8. El Burdel
1295
Le habían prometido que al día siguiente seguiría siendo virgen. Pero hacia el mediodía la joven empezó a tener sus dudas.
Durante toda la mañana de ese nublado día de noviembre había permanecido sentada en un banco delante del burdel, envuelta en un chal para protegerse del frío. Al otro lado del río se veían los muelles de Saint Paul. A la izquierda, entre el río y Ludgate, donde antiguamente se alzaba el fortín de Baynard’s Castle, se encontraba el inmenso recinto que ocupaban los dominicos, llamados los frailes negros por el color de su hábito. Era una vista agradable, pero ese día a la joven se le antojó vagamente amenazador. Se llamaba Joan, y tenía quince años.
Era una personita agraciada: tenía el pelo castaño y recogido en un moño que revelaba un rostro ovalado; su tez era pálida y muy suave; tenía las manos y los pies menudos y gordezuelos y un cuerpo modestamente rollizo, que según había comprobado, los hombres encontraban muy atractivo. Pero eran sus ojos, de mirada serena y un tanto solemne, los que indicaban que la joven pertenecía a esa familia de esforzados artesanos, descendientes de Osric, que habían participado en la construcción de la Torre.
Ese detalle no tenía importancia, al menos desde esa mañana en que la joven había tomado una terrible decisión y había cruzado el río. Su padre, en cuanto lo descubriera, no volvería a dirigirle la palabra. Joan no tenía la menor duda al respecto. En cuanto a su madre, supuso que reaccionaría de la misma manera. Pero incluso eso era capaz de soportar, pensó Joan, pues si había renunciado a su hogar, a su familia y a su reputación, lo había hecho para salvar la vida del joven a quien amaba. Lo salvaría al día siguiente. Si es que lograba resistir hasta entonces.
Había dieciocho burdeles que formaban una larga hilera junto a la orilla izquierda del Támesis, frente a Saint Paul, en un terreno pantanoso llamado Bankside. Algunos constituían unas voluminosas estructuras, dispuestas en torno de unos patios, dotadas de agradables jardines que se extendían hasta Maiden Lane. Otros eran unos edificios más destartalados, altos y estrechos, con desconchones en el yeso y unos pisos de madera que parecían a punto de sucumbir bajo el peso de los largos años de libertinaje transcurridos junto al río. Y en esos variopintos edificios, cada uno de los cuales era arrendado y administrado por la o el gerente del burdel, prestaban sus servicios unas trescientas o cuatrocientas prostitutas.
Hacia la mitad de la hilera estaba situado el Dog’s Head, donde Joan se había sentado para descansar, un edificio de tamaño mediano, pintado de rojo, con un elevado techo de paja y un enorme cartel colgado por encima de la puerta que mostraba la cabeza de un perro dotado de una lengua descomunal. En el otro extremo, río arriba, los burdeles finalizaban con una imponente casa, construida parcialmente en piedra, conocida como Castle upon the Hoop. Río abajo, pasada la hilera de burdeles, se erguía una magnífica mansión de piedra con embarcadero propio: era la residencia del obispo de Winchester. En el interior del recinto había una pequeña pero concurrida prisión conocida como el Clink.
Toda la zona, incluso la casa solariega, el Clink, los dieciocho burdeles y los saneados ingresos derivados de los mismos, pertenecía al obispo y él mismo la administraba.
El sector situado al sur del Puente de Londres había sido siempre un lugar aparte. Desde los remotos tiempos de Roma, la carretera que se extendía de Dover a Canterbury se había unido a otras carreteras que arrancaban en el sur para cruzar el río en ese punto. Desde tiempos de los sajones, ostentaba el nombre de Southwark y formaba un municipio independiente de la ciudad. Como tal, constituía también un refugio para vagabundos y delincuentes, donde no solía alcanzarlos el brazo de la ley. El municipio de Southwark se extendía un buen trecho a lo largo del río. Junto al Puente de Londres había un mercado. Más hacia el oeste, una vieja iglesia, Saint Mary Overy, desde donde partía un transbordador que cruzaba el río. A continuación aparecía la casa solariega del obispo y el Bankside. ¿Cuánto tiempo llevaban allí los burdeles? Desde que existía el municipio, según decían. Tanto es así que solían llamarlos por su nombre sajón, hour-hus, que significa burdel.
La propiedad del obispo en Southwark era inmensa. Al igual que los wards particulares ubicados antiguamente dentro de la ciudad de Londres, se trataba de una propiedad feudal, dentro de cuyos límites el obispo dispensaba justicia y gobernaba como un señor absoluto. Y comoquiera que esas jurisdicciones eran llamadas «liberties» (libertades), y la del obispo contenía la prisión llamada el Clink, la propiedad era conocida, incluso en los documentos oficiales, por un curioso nombre: Liberty of the Clink.
La Liberty of the Clink estaba bien administrada, al igual que los dieciocho burdeles. Casi medio siglo antes, durante el reinado de Enrique II, el obispo de Winchester, que ostentaba también el título de arzobispo de Canterbury, había dicho: «Mi hermano es un desastre». Así pues, con ayuda de su hábil colaborador, había redactado una lista de normas referentes a la gestión de la casa solariega y los burdeles que, en latín y en inglés, se conservarían para las generaciones futuras en la biblioteca diocesana. El documento concluía: «Para mayor gloria de Dios y conforme a las loables costumbres y normas del país»; y esas normas eran tan excelentes que posteriormente, cuando se concedió a la ciudad de Londres el permiso de disponer de burdeles oficiales en Cock’s Lane, cerca de Saint Bartholomew, se aplicaron también allí las normas del obispo, y se referían alegremente a las prostitutas como «las ocas de Winchester». Y tanto si hubiera sido preciso darle las gracias personalmente a él por esas normas como si no, en la época en que éstas se redactaron el ayudante del obispo no era otro que ese gran londinense, Tomás Becket.
Pero en ese momento el gerente del burdel y su esposa se acercaron a Joan. Él era un hombre corpulento, con una incipiente calvicie y una barba negra que siempre parecía grasienta; ella era una mujer cuadrada, cuyo orondo y amarillento semblante recordaba a Joan un queso graso. En cuanto los vio acercarse, la joven adivinó sus intenciones.
—Me prometisteis… —empezó a decir.
Pero el gerente del burdel y su esposa sonrieron. La tenían en su poder.
Desesperada, Joan miró alrededor. Había sido idea de las hermanas Dogget, que habían prometido protegerla. ¿Cómo era posible que la abandonaran en estos momentos? ¿Dónde estaban?
—Tienes un cliente, querida —dijo la mujer cuadrada.
Todo el mundo en Southwark conocía a las hermanas Dogget. Una se llamaba Isobel y la otra Margery, pero nadie —ni siquiera el gerente del Dog’s Head, donde ambas trabajaban— habría podido diferenciarlas. Pues Margery e Isobel eran gemelas idénticas.
Eran altas y delgadas, tenían una espesa melena negra, grandes ojos negros, dientes grandes y salientes y una voz que, cuando reían, emitía un sonido insólitamente profundo, como el rebuzno de un asno. Sin embargo, con sus esbeltos cuerpos y voluminosos pechos, poseían una extraordinaria sexualidad. Y, por si eso no bastara para hacerlas destacar, ambas hermanas tenían, por encima del centro de la frente, en sus negras melenas, un mechón de pelo blanco.
Se vestían siempre de manera idéntica, su conversación era idéntica, habían arrendado dos habitaciones contiguas en el Dog’s Head, donde ambas vendían sus cuerpos; y, si un cliente lo deseaba, por un modesto descuento, estaban dispuestas a formar un trío que, si el cliente era capaz de resistirlo, duraba toda la noche.
Las hermanas Dogget pertenecían a una pequeña tribu que infestaba Southwark, y cuya presencia allí se debía a un simple error humano. Pues hacía ochenta años, cuando el pobre Adam Ducket había perdido la libertad de Londres, había cometido una torpeza. Inducido por su dolor y su amargura, cuando la familia Barnikel le había brindado su ayuda, él la había rechazado. «Si no quieren que me case con su hija, nada aceptaré de ellos» había afirmado indignado. Un mes después de haber sido juzgado, Adam se había trasladado a Southwark, donde montó un puesto en el mercado que fracasó. Luego se había puesto a trabajar en una taberna, se había casado con una criada y había tenido una caterva de hijos que correteaban descalzos por las calles. Así, al cabo de una generación, la orgullosa familia de modestos ciudadanos londinenses se sumió en esa clase baja que se había establecido en las grandes ciudades del mundo desde el comienzo de la historia. Las dos hermanas pertenecían a una familia de cinco hijos y tenían doce primos. Todos ellos vivían en Southwark; y todos, sin excepción, tenían un carácter alegre, indómito y pésima reputación.
También los llamaban Ducket, salvo a las mellizas, a quienes la fama había adjudicado un nuevo apellido profesional. Debido a su fama y a que solían asociarlas con el burdel donde prestaban sus servicios, en ese momento todo el mundo las conocía como «las muchachas del Dog’s Head». Y esto había empezado a dar paso a otro apellido inglés no muy distinto de aquel con que habían nacido: Dogget. Algunos Ducket, avergonzados de la fama de las mellizas, se alegraron de esa leve modificación. Las chicas lo aceptaron alegremente. Así pues, se convirtieron en las célebres hermanas Dogget.
Las hermanas Dogget tenían un corazón de oro; pero lo que más amaban en el mundo era la aventura. De modo que, dos días antes, cuando se habían encontrado con Joan hecha un mar de lágrimas junto a Saint Paul y la habían obligado a que les contara su historia, las mellizas se sintieron intrigadas. «Tenemos que ayudarla», habían dicho al unísono. Y aunque no se sabe con certeza si fue Isobel quien se lo sugirió a Margery o a la inversa, lo cierto es que propusieron a Joan el extraordinario plan que ésta había decidido seguir, y que, no obstante el riesgo que entrañaba, hasta ese momento había dado excelentes resultados.
El único problema era que durante la última media hora ambas se habían olvidado por completo de ella. La causa era Margery.
—¿Duele? —Las dos hermanas habían ido a un lugar apacible situado en las laderas, a dos kilómetros de Bankside. En ese momento ambas examinaban con tristeza la pequeña llaga.
—Me escuece —dijo Margery.
—Entonces estamos apañadas —dijo Isobel—. No tardarán en descubrirlo.
Una vez al mes el alguacil del obispo y sus ayudantes inspeccionaban a todas las chicas. Si éstas padecían alguna enfermedad, las expulsaban de Liberty. Probablemente habría sido inútil que trataran de sobornarlos, pues la mayor parte de los londinenses estaba de acuerdo en que una de las ventajas de que la Iglesia administrara los burdeles era que las inspecciones del obispo eran muy minuciosas. Y resultaba evidente que Margery había contraído una enfermedad venérea.
Era una forma de sífilis, aunque menos grave que la cepa que aparecería en siglos posteriores. No se sabe con exactitud cuándo apareció por primera vez en Inglaterra; pero, aunque es posible que fueran los cruzados quienes trajeran la infección a su regreso de las campañas, existen claros indicios de su presencia en la isla desde los tiempos de los sajones.
Pero ¿qué podían hacer las mellizas? Si arrojaban a Margery del burdel, su sustento desaparecería.
—Ojalá —dijo la infeliz— el Rey no hubiera expulsado a todos los judíos.
Si había algo en lo que todos los residentes de Bankside estaban de acuerdo era que el viejo médico judío había sido el mejor; y muchos londinenses guardaban recuerdos similares. Ya fuera porque tenían más acceso a la antigua ciencia del mundo clásico y Oriente Medio, o porque eran más cultos y menos propensos a caer en la superstición, lo cierto era que los mejores médicos habían salido de la comunidad judía. El viejo médico de Bankside trataba la enfermedad venérea con mercurio, cosa que en ese momento nadie sabía hacer.
La comunidad judía había desaparecido por completo. Desde que habían estallado los disturbios antijudíos con motivo de la coronación del rey Ricardo un siglo antes, la inquina contra los judíos en Inglaterra no había hecho más que aumentar. Este proceso paulatino de persecución no se debía principalmente a las actividades financieras de la comunidad. Pues si bien era cierto que algunos filósofos de la Iglesia afirmaban que los intereses que cobraban eran usureros y, por lo tanto, un pecado, esta ignorancia de los rudimentos de la economía no era general, ni siquiera dentro de la Iglesia. Los administradores del obispo y los abades de los grandes monasterios utilizaban con frecuencia préstamos concedidos por los judíos. De hecho, poco tiempo antes se habían llevado a cabo grandes reformas en la abadía de Westminster que habían sido financiadas de esta manera. En cierta ocasión ofrecieron a un grupo de financieros judíos, ante el regocijo de éstos, las reliquias de un santo —las cuales garantizaban una provechosa cantidad de peregrinos— como aval para un préstamo.
Pero los judíos tenían tres cosas en su contra. La primera era que la Iglesia, por motivos religiosos, había emprendido hacía tiempo una campaña contra ellos en toda Europa; la segunda era que, al igual que todos los acreedores, los judíos se habían hecho muy impopulares entre el gran número de barones y otros que habían contraído cuantiosas deudas con ellos. Y la tercera había sido el Rey. El reinado de Enrique III, hijo del rey Juan, había durado más de medio siglo, el de su hijo Eduardo casi un cuarto de siglo, y ambos habían necesitado fondos con frecuencia. Lo más sencillo, por lo tanto, era multar a los judíos, pero habían aplicado ese método con tanta frecuencia y severidad que a finales de la década anterior casi todos los financieros judíos se hallaban en la ruina. Su lugar había sido ocupado por los prestamistas cristianos, especialmente las grandes instituciones financieras italianas promovidas por el Vaticano. En resumen, el Rey ya no necesitaba a los judíos. Y así, en el año 1290 de la era cristiana, en un oportuno acto de piedad, el rey Eduardo I de Inglaterra había cancelado las deudas restantes y de paso había complacido al Papa con la expulsión de toda la comunidad judía de su reino insular.
Por desgracia, los médicos también se habían ido. De modo que esa mañana de noviembre las hermanas Dogget se hallaban en una situación que, debido a la ausencia del mercurio utilizado por el médico judío, parecía bastante comprometida. En cuanto a la joven Joan, cuya existencia habían desbaratado, las mellizas, en ese momento, se habían olvidado por completo de ella.
