregunta.
—Le he pedido que no me cuente nada —respondió su amiga—, en el caso, esto es, de que el siga sin ceder en su actitud.
—Y puesto que ella no le cuenta a usted nada —Hugh tenía clara la inferencia— hay que suponer que el no ha cedido, por supuesto. —Y en tono casi admonitorio, mientras sus ojos la escrutaban, añadió—: En todo caso, la situación de usted no es nada buena.
Lady Grace lo reconoció al cabo de un instante, pero como si en cierto modo la complaciera:
—Mi situación no es nada buena.
Una mezcla de impaciencia y contrición llevaron a Hugh a adoptar un tono vehemente:
—¿Y he sido yo quien, de la forma más torpe, ha hecho que sea así?
—Yo misma he hecho que sea así —dijo ella sacudiendo la cabeza con aire grave—, ¡y usted, por el contrario...! —Pero en ese momento hubo de refrenarse.
—Ah, ¡he deseado tanto ayudarla, a lo largo de este terrible período de silencio recíproco! —Y la empujó a seguir hablando: quería ir acercándose a la verdad—: ¿Le ha causado usted un disgusto irremediable?
—Sin duda, ya se lo he dicho. Pero no es a eso a lo que me refiero —explicó Lady Grace—, sino al motivo de descontento que le he dado a usted. —Y ante el desconcierto de Hugh prosiguió—: Es hora de que lo sepa —ya lo era en cuanto sucedió—; si me es difícil hablarle, como comprenderá me resultaba imposible escribirle. Pero se lo diré. —Hizo el triste —y hermoso— esfuerzo—. Lo último que hice antes de que él se marchara fue renunciar al cuadro.
—¿Quiere usted decir...? —No pudo menos de preguntase por el sentido exacto de sus palabras, hasta que finalmente cayó en la cuenta—. ¿Desistió de protestar?
—Desistí de protestar. Le dije que por mí podía hacer lo que quisiese.
El golpe hizo palidecer a su pobre amigo, quien supo, sin embargo, velar esta expresión de conmoción con una mueca alegre.
—¿Me deja usted luchando solo?
—Le dejo luchando solo.
Estas palabras lo llenaron de perplejidad. Aun así se esforzó una vez más, de forma casi heroica, por ser optimista.
—Bueno, supongo que su decisión se debió a algún nuevo motivo de índole personal.
—Sí, en efecto, surgió algo que no había previsto y con lo que tuve que enfrentarme de repente, y tuve que hacerlo rápidamente, antes de que él se marchara. De modo que mi único recurso para salir del aprieto fue hacerle aquella lamentable promesa. —Hizo una pausa mientras Hugh aguardaba a que dijera algo más—. Le di mi palabra de que no le ayudaría a usted —concluyó.
Hugh meditó sobre lo que había dicho su amiga.
—Ayudarme a actuar en este asunto... Entiendo.
—A actuar en este asunto —Lady Grace quiso llegar hasta el final— después de la posición inflexible que había adoptado.
Hugh siguió cavilando sobre ello.
—Entiendo, entiendo. Es una cuestión que atañe a usted y a su padre.
—Es entre mi padre y yo, sí. Me comprometí a no volver a contrariarlo.
A juzgar por su cara, Hugh tal vez había temido una complicación aún mayor, de modo que quiso tomarlo con ecuanimidad:
—Fue amable al comprometerse a ello. También era natural que lo hiciese. ¡Me parece perfecto!
Lady Grace habló desde una profundidad mayor:
—No, aquello fue un gran error. Porque pase lo que pase debo aceptarlo.
—Bueno, sí usted lo dice... —dijo Hugh, quien se negaba evidentemente a tratar el asunto como algo más que una travesura, por así decirlo—, pero por lo menos podemos seguir hablando.
—Ah, sí, ¡por lo menos podemos seguir hablando! —suspiró Lady Grace—. Puedo decir lo que quiera siempre que no se lo diga a él —dijo casi gimiendo. Pero luego añadió con aire más enérgico—: Me queda la esperanza... y me queda rezar.
Con un gesto jubiloso Hugh se entregó de nuevo al optimismo.
—Bueno, ¿qué otra cosa puede hacer, en cualquier caso? ¿No le es suficiente?
