21. El río

1997

Sir Eugene Penny, presidente de la poderosa Compañía de Seguros Penny, miembro de doce consejos de administración y concejal de Londres, se sentía bastante virtuoso. Pocos bienes habían sido más atesorados en su familia que la colección de paisajes fluviales, varios de ellos pintados por Monet, que su padre había adquirido poco después de la Segunda Guerra Mundial de los bienes relictos del difunto lord Saint James. Y ese día había regalado toda la colección.

El problema de formar parte de los consejos de administración de instituciones benéficas y causas nobles, pensó sir Eugene Penny no sin cierto fastidio, era que tarde o temprano uno acababa siempre por invertir su propio dinero en ellas. Como administrador de la Tate Gallery era imposible no sentirse excitado ante sus planes, tanto los destinados al museo original de arte moderno que se alojaría en un hermoso edificio clásico junto al río, como el proyecto de una nueva y vasta galería que se proponían instalar en la vieja central eléctrica de Bankside en el lado sur del río, cerca del Globe, el cual había sido reconstruido. Cuando otro fiduciario de la Tate Gallery le había insinuado que esos Monet deberían ser vistos por un público más numeroso, Penny no había tenido más remedio que reconocer que tenía razón. Después de haber firmado esa mañana los pertinentes documentos de cesión, sir Eugene Penny había visitado la Exposición Floral de Chelsea, almorzado en su club e ido a ver a su sastre, Tom Brown. Así pues, por la tarde, cuando fue a visitar los terrenos donde iban a construir la nueva galería junto al río, se sentía de un humor excelente.

Su interés por el Museo de Londres se había desarrollado en los últimos años, con motivo de una exposición que había organizado el museo sobre los hugonotes. Dado que él mismo era un hugonote, sir Eugene Penny siempre había poseído unos sólidos conocimientos sobre esa comunidad francesa que seguía manteniendo su sociedad y sus obras benéficas. Penny incluso sabía que tres de cuatro ciudadanos británicos tenían antecedentes hugonotes. Pero la exposición había constituido una revelación. Ésta le había dado a conocer la vida y obra de tejedores y generales, artistas, relojeros, célebres joyeros como los Agnew y firmas como la suya propia; además de unas maravillosas piezas de artesanía, la exposición le había revelado los orígenes hugonotes de numerosas empresas que Penny consideraba la quintaesencia de lo británico. La exposición le había complacido tanto que Penny había empezado a prestar más atención al museo, y al cabo de poco tiempo, confiando secretamente en descubrir más pruebas del genio de los hugonotes, había asistido a otra exposición organizada por el museo.

«El poblamiento de Londres» había estado excelentemente organizado, pero también había constituido una sorpresa.

—Yo creía saber algo sobre mis antepasados británicos —comentó Penny a su esposa—. Pero resulta que nada sabía en absoluto.

En su infancia la historia de Inglaterra —cuando no la de toda Gran Bretaña— se centraba en la raza anglosajona.

—Habíamos leído sobre los celtas, por supuesto. Y luego estaban los daneses y unos cuantos caballeros normandos.

Pero las exposiciones sobre el poblamiento de Londres narraban una historia muy distinta. Anglos, sajones, daneses y celtas: se habían hallado huellas de todos ellos en Londres. Pero ya en los tiempos en que se construyó la Torre de Londres, según averiguó Penny, existían mercantes normandos e italianos, y posteriormente flamencos y germanos.

—Los flamencos venían continuamente, y se instalaron en toda la isla, hasta en Escocia y el País de Gales.

En tiempos más recientes, la extensa comunidad judía, los irlandeses y con posterioridad gentes del antiguo Imperio: el subcontinente indio, el Caribe, Asia.

—Pero lo más asombroso —concluyó Penny—, es que ya a partir de la Edad Media Londres fue siempre una ciudad con una población muy numerosa de extranjeros, los cuales se adaptaban rápidamente a su nuevo entorno. En términos históricos, Londres ha constituido un centro de mestizaje tan importante como, pongamos por caso, Nueva York. —Penny sonrió—. Yo sabía que descendía de inmigrantes, pero por lo visto todos descendemos de inmigrantes.

—De modo que la tan cacareada raza anglosajona…

—Es un mito. La mitad norte de Gran Bretaña es más danesa y celta; e incluso el sur —respondió Penny encogiéndose de hombros—. Dudo de que nuestros antepasados anglosajones constituyeran una cuarta parte de nuestros orígenes. Somos, sencillamente, una nación de inmigrantes europeos a los que vinieron a añadirse constantemente nuevos pueblos. Un río genético, por así decir, alimentado por numerosos afluentes.

El museo había editado un libro sobre el tema. Sir Eugene Penny lo guardaba en la sala de estar, para que las visitas pudieran hojearlo.

—¿Entonces cómo definirías a un londinense? —preguntó lady Penny.

