13. El incendio de Londres

1665

Ned era un buen perro: de tamaño mediano, con un suave pelo marrón y blanco, ojos perspicaces y leal a su jovial amo. Era capaz de atrapar cualquier pelota que su amo lanzara al aire; sabía tumbarse en el suelo y fingir que estaba muerto. A veces, cuando su amo no lo observaba, se divertía persiguiendo a un gato. Pero ante todo, era un magnífico cazador de ratas. No existía una sola rata en casa de su amo. Ned las había matado a todas hacía ya mucho tiempo. Era un caluroso día de verano. Su amo había salido de buena mañana y Ned se había quedado a custodiar la casa en Watling Street. Confiaba en que su amo regresara pronto. Por la calle transitaba bastante gente, como de costumbre; pero había un extraño que a Ned no le gustó. Había estado plantado frente a la puerta de una casa situada más abajo. Cuando el perro fue a investigar, el extraño trató de golpearlo con una larga pica. Ned soltó un gañido y no volvió a acercarse. Hacía una hora había llegado a la casa una mujer; Ned había captado su olor cuando pasó delante de él. No sabía a qué olía, pero era algo malo. Un rato antes había oído unos sollozos procedentes de la misma casa. No cabía duda de que sus ocupantes se comportaban de manera muy rara. De repente Ned vio al monstruo.

La familia Ducket estaba preparada. Dos coches, además de un carro, aguardaban junto a la puerta y sir Julius los contempló con satisfacción: su esposa, su hijo y heredero, la mujer y los dos hijos de su hijo. Un mayordomo y dos criadas los acompañarían, junto con el baúl de ropa y otros enseres que ya habían cargado en el carro. «Pero tenemos lugar para uno más —dijo—. Y estoy decidido a no dejarlo». Por tercera vez esa mañana, sir Julius salió a la calle. ¿Dónde diantre se había metido ese chico?

Sir Julius Ducket, que tenía setenta y tres años, se sentía profundamente satisfecho. Se había convertido en un próspero y admirado amigo del Rey. Era muy agradable ser amigo del rey Carlos II. Alto, a diferencia de su padre que había sido bajo; campechano, mientras que su padre había sido un hombre reservado; pletórico de sentido del humor —su padre era más bien serio—; y, sobre todo, un mujeriego impenitente que no se recataba de serlo, mientras que su padre, al margen de sus numerosos defectos, había sido muy casto. El rey Carlos II sabía todo lo que había que saber sobre las alcantarillas de la vida. Estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario con tal de permanecer en el trono porque, según aseguraba a todo el mundo: «No deseo irme de viaje de nuevo».

La corte del rey Carlos en Whitehall era un lugar muy alegre. La sala de banquetes, escenario de la ejecución de su padre, era utilizada con frecuencia y sus súbditos podían ir a verlo comer allí. Al oeste de Whitehall, en un extenso terreno arbolado, el Rey había mandado crear el nuevo Saint James’s Park, donde a menudo se lo veía paseando sus bonitos perros de aguas que hacían sus delicias, o bien, con sus cortesanos, en la avenida bordeada de árboles situada en el lado norte del parque, jugando al pall mall —un curioso juego entre el croquet y una versión primitiva del golf—, en el cual era un maestro. Todo Londres gozaba de este ambiente más alegre y relajado. Practicaban deportes; el mayo volvió a aparecer. Se abrieron numerosos teatros, entre ellos uno cerca de Aldwych, en Drury Lane, donde trabajaba la compañía del Rey y donde una rolliza y joven actriz llamada Nell Gwynne acababa de hacer su debut. Si bien los súbditos puritanos de Su Majestad se sentían un tanto escandalizados ante la jovial inmoralidad y extravagancia de su corte, nadie deseaba regresar a los deprimentes tiempos de la Commonwealth.

Ante todo, este Carlos no se hacía ilusiones. Sabía que estaba allí, no por derecho divino, sino porque lo había decidido el Parlamento inglés. «El Parlamento y yo nos necesitamos mutuamente», comentó un día el Rey a Julius. Los lores habían regresado, al igual que hacía medio siglo; y Carlos procuraba sacarles cuanto podía. Pero nunca se extralimitó. Lo mismo ocurrió con la religión. Su joven esposa portuguesa era católica, al igual que la hermana del Rey, casada con un vástago de la casa real francesa; pero Carlos sabía perfectamente que muchos de sus súbditos eran puritanos. «Estoy dispuesto a mostrarme tolerante con todos ellos», declaró el Rey. Pero el Parlamento no lo estaba, de modo que se alcanzó una situación parecida a la que existía durante el reinado de Isabel. Todos debían acatar los preceptos de la Iglesia anglicana con sus ceremonias y sus obispos. Quienes se negaban sufrían pequeñas penas y eran destituidos de sus cargos públicos. Pero eso era todo. El mensaje del Rey era claro: «Sed leales. Luego id a divertiros, o a rezar, como gustéis». Tal era la corte real y el acuerdo conocidos como la Restauración.

El alegre monarca no deseaba vengarse. Con todo, uno o dos de los asesinos de su padre tuvieron que ser ejecutados. El cadáver de Oliver Cromwell fue exhumado y colgado en Tyburn. «Tiene mejor aspecto que cuando estaba vivo», observó Julius ásperamente. Pero Carlos no trató de perseguir a sus enemigos. No obstante, recordaba a sus amigos con afecto, entre ellos a sir Julius Ducket.

«El Parlamento no me permite adquirir Bocton para devolvéroslo —informó el Rey a Julius en tono de disculpa—. Pero puedo concederos una pensión estatal de por vida. De modo que procurad vivir muchos años, querido amigo». La pensión era generosa. Como ya no tenía cabezas redondas vigilando todos sus movimientos, Julius pudo gastar el resto del tesoro, y comenzó a negociar mucho. Hacía un año había comprado de nuevo Bocton, a un precio modesto, dado que la mansión se encontraba en un estado lamentable. Al cabo de unos meses, Julius había restaurado la propiedad.

De hecho, toda Inglaterra parecía gozar de un estado de optimismo y euforia. Su comercio aumentaba; sus colonias producían resultados muy provechosos. Incluso el reciente matrimonio del Rey con una católica se toleró sin mayores problemas al comprobar que la joven esposa había aportado, como dote, nada menos que el próspero puerto comercial de Bombay. El poderío de Inglaterra en el mar también se incrementó. El año anterior los holandeses, sus rivales comerciales, habían sido expulsados de varias colonias, incluido un prometedor asentamiento en América. Se llamaba Nueva Ámsterdam, según averiguó Julius. «De modo que nuestro escuadrón naval le ha puesto el nombre de Nueva York». En opinión de sir Julius Ducket, el Estado de Inglaterra nunca había sido mejor.

Al menos, hasta unos diez días antes. Pero en ese preciso momento, Julius no estaba muy seguro. Mirando alrededor con cierta ansiedad, se preguntó dónde diablos se había metido el joven Meredith.

Ned se enfureció. Se levantó, gruñendo, mostró los dientes y dio unos pasos. Pero el monstruo siguió avanzando por la calle. Ned emitió un gruñido más feroz. Jamás había visto a una criatura semejante. El monstruo era tan alto como un hombre. Estaba hecho de cuero encerado. Su cuerpo tenía la forma de un gigantesco cono y llegaba hasta el suelo. La bestia tenía dos brazos, y unas manos enormes de cuero. Sostenía un bastón corto. Pero lo más grotesco era la cabeza del monstruo, pues entre dos grandes ojos de cristal, rodeados por unos aros, asomaba un descomunal pico de cuero. En la cabeza el monstruo llevaba un sombrero negro, de ala ancha, también de cuero.

