17

Los hábitos de Rosie en materia de ejercicio físico eran extremadamente aleatorios, lo que suponía una clara violación de los consejos y las advertencias de El Libro. Las clases de Medicina empezarían al cabo de dos semanas, y ahora era el momento ideal para afrontar el problema. Mi plan se basaba en insertar una sesión de ejercicio una hora antes de la prevista para salir a la universidad. Luego Rosie podría desplazarse directamente desde el lugar donde hubiera practicado deporte. Debido a nuestro reciente traslado y a lo cerca que estaba el nuevo piso de Columbia, el impacto neto en las horas de vigilia sería de únicamente cuarenta y seis minutos.

Parecía sencillo, pero las nuevas iniciativas tienen que ponerse en práctica.

Desperté a Rosie cuarenta y seis minutos antes de la hora habitual. Su reacción fue predecible.

—Pero… ¿qué hora es, Don? Está oscuro. ¿Qué pasa?

—Son las seis cuarenta y cuatro. La oscuridad se debe a que las cortinas están corridas. El sol ha salido hace aproximadamente cuarenta minutos, y antes ya se adivinaba la luz previa al amanecer. No pasa nada. Vamos a la piscina.

—¿Qué piscina?

—La piscina cubierta del Centro Deportivo Chelsea, en la calle Veinticinco Oeste. Necesitarás un bañador.

—No tengo bañador. Aborrezco nadar.

—Eres australiana. Todos los australianos nadan. Casi todos.

—Pues yo soy una de esas excepciones. Ve tú y tráeme un bollo cuando vuelvas. O el equivalente legal. Me siento un poco mejor. Considerando la hora que es.

Señalé que su experiencia con aquella hora en concreto era escasa, por lo que no podía sacar conclusiones. Y añadí que era ella quien necesitaba hacer deporte, y que la natación era el ejercicio recomendado para las gestantes.

—La natación es el ejercicio recomendado para todo.

—Correcto.

—¿Por qué no lo practicas, entonces? —me preguntó.

—No me gustan las aglomeraciones de la piscina. Me molesta que me entre agua en los ojos. Y sumergir la cabeza.

—¿Lo ves? Puedes empatizar. No te haré nadar si tú no me haces nadar a mí. Mira, quizá ahí tengamos una buena regla general.

Empecé el Ejercicio de Empatía Phil mientras iba a Columbia haciendo jogging. Me puse en su lugar, una práctica también recomendada por Atticus Finch en Matar a un ruiseñor. Era una situación terrible, pero no conseguí lo que Gene quería. Había llegado a la firme conclusión de que tardaría meses en realizar aquel ejercicio, y que quizá requeriría la intervención de un hipnotizador o un barman, cuando mi subconsciente entró en acción.

Esa noche me despertó la Peor Pesadilla del Mundo. Yo dirigía una nave espacial y tecleaba instrucciones en el cuadro de mandos. Rosie estaba en una cápsula de reconocimiento que se alejaba de la nave nodriza, y no podía hacerla regresar. El teclado era sensible al tacto, y mis dedos se equivocaban una y otra vez. Mi frustración se convirtió en enfado: era incapaz de actuar.

Desperté jadeando y alargué un brazo enseguida. Rosie seguía allí. Me pregunté si Phil tenía sueños parecidos, y si se despertaba en plena noche para descubrir que el mundo era exactamente tal como lo había recreado en su pesadilla.

Nuestro primer aniversario de bodas era el 11 de agosto. Este año caía en domingo. Gene me había dado instrucciones: reservar en un restaurante de lujo, comprar flores y adquirir un regalo del material que marcara el año ordinal del aniversario.

—¿Sugieres que compre un objeto todos los años? ¿Durante todo lo que dure el matrimonio?

—Puede que ambos aspectos estén relacionados.

—¿Tú lo hacías con Claudia?

—Tienes la oportunidad de aprender de mis errores.

—Rosie coincide conmigo en que no necesitamos cantidades inmensas de trastos.

—Claudia decía lo mismo. Te sugiero que no le hagas caso y le compres algo de papel.

