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Después del encuentro con Cervellati fui a la audiencia y pacté una pena para una señora acusada de bancarrota fraudulenta.
Para decir la verdad, la señora no tenía nada que ver con la bancarrota, con la quiebra, con la empresa y con la justicia. El titular oculto de la empresa era el marido, que ya había quebrado una vez y tenía antecedentes por estafa, apropiación indebida y actos obscenos.
Había puesto la empresa —comercio de abonos— a nombre de la mujer, le había hecho firmar montañas de letras, no había pagado a los empleados, no había pagado la electricidad, no había pagado el teléfono, había hecho desaparecer la caja.
Obviamente, la empresa había quebrado y la titular había sido acusada de bancarrota fraudulenta. Caballerosamente, el marido había consentido que la justicia siguiera su curso y que la mujer fuera condenada, si bien con una pena pactada.
Me habían pagado la semana anterior, sin recibo. Con el dinero de la caja desaparecida o con fondos de quién sabe qué otro embrollo del señor De Carne.
Una de las cosas que se aprenden enseguida ejerciendo de abogado penalista es que, al tener que tratar principalmente con tipos como De Carne, uno cobra por anticipado.
Obviamente a uno le pagan casi siempre, o al menos muy a menudo, con fondos que provienen de algún delito.
Estas cosas no deben decirse, pero cuando defiendes a un traficante profesional que te paga diez, veinte, incluso treinta millones de liras si consigues sacarlo de la cárcel, por lo menos deberías albergar una vaga duda sobre la procedencia de aquel dinero.
Si defiendes a un señor arrestado por extorsión continuada en colaboración con desconocidos y sus amigos se presentan en el despacho y te dicen que no te preocupes por los honorarios, que se ocuparán ellos, también aquí podrás pensar que aquellos honorarios no consistirán en dinero muy limpio.
Que quede claro: yo no era mejor que los demás, si bien algunas veces intentaba concederme algo de dignidad. No, sin embargo, con tipos como De Carne.
O sea que había cobrado por anticipado con dinero de procedencia desconocida —y dudosa—, había cerrado un pacto decente que, como mínimo, le había garantizado a la pobre señora la suspensión condicional de la pena y aquella mañana ya podía irme a casa.
Aproveché una pausa de la lluvia, hice la compra, regresé a mi apartamento y apenas había empezado a prepararme una ensalada cuando sonó el móvil.
Sí, era Guido. Claro que me acordaba de ella, Melisa. Sí, en la cena de Renato. Había sido una velada muy agradable. Mentiroso. No, no me importaba que tuviera el número de mi móvil, al contrario. ¿Si sabía quiénes eran los Acid Steel? No, lo lamentaba. Ah, había un concierto de estos Acid Steel, esta noche en Barí, bueno, cerca de Bari. ¿Si quería ir con ella? Sí, pero ¿y las entradas? Ah, tenía dos entradas, en realidad dos invitaciones. Muy bien. Entonces dame tu dirección que paso a recogerte. ¿Pasas tú? Muy bien. Ah, ya sabes dónde vivo. Muy bien, esta tarde a las ocho, sí, no te preocupes, que no me visto de abogado. Adiós. Adiós.
A Melisa la recordaba muy bien. Tal vez unos diez días antes mi amigo Renato, ex alternativo ahora en el sector de las vallas publicitarias, celebraba sus cuarenta años. Melisa había llegado con un contable bajito, vestido con pantalones negros, camiseta elástica negra, americana negra estilo Armani, pelo negro largo sobre las orejas, inexistente encima del cráneo.
Ella no había pasado inadvertida. Cara medio oriental, uno setenta y cinco, llenos y vacíos inquietantes. Incluso una mirada inteligente, en apariencia.
El contable pensaba que había pescado el as aquella noche. En cambio, tenía el dos de copas y la brisca eran bastos. Apenas hubo entrado, Melisa hizo amistad prácticamente con todos los hombres de la fiesta.
