Capítulo 26
Los mimos llegaron desde todos lados. Hasta la pequeña Antonia apareció una tarde soleada de mayo bien abrigadita en brazos de su papá.
Guillermo sabía todo. No hacía falta que lo dijera, su rostro podía estar siempre jovial pero en sus ojos había una resolución que Jimena no podía esquivar.
—Paula nos envió a ambos, aunque solo nos permite una ausencia de veinte minutos. Confía en que Antonia pueda hacerte sonreír, cosa que ya hizo por lo que veo. Y confía también en que me permitas tomar alguna acción contra Olivera antes de que lleguen los ingleses y lo maten ellos. Y como jefe de esta familia, no te atrevas a decir nada en contra de eso, reclamo para mí el derecho de concederle una buena patada en donde tú sabes. Paula me impide decir palabrotas delante de Antonia, espero que hayas entendido.
Jimena trataba de no sonreír ante las palabras de Guillermo, pero no podía dejar de hacerlo. Jacinta les había contado todo a Paula y a Guillermo y ella había estado, por primera vez, de acuerdo. Cuantas más personas la consintieran, mejor. Seguía siendo fuerte, seguía queriendo hacer su voluntad por encima de cualquier cosa. Pero ahora estaba aprendiendo que si contaba sus penas, estas se hacían un poco más llevaderas.
Y eso no era poco.
Guillermo Ávila no tenía familia en Buenos Aires y había adoptado a las Torres como a unas hermanas pequeñas a las que proteger. Y hasta que Enrique y Jacinta se casaran —ya habían celebrado en la intimidad los esponsales y a fines de agosto contraerían matrimonio en la iglesia de San Ignacio—, él sería el jefe de la familia.
Contemplaba a Jimena, quien sonreía embobada mientras sostenía a Antonia entre sus brazos. Era evidente que la chiquita le llevaba cierta luminosidad a su rostro opaco por la tristeza. De vez en cuando, la niña gorjeaba muy despacito y ella le prestaba más atención todavía, como si esos sonidos pronunciaran alguna palabra.
—Paula asegura que está recitando la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano.
Jimena alzó los ojos y le sonrió.
—Paula está loca.
Guillermo no pudo negarlo, su esposa parecía un poquito desquiciada a veces. Pero luego agregó orgulloso:
—Para que se la aprenda de memoria le lee los primeros artículos de la Declaración todas las noches. Sin duda, serán las primeras palabras que pronuncie.
Jimena lo miró con ternura. No sabía si Guillermo se estaba burlando de ella, pero eso no importaba. Él estaba allí para alegrarla y su presencia le hacía bien. Él mismo se había ofrecido para proveer a la tienda de las Torres de telas, de modo que Jimena pudiera tomarse un tiempo para recuperarse del resfrío que la había mantenido en cama la semana anterior. Hasta le había ofrecido unirse al comercio español, que él realizaba con ciertos beneficios, y el contrabando por Ensenada, que era mucho más sencillo y redituable que el que se hacía por Colonia.
Entró a la sala Julieta, orgullosa, con un enorme plato de tortas fritas. Doña Juana apareció detrás de ella con los elementos para cebar mate. Era la hora de la merienda, y por las ventanas que daban a la calle entraba la luz del débil sol de mayo.
Todas se habían propuesto consolarla y, gracias a ello, Jimena podía pasar los días sin pensar demasiado en Martín. No se había recuperado de su herida, esta ni siquiera se había cerrado, sino que ya no sentía el peso de la tristeza en el alma, encerrada en una cárcel que ella misma se imponía.
Por un momento, durante una horrible noche tormentosa, en la que varios rayos cayeron sobre Buenos Aires, había pensado en dejarlo todo. Tres días después de la discusión con Martín, y cuando los rumores esparcidos por Doña Mariana habían llegado a media Buenos Aires, había pensado en tomar el dinero que había logrado acumular e irse a algún lugar lejano, Corrientes, por ejemplo.
Enrique tenía familia en esa ciudad próxima a Buenos Aires pero lo suficientemente lejana, contactos con los que podía trabajar sin cruzarse con Martín nunca más en su vida. Él usaría la dote de Jacinta para entrar en el comercio, como pensaba hacerlo en Buenos Aires. Su madre, Julieta y ella misma vivirían del dinero que poseían y tal vez hasta pudieran abrir una nueva tienda de lencería y telas. Julieta encontraría algún buen hombre con el que casarse.
Ella, por su parte, se olvidaría de sí misma para dejar de pensar en su tristeza. La vida que había construido sola: sus logros, sus aventuras, su amado barquito anclado en el río Las Conchas.
