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Los protocolos del Proyecto de las Madres Lesbianas eran claros. Y la limitación evidente, la ausencia de un grupo de control de parejas heterosexuales o adultos sin vínculos de parentesco.

—Pero tampoco había parejas del mismo sexo en el estudio original —adujo B2.

B1 me había indicado que me comunicase con el equipo a través de B2, que acababa de terminar el doctorado.

—Ese fue un estudio preliminar —dije.

—Este también lo es. Nos merecemos la misma consideración.

Mi autorización había llegado sin problemas, posiblemente porque el Poli Margarita seguía reteniendo mi expediente a la espera de la evaluación de Lydia, y ahora se me permitía observar los experimentos.

El Equipo B había creado una pequeña sala con sofá y butacas. El protocolo era trivialmente simple: B3, la enfermera, tomaba una muestra de oxitocina del lactante; a continuación, una de las madres lo acariciaba. Luego B3 tomaba otra muestra. Después la madre regresaba y repetía el ejercicio, salvo que esta vez jugaba con el bebé en lugar de acariciarlo. Luego se repetía el experimento con la segunda madre.

—¿Cuáles son los resultados por el momento? —pregunté a B1.

—Tú, antes que nadie, deberías saber que es inapropiado extraer conclusiones a partir de datos preliminares sin procesar. ¿No tienes un ratón que diseccionar? Esta tarde nos visita un grupo de mujeres, y sería conveniente que no te viesen rondando por aquí.

B3 había estado observando.

—¿Te invito a un café? —me dijo.

—Son las tres y trece. La cafeína tiene una vida media…

Se dio media vuelta, pero volvió a interceptarme fuera, delante de la puerta.

—¿Quieres saber qué dicen los datos preliminares? Nos vemos en la cafetería.

Secretos, secretos, secretos. Rosie no sabía por qué había aceptado trabajar en el proyecto. No sabía lo del Incidente del Parque Infantil, ni lo de Lydia, ni lo del Curso para Buenos Padres. Gene había engañado a Claudia durante años. Ahora B3 quería transmitirme datos que B1 no quería facilitarme. Hubo un tiempo en que en mi vida no había secretos. Y mis relaciones, pese a ser escasas, no corrían peligro. Sospechaba que existía una correlación entre lo uno y lo otro.

—Yo tomo las muestras e introduzco en el ordenador todos los resultados —empezó a decir B3—. Hago lo primero porque soy enfermera. Y lo segundo, por lo mismo. Y también voy por los cafés por la misma circunstancia. Pero no hace falta tener un doctorado para ver qué pasa. La oxitocina sube con las caricias, no se mueve con el juego. Con cualquiera de las dos madres. Parece que lo del juego sólo funciona con los padres. Están cambiando el modo de jugar para que se parezca más a las caricias. No cuando tú estás presente, claro. Encontrarán cualquier excusa para librarse de los primeros resultados.

Volví andando con B3.

—Quizá sea mejor que vuelvas mañana; hoy Briony está un poco tensa.

Briony era B1. En un contexto social, habría captado la sutil indirecta de que mi presencia no era bienvenida. Pero aquello era ciencia. A veces conviene ser inmune a las sutilezas.

Cuando regresé, el equipo recibía a un grupo de trece mujeres. B1 y B2 no me hicieron el menor caso, pero una de las mujeres (edad aproximada sesenta y cinco, IMC de 26) se me acercó directamente.

—¿Eres el hombre que han metido en el estudio para salvar las apariencias? —Se echó a reír.

Usé las palabras de David Borenstein.

—El decano me ha asignado el proyecto para asegurarse de que la investigación no está sesgada por una ideología lesbiana.

Ella volvió a reír. Detecté simpatía.

—¿Y qué has hecho para ganarte el puesto? ¿Acostarte con la hija del decano?

B1 la interrumpió y señaló a una mujer acompañada de un lactante en un cochecito de calidad media.

—Cuando el bebé despierte, esta mujer jugará con él y le mediremos la oxitocina. Es la madre que no tuvo el embarazo, y pretendemos averiguar si la oxitocina del bebé aumenta cuando juega con ella. Como sucedió con los padres del estudio israelí.

Añadí:

—En el estudio israelí no había un grupo de control de hombres ni mujeres sin vínculos de parentesco, por lo que no existen pruebas de que, para aumentar los niveles de oxitocina, los hombres o mujeres deban ser los progenitores o los cuidadores.

B1 me miró como Rosie miraría a alguien si quisiera decir: «Cállate de una puta vez». Sospeché que el significado era el mismo. Pero la situación no. La ciencia es una cuestión de sinceridad y transparencia.

La Mujer Simpática preguntó:

—¿Qué le sucedería a la oxitocina del bebé si una mujer o un hombre sin vínculos de parentesco jugase con él?

—¡Exacto! —insistí.

B1 me interrumpió.

