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Dos semanas después se celebró la audiencia preliminar.

Carenza llegó con retraso, como de costumbre.

Yo esperaba fuera de la sala, charlando con algún colega y con los periodistas que estaban allí precisamente por mi proceso. Cervellati, en cambio, no había llegado.

A él no le gustaba esperar al juez delante de la sala, entre los abogados. Así que ordenaba a su secretario que le dijera al ayudante del juez que lo llamaran cuando la audiencia estuviera a punto de empezar.

Carenza entró en la sala seguida por su ayudante y un empleado que empujaba un carrito repleto de carpetas. Yo también entré, me senté en mi sitio, en el banco de la derecha para quien esté frente al juez, y abrí mis documentos, sin más, tanto para hacer algo como para calmar los nervios.

Poco después me di cuenta de que en la sala también estaba mi colega Cotugno, que tenía que constituirse en acusación particular por parte de los padres del niño. Era un abogado anciano, un poco fanfarrón, sordo y con un aliento terrible.

Las conversaciones con Cotugno eran surrealistas. Él, como no le funcionaba el oído, tendía a acercarse. Su interlocutor, al que normalmente le funcionaba el olfato, tendía en cambio a retirarse. Hasta que las circunstancias y la buena educación se lo permitían. Luego tenía que aguantarme.

Así que cuando vi a Cotugno sentado en el banco del fiscal —como solían hacer los abogados de la acusación particular— puse en marcha una compleja estrategia para evitar su aliento. Me levanté a medias, apoyándome en mi banco, alargué el brazo en toda su extensión y le di la mano manteniendo un equilibrio precario. Claramente incompatible con cualquier conversación. Luego me volví a sentar.

La jueza dijo al ayudante que avisara a los funcionarios de prisiones para que trajeran al detenido del calabozo.

En aquel momento Cervellati se materializó a mi izquierda. Llevaba un traje gris con mocasines marrones sin cordones y con borlitas. Me preguntó qué pretendía conseguir con aquel juicio.

Mentí. Mi cliente —dije— había querido pensarlo hasta el último momento, de modo que yo no iba a saber hasta aquella mañana si pediríamos el proceso abreviado o no.

Cervellati me miró, pareció que estaba a punto de decir algo, luego agitó la cabeza y se sentó en su sitio. No me había creído, y no tenía un aire amistoso.

Dos minutos después, por una puerta lateral, rodeado por cuatro funcionarios de prisiones, las esposas en las muñecas, entró Abdou. Llevaba unos pantalones de loneta de color caqui y una camisa blanca; en el brazo llevaba una chaqueta o una cazadora. Tenía un aspecto limpio. Estaba bien afeitado y su camisa parecía haber sido planchada aquella misma mañana.

—Señoría, ¿puedo hablar un momento con mi cliente, antes de empezar la audiencia?

—Adelante, abogado. Por favor, quítenle las esposas.

El funcionario más anciano extrajo una llave y liberó las manos de Abdou. Me acerqué a él mientras se masajeaba las muñecas. Hablé en voz baja.

—Bueno, Abdou, si has cambiado de idea todavía tenemos tiempo. Poco, pero todavía tenemos tiempo.

Él negó con la cabeza. Yo permanecí unos instantes mirándole y él me miró a mí. Luego regresé a mi sitio, notando cómo las pulsaciones aceleraban el ritmo y el miedo llegaba, como una ola.

Las formalidades de apertura de la audiencia fueron despachadas con rapidez y luego llegamos al momento.

—¿Se va a solicitar un procedimiento alternativo? —dijo Carenza.

Me levanté abrochándome la americana. Aún eché una mirada en dirección a Abdou.

—Señoría, mi cliente y yo hemos examinado detenidamente la eventual conveniencia de solicitar un procedimiento abreviado, pero al final ambos hemos considerado que se trata de un proceso que debe someterse a juicio. Y por ello, no, no solicitamos un procedimiento alternativo.

Me senté sin mirar a Cervellati.

La jueza invitó entonces a las partes a que formularan sus conclusiones.

Cervellati habló brevemente. La investigación estaba llena de pruebas contra el acusado, Abdou Thiam. Eran pruebas que ciertamente conducirían a una confirmación de su responsabilidad penal, al final del juicio, con respecto a todos los cargos delictivos —los gravísimos, odiosos cargos delictivos— explicitados en la acusación. La audiencia preliminar sólo podía concluirse con la apertura de juicio al imputado ante un tribunal, para responder de secuestro de persona y de homicidio voluntario. Sólo era necesario integrar el agravante contenido en el cargo B. En base al art. 423 del código penal, el fiscal quería modificar la acusación de homicidio. De homicidio simple a homicidio con agravantes.

Cervellati hizo constar en el acta la nueva imputación.

Había mantenido su palabra. Ahora mi cliente tenía una acusación que, en caso de condena, lo llevaría directamente a la cadena perpetua.

La jueza me preguntó si pensaba pedir un plazo para la defensa. Era un gesto de cortesía, no estaba obligada a hacerlo. Se lo agradecí y dije que no, no pensábamos pedir plazos.

Entonces le tocó a Cotugno, quien fue todavía más breve que Cervellati. Se unió a las peticiones del fiscal y pidió también él la apertura del juicio.

Yo tenía poco que decir, porque en un proceso como aquél no había, obviamente, ninguna posibilidad de libre absolución en la audiencia preliminar.

Y entonces, simplemente, dije que no teníamos observaciones sobre la petición de apertura de juicio.

Luego la jueza leyó el acta.

El juicio contra Abdou Thiam, nacido en Dakar, Senegal, el 4 de marzo de 1968, por las acusaciones de secuestro de persona y homicidio con agravantes quedaba fijado para el 12 de junio, en la Audiencia Provincial de Bari.