Capítulo 18
Una vocecita repetía horrorizada en su interior: una mujer que está a solas con un hombre es una puta... una mujer que habla con un hombre es una puta... una mujer que hace lo que desea es una puta... una mujer que deja que un hombre la toque...
¡Qué horror! Una mujer que permitía que un hombre la tocara era el diablo con faldas. Ya no se poseía a sí misma, era precisamente porque el Demonio sometía a las mujeres, porque su mente débil le permitía dominar su cuerpo y seducir a los hombres.
Los hombres eran inocentes, su madre se lo había explicado bien cuando había llegado el momento. Eran inocentes de todo. Eran ellas las culpables de ser débiles instrumentos del Demonio destinados a llevarlos por el mal camino. Ellas debían cubrir sus cuerpos perversos y evitar todo contacto con los hombres, ya que no podían hacer nada para resistirse al Maligno.
A ella se le aparecía en sueños. La subyugaba con sus manos y aquella cola maliciosa que poseía para tentarla. Por eso, para purificarse de aquellos sueños calurosos que tenía por las noches, había decidido perseguir a todas las mujeres pecaminosas de Buenos Aires. Todas aquellas mujeres de buena familia que no respetaban el lugar que Dios les había dado y se habían hecho siervas del Diablo.
Allí estaba Jimena Torres, encerrada en la habitación de don Martín, obligándolo a tocar su cuerpo, a gozar de las pasiones que convertían a los hombres en animales y los alejaba de las mujeres buenas y piadosas como ella y Francisca. Jimena Torres: su pecadora independencia era una herida que no podía soportar, siendo en parte su pariente y siendo en parte responsable de ella ante los ojos de Dios.
El pobre don Martín, sometido por aquella pecadora llena de vicios. Un hombre bueno, respetable como él, se había sentido atraído por la carne que ella le ofrecía. Su cuerpo dominado por Satanás, tentándolo, llevándolo hacia la senda del Infierno.
Desde su ventana lo vio salir, caminando rápidamente hacia la calle. Iba contrariado, con el ceño fruncido, tal vez preocupado por alejarse de aquella tentación que significaba Jimena Torres para cualquier hombre que estuviese cerca de ella.
Tenía... Debía apartarlo de ella, hacer que Francisca, con dulzura y encanto recatados e infantiles lo atrajera hacia ella, lograra convencerlo con su pureza y don Martín decidiera unirse a ella solo porque la consideraba un ser apropiado para tener sus hijos, no para consumirse juntos en la pasión endemoniada de los cuerpos.
Con repugnancia la vio salir a ella, con el rostro enrojecido, furiosa tal vez por haberlo dejado escapar. Doña Mariana sintió que el cuerpo le temblaba de furia. La muy perra estaba inspeccionando la casa, buscando algo en las habitaciones que daban al patio.
Clodomira Olivera se unió a ella y la saludó con afecto. Ella había evitado preguntarle a su hermano dónde había pasado la noche, como si su rostro no lo revelara: la expresión de un hombre que había disfrutado del cuerpo femenino durante toda la noche, un comercio carnal entregado por ella, por mandato del Maligno.
Doña Mariana rechinó los dientes con horror. Las dos mujeres se dirigieron a la habitación que don Martín usaba de bodega para los productos que comerciaba.
Reprimió un grito de odio que le nació de las entrañas.
¿Cómo se atrevía?
¿Cómo se atrevía a pecar de aquella manera dentro de su propia casa?
¡No tenía derecho!
Estaba recibiendo su paga por lo que había hecho con el pobre don Martín en su habitación.
¡Puta del Demonio!
Así era como hacía sus negocios, ella nunca había dudado de aquello, por supuesto que no. Se entregaba a los hombres y ellos les entregaban su mercadería. Una prostituta de las peores, de aquellas que fingían inocencia pero que en realidad estaban felices de tener el demonio en su cuerpo.
Debía hacer algo.
Las vio salir. Clodomira no era una buena mujer, la había engañado durante un tiempo con sus aires castos y sus ropas oscuras. Pero las prostitutas se olisqueaban en la multitud, se reconocían unas a otras. Por eso Paula Yraola, quien había seducido a su pobre hijo Vicente, era amiga de Jimena, y por eso Clodomira se había unido a ellas. Las perras siempre buscaban estar juntas.
Se separó de la ventana y caminó por su habitación. No podía permitir que todo eso continuara sucediendo en su casa, no podía permitir que sucediera en la ciudad en que había nacido. Cerró los ojos tratando de serenarse, apretando las uñas contra la palma de su mano con tanta fuerza que se sacó sangre. Algo tenía que hacer para separar a Jimena Torres del pobre don Martín.
¿Pero qué podía hacer una mujer?
No mucho, ella conocía sus limitaciones, sabía lo poco que podía hacer con su intelecto. Daba vueltas por su habitación, desesperada.
Nada. Nada excepto retorcerse las manos.
El cuerpo le temblaba, estaba agitada, respiraba estrepitosamente. Hasta ese estado indecoroso, la había llevado Jimena Torres, ese estado tan poco apropiado para una dama.
Sus manos se retorcían como si estuviera matando a una gallina.
Sus manos.
Hábiles, laboriosas, destinadas a ocuparse de su hogar, su pequeño reino, ahora manchado por las actividades de una de las putas más odiosas de Buenos Aires.
Retorcerle el cuello como a una gallina.
Hacer desaparecer el problema de la ciudad, ser feliz, permitir que don Martín viviera para siempre con ella, alquilando su casa, comiendo su comida, disfrutando de sus charlas.
Don Martín Olivera le pertenecería si ella le retorcía el cuello a Jimena Torres. Pero no podía mancharse las manos con un crimen de aquella naturaleza, por más que se viera tentada a cometerlo.
Lo único que le quedaba por hacer era abrirle los ojos a don Martín, mostrarle qué clase de mujer era Jimena Torres.