Martin Fleming estaba sentado en su celda, inmóvil. «Será mejor que reces tus oraciones», le había dicho esa mañana el carcelero. Pero por más que lo intentaba, no conseguía articular oración alguna en su mente. Lo único que sabía era que al día siguiente iban a ahorcarlo, y el hecho de ser inocente no le servía de consuelo.
Martin Fleming medía sólo un par de centímetros más que la joven a quien amaba, pero era su curiosa forma lo que llamaba la atención. Todas las zonas que la mayoría de las personas tienen protuberantes, en Martin eran cóncavas. Tenía el pecho hundido; su rostro recordaba el interior de una cuchara. Su aspecto en general era tan esmirriado y anómalo que todo el mundo daba por supuesto que debía de ser retrasado mental. Pocos sabían que en el alma de Martin Fleming ardía una secreta obstinación que, una vez activada, resultaba tan inamovible como una montaña.
Como su apellido indicaba, su familia era flamenca, oriunda de Flandes. Esto era muy común en Londres. Aquel gran territorio de pañeros justo al otro lado del mar, entre tierras francesas y alemanas, no sólo era el socio comercial de Inglaterra, sino que a la vez constituía la mayor fuente de inmigrantes de la isla. Mercenarios, comerciantes, tejedores y artesanos flamencos —a veces se llamaban Fleming pero en muchos casos adquirían un apellido inglés— se adaptaban con facilidad a los usos y costumbres del país y solían prosperar. Pero la familia de Martin no había prosperado. Su padre era un pobre hombre cuyo oficio, trabajar el cuerno hasta que quedaba traslúcido para ser utilizado en la fabricación de linternas, le reportaba una miseria. De modo que cuando a Martin se le había presentado aquella magnífica oportunidad, su padre le había dicho: «Aprovéchala. Yo no puedo hacer mucho por ti». Y aunque el empleo era modesto: «Nunca se sabe lo que un hombre como él puede hacer por ti, si le caes bien».
Ojalá lo hubiera hecho.
Al principio el joven Martin se sentía tan satisfecho de trabajar para el italiano que no se percató de que había algo raro. El acaudalado italiano era uno de los prestamistas que habían suplantado a los judíos y cuya base era una calle del centro de la ciudad, más abajo de Cornhill, que —dado que muchos de ellos procedían de Lombardía, un territorio del norte de Italia— era conocida como Lombard Street. El italiano, un viudo cuyo hijo dirigía el negocio familiar en Italia, vivía solo y utilizaba a Martin para todo tipo de recados. Le pagaba bien, aunque a regañadientes.
«Pero siempre se cree que le estoy robando», se quejaba Martin. Martin nunca averiguó si se debía a que el italiano no comprendía bien el inglés o a su carácter desconfiado, pero el hecho es que siempre tenía problemas. Cuando lo enviaba a entregar un mensaje, su patrón lo acusaba de entretenerse; cuando lo enviaba a comprar al mercado, lo acusaba de quedarse con una parte del dinero. «Debería haberlo dejado», se lamentó Martin posteriormente. Pero no lo había hecho, porque tenía algo más en mente.
Joan: no era como las otras.
A los dieciocho años Martin comprobó que la mayoría de las chicas se reían de él debido a su figura escuchimizada. En mayo, cuando muchos jóvenes aprendices recibían un beso, y a veces más, Martin nada conseguía. En una ocasión, un grupo de chicas se había mofado cruelmente de él al verlo pasar, canturreando: «Nunca lo han besado. No sabe cómo hacerlo».
Otro muchacho se habría sentido hundido. Pero Martin, con su orgullo secreto, se dijo que las despreciaba. A fin de cuentas, no eran más que mujeres. Unas criaturas débiles y caprichosas, ¿no era así como las llamaban los predicadores en la iglesia? En cuanto a sus sonrisas, sus besos y sus cuerpos, Martin se encogió de hombros. Todo era obra del diablo. Mientras el desdichado joven meditaba sobre el asunto, sus escasas defensas se reforzaron. Al alcanzar la madurez, sin que una sola mujer lo hubiera besado aún, llegó a la siguiente conclusión, con una extraña sensación de rectitud: «Las mujeres son impuras. Nada quiero de ellas».
El padre de Joan era un artesano decente y serio. Pintaba las enormes y vistosas sillas de montar de madera que utilizaban los ricos y los nobles. Sus dos hijos trabajaban con él; el hombre había supuesto que su hija se casaría con un artesano como él. Pero ¿qué diablos había visto en el joven Fleming, un muchacho con escasas perspectivas de labrarse un porvenir? Como habría hecho cualquier padre sensato en su lugar, el artesano había tratado de convencer a Joan de que ese joven no le convenía. Pero la muchacha hizo oídos sordos a sus consejos, por una razón muy simple: se sentía amada. Mejor dicho, venerada.
Martin había estado trabajando para el italiano seis meses cuando se fijó en ella. Había ido a entregar un recado en los muelles de Vintry y subía caminando hacia West Cheap cuando la vio sentada delante del taller de su padre, al pie de Bread Street. ¿Qué lo había hecho detenerse y conversar con la muchacha? Martin no lo sabía con certeza. Era posible que una silenciosa voz en su interior lo hubiera instado a hacerlo. Sea como fuere, al día siguiente Martin acudió de nuevo a ese lugar. Y al otro.
La pequeña Joan era diferente. Era discreta, callada y modesta. Martin no le parecía ridículo. Cuando lo miraba con sus ojos plácidos y solemnes, Martin se sentía muy hombre. Ante todo, según descubrió al poco tiempo, no tenía que habérselas con algún rival. Si él la deseaba, Joan era suya y sólo suya. «Es pura», se dijo Martin. Y era cierto, jamás la habían besado.
De modo que se dedicó a cortejarla. La ausencia de rivales le dio la confianza necesaria y a medida que esa confianza aumentaba, Martin empezó a comportarse con ella de manera protectora. Nunca se había sentido tan fuerte, y eso le producía una sensación muy agradable. Los primeros escarceos amorosos con una muchacha hacen que algunos jóvenes se vuelvan presuntuosos. A veces los impulsan a buscar otras aventuras para comprobar si tienen el mismo éxito con otras mujeres. Pero Martin sabía que las mujeres no eran castas ni de fiar, excepto Joan. A medida que la fue conociendo, quedó impresionado por su bondad y decidió que no dejaría que se separara de su lado. No pasaba una semana sin que le hiciera un pequeño regalo; si Joan se mostraba feliz, él se alegraba de verla contenta; si estaba triste, procuraba consolarla. Nadie le había prestado jamás tanta atención. De manera que no fue una sorpresa que al cabo de seis meses decidieran casarse.
Pero ¿cómo? El pintor de sillas de montar tenía muy poco que dar a su hija, y el padre del joven aún menos. Los dos hombres se reunieron y menearon la cabeza con tristeza.
—Mi hijo dice que para él no existe otra chica en el mundo —explicó el trabajador como disculpándose.
—Joan tampoco quiere dar su brazo a torcer —contestó el otro—. ¿Qué vamos a hacer?
Por fin llegaron a un acuerdo, en virtud del cual los jóvenes debían esperar dos años confiando en que la situación de Martin mejorara. Después de eso:
—Quién sabe —dijo el padre de Joan—, quizá cambien de opinión.
Entonces ocurrió el desastre.
En cierto modo fue culpa de Martin. Las normas eran muy simples. El vulgo tenía que retirarse a su casa al anochecer. Si un sirviente salía, tenía que pedir permiso a su patrón. Incluso las tabernas debían cerrar. Era el toque de queda, típico de las ciudades medievales. La gente, sin embargo, no le hacía mucho caso, y salvo dos sargentos apostados a las puertas de la ciudad, y el alguacil en los municipios, nadie había para imponerlo.
Una noche de octubre, cuando su patrón estaba ausente, Martin salió y se fue a una taberna. Transcurrieron dos horas antes de que regresara a la casa de la calle Lombard y sorprendiera a los ladrones. Éstos eran dos. Martin los oyó en cuanto entró en la casa. Pensando únicamente en proteger los bienes del italiano, el joven corrió hacia la parte trasera de la casa, donde se encontraban los ladrones, que al oír sus sonoros pasos huyeron precipitadamente. Martin los persiguió por un callejón, donde uno de ellos dejó caer una pequeña bolsa. Luego se esfumaron. Martin cogió la bolsa y echó a caminar de nuevo hacia la casa.
Al cabo de un momento el alguacil salió de entre las sombras y le preguntó si tenía permiso para estar en la calle después del toque de queda. Luego examinó la bolsa.
Al día siguiente, cuando regresó el italiano, nada logró persuadirlo de que Martin no había tratado de robarle. La bolsa contenía varios adornos de oro que el italiano guardaba a buen recaudo. El pobre Martin no tuvo oportunidad de defenderse. «No es la primera vez que pillo a este joven tratando de robarme», explicó el italiano al tribunal durante el juicio. Su testimonio bastó para que declararan a Martin culpable de robo. La pena por ese delito era la horca.
Había tres cárceles principales pertenecientes a la ciudad, todas ellas situadas junto a la muralla occidental: el Fleet, Ludgate, utilizada mayormente para deudores, y Newgate. Ninguna de ellas consistía en más de unas pocas celdas de piedra, donde los presos estaban hacinados. El régimen era muy sencillo. Los prisioneros podían pagar al carcelero por la comida, o su familia y amigos, si tenían, podían visitarlos y pasarles comida y ropa a través de una reja. En caso contrario, a menos que los transeúntes se apiadaran de ellos, o que el carcelero les diera un poco de pan y agua, se morían de hambre.
Martin Fleming llevaba una semana encerrado en Newgate. Su familia le había llevado comida, Joan había ido a visitarlo todos los días, pero no tenía la menor esperanza de salvar la vida. A veces la gente podía comprar el perdón del Rey, pero un pobre muchacho como él ni siquiera tenía esa posibilidad. Al día siguiente moriría, y no había que darle más vueltas. Así pues, Martin se quedó perplejo al recibir el mensaje que el hermano de Joan acababa de transmitirle verbalmente a través de la reja de hierro.
—Joan me ha dicho que te diga que mañana todo se arreglará.
—No lo comprendo.
—Yo tampoco. Pero dijo otra cosa. Que pese a lo que pueda parecer, nada será lo que parezca. Y que hagas lo que ella te indica. Insistió mucho en eso. Me dijo que te lo repitiera. Que nada será lo que parezca y que tienes que confiar en ella.
—¿Dónde está Joan ahora?
—Ha desaparecido. Me dijo que le dijera a la familia que no volvería hasta mañana. Se ha esfumado.
—¿De modo que tú no tienes idea de todo esto?
—En absoluto —respondió el hermano de Joan, encogiéndose de hombros. Luego se marchó.
«¿Y qué se podrá arreglar mañana? —se preguntó Martin—. ¿La muerte?».
Un poco antes —más o menos una hora antes del mediodía— un hombre alto y rubio, que rondaba los treinta años, se detuvo ante una puerta en la primera planta de la casa de William Bull. Un sirviente le había conducido hasta allí, pero entonces, ante esa terrible perspectiva, sintió que le fallaba el valor. No se atrevía a hacerlo. Al otro lado de la puerta oyó un gruñido. Luego, tratando de dominar sus nervios, llamó a la puerta.
William Bull, que estaba sentado en el retrete, no hizo caso. Estaba pensando.
El retrete, construido en el piso superior de la casa junto al cartel del Toro, era un lugar espléndido. Consistía en una pequeña estancia cuadrada con una ventana de postigos; las paredes y la puerta estaban tapizadas de paño verde: el suelo, cubierto con unas esteras perfumadas. El orificio, que daba a un sumidero de tres metros de longitud, era de mármol pulido, sobre el cual habían instalado un grueso cojín rojo, en forma de aro, bordado con frutas y flores en rojo, verde y oro.
El último rey, Enrique III, sentía tal pasión por ese tipo de artilugios que, además de construir numerosas iglesias, había mandado instalar una extraordinaria cantidad de garderobes o retretes. Los nobles que deseaban estar a la moda habían seguido su ejemplo, y el padre de Bull, un barón y concejal de Londres, también había instalado un retrete en su casa, en el cual se sentaba como si éste fuera un trono, y él, un monarca comerciante orgulloso de sí mismo.
Era un excelente lugar para pensar. Y esa mañana, William Bull tenía muchas cosas en que pensar. Concretamente, debía tomar dos decisiones, una insignificante y otra importante. Tanto es así que esta última cambiaría su vida. Curiosamente, después de los inenarrables acontecimientos acaecidos el día anterior, la más fácil era la segunda.
Cuando William emitió el gruñido, acababa de tomarla.
Al cabo de unos instantes llamaron de nuevo a la puerta.
—Maldita sea —rezongó William—, pasa de una vez.
Bull tenía la costumbre, como sabían sus sirvientes, de conceder entrevistas en este sanctasanctórum. Pero en ese momento, al comprobar de quién se trataba, su rostro se ensombreció.
—Conque eres tú —bramó—. El traidor.
Su primo hizo una mueca de disgusto.
Elias Bull tenía diez años menos que William. Enjuto en lugar de obeso como el comerciante, de rostro lozano en lugar de rubicundo y orondo como su primo, Elias era tejedor, pero apenas conseguía ganarse el sustento.
—No me atrevería a importunarte —había confesado a William la última vez que se habían visto— de no ser por mi esposa y mis hijos. Como sabes, nuestro abuelo legó a mi padre una miseria. —Tan sólo necesitaba un poco de ayuda—. ¿Es cierto que un hijo hereda los pecados de su padre? —había preguntado a William.
William, francamente asombrado, sólo había atinado a responder:
—Sí.
El largo reinado del rey Enrique III no había beneficiado a la familia Bull. Había arrancado con buenos auspicios mientras el país era gobernado con prudencia y eficacia por el consejo durante la adolescencia del Rey. No habían estallado guerras importantes. La industria pañera inglesa era pujante. La ciudad, regida por su alcalde y la oligárquica asamblea de concejales, había prosperado. «Ojalá —solía decir el padre de William— ese muchacho no hubiera alcanzado la mayoría de edad. O que no hubiera sido un Plantagenet». ¿Había existido alguna vez un Plantagenet que no soñara con un imperio? El joven Enrique tenía Inglaterra y poseía aún las tierras de Aquitania, alrededor de Burdeos; pero soñaba con más.
