EL ISTER
¡Ven ahora, fuego!
Ávidos estamos
de contemplar el día.
Y si hemos soportado
la prueba de rodillas,
podremos percibir el griterío del bosque.
Llegados desde el Indo y el Alfeo,
cantamos;
largo tiempo
hemos estado acechando el destino:
sin alas no se puede
acceder al futuro,
sin alas no se puede llegar a la otra orilla.
Pero queremos cavar en este sitio.
Pues los ríos hacen cultivable
la tierra. Si aquí las hierbas crecen
y pasarán por ella
al abrevar las fieras,
también pasará el hombre.
A éste le llaman Ister.
Vive hermosamente. Se agitan y arden
sus columnas de hojas. Libres
se alzan unas junto a otras; encima,
con otra envergadura, avanza
el tejado de rocas. No me asombra
que haya invitado
como huésped a Hércules,
que, brillando a lo lejos, bajó desde el Olimpo
en busca de la sombra,
pasando por el Istmo caluroso.
Allí nunca les faltó el coraje,
pero también los espíritus quieren
frescor. Él prefirió
bajar a la ribera
amarilla donde manan las fuentes,
que más arriba se hace negra y olorosa
por los bosques de pinos, en cuya entraña
el cazador pasea, feliz,
al mediodía, y oye cómo crecen
los árboles, cargados de resina, de este valle del Ister.
El caudal parece
que avanzara hacia atrás,
y me hace pensar que debe
llegar desde el Oriente.
Cuántas cosas
sugiere ese origen. ¿Y por qué baja,
a plomo, de las cumbres? El otro,
el Rin, se aleja
desde uno de los lados. Por algo van los ríos
hacia las tierras áridas. Pero ¿cómo lo hacen? Un signo,
sólo un signo requieren, simple y claro,
para llevar a un tiempo luna y sol en su alma,
y avanzar, noche y día, con la cálida unión
en que viven los seres del Cielo
—por eso dan ellos
felicidad al Altísimo—.
¿Y Él cómo desciende? Verdes
como la Tierra son los hijos del Cielo. Y tan plácido
el cielo, que aunque se contiene, parece sonreír.
Y cuando en su niñez despunta el día
y comienza a crecer,
ya hay otro desplegado en lo alto,
y entonces, como un potro,
muerde el freno
y los vientos recogen sus impulsos,
aunque él sigue, satisfecho, avanzando.
También la roca necesita el pico
y la tierra el arado;
sin ellos serían inhóspitas y no darían descanso.
Pero lo que hace este río
nadie lo sabe.