Ned ladró, gruñó, volvió a ladrar, y retrocedió. Pero el monstruo, al verlo, dio media vuelta y se dirigió hacia él.

El doctor Richard Meredith se había sentido el hombre más feliz de Londres hasta una hora antes. El honor que le había sido concedido el día anterior era muy grande, sobre todo teniendo en cuenta su juventud. Esa mañana había salido de su casa con paso ágil y alegre. Hasta que, en el Guildhall, le habían mostrado el documento.

Si la Restauración se hubiera producido unos años antes, el joven Meredith posiblemente se habría hecho sacerdote. Pero no deseaba ser un ministro puritano y su viejo padre le había advertido: «Piensa en lo que tuve que soportar yo». Así pues, en Oxford había decidido ser médico. Era otra manera de servir a sus semejantes. Por otra parte, encajaba con su intelecto, puesto que Meredith poseía una mente inquisitiva y analítica.

La medicina era todavía una ciencia muy rudimentaria, una mezcla de saber clásico y supersticiones medievales. Los médicos seguían creyendo en los cuatro humores: aplicaban sanguijuelas y sangraban a sus pacientes para diluir su sangre. Asimismo, se valían de remedios tradicionales a base de hierbas —algunos muy eficaces—, del sentido común y de la oración. De hecho, en algunos casos lo milagroso se consideraba una curación normal; ningún médico trataba de disuadir a las largas hileras de personas aquejadas de escrófula de que desfilaran ante el Rey, cuyo toque, según creían firmemente, era capaz de curar esa dolencia. Las ciencias naturales se hallaban en una situación similar; los hombres ilustrados seguían debatiendo si los cuernos de los unicornios poseían propiedades mágicas. No obstante, durante las últimas décadas había comenzado a desarrollarse un nuevo espíritu de investigación racional. El gran genio investigador de William Harvey había demostrado que la sangre circulaba por el cuerpo; asimismo, Harvey había empezado a estudiar cómo se desarrollaba el feto humano. Robert Boyle, mediante una rigurosa experimentación, había formulado las leyes del comportamiento de los gases. Y de todos los lugares en que pudo haber vivido, ninguno era mejor que Londres. Londres albergaba la Royal Society.

La Royal Society había comenzado veinte años antes como un club de debate informal. Meredith la había visitado por primera vez el año de la Restauración, cuando lo invitaron a asistir a una conferencia que pronunciaba un renombrado y joven astrónomo —hijo de un clérigo, al igual que Meredith— llamado Christopher Wren. Las condiciones para ser miembro del club eran muy restringidas, pero en calidad de doctor en medicina el joven Meredith podía asistir a las conferencias que deseara, que se celebraban los miércoles por la tarde. El rey Carlos también era miembro del club y había concedido a dicha organización una cédula real, a partir de lo cual fue conocida simplemente como la Royal Society.

Unos meses antes, con gran timidez, Richard Meredith había pronunciado una breve disertación que le había valido unas amables palabras de Wren y otros. No obstante, no esperaba recibir la maravillosa noticia que había recibido el día anterior: «Doctor Meredith, ha sido nombrado miembro de pleno derecho de esta sociedad». No era de extrañar que Meredith se sintiera el hombre más dichoso de Inglaterra. Al menos hasta una hora antes.

El doctor Meredith no dio importancia a los primeros casos que aparecieron en mayo. Unas visitas esporádicas como ésas eran normales durante el verano en Londres desde hacía siglos. Ni tampoco se alarmó cuando aparecieron más casos en junio. La enfermedad no había afectado a las parroquias de Cheapside; Watling Street estaba indemne. No se había producido un brote importante, según recordó Meredith, desde hacía casi veinte años, y nada alarmante desde el reinado de Jacobo I. De modo que cuando la gente le preguntaba si existían motivos de preocupación, Meredith respondía: «Evitad la zona del oeste junto a Drury Lane y Hollborn. Existen muy pocos casos en la ciudad». Ese mes la temperatura fue insólitamente alta.

«Este calor seco hará que aumente el elemento de fuego en la sangre de la gente. Esto producirá una bilis amarilla y hará que las personas se pongan coléricas», aseguró la mayoría de los médicos. Tal vez, supuso Meredith, era eso lo que había hecho que se extendiera la enfermedad. En julio se enteró de que en Southwark había aumentado el número de casos, así como en el camino que conducía al este, fuera de Aldgate. Pero esa mañana, cuando le habían mostrado el documento, Meredith se había quedado horrorizado.

La Lista de Mortalidad era un documento que las autoridades redactaban cada semana. Dicho documento exponía en dos columnas el número de personas que habían muerto, debido a unas cincuenta causas, en la ciudad y en las parroquias adyacentes a Londres. La mayoría de los números eran reducidos. «Apoplejía: 1. Hidropesía: 40. Niños: 21». Pero en la parte superior de la segunda columna, el funcionario señaló una cifra escalofriante: 1.843. Y junto a ella una palabra aterradora: peste.

La peste, el contagio, la peste negra: todos esos nombres significaban lo mismo.

—¿Os proponéis abandonar Londres? —le preguntó el funcionario.

—No. Soy médico.

—Todos los médicos con los que he hablado esta mañana piensan marcharse —comentó el funcionario sonriendo—. Dicen que tienen que atender a sus pacientes ricos, y como los ricos abandonarán la ciudad, ellos también deben partir. Sin embargo —añadió el funcionario con expresión complacida—, si pensáis quedaros, os daremos una cosa para que la uséis.

Ned trató de mantenerse firme, pero el monstruo se dirigía directamente hacia él. ¿Por dónde podía atacar a esa criatura? Carecía de piernas. Tenía los brazos demasiado gruesos para que Ned los aferrara entre sus fauces. Sus ladridos y gruñidos aumentaron, pero fue en vano.

De pronto, el monstruo hizo algo extraordinario. Se quitó la cabeza. Tras desprenderse de uno de sus guantes de cuero, tendió una mano a Ned para que la olfateara y lo llamó por su nombre. Era su amo.

La gruesa indumentaria de cuero que el funcionario del Guildhall había dado a Meredith era terriblemente calurosa. El inmenso pico estaba relleno de hierbas aromáticas que él acababa de adquirir en la botica, pues muchos creían que el contagio se extendía por el aire viciado.

—¡Pobre Ned! —Meredith se echó a reír—. Te he dado un buen susto, ¿eh? —dijo dando a su perro unas afectuosas palmadas—. Vamos, entra.

Meredith acababa de abrir la puerta cuando apareció sir Julius.

—Mi querido Meredith. —Mientras sir Julius observaba el insólito uniforme, se dio cuenta de cuánto le agradaba el joven—. ¿Qué noticias tienes de la peste? —preguntó.

Meredith le contó lo de la Lista de Mortalidad.

—Tal como me temía —repuso sir Julius—. Te ruego que vengas con nosotros, Meredith. Nos vamos a Bocton. La peste no suele extenderse al campo. Puedes quedarte con nosotros hasta que haya pasado.

—Os lo agradezco —contestó Meredith amablemente—, pero mi deber es permanecer aquí.

Julius emitió un suspiro de resignación y se marchó; e hizo esperar a su familia media hora antes de regresar para tratar de persuadir por última vez al joven. Pero comprobó que Meredith ya se había marchado y dejado a Ned de guardián.

