Capítulo 24

No hay mucho que se pueda hacer cuando uno es invadido por la tristeza. Jimena sabía bien eso y la melancolía le impedía sentirse ansiosa por su hermana Julieta y por el cambio que atravesaba o completamente feliz por el amor que se podía percibir entre Jacinta y Enrique.

Ya conocía la tristeza, era un estado en el que caía con bastante frecuencia. No derramaba lágrimas, no se trataba de eso, sino de una marea que crecía lentamente, que se extendía de manera gradual por todos los rincones de su cuerpo hasta rodearla y ahogarla por completo.

Una tristeza que le impedía llorar, pero que la mantenía silenciosa, ordenando cosas que ya estaban ordenadas, pidiéndole a Enrique que revisara sumas una y otra vez de manera ausente, o cocinando para Julieta cantidades exorbitantes de pastelitos.

Jacinta la seguía con la mirada, preocupada por su aflicción. Ella se sentía feliz y quería compartir ese sentimiento con su hermana, pero el mutismo de Jimena la obligaba a mantener sus emociones también en secreto.

Cansada de esos silencios en su casa, una tarde de mayo entró a la habitación de Jimena, mientras ella jugaba con la colección de abanicos. Algunos estaban, extendidos sobre la cama, uno estaba ubicado sobre su rodilla, y otro se plegaba y desplegaba en sus manos distraídamente.

Jacinta se sentó frente a ella sobre la cama con una mirada de tristeza.

—Hubo una época, Jimena, en la que me contabas todas tus penas.

—Eso fue hace mucho tiempo, Jacinta. No podemos volver a la niñez.

—No pretendo volver a la niñez. Lo que quiero es que mi hermana regrese.

—Nunca me fui.

—Tú sabes bien a qué me refiero. Hace mucho tiempo que perdiste la alegría.

—Hace mucho tiempo que nada me alegra. Estoy cansada de todo esto, Jacinta. ¿Por qué no me dejas en paz de una vez?

—¿Y tú por qué te esfuerzas en pretender que puedes ocultar lo que sientes? Estás triste por lo que Martín te dijo, no puedes negarlo. Te esfuerzas tanto en los ejercicios militares que vuelves agotada o te refugias tres días seguidos en el barquito, sin decirnos nada.

—¿Y tú no ocultas cosas? ¿Acaso no mantienes en secreto tu relación con Enrique?

Jacinta se puso colorada.

—No es un secreto. Si me lo preguntaras te lo diría.

—De acuerdo: ¿te has entregado a Enrique?

—Sí —contestó Jacinta manteniendo su mirada con firmeza—. ¿Tú te has entregado a Martín?

Jimena desvió sus ojos de Jacinta.

—Sí —dijo con voz temblorosa.

—¿Estás arrepentida?

Era una buena pregunta. No, no lo estaba. Negó con la cabeza pero no pudo articular una respuesta. Se llevó una mano a los ojos, que le ardían, pero que aún no derramaban lágrimas.

—No podías sospechar lo que después ocurriría. Doña Mariana es una vieja maliciosa y hacer lo que hizo delante de todos los que estaban en la iglesia fue una maldad de su parte. Su intención de separarte de Martín tuvo frutos, naturalmente.

Jimena trató de hablar, su voz salió profundamente quebrada.

—Él dijo... dijo que lo que sucedió no tuvo nada que ver con las condiciones que imponía a nuestro matrimonio.

Jacinta suspiró.

—Me gusta Martín Olivera, y creo que tú y él hacen una pareja difícil de imitar. Él te ama, no puedes dudarlo...

—En su proposición no habló de amor en ningún momento.

—Aun así, él te ama. Pero me decepcionó al pedirte que renunciaras al comercio para casarte con él. No creo que el amor se base en ajustar a alguien a las propias expectativas, y eso es lo que él ha tratado de hacer contigo. No ha podido ser más injusto.

Jimena pestañeó.