Y, por fin, varios contratiempos lo habían conducido al desastre, al igual que a su padre Juan: varias empresas extranjeras, financiadas por los fondos de las arcas del Estado, habían fracasado; un gran número de barones, encabezados por el gran Simon de Montfort, se había rebelado y establecido un nuevo consejo que gobernaba al Rey, como si éste fuera aún un niño. Montfort había convocado a una inmensa asamblea de barones, caballeros y burgueses, a la que llamó Parlamento. Durante unos años todo parecía indicar que en Inglaterra se iba a desarrollar una nueva clase de reino, sometido a un poderoso consejo. Y en medio de aquellos disturbios había ocurrido algo terrible.
En Londres se habían producido con anterioridad decenas de revueltas. Pero ésta fue distinta; no la provocaron los pobres ni un puñado de arrojados aprendices. Un grupo de reputados ciudadanos —pescaderos, peleteros, comerciantes y artesanos— había convertido la antigua Folkmoot en una revuelta organizada contra acaudaladas dinastías, como los Bull. Estallaron tumultos; un grupo, acaudillado por un joven y furioso pescadero llamado Barnikel, había derribado la puerta de la casa de Bull y había tratado de prenderle fuego. Peor aún, Montfort había dejado que esos radicales depusieran a los concejales y nombraran a otros, unos individuos vulgares. Y esa bochornosa situación se había prolongado hasta que asesinaron a Montfort, el Rey volvió a asumir el poder y el viejo patriciado consiguió recuperar de nuevo el control de Londres.
Pero lo peor de todo —el mero hecho de pensarlo hacía que Bull crispara furioso la mandíbula— era que el hermano de su padre se había unido a esos rebeldes. Varios jóvenes idealistas, u oportunistas procedentes de otras familias patricias habían seguido su ejemplo. «Pero eso no les disculpa —le había dicho a William su padre—. Un traidor es un traidor, y no hay vuelta de hoja». El joven radical había sido repudiado por su familia. Y en ese momento, por tercera vez en lo que iba de año, se había presentado el hijo de ese traidor, atosigándolo para que lo ayudara. Era indignante. Pero de golpe la expresión de William se suavizó e incluso emitió un gruñido de satisfacción. Pues después de la gran decisión que acababa de tomar, la visita resultaba muy oportuna. «Me estoy volviendo cruel», se dijo William. Pero no vio motivo alguno por el que debiera negarse una modesta venganza.
Mientras el comerciante observaba fijamente a su inocente víctima —a quien en ese momento y con su postura le recordaba una gigantesca y terrorífica rana—, dijo de pronto:
—Te daré tres marcos si te marchas.
Eso era suficiente para que la familia pudiera aumentar durante un tiempo su ración de comida, pero no para mejorar su situación en términos generales. Elias miró angustiado a su primo.
—Pero si dentro de un año vienes a verme y me encuentras aquí, quién sabe —dijo William encogiéndose de hombros—, quizá te ceda la herencia que pudo haber sido tuya. Ahora lárgate —exclamó—, y cierra la puerta al salir.
El pobre Elias Bull se marchó desconcertado.
La crueldad de la pequeña broma de William residía en un dato que éste había ocultado a su primo: la importante decisión que acababa de tomar.
Dentro de un año, no se encontraría allí. Los Bull iban a abandonar Londres. Para siempre.
En realidad nada tenía de sorprendente. Incluso su padre había dicho: «La ciudad se está haciendo intolerable». A juicio de su padre el problema, salvo la revuelta, se contenía en una sola palabra: inmigrantes. Era natural que debido a la pujante prosperidad de ese siglo la población de Londres aumentara. Pero las oleadas de inmigrantes habían dado paso a verdaderos torrentes: italianos, españoles, franceses y flamencos, alemanes procedentes de aquel inmenso sistema de puertos septentrionales conocido como la Hansa, por no hablar del sinfín de mercaderes y artesanos que acudían de las diversas regiones de Inglaterra. Peor aún, con la excepción de las gentes de la Hansa, quienes se mantenían al margen, los inmigrantes se mezclaban y casaban con el tipo de artesanos que habían causado tantos conflictos bajo el gobierno de Montfort. «Esos vulgares advenedizos y extranjeros acabarán por arrojarnos de nuestra tierra», se quejaba el viejo patricio.
Para William el proceso se resumía en un acontecimiento que había tenido lugar un año antes de morir el viejo rey Enrique. La pequeña torre de Saint Mary-le-Bow se había derrumbado durante una violenta tormenta y había aplastado una casa cercana propiedad de los Bull. Normalmente la habrían reparado de inmediato; pero el padre de William, tras dudar un tiempo, había decidido venderla. Al cabo de un año la casa, junto con otras tres más pequeñas que poseían los Bull, era compartida por un maestro tintorero de Picardía y un vendedor de artículos de cuero cordobés. Posteriormente, unos vulgares curtidores se habían instalado en Garlick Hill, no lejos de donde residían los Bull. Eran pequeños detalles que indicaban la transformación que estaba experimentando la sociedad inglesa. Pero la gota que había colmado el vaso ocurrió cuando la casa del viejo Bull, antaño ubicada en la aristocrática parroquia de Saint Mary-le-Bow, pasó a formar parte de la pequeña parroquia de Saint Lawrence Silversleeves. Una iglesia insignificante, indigna de los patricios Bull. Nada podía ocultar el hecho de que la familia se hallaba en franco declive.
Si el largo reinado de Enrique III había sido nefasto para la familia, los últimos veinte años del reinado de su hijo Eduardo habían sido una pesadilla. Ningún monarca inglés presentaba un aspecto tan imponente como Eduardo I. Alto y fuerte, con un rostro noble y una larga barba, sus únicos defectos físicos eran el párpado izquierdo caído y un leve ceceo al hablar. El Rey, un enérgico comandante y legislador, era al mismo tiempo inteligente y astuto. Lo llamaban el Leopardo. Y tras haber presenciado el patético reinado de su padre, estaba decidido a imponer su voluntad de hierro. Eduardo había logrado subyugar a los galeses, se había apoderado de sus tierras y sus gigantescos castillos, y les había dado su primer príncipe de Gales. Al cabo de poco tiempo tenía previsto marchar al norte, para aplastar también a los escoceses. Y si había una clase de hombres en su reino que suscitaban las más vivas antipatías del Rey, eran los orgullosos y patricios concejales de Londres que elegían a su alcalde y se creían capaces de crear reyes.
Su ataque había sido un golpe bajo. Pues ¿qué comerciante habría podido negar que Eduardo era su amigo? Sus leyes eran justas y buenas para el comercio. Las deudas estaban reguladas, los impuestos simplificados, con una nueva aunque razonable tasa sobre las exportaciones de lana, que solían imponer a los clientes extranjeros.
—Pero no hay más que ver cómo nos ha perjudicado a los patricios —señalaba William—. El comercio vinícola está copado por esos individuos de Burdeos; los tratantes en lana más importantes son italianos o unos individuos de la región occidental.
Y aunque su padre siempre había obtenido cuantiosos beneficios y ganancias con la venta de artículos de lujo al Ropero, como se denominaba la oficina real de compras, William nada conseguía vender.
—Nos han marginado —decía con amargura—. El Leopardo nos ha engañado.
Pero eso fue sólo el principio. El verdadero ataque, que se había iniciado diez años antes, fue devastador. Inopinadamente, so pretexto de mejorar la ley y el orden, el rey Eduardo había destituido al alcalde y colocado en su lugar a un hombre designado por él. Los concejales protestaron indignados. Pero no obtuvieron el apoyo de los londinenses. Acto seguido Eduardo decidió propugnar una serie de ordenanzas: documentos, tribunales, pesos y medidas se reformaron con el rigor y la precisión que eran habituales en Eduardo.
—Supongo —reconoció Bull— que nuestro alcalde gobernaba de manera un tanto chapucera.
Pero donde más les dolió fue en el bolsillo.
—Sus leyes conceden a cualquier extranjero los mismos derechos comerciales que a nosotros —protestó Bull.
El tribunal del Exchequer del Rey se trasladó inesperadamente al Guildhall, donde el tribunal de Hustings de los concejales había dispensado su justicia. Dos años antes, cuando los concejales habían finalmente protestado —«¿Y los viejos privilegios de los londinenses?»—, el alcalde nombrado por el Rey los había destituido fulminantemente y sustituido por unos hombres nuevos, elegidos por el Exchequer. «¿Y sabéis quiénes son esos nuevos tipos? —había preguntado Bull indignado—. Unos pescaderos, peleteros, unos modestos y apestosos artesanos». Los rebeldes de Montfort habían regresado.
Sin embargo, incluso la vieja guardia se resistía a claudicar. A fin de cuentas, habían gobernado Londres durante siglos. Muchos consideraban a Bull —un personaje respetable que aún no se había visto contaminado por un cargo público— un posible defensor de sus derechos. Hacía poco que Bull creía que había llegado su oportunidad.
Un año atrás, para ayudar a sufragar la inminente campaña escocesa, el rey Eduardo se había extralimitado al elevar los impuestos sobre la lana. La nueva tasa, conocida como el maltote, era tan desorbitada que todo Londres había protestado. Y mientras la ciudad estaba a punto de estallar, el puesto de concejal del municipio de Bull quedó súbitamente vacante.
Bull se había mostrado perseverante. «En los tiempos de mi padre —había comentado a su familia— poseíamos tantos terrenos en este municipio que la concejalía hubiera sido nuestra con sólo pedirla». Pero en ese momento no se hacía ilusiones. Tragándose el orgullo, Bull había tratado de congraciarse con otros comerciantes y artesanos menos importantes que él, así como con el alcalde nombrado por el Rey. Incluso uno de los nuevos y vulgares concejales le había confesado: «Necesitamos a un hombre con una sólida reputación, como usted». A medida que se aproximaba la fecha, nadie de aquel municipio se había molestado en presentar su candidatura.
Y el día anterior había sido el gran día. Con discreción, felizmente, con su sentido de la historia de la familia prestándole una dignidad de la que se sentía francamente orgulloso, William Bull, ataviado con una magnífica y flamante capa, se había presentado en el Guildhall para ser elegido.
El empleado del Exchequer que le había negado la entrada apenas se había molestado en mostrarse cortés.
—Aquí no lo queremos —le dijo secamente—. Hemos elegido a otro.
Bull, perplejo, protestó enérgicamente:
—Pero si no se ha presentado otro candidato.
El individuo replicó:
—No de su municipio. De Billingsgate.
Un extraño. Era poco frecuente, aunque a veces sucedía.
—¿De quién se trata?
Y el otro había respondido fríamente:
—Barnikel.
Barnikel. Ese maldito y vulgar pescadero. Barnikel de Billingsgate, ¡concejal del municipio de Bull! Durante varios minutos Bull permaneció junto a la puerta del Guildhall, incapaz de asimilarlo. Y en ese momento, mientras meditaba de nuevo en el asunto, había llegado a una conclusión: no podía soportarlo.
La gran decisión estaba tomada: era el momento de marcharse.
Aún tenía que tomar la otra decisión, la menos importante.
A primera vista parecía fácil y agradable. El mensaje de Bankside lo había intrigado. Una virgen en el Dog’s Head. Una auténtica rareza. Sólo se lo comunicaban a los mejores clientes, de eso estaba seguro. Aunque sus expediciones al burdel eran ocasionales, William no dejaba de ser un patricio, y el gerente del burdel se mostraba siempre tan respetuoso como discreto.
Entonces ¿a qué venían esas dudas? Sentía ciertos remordimientos. Pero ¿por qué tenía que sentir remordimientos? Como en respuesta a sus pensamientos en ese momento, William oyó un fuerte golpe en la puerta seguido por una voz áspera.
William hizo una mueca de disgusto.
—¿Qué estás haciendo? —dijo su esposa.
—¿Qué diablos supones? —replicó enojado.
—Llevas una hora metido ahí dentro.
¿Era ésa la manera de dirigirse a un distinguido comerciante de mediana edad?
—Ya sé lo que haces —prosiguió su esposa—. Estás pensando.
William suspiró. Las peleas entre su bisabuela Ida y el marido de ésta formaban parte de la leyenda familiar, pero ningún Bull, pensó William, había tenido que soportar a una mujer como la suya.
—Te he oído —dijo su esposa—. Has suspirado.
A lo largo de veinte años desgraciados, William había tratado de amarla. Al fin y al cabo, según se recordaba diariamente, ella le había dado tres hijos. Pero no era sencillo y, en los últimos años, William había cejado en su empeño. Gris, enjuta, insistente, era una mujer que se quejaba si él salía y lo hostigaba si se quedaba en casa. No era de extrañar, pensó William, que de vez en cuando saliera en busca de solaz en Bankside. Así pues, aunque sólo fuera para aliviar su tedio, William comunicó a su esposa su importante decisión.
—Nos marchamos de Londres. Residiremos en Bocton. —William se detuvo, oyó a su esposa emitir una exclamación de asombro, y agregó para rematar el asunto—: Todo el año.
De hecho, el plan de Bull nada tenía de extraño. Siguiendo el ejemplo de muchos comerciantes londinenses que se habían retirado a sus propiedades en el campo, varios de sus coetáneos patricios, hartos de la feroz competencia de la ciudad, habían abandonado su profesión para convertirse en caballeros rurales. A Dios gracias, William poseía una considerable fortuna. Compraría más tierras.
De pronto oyó exclamar a su esposa:
—¡Detesto el campo! —William sonrió. Ya lo sabía—. Me quedaré en Londres —continuó ella.
—No en esta casa —respondió él en tono jovial—. Voy a venderla.
—¿A quién?
Eso era muy fácil, pues si existía un fenómeno en la pujante ciudad que asombraba a todo el mundo, era el número de tabernas que se habían inaugurado en Londres desde que él era niño. En una ciudad con una población residente de aproximadamente setenta mil personas, había unas trescientas tabernas donde servían comida y bebida, por no hablar de otro millar de pequeñas cervecerías. Algunas tabernas eran locales de grandes dimensiones donde alquilaban habitaciones a la multitud de visitantes que acudían a la ciudad; y algunos de sus propietarios habían hecho una gran fortuna. Un mes antes, el emprendedor propietario de uno de esos establecimientos había comentado a William: «Si algún día desea vender su casa, le pagaré un buen precio por ella».
De modo que en ese momento Bull informó a su esposa:
—Voy a vendérsela a un tabernero.
—Bestia —dijo ella y se echó a llorar. William alzó los ojos al cielo—. ¡Bruto!
—Voy a salir —dijo él, y rogó que hubiera silencio. Pero tras una breve y hostil pausa, William oyó a su esposa murmurar con tono plañidero:
—Sé adónde vas. Detrás de alguna mujer.
