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Rosie estaba sentada en la cama cuando entré.

—Don, ¿puedo pedirte un favor antes de que te desnudes?

—Por supuesto. Siempre y cuando no exija cierto grado de coordinación física o mental.

Gene me había rellenado varias veces el vaso, lo que había resultado en una sobredosis accidental de alcohol.

—¿A qué hora cierran la tienda? Esa donde compraste la caballa ahumada.

—No lo sé. ¿Por qué tengo que seguir vestido para responder a esa pregunta?

—Me encantaría comer caballa.

—Compraré hoy mismo. —Eran las 00.04 horas—. La tomaremos fría, de aperitivo.

—Me refiero a ahora. Esta noche. Con pepinillos. Los picantes si los encuentras.

—Es demasiado tarde para comer. Tu sistema digestivo…

—Me da igual. Estoy embarazada. Tengo antojos. Es normal.

El término «normal» acababa de ser redefinido.

Me dije que encontrar caballa ahumada y pepinillos pasada la medianoche implicaría un esfuerzo considerable, sobre todo porque la ebriedad descartaba el uso de la bicicleta; pero era la primera oportunidad que se me presentaba para hacer algo que estaba directamente relacionado con el embarazo.

No conseguí encontrar caballa ahumada corriendo al azar por un barrio desconocido. Aún había gente en la calle, y la elección de mi trayectoria se veía condicionada por la necesidad de esquivar a los peatones. Decidí ir hasta Brooklyn, donde conocía una tienda bien provista y que abría veinticuatro horas, en Graham Avenue. Estadísticamente, el tiempo estimado para encontrar caballa ahumada sería menor si seguía buscando en Manhattan, pero estaba dispuesto a sacrificar esa posibilidad a cambio de jugar sobre seguro.

Mientras cruzaba el puente de Williamsburg haciendo jogging, analicé el problema. Quizá el cuerpo de Rosie reaccionaba a alguna carencia, y la intensidad del antojo había aumentado debido a la importancia de mantener una nutrición adecuada durante el embarazo. Había rechazado el risotto de alcachofa y setas, pero quería caballa. Llegué a la conclusión provisional de que su cuerpo necesitaba proteína y aceite de pescado.

Al igual que con la gestión y reorganización de mi vida, cada vez más compleja, vi dos formas posibles de abordar este nuevo aspecto. Suministrar la nutrición a demanda, según antojos que probablemente se producían sólo después de que el cuerpo reconociese la carencia, sería caótico e ineficaz, como demostraba mi búsqueda de caballa. Un enfoque planificado que reconociese la dieta requerida en el embarazo y asegurase la disponibilidad inmediata de todos los ingredientes era obviamente superior.

Volví a casa a las 02.32 horas en la Ciudad que Nunca Duerme. Había corrido aproximadamente veinte kilómetros, y adquirido caballa ahumada, pepinillos y chocolate (Rosie siempre tenía antojos de chocolate). Rosie dormía. Agitar la caballa debajo de su nariz no estimuló respuesta alguna.

Cuando me desperté, Rosie y Gene ya se preparaban para irse a Columbia y yo volvía a tener dolor de cabeza, esta vez, sin duda, debido a la falta de sueño. La cantidad correcta de sueño relativamente reparador es fundamental para un óptimo funcionamiento físico y mental. El embarazo de Rosie estaba afectando gravemente a mi cuerpo. La adquisición previa de alimentos compatibles con el embarazo al menos haría innecesarias las excursiones nocturnas, de modo que, como solución a corto plazo, me tomé el día libre para concentrarme en el Proyecto Bebé.

Conseguí aprovechar productivamente el día libre; primero recuperé algo de sueño, y luego recabé más información sobre la relación que había mencionado Rosie entre el cortisol y la depresión. Los estudios la corroboraban, como también su incidencia en las cardiopatías. Era importante minimizar el estrés de Rosie, tanto por su bien como por el de Bud.

Tras completar las tareas de mantenimiento corporal programadas, destiné el resto de la mañana a investigar la nutrición en el embarazo. El tiempo que había asignado a este aspecto era a todas luces insuficiente. ¡Había tantos consejos contradictorios! Incluso después de rechazar artículos que pregonaban amablemente su ausencia de base científica utilizando términos como «orgánico», «holístico» y «natural», acabé con una masa ingente de datos, recomendaciones y recetas. Algunas se centraban en qué alimentos incluir, otras en cuáles evitar. Había un solapamiento importante. Un sitio web sobre bebés, comercial pero impresionante, ofrecía un Sistema Estandarizado de Comidas para cada trimestre; sin embargo, incluía carne, lo que sería inaceptable para Rosie. Necesitaba más tiempo, o un metaanálisis adecuado. Sin duda, otros se habían enfrentado al mismo problema y habían codificado y resumido sus hallazgos.