—Una persona que reside aquí. Es como la vieja definición de un cockney: una persona nacida en la zona donde se oyen las campanas de Saint Mary-le-Bow. Y un extranjero —añadió el aristócrata con una sonrisa— es una persona, anglosajona o no, que reside fuera.

Bien pensado, él mismo había asistido a ese proceso en las gigantescas oficinas de la Compañía de Seguros Penny. En las décadas siguientes a la Segunda Guerra Mundial, se había producido una masiva emigración del Caribe y el subcontinente indio hacia Londres. En algunos lugares —Notting Hill Gate, sobre Kensington, y Brixton, al sur del río— se habían producido tensiones e incluso revueltas. Pero en los últimos tiempos, cuando Penny se había dado una vuelta por la oficina y había charlado con la joven generación de poco más de veinte años, se había dado cuenta de que todos ellos —negros, blancos, asiáticos— no sólo se expresaban con los acentos locales de Londres, sino que practicaban los mismos deportes y habían asumido las mismas actitudes e incluso el mismo sentido del humor cockney —un humor marcadamente irreverente— que los londinenses que él había conocido de niño.

—Todos son londinenses —afirmó Penny.

En la excavación reinaba un profundo silencio. Sarah Bull miró a sus colegas y sonrió. Había participado en numerosas excavaciones arqueológicas, pero tenía un interés especial en formar parte de ésa porque estaba dirigida por el doctor John Dogget.

El doctor John Dogget era un londinense hasta la médula. «Mi abuelo fue bombero durante los bombardeos aéreos», había confesado a Sarah en una ocasión. Asimismo, era un conservador del Museo de Londres, en el cual trabajaba desde hacía poco.

A Sarah le encantaba el museo. Estaba situado en una gran zona peatonal, a pocos minutos a pie desde Saint Paul, y sus ventanas daban a un amplio y hermoso fragmento de la vieja muralla romana de Londres. Se había convertido en una importante atracción turística y los grupos de escolares que acudían allí disfrutaban recorriendo el museo. Todo el museo estaba dispuesto de manera que uno tenía la sensación de dar un paseo por la historia, desde los tiempos prehistóricos hasta el presente. Los conservadores habían creado unas detalladas escenas, acompañadas por unos oportunos efectos audiovisuales, en las cuales el visitante podía entrar: un campamento prehistórico, una sala dedicada al siglo XVII, una calle del siglo XVIII, comercios victorianos, incluso una maqueta del antiguo Londres que se iluminaba al tiempo que se escuchaban fragmentos del diario de Pepys a propósito del Gran Incendio. Cada una de esas escenas estaba acompañada por objetos correspondientes a la época, desde flechas de sílex hasta el auténtico carretón de un costermonger.

Sarah sabía que detrás de todo eso había muchos años de estudio. Como graduada en arqueología, había sido precisamente ese motivo lo que la había atraído al lugar. Se producían nuevos hallazgos continuamente, a menudo de primera magnitud, como por ejemplo el pequeño templo de Mitra, y, hacía pocos años, el descubrimiento de que el viejo Guildhall ocupaba en realidad la zona donde anteriormente se alzaba un gigantesco anfiteatro romano. También se habían descubierto numerosas calzadas romanas y edificios medievales. Un delicioso hallazgo reciente, junto a la antigua muralla, consistía en los restos de unas monedas y matrices utilizadas por un falsificador romano de las cuales, al parecer, su propietario se había desembarazado precipitadamente. El conservador en cuestión había podido demostrar con exactitud la manera en que se había llevado a cabo la falsificación de las monedas.

Por otra parte estaba el joven doctor Dogget. Con su temperamento jovial y su mechón de pelo blanco, era tan popular como inconfundible. Curiosamente, tenía una membrana entre los dedos de las manos. «Me resulta muy útil para nadar y excavar», había informado a Sarah con tono socarrón. Siempre estaba muy ocupado, y ella, una de sus más recientes colaboradoras, era por supuesto mucho menos importante que él, pero Sarah confiaba en que durante esos trabajos arqueológicos el doctor Dogget se fijara en ella por primera vez. La pregunta era, además de los artefactos romanos, ¿le gustaban también las rubias de ojos azules?

Las excavaciones se llevaban a cabo en un pequeño yacimiento junto al Támesis. No era frecuente que unos arqueólogos pudieran excavar en la City de Londres, pero cuando un edificio era demolido y construían otro en su lugar, podían solicitar autorización para realizar una excavación. Se había construido tanto a raíz de que la City y el East End quedasen devastados por los bombardeos aéreos que la calidad de las edificaciones era muy irregular. Sarah consideraba que algunas obras, como los gigantescos proyectos de los muelles debido a que los contenedores y los grandes barcos habían trasladado la actividad portuaria a un lugar situado más abajo en el estuario, eran excelentes. Pero el edificio que estaban excavando, en su opinión, era de inferior calidad, de modo que se alegraba de que fueran a reconstruirlo. Los dueños del nuevo edificio se habían comprometido, en el caso de que los arqueólogos hallaran algo realmente interesante, a construir un atrio y edificar en torno del mismo, a fin de que los restos pudieran ser admirados por el público. El equipo de arqueólogos había descendido a treinta metros por debajo del viejo sótano, de modo que, cuando se hallaba de pie en la excavación lo que contemplaba Sarah a la altura de sus ojos era una capa de grava que debía de constituir la superficie en tiempos de Julio César.