Eso era demasiado.
—¡Ojalá fuera verdad! —gritó William golpeando con ambos puños el cojín bordado con flores y frutas—. ¿Quieres saber adónde voy? Voy a buscar a los sargentos de la ciudad. Y cuando regrese te colocaremos una brida de castigo y haré que te conduzcan por toda la ciudad. Eso voy a hacer.
La brida de castigo no era un artilugio agradable. En ocasiones las mujeres que blasfemaban eran condenadas a llevar encasquetada una pequeña jaula de hierro provista de un bocado que les inmovilizaba la lengua. Las mujeres que habían ofendido a sus maridos o a otros eran obligadas a pasearse así por la ciudad, al igual que otros malhechores eran castigados con el cepo. La oyó sollozar y se sintió avergonzado.
William tomó una decisión. Eso era demasiado. No estaba dispuesto a seguir aguantándolo. Al cabo de un momento pasó delante de su mujer y salió de su casa dando un portazo. Así fue como, poco después del mediodía, William Bull llegó al burdel de Bankside y, acompañado por el gerente, se acercó a Joan.
Según le aseguró el hombre, era el primer cliente que había llegado.
Joan miró a William Bull.
La joven dedujo que debía de rondar los cuarenta años. Era un hombre corpulento, con una capa, pantorrillas gruesas, botas de excelente cuero dobladas debajo de la rodilla y rostro rubicundo, acostumbrado a ser obedecido. Acababa de recompensar al gerente del burdel con unas monedas por el placer de desvirgar a Joan.
Todo estaba tranquilo. A esa hora del día había pocos clientes, y la mayoría de las prostitutas estaban durmiendo o habían salido. De las hermanas Dogget no había ni rastro.
De pronto Joan se enfureció. Dirigiéndose al gerente del burdel, gritó:
—Es un asqueroso embustero, me prometió que no habría clientes hasta mañana.
Bull miró inquisitivamente a la esposa del gerente del burdel.
—No se preocupe, señor —dijo la mujer—. Está un poco nerviosa. —Luego se volvió hacia Joan y masculló—: Obedece sin rechistar.
—¿Y si me niego?
—¿Negarte? —le espetó el gerente del burdel.
—No lo comprendes, querida —terció su esposa esbozando una sonrisa maternal—. Éste es un hombre importante. Un buen cliente.
—No me importa.
La sonrisa se desvaneció. Los dos pequeños ojos que asomaban en el orondo semblante semejante a un queso observaron a Joan con frialdad.
—Mereces unos buenos azotes.
—No tienen derecho a hacerme eso.
Todas las chicas que trabajaban en el burdel alquilaban una habitación. Salvo esta obligación, en teoría eran libres para entrar y salir cuando les viniera en gana. Pero en la práctica el gerente del burdel las tenía dominadas y las manipulaba a su antojo.
—Es posible —contestó el gerente del burdel con tono frío y siniestro. Luego se acercó a Joan, que percibió el rancio olor a comida que emanaba su barba—. Pero puedo avisar al administrador del obispo y hacer que te expulsen de Liberty dentro de una hora. Nadie volverá a darte trabajo.
Eso era justamente lo que Joan debía evitar.
—De acuerdo, lo haré —dijo la joven. Acto seguido se volvió hacia William Bull y esbozó una sonrisa forzada.
La escalera de madera instalada en la fachada del burdel subía dos pisos, en cada uno de los cuales había tres habitaciones, las cuales habían sido subdivididas en pares de cubículos mediante unos tabiques de madera. Al llegar al segundo piso, Joan y el comerciante entraron en un angosto pasillo situado entre los muros de madera. Estaba oscuro. Tras recorrer unos metros llegaron a una estrecha y desvencijada escalera interior. Joan comenzó a subir por ella con cautela para no resbalar.
La habitación de Joan consistía en un cuarto abuhardillado situado en el desván de la casa. Aunque de dimensiones muy reducidas, al menos no tenía un cubículo adosado a la misma, de modo que nadie oiría los jadeos y gemidos del cliente. Había una ventana pequeña, cuya parte superior estaba cubierta con pergamino para filtrar la luz, y la inferior con un postigo de madera. Esa mañana, cuando Joan había abierto el postigo y sentido el aire frío y húmedo sobre su rostro, había comprobado que podía contemplar la otra orilla del río e incluso, por encima de los tejados de Blackfriars, divisar la parte superior de Newgate. Era un consuelo para Joan poder ver el lugar donde estaba encarcelado Martin Fleming.
Las esteras que cubrían el suelo no se habían cambiado desde hacía varios meses y olían muy mal. No obstante, Joan había logrado convencer al gerente del burdel para que le diera unas esteras limpias, aunque el hombre había protestado por el gasto que suponía. Y así, conducido por Joan, el comerciante entró en una habitación abuhardillada bastante agradable en comparación con los míseros cuartuchos del burdel, respirando un tanto trabajosamente después de trepar por la empinada escalera.
La cama consistía en un jergón relleno de paja tendido en el centro del suelo. Joan dejó caer su chal. Aún no había adquirido la vestimenta a rayas característica de su profesión, sino que vestía una sencilla camisa de hilo de manga larga, sobre la que lucía un vestido sin mangas con flores estampadas. Se quitó el aro que le sujetaba el pelo y dejó que éste cayera sobre sus hombros. Luego se acercó a la ventana y abrió el postigo de par en par. A cien metros de distancia, el río fluía lenta y torpemente. Mientras permanecía de espaldas al comerciante, Joan se dio cuenta de que temblaba un poco. ¿Lo habría notado él?
En su mente tenía un solo pensamiento. «¿Qué puedo hacer para frenarlo? ¿Cómo puedo salir de este aprieto?».
—¿Todavía eres virgen? —preguntó el comerciante.
Joan no se volvió, se limitó a asentir con la cabeza.
—¿Estás asustada? —inquirió el comerciante con voz ronca.
Pero Joan creyó detectar cierta timidez. ¿Tal vez debida a los remordimientos? Por fin Joan se volvió.
El comerciante se había quitado la capa y se estaba desabrochando los botones de su jubón. Por lo visto se proponía ir directo al grano. Joan observó su orondo y duro semblante. ¿Era posible que no dejara entrever el menor resquicio de bondad?
—No lo pasarás tan mal como imaginas —dijo Bull.
De pronto Joan tuvo una idea. Existía la posibilidad de sacar partido de esa horrible situación. Era una posibilidad muy remota, pero si jugaba hábilmente sus cartas quizás él accediera a cooperar.
Haciendo acopio de todo su aplomo, Joan dijo:
—Deseo pedirle un favor.
Bull la miró. Joan se lo dijo.
—¿Te has vuelto loca? —preguntó Bull estupefacto, pero ella no se inmutó.
—Permítame que se lo explique —dijo Joan.
Una hora después del mediodía una figura robusta, sonriendo de oreja a oreja, salió con paso ágil del palacio real, se dirigió con paso ágil hacia su caballo, se montó ágilmente en él y echó a galopar hacia la ciudad, dejando a sus espaldas la antigua abadía de Westminster.
En el año 1295, la abadía de Westminster presentaba un aspecto muy curioso, pues cuando el piadoso rey Enrique III decidió reconstruirla, cometió un lamentable error. Pese a la inmensa suma recabada de los judíos o el hecho de que Enrique empeñara las joyas para construir un nuevo y suntuoso sepulcro dedicado a Eduardo el Confesor, el monarca se había quedado sin fondos. La magnífica parte oriental de la iglesia, el coro y cruceros y una pequeña porción de la nave se alzaban imponentes, adornados con los arcos ojivales del gótico. Pero, súbitamente, la nave describía una línea descendente hasta la más modesta altura de la vieja iglesia normanda del Confesor. Y así había permanecido durante un cuarto de siglo: dos iglesias, de distintos estilos, unidas de manera absurda. Transcurriría otro siglo hasta que comenzaran de nuevo las obras, y otro medio antes de que éstas se completaran. Durante los reinados de doce monarcas de Inglaterra, la sagrada iglesia de la coronación siguió siendo un desastre.
Pero si Waldus Barnikel se hubiera vuelto para contemplar la vieja abadía, cosa que no hizo, no le habría encontrado el menor fallo. Pues ese día todo le parecía perfecto. «Soy —acababa de confiar al propio Rey— el hombre más feliz de Londres».
Waldus Barnikel de Billingsgate era redondo como una pelota. Daba la impresión de que la naturaleza, tras haber decidido confinar la demoledora fuerza y genio de sus antepasados en un espacio más reducido, hubiera comprendido que semejante carga de energía sólo podía contenerse, a fin de evitar una explosión, en una esfera perfecta y sólidamente construida. Iba bien afeitado, aunque su cabello rojo le llegaba hasta la mitad del cuello, y llevaba un sombrero de piel. En suma, irradiaba seguridad en sí mismo.
Esto era lógico, pues el modesto pescadero acababa de elevar su profesión a alturas inimaginables. Barnikel lucía el manto rojo de los concejales y a partir de ese momento todos le llamarían sire. En cuanto a la humillación de los orgullosos y patricios Bull a quienes había aborrecido toda su vida: «Mi alma está empapada en miel», se dijo. De hecho, ni siquiera tenía que sentirse amedrentado ante los Bull, pues Barnikel era rico.
Su trayectoria de humilde comerciante a concejal era típica de algunos pescaderos. Poco después del reinado del rey Juan, la familia había adquirido un pequeño barco de pesca, y posteriormente otro. Para cuando nació Waldus, no sólo poseían un almacén en el muelle de Billingsgate y un inmenso puesto en el mercado, con seis hombres detrás del mostrador, sino que, al igual que los pescaderos más prósperos de Londres, habían establecido una segunda base de operaciones. Ésta se hallaba en un pequeño pero concurrido puerto llamado Yarmouth, a unos doscientos kilómetros en la costa oriental, donde tenían otros dos barcos pesqueros y participación del cincuenta por ciento en un rentable buque de carga. Fue en Yarmouth donde Barnikel conoció a su esposa, donde hizo fortuna y donde pasó a formar parte de un curioso movimiento histórico.
El gran territorio de East Anglia había conservado su antiguo carácter en los siglos que habían transcurrido desde la Conquista. Habían llegado numerosos extranjeros, mayormente tejedores flamencos cuyas aptitudes habían desarrollado de manera provechosa. Pero sobre todo los grandes pastos, los bosques y los prados seguían perteneciendo a Danelaw: la tierra de anglos y daneses, colonos y comerciantes; aislada, independiente, abierta sólo al indómito viento del este que procedía del rumoroso mar. Al igual que el resto de Inglaterra en ese siglo, East Anglia había prosperado; y, lo que era más importante, había empezado a exportar su paño, de dos clases, cada una de las cuales ostentaba el nombre de la aldea que era su centro de manufactura: Kersey, en la parte meridional, y la pequeña población de Worsted, en el norte.
Por lo tanto, fue natural que cuando Barnikel conoció a la rica heredera de Worsted, una descendiente, como él, de los navegantes vikingos, decidiera casarse con ella. Esto dobló su fortuna. Y cuando Barnikel llevó a su esposa a Londres, toda su familia fue con ellos.
De los numerosos grupos que acudían a Londres en esa generación, muchos eran comerciantes de East Anglia. Tal como Barnikel había comentado recientemente: «La gente hasta habla de manera distinta. Todos se expresan como mi familia política». Pero Barnikel no se había percatado de que el leve cambio en el acento local de los londinenses obedecía a un fenómeno histórico más importante. Pues ya se debiera a la casualidad o al destino, el caso es que a fines del siglo XIII los normandos comenzaron a regresar a Londres, no como navegantes vikingos, sino como sus descendientes de clase media sólida.
Barnikel se había convertido en un acaudalado comerciante. Todavía vendía pescado, por supuesto; pero sus barcos transportaban también pieles y madera del Báltico, y grano, e incluso vino. El día anterior había sido nombrado concejal. ¿Y ese día? Nada le había preparado para el mensaje que había recibido del propio rey Eduardo.
Tan sólo unos minutos antes Barnikel se había hallado de pie delante del monarca alto y de barba entrecana, los ojos reales se habían clavado en los suyos. «Te necesito —había dicho el Rey—. Te necesito para mi parlamento». Y el pescadero se había sonrojado, impresionado por aquel increíble honor. Un Barnikel en el Parlamento.
Cuando el rey Eduardo I de Inglaterra decidió convocar unos parlamentos, como los llamaba, dos veces al año, por lo general en Westminster, hizo gala de su habitual astucia y sagacidad. Al recordar las humillaciones padecidas por su padre y su abuelo, cuya obstinación les había hecho caer bajo el dominio de los consejos formados por barones, el Rey se mostró más cauto. Nadie podría decir jamás que Eduardo había gobernado sin tener en cuenta el consejo de sus colaboradores. Cada vez que debía decidir sobre un asunto de especial importancia, el Rey convocaba no sólo el consejo de barones, sino a todas las partes implicadas. Si el asunto tenía que ver con la Iglesia, llamaba a los representantes del clero; si al comercio, a los burgueses de las ciudades; si al servicio militar general, a los caballeros locales. Y a veces los convocaba a todos. A tales parlamentos asistía también la administración de justicia real, de la que rey reunido en consejo constituía también el tribunal de última instancia. Es cierto que con frecuencia el Rey propugnaba unas leyes creadas por él mismo, sólo con el consejo de sus más íntimos colaboradores. Pero nunca se extralimitó. Siempre utilizó sus parlamentos como órganos consultivos.
Al igual que el Rey había utilizado a los modestos comerciantes para romper el poder del alcalde de Londres y sus oligarcas, con sus parlamentos el monarca podía poner coto a sus magnates feudales —lo que hacía de vez en cuando mediante los oportunos estatutos— y, aunque en menor medida, a la Iglesia. Por lo tanto, fue durante el reinado del rey Eduardo I de Inglaterra que empezó a cobrar forma la gran institución del Parlamento: no para depositar el poder en manos del pueblo —Dios no lo permita—, sino para reforzar el largo brazo político del Rey.
Por casualidad, el día antes, uno de los burgueses que debía asistir había caído enfermo. «De modo que ordené que te llamaran», explicó el rey Eduardo a Waldus con una sonrisa.
Por supuesto, existía un motivo. Barnikel no era tonto. Si el Rey deseaba contar con unos comerciantes en el Parlamento, significaba que se proponía imponer unas tasas a las poblaciones. Si estaba dispuesto a halagar al flamante concejal, sin duda era porque pretendía recaudar mucho dinero.
