15. La ruta de la ginebra

1750

Hanover Square, número diecisiete. Es un día de finales de abril, pasado el mediodía. El aire está impregnado de los aromas de la primavera. Y dentro de la elegante mansión de cuatro plantas, con sus cinco grandes ventanas de guillotina dispuestas en sentido horizontal, lady Saint James se dispone a tomar un baño.

Aparecen dos lacayos —ataviados con libreas escarlatas y medias de seda blancas— transportando una pequeña bañera de metal que depositan en el centro de la alcoba de milady. Regresan tres veces con unos grandes aguamaniles que contienen agua caliente, llenan la bañera y se retiran. La doncella de milady introduce un rollizo dedo en la bañera para comprobar la temperatura del agua e indica a su ama que está bien.

Milady se levanta del gran lecho con su escudo de armas ricamente bordado. Cruza la habitación vestida con un prodigioso camisón adornado con cintas azules y encaje blanco. Se detiene junto a la bañera. Extiende un pie blanco y diminuto, un elegante tobillo asoma por debajo del dobladillo del camisón. Toca con el pie la superficie del agua y se produce una pequeña onda. El encaje deja entrever una pantorrilla desnuda y bien torneada. La doncella de milady, de pie junto a su ama, alza los brazos para ayudarla a quitarse el camisón. Se produce un leve frufrú cuando la piel de satén roza la seda; la doncella recoge el camisón y baja los brazos.

Milady se muestra —por fin— desnuda: esbelta, perfecta, delicadamente perfumada. Sus piernas desaparecen bajo el agua mansa que rodea sus lozanos y voluminosos pechos, y acaricia sus hombros de alabastro.

Su doncella la atiende solícita. Primero el jabón. Luego los aceites, para mantener la piel suave. Milady permanece un rato en la bañera, pero no demasiado, para que su piel no se reseque. Cuando se dispone a ponerse de pie, su doncella le tiende una enorme toalla. Pero milady no quiere que la frote, sino que la seque con movimientos suaves. Por último unos toques de polvo, unos ungüentos para sus lindos pies y unas gotas de perfume en el cuello.

Milady detesta la imperfección. Es la única cosa que teme.

Se tiende en un diván, envuelta en una larga bata de seda y, muy pensativa, bebe a sorbos una taza de chocolate caliente. Cuando la termina, la doncella le acerca un pequeño recipiente de plata con agua y un cepillo, sobre el que espolvorea unos polvos. Delicada pero meticulosamente, milady se cepilla sus dientes como perlas. A continuación la doncella le entrega un raspador de plata. Mientras la doncella sostiene un espejo, milady elegantemente hace una mueca y saca su lengua rosada y la raspa para asegurarse de que en su superficie no aparece ni una mancha oscura de chocolate ni de saburra blanquecina.

¿Es posible que la condesa de Saint James se prepare para un encuentro sexual? Lo es: esta misma noche. En esta misma casa.

Hanover Square, número diecisiete. La mansión estaba situada hacia el centro del enorme rectángulo, pavimentado y adoquinado, que tenía el nombre de la casa real de ese momento. ¿Qué mejor nombre para describir su aristocrática elegancia?

Los Hannover alemanes puede que tuvieran sólo un tenue vínculo dinástico con el trono de Inglaterra, pero el Parlamento los había elegido. Puede que hablaran el inglés incorrectamente, pero eran protestantes. Puede que fueran estúpidos, pero su gobierno había traído paz y prosperidad. La dinastía estaba asegurada. Cinco años antes, en una romántica pero absurda aventura, el último descendiente de los Estuardo, el príncipe Carlos, había desembarcado en Escocia para encabezar una gran rebelión. Pero los soldados ingleses se habían apresurado a disolverla y aplastarla sin mayores problemas en Culloden. La causa jacobita, abrazada por los partidarios del príncipe Carlos, había quedado aniquilada.

De hecho, en el extranjero estallaban sin cesar guerras y revueltas debido al afán de los diversos poderes europeos de ganar ventaja, pero desde los triunfos alcanzados por Marlborough hacía una generación, Inglaterra no había vuelto a tener motivos para alarmarse. En cuanto a las numerosas colonias inglesas, su pujante comercio, desde América y el Caribe, hasta la India y el fabuloso Oriente, aportaba una creciente riqueza, mientras que en el país los métodos agrícolas, muy perfeccionados, hacían aumentar las rentas de numerosos terratenientes.

Sólo se registró un acontecimiento que pudo haber desestabilizado a los ingleses. En 1720, con motivo de la primera y masiva fiebre bursátil del nuevo orden totalmente capitalista, la Bolsa de Londres se infló para luego desplomarse en un desastre conocido como la burbuja de los Mares del Sur. Hombres de negocios importantes e inversores modestos, que habían especulado en sociedades fantasma convencidos de que los precios sólo podían subir, habían perdido todo cuanto poseían. Debido al gran número de afectados el Gobierno se vio obligado a intervenir. Pero el crecimiento de la nación era tan vigoroso que al cabo de una década era como si la Burbuja nunca se hubiera producido. La situación se normalizó y los negocios siguieron prosperando.

