III

Lady Grace, quien se había quedado a solas con su amiga, tenía una pregunta que hacerle de inmediato.

—Lord John me avisó de que era un tipo peculiar... ¿pero usted ya lo conoce?

Puede que hubiese un cierto rubor en la manera en que Lady Sandgate, en vez de contestar y como para ganar tiempo, señaló el pequeño cuadro sobre el cual había dictaminado Bender.

—Su pequeño Cuyp le parece un fraude.

—¿Aquél? —Lady Grace lo contempló fijamente—. ¡Menudo desgraciado! —No quiso, sin embargo, alarmarse ni dar mayor importancia al asunto, y volvió a su pregunta anterior—. ¿Le conoce?

—Le he tratado un poco, sólo un poco, en la ciudad. Anda buscando cuadros —explicó Lady Sandgate—, y por eso anda detrás de mi bisabuela.

—¡Debe de haberle parecido un tipo curioso! —dijo Lady Grace con aire divertido—. Pero está claro que sabe arreglárselas él solo, mientras que Lord John necesita apoyarse en Kitty y usted haría bien en volver para ayudar a mi padre... en su momento de éxito, del cual él desearía tanto que usted fuese testigo que se queja de que le ha abandonado y hasta dice de usted que se ha escaqueado.

Ligeramente ruborizada, Lady Sandgate le devolvió la jugada:

—Estoy encantada de su éxito, y haga lo que haga al menos lo hago abiertamente y sin disimulos; pero si es cuestión de apoyarle, ¿no le está usted fallando igualmente?

Sin embargo estas palabras no hicieron mella en la confianza de la joven.

—Ah, mi caso es completamente distinto, querida; no hay en el mundo nadie a quien eche de menos tan poco como a mí... —Esta circunstancia no parecía requerir ninguna explicación.

—No ha tenido usted ningún inconveniente en volver para esperar a Lord John, ¿verdad? —Ésta era la explicación que tenía Lady Sandgate.

El tono que había empleado impulsó a Lady Grace a corregirla al instante, aunque de forma serena:

—No he vuelto para esperar a Lord John.

—¿De modo que no le ha dicho —suponiendo que ustedes dos hayan hablado— con qué propósito ha venido?

Lady Grace la corrigió de nuevo con el mismo dejo de indiferencia.

—Kitty me ha contado... lo que a ella le conviene fingir que piensa.

—¿Y todas las suposiciones y conjeturas de Kitty están siempre, casualmente, de acuerdo con lo que le conviene en ese momento, en medio de sus maravillosas peripecias?

Lady Grace dejó que la pregunta se respondiese por sí sola; había de volver más tarde sobre el asunto.

—¡Lo que no acabo de entender es por qué habría de convenirle esto!

—¡Yo tampoco! —dijo Lady Sandgate, evitando así una honestidad que habría resultado vulgar y apartando la vista tras haber observado un instante a la joven. Después la volvió a mirar y continuó hablando—. ¿Le gusta Lord John lo suficiente como para asumir el riesgo de que Kitty lleve razón por una vez?

Lady Grace reflexionó sobre ello y después se apartó de Lady Sandgate.

—No sé hasta qué punto me gusta.

—¡Ni hasta qué punto no le gusta! —exclamó su amiga, quien sin duda encontró divertido el tono que había usado—. ¿Y no está usted dispuesta a tomarse el tiempo que haga falta para averiguarlo? Por lo menos es mejor que los demás.

—¿Los demás? —Lady Grace no tenía idea de a quién se refería.

—Los demás hombres de su círculo.

—¡Oh, su círculo! Eso no es difícil... teniendo en cuenta lo que sospecho sobre algunos de ellos. Pero en todo caso tiene buenas intenciones —añadió la joven—, mucho encanto y se muestra muy atento conmigo.

Estas palabras hicieron que Lady Sandgate, quien estaba a punto de marcharse, permaneciera aún a su lado un instante.

—¿Entonces puedo contárselo a su padre?

Esto, a su vez, hizo que Lady Grace dejase al instante el tema.

—Dígale por favor a mi padre que espero la llegada del señor Crimble, del que ya le he hablado aunque él no se acuerde. Viene esta tarde en bicicleta desde el lugar donde se hospeda, que está a diez millas de aquí; los anfitriones no son gente que conozcamos. Viene a ver los cuadros, tiene enorme interés en verlos.