—Pensé que me reprocharías no haber dejado todo y seguirlo.

—Jamás haría eso. No permitiría que Enrique me pidiese que modificase mis conductas a cambio de un matrimonio con él. Si algo nos ha enseñado nuestra madre es a saber que no existe ningún precio para nosotras.

—¿Y entonces qué pretendes de mí, Jacinta?

—Que aceptes que estás triste, que lo odias y que te gustaría darle una paliza por lo que hizo.

—¿Y qué ganaría con eso?

—Aceptarías la pena que sientes y la compartirías conmigo. Y quizás eso te alivie un poco.

—No sucederá —respondió Jimena tozudamente—. Nada podrá evitar que me sienta de esta manera.      *  *  *

Las hermanas Torres llevaron el ajuar que habían preparado amorosamente para la pequeña Antonia, compuesto de tantas sabanitas, pañales, camisones, camisitas y demás accesorios como para tres niñitas durante un año. Bordadas con florcitas rosadas y hojas verdes y ribeteadas con puntilla, las prendas iban en una canasta primorosamente decorada con una cinta de seda que la cerraba. El regalo llegaría con un mes de retraso, pero habían tenido que confeccionar algunos trajes militares a pedido de las diversas milicias de la ciudad y todo se había retrasado.

Encontraron a la familia Ávila reunida en la habitación de donde aún Paula no salía. Recuperarse de un parto era una tarea muy complicada, incluso para las mujeres más saludables de la ciudad. Los conocimientos de los médicos eran muy rudimentarios y había que esperar que la naturaleza hiciera el mejor de los trabajos. Cinco semanas después del nacimiento de Antonia, Paula había logrado recobrarse, pero no tanto como para salir de la cama.

Antonia era una niña vivaz que tenía el espíritu de sus padres, de modo que sonreía a cualquiera que la tuviera en brazos. Y mucho más a su futura madrina, a quien sonreía con especial dedicación, tal vez porque cuando llegaba de visita y hasta que se iba, le hacía tantos mimos que la niña corría un serio peligro de volverse consentida antes de tener la capacidad de serlo.

—Vas a arruinarla con tantos mimos, Jimena.

Guillermo rió, mientras besaba a su esposa.

—Como si tú no la mimaras más que ella, Paula.

—Yo soy la madre. —Paula sabía interponer buenos argumentos cuando lo deseaba.

Jimena la miró con picardía.

—Por supuesto que eres la madre. Y dentro de poco estarás corriendo detrás de ella para que no te destroce los libros que tanto amas, tratando de jugar con ellos. En cambio yo, siempre seré su madrina y la mimaré todo lo que quiera. Le permitiré jugar con todo lo que encuentre en mi barquito y hasta le entregaré la caja de abanicos.

Jimena no dejaba de sorprenderse ante el amor que la pequeña Antonia le inspiraba, sintiendo, con mucho pesar, que tal vez nunca pudiera disfrutar del amor que una madre siente por su hijo.

—Eso es muy injusto, yo quiero la caja de abanicos —murmuró Julieta.

—Te regalaré una docena del próximo barco que llegue —la consoló Guillermo. Julieta, muy colorada, le agradeció la delicadeza con una sonrisa para luego sumirse en un silencio un poco tímido que todos respetaron.

—Si te casas pronto, podrás tener todos los niños que quieras —le dijo Paula con una sonrisa a Jimena.

—Eso parece un poco difícil —murmuró ella manteniendo sus ojos en los de su prima, preguntándose si ella sabría lo que había sucedido en la iglesia de San Ignacio. Sintió la mirada triste de Jacinta sobre ella y la pena volvió a invadirla nuevamente. Miró a la niña que tenía entre sus brazos y sintió algo parecido a la calidez de una caricia reconfortante. Tal vez su hermana tuviera razón, quizás recibir el consuelo de alguien la hiciera sentir mejor.