Sabía por lo que debía atravesar al intentar olvidarse de Martín.
Primero sentiría su ausencia en el cuerpo, sus manos lo extrañarían. Luego, su rostro se esfumaría en el aire, borroso recuerdo de una presencia amada. Tiempo más tarde se podría sentar a mirar por la ventana sin recordarlo, aunque de vez en cuando, las lágrimas correrían por sus mejillas sin saber por qué. En unos meses sería capaz de estar delante de otros y no pensar en él. Y tal vez, después de mucho tiempo, su corazón dejaría de sangrar. Así había sucedido con Toribio y así pensaba que sucedería con Martín.
Se escondería del mundo, donde ninguna emoción pudiera tocarla. Se olvidaría de sus recuerdos para siempre. Olvidaría la existencia del capitán Olivera, de su voz profunda en el murmullo de la noche lluviosa, susurrándole que no se casaría con Francisca.
Allí estaba la solución, la única que se le antojaba posible, dejarlo todo atrás, olvidar y empezar de nuevo, en un lugar alejado, donde nadie la conociera, donde nadie sospechara de ella. Lejos de Martín y su apego al deber, lejos del calor que sentía su cuerpo cuando recordaba sus miradas o las rudas caricias de su barba crecida. Lejos de él y de todo lo que representaba.
Pero el deseo de irse fue sucumbiendo ante tantas razones que hasta se le había antojado ridículo. No podía obligar a su familia a dejar Buenos Aires solo porque su corazón estaba roto. No podía alejarse de la pequeña Antonia, porque entonces una parte de su corazón desaparecería para siempre. Quizás pudiera escribir cartas a Paula y Guillermo, pero no sería lo mismo, necesitaba tenerlos cerca para reírse de sus locuras.
Pero, por sobre todas las cosas, no podía dejar Buenos Aires. Amaba cada uno de sus rincones, cada una de sus calles embarradas del invierno, el aire limpio del viento del sur, la espantosa sudestada que la hacía tiritar de frío, la increíble cantidad de iglesias que había en una ciudad tan pequeña...
Buenos Aires se le hacía carne y dejarla hubiera significado dejar su cuerpo en el lugar que amaba. Había peleado por la ciudad, había arriesgado su vida por no verla en manos de los ingleses y no podía dejarla por más que se sintiera tan triste.
Jacinta se había ocupado de ella con una devoción de hermana que Jimena no había conocido. No le hablaba demasiado, sino que se sentaba todo el tiempo junto a ella, encargándose del trabajo más pesado de esos días: confeccionar los uniformes de los Patriotas de la Unión que le habían encargado. Los entrenamientos se habían hecho más rigurosos y Jimena lo agradecía. Veía la tela azul en las manos de su hermana y la aguja que iba y venía traspasándola. Ella ya tenía su casaca con botones de plata y la falda azul que reemplazaba al pantalón del uniforme masculino.
Julieta le preparaba todo tipo de dulces que comía junto a ella mientras lloraba de pena y Jimena tenía que encargarse de secarle las lágrimas. A veces se sentaba junto a ella en la cama, se cubría con una pesada manta, y comenzaba a jugar con los abanicos que había escondido entre las sábanas, preguntándole la historia de cada uno de ellos. Jimena recorría lentamente las varillas de los abanicos pensando en todos los posibles caminos que la vida ofrecía.
Su madre la despertaba todas las mañanas con un beso en la frente y la ayudaba a trenzarse el cabello por las noches. Juana Torres conocía el valor y la fortaleza de su hija, pero no podía olvidar que era su propia sangre la que sufría y su corazón se partía al verla tan triste. Jimena veía la pena de su madre y trataba por todos los medios de alegrarse un poco, pero era todo tan difícil que, al final, terminaban llorando en silencio las dos.
Un gorjeo la distrajo de esos pensamientos. Antonia estaba empezando a extrañar a su mamá y Guillermo se puso lentamente de pie para llevársela. Los veinte minutos establecidos por Paula se habían convertido en media hora gracias a la bondad de Guillermo y a la exquisitez de las confituras que Julieta le ofrecía ruborizada.
La dejó ir después de un sonoro beso en la mejilla.
Los labios de Guillermo dibujaron una amplia sonrisa al despedirse de ella, lo que hizo que sus hoyuelos se marcaran hasta darle un aspecto pícaro. Pero sus ojos no la engañaron. Sabía que tarde o temprano él se encargaría de hacerle saber a Martín que ella no estaba sola.