Cuando llegó la delegación encabezada por sir Eugene Penny era media tarde, y en el luminoso firmamento primaveral se veían tan sólo unas pocas nubes. Éste inspeccionó el lugar minuciosamente, bajó a la excavación, escuchó con atención las explicaciones que le ofreció el doctor Dogget acerca de los trabajos que estaban realizando, hizo algunas preguntas —Sarah se había asegurado de que fueran inteligentes— y, después de dar las gracias a todo el mundo, se marchó. Cuando le presentaron a Sarah él le estrechó la mano educadamente, pero no volvió a prestarle atención.

Nadie en el museo tenía la menor idea de que la familia de Sarah poseía una importante cervecería, y mucho menos de que el concejal sir Eugene Penny era primo suyo. Ella lo prefería así. Pero el museo, como todas las instituciones de esta clase, siempre andaba escaso de fondos para poner en marcha sus ambiciosos proyectos y si había alguien capaz de hallar el medio de conseguirlos, ella pensó que era probablemente su primo.

Después de que Penny se había marchado, Sarah dedicó unos minutos a dar un paseo junto al plácido río. Por aquel entonces estaba más limpio de lo que lo había estado durante siglos. Incluso se podía pescar en él. Asimismo, estaba bien administrado. La paulatina inclinación de la isla que había elevado el nivel del agua durante muchos siglos se hallaba contrarrestada por una elegante esclusa que cruzaba el río. Puede que Londres tuviera muchas cosas en común con Venecia, pero no estaba dispuesta a hundirse bajo el agua. Tras echar un último vistazo al puente de la Torre y acercarse a Saint Paul, Sarah regresó a la excavación.

Era asombroso lo silenciosa que Londres podía estar. No sólo en los grandes parques, sino en los grandes recintos amurallados como Temple, o en las viejas iglesias como Saint Bartholomew, reinaba un silencio tan profundo que hacía que uno retrocediera varios siglos. Pues incluso allí en la City, los edificios de oficinas que se alzaban muy alto por encima de las calles estrechas actuaban a modo de mampara, de manera que los ruidos del ajetreado tráfico de Londres apenas se oían. Sarah alzó la vista hacia el cielo. Aún estaba azul.

El doctor Dogget se había marchado. En la excavación estaba otra arqueóloga escarbando con paciencia la superficie. Sarah bajó a reunirse con ella. Y al hacerlo, recordó una charla que había ofrecido John Dogget a un grupo de alumnos de segunda enseñanza. Éste había esbozado el trabajo del museo, y de los arqueólogos. Luego, para explicar este trabajo a los chicos, Dogget había dicho algo que había complacido a Sarah.

«Imaginad —les había dicho— un verano. Al término del mismo las hojas se caen de los árboles. Se extienden por el suelo. Podría decirse que casi se disuelven, pero no del todo. Al año siguiente ocurre lo mismo. Y otra vez. Esas hojas, junto con el resto de la vegetación, más delgadas, comprimidas, se acumulan formando unas capas, año tras año. Es un proceso natural. Orgánico.

»En el caso del hombre ocurre algo parecido, sobre todo en una ciudad. Cada año, cada época, deja un residuo. Éste se comprime, desaparece debajo de la superficie, pero quedan unos pequeños restos de esa vida humana. Un ladrillo, una moneda romana, una tubería de arcilla de los tiempos de Shakespeare. Todo permanece en su lugar. Cuando excavamos, hallamos esos restos y los exponemos al público. Pero no los contempléis simplemente como un objeto. Porque esa moneda, esa tubería pertenecen a alguien: a una persona que vivió, y amó, que contempló el río y el cielo todos los días, como vosotros y como yo.

»De modo que cuando excavamos la tierra bajo nuestros pies y hallamos todo cuanto queda de ese hombre o esa mujer procuro tener presente que lo que estoy viendo y tocando es una gigantesca e infinita compresión de vidas. En ocasiones, durante los trabajos que realizamos aquí, tengo la impresión de que hemos penetrado esa capa de tiempo comprimido, de que nos hemos asomado a esa vida, aunque sea un solo día, con su mañana, su noche, su cielo azul y su horizonte. De haber abierto tan sólo una de los millones y millones de ventanas, ocultas en el suelo».

Sarah sonrió. Eso le había gustado mucho. De pronto, mientras se encontraba allí, de pie en la excavación, contemplando el lugar que quizás había pisado Julio César, extendió la mano y lo tocó.