Las páginas web dedicadas al embarazo incluían muchísima información acerca del desarrollo fetal. Rosie me había especificado que no quería que la bombardeara con comentarios técnicos, pero era un tema muy interesante, sobre todo con un caso práctico evolucionando en nuestro piso. Seleccioné uno de los azulejos de encima de la bañera y lo marqué con un 5 para representar el número estimado de semanas de gestación hasta el sábado anterior. Dibujé un punto del tamaño de una pepita de naranja para representar el contorno actual de Bud, y luego añadí un esbozo. Después de cuarenta minutos de trabajo, mi algoritmo seguía siendo muy básico comparado con algunos de los diagramas disponibles on-line. Sin embargo, como con el calendario de los azulejos de la pared de enfrente, experimenté una clara sensación de satisfacción.

Para resolver el problema inmediato de nutrición, seleccioné aleatoriamente una receta vegetariana de una de las páginas web. Una carrera por el supermercado bastó para proporcionarme todos los ingredientes que necesitaba el flan de calabaza y tofu.

Me quedaba una tarde sin programar, una oportunidad ideal para seguir el consejo de Gene. Consideré sensato aplazar la ducha y el cambio de ropa hasta después de mi excursión, sobre todo porque la predicción meteorológica cifraba la posibilidad de lluvia en un treinta por ciento. Me puse un impermeable ligero encima de mi equipo de jogging y añadí una gorra de ciclista para protegerme la cabeza.

Había un pequeño parque infantil en la Décima Avenida, a tan sólo unas manzanas de distancia. El lugar perfecto. Pude sentarme en un banco, solo, y mirar a los niños con sus cuidadores. Unos prismáticos me hubieran sido útiles, pero conseguí observar habilidades motoras gruesas, y hasta oír alguna conversación, sobre todo porque en general se tenían a gritos. Nadie me importunó; de hecho, la única vez que se me acercó un niño, lo llamaron enseguida.

Anoté varias observaciones en mi cuaderno.

Los niños exploraban a corta distancia, pero no perdían de vista a los cuidadores y siempre volvían a su lado. Recordé un documental en el que esta conducta se hacía más evidente gracias a la cámara rápida, pero no conseguí recordar de qué animal se trataba. Como mi móvil tiene mucha memoria disponible, empecé a grabar un vídeo. Sin duda, Gene estaría interesado.

Mi grabación se vio interrumpida por cierta actividad grupal: los cuidadores y los niños se reunieron durante unos veinte segundos, y luego se trasladaron al otro extremo del parque, donde una isla de vegetación me impedía verlos. Los seguí hasta allí con la intención de continuar observándolos, pero no reanudaron el juego. Decidí esperar y aproveché el tiempo para cambiar la resolución del vídeo, por si se presentaba la oportunidad de grabar una secuencia más larga. Como estaba concentrado en manipular la cámara del móvil, no advertí que se acercaban dos policías uniformados.

En retrospectiva, me doy cuenta de que quizá no manejé bien la situación, pero se trataba de un protocolo social desconocido para mí, de unas circunstancias inesperadas y unas reglas que ignoraba. También tenía problemas con la aplicación de vídeo que había descargado debido a un algoritmo de compresión superior que complicaba su uso.

—Pero ¿qué demonios se cree que hace?

Eso lo dijo el policía (relativamente) más viejo. Calculé que los dos rondaban los treinta años y que estaban en buena forma física; IMC aproximado de 23.

—Creo que estoy configurando la resolución, pero es posible que esté haciendo otra cosa. Es poco probable que pueda ayudarme, a menos que esté familiarizado con esta aplicación.

—Bueno, pues supongo que tendremos que apartarnos y dejarle vía libre con los niños.

—Excelente. Buena suerte en la lucha contra el crimen.

—Levántate.

Ese cambio de actitud en el colega más joven me resultó inesperado. Quizá me encontrara ante una demostración del protocolo «Poli bueno, poli malo». Miré al Poli Bueno para ver si me daba instrucciones contrarias.

—¿Usted también exige que me levante?

El Poli Bueno me ayudó a levantarme. Enérgicamente. El malestar que siento cuando me tocan es visceral, y mi respuesta fue igual de automática. No inmovilicé ni empujé a mi agresor, pero usé un simple movimiento de aikido para soltarme y apartarme. El agente retrocedió, tambaleándose, y el Poli Malo desenfundó el arma. El Poli Bueno sacó las esposas.

En comisaría, los policías intentaron hacerme declarar que estaba en el parque observando a los niños y que me había resistido al arresto. Por fin me respondieron a la pregunta obvia: «¿Qué he hecho?». En Nueva York es ilegal entrar en un parque infantil sin ir acompañado de un niño menor de doce años. Al parecer, había un cartel en la valla que informaba de ello.

Increíble. Si de verdad yo hubiese sido, como sospechaba la policía y habían anticipado los legisladores, alguien que obtenía satisfacción sexual mediante la simple observación de niños, tendría que haber secuestrado a uno para poder acceder al parque infantil. Este argumento no interesó ni al Poli Bueno ni al Poli Malo, y finalmente ofrecí una explicación de los acontecimientos que pareció satisfacerlos.