Así pues, no es de extrañar que Londres experimentara también un fuerte desarrollo. La expansión iniciada por los Estuardo fuera de las murallas de la ciudad había continuado. En un amplio y espléndido movimiento orientado hacia el oeste, aristócratas, caballeros y especuladores estaban muy atareados construyendo. Y si la heterogénea construcción de casas pertenecientes a diversos dueños en los sectores del viejo Londres había sofocado todo proyecto urbanístico grandioso dentro de las murallas de la ciudad, la situación en ese nuevo West End era muy distinta. Los nobles que poseían tierras podían construir vastas áreas de espléndidas plazas y calles con vistas que ostentaban el apellido familiar: Grosvenor Square; Cavendish Square, Berkeley Square, Bond Street. Esto no estaba sólo reservado a personas individuales: las compañías de librea, los colegios de Oxford, la Iglesia y la Corona poseían tierras en el West End. Hacia el oeste, en pleno campo —terrenos arbolados, prados y pastos que comenzaban donde terminaba la edificación— se extendían amplias y elegantes calles. Las casas, por primera vez en la historia, tenían un número. Sus sencillas fachadas adosadas se inspiraban en la Antigüedad clásica, y puesto que en esa época los reyes de Hannover se llamaban Jorge (George), su estilo llegó a llamarse georgiano.

Era una época clásica. Los aristócratas emprendían la gran gira europea y regresaban con pinturas italianas y estatuas romanas para sus casas; las damas y los caballeros acudían al antiguo balneario romano de Bath para tomar las aguas; y grandes escritores como Swift, Pope y el doctor Johnson escribían poemas y sátiras que evocaban los de la augusta Roma. Era una época de razón, durante la cual los hombres aspiraban a poseer, por lo menos, la discreta dignidad y el sentido de la proporción de las plazas georgianas en que vivían. Era, ante todo, una época de elegancia. Y la elegancia era todo en el número diecisiete de Hanover Square.

A la una, lady Saint James estaba repasando sus planes.

El peluquero Balthazar había llegado. Puesto que su trabajo le llevaría una hora, milady había dejado que su doncella bajara a comer con los demás sirvientes de la casa. Balthazar insertó un relleno. El peinado que había ideado para ese día consistía en elevar el cabello dorado de milady unos treinta centímetros sobre su cabeza para coronarlo con un apretado moño y un pequeño círculo de perlas, para hacer juego con el collar de perlas que llevaría.

Junto a ella, sobre una silla dorada francesa, estaba colocado su vestido. Era de grueso brocado de seda y su suntuoso diseño evocaba una oscura y frondosa floresta; había salido de los telares de seda hugonotes de Spitalfields. Sabe Dios cuánto costaba el metro, cuántas horas había pasado su modista cosiendo cada costura con puntadas dobles, pues sabía que milady lo notaría enseguida si no lo hacía.

Antes de acudir a su cita, lady Saint James debía asistir a un almuerzo y luego a una reunión. El mundo de la alta sociedad era una ronda incesante y las personas como lady Saint James, que eran invitadas a todas partes, tenían el deber de ser vistas.

«Éste es el motivo —solía decir con una sonrisa radiante— de que Dios nos haya colocado donde estamos». Las espléndidas plazas y mansiones debían aparecer siempre pobladas de gente; el elegante espectáculo debía continuar.

Y más tarde, esa noche… Milady contempló la ventana.

Creía poder fiarse de los sirvientes. Se jactaba de su habilidad en esa materia. Normalmente era el señor, no la señora de la casa, quien se ocupaba de contratar al servicio, pero desde un principio milady había persuadido a lord Saint James de que él estaba demasiado ocupado, de manera que tanto el mayordomo como el ama de llaves eran leales a su ama. Los dos lacayos obedecían al mayordomo, pero la condesa de Saint James había procurado congraciarse con ellos y las doncellas recibían de ella dinero y ropa. El cocinero, el repostero —cuyas fantásticas creaciones suscitaban invariablemente los aplausos de los invitados a las elegantes cenas de los Saint James cuando anunciaban el postre— y el cochero eran leales a su marido; pero los dos mozos de las caballerizas estaban enamorados de ella porque, cuando la ayudaban a montar, a veces les daba una palmadita en el cuello.

De modo que si esa noche cierta persona entraba discretamente en la casa mientras milord se hallaba ausente, y si esa persona penetraba en la alcoba de milady, donde milord tenía prohibido poner los pies sin autorización expresa de milady («es la única —le había dicho ella un día con tono melodramático—, la única cortesía que te pido»), ella podía estar segura de que no habría chismorreos y que nadie miraría a través de la cerradura o se detendría en el pasillo para escuchar. Nada alteraría el silencio de la casa a menos que, dentro de la intimidad de su alcoba, se oyera un leve fru-frú, un leve crujido del lecho, un pequeño gemido.

