PATMOS

Al conde soberano de Homburg

Está cerca

y es difícil captar al dios.

Pero donde hay peligro

crece también lo que nos salva.

En las tinieblas

anidan las águilas, y sin temor caminan

los hijos de los Alpes, y sobre puentes

ligeros cruzan el abismo.

Por eso, porque en torno se amontonan

las cumbres del tiempo, y los amantes

viven cerca pero languidecen

en la soledad de cimas separadas,

danos agua inocente,

oh, danos alas, y un sentido fiel

para ir más allá, y volver luego.

Así hablaba yo cuando de pronto,

más deprisa de lo que pude imaginar

y más lejos, un genio

me arrebató, sacándome de casa.

En el crepúsculo se iban ocultando,

mientras me alejaba,

los bosques sombríos

y los anhelados arroyos

de mi patria. Luego llegaron tierras ignoradas.

Pero muy pronto, en un fresco fulgor,

floreció misteriosa,

en un humo dorado,

creciendo de repente

bajo el fulgor del sol,

irradiando perfume en sus mil cimas,

Asia, y deslumbrado

busqué algo conocido, porque me resultaban

extrañas las amplias avenidas

por las que desciende

del Tmolo el río Páctolo, adornado de oro,

y se alzan el Taurus y el Messogis,

y están llenos de flores los jardines,

como un fuego callado. Pero a la luz

florece, en las alturas, la nieve plateada.

Testigo de la vida inmortal,

sobre paredes apenas accesibles

una yedra antiquísima crece,

y soportados por columnas vivas, por cedros y laureles,

se alzan jubilosos

los palacios construidos por los dioses.

Pero en torno de las puertas de Asia

se despliegan las calles soleadas

que por unos y otros lados

se adentran por el llano marino.

Pero el marino conoce bien las islas.

Y cuando oí de pronto

que una de las islas más cercanas

era Patmos,

aumentó mi deseo

de bajar y adentrarme

en la gruta oscura.

Pues distinta de Chipre,

de abundantes fuentes,

y de las otras islas

es Patmos, que no vive con lujo,

aunque es acogedora

en sus viviendas pobres,

y si acaso llegara

un extraño salvado de un naufragio

o llorando a su patria

o a un amigo perdido,

lo escuchará con gusto,

y sus hijos

percibirán las voces de los cálidos bosques;

y en aquellos lugares en los que cae la arena

y se agrieta la corteza del campo,

los rumores escuchan y amorosos

repiten las quejas de los hombres.

La isla en otro tiempo

cuidó al amado de Dios,

al vidente, que en sus gozosos años juveniles

acompañó al Hijo del Altísimo,

sin separarse de él,

porque al Señor del trueno le gustaba

el candor del discípulo, un hombre que miraba

con atención el rostro de su Dios.

Entonces, al celebrar el misterio de la vid, juntos

estuvieron sentados a la hora de la Cena,

y presintiéndola ya en su alma grande

anunció el Señor su muerte con ánimo sereno,

y su último amor, pues nunca tenía palabras suficientes

para hablarles del bien, ya que veía

la cólera del mundo.

Porque todo es bueno. Poco después murió.

Mucho habría que decir de todo aquello. Y luego vieron

sus amigos, gozosos, cómo Él los miraba, triunfante al fin.

Y sin embargo, al caer la tarde,

se sintieron tristes, perplejos, pues llevaban

aquellos hombres el inmenso suceso

dentro de sus almas. Pero amaban

la vida bajo el sol, y no querían

abandonar su patria

ni el rostro de su Dios. Lo llevaban tan dentro

como el fuego en el hierro, y a su lado iba

la sombra del Amado.

Por eso Él

les envió el Espíritu, y la casa

tembló visiblemente, y las tormentas

de Dios rugieron,

tronando desde lejos

sobre aquellas cabezas pensativas,

sobre aquella reunión de héroes de la muerte,

en la que Él, después de separarse de ellos,

se les apareció otra vez.

Y entonces el día soleado se apagó.

El regio sol quebró

por sí mismo el cetro que lanzaba rayos afilados,

con dolor divino, sabiendo

que habría de volver

a su debido tiempo. No habría sido bueno

interrumpir más tarde y bruscamente,

la obra del hombre, y era alegre vivir

desde entonces

en la noche amorosa, y guardar

en la mirada limpia, inalterados,

abismos de sabiduría. Y verdean

al fondo de los montes imágenes vivientes.