Con aire triste y pensativo, Julius regresó a su casa, cogió las pistolas, como hacía siempre que se disponía a viajar por los desiertos caminos que conducían a Kent y, tras haberlas cargado, ordenó a su familia que se montara en los coches. Al cabo de unos minutos bajaron por Watling Street hacia el Puente de Londres. De pronto Julius ordenó al cochero que se detuviera un momento. Deseaba hacer un pequeño favor a su amigo.

Ned meneó la cola al ver a sir Julius aproximarse de nuevo a la casa. Sabía que era un amigo. Se levantó, pues le gustaba saludar a los amigos aunque su amo estuviera ausente. Cuando sir Julius estuvo a un par de metros de él se detuvo y extendió la mano. No, le estaba apuntando con una pistola. ¿Por qué haría eso?

El disparo, la bocanada de humo y el tremendo impacto que derribó al perro en el umbral se produjeron en un instante fugaz e irreal para Ned. Éste sintió un intenso dolor en el pecho y un líquido cálido en la boca. Eso fue todo lo que supo.

Después de haber disparado contra Ned, sir Julius ató al perro con una cuerda a la parte posterior del carro y lo transportó a rastras. Al llegar al río, lo arrojaron al agua. Sir Julius no tenía la menor duda de que había obrado bien, pese a lamentar haber tenido que hacerlo. A fin de cuentas, todo el mundo sabía que los perros y los gatos transmitían el contagio. Pero conociendo el cariño que Meredith sentía por el perro, Julius sabía que jamás habría tenido el valor de hacer lo que era necesario. En cualquier caso Ned ya no podría infectar a su amo.

—Era lo menos que podía hacer por salvar a ese valeroso joven —dijo sir Julius.

—Ese perro era un excelente cazador de ratas —comentó su hijo—. Meredith no tenía una sola rata en casa.

—Cierto —respondió Julius—. Pero eso no es importante.

A mediados de agosto la Lista de Mortalidad registraba cuatro mil muertes a la semana; a finales de agosto, seis mil. Cada día, Richard Meredith se ponía su gran uniforme de cuero y salía.

En ocasiones casi tenía la impresión de encontrarse en otra ciudad; como Londres, pero distinta. Las calles estaban prácticamente desiertas, los puestos callejeros de Cheapside habían desaparecido y las casas estaban cerradas a cal y canto como si pretendieran proteger sus bocas y narices del contagio. La corte se había trasladado a Salisbury, una ciudad situada en el oeste. Desde finales de julio una riada constante de coches y carros atravesaba el Puente y las puertas de la ciudad: caballeros, comerciantes y prósperos artesanos abandonaban Londres para ponerse a salvo. Con pocas excepciones, los pobres fueron los únicos que se quedaron.

Qué aspecto tan extraño ofrecía la ciudad. Mientras iba de parroquia en parroquia, Meredith constató que las ordenanzas del alcalde se cumplían. En el momento en que la peste era confirmada por tres forenses municipales, la casa era clausurada, apostaban un guardia con una pica para impedir que alguien entrara o saliera de la misma, y pintaban una siniestra cruz roja en la puerta, por lo general con estas tristes palabras: «Señor, ten misericordia». Sólo un médico vestido como él podía visitar al paciente. Cuando una familia informaba que tenía un cadáver en la casa, el forense acudía para verificar la causa de la muerte, y poco después, muy a menudo al anochecer, llegaban los enterradores con sus carros y, haciendo sonar una campanita, gritaban con tono lúgubre: «Sacad a vuestros muertos. Sacad a vuestros muertos».

Algunas parroquias, casi una cuarta parte en total, no se habían visto afectadas por la peste. El último día de agosto, al pasar frente a Saint Paul, Meredith se encontró con un hombre llamado Pepys, a quien había visto en varias ocasiones en las reuniones de la Royal Society. Pepys era un oficial de la Junta de la Marina y, según había averiguado Meredith, tenía acceso a todo tipo de información.

—La cifra real de muertes es superior a la que consta en la Lista de Mortalidad —le dijo Pepys—. Las autoridades falsean los datos y no contabilizan las defunciones de algunos pobres. Las listas muestran que la semana pasada murieron siete mil quinientas personas.

—¿Y la cifra real?

—Casi diez mil —respondió Pepys con tono sombrío—. Pero quizá, doctor Meredith —añadió con expresión más optimista—, si Dios prescinde de nosotros dos, tenga yo el placer de oíros pronunciar una conferencia en la Royal Society sobre la verdadera causa de la peste.

Lo cierto era que ningún tema preocupaba más a Meredith. Mientras iba de casa en casa, visitando a personas —familias enteras— febriles, delirantes, gritando en la agonía de la muerte, sentía una terrible sensación de impotencia. Era médico, pero nada podía hacer con respecto a la peste. ¿Y por qué?, se preguntó Meredith. Debido a su ignorancia y la de todos los demás. ¿Cómo podía proponer un remedio, o siquiera aliviar los síntomas, cuando desconocía por completo la causa; o proteger a sus pacientes cuando no sabía cómo se transmitía la enfermedad?

Meredith tenía ciertas sospechas. Se suponía que las personas se contagiaban la peste unas a otras, de ahí la imposición de la cuarentena. Cuando Meredith visitaba algunas de las peores zonas —Southwark, la parroquia de Whitechapel junto a Aldgate, el camino que llevaba a Shoreditch, Hollborn— y veía calles enteras donde casi todas las puertas tenían la temible cruz, esa tesis parecía razonable. Pero ¿por qué se concentraba la peste en esos lugares? Muchas personas fumaban en pipa porque se suponía que el humo purificaba el aire. Decían que todavía ni un solo tabaquero había contraído la peste. Pero si la enfermedad se transmitía por el aire, ¿por qué hallaba Meredith la peste en una determinada parroquia de la ciudad y en otra, a pocas calles de distancia, no? Asimismo, tampoco había logrado descubrir algún elemento en común entre las áreas más afectadas: una era pantanosa, otra seca y bien ventilada. «No puede ser el aire —se dijo Meredith—. Debe de ser otro agente el que transmite la peste. Pero ¿qué? ¿Los perros y los gatos?». Un vecino reveló a Meredith que había sido sir Julius quien había matado a Ned y se lo había llevado. Durante una semana Meredith estuvo furioso contra sir Julius, pero después se le pasó. Dios sabe cuántos perros y gatos se habían sacrificado por orden del alcalde. Meredith supuso que serían unos veinte o treinta mil. Pero aunque los culpables fueran los perros y los gatos, ¿cómo transmitían la enfermedad?

Una posible solución al problema de la transmisión se le ocurrió a comienzos de septiembre, mientras atendía a un moribundo en Vintry. La peste se presentaba principalmente en dos formas; en una, la bubónica, aproximadamente una de cada tres personas que la contraían sobrevivía; en la otra, la neumónica, casi nadie lograba sobrevivir. Los pulmones del paciente se llenaban de líquido; estornudaba con frecuencia, al toser expulsaba sangre, padecía repentinos accesos de fiebre y escalofríos y finalmente caía en un profundo letargo que se iba intensificando hasta que moría. El pobre hombre que Meredith tenía delante era un aguador, sus espaldas estaban encorvadas y era padre de seis hijos. Temblando a causa de los escalofríos, miró desesperado a Meredith.

—Me muero —dijo sencillamente.

Meredith no lo negó. Uno de los hijos del aguador se acercó para consolar a su padre. En ese momento el enfermo estornudó. No pudo evitarlo. Estornudó sobre el rostro del niño. Éste hizo una mueca. Y Meredith, con un terrible presentimiento, cogió un trapo y le limpió la cara.