También había charlado conmigo, ni más ni menos que con los demás, me había parecido. Había mostrado interés en el hecho de que practicara el boxeo. Me dijo que se estaba licenciando en biología, que iría a especializarse a Francia, que era muy simpático, que no parecía un abogado y que probablemente nos volveríamos a ver.
Luego había pasado a otro.
En otros tiempos —un año antes— me habría lanzado a recuperarla en medio de la jungla de machos malintencionados que poblaban la fiesta. Habría intentado algo, le habría dado el número de mi móvil, habría procurado crear las condiciones para volver a vernos cuanto antes. Y al diablo el contable dark. Que, por cierto, se estaba dedicando afanosamente a tragar un cóctel tras otro, de modo que pronto la palmaría de cirrosis.
Aquella noche, en cambio, no hice nada.
Cuando acabó la fiesta me fui a casa y me puse a dormir. Al despertarme, tras las habituales cuatro horas, Melisa ya estaba muy lejos, prácticamente desaparecida.
Ahora, diez días después, me llamaba al móvil para invitarme a un concierto de los Acid Steel, que tocaban en Bari, mejor dicho cerca de Bari. Así.
Me noté extraño. Por un instante sentí el impulso de llamar y decir que no, desgraciadamente tenía otro compromiso. Perdóname, me había olvidado, quizás otra vez.
Luego dije en voz alta: «Hermano, te estás volviendo verdaderamente loco. Verdaderamente loco. Ve a ese carajo de concierto y procura acabar con las payasadas. Tienes treinta y ocho años y una expectativa de vida más bien larga. ¿Piensas pasártela siempre de esta manera? Ve a ese carajo de concierto y agradécelo».
Melisa llegó a casa puntual, pocos minutos después de las ocho. Iba a pie y su vestimenta era una invitación para cometer un delito.
Dijo que su coche no arrancaba, pero que había venido al centro y se preguntaba si teníamos tiempo para coger el mío. Teníamos tiempo. Cogimos el coche y nos dirigimos hacia Taranto. El concierto era en una pequeña nave industrial abandonada en medio del campo entre Turi y Rutigliano. Nunca habría sido capaz de llegar hasta allí yo solo.
El ambiente tenía un aire semiclandestino. Algunos espectadores tenían un aspecto claramente clandestino.
En el interior, por suerte, no estaba prohibido fumar.
No estaba prohibido fumar nada.
Y de hecho fumaban de todo y bebían cerveza. El ambiente estaba denso por el olor del humo, de la cerveza, del aliento de cerveza, de los sobacos. Nadie se reía y muchos parecían ocupados en un sombrío, misterioso ritual del cual yo estaba —afortunadamente— excluido.
Empecé a sentirme incómodo, con un impulso de largarme que crecía y crecía.
Melisa hablaba con todos y conocía a todo el mundo. O tal vez repetía el guión de la fiesta de Renato. En aquel caso yo estaba en el lugar del contable, pensé. Impulso de huida decuplicado. Ansia. Ansia. Me sentía observado. Ansia.
Luego, por suerte, comenzó el concierto de los Acid Steel.
No tengo ganas de hablar de las dos horas ininterrumpidas de aquello que llamaban música, también porque mi recuerdo más intenso no es el de los ruidos, sino el de los olores. La cerveza, los cigarrillos, los porros, los sudores y no sé qué más parecían rellenar cada vez más el aire de aquella tétrica nave. Por unos segundos tuve el absurdo pensamiento de que de un momento a otro todo explotaría, arrojando al espacio aquel cóctel terrible de hedores. El aspecto positivo de esta posibilidad era que los Acid Steel —cuya visible transpiración permitía suponer que contribuían de manera determinante al hedor— serían arrojados al espacio y nadie oiría hablar de ellos nunca más.