Pero es terrible cómo Dios dispersa,

aquí y allá, infinitamente, la vida.

También lo es dejar atrás el rostro

de amigos muy queridos,

cruzar solo las montañas lejanas,

y estar allí donde el Espíritu

por dos veces fue reconocido

y habló con una sola voz. Ninguna profecía les había avisado,

sino que de pronto, una súbita presencia

hizo presa en sus rizos, y cuando Dios se iba, veloz,

de pronto se giró, les miró,

y ellos, para retenerle, conjurando el mal

se tendieron sus manos extendidas,

y se juraron que quedarían atadas para siempre,

como en cuerdas de oro.

Pero si luego muere

el Ser en quien estaba

la belleza suprema,

la figura que era una maravilla, realzada

por el Cielo, y sucede el misterio,

los unos no pueden entender a los otros,

aunque vivieran juntos unos mismos recuerdos,

y no sea sólo las arenas, los sauces o los templos

lo que el tiempo arrebate; y si el honor

del semidiós y de los suyos

se esfuma, y desvía el Altísimo su rostro, y la mirada

busca en vano a un Inmortal en el cielo

y en la verde tierra, esto, ¿qué es?

Es el gesto del sembrador, cuando recoge

con la pala el trigo

y lo lanza hacia la luz y lo aventa en la era.

A sus pies cae la cáscara

y al final llega el grano.

Y no es grave que una parte se pierda,

que de la palabra el eco se extinga,

pues la obra divina se asemeja a la nuestra:

el Altísimo no quiere tener todo a la vez.

Igual que en las minas hay hierro

y lava encendida en el Etna,

tengo yo riqueza

para erigir una imagen fiel

y contemplar en ella a Cristo como fue.

Pero si alguien, tratando de esforzarse,

estando de camino, con un tono triste

me hablase, y viéndome indefenso, me atacase,

y pretendiese imitar, siendo siervo, la imagen de Dios…

Una vez vi que estaban airados los Señores del Cielo,

no para humillarme, sino para que aprendiera.

Porque son bondadosos, y si hay algo que odian sobre todas las cosas,

cuando tienen poder, es lo falso,

que hace perder a los hombres lo humano.

Porque ellos no mandan; sólo quieren

que mande el destino inmortal, que su obra se haga

ella sola, y ella misma camine veloz a su fin.

Por eso, cuando suba el cortejo triunfal hacia el cielo,

los fuertes dirán

que es lo mismo que un sol ese Hijo feliz del Altísimo,

un signo; y aquí está la batuta

que dirige el canto, señalando hacia abajo,

porque nada es innoble. Despertará los muertos,

que ya no estarán presos de la materia bruta. Pero están esperando

muchos tímidos ojos

a contemplar la luz. No quieren

florecer bajo los fuertes rayos,

pues una brida de oro contiene su coraje.

Y sin embargo, cuando

con las cejas fruncidas,

olvidada el mundo,

una fuerza silenciosa y clara llegue de la Sagrada Escritura,

podrán, alegres por la Gracia,

ejercitar su mirada serena.

Y si los Celestiales

ahora, como creo, me aman,

cuánto más a ti,

pues sé una cosa:

que la voluntad

del Padre eterno, mucho

vale para ti. Callado está su signo

en el tronante Cielo. Y bajo él hay Uno,

en pie, su vida entera. Pues Cristo vive aún.

Y los héroes, sus hijos,

han llegado todos, y las Escrituras

dan testimonio de él; y las hazañas

del mundo, en carrera inacabable,

atestiguan la Luz.

Y Él está presente. Pues sus propias obras las conoce de siempre.

Hace ya mucho, mucho tiempo

que la gloria celestial es invisible.

Casi tiene que guiar nuestras manos

y es la fuerza, vergonzosamente,

la que arrebata el corazón.

Pues son ofrendas lo que los Seres Celestiales quieren,

y el que uno se olvidara de ello

sólo ha traído males.

Hemos servido a la Madre Tierra,

y en otro tiempo a la luz del Sol,

por ignorancia. Pero lo que el Padre,

que manda sobre todo,

quiere, es que la letra, en su firmeza,

sea respetada, y también el sentido

de lo que perdura. Y eso es lo que persigue la poesía alemana.