—No deje que los niños se acerquen a él —dijo a la madre—. Queme este trapo.

«Tiene que ser así», pensó Meredith. La flema y la saliva de una persona infectada debían de ser los portadores del contagio, puesto que procedían de la parte más afectada del organismo. Una semana más tarde, el niño murió.

Martha dudó, a pesar de la insistencia de su hijastro Dogget.

—Aquí me siento segura —dijo.

Aunque habían regresado juntos de Massachusetts, Martha se había distanciado del hijo menor de Dogget. El muchacho precisaba una guía espiritual. De hecho, aunque a Martha no le gustaba pensarlo, en el fondo se alegraba de que no fuera hijo suyo. El joven Dogget se había casado y se ganaba la vida como aguador en lugar de ser un artesano como su padre. Pero iba a verla todas las semanas y Martha estaba convencida de que en casi todas las personas anidaba el bien.

—Ya comprendo —respondió el joven echándose a reír—. Conque crees que estás a salvo, ¿eh? Porque Dios está de tu parte. —Dogget le rodeó afectuosamente los hombros con un brazo—. Crees que sólo moriremos los pecadores.

A pesar de que desaprobaba el tono del chico, no lo negó. Era exactamente lo que pensaba. Pues Martha sabía cuál era la causa de la peste: la maldad.

La mayoría de la gente se habría mostrado de acuerdo con esta afirmación. A fin de cuentas, las pestes y los desastres estaban en manos de Dios y habían sido enviados a la humanidad desde que Adán y Eva habían sido expulsados del jardín del Edén. Y si alguien expresaba alguna duda al respecto, Martha se apresuraba a señalar: «¿Dónde comenzó la peste?». En Drury Lane. ¿Por qué en Drury Lane? Todo puritano conocía la respuesta. El nuevo teatro, patrocinado por el Rey con sus mujeres y su obscena y extravagante corte. ¿No habían recibido los londinenses una advertencia cuando se había quemado el Globe de Shakespeare? Entonces, en la ruina moral de lo que pudo haber sido la ciudad resplandeciente de Dios, Martha veía la verdad con meridiana claridad. Por consiguiente, no creía probable que la peste la visitara.

Sin embargo, cada vez se hallaba más cerca. La semana anterior, desde Vintry, había avanzado sistemáticamente por Garlick Hill hacia Watling Street. No era de extrañar que la familia de Martha estuviera preocupada por ella.

Si Gideon aún estuviera vivo la habría hecho entrar en razón, pero había muerto hacía tres años. Su lugar había sido ocupado, en la medida de lo posible, por el joven O Be Joyful; pero aunque el tallador de madera tenía casi treinta años, y era el deleite de la ancianidad de Martha, no poseía la autoridad de su padre. Seguía siendo un aprendiz en lugar de un maestro tallador, y sólo sabía hacer letras. No obstante, fue O Be Joyful quien tomó cartas en el asunto.

—Nosotros también nos marcharemos —dijo a Martha suavemente, señalando a su esposa y los dos hijitos—. Te ruego que vengas con nosotros, tía Martha, para servirnos de guía espiritual.

De modo que ella había accedido de mala gana; y media hora más tarde, esa templada mañana de septiembre, ella y las dos pequeñas familias habían descendido por la colina en solemne procesión hasta llegar al río, donde Dogget le había hecho montar en su chalana y se había puesto a remar. Pero al alcanzar el centro del río, Martha, con la vista fija al frente, preguntó horrorizada:

—¿Nos dirigimos allí?

Su destino era ciertamente un lugar muy extraño. Se hallaba en el centro del río y, aunque era grande e iba creciendo ante sus ojos, resultaba difícil definir exactamente qué era.

—Yo lo llamo la Mansión del Barquero —dijo Dogget jovialmente.

Habían sido las gentes del río quienes lo habían concebido. Consistía en una multitud de balsas, chalanas y otras pequeñas embarcaciones unidas por medio de sogas, cuya estructura formaba una especie de gigantesca y curiosa isla flotante. Al aproximarse, vieron a unos hombres que la ampliaban añadiendo unos tableros y construyendo unos pequeños cobertizos sobre ella. Su razonamiento era instintivo, pero lógico. Si permanecían en el río, aislados del contagio, quizá lograran sobrevivir.

—Tenemos agua. Tenemos peces. Lo único que necesitamos es construir unos refugios —prosiguió Dogget.

Y cuando Martha preguntó qué se proponían hacer él y sus amigos si alguien contraía la peste en ese refugio acuático, Dogget respondió sonriendo:

—Arrojarlos al río.

A mediados de septiembre se hizo más difícil contener la peste. Los vivos dejaron de obedecer las órdenes del alcalde. La gente ya no observaba las normas de la cuarentena. Sus familiares ocultaban a las víctimas de la peste; la gente se negaba a permanecer encerrada en casas infectadas, o bien trataban de trasladar clandestinamente a sus hijos a un lugar seguro. Debido al escaso número de guardias, era imposible controlarlos. Con el fin de separar a los enfermos de los sanos, el alcalde ordenó que numerosas víctimas indigentes permanecieran aisladas en los hospitales de la ciudad. Pero había muy pocos: estaba el viejo de Saint Bartholomew, otro dedicado a santo Tomás, en Southwark, y el de Saint Mary junto a Moorfield. Todos estaban llenos a rebosar. En Londres se habían abierto nuevos hospitales —llamados lazaretos—, concretamente en el norte y el este de la ciudad, y en Westminster. Los cementerios de las parroquias no disponían de espacio suficiente. Cavaron grandes fosas para enterrar a las víctimas de la peste, en su mayoría fuera de las murallas de la ciudad, donde arrojaban decenas de cadáveres. No obstante, según observó Meredith, los sepultureros continuaban apilando los cadáveres en los cementerios hasta que los que estaban encima aparecían cubiertos únicamente por unos pocos centímetros de tierra. En un cementerio, Meredith había visto unos pies y unos brazos asomando de la tierra.

Meredith visitaba con frecuencia los lazaretos de Westminster, y un día, al regresar a la ciudad, un guardia lo abordó y le pidió que acudiera a una casa cercana para visitar a un paciente que estaba muy enfermo. Unos minutos después Meredith entró en una casa pequeña pero agradable en Petty France.

Habían transcurrido seis días desde que Jane Wheeler había comenzado a tener fiebre. Al principio no hizo caso, como tampoco dio importancia al dolor en los brazos y las piernas. «A fin de cuentas —se dijo—, tengo más de ochenta años». Por la noche se sintió muy débil, pero no pudo conciliar el sueño. Al día siguiente empezó a sentir mareos. A mediodía decidió salir un rato, pero no había recorrido diez metros cuando notó que le flaqueaban las piernas. Una vecina tuvo que ayudarla. Jane apenas recordaba lo ocurrido en las horas sucesivas. Pensaba que la vecina había regresado por la tarde, y a la mañana siguiente. Luego apareció una desconocida a quien Jane jamás había visto. Era una enfermera, pero para entonces Jane sólo pensaba en una cosa. Podía notarlos en el cuello, en las axilas y entre las piernas: unos bultos enormes. Y el dolor. Un dolor terrible.

Meredith suspiró. Si la forma neumónica de la peste acababa rápidamente con sus víctimas, la otra, la bubónica, era aún más espantosa. La anciana que tenía delante había contraído la peste bubónica y estaba sufriendo las últimas etapas.