Transcurrieron varios minutos mientras Balthazar peinaba a milady y ella observaba su obra. Por fin, tras haberse convencido de que sus planes no podían fallar, la condesa de Saint James posó su mirada en otra figura que se hallaba junto a ella. Pues, además de Balthazar, en la habitación había otra persona, sentada en un taburete, en silencio, al lado de milady por si a ésta le divertía reparar en ella o acariciarle la cabeza, como hizo en ese momento. Era un niño de once años, con la cara redonda, vestido con una casaca escarlata como los lacayos, que la miraba con unos ojos grandes y negros que expresaban adoración. Se llamaba Pedro. Era negro.

—Qué suerte tienes, Pedro, de que te comprara yo, ¿no crees? —preguntó milady.

El niño asintió con la cabeza. Ninguna casa aristocrática que se preciara estaba completa sin la presencia de un bonito juguete de piel morena como éste. Pedro era un esclavo.

Si hacía un siglo un negro había suscitado la curiosidad de los londinenses, eso, gracias a las pujantes colonias británicas, ya no ocurría. Cada año se enviaban desde África unos cincuenta mil esclavos para trabajar en las plantaciones azucareras de las Indias Occidentales y las plantaciones de tabaco de Virginia. Incluso la puritana Massachusetts se dedicaba a ese comercio. Con frecuencia los cargamentos de esclavos pasaban por Inglaterra; y aunque Bristol y Liverpool eran los puertos más grandes donde solían recalar los barcos de esclavos, casi una cuarta parte procedía de Londres, donde compraban niños negros como juguetes y sirvientes domésticos.

—Dime, Pedro —dijo milady en tono burlón—, ¿me quieres?

Técnicamente el niño era un esclavo, pero vivía con los sirvientes, y los sirvientes de las casas aristocráticas vivían muy bien. Elegantemente vestidos, instalados en habitaciones confortables, bien alimentados y relativamente bien pagados, formaban una élite. Los lacayos gozaban de una excelente situación porque a menudo los prestaban. Las apretadas filas de lacayos que solían verse en una reunión, incluso en las casas ducales más importantes, habían sido en su mayoría prestados por amigos nobles. Las propinas eran generosas. Un lacayo londinense que supiera ser amable podía ahorrar el dinero suficiente para al cabo de los años montar un pequeño negocio. Asimismo, el esclavo Pedro sabía que, si milady quería, podía liberarlo un día y ayudarlo a prosperar. No era infrecuente ver un mayordomo o un tendero negro. Pero si hubiera terminado en una plantación de Virginia…

—Oh, sí, milady. —Pedro cubrió las manos de su ama de inocentes besos, una libertad que a ella le divertía.

—Lo he comprado y me quiere —comentó milady echándose a reír—. No te inquietes, mi querido hombrecito —añadió mirándolo afectuosamente—, pues te estás convirtiendo en un hombrecito. Jamás te venderé. Si te portas bien.

Lady Saint James pensaba que todo —y todos— estaba en venta en Londres. Los esclavos estaban en venta, las mansiones estaban en venta, la ropa elegante estaba en venta, la posición social también, pues el dinero viejo, en el Londres georgiano, se mezclaba sin reparos con el nuevo. Incluso el título de su marido, como tantos otros, había sido adquirido. Los votos de numerosos miembros de la Cámara de los Comunes, según le había asegurado su marido, estaban en venta diariamente. Sólo había un problema. Y fue éste, en esos momentos, el que hizo que milady asumiera de nuevo una expresión pensativa. Cierta persona, al parecer, no estaba en venta.

El capitán Jack Meredith. La condesa de Saint James hizo un mohín. Era difícil comprarlo, por más que lo deseara. Y lo deseaba con todas sus fuerzas. Anhelaba poseerlo.

Los pensamientos de milady se vieron interrumpidos por una llamada a la puerta. Pedro fue a abrir, y entró su marido en la habitación.

El tercer conde de Saint James no estaba de muy buen humor. Con una mano indicó a Pedro y Balthazar que se retiraran. En la otra tenía un puñado de facturas.

No era guapo ni feo. Podía decirse que tenía un aspecto un tanto melifluo, pues había heredado los rasgos de su madre, una mujer rubia y bonita en el sentido tradicional del término. Esto no significa que fuera estúpido: sus inversiones, aunque cautas, le habían reportado unos buenos dividendos; la propiedad de Bocton estaba bien administrada; era miembro activo de la Cámara de los Lores en el grupo de los whigs. (Hanover Square era la zona de residencia favorita de muchos políticos whigs. Milord se había encasquetado una peluca empolvada y llevaba una casaca azul exquisitamente recamada, en la amplia abertura de la cual exhibía una incipiente y respetable barriga. Al cabo de una década el conde de Saint James, que entonces tenía cuarenta y pocos años, probablemente tendría un aspecto bastante impresionante. Todo el mundo estaba de acuerdo en que sus manos, siempre muy bien cuidadas, eran muy hermosas. El puñado de facturas que tenía en la mano izquierda era voluminoso. Se inclinó brevemente ante su esposa antes de decir:

—Creo que estaréis de acuerdo, señora, en que procuro satisfacer la mayoría de vuestros deseos.