—¿Puede ser consumible? ¿Desechable?

—Siempre y cuando sea de papel, como marca el primer aniversario. Y que demuestre que te lo has pensado. Tal vez quieras consultármelo antes. Sí, antes de comprar nada, mejor consúltalo primero conmigo.

Empecé a hacer planes siguiendo las instrucciones de Gene, pero todo lo desbarató un sobre que encontré en el suelo de mi baño-despacho el sábado por la mañana, el día previo al aniversario. Yo tenía la puerta cerrada, pues trabajaba en el dibujo de Bud de la Semana 12; Gene o Rosie lo habrían deslizado por debajo de la puerta, probablemente para no arriesgarse a interrumpir una posible función corporal. Combinar el cuarto de baño y el despacho tenía claras ventajas.

Era una invitación, identificable por la palabra «invitación» que había escrita en la parte anterior del sobre. Dentro había un cuaderno pequeño y fino de tapas rojas. En la primera página, Rosie había escrito:

Don:

Quiero sorprenderte al máximo sin exceder los límites de tu tolerancia. Pasa todas las páginas que necesites para tranquilizarte. Cuantas menos, mejor.

Te quiero,

Rosie

Estaba claro que la familia Jarman había decidido comunicarse conmigo epistolarmente. Pasé la página.

Nuestro aniversario de boda es mañana. Déjalo en mis manos.

Yo había reservado mesa en un restaurante, y ahora tendría que cancelarla. Ya estaba sorprendido y alterado por una iniciativa que, precisamente, pretendía protegerme de esos efectos.

Iba a pasar a la página siguiente cuando Gene llamó a la puerta.

—¿Estás bien, Don?

Abrí y le expliqué la situación.

—Como hombre íntegro que eres, no puedes leerlo todo y luego fingir que no lo has leído.

—Mi intención es minimizar el estrés y luego hablar con Rosie.

—Error. Acepta el desafío. Rosie no hará nada que te lastime. Sólo quiere sorprenderte. Y disfrutar de la sorpresa. Tú también disfrutarás… al menos si te sueltas un poco. —Gene me arrebató el cuaderno—. Ahora ya no te queda más remedio.

Cancelé la reserva en el restaurante y me preparé mentalmente para lo inesperado.

Lo inesperado empezó a las 15.32 horas del domingo. Sonó el timbre. Eran Isaac y Judy Esler, a los que no veía desde el Incidente del Atún Rojo. Iban al Metropolitan, a la exposición «En busca del Unicornio», y me preguntaron si quería acompañarlos.

—Ve tú —sugirió Rosie—. Yo quedo con Judy todas las semanas. Puedo aprovechar el tiempo para trabajar en mi tesis.

Fuimos en metro a la exposición, que era moderadamente interesante, pero se hizo evidente que el principal motivo de la visita era verificar que nuestra amistad seguía operativa después del Incidente del Atún Rojo. Fue Judy quien se encargó de sacar el tema.

—Lo de Lydia me parece increíble. No ha vuelto al club de lectura, y eso que ya nos hemos reunido tres veces. Lo siento muchísimo, Don.

—Las disculpas son innecesarias. No hiciste nada malo, y yo pequé de insensibilidad en mis preferencias culinarias. Rosie también protestaría si me oyese pedir atún rojo.

Creí prudente no revelar que había visto a Lydia en una evaluación profesional. Había otro asunto mucho más importante.

—¿Has informado a Rosie de la opinión que Lydia tiene de mí? —le pregunté.

—Le conté lo que había dicho Lydia. Y que Isaac la puso en su sitio.

—De hecho, fue Seymour —aclaró Isaac.

—Estoy segura de que fuiste tú —insistió Judy—. Pero no importa. Lydia también tiene lo suyo. Creí que ella y Seymour harían buena pareja. Él es infeliz si no está con alguien que lo necesita, y si se hubieran entendido, ella habría tenido un terapeuta particular. No os extrañará si os digo que buena falta le hace.

Judy no había respondido a mi pregunta, o al menos no me había dado la información que le solicitaba.