En cualquier caso, el Rey lo había llamado expresamente a él, a Barnikel.
Por lo tanto, nada tenía de extraño que Waldus Barnikel deseara celebrarlo esa tarde. Y eso era exactamente lo que se proponía hacer, pues justo antes de partir para entrevistarse con el Rey, había recibido también un mensaje de Bankside referente a una virgen. Así pues, Barnikel se había puesto en camino ansioso y alborozado.
Waldus Barnikel solía acudir al Dog’s Head una vez a la semana. Llevaba haciéndolo cerca de cinco años. Era un cliente tan constante como metódico, y siempre se acostaba con una de las hermanas Dogget.
El nombre de éstas lo divertía porque en la ciudad vivía un reputado orfebre, aunque carente de todo sentido del humor, que tenía el mismo apellido que las mellizas, si bien no estaba emparentado con ellas. «Vi a tus sobrinas que viven al otro lado del río», solía decirle Barnikel de vez en cuando para hacerlo rabiar.
En cualquier caso, Barnikel había decidido acudir aquel día a Bankside. Pues el Rey, con su proverbial sagacidad, había comprendido la gran verdad que la historia de casi todas las futuras asambleas legislativas confirmarían: que las prostitutas y los políticos se atraen inevitablemente. «Si dejo que los caballeros y los burgueses campen a sus anchas por las calles de la ciudad —observó el monarca en cierta ocasión—, corro el riesgo de que se vayan de putas y se metan en un lío». De modo que cuando el Parlamento se reunía en Westminster, los burdeles de Bankside, al menos oficialmente, estaban cerrados. Quizá pasara mucho tiempo antes de que pudiera ir de nuevo.
En cuanto a la noticia de una virgen en el Dog’s Head, era realmente asombrosa. «Será mía», se dijo Barnikel muy excitado. Había decidido hacer un regalo a la hermana Dogget, para tenerla contenta.
Sólo se detuvo una vez, por espacio de unos minutos. El amplio y enlodado camino de Westminster corría paralelo al río y a menos de un kilómetro de la abadía doblaba hacia la derecha, al tiempo que el Támesis describía un último recodo junto a Aldwych para penetrar en el amplio tramo que se extendía frente a Londres. En esta encrucijada había un hermoso monumento artísticamente tallado en piedra, rematado con una cruz, ante el cual Barnikel se detuvo para rezar una breve oración.
La cruz llevaba unos cinco años allí, desde que la esposa del rey Eduardo —a quien éste, curiosamente tratándose de un monarca, había amado profundamente y había sido fiel— había muerto en el norte. Un gran cortejo había transportado sus restos hasta Westminster, descansando doce noches durante el camino; la última etapa, antes de hacer su entrada en la abadía, había comenzado en esta encrucijada. Tan profunda era la devoción del Rey hacia su esposa que ordenó que erigieran una cruz en cada punto donde se había detenido el cortejo. Había otra en West Cheap, junto a Wood Street. Y dado que este lugar era conocido por su viejo nombre inglés de, aproximadamente, Charing, que significa recodo, este conmovedor monumento era conocido como Charing Cross.
Barnikel había sentido un gran respeto por la Reina; pero se había detenido ante la cruz porque, el día en que la erigieron, su propia esposa, tras haberle dado siete hijos, había muerto de parto con el octavo. Waldus no había vuelto a casarse porque no había encontrado una mujer capaz de sustituir a su llorada esposa, y prefería acudir una vez a la semana a Bankside. Como tenía por costumbre, se había detenido para rezar una oración por ella en Charing Cross antes de proseguir su camino hacia el burdel. No sentía remordimientos de conciencia al hacerlo. Su esposa había sido una mujer de carácter abierto y alegre; sin duda habría aprobado su conducta. Barnikel azuzó a su caballo y éste se lanzó al galope.
Cuando se acercaron al Dog’s Head, Isobel y Margery aún no habían decidido qué hacer. Habían visitado a un médico en Maiden Lane que, según decían, por una módica cantidad mantenía la boca cerrada, y éste había confirmado de inmediato sus temores.
—Es una lepra —dijo, pues así llamaban a aquel tipo de llagas contagiosas. Después de lavarla con vino blanco, el médico entregó a Margery un ungüento que, según le aseguró, la curaría.
—El ingrediente principal es orina de cabra —le explicó en tono jovial—. Siempre da resultado.
Margery le dio las gracias, aunque tenía ciertas reservas.
—Supongo que podría marcharme unos días —dijo Margery. Nunca se había separado de su hermana—. Puedo pagar la renta, y mañana supongo que cerraremos, debido al Parlamento.
De hecho, el gerente del burdel solía contratar unos servicios discretos para los cuales necesitaba a las hermanas.
—Rezaré por ti —dijo Isobel.
Isobel era religiosa. La dispensa que la Iglesia concedía a las prostitutas era desigual. Podían recibir la comunión, por ejemplo, pero debían ser enterradas en terreno no consagrado, aunque Isobel no sabía si eso significaba que los muertos contaminaban moralmente más que los vivos. No obstante, creía que Dios le perdonaría sus pecados en este mundo cruel y que, al final, se salvaría. Pero sabía que nadie debía descubrir la dolencia de Margery.
—Será mejor que esta noche no trabajes —dijo a su hermana—. Mañana decidiremos qué debemos hacer.
Preocupadas como estaban por esta urgente cuestión, no habían vuelto a acordarse de la pequeña Joan. Y al aproximarse al burdel de golpe se acordaron de ella al verla de pie delante de la fachada, entre dos hombres y el gerente del burdel. Era evidente que había ocurrido algo grave.
Waldus Barnikel estaba muy enojado. Pero sonreía melifluamente y el gerente del burdel parecía sentirse violento.
—Me ofreciste una virgen —tronó el flamante concejal.
—Esta mañana lo era —se disculpó el gerente del burdel—. Supuse que llegaría más temprano, sire —agregó.
—Y lo habría hecho —respondió el concejal mirando a Bull con desdén— de no haber tenido que despachar con el rey Eduardo. Su Majestad deseaba comentarme algo sobre el Parlamento —explicó a modo de recordatorio de su superioridad con respecto al patricio.
—Sólo ha estado una vez con un hombre —dijo el gerente del burdel, mirando nervioso a Bull.
—Conmigo —declaró Bull con evidente satisfacción.
El nuevo concejal y el parlamentario se miraron con cara de pocos amigos.
—¿Crees que estoy dispuesto a acostarme con ella después de haberlo hecho este viejo pedo? —exclamó Barnikel contemplando furioso al detestado patricio.
El gerente del burdel temió que ambos hombres llegaran a las manos. Pero Bull parecía contentarse con presenciar la furia del pescadero.
—Al parecer yo llegué primero —dijo.
—¡Sinvergüenza! —maldijo Barnikel al gerente del burdel—. ¿Así es como tratas a un cliente? Te juro que a partir de ahora iré a otro lugar.
—¿De modo que no queréis a esta chica? —preguntó Bull.
—¡Prefiero acostarme con un perro! —gritó Barnikel. Luego se detuvo, sin saber qué hacer. Había ido allí para celebrar su nombramiento, y sentía el acuciante deseo de acostarse con una mujer. Pero al ver a la joven junto a su viejo enemigo, que había llegado allí antes que él, su orgullo le impedía ponerle la mano encima. ¿Qué podía hacer?
En ese momento reparó en las hermanas Dogget, que acababan de llegar.
—Me quedo con la Dogget —dijo ásperamente—. La que me atiende siempre.
—¿Cuál de ellas? —preguntó el gerente del burdel. Estaba tan alarmado por el rumbo que habían tomado las cosas que había olvidado con cuál de ellas solía acostarse Barnikel.
—Margery, por supuesto —contestó Barnikel con fastidio.
Las hermanas se miraron consternadas. Sólo les preocupaba una cosa. Si el concejal se contagiaba de la dolencia que padecía Margery se pondría hecho una furia. Destrozaría el burdel. Probablemente las echarían a ambas de allí. Pero no había tiempo para perderlo con palabrería. Una de ellas se adelantó.
—Siempre me prefiere a mí en lugar de mi hermana —dijo sonriendo—. Vamos, muchachote.
No habría problema. Margery había contado a su hermana, hacía tiempo, exactamente qué le gustaba a Barnikel.
Pero la auténtica Margery, que se había quedado abajo, se encontraba en una situación francamente desconcertante. Estaba dispuesta a disculparse con la pobre Joan. Habían prometido protegerla. Y la habían dejado en la estacada.
Pero, curiosamente, Joan no la miraba con expresión de reproche. Antes bien, se la veía muy risueña. Ante el asombro de Margery Dogget, Joan sonrió a Bull y lo besó en la boca.
—¿Quieres que te acompañe hasta el puente? —le preguntó.
Joan se separó de Bull poco antes de llegar al puente, sabiendo que había tenido suerte. Una suerte enorme. Muchos hombres, al oír su historia, se habrían reído, o simplemente no la habrían creído. Pero Bull no había hecho ninguna de esas cosas. Al principio la había mirado atónito. Luego había meneado la cabeza diciendo:
—Eso es lo más valiente que he oído en mi vida. De acuerdo —había añadido echándose a reír—: te ayudaré. ¿Crees que podrás conseguirlo?
—Es preciso —respondió ella.
La ley era muy clara al respecto. Sólo había una manera, salvo el perdón, de que un hombre condenado a muerte en Londres lograra escapar de la horca. Y esa manera era que lo reclamara una puta.
Había que seguir una determinada ceremonia. La mujer debía aparecer públicamente ante la justicia, vestida con el traje blanco a rayas y la capucha que constituía la vestimenta oficial de la profesión, llevando una vela penitencial en cada mano, y ofrecerse como esposa del prisionero. Si el condenado accedía a casarse con ella, era liberado y a continuación se celebraba el matrimonio. La Iglesia, aunque regentaba los burdeles, aplaudía que un alma se salvara del pecado; las autoridades sin duda opinaban del mismo modo. Hay muy pocos de esos casos registrados, pero se ignora si se debe a que las prostitutas no estaban dispuestas a renunciar a una profesión rentable para convertirse en esposas de unos indigentes, o si los hombres preferían que los ahorcaran antes que casarse con esa clase de mujeres.
El plan de las hermanas Dogget era precisamente éste: Joan debía convertirse en prostituta por un día. El Dog’s Head debía contratarla y el administrador del obispo registrar su nombre. Luego podía reclamar a su hombre. Para las Dogget, ésa constituía la mayor aventura que habían corrido en su vida.
—Pero no puedo acostarme con los clientes —había objetado la joven—. No sería capaz de hacerlo —había asegurado meneando la cabeza—. En cuanto a Martin… —Era por eso que no se había atrevido a contarle los pormenores del asunto. Él se habría opuesto rotundamente y habría estropeado el plan. Joan pensó en el rostro triste pero orgulloso de su novio—. Si él llegara siquiera a pensar… —Joan no había podido concluir la frase.
—Nosotras te protegeremos —le habían prometido las hermanas—. Lograremos que pases la noche en el Dog’s Head sin que te pongan la mano encima. —Ambas se habían echado a reír de sólo pensarlo—. Qué divertido —habían exclamado—. Es un truco fantástico.
Pero las objeciones de Joan constituían a la vez el punto débil del plan. No creía que las autoridades se extrañaran del poco tiempo que llevaba trabajando en el burdel. A fin de cuentas, el deshonor de aparecer vestida con aquel vergonzoso atavío, aunque sólo fuera una vez, como una ramera registrada bastaría para arruinar su reputación de por vida. Pero Joan temía que si descubrían que jamás había ejercido de prostituta, las cosas se pondrían mal. Eso la había preocupado toda la mañana, pero no veía solución.
La idea se le había ocurrido mientras se encontraba cara a cara con el rubicundo comerciante en su pequeña habitación abuhardillada. En primer lugar, si se lo contaba todo, ¿se compadecería aquel hombre de ella en lugar de forzarla? Y segundo, ¿dejaría que el gerente del burdel y, en caso necesario, las autoridades creyeran que ella había desempeñado el papel de prostituta?
A William Bull, mientras contemplaba a aquella extraña y solemne personita, el asunto le había parecido de lo más asombroso. Era inaudito que esa joven estuviera dispuesta a intentar llevar a cabo semejante plan.
—¡Dios mío! —había exclamado Bull, después de acceder a ayudarla—, tu novio es un joven afortunado. No obstante —había añadido pensando con cierto pudor en su esposa—, si viene al caso, prefiero decir a los jueces en privado que me he acostado contigo. Pero supongo que no habría problema en eso. Si el gerente del burdel cree que lo hice, con eso basta.
—Pero hay otra cosa —dijo Joan—. Después de que hayan liberado a Martin, debéis contarle la verdad de lo ocurrido. No quiero que piense que…
Bull sonrió.
—Desde luego —respondió.
Pero ni siquiera él había soñado con la maravillosa coincidencia cuando, por fin, él y la joven habían bajado y se habían topado con el condenado Barnikel, el pescadero, rojo de ira al comprobar que Bull había llegado antes que él.
El asunto era tan extraordinario, su venganza sobre Barnikel había sido tan dulce que, mientras cruzaba el puente de regreso a su casa, Bull se sentía tan satisfecho como si hubiera poseído a una docena de vírgenes.
«Quizá decida incluso acostarme con mi mujer», pensó Bull en un arrebato de gozo.
Entre tanto, Joan, muy contenta, no se había apresurado a regresar al burdel. En primer lugar había caminado un trecho junto al río; luego había paseado por el mercado; posteriormente había entrado un momento en la iglesia de Saint Mary Overy, donde rezó una breve oración por Martin Fleming ante la estatua de la Virgen. Por último había regresado con paso lento y pausado hacia el Dog’s Head.
Joan estaba segura de que nadie la atosigaría más ese día. Además, las Dogget habían aparecido por fin y la protegerían. Cuando se aproximó a la puerta del burdel empezaba a caer un crepúsculo de principios de noviembre.
Dionysius Silversleeves miró fijamente al león y emitió un gruñido. El león sacudió su frondosa melena y le devolvió el gruñido. Silversleeves se acercó un poco más a la fiera y gruñó de nuevo. Luego, respirando hondo e inclinando su enjuta cabeza hacia atrás como una serpiente que se dispone a atacar, adelantó su narigudo rostro, mostrando unos dientes amarillentos, y emitió un curioso sonido entre un rugido y un alarido.