Lady Sandgate asimiló lo que acababa de oír.

—Ah..., ¿como el señor Bender?

—No, ni mucho menos, creo yo, de la misma manera que el señor Bender.

Esto pareció suscitar en Lady Sandgate una reflexión más profunda.

—¿Puedo saber quién está previsto que le reciba, si es que va a recibirle alguien?

—Oh, mi padre sabe —o debería saber— que estuve sentada a su lado en una cena en Londres hace un mes, y que me contó que andaba trabajando sin descanso en el desarrollo de lo que llamó la maravillosa ciencia moderna del juicio estético; igual desconoce usted que esta disciplina esta trastornando todos los cánones, ya desfasados, de la crítica de arte, todo aquello que estúpidamente creíamos acertado y apreciábamos. Me contó también que iba a pasar la Semana Santa cerca de aquí, y que le encantaría poder visitarnos y conocer lo que tenemos. Le dije —concluyó Lady Grace— que nada había tan fácil. Ayer llegó un mensaje suyo antes de la cena...

Lady Sandgate se apresuró a completar el relato:

—Y está ahora aquí por él.

—Estoy aquí por él —asintió tranquilamente la joven.

—Estupendo... ¡aunque su presencia parece de lo más inconveniente! Pero antes le agradecería que me aclarara esto: hasta qué punto fue idea de usted mandar un recado hace diez minutos para que Lord John saliese a verla. —Y como su joven amiga parecía vacilar, concluyó—: ¿Fue porque usted sabía el motivo de su visita?

Lady Grace siguió vacilando.

—¿El motivo?

—Un motivo muy concreto: hablar con usted.

—Como se esperaba su visita, y como era posible que él no supiese dónde me encontraba —dijo Lady Grace al cabo de un rato—, quise, naturalmente, ser cortés con él.

—¿Y tuvo él tiempo ahí fuera de decirle lo muy cortés que desea ser con usted?

—No, tan sólo le dio tiempo de decirme que venía su amigo —el que está ahora por allí—, porque Kitty lo secuestró enseguida y cuando me fui aún no lo había soltado. —Y como si se hubiese decidido a ser totalmente franca, Lady Grace prosiguió—: Si está interesada en saberlo, mandé un recado para él porque Kitty se empeñó en que lo hiciera; me dijo, a su extraña manera, que no quería que se supiese que ella tenía algo que ver en el asunto. Se había pasado una hora diciéndome —y esto me dejó preocupada— lo mismo que usted acaba de decir del señor Bender: que Lord John anda ‘detrás’ de mí; pero en cuanto ella lo vio aparecer se abalanzó sobre él; yo lo dejé —resignadamente, créame— en manos de Kitty.

—Ella quiere hablar con él sobre usted —dijo Lady Sandgate sin esfuerzo.

—No sé qué es lo que quiere —contestó la joven en tono paciente aunque fatigado—; Kitty quiere tantas cosas a la vez. Siempre quiere dinero, para empezar, grandes sumas de dinero... y todo para despilfarrarlo de forma lamentable; de manera que cada vez que la veo hablando largo rato con alguien pienso que le está suplicando que le dé alguna nueva idea sobre cómo conseguir más.

—Kitty es un ser insondable, eso se lo concedo a usted; por lo demás, mi devoción desinteresada por su padre, con la cual no hago más que corresponder a la generosidad que ha mostrado conmigo desde la muerte de Lord Sandgate y la de la madre de usted, hace que nunca le vaya a poder agradecer lo suficiente, querida, el que usted sea tan diferente de su hermana. Pero ¿qué puede ganar ella económicamente —prosiguió Lady Sandgate, poniendo mucho énfasis en el adverbio— despertando en nuestro amigo la esperanza de que usted le escuchará... si es que está usted dispuesta a ello?

—No me he comprometido a escuchar —dijo Lady Grace—; ¡todo dependerá del tipo de música que vaya a oír! —Y añadió con un leve cinismo—: ¡Igual ella espera obtener una comisión!

—¿Por conseguir que usted le escuche? —Y ante el silencio afirmativo de la joven preguntó—: ¿Está él en condiciones de pagársela?