La nave no explotó. Melisa bebió cinco o seis cervezas y fumó varios cigarrillos. No estoy seguro de que se tratara sólo de cigarrillos porque la oscuridad era total y la procedencia de los olores ——incluido el de los porros— era indeterminable. En un momento dado me pareció que se tragaba alguna pastilla junto con la cerveza.
Yo me limité a fumar mis cigarrillos, y bebí algún trago de las botellas que, de vez en cuando, Melisa me traía.
El concierto terminó y no compré el CD de los Acid Steel, en venta a la salida.
Melisa saludó a un grupo de personajes con los que me temía que podríamos proseguir la velada y luego me cogió de la mano. En la oscuridad del campo explanado que servía de aparcamiento noté cómo la sangre me subía a la cara y a otros sitios.
—¿Vamos a tomar algo?
Gorgoteó en un tono extrañamente alusivo, mientras me frotaba el dorso de la mano con el pulgar.
—Tal vez comamos también algo.
Pensaba en los litros de cerveza que ya tenía en el cuerpo y en las demás e imprecisas sustancias psicoactivas que le circulaban por la sangre y entre las neuronas.
—Sí, sí, tengo ganas de algo dulce. Una crepe de nocilla, o de nata con chocolate amargo fundido.
Regresamos a Bari y fuimos al Gaugin. Hacían crepes muy buenas, eran educados y simpáticos, tenían hermosas fotografías en las paredes. Era un lugar al que solía ir cuando estaba con Sara y no había vuelto más. Aquella noche era la primera vez.
Una vez dentro me arrepentí de haber ido. En las mesas, rostros conocidos. Alguien a quien saludar, todos me conocían.
Entre las mesas, el dueño y los camareros que nos observaban. Que me observaban. Podía oír el ruido de sus pensamientos. Sabía que en aquel momento estaban hablando de mí. Me sentía un miserable cuarentón que sale con jovencitas.
Melisa, mientras, estaba muy cómoda y hablaba sin cesar.
Yo tomé una crepe de jamón, nueces y mascarpone y una cerveza pequeña. Melisa tomó dos crepes dulces, con nocilla, nueces y plátano la primera; con requesón, pasas de Corinto y chocolate fundido la segunda. Bebió tres calvados. Habló mucho. Dos o tres veces me tocó la mano. Una vez, mientras hablaba, se detuvo bruscamente, me miró fijamente, mordiéndose de manera imperceptible el labio inferior.
Están filmando con una cámara oculta, pensé. Ésta es una actriz, en cualquier lado hay una cámara de televisión escondida, ahora yo diré o haré algo ridículo, alguien saldrá y me dirá que sonría a los telespectadores.
No salió nadie. Pagué la cuenta, salimos, fuimos al coche, encendí el motor y Melisa me dijo que podíamos acabar la velada bebiendo alguna cosa en su casa.
«No, gracias. Eres una alcohólica o algo peor. Ahora te acompaño a casa, no subo y me voy a dormir», habría tenido que decir.
—De acuerdo, quizá sólo un trago y luego nos vamos a acostar, que mañana se trabaja.
Dije precisamente esto: «Quizá sólo un trago».
Melisa me dio un beso en el ángulo de la boca, entreteniéndose algún segundo. Apestaba a alcohol, humo y a un perfume intenso que me recordaba algo. Luego dijo que en casa no tenía casi nada y que era mejor pasar por un bar y comprar algunas cervezas.
No me encontraba a gusto, pero igualmente me detuve en un bar que estaba abierto toda la noche, bajé y compré dos cervezas. Para evitar que la situación degenerara.
Vivía en un viejo edificio de protección oficial, en la zona de la sede de la RAL El típico edificio donde viven los extranjeros seis o siete en una habitación, los ancianos adjudicatarios de las viviendas de protección oficial, categoría en desaparición del registro, y los estudiantes que no son de la ciudad. Melisa era de Minervino Murge.
En el portal había una lamparita muy pequeña, que no iluminaba nada. Melisa vivía en el primer piso y las escaleras apestaban a orines de gato.