—Eso no forma parte del estudio. Y no podemos permitir que hombres desconocidos entren aquí y toquen a los bebés.

El bebé del cochecito empezó a llorar. Tenía que actuar rápidamente, antes de que se iniciara un proceso de caricias o juegos. Corrí al cochecito.

—¿Le parece bien que juegue con su bebé? —pregunté a la madre—. Soy miembro del equipo de investigación, y he recibido el certificado de la policía para el trato y manejo de lactantes.

—Supongo que sí. Creía que iba a hacerlo yo, pero claro, adelante. Procure no disgustarlo.

No tenía ni idea de cómo reaccionaría un bebé ante un hombre adulto de tamaño grande. Nunca había cogido un lactante en brazos, salvo quizá a mi hermano. Recordaba vagamente que mi madre me había ofrecido a Trevor para que lo sostuviera, y que se lo había devuelto lo antes posible.

Comprendía, sin embargo, que era fundamental que el lactante no se cayera ni se asustara. Resolví ambos problemas recostándome en el suelo antes de que la madre me lo diese. Lo sujeté con ambas manos y permití que gateara por encima de mi cuerpo. Mi reflejo de repulsión al contacto físico humano no se activó. Fue muy divertido, y el bebé emitía unos sonidos hilarantes. El grupo de mujeres que nos visitaba tomó fotografías. Seguimos durante unos dos minutos, y luego busqué a B3 con la mirada. Le hice señas, y ella dejó la cámara de vídeo.

—Análisis, por favor —dije.

Sospechaba que mis niveles de oxitocina también habían aumentado, pero sólo eran relevantes los del bebé.

—No —dijo B1—. No forma parte del protocolo.

—Incorrecto —respondí—. El protocolo está modificado para no excluir datos fortuitos, pues se trata de un estudio preliminar. De lo contrario, la facultad de Medicina no aprobará dicho protocolo.

La Mujer Simpática sonrió y asintió.

B3 abrió la boca del lactante y tomó la muestra. La madre me dejó jugar con el bebé un minuto más.

El cochecito que había encargado llegó en mi ausencia. Rosie lo había desembalado y ahora insistía en que lo devolviésemos.

—Don, ya sabes que no me van las cursiladas para bebés, pero es que esto es una especie de… de tanque industrial-militar. El Hummer de los cochecitos.

—Es el cochecito más seguro del mundo.

Lo decía literalmente. El modelo base era el más seguro del mercado, y lo había perfeccionado con numerosas mejoras. Sin duda, Bud no se lastimaría si volcaba, y también sobreviviría a un encontronazo de baja velocidad con un automóvil, sobre todo si llevaba el casco que había adquirido como accesorio. Los únicos puntos negativos eran el incremento de volumen y ciertas dificultades de acceso al bebé. Y, por supuesto, el coste.

—¿El aspecto es más importante que la seguridad? —pregunté.

Rosie hizo caso omiso de la pregunta.

—Don, te agradezco el intento, te lo agradezco muchísimo, pero esto no es lo tuyo, ¿vale? Los bebés no son lo tuyo. Los cochecitos, los cochecitos gigantescos de metal con parachoques de goma, son más lo tuyo.

—No lo sé. Mi experiencia con ambos es limitada.

Mis probabilidades de obtener experiencia con el Proyecto de las Madres Lesbianas parecían más bien escasas. El cambio de protocolo que había sugerido, y que implicaba que todos los bebés experimentasen «una gateada con Don», dependía de la aprobación de las madres. Tras mi éxito inicial, sin embargo, todas se habían negado. Di mi teléfono a B2 y B3 por si alguna cambiaba de opinión.

—No te quedes despierto esperando a que llamen —dijo B2.

Pero B3 me envió un mensaje de texto:

«Oxitocina por los aires con tu intervención. El resultado más alto en la actividad lúdica. ¡Y el bebé ni siquiera te conocía!».

Aquellos resultados implicaban que mi género había afectado al resultado, pero un único caso sólo servía para fomentar nuevas investigaciones.

B1 escribió a David Borenstein y no me puso en copia.

—Léetelo por encima —sugirió el decano, señalando la pantalla del ordenador.

No estoy acostumbrado a leer por encima. El «por encima» implica que te saltas algunas palabras. ¿Y si pasaba por alto un «no»? Era un correo largo, pero reparé en las palabras «poco profesional», «molesto» e «insensible».

—En resumen: te quiere fuera del estudio y dice que no incluirán el resultado excepcional porque incumple el protocolo y no fue fortuito, sino el resultado de una intervención directa, bla, bla, bla.

—¿Y dice cuál fue el resultado?

—Insinúa que ni lo han analizado. No lo creo. Si los niveles hubiesen sido bajos, se habría desvivido por incluirlo en el estudio.

—Mala ciencia.

—Coincido. Hice bien al darte este trabajo, ¿verdad?