La peste bubónica hacía que las glándulas linfáticas se hincharan desmesuradamente, formando unos bultos, o bubones, como los llamaban. El cuerpo sangraba bajo la piel, por lo que aparecían unas manchas violáceas. Los pacientes solían delirar. Poco antes de morir —y eso era lo que Meredith veía en ese momento— aparecían unas manchas rosáceas en todo el cuerpo. Pero, en esta crisis final, la anciana estaba lúcida. Y al parecer quería algo.

—¿Sabéis leer y escribir?

—Por supuesto. Soy médico.

—Quiero que redacte mi testamento. Yo estoy demasiado débil. —Un escalofrío recorrió el cuerpo de la anciana—. En ese rincón encontraréis pluma y tinta.

Meredith los cogió, se sentó en una silla, se quitó un guante y se dispuso a escribir mientras ella comenzó:

—Yo, Jane Wheeler, estando en mi sano juicio…

De modo que era ella. Jane no conocía la identidad de Meredith; pero aunque no la había visto desde que era un niño, recordaba el escándalo que había provocado. «Pobre mujer —pensó—, qué manera de morir».

El testamento era breve y conciso. No tenía hijos. Dejaba una pequeña fortuna, que había disminuido con el paso del tiempo, repartida en partes iguales a los hijos vivos del difunto John Dogget, a excepción de la hija que había tenido con Martha. «No es de extrañar», pensó Meredith.

—¿Eso es todo? —preguntó él.

—Casi —respondió ella—. Pero hay una cosa más.

Richard Meredith no se dio cuenta, mientras escribía, de que debajo del piso de la habitación acababa de morir una rata. Tampoco pudo haber visto, pues era muy pequeña, la pulga que se había colado por entre las tablas del suelo.

La pulga estaba en una situación penosa. Llevaba varios días alimentándose de la sangre de la rata negra, que había contraído la peste. El torrente sanguíneo de la rata contenía cientos de miles de bacilos de la peste, y algunas decenas de miles se habían transferido a la pulga. Dentro del estómago de la pulga, los bacilos de la peste se habían multiplicado hasta bloquear la entrada. En consecuencia, la pulga estaba famélica. Entonces, al comprobar que la rata había muerto, la pulga buscó otro cuerpo del cual alimentarse. Tan pronto como agujereara el cuerpo de otro ser, trataría en vano de ingerir sangre a través de la entrada a su estómago que tenía bloqueada; entre tanto, miles de bacilos se introducirían en el cuerpo del nuevo portador, donde se multiplicarían rápidamente, y volverían a multiplicarse, una y otra vez. La pulga representaba la muerte. Ésta se posó en la casaca de Meredith.

El último párrafo del testamento de Jane Wheeler era sorprendente.

Finalmente, con ésta mi última voluntad, y con mi último aliento, lego la maldición que ha caído sobre mí a sir Julius Ducket, ladrón y embustero, que me robó la fortuna que me correspondía y provocó mi ruina. Que Dios, que es justo, lo envíe a las llamas del infierno por sus pecados, y que la maldición caiga sobre su familia y les roben su fortuna, como ellos hicieron conmigo. Amén.

—¿Está segura de que quiere que escriba eso? —preguntó Meredith.

—Sí. ¿Lo habéis escrito? Mostrádmelo. Bien —dijo la mujer—. Dadme la pluma. —Firmó el documento con dificultad—. Vos y la enfermera sois testigos.

Meredith estampó también su firma. La enfermera hizo un garabato.

—Debo irme —dijo Meredith volviendo a ponerse el guante.

Jane no pareció oírlo. De pronto gritó de dolor. La enfermera y Meredith se miraron. No tardaría mucho en expirar. Meredith decidió no decir al pobre sir Julius que Jane lo había maldecido.

La pulga no logró extraer alimento alguno de la casaca. Cuando se disponía a morder la mano de Meredith, ésta desapareció dentro del largo guante de cuero. Cuando Meredith se dirigió a la puerta, la pulga saltó sobre la enfermera.

En octubre todo indicaba que la peste comenzaba a remitir. Durante las dos primeras semanas la Lista de Mortalidad mostraba que el número de muertos era de cuatro mil; la cuarta semana, menos de mil quinientos; luego, durante tres semanas, se situó en torno de los mil. A partir de entonces siguió disminuyendo. Aunque en febrero continuaron apareciendo algunos casos, en noviembre Londres empezó a abrir de nuevo sus puertas. A finales de enero, los coches de los ciudadanos más ricos, acompañados por sus médicos, regresaron a la ciudad.

El total de muertes causadas por la Gran Peste se cifraba en más de sesenta y cinco mil. El número real era más elevado, probablemente ascendía a más de cien mil. Un rasgo curioso de la peste, que a menudo se pasa por alto, fue la colonia que vivía en islas flotantes en el Támesis. Había un número considerable de esas inmensas y singulares estructuras; en total unas diez mil personas vivieron en esas islas durante varias semanas. Por lo que se sabe, pocas de ellas contrajeron la peste. El doctor Meredith tomó buena nota de ese dato, pero, lamentablemente, no pudo explicarse el motivo.

A últimos de noviembre, Dogget y su familia regresaron por fin a su casa, y comprobaron que les había tocado una pequeña herencia.

Si Richard Meredith lamentaba su incapacidad para descifrar las causas de la peste, no fue el único. Durante casi dos siglos nadie logró identificar la naturaleza de la enfermedad y sus portadores. Hasta entonces se la recordó sólo por el hecho de que no existían hierbas capaces de curarla y por sus síntomas —las manchas rosáceas en la piel y los frecuentes estornudos—, recogidos en una canción que al poco tiempo los niños empezaron a cantar:

Hagamos un corro con rosas,
con los bolsillos llenos de flores.
Achís, achís,
todos al suelo.

Posteriormente, en América del Norte, el «achís» de la canción, cuyo significado no entendían, se sustituyó por «cenizas». Pero no hubo cenizas ese año en Londres, sólo los terribles estornudos que presagiaban la muerte.

1666

La noche del primero de septiembre era serena. Sir Julius se encontraba tranquilamente en su mansión detrás de Saint Mary-le-Bow. Había sido un largo y grato verano y su familia había regresado de Bocton una semana antes. El día siguiente sería domingo. Hacia medianoche, Julius se despertó y se acercó a la ventana. El aire era agradablemente fresco, y del este soplaba una leve brisa. Julius aspiró unas bocanadas de aire y regresó a la cama.

Hacia la una de la mañana se levantó de nuevo. ¿Había oído algo? Julius miró por la ventana. ¿No había percibido un leve sonido que procedía del Puente de Londres? Fuera, el patio parecía un pozo oscuro. El tenue resplandor de las estrellas iluminaba los techos. Julius tratró de escuchar, pero al cabo de unos minutos dedujo que nada había oído, de modo que volvió a la cama y se durmió.

Eran casi las cuatro de la mañana cuando su esposa lo despertó. Esa vez no hubo la menor duda. A su izquierda, sobre los tejados, Julius distinguió un débil resplandor. Unas llamas y unas cenizas incandescentes se alzaban hacia el cielo en algún lugar cerca del Puente. Probablemente no era cerca.

—De todos modos iré a ver —dijo Julius.

Se vistió y salió de la casa.

Era un incendio, pero no muy grande. Se había declarado después de la medianoche en casa de un panadero, en una callejuela de East Cheap llamada Pudding Lane. Una sirvienta, aterrorizada, había subido al techo y había muerto quemada. El fuego se había extendido hasta algunas casitas de la zona, pero Julius había visto incendios peores que ése. Los hombres arrojaban cubos de agua para sofocarlo, sin mucha convicción. Cuando Julius regresó a casa se topó con el alcalde.