Lady Saint James no respondió, pero lo observó con cautela. Debía tener cuidado con lo que decía. Hacía poco le había manifestado el deseo de derribar la vieja casa de Bocton de la época de Jacobo I. «Totalmente inadecuada para un conde», había dicho a sus amigas. Una mansión georgiana con un pórtico dotado de vistosas columnas, aunque fuera la mitad de grande de lo que ella juzgaba oportuno, tendría un aspecto imponente en la colina que se alzaba junto al parque de ciervos. Milord lo estaba pensando y posiblemente decidiera complacerla. Su marido se había negado categóricamente a dejar que decorara toda la casa de Londres en estilo rococó francés. «Aunque como habrás comprobado está de moda», según le recordaba ella constantemente. Si al menos le hubiera permitido poner un papel chino en el salón… De hecho, se hallaba tan sometida a la voluntad de su marido que sólo recordaba un éxito personal y jamás lo divulgaría. Había logrado cambiar el apellido de su esposo.

Ser el conde de Saint James era un honor. A la señorita Barham a secas la perspectiva de convertirse en condesa la atraía poderosamente. Pero Ducket… eso era otra cuestión. La mitad de las lápidas de Londres indicaban que varios Ducket habían sido concejales, miembros de una guilda o comerciantes. Aunque se hubieran convertido recientemente en condes, lo cierto era que las raíces de la familia estaban en el comercio. Y esto era lo notable: la joven y pizpireta señorita Barham lo encontraba humillante.

La historia es la sirvienta de la moda. En las postrimerías de la época de los Estuardo, los hijos menores de los aristócratas seguían convirtiéndose en merceros y pañeros, como siempre. Pero por aquel entonces procuraban evitarlo. Preferían entrar en el ejército —que apenas existía antes— o en la Iglesia, cosa que sus abuelos no habrían aprobado. En última instancia, quizá decidieran ser abogados. La historia ofrecía el ejemplo del caballero feudal o el senador romano como modelos para apoyar esa moda; y así, a partir de mediados del siglo XVIII, las clases altas de Inglaterra llegaron a creer el adagio que dice: «Los caballeros no se dedican al comercio». Una majadería histórica que siguió rigiendo las vidas de los hombres durante más de dos siglos.

Sus antepasados comerciantes estaban olvidados o suprimidos. La aristocracia y el comercio no combinaban bien. La moda estaba redimida por una sola concesión al sentido común. Un caballero podía casarse con una mujer perteneciente a una familia de comerciantes. Durante las décadas más esnobs y augustas de ese siglo de elegancia georgiana, los caballeros y los nobles, entre los que se contaban incluso las familias ducales, contraían matrimonio alegre y públicamente con hijas de mercaderes. Sus homólogos franceses y alemanes se habrían escandalizado, pero a los ingleses les traía sin cuidado. En Inglaterra, lo único que contaba era el linaje masculino.

Pero el linaje masculino en la casa de Saint James seguía ostentando el apellido del comerciante, Ducket, cosa que a la señorita Barham le resultaba insoportable. Así pues, para complacerla, el joven conde, que por aquel entonces estaba deslumbrado por ella —la señorita Barham era la reina de todos los bailes—, transformó su apellido adoptando el afrancesado, e improbable, De Quette. Éste, según dijo la señorita Barham a sus amigas, era una versión antigua del apellido de su familia, que el tiempo había corrompido; y la gente no tardó en deducir que el apellido del conde debía de tener sus orígenes en la conquista normanda. Algunos antepasados nacen, otros se hacen: los De Quette no fueron los únicos en aplicar algunos retoques a su apellido.

—Pero se pronuncia Ducket —decía milady dando muestras de una firmeza típicamente inglesa.

Pero ésa, pensaba ella con tristeza, fue la última vez que su esposo había tratado realmente de complacerla. En ese momento tenía un apellido, una casa, pero por lo demás…

—Estas facturas, señora. ¿Las habéis visto?

Lady Saint James emitió un débil sonido que podía significar cualquier cosa. Nunca se molestaba en examinar las facturas.

—Son muy elevadas, lady Saint James —dijo su marido.

—¿Acaso tenemos problemas financieros? —preguntó ella con expresión inocente—. ¿Debo vender a Pedro? —Milady suspiró—. No me digáis, milord, que estamos arruinados.

—No del todo —respondió él ácidamente.

El conde de Saint James sabía que ella sospechaba que era más rico de lo que estaba dispuesto a reconocer. Ciertamente, como muchos de su clase, el pujante comercio colonial y los modernos métodos agrícolas habían contribuido a aumentar cada año sus cuantiosas rentas. Incluso los gastos de la casa de Londres se veían mitigados por el hecho de que buena parte de la carne y los productos del campo que consumían eran transportados en carro, una vez a la semana, desde la propiedad que tenían en Kent. Esa misma mañana, aunque milord no tenía la menor intención de revelárselo a su esposa, había recibido los planos para una nueva mansión en Bocton.

—Si no estamos arruinados, ello se debe a que procuro vivir de acuerdo con mis posibilidades —declaró Saint James—. Aquí tengo unas facturas de nuestros proveedores que ascienden a trescientas libras, señora.

