Capítulo 19
Un maleducado. Eso era Martín Olivera. Pero claro, lo quería tanto que no le importaba ni un poquito que la hubiera tratado de esa manera tan descortés y la hubiera dejado con aquellas ganas de estar con él, tal como habían pasado la noche.
Se lo reprocharía luego, cuando volviera de aquel lugar al que se había ido con tanta urgencia. Primero lo haría rabiar diciéndole que ya había encontrado al viejito con el que casarse, luego lo perdonaría y le dejaría tocarle las caderas tal como a él parecía gustarle tanto.
Un caballo que pasó demasiado cerca de ella le hizo darse cuenta de que no debía pensar en aquellas cosas en el medio de la calle mientras caminaba hacia su casa. Pero es que estaba tan feliz que no podía dejar de pensar y pensar.
Cuando Martín le había sugerido que solo pensaba en ella como su amante, no había considerado la posibilidad de que todo cambiase cuando él apareciera en el barquito. Siempre había pensado que era una persona que se adhería a sus principios, pero ahora comprendía que era poco lo que se podía hacer cuando se estaba enamorado.
Y ella estaba absolutamente enamorada de Martín. Sentía que podía hacer todo lo que él le pidiera, incluso soportar una relación clandestina, ahora que él le había asegurado que no se casaría con Francisca. Él jamás había mencionado la palabra amor, pero Jimena sabía cuánto la quería.
No podía ser de otra manera. Había sucedido desde el primer momento de conocerse, una pasión que ninguno de los dos podía ocultar.
Se había permitido amar, se había permitido ser vulnerable en sus sentimientos como hacía mucho tiempo que no se lo permitía y había descubierto que Martín era el ser que despertaba emociones intensas en su cuerpo y en su alma.
No solo era el recuerdo de la noche anterior, que por cierto estaba presente en su cuerpo con marcas evidentes, sino ese espacio que se había abierto en su corazón, esa necesidad de compartirlo todo con él, de contarle cada una de las cosas que sentía.
La niña de Paula, por ejemplo. Jacinta la había recibido preocupada, diciéndole al instante que había sido ella la que había enviado a Martín para que la detuviese en esa loca aventura por Colonia. Casi salta de alegría para agradecérselo, aunque simplemente se limitó a decirle que no había sucedido nada y que había encontrado la manera de obtener las telas que hacían falta.
Luego Jacinta la tomó de la mano para decirle con una voz muy dulce que la niñita de Paula y Guillermo ya había nacido.
Una ráfaga de viento frío le sopló en la cara y ella le sonrió al viento haciéndole burla, no había nada que arruinase aquella tarde soleada de abril.
La niña era tan hermosa como pequeña y frágil. Una persona en miniatura con deditos que se estiraban una y otra vez hacia su mamá, quien la tenía en brazos aunque también lucía terriblemente frágil.
Jimena y Paula se habían refugiado una en la otra muchos años atrás y se habían convertido en amigas. El año anterior había sido muy duro y tanto su prima como su esposo la adoraban por haberlos ayudado tanto en aquel momento. Jimena quería a su prima porque había encontrado en ella un lugar de paz bastante más cerca que el barquito, cuando se peleaba con Jacinta o cuando los negocios no salían demasiado bien y ella se sentía tan desolada que quería abandonarlo todo.
Paula era la que le recordaba una y otra vez quién era y por qué hacía todo lo que hacía. La que la instaba a continuar a pesar de la tristeza de algunos días y la que la hacía reír a carcajadas con sus ocurrencias y sus razonamientos extravagantes. Paula había vivido protegida en su biblioteca, y ese aire de inocencia tal vez no se fuera nunca de ella. Jimena podía refugiarse del mundo en la casa de su prima. Jacinta había visto eso y no podía dejar de reprochárselo, pero lo que su hermana no sabía era que ella ni siquiera confiaba sus sentimientos a Paula.
Sostener a la pequeña Jimena en sus brazos la emocionó tanto que los ojos se le llenaron de lágrimas. Era una versión en miniatura de Paula, con el cabello casi blanco de tan rubio, aunque tenía los enormes ojos azules de su padre. Jimena tuvo que morderse los labios para no sollozar en aquel momento. Era el primer niño que nacía de una mujer de una edad próxima a la suya en la familia. Que fuera de Paula no hacía más que aumentar la emoción.