—¡Supongo que la duquesa sí lo estará!

—¿Pero se imagina de veras a la duquesa ofreciendo dinero... con todo lo que le debe Kitty, como usted y yo sabemos? ¡Son cientos y cientos y cientos! —Lady Sandgate hizo el gesto de amontonar con las manos dinero imaginario.

Su joven amiga hizo ademán de que parara.

—Ah, no me diga cuánto; ¡me resulta demasiado triste y desagradable y vergonzoso! —A lo que Lady Grace añadió, sin embargo—: ¡Pero quizá es eso lo que se propone! —Y en vista de que su amiga no parecía entenderlo del todo, aclaró—: Perdonando la deuda de Kitty.

—¿Quiere decir que Kitty queda liberada de la deuda siempre que usted acceda a prometerse con Lord John?

—Kitty queda liberada.

—¿Tiene asegurado el perdón del acreedor?

—Por cada chelín.

—¿Y si falla el acreedor?

—Oh, en ese caso, naturalmente —dijo la muy lúcida (a estas alturas) Lady Grace—, se echa más que nunca en brazos de nuestro pobre padre.

—¡Pobre padre, desde luego! —Lady Sandgate exhaló un suspiro expresivo.

Esto pareció, incluso, hacer surgir en la joven una cierta desmesura.

—De acuerdo... pero a fin de cuentas y a pesar de todo él la adora.

—¿Quiere decir hasta el punto —Lady Sandgate no podía por menos de preguntárselo— de sacrificarla de veras a usted?

El peso de la encantadora mirada profunda de Lady Grace hizo callar un instante a Lady Sandgate, y al cabo de un rato largo ésta le devolvió la mirada: este intercambio de miradas impulsó a la joven a decir en tono de súplica:

—¿Cree usted que me sacrificaría a mí casándome con él?

Lady Sandgate replicó de manera indirecta aunque con idéntico énfasis:

—¿Podría casarse con él?

Lady Grace dejó pasar unos momentos.

—¿Quiere decir hacerlo por Kitty?

—Incluso por él mismo... en el caso de que consiguiesen convencer a todos, incluida usted, de que él la quiere.

Lady Grace tardó de nuevo en contestar.

—Bueno, a fin de cuentas es hijo de su horrible madre.

—Sí... pero usted no tendría que casarse con su madre.

—No... pero sería aún más consciente, de manera incómoda e íntima, de su presencia.

—¿Aun cuando es notorio que usted le gusta? —Lady Sandgate lo expresó de forma optimista.

Estas palabras hicieron que la joven se impacientara.

—No es que yo le guste, es que ella me necesita, lo que es muy distinto; me necesita debido a la espléndida posición de mi padre, a la excepcional familia de mi madre, a todo cuanto hemos sido y hemos hecho y aún somos y aún tenemos; a excepción, naturalmente, de la pobre Kitty, que de ejemplar no tiene nada.

Lady Sandgate reaccionó a esta diáfana exposición del asunto como ante un suave resplandor.

—Ya lo entiendo; se trata de lo inmaculado de los parentescos.

Pese a que en las palabras de Lady Sandgate no había habido dejo ninguno de ironía, la gran seriedad de Lady Grace hizo que le lanzara una mirada desaprobatoria.

—Bueno, no hemos tenido notas falsas. Ni siquiera hemos tenido malos momentos.

—¡En efecto, han disfrutado ustedes de una beatitud total! —Lady Sandgate sentía ante esto una mezcla de envidia y desazón. No obstante, el regreso del lacayo impidió cualquier examen ulterior de la cuestión: junto a él apareció un hombre joven con anteojos que llevaba sujetos los bordes de los pantalones como si fuera a montar en bicicleta.

—Éste debe de ser su amigo —apenas le dio tiempo a Lady Sandgate de decir a la joven, tras lo cual, y recordando que se la esperaba en otro sitio, se marchó con paso ágil; al hacerlo pasó delante del hombre que había venido a visitar a su amiga y había entrado en la sala desde el vestíbulo acompañado por su guía. Lady Sandgate se alejó en dirección a la terraza y los jardines, con el nombre del señor Hugh Crimble, cuya visita acababan de anunciar, resonando en sus oídos: el efecto que esto le causaba no estamos aún en condiciones de percibirlo.