—Me han sacado de la cama —dijo éste irritado.

—No parece un incendio importante —observó Julius.

—Una mujer podría apagarlo orinando sobre él —rezongó el alcalde, y se marchó.

El vulgar y célebre veredicto no habría pasado a la historia y el incendio de Pudding Lane se habría olvidado por completo si no hubiera sido por un factor adicional en el cual ninguno de los dos hombres reparó en el momento.

El viento se estaba levantando. Para cuando Julius se encontraba a salvo en su cama, la brisa era fuerte. En el momento en que se quedó dormido, con un brazo rodeando los hombros de su esposa, el viento había comenzado a transportar las chispas y las ascuas a una calle contigua a Pudding Lane que conducía directamente al Puente de Londres. Al amanecer empezó a sonar la campana de Saint Magnus the Martyr. Poco después, el fuego alcanzó el Puente. A media mañana éste amenazaba los almacenes junto al río.

Cuando Julius salió de nuevo de su casa y se dirigió a un lugar estratégico cerca de la cima de Cornhill, vio una inmensa conflagración que se había extendido a lo largo de la cabeza del Puente. Julius calculó que el fuego había prendido en unas doscientas o trescientas de las casas hacinadas de aquel sector. El crepitar y rugido de las llamas reverberaba por la ciudad. Estaba tan fascinado que permaneció allí durante más de dos horas antes de volver a bajar, procurando sortear la zona afectada. Al caminar de nuevo por Watling Street se encontró con el joven Richard Meredith, que hablaba con un caballero que le presentó como el señor Pepys. Dicho caballero, quien parecía haber visto más que la mayoría, estaba furioso.

—He visto al Rey y a su hermano en Whitehall —dijo—. Han dado orden de que derribaran algunas casas para crear cortafuegos, pero las autoridades municipales temen que los propietarios los demanden por daños y prejuicios y no se atreven a tocar las casas.

—¿Habéis visto al alcalde? —preguntó Julius.

—Hace cinco minutos. Primero casi rompe a llorar, luego se queja de que nadie le obedece y por fin dice que está cansado y que se va a comer. Es un tipo despreciable.

—¿Qué ocurrirá?

—El fuego seguirá extendiéndose —respondió Pepys.

Durante la tarde O Be Joyful advirtió a su familia que se prepararan para partir. El incendio se había propagado.

Desde hacía un buen rato una riada de carros cargados con los enseres de la gente ascendían por Watling Street desde la zona del Puente de Londres.

Durante los últimos meses O Be Joyful había tomado conciencia de su responsabilidad. Los días que había pasado en el río y los trastornos causados por la peste habían dejado a Martha algo debilitada. Aquella primavera O Be Joyful la había persuadido de que fuera a vivir con ellos, y la presencia cotidiana de Martha no pudo por menos de recordarle que estaba llamado a ocupar el lugar de Gideon. Con cuatro hijos de quienes preocuparse, O Be Joyful sabía que tenía el deber de imponer su autoridad. El problema era que esas cosas no le resultaban fáciles. No obstante, actuó de manera decisiva. Un amigo que vivía en Shoreditch había accedido a alojarlos en su casa. En caso necesario, estaban preparados para partir. O Be Joyful se sintió satisfecho de haber cumplido con su deber un día en que Martha declaró inopinadamente:

—Quiero ir a ver si mi vieja amiga la señora Bundy está bien.

El joven conocía a esa piadosa mujer superficialmente y se ofreció para ir en su lugar.

—Pero si nunca has ido a su casa —objetó Martha.

Así pues fueron juntos. Al bajar por Watling Street y cruzar Wallbrook vieron una columna de humo sobre la zona del Puente que ascendía a muchos metros del suelo. Al pasar por la Piedra de Londres, Martha indicó una estrecha callejuela a la derecha y, con expresión decidida, se dirigió colina abajo, directamente hacia el lugar donde había estallado el incendio.

Si se precisaba una razón que explicara la pavorosa propagación del fuego, la escena que se desarrollaba ante Martha y O Be Joyful era más que suficiente. La estrecha callejuela, las casas de madera y yeso (casi siempre se pasaban por alto las ordenanzas de construir las viviendas en ladrillo o piedra, todos los siglos), los pisos superiores que sobresalían, cada uno más que el inferior, hasta que casi rozaban la casa de enfrente, la hacinada masa de viviendas, patios y estructuras de madera que se inclinaban hacia todos los lados, torcidas y ladeadas como un grupo de viejos borrachos, eran más que un gigantesco polvorín. Peor aún: la gente que se había apresurado a tratar de apagar el fuego había destrozado tres tuberías de agua de madera en la calle para llenar los cubos y dejado que el agua saliera a borbotones; por consiguiente, las cisternas de agua, incluso las del Nuevo Canal de Myddelton, se habían vaciado. Cuando O Be Joyful se detuvo para contemplar el espectáculo, vio que el fuego había comenzado a devorar una casa tras otra.

Pero lo más extraño, pensó O Be Joyful, fue el comportamiento de la gente. Pues si los ciudadanos acaudalados abandonaban sus viviendas llevándose sus enseres valiosos, los pobres, que sólo disponían de un techo, permanecían encerrados en sus casas confiando en que el fuego se detuviera antes de alcanzar su vivienda. O Be Joyful vio a numerosas familias que salían de sus viviendas después de que la techumbre hubiera empezado a arder.

La casa que buscaba Martha estaba situada hacia la mitad de la calle, a unos cincuenta metros del borde del incendio. Cuando llegaron allí, O Be Joyful propuso entrar con ella, pero Martha dijo:

—Sé dónde encontrarla. Vigila junto a la puerta.

O Be Joyful la vio entrar y desaparecer por la escalera.

El avance del fuego era aterrador, pero al mismo tiempo fascinante. El humo marrón y gris se alzaba sobre O Be Joyful como un gigantesco muro y ocultaba todo el cielo. El calor era tan intenso que el joven tuvo que taparse la cara. El aire estaba impregnado de chispas y pavesas. Algunas cayeron junto a él. O Be Joyful vio a unas personas encaramadas en los techos donde se producían pequeños incendios. Pero lo que más le impresionó fueron los sonidos aterradores del fuego, el crepitar, los estallidos ensordecedores, el feroz rugido de las llamas mientras avanzaban de casa en casa devorando cuanto encontraban a su paso. El fuego estaba a unos treinta metros de O Be Joyful. Pero ¿dónde se había metido Martha? Aunque la señora Bundy estuviera todavía en su casa, el joven supuso que Martha no tardaría en salir.

El estruendo y la gigantesca lengua de fuego que atravesó la casa pillaron a O Be Joyful desprevenido. La oleada de aire caliente por poco lo derribó al suelo. Al incorporarse, O Be Joyful vio unas llamas incandescentes tras las ventanas. El humo empezó a concentrarse debajo del techo. ¿Cómo había ocurrido? De golpe comprendió que se había olvidado de la parte trasera de las casas. El fuego había penetrado por la parte posterior.

O Be Joyful corrió hacia el vestíbulo y la escalera, llamando a gritos a Martha. Pero el rugido del fuego debió de impedir que ella lo oyera. En el piso superior se oía el crepitar de las llamas. El humo comenzó a filtrarse por entre las tablas del suelo. O Be Joyful echó a correr escaleras arriba, llamando a Martha desesperadamente.