—¿Le mencionaste a Rosie lo que Lydia dijo de mis aptitudes como padre?

—No recuerdo que Lydia dijese nada de eso. ¿Qué dijo?

Me detuve justo a tiempo.

—Estos cuadros son muy interesantes.

Judy no notó el cambio de tema. Estaba claro que mis habilidades sociales estaban mejorando.

Volví a casa a las 18.43 horas, tras haber adquirido de camino una rosa roja de excelente clase (muestra de un año de matrimonio). Al abrir la puerta, pensé que quizá Rosie había organizado lo de los Esler para montar la «sorpresa». No me equivocaba, y se cumplieron mis peores temores: Rosie estaba en la cocina.

Cocinaba o, al menos, preparaba algo… o intentaba preparar algo, para ser exactos. En nuestra primera cita, Rosie me confesó: «Yo no cocino ni aunque me maten», y nada me había demostrado lo contrario. Las vieiras de la noche del Incidente del Zumo de Naranja, cuando yo no estaba disponible debido a mi crisis y después al sexo, eran su desastre culinario más reciente.

Mientras me dirigía a la cocina para aconsejarla y ayudarla, Gene salió de su habitación y me empujó de vuelta al rellano, cerrando la puerta tras nosotros.

—Estabas a punto de ayudar a Rosie en la cocina, ¿verdad?

—Correcto.

—¿Y habrías empezado diciendo: «¿Te ayudo en algo, cariño?»?

Reflexioné unos instantes. En realidad, habría evaluado la situación y decidido qué había que hacer. Como haría una persona cualificada que llega al lugar de un accidente.

Gene se adelantó, impidiéndome formular una respuesta.

—Antes de actuar, piensa qué es más importante: la calidad de una comida o la calidad de tu relación. Si la respuesta es la segunda, estás a punto de disfrutar de una de las mejores cenas de tu vida, y preparada sin tu ayuda.

Naturalmente, mi atención se había centrado en la comida. Pero comprendí la lógica de su argumento.

—Bien hecho, lo de la rosa —añadió Gene.

Entramos de nuevo.

—¿Estáis bien? —preguntó Rosie.

—Por supuesto —respondí, y le di la rosa sin más comentarios.

—Don llevaba mierda de perro en el zapato. He salvado la alfombra —dijo Gene.

Rosie me indicó que me vistiera de manera formal, lo que significaba ponerme mi camisa con cuello almidonado y la chaqueta de no ir de excursión. También los zapatos de piel.

—¡He supuesto que cenábamos en casa! —grité desde el dormitorio.

Gene volvió a entrar.

—Me voy. Vístete como si fueras a un sitio donde exigen etiqueta. Haz lo que se te diga. Expresa una alegría ilimitada por todo. Recogerás los frutos durante décadas.

Localicé mi ropa formal.

—¡Sal al balcón! —gritó Rosie.

Me había refugiado en el despacho, donde minimizaba las posibilidades de dañar nuestra relación. Tras analizarlo fríamente, deduje que lo peor que podía pasar era el envenenamiento y la resultante muerte lenta y dolorosa para ambos. Volví a empezar. Estadísticamente, el resultado más probable era una comida de sabor desagradable. Y de esas había probado un montón; muchas, lo admito, como consecuencia de mis errores. Incluso había servido esos errores a Rosie. Pero continuaba sintiendo una tensión irracional.

Eran las 19.50 horas. Rosie había sacado al balcón una mesita (parte del excedente de mobiliario que ocupaba su estudio) y la había dispuesto como en un restaurante, con servicio para dos. Calculé una temperatura de veintidós grados Celsius. Había mucha luz todavía. Me senté.

Entonces apareció Rosie. Me quedé asombrado. Llevaba el increíble vestido blanco que sólo se había puesto una vez, el día de nuestra boda. A diferencia del estereotípico vestido de novia, era, por usar un término técnico, elegante, tan elegante cual algoritmo informático que consigue un resultado impresionante con un código de apenas unas líneas. La eliminación del velo que había llevado doce meses antes realzaba la impresión de simplicidad.