Luego me dejaron solo en una habitación pequeña durante cincuenta y cuatro minutos. Me habían confiscado el teléfono.

Por fin, un hombre de más edad, también uniformado, entró con lo que supuse que era la versión impresa de mi declaración.

—¿Profesor Tillman?

—Cordiales saludos. Tengo que llamar a un abogado.

El tiempo que pasé a solas me sirvió para reflexionar. Recordaba un teléfono 1-800 de abogados criminalistas que había visto anunciado en el metro.

—¿No quiere llamar primero a su mujer?

—Mi prioridad es el asesoramiento profesional.

También era consciente de que la noticia de mi arresto estresaría a Rosie, sobre todo porque el problema seguía sin resolverse y ella poco podía hacer.

—Puede llamar a un abogado si quiere. Aunque a lo mejor no lo necesita. ¿Quiere beber algo?

Mi respuesta fue automática.

—Sí, por favor. Un tequila, sin hielo.

Mi interrogador me miró durante aproximadamente cinco segundos. No hizo ademán de traerme la bebida.

—¿No preferiría un Margarita? ¿O un Daiquiri de fresa?

—No, preparar un cóctel es demasiado complejo. Un tequila está bien.

Sospechaba que no tendrían zumo natural. Mejor un tequila sin hielo que un Margarita elaborado con sirope de limón o una mezcla agridulce.

—Usted es de Melbourne, Australia, ¿verdad?

—Correcto.

—¿Y ahora es profesor en Columbia?

—Profesor adjunto.

—¿Podemos llamar a alguien para verificarlo?

—Por supuesto. Pueden hablar con el decano de Medicina.

—Conque es usted un tipo listo, ¿no?

Era difícil responder a esa pregunta sin parecer arrogante. Me limité a asentir con la cabeza.

—Bien, profesor, respóndame a esto. Con toda su inteligencia, cuando le he ofrecido un Margarita, ¿de verdad ha creído que me iba a la salita a exprimir unas limas?

—Con limón ya vale. Pero sólo he pedido tequila. Exprimir cítricos para elaborar un cóctel parece una forma inapropiada de invertir el tiempo de un agente de la ley.

El agente se recostó en la silla.

—No está usted de broma, ¿verdad?

Estaba sometido a una presión extrema, pero era consciente de que quizá había cometido un error. Hice cuanto pude por aclararlo.

—Me han arrestado y corro peligro de que me encarcelen. Desconocía esa ley, pero no estoy bromeando de forma intencionada, por supuesto. —Reflexioné un momento y luego, en un intento de reducir el riesgo de prisión y las resultantes comidas de baja calidad, conversaciones aburridas e insinuaciones sexuales no deseadas, añadí—: Soy lo que llaman «un incompetente social».

—Ya me lo imaginaba. ¿Es cierto que le ha dicho «Buena suerte en la lucha contra el crimen» al agente Cooke?

Asentí.

Se echó a reír.

—Tengo un sobrino que se parece mucho a usted.

—¿Es profesor de Genética?

—No, pero, si quiere información sobre los Spitfires de la Segunda Guerra Mundial, él es su chico. Lo sabe todo de aviones, y nada de cómo no meterse en líos. Seguro que le fue bien en la escuela, ya que ha llegado a ser profesor.

—Sacaba notas excelentes. Pero no me gustaban los aspectos sociales de la confraternización.

—¿Problemas con la autoridad?

Mi respuesta instintiva fue «no»: obedezco las leyes y no pretendo causar problemas. Pero me vino a la cabeza el recuerdo del profesor de Religión, del director y de la decana de Ciencia de Melbourne, seguido del encargado al que le colgamos el mote de Wineman, el administrador del apartamento de Brooklyn y los dos polis.

—Correcto. Debido a la sinceridad, o a la falta de tacto, más que a la malicia.

—¿Lo habían arrestado antes?

—Esta es la primera vez.

—Y estaba en el parque infantil para… —Comprobó el documento—: «Observar la conducta de los niños como preparación para la paternidad».

—Correcto. Mi mujer está embarazada. Necesito familiarizarme con los niños.

—Vaya, vaya… —Volvió a mirar el papel, pero sus ojos no indicaban que estuviera leyendo—. Bien, no creo que sea usted un peligro para los niños, pero no puedo dejar que se marche sin más. Si la semana que viene le da por acribillar una escuela y yo no he hecho nada…

—Eso parece estadísticamente improbable…

—No diga nada. Si habla, se meterá en un lío. —Me pareció un buen consejo—. Voy a enviarlo a Bellevue. Brendan le echará un vistazo, y si no lo considera peligroso, se habrá librado de esta. Todos nos habremos librado de esta.

Me devolvió el móvil y meneó las esposas.

—Brendan es un buen tipo. Pero preséntese allí, o lo haremos a las malas.