Acto seguido percibió por encima de él un ruido parecido al restallido de un látigo. Dios sabe qué sucedería ahí arriba. Ni siquiera estaba seguro de en qué parte de la casa se encontraba Martha. O Be Joyful dio media vuelta, bajó los escalones que había subido y salió a la calle.

—¡Martha! ¡Martha! —gritó. El fuego había atacado otras viviendas de esa calle. O Be Joyful miró alrededor para asegurarse de tener una vía de escape—. ¡Martha!

De pronto la vio. Estaba asomada a una pequeña ventana, en la planta superior, debajo del tejado. O Be Joyful agitó los brazos frenéticamente para indicarle que bajara. Ella hizo un gesto indicándole que entendía. ¿Estaría atrapada? O Be Joyful le hizo señas de que iba a subir y entró en la casa. Al cabo de un momento echó a correr de nuevo escaleras arriba.

¡Bang! Sonó como si una viga se hubiera derrumbado. ¡Bang! Otra. Una cortina de humo estaba suspendida por encima de la escalera. A la izquierda de O Be Joyful, en la parte posterior de la casa, sonó un tremendo estallido. A pocos metros de él cayó un pedazo de yeso. La escalera crujió bajo sus pies mientras subía deprisa. Del piso superior brotaron unas llamas. O Be Joyful se detuvo, aterrorizado. No siguió adelante, sino que dio media vuelta y huyó. Al cabo de unos momentos vio a Martha asomada todavía a la ventana. Carpenter le hizo unas señas de que era imposible subir por la escalera. Martha tenía los ojos fijos en él; su redondo rostro estaba muy pálido.

—¡Salta! —dijo O Be Joyful, pero sólo para aplacar su conciencia.

Si le hubiera hecho caso, Martha probablemente se habría matado; en cualquier caso, la ventana era demasiado pequeña.

—¡Martha!

Debajo de los aleros brotaba una densa humareda. O Be Joyful creyó oír gritar a Martha. Ambos se miraron fijamente unos momentos hasta que las llamas se encabritaron y el techo se convirtió en una tea ardiente. Las tablas empezaron a derrumbarse; por las ventanas salían lenguas de fuego. De pronto Carpenter comprobó que Martha había desaparecido.

El fuego se acercó tanto a él que no pudo soportar el calor. O Be Joyful retrocedió, confiando en que por algún milagro Martha hubiera logrado salir de la casa.

El lunes por la mañana el alcalde fue relevado de su responsabilidad de controlar el fuego. El viento soplaba con fuerza, pero el incendio había adquirido unas proporciones tan gigantescas que parecía volar. No sólo se había extendido por toda la orilla del río hacia el norte, hacia Blackfriars, sino que avanzaba, casi a la misma velocidad, por la ladera de la colina oriental. A primeras horas de la mañana, poco después de haber supervisado la tercera carretada de enseres que salía de la casa y ordenado a su familia que se aprestara a regresar a Bocton, Julius recibió la grata noticia de que el hermano del Rey, Jacobo, duque de York, había llegado a la ciudad con un contingente de tropas. Jacobo era un individuo sólido, un marino. Quizá fuera capaz de restituir el orden.

En efecto, tan pronto como Julius salió de la casa vio la gallarda figura de Jacobo dirigiendo a sus hombres al pie de Watling Street. Se disponían a demoler seis viviendas con pólvora. Julius se acercó a él para presentarle sus respetos.

—Si ampliamos esta calle —explicó Jacobo a sus hombres—, quizá logremos crear una barrera contra el fuego.

Jacobo y los soldados retrocedieron y se pusieron a cubierto. Al cabo de un momento se oyó una fuerte detonación.

—Y bien, sir Julius —dijo el duque sonriendo—, ¿vais a ayudarnos?

Al cabo de unos minutos, para su sorpresa, Julius se encontró con un sombrero de cuero encasquetado y un hacha en la mano, trabajando junto al duque y doce hombres vestidos como él, derribando muros y tablas para crear el cortafuegos. Era un trabajo duro y Julius se sintió tentado de detenerse cuando, al mirar a un corpulento individuo que se hallaba junto a él, observó que éste tenía un aire familiar; y al cabo de unos instantes, con una mezcla de incredulidad y gozo, Julius se dio cuenta de que se trataba del Rey.

—¿Debería Vuestra Majestad estar haciendo esto? —le preguntó.

—Estoy preservando mi reino, sir Julius —repuso el monarca sonriendo—. Ya sabéis el afán con que me aferro a él.

Con todo, el cortafuegos no dio resultado. El ímpetu del fuego era tan fuerte que, al cabo de una hora, saltó sobre la barrera.

El martes por la mañana ocurrió algo sobrecogedor. O Be Joyful lo presenció desde el pie de Ludgate Hill.

Su propia casa se había quemado el lunes por la tarde. Según lo previsto, O Be Joyful había trasladado a su pequeña familia a Shoreditch y se había quedado allí. Las noticias habían llegado durante todo el tiempo. Por la tarde se enteró de que la Royal Exchange estaba en llamas; al amanecer supo que Saint Mary-le-Bow había sucumbido bajo el fuego. Al cabo de un rato O Be Joyful decidió ir a averiguar personalmente cómo estaba la situación. Pero al dirigirse a las puertas de la ciudad, comprobó que el acceso estaba cerrado. Las tropas no permitían el paso. «Es un horno», le dijeron.

Habían transformado la explanada de Moorfields en un inmenso campamento reservado a las gentes que habían perdido sus hogares y sus bienes. O Be Joyful dio un rodeo junto a las antiguas murallas de la ciudad, cruzó otro pequeño campamento que se hallaba más allá de Smithfield, junto a las puertas del hospital de Saint Bartholomew, y se dirigió hacia Ludgate. Al llegar se encontró con una numerosa muchedumbre. Vio al bueno del doctor Meredith, que se había quedado en la ciudad para atender a las víctimas de la peste. Todos tenían la vista fija en la colina, como si estuvieran hipnotizados.

Saint Paul estaba ardiendo. El inmenso establo de piedra gris cuya silueta había presidido la ciudad por espacio de casi seis siglos; la oscura y vieja casa del Señor que había montado guardia en la colina occidental desde los tiempos de los normandos, soportando tormentas, rayos y los estragos del tiempo; la vieja Saint Paul se derrumbaba lentamente ante sus propios ojos. O Be Joyful permaneció allí más de una hora presenciando el triste espectáculo.

Luego dio la vuelta y regresó a su casa por Fleet Street. Al aproximarse a Temple vio a un grupo de jóvenes. Habían acorralado a un muchacho contra la pared y daba la impresión de que se proponían lastimarlo. O Be Joyful oyó decir a uno de ellos: «Atadlo».

O Be Joyful dudó unos instantes. No eran más que unos jóvenes, pero eran doce y tenían un aspecto robusto. Carpenter cruzó la calle para no toparse con ellos y continuó hacia Temple. De pronto oyó gritar al joven que habían acorralado contra la pared y se detuvo, avergonzado.

O Be Joyful no había explicado aún a su familia exactamente qué le había ocurrido a Martha. Desde el momento en que había retrocedido por la calle en llamas, se dijo que nada había que él pudiera hacer. Tan poderosa era su necesidad de ser sincero que había logrado dormir toda la noche convencido de que era cierto. Mientras se dirigía a la ciudad, durante todo el recorrido hasta Ludgate, se había consolado con ese pensamiento. Pero en Ludgate había visto a Meredith.

El doctor Meredith, hijo de un predicador; Meredith, que, a diferencia de la mayoría de sus colegas, se había quedado en Londres durante la peste, sin duda arriesgando su vida infinidad de veces. Meredith, que, sin pretender tener una vocación religiosa, había demostrado, con su característica discreción, ser un hombre valeroso.