Lady Grace tardó un instante en decir lo que quería, pero en realidad no alcanzó a decirlo del todo.
—¿Y le es suficiente a usted, señor Crimble?
—Lo que es suficiente para mí —podía nombrarlo fácilmente— es el daño que le causé presentándome aquí de improviso, la última vez que nos vimos; pero en todo caso, si obtuvo usted el consentimiento de su padre para que nos siguiésemos viendo...
—¡No obtuve su consentimiento! —Había rehuido su mirada escrutadora, pero a continuación se enfrentó nuevamente con ella para añadir—: Si ahora accedo a verle a usted es en contra de sus órdenes expresas.
—Ah, ¡entonces gracias a Dios que he venido!
—Gracias a Dios que ha venido, sí... corriendo yo como corro un riesgo tan grande. —Antes de que él pudiera protestar, y como para justificar sus palabras, añadió—: Le ofrecí a mi padre, en esta mismo lugar, no volver a verle a usted.
—¿Se lo ofreció? —Hugh quedó abatido—. ¿No volver a verme... nunca más?
Lady Grace no vaciló.
—Nunca más.
Entonces lo comprendió.
—¿Pero aquello no le valió...?
—No por el precio que puse.
—¿Que cediese él en lo referente al cuadro?
—Que cediese en lo referente al cuadro.
Hugh se quedó meditando sobre todo ello.
—¿La propuesta de usted no era lo bastante buena?
—No, no era lo bastante buena.
—Ya entiendo, ya entiendo —repitió Hugh. Y sin embargo se sentía confundido—. ¿Entonces por qué tiene prohibido verme?
—¡Porque justo después de aquello regresó usted y le vi de nuevo!
Por desgracia estaba todo muy presente.
—¿Se dio usted cuenta de que sentía demasiada lástima por mí?
—Me di cuenta de que sentía demasiada lástima por usted... Y él mismo también se dio cuenta de ello.
Hugh ya lo había comprendido del todo.
—¿Quiere decir que él no pudo soportar aquello?
—No, no lo pudo soportar, hasta el punto de que en cuanto se hubo usted marchado (y recordará en qué circunstancias tuvo que hacerlo) él propuso que, en lugar de que yo le traicionara a usted de la forma en que le había dicho, tan distinta a la suya...
—¿Accedió a hacer todo lo que le pedíamos?
—Todo lo que yo al menos le pedía.
—¿Y fue entonces cuando usted se negó a aceptar el pacto?
—Bueno —dijo Lady Grace, quien por mucho que lo intentara no podía ya mantener por más tiempo un tono neutro—, lo que había sucedido en aquellos momentos me había hecho comprender con toda claridad qué clase de hombre es usted, al igual que se lo hizo comprender a él, y eso me dio la impresión de que fue decisivo para que él diera un giro y accediera a lo del cuadro.
—¿Y eso es lo que usted se sentía incapaz de aceptar? —Hugh tenía el adorable afán de fijarlo todo de manera inequívoca.
—No, me sentía incapaz de aceptar la condición que él ponía.
—Es decir, que conservaría el cuadro siempre que usted me tratara como a un tipo de condición demasiado humilde.
—Siempre que yo le considerara —dijo Lady Grace con la mirada fija en su joven rostro— como un tipo imposible.
Hugh le sostuvo la mirada; estaba obviamente deseoso de hacerle repetir lo que había dicho hacía un instante.
—¿Y ni siquiera el cuadro podía convencerle...? —Le dio algún tiempo a Lady Grace para que dijese lo que quería oír, pero entonces el silencio de ésta, junto con su hermosa mirada, pareció disuadirlo de forzar las cosas en aras del placer que eso le pudiera procurar (como si lo que ella le había dicho ya no le hubiese causado a Hugh una emoción lo bastante intensa, de tan deliciosamente increíble que había resultado). Tenía lo que más podía desear, y le hizo ver a ella, sonrojándose intensamente, hasta qué punto lo había comprendido. En cualquier caso, el otro asunto, que formaba parte igualmente de la confesión de Lady Grace, requería una modalidad distinta de inteligencia—: ¿Es el hecho de ser ustedes gente tan distinguida lo que ha llevado a su padre a repudiarme?