Lady Saint James alzó los ojos al cielo y estuvo a punto de alzar también la cabeza, pero se contuvo para no estropear la obra de arte que Balthazar estaba realizando con su cabello.

—Quizá no sea necesario pagar todas las facturas —sugirió lady Saint James. Su generosidad, que no escatimaba con sus sirvientes, no se extendía a los proveedores.

Lord Saint James empezó a enumerarlas. El sombrerero; Twining, el vendedor de té; el zapatero, la modista, dos vendedores de perfume; Fleming, el panadero; incluso un librero. Milady se limitó a responder a la mayoría de los nombres que recitaba su esposo con un pequeño gemido, o un murmullo. «Un robo», o «Imposible». Por fin, el conde se detuvo.

—Debemos pagar a la modista —dijo lady Saint James con firmeza.

Jamás encontraría a otra tan hábil. Luego se quedó pensativa. Sospechaba que todas esas facturas estaban justificadas, pero la del panadero la irritaba muchísimo. Había organizado una gigantesca fiesta y había decidido, según dijo, decorar el salón con pasteles. La fiesta no había tenido éxito.

—Dadme la factura del panadero —exclamó milady—. Haré que ese hombre se la trague.

En realidad quería decir que la arrojaría al fuego. Fleming, el panadero, podía esperar. No era importante.

Milady confiaba en que tras esa escena su esposo se retiraría. Pero se equivocaba. En lugar de marcharse, el conde carraspeó y dijo:

—Hay otra cuestión, señora, que deseo comentar con vos.

Ella esperó, impasible.

—La familia de los De Quette, señora. Yo soy el tercer conde. Y no tengo un heredero. —Milord hizo otra pausa—. Es preciso hacer algo al respecto —añadió mirando a su esposa de hito en hito—. No me cabe la menor duda de que soy capaz de engendrar un hijo.

—Sí. Sí, por supuesto —respondió ella con un hilo de voz.

—¿Cuándo, señora?

—Pronto. En estos momentos estamos muy ocupados. La temporada… —Milady se esforzó por recobrar la compostura—. ¿No pasaremos este verano en Bocton? ¿En el campo? —Sus labios dibujaron una sonrisa forzada—. En Bocton, William. —Así se llamaba su marido.

Pero a pesar de su sonrisa, a lady Saint James le resultaba difícil transmitir a su esposo siquiera el mínimo aliento para su propia supervivencia. Una esposa podía evitar, pero no podía rechazar de plano a su marido. Si al menos ella no se sintiera, en presencia de él, tan desanimada…

¿Por qué era así?, se preguntaba ella con frecuencia. ¿Qué había hecho él? Era un hombre bastante apuesto. Si no fuera cauto, se decía ella. Si al menos se arriesgara alguna vez, pensaba milady, aunque sin poner en peligro su confortable existencia. Entonces ¿qué quería? Un año antes ella no habría sabido responder a esa pregunta. Pero ¿y en ese momento?

En ese momento quería a Jack Meredith. Y mientras éste estuviera en Londres, su marido le resultaba insoportable.

—Hace tiempo me disteis un heredero —le recordó su marido con delicadeza.

Ella cerró los ojos.

—Lo sé.

«Dios mío —pensó milady—, ¿por qué tiene que mencionarlo?», y dijo:

—Lo siento. Pobrecito George.

Era una zona oscura, algo que jamás mencionaban: la muerte del niño hacía ocho años. Lord Saint James aún no se explicaba lo ocurrido, y por lo que respectaba a milady, que en el momento de producirse la tragedia se había mostrado inconsolable, era un tema que prefería no tocar. Lord Saint James acababa de romper esa norma. Pero ese día, por lo visto, él no estaba dispuesto a dejarse avasallar.

—Falta mucho para el verano —dijo con amargura, y se retiró; lady Saint James se quedó contemplando la pared en silencio.

Lady Saint James estaba sola.

Aquella noche. El horror de aquella noche, hacía ocho años, cuando había nacido el niño.

El parto había sido muy laborioso. Después, lady Saint James había permanecido un rato postrada en el lecho, semidormida, satisfecha de que todo hubiera terminado. No le había agradado quedarse embarazada. Se sentía gorda, torpe: era espantoso. Pero en ese momento, al menos, sentía la satisfacción del deber cumplido. El bebé era un varón, se llamaría George, como su abuelo. Pero lo más importante para ella era que su hijo era el heredero de un conde, poseedor de un título propio de cortesía desde el momento de su nacimiento: el pequeño lord Bocton. Al oír llorar al recién nacido, milady había pedido a la enfermera que se lo trajera. Sonriendo, había sostenido a su hijo bajo la luz de las velas para examinarlo. De pronto el corazón le había dado un vuelco.

Imaginaba que sería un niño hermoso. Cuando menos rubio, como sus padres. Pero el bebé tenía el pelo negro. Lo más extraño era que en el centro de la cabeza parecía tener un mechón blanco. Con todo, eso no era nada comparado con lo que milady descubrió a continuación. Al coger el puñito del bebé y obligarlo a abrir la mano utilizando el índice y el pulgar, lady Saint James había descubierto otra cosa.