Tuvo que sentarse en una silla junto a Paula, quien estaba tendida en la cama, con el rostro cansado y los ojos fijos en la pequeña, cuando Guillermo le anunció que sería la madrina. Las piernas le temblaban, no había esperado el honor de ser quien debiera proteger a aquella criatura tan pequeñita, aunque con una enorme bocota que bostezaba de a ratos, si algo sucedía.
Enseguida pensó en Martín. Tenía que contárselo cuanto antes. Tenía que explicarle lo maravilloso que era poder ser responsable por algo tan chiquito y delicado, pero al mismo tiempo tan importante como Antonia Jimena Ávila. Sonrió al recordar la pregunta de Martín acerca de las dos Jimenas en Buenos Aires. Por supuesto que la ciudad soportaría a dos Jimenas, la que se apellidaba Torres se encargaría de ello.
Al llegar a la altura del Fuerte, se quedó mirando el río. Sintió un escalofrío. Los ingleses pronto estarían allí. Tarde o temprano, cuando llegaran los refuerzos de Inglaterra, decidirían que ya habían esperado suficiente y que volverían para recuperar la ciudad que habían perdido el año anterior. Y esta vez volverían con más fuerzas todavía.
Se sintió posesiva. No les permitiría que tomasen la ciudad, puesto que la pequeña Antonia tendría que vivir en ella, recorrer sus calles llenas de barro y mal empedradas, sentir todos aquellos vientos enloquecedores en su rostro, contemplar la interminable llanura de plata que rodeaba a la ciudad, quejarse de la humedad constante, suspirar con las semanas enteras de lluvias en las que no se podía salir o enamorarse en alguna tarde dulce de primavera, cuando todavía hiciera frío pero se sintiera una promesa de futura tibieza traída por el viento del este.
Buenos Aires sería libre y eso también implicaba que pronto la Corona Española tendría que alejarse de sus colonias americanas. Jimena sabía que todo aquello había empezado a gestarse, como la vida de la pequeña Antonia, el año anterior y que seguiría hacia delante. Buenos Aires resistiría, era fuerte, tal vez sus calles fueran de barro, pero no las personas que la habitaban. Dos Jimenas en la misma familia solo podrían fortalecerla aún más.
Se frotó los brazos con energía para quitarse el frío, y siguió caminando. Al pasar por la Catedral le pidió a la Virgen de los Buenos Aires que Antonia no fuese tan friolenta como su madre porque parecía que iba a helar aquella noche.
Ella tendría el recuerdo de Martín para entibiarle el alma. Suspiró pensando en cómo había cambiado todo: se había permitido unos sentimientos que se había ocultado durante mucho tiempo.
Amar a un hombre tan bello como Martín, tan firme en sus resoluciones, trabajador, melancólico hasta extremos que ni él mismo sospechaba, todo era una novedad, pero también un alivio para ella. Hacía tiempo que se sentía sola, una soledad que nada tenía que ver con la ausencia de una familia o de amigos, sino con una ausencia más difícil de soportar. Toribio no se había comportado bien con ella, eso era cierto, y de alguna manera había sido una fortuna que se hubiese alejado al saber que su padre las había dejado en la pobreza. Lo que sentía por Martín no se parecía en nada a lo que había sentido por Toribio.
Lo maravilloso de todo aquello era que se había permitido sentir: sentimientos arriesgados, fuera de todo prejuicio social, y había sido feliz. Había hecho lo que doña Mariana tanto temía: había elegido libremente disponer de su cuerpo, de su voluntad, y hacer lo que verdaderamente deseaba hacer.
Había logrado convertirse en una mujer libre.
Libre de represiones, libre de prejuicios, libre para amar y ser amada, libre para ser lo que deseaba ser. Martín le había ofrecido esa oportunidad. Se sentía capaz de entregarle la vida si él se lo pedía. Aunque, por supuesto, prefería que le pidiera su mano en matrimonio, puesto que tenía muchos planes para su vida futura.