El león se enfureció. Golpeó los barrotes de la jaula con sus patas delanteras, lanzó otro sonoro gruñido de rabia y, por último, desesperado, emitió un rugido cuyo eco resonó en todo el recinto de la Torre.
Silversleeves soltó una exclamación de gozo.
—No estás jugando, ¿verdad? Te gustaría devorarme, ¿no es cierto? —Era un ritual que llevaba a cabo cada tarde cuando terminaba de trabajar. Pocas cosas le deparaban tanta satisfacción en la vida.
Dionysius Silversleeves tenía veintinueve años. Su pelo era negro, la nariz larga y el cuerpo delgado; sus mejillas estaban siempre arreboladas, sus ojos curiosamente brillantes y padecía acné.
Tenía granitos por doquier: en el cuello, la frente, los hombros, la barbilla, y su prominente nariz, cuando Dionysius se tomaba unas copas, se veía reluciente y cubierta de granitos rojos. De joven, sus padres le habían asegurado que el acné desaparecería; pero en ese momento había llegado a comprender que aunque pasaran siglos nada lograría calmar esa feroz erupción.
«Son los humores de mi cuerpo —se decía alegremente—. Calientes y secos. Como el fuego». Quién sabe, quizá fuera esa combinación desequilibrada de elementos lo que lo impulsaba, cada tarde, a hacer rabiar a los leones.
El primer zoológico londinense estaba situado junto a la puerta exterior de la ciudad, justo junto al río, en el lado occidental del inmenso recinto de la Torre. Iniciado durante el último reinado, consistía en una serie de animales salvajes que en esa época divertía a los monarcas europeos regalarse mutuamente. Años atrás había habido un oso polar sujeto con una cadena; un regalo del rey de Noruega. A los londinenses les complacía verlo capturar peces en el río. También había un elefante; hasta que murió inesperadamente. Pero siempre había leones y leopardos encerrados en jaulas junto al bastión cerca de la entrada, conocido como la Lion Tower (Torre de los Leones).
El zoológico no era la única innovación. Durante los dos últimos reinados se había operado una notable transformación en la vieja fortaleza junto al río. La estructura cuadrada del Conquistador se erguía entonces en el centro de un gigantesco espacio abierto, rodeada por una magnífica muralla provista de baluartes y bastiones, varios de los cuales parecían castillos en miniatura. Éste era el recinto interior. Fuera, en los tres lados que daban a tierra firme, había un amplio corredor —el recinto exterior— circundado por una segunda y no menos espléndida muralla. Y alrededor de ésta había un inmenso foso, ancho y profundo, que convertía la Torre en una isla inexpugnable a la que sólo se podía acceder a pie por un puente levadizo y una serie de patios y torres, incluida la Lion Tower situada en el extremo sudoccidental. Guardaba mucha semejanza con los grandes castillos con sus círculos de murallas que Eduardo había mandado construir poco tiempo antes para someter a Gales. Era un edificio tan poderoso e imponente que su esquema no volvería a experimentar cambio alguno.
El piadoso rey Enrique III había decidido modificar el aspecto de la gran fortaleza normanda, y había insistido en que dieran una mano de cal a toda la fachada. Entonces, en lugar de la piedra gris, los londinenses veían un gran castillo blanco, claro y luminoso, que se alzaba por encima del río. Mucho después de que la cal se hubiera deteriorado con el paso del tiempo, la estructura era conocida como la White Tower (Torre Blanca).
Una década antes, la Real Casa de la Moneda había sido trasladada de su antigua sede, más abajo de Saint Paul, a la Torre, y en ese momento se albergaba en una serie de talleres de ladrillo situados en el recinto exterior, entre las murallas. Allí era donde Silversleeves pasaba su jornada. Estaba contento. La Real Casa de la Moneda alojada en la Torre era sólo una de las seis cecas que existían en el reino, y sin duda la más importante. Además del desgaste natural, y los imperativos del pujante comercio, la vieja moneda del reinado anterior se había devaluado y el rey Eduardo estaba empeñado en establecer una moneda que diera lustre al comercio y al prestigio de su reino en toda Europa.
Como empleado de la Real Casa de la Moneda, Silversleeves estaba enterado de todas las actividades que se llevaban a cabo en ella. Estaba el ensaye, donde los hombres de Exchequer comprobaban la calidad de las monedas. Ello se hacía pesando, fundiendo y mezclando minuciosamente con plomo fundido, que transportaba cualquier impureza al fondo y permitía verificar el auténtico contenido en plata de las monedas y los lingotes. Había unas cubas inmensas de metal fundido que hacían que el rostro de Dionysius se viera más rojo y reluciente que nunca; los moldes para fabricar las monedas en blanco, y las matrices que fabricaban con un solo golpe de martillo. «Un martillazo, una nueva moneda», se decía satisfecho Silversleeves mientras caminaba por los pasillos que reverberaban el sonido del troquel.
Luego estaba la habitación donde contaban las monedas —los farthings, cuatro de los cuales equivalían a un penique, los peniques de plata y el último aditamento a la moneda inglesa, esa pieza tan especial y rara de cuatro peniques llamada groat—. Ya fuera debido al calor, el ruido, el constante trajín o el hecho de que fabricaran dinero, al cual amaba, el caso es que Dionysius Silversleeves se consideraba afortunado en su trabajo y un hombre feliz.
Lo mejor de todo era que, cuando salía del trabajo, no había una sola preocupación que enturbiara su ánimo. Tenía dos hermanos mayores que administraban los asuntos familiares. Eran mucho menos ricos que unas generaciones atrás, y habían abandonado el antiguo negocio vinícola de la familia. Pero tenían dinero más que suficiente para cuidar de su madre viuda.
De modo que cuando Dionysius salía del trabajo por las tardes, era libre para hacer lo que más le complacía: ir en busca de mujeres.
Por supuesto, siempre había putas. La mayoría de las otras mujeres, por más que él se esforzara, ni siquiera se dignaban mirarlo. No obstante su búsqueda de mujeres, aunque fueran rameras, era incesante. No había un burdel en Bankside, ni en Cock’s Lane, donde Dionysius no fuera conocido. Incluso aparecía una vez al mes, «como una moneda falsa», según comentaban las mujeres, en un pequeño callejón de West Cheap, conocido como Gopeleg Lane, donde residían algunas prostitutas que carecían de licencia.
Y en ese momento Dionysius se dirigía a Bankside como de costumbre. Pero esa noche iba a experimentar algo especial.
Una virgen en el Dog’s Head.
Al gerente del burdel se le había ocurrido enviarle un mensaje y Silversleeves supuso que lo había hecho después de haber avisado a otros clientes, pero no le importaba. Soltando una carcajada, se acercó a la jaula del irritado león.
—Esta noche me acostaré con una virgen —dijo a la fiera—. Cosa que tú no harás. ¡Fastídiate!
«Ya no será una virgen —pensó Dionysius—, pero da lo mismo». Al fin y al cabo, ¿de qué servía una moneda recién acuñada si no se utilizaba? Unos minutos más tarde, tras cruzar el puente levadizo de la Torre, se encaminó hacia el Dog’s Head.
Había anochecido. Había sonado el toque de queda. Los transbordadores se habían retirado y estaban amarrados en la orilla que daba a Londres, a fin de impedir que algún ladrón de Southwark pudiera cruzar el río y colarse en la ciudad. Los centinelas estaban apostados en el Puente de Londres y la ciudad se disponía a pasar otra apacible noche bajo la protección de las ordenanzas del Rey.
Cuando Silversleeves se acercó al Dog’s Head estaban encendiendo las lámparas. A la luz del farol que había a la entrada la pintura roja de los muros mostraba un tono ocre, y el cartel de madera crujía bajo la brisa que acababa de levantarse.
El gerente del burdel se había olvidado de Dionysius hasta ese momento. El hombre estaba calentándose las manos junto al brasero de carbón en el centro de la estancia alargada y con el techo bajo donde las chicas se reunían con los clientes. Casi todas las prostitutas habían subido, pues a última hora de la tarde se habían presentado numerosos clientes, incluso dos burgueses que habían acudido a Londres para asistir a la sesión del Parlamento, con el fin de echar una última cana al aire antes de que el local cerrara oficialmente. Sólo quedaban dos chicas en la habitación, una de las cuales era Isobel Dogget, que estaba sentada sola en un banco, cuando Silversleeves entró y, tras mirar a derecha e izquierda, preguntó con una amplia sonrisa de satisfacción:
—¿Dónde está la virgen?
El gerente del burdel, desconcertado, miró a Isobel, quien negó con la cabeza.
—Lo lamento, sire, pero esa joven no está disponible —contestó—. Además, ya ha sonado el toque de queda. Habéis llegado demasiado tarde. —Éste era un punto significativo. Una vez que había sonado la campana y los transbordadores se habían retirado, los clientes que estaban con una chica tenían que permanecer con ella hasta el amanecer, para impedir que deambularan por las calles. Si Joan tenía un cliente, eso significaba que estaría ocupada toda la noche—. Pero podéis elegir a una de las otras chicas, sire —sugirió el gerente del burdel.
Silversleeves echó un vistazo alrededor.
—¿Estos vejestorios? Puedo acostarme con ellas todos los días. Hoy he venido en busca de carne fresca —dijo sonriendo—. Te diré lo que vamos a hacer. En cuanto la virgen haya terminado, le dices a su cliente que puede acostarse gratis con cualquiera de las otras chicas. Yo pago. Luego me la das a mí. ¿Qué te parece?
Pero de nuevo, tras unos momentos de indecisión, el gerente del burdel negó con la cabeza.
Si el gerente del burdel no hubiera dudado unos instantes, si sus ojos no se hubieran vuelto a posar brevemente en Isobel, Silversleeves probablemente habría reconocido su derrota. Pero al reparar en esos detalles, preguntó indignado al gerente del burdel:
—¿Qué jueguecito es éste? ¿Qué es lo que ocultas? ¿Acaso tratas de engañarme?
Al margen de sus posibles defectos, Silversleeves era muy astuto. Se dirigió al brasero junto al cual se hallaba de pie el gerente del burdel. Bajo la luz de las brasas de carbón los granitos arrojaban unas diminutas sombras sobre su rostro.
—Podría denunciarte —dijo Dionysius con calma, tirando suavemente de la barba del gerente del burdel—. Podría informar a las autoridades sobre la fiestecita que vas a organizar la semana que viene.
La fiesta era en honor de un grupo de burgueses que habían acudido para asistir a la sesión del Parlamento, la cual, lógicamente, estaría amenizada por las chicas del establecimiento. Era ilegal, pero el gerente del burdel había olvidado que Silversleeves estaba enterado de ello.
—No quiero líos —murmuró el hombre.
—Claro que no, y yo tampoco —respondió el otro—. ¿Vas a darme a esa chica o no?
El gerente del burdel se encogió de hombros. No había motivo para que la joven, que había empezado con buen pie, no trabajara como las demás.
—Ya no es virgen —comentó para evitarse futuros problemas con Silversleeves—. Esta tarde ha estado con un cliente.
—No importa. A título de curiosidad, ¿quién era el cliente?
El gerente del burdel vaciló unos segundos, pero decidió que no quería tener más problemas con aquel taimado joven.
—Bull el comerciante —contestó de mala gana.
—¿De veras? —Silversleeves emitió una risita—. Ese viejo zorro. Ve a buscarla de una vez, buen hombre.
El gerente del burdel dio media vuelta.
—Está indispuesta —terció Isobel Dogget con voz áspera, poniéndose en pie—. Déjala tranquila, cara de granos.
Silversleeves la miró atónito.
—¿Qué le pasa a ésa? Y no me ofendas —añadió— o haré que el obispo te ponga una multa.
—Vete al infierno. Te repito que está indispuesta.
—¿Tan mal la ha tratado Bull? —preguntó Dionysius en tono de guasa.
—Eso no te incumbe. No dejaré que le pongas las manos encima. Déjala en paz —gritó Isobel, dirigiéndose esta vez al gerente del burdel.
Aquel digno y honrado ciudadano estaba más que harto de la situación.
—No. Ve a buscarla —ordenó a la chica ante el regocijo de Silversleeves.
Joan y Margery Dogget estaban solas en la habitación abuhardillada cuando apareció Isobel. Joan se estaba probando a la luz de la lámpara un vestido a rayas de Margery para lucirlo al día siguiente ante los jueces. Le quedaba demasiado largo.
—Nos dejarás en buen lugar —dijo Margery echándose a reír. Luego, volviéndose hacia Isobel, añadió—: Quizás encontremos un marido en la cárcel.
Pero cuando Isobel le explicó el problema, Margery soltó una palabrota y la pobre Joan palideció.
—No puedo hacerlo —dijo Joan—, no después de todo lo ocurrido.
—Y espera a que lo veas —añadió Isobel en tono compungido.
—Debemos hallar una solución —observó Margery.
Las dos hermanas se sentaron en el jergón sobre el suelo, con la barbilla apoyada en las manos. Durante un rato, que a Joan se le antojó una eternidad, permanecieron en silencio. Acto seguido se pusieron a cuchichear y, al cabo de unos minutos, emitieron unas sonoras carcajadas. Luego siguieron cuchicheando. Por fin alzaron la cabeza y miraron a Joan con expresión risueña.
—Tenemos un plan —dijo Isobel o Margery. Y explicaron a Joan en qué consistía.
—Os prometemos que vendrá —dijeron las hermanas, quienes estaban sentadas en un banco a cada lado de Dionysius.
Al ver que éste recelaba, una de ellas dijo:
—Lo juro por Dios.
—Ella vendrá —afirmó la otra.
—Lo que necesitamos es comida —dijo Margery.
—Y vino —apostilló Isobel.
—Vamos a cenar —dijeron ambas al unísono.
El gerente del burdel frunció el entrecejo. Los burdeles no podían vender comida y bebida puesto que ello perjudicaba a los taberneros. Pero Silversleeves sonrió mientras hacía sonar las monedas recién acuñadas que llevaba en la bolsa.
—No he probado bocado desde esta mañana —dijo—. Necesito llenarme la tripa antes de acostarme con una mujer.
A regañadientes, el gerente del burdel se marchó y al cabo de unos minutos reapareció con una frasca de vino, pan y la información de que su esposa no tardaría en servirles un puchero de carne.
—Bebamos, chicas —dijo Dionysius alegremente.
—Esta noche lo pasaremos en grande —respondieron las hermanas mientras le llenaban la copa.