Milady lanzó un grito. El niño tenía una membrana entre los dedos.

—No es mío —gritó lady Saint James—. Me habéis traído otro niño. ¿Dónde está mi hijo?

—No, no, milady —le aseguró la enfermera—. Es vuestro.

—¡Bruja! ¡Ladrona! ¡Es imposible!

Pero en ese momento entró el doctor y le aseguró que el niño había nacido así.

Dios mío, pensó ella, ¿cómo iba a mostrar esa criatura a sus amigas? El pánico hizo presa en ella. La horrorizaba el aspecto del bebé, ella misma…, pero no, esto no era culpa suya; la horrorizaba su marido, el culpable de que ella hubiera tenido un monstruo semejante.

—Lleváoslo de aquí —gritó y se desplomó sobre la almohada.

Por suerte, poco después, lord Saint James se había visto obligado a viajar al norte de Inglaterra y dejarla sola en Londres. Y para entonces milady había concebido un plan.

La entrevista con la nodriza le había sugerido la idea. Por supuesto, era impensable que una dama de la categoría de la condesa amamantara a su hijo. Por consiguiente habían contratado a una rolliza joven que iba a dar a luz un mes antes que milady. Durante la entrevista la muchacha había observado casualmente:

—Siempre tengo mucha leche, señora, la suficiente para que vuestro hijo la comparta con el mío. A menos que el mío muera. Entonces toda la leche será para el vuestro.

—¿Acaso mueren muchos bebés? —había preguntado la condesa. Lo sabía vagamente, pero nunca se había molestado en pensar en ello.

—Oh, sí, milady —había respondido la joven—. Todos los días mueren muchas criaturas en Londres.

Incluso los ricos corrían el peligro de perder a un hijo de corta edad debido a las fiebres. En cuanto a los pobres que vivían hacinados en unas casuchas míseras e insalubres, apenas un recién nacido de cada tres alcanzaba la edad de seis años. Los bebés abandonados, muertos o moribundos, eran un espectáculo frecuente en la ciudad. Esta información, junto con otras indagaciones que había hecho, habían proporcionado a lady Saint James la base de su plan.

Lo único que necesitaba era una cómplice. No le resultó difícil encontrarla. La andrajosa mujer de ojos verdes que milady vio en una oscura esquina de Covent Garden y a la que abordó no conocía la identidad de la extraña dama envuelta en una capa, pero el pago de cinco libras, junto con la promesa de otras diez cuando completara el trabajo, habían bastado para que ésta le garantizara su colaboración sin hacer preguntas.

Los sirvientes de Hanover Square se habían mostrado asombrados cuando, dos días después de que milord hubiera partido, milady se puso casi histérica.

El niño estaba enfermo, declaró. La culpa la tenía la nodriza. Después de despedir a la joven sin contemplaciones, milady ordenó que compraran leche de cabra para el niño.

—Nadie debe acercarse a él —insistió—, excepto yo misma.

Nunca la habían visto en ese estado. Los sirvientes propusieron avisar a la enfermera, al médico. Lady Saint James fingió pensarlo, pero decidió:

—No me fío de nadie.

Entonces, un trágico amanecer, oyeron un grito. Milady, demudada, bajó deprisa llevando al niño envuelto en un chal. Sus órdenes fueron tajantes: la silla de posta debía estar preparada al cabo de una hora. Iba a partir para Bocton. ¡Nada menos que a Bocton, un lugar que aborrecía, y a esas horas de la mañana! Se llevaría tan sólo al cochero y a un mozo.

—Lo que el niño necesita es respirar el aire del campo —afirmó—. Basta con que respire aire del campo —insistió— y se pondrá bien enseguida.

Acto seguido se fue corriendo a la plaza con el niño en brazos —¿quién iba a detenerla?— y desapareció por espacio de casi una hora.

El coche iba a una velocidad de locura. Traqueteando sobre el Puente de Londres, por Southwark, por la vieja carretera de Kent que conduce a la escabrosa y desolada colina de Blackheath y el largo camino hasta Shooter’s Hill; el mozo iba sentado en el pescante, aterrorizado ante la perspectiva de que se toparan con unos salteadores. Viajaron durante varias horas, sólo se detuvieron para cambiar de caballos en Dartford y más tarde en Rochester. Milady los azuzaba continuamente, incluso se negaba a abandonar el carruaje cuando cambiaron los caballos y ordenaba que le llevaran un orinal. Había ya anochecido, ese día de marzo, cuando llegaron por fin al cerro y al boscoso parque de Bocton, donde la estupefacta ama de llaves tuvo que apresurarse a preparar la habitación a la cual milady, estrechando al niño contra su pecho, se retiró de inmediato.

A la mañana siguiente el médico de Rochester, que no salía de su asombro, declaró:

—Este niño lleva muerto como mínimo veinticuatro horas.

Pero lady Saint James, completamente trastornada, insistió en que el aire del campo haría que el niño se recuperara, y el médico, sabiamente, había decidido llevarse el pequeño cadáver.