Le ahorró a Hugh la respuesta hiriente, como en reciprocidad por el hecho de que el entusiasmo de éste hubiera sabido respetar su pudor; de modo que arrojó sobre el terreno que había descubierto la pregunta de su amigo el delicado velo de una evasiva:
—Con el tiempo he ido comprendiendo que la gente distinguida, si quiere seguir siéndolo, no debe hacer lo que está haciendo ahora mi padre.
—En efecto, es el suponerla incapaz de comportarse así —respondió Hugh— lo que nos hace a los demás, seres inferiores, verla envuelta en el fulgor de su grandeza.
Si al pronunciar estas palabras Hugh sólo había querido corresponder a medias a la admirable franqueza de su amiga, la belleza de ésta casi le impulsó a hacerlo del todo.
—No la verán envuelta en él por mucho tiempo, a menos que esa gente empiece a andarse con cuidado, ahora que se encuentra sometida a tantas pruebas y expuesta a tantas tentaciones.
Hugh tuvo la impresión de que estas palabras le brindaban de golpe libertad plena para hacer una crítica más minuciosa.
—Lord Theign quizá se da cuenta de ello, pero si se anda con cuidado, lo hace de la forma menos incómoda para él, a un precio mínimo; por eso decide tomar el atajo de considerarme del todo inaceptable como fiel amigo de su hija.
—Bueno, eso no le importará a usted, ¿no? —preguntó Lady Grace—; quiero decir si él encuentra a su hija igualmente inaceptable por tener ella una relación así con usted.
—Él adoptará siempre la idea más cómoda de lo que implica el honor, según la persona de que se trate y su posición social —reflexionó risueño Hugh.
—Sí —respondió la joven—, mi padre, mientras nos despoja a todos de nuestros tesoros, a todos aquellos a los que de veras les importan esos tesoros, haciéndolo aparentemente sin el menor resquemor, consigue sin embargo, de la forma más ostentosa, mantener el equilibrio, al menos según su mentalidad tan elevada, tan exquisita; el procedimiento consiste en descubrir de pronto cuánto le escandaliza el que yo aprecie mucho mi amistad con usted.
Hugh la observó con la satisfacción que le daba saber con certeza que terminaría por poseerla, que sólo se trataba de esperar, como si ella le hubiera asegurado que en lo sucesivo tendría todo aquello que más le importaba y le podía estimular.
—Bueno, en lo que respecta a nosotros, el orgullo obstinado de su padre —porque no podemos calificarlo de otro modo— ¿no habrá logrado tan sólo unirnos y mantenernos unidos? ¿Acaso no es ésa la simple conclusión de todo?
Por un momento Lady Grace pareció abrigar reservas respecto a la palabra ‘simple’.
—¿Cree de veras que estemos tan unidos, si recuerda la situación en la que me he colocado a pesar de todo?
—¿Diciéndole que puede hacer lo que le plazca? —recordó despreocupado Hugh—. Oh, pero si aquello no fue a pesar de todo... fue sólo a pesar del Mantovano.
—¿Sólo? —dijo sonrojándose ella— ¿Dice ‘sólo’ cuando he renunciado al cuadro?
—Ah, ¡me importa un bledo el cuadro! —exclamó Hugh. Mientras ella dejaba que se acercase y le cogiese las manos, añadió—: Lo único que nos importa a los dos es que estamos entregados el uno al otro, que nada puede separarnos, ¿no es verdad?
—Oh, ¡si ha sabido usted perdonarme...! —suspiró Lady Grace ante la mirada afectuosa de Hugh.
—Si renunció al cuadro por mí —dijo riendo, persuasivo, Hugh— ¡no se puede decir que haya renunciado a mí!
—¡Por nada del mundo! ¡Jamás, jamás! —susurró ella.
—¿Entonces qué puede preocuparnos?
—Bueno, ¡si usted lo desea...!
—Oh, ¡para siempre, para siempre! —Con esta apasionada exclamación de entrega amorosa la envolvió en sus brazos, atrayéndola con fuerza hacia su pecho y sus labios.