—Dijiste que nunca volverías a ponértelo.

—En casa llevo lo que quiero —contestó, en directa contradicción con las instrucciones que me había dado respecto a mi ropa—. Me viene un poco estrecho.

Eso era cierto, sobre todo en la región… superior. El efecto era espectacular. Tardé un poco en ver que también llevaba dos copas en las manos. En realidad, no me di cuenta hasta que me ofreció una.

—Sí, la mía también tiene champán. Beberé sólo un poco, pero podría tomarme toda la copa y prácticamente no habría riesgo alguno para el bebé. Henderson, Gray y Brocklehurst, 2007. —Sonrió y alzó su copa—. Feliz aniversario, Don. Así es como empezamos, ¿te acuerdas?

Tuve que esforzarme. Nuestra relación se había fraguado fundamentalmente en la primera visita que hicimos juntos a Nueva York, pero no habíamos cenado en ninguna terraza… ¡Por supuesto! Se refería a la Cena del Balcón en mi apartamento de Melbourne, nuestra primera cita. Reproducirla era una idea brillante. Aunque esperaba que no hubiese intentado preparar la ensalada de langosta. Era esencial freír los puerros en su punto o se amargaban. Me contuve. Levanté la copa y dije lo primero que se me ocurrió.

—Por la mujer más perfecta del mundo.

Fue una suerte que mi padre no estuviera presente. «Perfecta» es un absoluto inmodificable, como «única» o «embarazada». Mi amor por Rosie era tan potente que mi cerebro había cometido un error de coherencia semántica.

Bebimos champán y contemplamos la puesta de sol sobre el río Hudson. Rosie trajo rodajas de tomate con mozzarella de búfala, aceite de oliva y albahaca. Tenían el sabor exacto. Quizá mejor. Fui muy consciente de mi sonrisa.

—Es difícil cagarla cuando sólo tienes que amontonar rodajas de tomate y queso. No te preocupes, no he preparado nada complicado. Quiero sentarme aquí fuera contigo, mirar las luces y conversar.

—¿Algo en concreto de lo que quieras hablar?

—Algo hay, pero ya llegaremos a eso. Estaría bien sólo charlar. Voy a traer el siguiente plato. ¡Y prohibido poner objeciones!

Rosie volvió con un plato lleno de rodajas finas de algo con hierbas espolvoreadas. Lo miré con más detenimiento. ¡Atún! Sashimi de atún. ¡Atún crudo! El pescado crudo era una de las sustancias prohibidas de la lista. Sin embargo, no puse objeciones. Unos segundos de reflexión me hicieron entender que Rosie, en un acto desinteresado, me había preparado mi plato favorito aunque no pudiese compartirlo conmigo.

Iba a expresarle mi agradecimiento cuando vi que había traído dos pares de palillos. Noté cómo mi cerebro empezaba a imprimir una lista de objeciones.

—Ya te he dicho que nada de peros. ¿Sabes cuál es el problema del pescado crudo? Que puede sentarme mal, como dijiste. Pero eso podría haber pasado siempre, embarazada o no, y nunca ha sido el caso. De todos modos, no afectaría directamente al feto, como sucede con la toxoplasmosis o la listeria. El mercurio es un riesgo, pero no en estas cantidades ínfimas. Por otra parte, el atún es una buena fuente de ácidos grasos omega-3, que se correlacionan con un coeficiente intelectual más elevado. Hibbeln et al, «Consumo de pescado en embarazadas y neurodesarrollo en la infancia», The Lancet, 2007. Y es atún rojo. Además, unos pocos gramos una vez en la vida no dañarán excesivamente el planeta.

Sonrió, cogió una rodaja de atún con los palillos y la introdujo en la salsa de soja. Yo estaba en lo cierto. Me había casado con la mujer «más perfecta» del mundo.