Al cabo de diez días, cuando lord Saint James regresó del norte, se encontró con que su heredero había sido enterrado en el pequeño cementerio junto al parque de ciervos en Bocton, y que su esposa prácticamente había perdido la razón debido a la tragedia, hasta el extremo de que durante unos días milord temió que se volviera loca.

Éste fue el oscuro recuerdo que asaltó a milady mientras permanecía sentada a solas en su alcoba de Hanover Square, casi ocho años más tarde, perfectamente peinada.

Hacia su hijo verdadero, a quien había cambiado por el niño muerto el día en que milady había desaparecido una mañana temprano, nada sentía en absoluto. Cuando la mujer de Covent Garden le había preguntado qué debía hacer con él, lady Saint James le había susurrado: «Haz lo que quieras. No quiero volver a verlo». Y no lo había vuelto a ver. «Yo no maté a ese niño», se dijo. Ella tan sólo confiaba en que estuviera muerto.

Pero eso había sucedido hacía mucho tiempo, silencio. Su doncella había entrado en la alcoba para ayudar a milady a vestirse con ese maravilloso vestido, de manera que pudiera salir.

Isaac Fleming tenía sobrados motivos para sentirse feliz. La factura de lady Saint James ascendía nada menos que a treinta libras; dado que la montaña de pasteles que le había enviado eran de la mejor calidad, el hombre confiaba en hacer un negocio provechoso. Al igual que muchos que no han tenido la fortuna de servir a una clientela distinguida, Isaac Fleming tenía la impresión de que la aristocracia siempre pagaba sus facturas.

—Es posible —dijo Fleming a su familia— que milady nos recomiende a sus amistades.

Las ambiciones de Isaac Fleming en ese momento no eran grandes, pero sí precisas. Quería una tienda con la fachada saliente arqueada.

En los tiempos de su abuelo, cuando la familia todavía trabajaba en el negocio de la mercería, esas cosas no existían. A raíz del incendio, los comercios de ladrillo habían sustituido los puestos callejeros de madera del viejo Londres, pero eran unos cubículos muy sencillos consistentes en un mostrador, las mercancías dispuestas en unos estantes y un suelo de madera lijada. En los últimos tiempos, sin embargo, las cosas habían empezado a cambiar.

De niño, Isaac solía salir de Ludgate y caminar por Fleet Street hasta donde, justo después de la antigua iglesia de Saint Clement Danes, se ensanchaba y daba paso a la amplia calzada que discurría frente al viejo Savoy y era conocida como el Strand. A Isaac le gustaba el Strand; era un lugar elegante que contenía amenidades como el Grecian Coffee House, el New Church Chop House y otros establecimientos donde solían reunirse los abogados y los caballeros. Pero lo que más le llamaba la atención era una angosta tienda en la cual entraba cada vez que pasaba por allí: Twining’s Tea Shop. En ella sólo vendían té, pero qué maravillosa y elegantemente lo hacían. En el escaparate se exhibían grandes botes pintados; en el interior, los barriles ostentaban unas vistosas etiquetas; en el mostrador, además de pesos y medidas, había varios carritos de té exquisitamente taraceados. Más que una tienda, era una obra de arte.

«Cuando sea mayor quiero tener una tienda como ésa», solía decir Isaac a su padre.

Comoquiera que, unos años más tarde, el joven suplicó que le permitieran emplearse de aprendiz de un modesto panadero, el padre de Isaac dedujo que no necesitaría una tienda tan elegante, pero no tuvo en cuenta la iniciativa de su hijo. Al cabo de un año de haber montado su pequeño establecimiento junto a la taberna Old Cheshire Cheese en Fleet Street, el joven Isaac comenzó a hacer pasteles. Lo hacía muy bien. Al cabo de unos años los beneficios que le reportaban los pasteles eran más de la mitad de los que había ganado con el pan.

—Tu único error —le advirtió su padre— es que echas tantos ingredientes en los pasteles que no resultan rentables.

—Primero tengo que labrarme un nombre —respondió Isaac—. Luego podré aumentar mis precios.

Un día, esperaba Isaac, se trasladaría esos cuatrocientos metros cruciales, en la misma calle, que lo situarían junto a Twining’s en el Strand. «Ahí conseguiré una buena clientela —solía decir—, gente como lady Saint James».

En su fuero interno albergaba una esperanza aún más ambiciosa. En realidad era un sueño. «Pero antes de que mi hijo me sustituya —se prometió Isaac—, lo conseguiré». Dejaría de fabricar pan para dedicarse únicamente a hacer pasteles. Y se trasladaría a Piccadilly.

Piccadilly representaba el símbolo de la moda y la distinción. Originariamente, el nombre había sido una broma, porque los comerciantes que habían adquirido los terrenos habían ganado una fortuna suministrando picadils (golillas) a la corte de Isabel y los Estuardo. Pero había dejado de ser una broma. Situado entre la plazoleta de Saint James y Pall Mall en el sur, y las nuevas y elegantes obras urbanísticas de Grosvenor y Hanover Square en el norte, Piccadilly se había convertido en el lugar predilecto de la alta sociedad. Y allí, junto al pequeño mercado frente a la iglesia de Saint James, había una tienda tan espléndida, tan magnífica, tan superior a todas las demás de Londres, que delante de ella Isaac Fleming no podía por menos que inclinar la cabeza. Si Twining’s Tea Shop era su modelo, esta tienda era su inspiración; si Twining’s era una iglesia, entonces ésta era la Ciudad Santa, más allá de toda aspiración humana.