Abrió la puerta y entró primero y yo la seguí, antes de que encendiera la luz. Olor a cerrado y a humo frío.
Con el ambiente iluminado me di cuenta de que estaba en una entrada minúscula que daba, a la izquierda, a una habitación dormitorio—estudio. A la derecha había una habitación cerrada que, pensé, era el baño.
«¿Dónde está la cocina?», pensé insensatamente en aquel momento. Justo en aquel momento ella me agarró de la mano y me condujo a la habitación—dormitorio / sala de estar / estudio. Había una cama adosada a la pared opuesta a la puerta, un escritorio, libros por doquier. Libros en estanterías, columnas de libros por el suelo, libros en el escritorio, libros desparramados. Había una vieja grabadora, un cenicero con dos filtros aplastados, algunas botellas de cerveza vacías, una botella de whisky J amp;B casi vacía.
Los libros habrían tenido que tranquilizarme.
Cuando voy a una casa por primera vez me fijo si hay libros, si son pocos, si son muchos, si están demasiado ordenados —lo que no habla a su favor— si están por todas partes —lo que habla a su favor— etcétera, etcétera.
Los libros en la pequeña casa de Melisa habrían tenido que provocarme sensaciones positivas. No fue así.
—Siéntate —indicó Melisa señalando la cama. Me senté, ella abrió las cervezas, me pasó una y bebió la mitad de la suya sin quitar la boca del cuello de la botella. Yo bebí un trago, así, por beber. Mi cerebro buscaba frenéticamente una excusa para escapar. Al fin y al cabo eran casi las dos de la madrugada, yo tenía que trabajar al día siguiente, habíamos pasado una agradable velada, ciertamente nos volveríamos a ver, no te preocupes, te llamo yo, además me duele un poco la cabeza. No, no hay nada que no vaya bien, aparte del hecho de que eres una alcohólica, una drogadicta, probablemente una ninfómana y ya me entran ganas de llorar. De verdad que te vuelvo a llamar.
Mientras intentaba pensar en algo menos patético, Melisa —que mientras tanto había terminado su cerveza de un trago— se quitó las braguitas, negras, por debajo de la falda.
No quería malgastar demasiado tiempo en preliminares y otras formalidades aburridas. Evidentemente.
En efecto, no hubo formalidades.
Permanecí en aquel lugar, haciendo cosas, hasta casi la mañana siguiente.
Fumando y acabándose la botella de whisky ella me habló de las dificultades de ser una estudiante de fuera de la ciudad, a quien los padres no daban casi nada. Pagar el alquiler cada mes, comprar la comida —y la bebida, pensé yo—, fumar, vestirse, el móvil, salir por la noche de vez en cuando. Los libros, obviamente. Algún trabajo esporádico —azafata, relaciones públicas—, que nunca era suficiente.
Si no se ofendía, yo podía prestarle algo. No, no se ofendía, pero debía prometerle que se lo haría devolver. Lógico, no te preocupes. No, quinientas mil no las tengo en efectivo, bueno, tengo doscientas veinte aquí en la cartera, veinte me las quedo, por lo que sea. No te preocupes, cuando puedas me las devuelves, sin prisa. Ahora me tengo que marchar, sabes, mañana, es decir ahora, dentro de nada, trabajo.
Me dio su número de móvil. Seguro que te llamo, le dije, mientras arrebujaba la nota en el bolsillo y abría la puerta con la prisa de alguien a quien estuvieran persiguiendo.
Fuera, el alba era morada, el cielo de color ratón. Los charcos eran tan negros que no reflejaban nada.
Mis ojos no reflejaban nada.
Me acordé de una película que había visto hacía un par de años. Espíritus en las tinieblas, una bellísima historia de cazadores y leones.
Val Kilmer le pregunta a Michael Douglas: «¿Has fracasado alguna vez?»
Respuesta: «Sólo en la vida».
Al día siguiente me cambié la tarjeta y el número del móvil.