—Es posible que alguien preocupado por una conducta social adecuada la hubiese antepuesto al objeto de la investigación.

El decano se echó a reír.

—Debo decirle, profesor Tillman, que es usted un científico excelente, aunque a veces me pregunto cómo lo lleva Rosie.

Rosie no lo llevaba bien.

Una de las curiosidades de los animales, humanos incluidos, es que nos pasamos durmiendo aproximadamente un tercio de nuestras vidas. No hay un motivo práctico que explique semejante falta de eficiencia. Cuando tenía poco más de veinte años, llevé a cabo una serie de ensayos para determinar mi necesidad mínima de sueño, que establecí en siete horas y dieciocho minutos por noche, excluyendo la luz en el dormitorio y también el uso de anfetaminas.

Con la edad, nuestro sueño se hace más superficial: una explicación evolutiva es que, en el entorno ancestral, los jóvenes cazadores y guerreros necesitaban dormir sin interrupciones, mientras que los miembros más viejos de la tribu actuaban como perros guardianes y se despertaban con el menor ruido.

En términos de sueño, Rosie ya era un perro guardián. Se despertaba a menudo, y exacerbaba el problema yendo al baño y preparándose tazas de chocolate caliente, algo que, evidentemente, iniciaba un círculo vicioso. Antes del embarazo, a veces se acostaba temprano, agotada o ebria; otras veces estudiaba hasta pasada la una de la madrugada y se acostaba animada, incluso dispuesta a iniciar una conversación. ¡A la una de la madrugada! En ocasiones también mostraba interés por el sexo, en cuyo caso yo optaba por incorporar el cambio a mi rutina y programaba un tiempo de sueño adicional para la noche siguiente.

Me había acostumbrado a que me despertara y, por lo general, conseguía volver a dormir a los pocos minutos. Pero el efecto acumulativo no podía obviarse, y eso me había obligado a reprogramar la hora de acostarme trece minutos antes.

El embarazo había agravado el problema. Como predecía El Libro, el bebé, en expansión, y el consecuente sistema de apoyo habían reducido la capacidad vesical de Rosie. Además, había empezado a roncar, no muy fuerte, pero sí lo bastante para que fuera un tanto molesto. Tuve que volver a reprogramar la hora de acostarme.

Mantuvimos una discusión sobre el asunto a las 03.14 horas.

—No tendrías que haberte tomado el chocolate caliente. Incidirá en el problema del baño. Y luego te tomarás otro chocolate…

—El chocolate caliente me ayuda a dormir.

—Ridículo. El chocolate contiene cafeína. La cafeína es un estimulante con una vida media de cuatro horas. No es recomendable tomar café o comer chocolate a partir de las tres de la tarde. Yo nunca…

—Tú nunca. Ya sé que «tú nunca». Pero yo sí. Es mi cuerpo, ¿recuerdas?

—La cafeína es una sustancia restringida.

—Se me permiten dos cafés. Como no tomo café, esto lo compensa.

—¿Has calculado la cafeína que contiene el chocolate?

—No, ni pienso hacerlo. ¿Qué te parece si resuelvo tu problema? Y el mío también.

Rosie cogió la colcha y se marchó.

Entonces fue mi cuerpo el que se rebeló y se negó a dormir. Aproveché el tiempo para reflexionar sobre el hecho de que Rosie hubiera abandonado nuestra cama. ¿Era por una noche o algo permanente? Racionalmente parecía una buena solución al problema, que, al menos en parte, era provisional. Una vez concluido el embarazo, Rosie volvería a dormir con normalidad. Por ahora, debíamos adquirir otra cama. Entonces reparé en que Rosie no tenía donde dormir. No había más camas en la casa. «A no ser que duerma con Gene».

Me levanté de un salto y me dirigí de puntillas a la habitación de Gene. El estudio de Rosie tenía la puerta abierta, y la vi acurrucada en un sillón, tapada con la colcha. No se movía. Volví al dormitorio, saqué el colchón de la cama y lo arrastré al estudio de Rosie, que era mucho más grande que nuestro dormitorio. Ella se despertó.

—¿Don? ¿Qué haces?

—Crear una cama provisional.

—Yo creía…

No especificó lo que «creía»; simplemente se tambaleó de la butaca al colchón y se acostó. La tapé con la colcha y regresé al dormitorio. No tardé en dormirme: por suerte, nuestra cama tenía una base acolchada. Fue perfectamente satisfactorio, y sin duda mi profesor de kárate lo habría considerado una buena disciplina nocturna. De hecho, aquella cama la habíamos elegido de mutuo acuerdo, por el deseo de Rosie de dormir en una superficie blanda y por la firmeza óptima que recomendaban los estudios científicos. Ahora había creado una disposición satisfactoria para ambos.

Lógicamente, Rosie accedió: continuó durmiendo en su estudio todas las noches, y yo reinstauré mis horas de sueño originales.