—Guillermo me contó lo que sucedió en la iglesia —dijo Paula mirando a Jimena—. Pasaré por alto que tú no me contaste nada de eso. Y te diré que no es la primera vez que doña Mariana se pone tan loca, tú sabes que yo también he sufrido sus ataques. Aunque nunca lo había hecho delante de tanta gente o con tanta furia. El capitán Olivera realmente debe estar enamorado de ti.

A pesar de sus veinte años, Paula había asumido su papel de matrona a la perfección y con gusto. Sentada sobre la cama, con dos almohadas en su espalda y el cabello rubio prolijamente atado en una trenza sobre uno de sus hombros, reinaba sobre la habitación en la que se respiraba amor maternal. Y si bien aún conservaba cierta inocencia en sus actitudes, ya no había mucho en ella de la jovencita que Jimena había tenido que consolar el año anterior cuando Guillermo desapareció durante una semana y luego reapareció como soldado inglés del Regimiento 71.

Jacinta no quiso seguir con el secreto. Quizás Paula pudiera encontrar una mejor manera de consolar a su hermana.

—El capitán Olivera le propuso matrimonio ese mismo domingo a Jimena.

Paula y Guillermo se quedaron petrificados y con la boca graciosamente abierta. Paula fue la primera en reaccionar.

—¿Y tienes esa cara de tristeza porque te vas a casar? —preguntó con una sonrisa.

Como ninguna de sus hermanas respondió nada, Julieta contestó en voz baja.

—Jimena rechazó la propuesta del capitán Olivera.

Si el matrimonio Ávila hubiera podido, se habría quedado más frío que antes. La sorpresa fue tal que ninguno de los dos pudo responder durante algunos minutos.

Jimena escondió varias veces el rostro besando las mejillas suavecitas de Antonia. La niña era tan blanca como su madre y ella misma, y el roce hizo que se enrojecieran un poco dándole un aspecto dulce y saludable. Antonia rió con la boquita desdentada ante la caricia de Jimena, quien sintió que el corazón se le llenaba de lágrimas, aunque estas no se decidían a llegar a sus ojos.

Esta vez fue Guillermo el primero en hablar.

—Hay dos opciones: me dicen qué sucedió o iré a buscar a Olivera y lo golpearé hasta enterarme de lo que hizo. Porque para que tú lo rechazaras, Jimena —le dijo intencionadamente, obligándola a mirarlo a los ojos—, tiene que haber hecho algo demasiado estúpido.

Jimena fijó sus ojos en los azules de Guillermo. El año anterior se había enfurecido con él por mentirle a Paula y vivir de incógnito en su casa, pero ahora lo consideraba casi un hermano y lo quería tanto como a su prima.

—Me pidió que dejara el comercio si quería casarme con él —dijo lentamente, tratando de desatar el nudo que sentía en la garganta.

Guillermo asintió en silencio, comprendiendo que la razón por la que Jimena había rechazado a Olivera era su propia estupidez.

Paula no se quedó tan tranquila con aquella explicación y las miró con curiosidad a las tres, pestañeando varias veces.

—¿Y qué hizo Jimena luego?

—Nada —contestó rápidamente Julieta alzando las manos—. Nada, nada.

—¿No le revoleó una silla, no le prendió fuego esa cabeza tan dura que tiene? —preguntó Paula, tan sorprendida como si le hubiesen dicho que el Infierno se había congelado.

—No.

—¿Y por qué no hiciste nada de eso, Jimena?

Miró a su prima asombrada. ¿Realmente esperaba Paula que ella se comportara de esa manera?

—No tiene sentido. Martín me olvidará pronto y yo haré lo mismo.

Paula fijó sus ojos pardos en los de su prima.

—Hace un año me dijiste que las heridas del corazón eran las más difíciles de curar, ¿recuerdas?

Sí lo recordaba. Trataba de advertirle a Paula sobre los peligros del amor, riesgo que ella misma no había logrado evitar. Se había enamorado de Martín aun sabiendo que ella no sería la mujer que él elegiría.