La predicción de Rosie de que charlaríamos de forma agradable fue correcta. Hablamos de Gene, Claudia, Carl y Eugenie, de Inge, de Dave y Sonia, y de lo que haríamos cuando terminase nuestro seudoalquiler. George había prometido avisarme con tres meses de antelación. No llegamos a ninguna conclusión, pero comprendí que Rosie y yo no habíamos programado tiempo suficiente para hablar desde nuestra llegada a Nueva York, y que estábamos muy ocupados con el trabajo. Ninguno de los dos mencionó el tema del embarazo, en mi caso porque había sido el detonante de un conflicto reciente. Las razones de Rosie quizá fuesen de la misma índole.

De vez en cuando, Rosie iba a la cocina y volvía con más comida, siempre elaborada de forma competente. Ingerimos pastel de cangrejo frito y luego el plato principal, que Rosie sacó del horno.

—Lubina estriada en papillote, que es como decir «en papel», ya que este es nuestro aniversario de papel.

—Increíble. Has resuelto el problema del regalo y el resultado es fungible.

—Sé que odias los trastos. Así que lo guardaremos sólo en el recuerdo.

Rosie esperó mientras lo probaba.

—¿Qué tal? —preguntó.

—Delicioso. —Era cierto.

—Y esto me lleva a lo único de lo que quería hablar, que no es nada trascendental: puedo cocinar. No voy a hacerlo todas las noches, y está claro que tú cocinas mejor que yo, pero puedo seguir una receta si tengo que hacerlo. Y si alguna vez la fastidio, tampoco pasa nada. Me encanta todo lo que haces por mí, pero también quiero que sepas que no soy una inútil incompetente en cuestiones culinarias. Eso es muy importante para mí.

Rosie tomó un sorbo de mi vino y continuó con su discurso.

—Sé que yo también actúo igual. ¿Recuerdas la noche en que te dejé solo en la coctelería y me preocupaba cómo ibas a apañártelas sin mí? Y todo fue bien, ¿verdad?

Probablemente, disimulé con excesiva lentitud.

—¿Qué ocurrió?

No había motivos para que ahora, después de siete semanas, le ocultase la historia de la Mujer Escandalosa y la consecuente pérdida de nuestros empleos. Se lo conté, y nos reímos. Fue un alivio inmenso.

—Sabía que pasaba algo, que me ocultabas alguna historia. No quiero que te preocupe lo de contarme cosas.

Era un momento importante. ¿Debía confesarle el Incidente del Parque Infantil y el problema con Lydia? Esa noche Rosie estaba relajada y lo aceptaría bien, pero quizá al día siguiente empezara a preocuparse y el estrés reemplazase el buen humor. La amenaza de acciones penales seguía presente.

Aproveché la oportunidad para indagar sobre la mentira de un tercero.

—Cuando Gene ha dicho que yo tenía heces caninas en el zapato, ¿te lo has creído?

—Claro que no. Te ha arrastrado fuera para decirte que no te metieses en la cocina. O para darte la flor que me has regalado, ¿verdad?

—Lo primero. Adquirí la flor de forma independiente.

Si yo hubiese estado en el lugar de Rosie, Gene me habría engañado, pero no me sorprendió que ella hubiese detectado la mentira.

—¿Crees que Gene sabe que no ha conseguido engañarte?

—Creo que sí. Os conozco de sobra a los dos.

—Entonces, ¿por qué se molesta en inventar una mentira que nadie creerá y que no influye en los sentimientos de nadie?

—Para ser amable. Y supongo que le agradezco el esfuerzo.

Protocolos sociales. Insondables protocolos sociales.

Ahora me tocaba a mí darle la sorpresa. Entré en el piso. Gene había vuelto y se servía el excedente de champán que quedaba en la nevera.

Volví al balcón y me saqué del bolsillo el anillo de la madre de Rosie. La tomé de la mano y se lo puse en el dedo, como había hecho con otro anillo ese mismo día, un año atrás. Siguiendo la tradición, lo ubiqué en el mismo anular: la teoría dice que el anillo de eternidad impide simbólicamente la extracción del anillo de casado. Lo que cuadraba con las intenciones de Phil.

Rosie tardó unos segundos en reconocer el anillo y rompió a llorar, y entonces apareció Gene y nos tiró confeti con una mano mientras nos hacía múltiples fotografías con la otra.