A los pocos minutos apareció la esposa del gerente del burdel con un puchero que colocó sobre la mesa. Éste emanaba un olor muy sabroso. Silversleeves acercó la nariz y aspiró el aroma. Luego se puso a comer.
No había ni rastro de la chica, pero no le importaba. Quizás estaba con un cliente, terminando sus servicios. Quizás estaba durmiendo. A Dionysius no le preocupaba. No era hombre que se andara con remilgos. Si las hermanas le habían jurado que la chica aparecería, no creía que se atrevieran a engañarlo.
A menos que… Mientras las hermanas le llenaban la copa de vino a Silversleeves se le ocurrió que, dada la insistencia con que habían tratado de proteger a esa virgen de él, quizá se habían propuesto emborracharlo. Dionysius sonrió. Al margen de los defectos que tuviera, entre ellos no estaba el de no tener capacidad para beber. Podía ingerir una frasca entera de vino y luego otra, y ello no mermaría sus facultades a la hora de acostarse con la chica. Una vez que se hubo terminado la carne le sirvieron una enorme porción de tarta de manzana, que tampoco tendría dificultad alguna en devorar. Pero antes de hacerlo envió a Margery a buscar a la muchacha.
—Estoy cansado de esperar —dijo, mientras Isobel le servía otra copa de vino.
Cuando Margery regresó al cabo de unos minutos estaba muy risueña.
—Ahora viene —prometió a Silversleeves, y procedió a servir más vino a todo el mundo.
Pero al cabo de un rato, y después de haberse bebido otra copa de vino un tanto apresuradamente, Silversleeves empezó a sospechar y se enfureció.
—Maldita sea —farfulló—. Iré yo mismo a buscarla.
En ese momento apareció Joan. Y él la miró pasmado.
Llevaba el pelo suelto. Iba calzada con unas sandalias. Lucía un camisón de seda rojo vivo que dejaba entrever sus senos menudos, con una raja en la falda por la cual asomaba un muslo pálido y gordezuelo. Era el mejor camisón de Isobel. Eso era todo lo que la chica llevaba. Hasta el gerente del burdel no pudo reprimir una pequeña exclamación de asombro, y su esposa lo miró con recelo. Joan sonrió a Silversleeves, se dirigió hacia él y se sentó en sus rodillas. Luego, al observar la comida que había en la mesa, declaró:
—Tengo hambre.
Silversleeves se relajó. La chica era suya. Un bocado muy apetecible. Se volvió hacia la esposa del gerente del burdel y dijo sonriendo:
—Más comida, y más vino.
A medida que pasaba el tiempo, Dionysius pensó que jamás en su vida se había sentido tan feliz. La chica era la primera mujer lozana y pura que había conocido. No cabía la menor duda de que sería suya. Estaba sentada en sus rodillas, con el brazo alrededor de su cuello. Incluso parecía que él le caía bien, pensó Silversleeves. Su habitual sentido del humor agresivo dio paso a un talante campechano.
—Lamento haberos hecho esperar —dijo la muchacha—, pero disponemos de toda la noche.
En efecto. Dionysius se sentía tan dichoso que incluso estaba dispuesto a esperar. Al cabo de un momento, la joven le murmuró al oído:
—Lo cierto es que estoy un poco nerviosa.
—No hay prisa —le dijo Silversleeves dándole unas palmaditas en la rodilla.
Estaba tan contento que incluso tarareó una canción.
Luego se pusieron todos a cantar, y bebieron más vino, y Joan apoyó la cabeza sobre el hombro de Silversleeves y sintió que ésta empezaba a darle vueltas cuando, al cabo de un rato, Dionysius —que había perdido la noción del tiempo— notó que los postigos hacían un ruido sospechoso. Alarmado, alzó la vista por encima de rostros satisfechos que lo rodeaban y preguntó:
—¿Qué ha sido eso?
—El viento —contestó el gerente del burdel, esbozando una mueca—. El viento del este. —Como para confirmar el hecho de que los postigos crujieran de nuevo.
Dionysius se levantó; la chica parecía medio dormida. Silversleeves avanzó dando traspiés y dijo sonriendo:
—Ha llegado el momento de subir.
Joan lo siguió dócilmente mientras Silversleeves se dirigía hacia la puerta. Por algún motivo, las hermanas Dogget los acompañaron.
El aire gélido le golpeó como un puño en pleno rostro nada más salir. Durante las horas que había permanecido en el interior del local, la cruda y tenebrosa noche de noviembre se había desplazado desde el frío mar del Norte por las llanuras de East Anglia y había subido por el estuario del Támesis hasta Londres. Al salir de la habitación cerrada y llena de vaho, donde había permanecido sentado junto al cálido brasero, y habiendo bebido más de la cuenta, el frío le produjo tal efecto que Silversleeves se quedó anonadado. El farol de la entrada se había apagado. La cabeza no cesaba de darle vueltas. Silversleeves la sacudió tratando de despejarse y buscó a tientas la pared que lo conduciría hasta la escalera.
No obstante, Dionysius agarró a Joan por la muñeca, aunque apenas podía distinguir su camisón rojo, y dijo con voz ronca:
—Vamos, bonita, condúceme al paraíso.
Y con esto empezó a subir por la escalera.
¿Por qué tenía la impresión de que todo giraba enloquecidamente? La oscuridad. El viento que aullaba. La escalera que crujía y no dejaba de oscilar. A Dionysius le pareció que todo el Dog’s Head se movía de manera incontrolada. Pensó que quizás el burdel, el cartel, la escalera y todo lo demás estuvieran a punto de alzarse volando sobre Bankside hacia el oscuro firmamento y trató de dominar el mareo que le embargaba.
Entonces oyó a las dos mujeres. Las hermanas Dogget.
Dos figuras pálidas e imprecisas, semejantes a unos fantasmas, lo llamaban, tirando de él con sus manos. Una de ellas, aferrándolo del brazo, exclamó al llegar al primer rellano:
—Acompáñame. Acuéstate conmigo, amor.
Dos, hasta tres veces tiró del brazo de Silversleeves. Éste sintió el áspero tacto de su claro vestido rozándole la mano hasta que consiguió apartarla de un empujón. Luego, no bien alcanzó el pasillo del segundo piso cuando la otra se agarró de su cuello, lo arrastró en dirección opuesta a la pequeña escalera que conducía al desván y logró, aunque Silversleeves no se explicaba cómo, meterlo en una habitación mientras él seguía sujetando a la pequeña Joan y murmurando frases incoherentes de amor y lujuria:
—Tómame. ¡Tómame como quieras!
Dionysius tuvo que forcejear con ella y derribarla para poder liberarse. Se oyeron unas voces, unos golpes, unos pasos y, luego, silencio.
Por fin, sin soltar a Joan, Silversleeves se había dirigido dando traspiés hacia la pequeña escalera del desván, la había empujado escaleras arriba y, sacudiendo la cabeza para no perder el conocimiento, la había seguido.
La habitación abuhardillada estaba a oscuras. Durante unos momentos Silversleeves pensó que iba a desmayarse. Pero la oyó tumbarse en el jergón y se dirigió hacia el lugar del que provenía el sonido hasta que tropezó con el jergón y cayó al suelo.
Durante unos instantes permaneció tendido, preguntándose si podía moverse. «Dios sabe si seré capaz de hacer algo», pensó. Tentó el suelo con la mano y tocó la pierna de Joan bajo la suave seda de su camisón rojo.
—Esperemos hasta mañana —oyó decir a Joan; y, durante unos minutos, Silversleeves sintió que su cabeza giraba tan vertiginosamente que pensó que sería mejor postergarlo. Pero luego esbozó una media sonrisa y masculló:
—Ni hablar. No dejaré que te escapes.
Luego exploró con la mano. «Sí —pensó con una sonrisa de satisfacción—, puedo hacerlo». Así pues, emitiendo un somnoliento gruñido y palpando con la mano a modo de preámbulo, se incorporó animado por su creciente excitación y se apresuró a montar a la mujer que estaba debajo de él, lo cual le deparó una ebria sensación de triunfo. Acto seguido, tras soltar otro gruñido de satisfacción que dio paso a un largo suspiro, se dio la vuelta y se quedó dormido. Lo había logrado.
Al cabo de unos momentos, la puerta se abrió suavemente y volvió a cerrarse.
A la mañana siguiente, al despertarse, Dionysius la vio salir sigilosamente de la habitación. Antes de cerrar la puerta, ella se volvió y le sonrió brevemente.
La pequeña multitud que se había congregado frente a Newgate estaba de buen humor. El ahorcamiento de cinco ladrones, aunque no fueran célebres, siempre constituía un acontecimiento. Era difícil negar el hecho de que a la mayoría de los seres humanos les complace presenciar un ahorcamiento. Con la presencia de distinguidos personajes que habían acudido a Westminster para asistir a la sesión del Parlamento, prometía ser una jornada muy amena.
La puerta reforzada con remaches de hierro de la prisión junto a la puerta de la ciudad todavía estaba cerrada, pero la carreta ya había llegado. Era un vehículo muy curioso, bajo, provisto de dos ruedas de rayos y tirado por un caballo. Estaba rodeado de unas tablas a las que podían sujetarse los reos que iban en él. De esta manera, mientras la carreta recorría lentamente el corto trayecto hasta Smithfield y los árboles de las horcas, la muchedumbre podía contemplar a los condenados. A menudo la carreta de Newgate efectuaba un pequeño rodeo por las calles de la ciudad para divertir a los curiosos.
William Bull observó a la multitud. Justo enfrente de la puerta vio a un grupo de personas de rostros tristes y extrañamente cóncavos. Bull dedujo que se trataba de los parientes de Martin Fleming. Cerca de ellos vio a unos artesanos bajitos, con aire solemne y una enorme cabeza redonda que parecía demasiado grande para sus rechonchos cuerpos. Éstos debían de ser miembros de la familia de Joan. El día era magnífico; el viento había amainado, pero el ambiente era fresco.
A la derecha, alejado del resto de los curiosos pero situado de modo que dominaba la escena, había un individuo alto vestido de negro. Debía de ser el lombardo, que había acudido para cerciorarse de que se hacía justicia. O una venganza. Bull golpeó el suelo con los pies y se arrebujó en su capa para entrar en calor.
La maciza puerta de la cárcel se abrió. La multitud emitió un murmullo de impaciencia. Por ella empezaron a salir unas figuras. En primer lugar apareció uno de los jueces del Rey, un caballero encargado de supervisar el proceso; luego uno de los sheriffs de la ciudad. Ambos se dirigieron hacia sus caballos, que unos mozos sujetaban. A continuación salió un alguacil, seguido de otro. Y, por último, los prisioneros.
De los cinco reos, cuatro eran modestos artesanos y uno, a juzgar por su aspecto, un vagabundo. Los artesanos vestían camisa, justillo y calzas de lana. El mendigo llevaba las piernas desnudas y el cuerpo cubierto de andrajos. Los cinco tenían las manos libres, pero tenían grilletes sujetos a un tobillo y atados a una cadena. Subieron en silencio a la carreta, seguidos por los alguaciles. Un par de voces en la multitud pronunciaron unas palabras de aliento. «Ánimo, John». «Todo irá bien, muchacho». «Bien hecho». Martin Fleming era el tercer hombre.
Martin vio a sus allegados y los contempló con tristeza, con la mirada un tanto ausente, pero no manifestó otra emoción. Y sus parientes, pese a su dolor, no emitieron el menor grito ni exclamación. Sin embargo, los ojos de Martin recorrieron la multitud, como si buscara a alguien.
Al cabo de un momento se adelantó un mozo de cuadra, dispuesto a conducir el caballo. Pero en ese preciso instante se oyó un excitado murmullo entre la multitud, que empezó a separarse. El sheriff miró irritado hacia el lugar donde se había producido el tumulto y se quedó atónito. Dijo algo al juez del Rey, que se volvió sobre su silla para observar a la multitud. Pero el asombro de ambos hombres no fue nada comparado con la expresión de horror y estupefacción que se pintó en el rostro de Martin Fleming al ver la aparición que se dirigía hacia él.
Joan avanzó con paso lento pero decidido. Llevaba la cabeza cubierta con una cofia rayada que hacía juego con el vestido blanco a rayas que lucía, la humillante vestimenta de la prostituta común. En cada mano llevaba una larga vela encendida, el signo del penitente. Pese al frío, caminaba descalza. Al llegar a la carreta, bajo la atenta mirada del juez del Rey y el sheriff, se detuvo.
—Soy Joan, una ramera —dijo tan claro y alto que todos la oyeron—. ¿Está dispuesto Martin Fleming a casarse conmigo?
Joan miró al joven a los ojos, con una expresión que parecía decir: «Recuerda». Recuerda el mensaje. Nada tienes que temer.
La multitud, estupefacta, había enmudecido. Al cabo de unos instantes empezó a oírse un excitado murmullo. Los prisioneros observaron a Joan. Los alguaciles y el mozo de cuadra la contemplaron con curiosidad. Y el sheriff y el juez se miraron.
—¿Qué podemos hacer al respecto? —preguntó el sheriff.
—Que me aspen si lo sé —contestó el caballero—. Siempre he oído hablar de estos casos, pero nunca creí que presenciaría uno.
—¿Actúa esa joven dentro de la ley?
El caballero frunció el entrecejo.
—Creo que sí —respondió mirando la carreta y a Martin, de quien se compadecía. De pronto sonrió—. Relataré esta historia durante años.
En ese momento se oyeron unas voces entre la multitud. El caballero se volvió. Un hombre de baja estatura, fornido y con una cabeza enorme, avanzó unos pasos. Estaba pálido, demudado, y no cesaba de gesticular nerviosamente.
—Es mi hija —exclamó—. Somos una familia respetable.
Un coro de risotadas y abucheos acogió sus palabras.
—Sólo se precisa una noche —gritó alguien.
—Es virgen, lo juro —gritó el pintor.
La muchedumbre estalló en carcajadas. Joan no apartó la vista de Martin Fleming.
Su padre tenía razón. Bull no le había arrebatado la virginidad, ni tampoco Silversleeves. El plan de la víspera había salido a pedir de boca. Mientras Dionysius forcejeaba en la oscuridad con una de las hermanas Dogget, la otra había subido corriendo a la habitación abuhardillada, se había puesto un camisón rojo como el que llevaba Joan y se había tumbado en la cama, mientras que Joan, que había entrado antes que Silversleeves, se había ocultado debajo de una manta en un rincón, donde había permanecido, sin atreverse siquiera a respirar, hasta que todo hubo terminado y Dionysius se quedó dormido. Fue a la Dogget a quien éste había montado en la oscuridad, y con las primeras luces del alba, las dos hermanas se habían sentado en la planta baja y se habían reído a mandíbula batiente de la treta que habían urdido.