Sin embargo, al cabo de un instante ella le frenó: «¡Amy Sandgate!», dijo a modo de advertencia, pues al parecer había oído a su anfitriona entrar en la otra sala. Lady Sandgate, de hecho, casi había llegado a donde ellos estaban: apenas se habían separado cuando ella alcanzó el umbral de la puerta más próxima. Hugh y Lady Grace se apartaron el uno de la otra todo lo que pudieron, en un movimiento apresurado que les hizo parecer muy agitados en el momento en que trataban de recobrar la compostura. Ambos respondieron con cierta torpeza a la actitud a la vez inquisitiva y elegante que había mostrado Lady Sandgate al observar su gesto de intimidad, y de la cual logró sin embargo resguardarse Lady Grace dirigiendo de inmediato a Hugh unas palabras de lo más sensatas:
—¿No tenía usted que acudir sin demora a Clifford Street?
Hugh se acordó rápidamente de ello.
—¡Sí, debo marcharme enseguida! —Entonces recuperó su sombrero y alcanzó la otra puerta, desde la cual dirigió un gesto de despedida a Lady Sandgate—. Le ruego que me disculpe. —Dicho esto desapareció.
Lady Sandgate permaneció entonces en silencio frente a la joven por unos breves instantes.
—¿Tiene usted la mente lo bastante despejada para recibir la noticia que he de comunicarle? Su padre no anda lejos de aquí.
—¿Ha regresado ya? —Lady Grace estaba totalmente anonadada.
—Llega esta tarde y al parecer acude derecho a ver a Kitty, según un telegrama que he encontrado en el piso de abajo al volver tarde de mi almuerzo. Ha regresado a toda prisa, ¡como estaba segura de que lo haría! —dijo su interlocutora con la euforia del triunfo.
Su joven amiga andaba algo más confusa.
—¿Quiere decir que le ha traído de vuelta la protesta, a pesar de lo mucho que le repele?
Pero Lady Sandgate iba destacando cada vez más por su lucidez... al menos hasta donde se lo permitía la imagen de autoridad que casi había logrado crearse.
—Ah, como le repele aún más la posibilidad de parecer atemorizado, ¡ha regresado para afrontar valientemente la situación!
Lady Grace quiso en un principio rehuir el tema, como movida por una vaga desesperación ante las consecuencias que aquella situación podía acaso acarrear a su padre, pero tras reflexionar se instaló en una visión confiada y hasta en un orgullo algo banal:
—Sí, ¡ése es mi padre!
¿Y quién era ahora Lady Sandgate sino la mayor experta en el asunto?
—El escándalo ha llegado a tal punto que él no podía soportarlo ni un día más, de modo que ha tirado por la borda su cura y ni siquiera ha anunciado su regreso ¡por si acaso se nos ocurría contrariarlo!
—Bueno —replicó Lady Grace—, ¡después de todo lo que he hecho no voy a volver jamás a contrariarlo!
Lady Sandgate pareció afectada aún por la impresión que acaso había recibido al entrar en la sala.
—¡Tan sólo será él quien la contraríe a usted!
—Si lo hace —dijo Lady Grace— seremos dos quienes resistiremos.
—¡Entonces que Dios nos coja confesados! —Lady Sandgate comprendió rápidamente las implicaciones de todo ello, lo que la impulsó a mostrarse incluso cordial—. ¡Sí que es listo su amigo!
Lady Grace se mostró deferente hacia su comentario:
—El señor Crimble es extraordinariamente listo.
—¿Y han planeado ustedes...?
—No hemos planeado nada... Pero lo hemos comprendido. De manera que si usted, querida Amy, lo comprende también... —Lady Grace hizo una pausa: Gotch acababa de entrar desde el vestíbulo.
—¿Ha llegado Lord Theign? —le preguntó de inmediato su ama.
—No, señora, pero sí ha llegado Lord John, quien desea saber si se le puede recibir, y en caso de que así sea, si la señora está conforme con que suba.
Lady Sandgate se volvió hacia la joven.
—¿Le parece bien que suba Lord John mientras aguardamos a su padre?
—¡Por favor, como le plazca a usted!
—Comuníquele que puede subir —dijo Lady Sandgate dirigiéndose a Gotch—. Lord John será recibido. —Guardó silencio hasta que volvieron a quedarse solas, y luego se dirigió a Lady Grace—: Me ha preguntado antes si lo comprendía. Bueno, ¡sí lo comprendo!
Apenas se hubo retirado Gotch dejando la puerta abierta, Lady Grace alcanzó el pasillo que conducía a la otra sala.
—¡Entonces me disculpará! —dijo, y después se escabulló.