—¿La herida de la que hablabas era menor que esta? ¿Por eso se curará más pronto?

Paula le estaba dando un sermón delante de sus hermanas, Guillermo y la pequeña Antonia que dormía plácidamente en sus brazos. Se sintió molesta por el reproche que le hacía su prima. ¿Quería que ella muriese de amor por Martín? ¿Pretendía que llorase por los rincones hasta que se le acabaran las lágrimas? Ella era demasiado orgullosa para eso.

—Es una tontería continuar con el tema. Tengo muchas cosas que hacer, incluyendo encontrar la manera de evitar que Arévilo continúe comprando...

—¿Quién?

Guillermo se había separado del respaldo de la cama y miraba muy fijamente a Jimena, quien se sintió un poco incómoda ante el tono que había usado para hacerle la pregunta. Guillermo Ávila había sido un militar inglés y su voz de mando era tan altanera como podía ser la suya.

—Arévilo, un comerciante de Colonia que compra todas las mercaderías que pretendo comprar yo. ¿Nunca se los nombré? Hace tiempo que arruina mis negocios. Debe ser extremadamente rico, según me dijo Gutiérrez. El día que nació Antonia estuve a punto de partir hacia Colonia en el Bribón, pero Martín...

Jimena se interrumpió, evitando recordar lo que había sucedido aquella noche.

—¿No es Arévalo? Arévilo suena extraño.

—¡Estoy cansada de que lo pregunten! Gutiérrez respondió una y otra vez que es Arévilo con una "i".

Los Ávila volvieron a quedarse en silencio. Paula se llevó una mano a la boca y luego miró a su marido y él la miró a ella. Se estaban diciendo algo sin necesidad de palabras. Le colocó una de sus manos sobre la suya, le besó la punta de la nariz y dijo:

—Tienes razón, amor.

Paula se volvió para mirar a Jimena con una expresión un poco preocupada.

—¿Podrías entregarme a Antonia, por favor? Guillermo tiene algo que decirte y preferiría que mi hija estuviera a salvo cuando eso suceda.

Jimena se rió sin ganas.

—¡Por favor, Paula! ¿Qué es lo que sucede? ¿Crees que podría lastimar a Antonia? Cualquier cosa que tengan que decirme...

—Creo que deberías entregarle la bebé, Jimena —ordenó con delicadeza Guillermo.

Jimena obedeció con un resoplido. No le gustaba que la trataran así, como si realmente fuese a hacerle daño a la niña. Permaneció de pie con las manos apoyadas en la cintura.

—¿Y bien? ¿Qué es lo que tienen que decirme que es tan importante?

Guillermo fue el que habló.

—Tal vez sea pura casualidad, pero si lo piensas, tal vez no sea así. Arévilo tiene las mismas letras que Olivera, solo que dispuestas al revés.

Un frío intenso envolvió a Jimena: sintió que se le iba la energía del cuerpo y las manos se cubrían de un sudor helado. Era tan obvio, lo había tenido todo el tiempo delante de sus ojos y no lo había visto.

Cayó pesadamente sobre la silla en la que había estado sentada con Antonia. Paula y Guillermo habían tenido razón al quitársela de los brazos, no tenía fuerzas ni para sostenerse a sí misma.

Ahora comprendía perfectamente lo que había percibido en Martín aquella tarde cuando había ido a verlo y lo encontró dormido. Él había hecho las mismas preguntas que Guillermo y...

¡Por Dios! ¿La había seducido para evitar que ella finalmente descubriera en Colonia cuál era la verdadera identidad de Arévilo? ¿Le había pedido que abandonara el comercio para que nadie supiera que él era el corresponsal acaparador de Colonia?

El fuego de la ira invadió su cuerpo y empezó a temblar.

Martín Olivera se había divertido con ella. Pero el juego se había acabado.