—¡Ha dado resultado! —exclamaron regocijadas—. ¡Menudo bromazo!
—Estaremos presentes cuando vayas a salvar a tu novio de la horca —habían prometido a Joan esa mañana al amanecer. Pero hasta el momento no había ni señal de las Dogget, por la sencilla razón de que, en ese momento, las hermanas seguían durmiendo profundamente.
El juez miró a Joan y a su atribulado padre y dijo al artesano con firmeza:
—Tu hija o es una prostituta o no lo es. El tiempo que lleve ejerciendo como tal no importa. —El juez se volvió entonces hacia Joan y le preguntó con tono amable—: ¿Puedes demostrar que eres una puta?
Joan asintió con la cabeza.
—En el Dog’s Head en Bankside. Pregúnteselo al administrador del obispo.
El juez miró al sheriff.
—Podemos encerrar al muchacho de nuevo en la cárcel hasta que lo hayamos comprobado —dijo—. Si miente, siempre podemos ahorcarlo otro día.
El sheriff asintió con la cabeza. Esa escena lo divertía.
Las deliberaciones entre ambos hombres se vieron interrumpidas por un grito feroz. Había brotado del lombardo, que acababa de comprender lo que estaba ocurriendo.
—¡No! —gritó, adelantándose—. Esta chica —se detuvo unos instantes buscando la palabra adecuada—. No puta. Querer casarse con él. Esto es teatro. Una comedia. —El lombardo miró furioso al joven Fleming—. Es un ladrón. Debe ser ahorcado.
El juez miró al lombardo, decidió que no le gustaba y se volvió hacia Joan.
—¿Y bien? —preguntó.
Entonces, sin pretenderla, sin haberla solicitado, Joan recibió una ayuda totalmente inesperada: un rostro encendido, cubierto de granos, que sonreía alegremente surgió de pronto de entre la multitud. Era Silversleeves.
Nadie había reparado en Dionysius. De hecho, no había planeado acudir a Newgate, ni siquiera recordaba que esa mañana iban a ejecutar a unos reos. Se dirigía hacia Westminster para contemplar la llegada de los miembros del Parlamento cuando, al pasar delante de Saint Paul, vio un pequeño grupo de gente que se encaminaba hacia Newgate. Dionysius había llegado en el preciso momento en que Joan se acercaba a la carreta, había presenciado la discusión y, profundamente intrigado y satisfecho del papel que había desempeñado en esa historia, había decidido aprovechar la oportunidad para realizar una dramática intervención. «Hablarán de mí en todo Londres», pensó al adelantarse.
—Es cierto, señores —afirmó dirigiéndose al juez y al sheriff—. Soy Dionysius Silversleeves, empleado de la Real Casa de la Moneda. —Entonces todos conocerían su nombre—. Esa chica es una puta. Yo me acosté con ella anoche. —Luego señaló a William Bull y agregó con tono jovial—: ¡Y él también! —Tras estas palabras observó a los presentes con una amplia sonrisa de satisfacción.
Joan lo miró horrorizada. Eso no estaba previsto. Desesperada, se devanó los sesos tratando de hallar una solución. Tenía que convencerlos de que era una puta, sí, pero habían quedado en que lo haría Bull, con tacto y amabilidad. Desconcertada por esa inoportuna interrupción, Joan mostraba una expresión culpable y trastornada. ¿Y qué pasaría con el pobre Martin, que observaba la escena desde la carreta? ¿Qué debía de pensar? Aterrorizada, Joan lo miró tratando de convencerlo de que confiara en ella, que comprendiera sus motivos.
Entonces Joan oyó decir al juez:
—Por Dios, hemos olvidado un detalle. —El juez se volvió hacia Martin Fleming y prosiguió—: Todo parece indicar, joven, que esta chica es una puta. Así pues, dando por sentado que esa chica es lo que afirma ser, ¿estás dispuesto a casarte con ella? —El juez hizo una pausa—. Ello significa que quedas en libertad —añadió amablemente—. No morirás en la horca.
Martin Fleming siguió con la vista clavada al frente.
No podía articular palabra. Apenas era capaz de razonar. Cuando iba de camino a la horca, tras haberse resignado a su suerte, su Joan, su pura y amada Joan, se había presentado de repente con la odiosa vestimenta de una puta. Eso era tan inimaginable que durante unos momentos Martin no pudo explicarse qué sucedía. «Nada será lo que parezca», recordaba que decía el mensaje. Pero ¿cómo era posible? «Tienes que confiar en ella». Martin deseaba hacerlo. Tal vez, a despecho de las apariencias, lo habría logrado de no ser por la expresión que mostraba el rostro de su amada. Era una expresión inequívoca de culpabilidad y confusión. Y aunque en ese momento ella lo miraba con aire desesperado, moviendo los labios como si quisiera transmitirle algo, Martin estaba convencido de la terrible verdad.
Era una puta. Quizá lo había hecho para salvarlo a él, sin duda, pero no dejaba de ser una puta. En el instante de ser ajusticiado por un delito que no había cometido, este último y definitivo horror le había sido enviado por un Dios cuya inmensa e insondable crueldad Martin no alcanzaba a comprender. La única chica en quien se había atrevido a confiar era como las demás. En realidad, peor. «Todo está lleno de inmundicia», pensó Martin, de amargura, todo era inútil. Al alzar la vista hacia el firmamento, despejado, frío y azul, tomó una decisión: «Se acabó. No quiero saber nada de todo esto».
—No, señor —le respondió—. No deseo casarme con ella.
—¡No! —gritó Joan—. No lo comprendes.
Pero la carreta ya estaba en movimiento.
—Asunto concluido —dijo el juez, y se marchó.
¿Qué podía hacer ella? ¿Cómo podía hablar con él? Joan trató de correr detrás de la carreta, pero unos brazos vigorosos se lo impidieron. La joven trató de liberarse.
—¡Soltadme! —gritó.
¿Por qué la sujetaban? ¿Quiénes eran? Al volver la cabeza Joan vio el semblante grave y solemne de su padre y sus dos hermanos.
—Todo ha terminado —dijeron.
Y Joan se desmayó.
William Bull cabalgaba a paso ligero.
No le agradaba haber sido descubierto públicamente por el joven Silversleeves, aunque no culpaba a la chica de ello. Tampoco comprendía exactamente lo ocurrido. ¿Le había arrebatado el chico de la Real Casa de la Moneda su virginidad a Joan? En tal caso, debió de ser por la fuerza. Fuera lo que fuese, Bull intuía que había algo raro en ese asunto.
Pero de una cosa estaba seguro: había empeñado su palabra.
—Dije que la ayudaría —murmuró.
Y eso era suficiente. Se afanaría por hacerlo. Y la única manera que existía, según había comprendido, ofrecía una posibilidad muy remota.
—Haré que lo ahorquen en último lugar —le había dicho el juez—. Os doy una hora.
Bull trataría de obtener el perdón real para el muchacho. Era posible que el alcaide de Londres se lo concediera. Y éste se hallaba reunido en el Parlamento.
El gran palacio de Westminster estaba atestado de gente. Magnates y barones ataviados con lujosos ropajes, caballeros y fornidos burgueses como él mismo cubiertos con capas y suntuosas pieles. Nadie interceptó el paso del obeso comerciante cuando entró.
No tenía un plan prefijado. El tiempo apremiaba.
—Debo hallar al alcaide de Londres —dijo—. ¿Conoce alguien su paradero?
Transcurrieron varios minutos mientras Bull se abría camino por entre varios grupos de personas antes de que alguien le indicara amablemente un lugar situado en un extremo del palacio, donde habían instalado un pequeño estrado cubierto con una alfombra púrpura. Y fue allí donde Bull vio al alcaide conversando con el Rey. «En fin —se dijo Bull torciendo el gesto—, ya que estamos metidos en harina…».
El rey Eduardo I de Inglaterra observó impávido al corpulento y rubicundo comerciante mientras exponía su caso al alcaide, cuya conversación con el monarca había osado interrumpir. Un posible error de la justicia. Suplicaba un perdón. Esas cosas ocurrían. El joven se dirigía a la horca. No era de extrañar que el comerciante estuviera sudando. El condenado era un pobre hombre, sin el menor parentesco con ese sólido patricio de Londres, quien estaba dispuesto a pagar. Algo insólito.
—¿Y bien? —intervino el Rey—. ¿Le concedemos el perdón o no?
—Podríamos concedérselo, sire —respondió el alcaide. Sabía que gozaba de la confianza del Rey, y el patricio londinense no le resultaba simpático—. Pero el hombre a quien ha robado es un lombardo. Y está furioso.
—¿Un lombardo? —preguntó el Rey volviéndose para mirar a Bull. Estaba tan enojado que sus penetrantes ojos parecían lanzar chispas. El poderoso comerciante palideció levemente. El monarca pronunció entonces su veredicto—. No toleraré que importunen a los mercaderes extranjeros. No hay perdón. —Tras estas palabras despidió a Bull con un ademán.
—Ése es uno de los patricios a quienes vos deseáis derrotar —explicó el alcaide al Rey cuando Bull se hubo retirado—. Una decisión muy sabia.
Era inútil. Con una sensación de fracaso y de pesar por la chica y su desdichado prometido, Bull regresó cabalgando lentamente a la ciudad. Pasó delante de Charing Cross y dobló hacia el oeste. Le disgustaba rendirse, pero lo había intentado todo. Si hubiera sido un hombre dado a rezar, habría pedido al Señor que lo inspirara.
Al llegar a Aldwych vio a un grupo de jinetes. En el lugar ocupado antiguamente por la casa de sus antepasados había en ese momento unos hermosos y flamantes edificios. Durante el reinado anterior la propiedad había sido cedida al tío del Rey, el conde italiano de Saboya, de modo que todos se referían a esa inmensa y aristocrática residencia como el palacio de Saboya. Los jinetes se detuvieron unos momentos frente al palacio, para saludar a otros. Bull observó que se trataba de un grupo de concejales londinenses que se dirigía al Parlamento. Los mismos individuos que lo habían suplantado a él y a sus amigos. Otro cruel recordatorio, pensó, de su impotencia.
«Si uno de esos condenados concejales hubiera suplicado al alcaide que perdonara la vida del muchacho —se dijo—, seguro que lo habría conseguido». Cuando Bull se disponía a dar media vuelta para no toparse con ellos, vio en medio del grupo al mismísimo Barnikel. «Hasta se ha entrevistado con el Rey —se dijo Bull, pensando en el día anterior—. Probablemente podría conseguir lo que se propusiera».
De pronto se le ocurrió una idea. Pese a todo, existía la remota posibilidad de que Martin Fleming se salvara. Un hombre que podía lograr que el monarca cambiara de parecer.
—¡Maldita sea! —exclamó Bull—. Maldita sea una y mil veces.
Iba a ser duro. «Pero una vida es una vida», se dijo para consolarse mientras se dirigía humildemente hacia el pescadero.
—¿Otro que suplica por la vida de ese muchacho? —El Rey miró asombrado al pescadero—. ¿Quién es para tener tantos amigos?
Pero Barnikel no se cohibió. Aunque no tenía un interés especial por Fleming, sabía lo que le había costado al patricio acudir a pedirle que intercediera.
Y si él conseguía su propósito y demostraba su triunfo sobre los derrotados Bull, pues tanto mejor.
—¿Has venido a pedirme un favor, concejal Barnikel? —preguntó el monarca fríamente observando al pescadero por debajo de su párpado caído—. ¿Sabes que los favores de los reyes suelen conllevar un precio?
Barnikel asintió con la cabeza.
—Sí, sire.
El rey Eduardo sonrió.
—Tenemos por delante una ajetreada sesión del Parlamento —comentó el soberano—. Recuerda, concejal Barnikel —añadió en un tono cargado de significado—, que confío en ti.
El pescadero sonrió.
—Sí, sire.
El Rey mandó llamar a un secretario.
—Ve con él —dijo—. Será mejor que os deis prisa.
Y así fue como, un cuarto de hora más tarde, un pasmado Martin Fleming, que se hallaba bajo un olmo en Smithfield con la soga al cuello, vio a William Bull, al concejal Barnikel y a un funcionario real dirigirse hacia él a galope tendido y gritando:
—¡El perdón real!
La boda de Martin y Joan Fleming se celebró pocos días después, en el porche de la iglesia junto al río de Saint Mary Overy, en Southwark.
Aunque Martin estaba ya plenamente convencido de la pureza de su esposa, sólo tras haber mantenido una larga conversación con Bull consiguió superar el horror que le inspiraba el hecho de que Joan se hubiera convertido en una prostituta, aunque sólo fuera de nombre. En cuanto a su familia, y a la de ella, ninguna de las dos lo había superado y se negaron a asistir a la ceremonia.
De modo que el concejal Barnikel hizo de padrino de Martin, William Bull acompañó a la novia al altar, las dos hermanas Dogget hicieron de damas de honor, y el sacerdote se dijo que jamás había visto algo parecido.
Pero lo más extraordinario fue que el joven Martin Fleming era el único hombre presente en la iglesia ese día que no se había acostado con alguna de las hermanas Dogget.
Margery Dogget y su hermana Isobel partieron de Londres al día siguiente. Tenían un motivo para ausentarse que ni siquiera el obispo habría podido objetar. Habían decidido ir a Canterbury de peregrinaje.
Durante el viaje Margery siguió aplicándose el ungüento que le había dado el médico. Pese a su escepticismo, a su regreso a Londres tuvo que reconocer que estaba mucho mejor.
El Parlamento de 1295, considerado el Parlamento modelo debido a su composición plural, concluyó con éxito sus asuntos en Navidad. Los barones y caballeros concedieron al Rey una tasa consistente en una undécima parte de sus bienes muebles, el clero, una décima, y los burgueses, sin duda animados por el leal y apasionado discurso pronunciado por el concejal Barnikel, una generosa séptima parte.
Al concejal quizá le habría divertido descubrir, ese mismo día, que Isobel Dogget había llegado a la conclusión, si bien a regañadientes, de que aquél iba a ser padre.
—Estoy embarazada y no tengo dudas de que el niño es suyo —dijo a su hermana.
Poco después de Navidad, Dionysius Silversleeves empezó a experimentar un fuerte escozor en sus partes pudendas.
Era con Margery, no con Isobel, con quien se había acostado.