¿Y qué era él? La pregunta, como una flecha que traspasa una armadura, atravesó las defensas de O Be Joyful y le causó un espasmo de dolor. Un cobarde. Aunque no hubiera conseguido salvar a Martha, ¿lo había intentado realmente? ¿Acaso no había salido huyendo despavorido? De pronto comprendió que al cruzar la calle no hacía más que demostrar su culpabilidad. Carpenter se volvió y al cabo de un momento se encaró con los jóvenes.

—¿Qué ha hecho? —preguntó. El mismo muchacho empezó a responder, pero los jóvenes lo interrumpieron.

—Provocó el incendio de Londres, señor —contestaron.

El día antes habían comenzado los rumores. Un incendio como ése no podía ser obra del azar. Algunos dijeron que lo habían causado los holandeses. Pero la mayoría —aproximadamente la mitad de las buenas gentes de Londres— tenían una sospecha más fundada.

—Han sido los católicos —dijeron—. ¿Quién más podría hacer semejante atrocidad?

—Pero —protestó el pobre muchacho en un inglés con marcado acento extranjero— yo no soy católico. Soy protestante. Hugonote.

Un hugonote. Pese a los recelos que inspiraban a los ingleses las tendencias papistas de los Estuardo, a cualquier protestante que vivía en la católica Francia el reino de Inglaterra le parecía un lugar seguro. Perseguidos y diezmados por un piadoso rey francés en 1572, el Edicto de Nantes los había protegido de toda violencia durante una generación. Pero esos devotos calvinistas franceses seguían siendo objeto de múltiples restricciones, por lo que muchos de ellos se habían refugiado en Inglaterra, donde se les permitía practicar discretamente su fe. Les habían puesto el nombre de hugonotes.

O Be Joyful supuso que el muchacho que estaba delante de él no debía de tener más de diecisiete años. Era un joven delgado, con aspecto inteligente y una hermosa mata de pelo castaño, pero el rasgo que más llamaba la atención de su apariencia eran las gafas que llevaba, a través de las cuales sus miopes ojos observaban a sus agresores.

—¿Eres protestante? —preguntó Carpenter.

Oui, lo juro —respondió el muchacho.

—Pero es un extranjero. No hay más que oír cómo se expresa —protestó uno de los jóvenes—. Démosle su merecido.

Armándose de valor, O Be Joyful se colocó delante del muchacho y dijo a los otros con firmeza:

—Me llamo O Be Joyful Carpenter. Mi padre, Gideon, luchó con Cromwell, y este muchacho pertenece a nuestra religión. Dejadlo en paz o luchad antes contra mí.

O Be Joyful no habría sabido con certeza cuál habría sido el desenlace de aquel episodio si en ese momento no hubiera aparecido una pequeña patrulla del duque de York, que se acercaba por Saint Clement Danes. A regañadientes, los adolescentes se esfumaron y Carpenter se encontró a solas con el joven hugonote.

—¿Dónde vives? —preguntó al muchacho.

—Junto al Savoy, señor —contestó éste.

Carpenter sabía que en aquel lugar habitaba una pequeña comunidad de franceses protestantes y había una iglesia, y se ofreció para acompañarlo a su casa.

—¿Hace poco que estás aquí? —le preguntó Carpenter cuando ambos echaron a andar.

—Llegué ayer. Vivo con mi tío. Soy relojero —le explicó el muchacho.

—Ya. ¿Cómo te llamas?

—Eugene, señor. Eugene de la Penissière.

—¿De la qué? —O Be Joyful meneó la cabeza. Ese apellido francés le resultaba demasiado complicado—. No voy a ser capaz de recordarlo —confesó.

—¿Cómo debería llamarme en inglés, entonces? —preguntó Eugene.

—Bien —O Be Joyful reflexionó un momento. La única palabra que se le ocurrió era muy fácil—. Creo —dijo— que deberías llamarte Penny.

—¿Eugene Penny? —El joven no parecía muy convencido. Luego sonrió—. Me habéis salvado la vida, señor. Sois un hombre muy valiente. Si decís que debo llamarme Penny, alors —el muchacho se encogió de hombros sin dejar de sonreír— me llamaré Penny. ¿Dónde puedo dar con vos más adelante, señor, a fin de expresaros debidamente mi gratitud?

—No es necesario. De todos modos, mi casa se ha quemado. Me llamo O Be Joyful Carpenter. Soy tallista.

Al llegar al Savoy ambos se separaron.

—Volveremos a encontrarnos —prometió Eugene a Carpenter. Pero antes de marcharse, añadió—: Esos muchachos que querían matarme no andaban desencaminados. Non. Estoy seguro de que el incendio fue obra de los católicos.

El fuego seguía propagándose. Saint Paul había desaparecido, sólo era una gigantesca ruina calcinada; el Guildhall, Blackfriars, Ludgate. Para el martes y el miércoles se había extendido incluso fuera de las murallas, a lo largo de Hollborn y Fleet Street. Saint Bride había desaparecido. Las llamas se toparon sólo con un cortafuegos que no lograron pasar en las verdes explanadas que rodeaban Temple. En el este, el inmenso cortafuegos que había hecho el duque de York salvó la Torre de Londres. Con ésta y otras pocas excepciones, la vieja ciudad medieval dentro de las murallas se quemó por completo.

Pero la peste y el fuego causaron a dos personas una profunda crisis interior. Al doctor Meredith la peste le provocó una profunda sensación de fracaso. Su único papel, según reconocía abiertamente, había sido consolar a los enfermos. Su medicina era inútil y él lo sabía. La investigación médica continuó, pero hasta que los médicos supieran realmente algo, Meredith pensó que sería mejor que se dedicase a salvar sus almas. Mientras contemplaba cómo ardía Ludgate, decidió: «Tomaré las órdenes sagradas y me convertiré en sacerdote, tal como deseaba de joven». Nada le impedía proseguir sus estudios de medicina al mismo tiempo. Gracias a Dios, todavía existía la Royal Society.

Lo que el incendio provocó en O Be Joyful fue desesperación. Después de despedirse de Eugene, no regresó junto a su familia, sino que deambuló por la ciudad contemplando el fuego; y al hacerlo, recordó con dolor las palabras del muchacho: «Un hombre muy valiente». Era inútil, se dijo, fingir que la muerte de Martha era inevitable. «Pude haberla rescatado, pude haberla salvado. Debido a mi temor y a mi cobardía dejé que se abrasara». ¿Era él el hijo de Gideon, el heredero espiritual de Martha? No. Era indigno de ese título.

¿Y la visión de esas gentes de una ciudad resplandeciente? ¿Qué había sido de ella? A medida que el fuego se propagaba por Fleet Street, como una poderosa carroza de destrucción, su crepitar parecía el ruido de sus gigantescas ruedas sobre la calzada, y su mensaje era terrible pero muy simple: «Todo ha desaparecido. Todo ha sido destruido. Todo ha desaparecido».

La opinión médica sigue todavía dividida acerca de por qué a raíz del Gran Incendio la peste apenas regresó a Londres. Las causas del incendio también han sido objeto de múltiples conjeturas. La opinión del comité parlamentario, convocado poco después para que redactara un informe sobre el Gran Incendio, fue más comedida. La culpa, según afirmaron de manera categórica, no podía achacarse a un grupo de hombres, ni extranjeros ni católicos. El incendio de Londres, afirmaba sencillamente, fue obra de Dios. Fue el fuego de Dios.