Fortnum and Mason. Los dos amigos habían montado la tienda en 1707 cuando Fortnum, un lacayo de la casa real, se había jubilado. Era asombroso lo que uno podía comprar allí: toda suerte de productos, raras exquisiteces —sales, piezas curiosas, exóticas velas— importados por medio de la Compañía de las Indias Orientales. Pero lo más sorprendente era la instalación de la tienda: escaparates magníficamente decorados, luces brillantes, mesas dispuestas como si uno entrara en el elegante salón de una vivienda urbana aristocrática. Isaac suponía que había costado una fortuna. La suntuosidad del establecimiento era algo que estaba más allá de su alcance. Pero un día viviría cerca de él y su escaparate de pasteles, aunque más modesto, sería contemplado por las mismas personas ilustres que en ese momento frecuentaban Fortnum’s. Era un sueño; pero podía convertirse en realidad.

El primer paso hacia ese lejano objetivo era la tienda que tenía entonces; y la manera de hacerlo, sin duda, era modificar la fachada. En primer lugar debía cambiar el cartel. Pues aunque los comercios más corrientes seguían mostrando un cartel que colgaba por encima de la puerta, como en los tiempos medievales, los nuevos y elegantes comerciantes escribían sus nombres en unas relucientes tablas por encima de los escaparates, a veces en oro. Y, en segundo lugar, necesitaba un escaparate saliente arqueado.

El escaparate saliente arqueado era una excelente idea para un comerciante. No sólo tenía un aspecto elegante, sino que, al sobresalir discretamente hacia la calle parecía ofrecerse al viandante, de manera amable, invitándolo a detenerse y entrar en la tienda; pero en su aspecto más simple y práctico, el espacio adicional que ofrecía permitía al propietario de la tienda incrementar notablemente el tamaño o cantidad de artículos expuestos en el escaparate. «Lo ves mucho antes de llegar a él —solía señalar Isaac—. De modo que lo contemplas durante más tiempo». Así pues, ese día había tomado por fin una decisión. La modesta pastelería de Fleet Street dispondría de una nueva y elegante fachada saliente arqueada. Sin reparar en gastos.

—¿Podemos permitírnoslo? —preguntó su esposa, inquieta.

—Creo que sí —respondió Isaac con optimismo; su rostro estrecho y cóncavo traslucía la felicidad que le inspiraba el proyecto—. Ten presente que aún he de cobrar treinta libras de la condesa de Saint James.

Piccadilly no sólo albergaba la tienda más elegante de Londres. Aquella tarde, a las cinco en punto, una litera transportada por dos portadores y que contenía a la distinguida persona de lady Saint James, se unió a otras cien y a numerosos carruajes blasonados al cruzar la verja y adentrarse en el patio con columnata de una inmensa mansión palladiana, situada en majestuoso y romano aislamiento en el lado norte de la calle, enfrente de Fortnum’s. Era Burlington House.

Las elegantes plazas del West End contenían grandes casas, pero había algunos aristócratas, mayormente duques, cuya inmensa fortuna les permitía vivir en palacios de su propiedad. Uno de ellos era lord Burlington. Y aunque Burlington, durante muchos años, había preferido su otra y exquisita villa italiana situada en la aldea occidental de Chiswick, de vez en cuando utilizaba la gigantesca mansión de Piccadilly para fiestas.

Por supuesto, todo el mundo estaba allí. Nobles, políticos y, puesto que se trataba de Burlington House, la sede de un aristocrático mecenazgo, un puñado de hombres pertenecientes al mundo de las artes y las letras: Fielding, cuya novela Tom Jones había divertido el año anterior a sus lectores, estaba allí con su hermanastro ciego, John, ambos excelentes conversadores; Joshua Reynolds, el pintor; incluso Garrick, el actor. Era costumbre, cuando se daba una fiesta, invitar al máximo número de personas importantes como fuera posible, y Burlington House podía acomodar a unas cinco mil y aún le sobraba espacio para otros cien o doscientos junto a la escalera. Lady Saint James se movía elegantemente de un grupo a otro, pronunciando unas palabras aquí y allá, asegurándose de que todo el mundo la veía. Pero, disimuladamente, no dejaba de buscarlo con la mirada. Él le había prometido asistir.

En efecto, allí estaba.

Cuando lady Saint James se acercaba al capitán Jack Meredith, antes de iniciarse su relación, solía sonrojarse como una niña. Era desconcertante. O bien, al hallarse rodeada por un grupo de personas entre las cuales se encontraba él, toda su elegancia —que ostentaba desde hacía tanto tiempo que había llegado a formar parte de su persona, como sus brazos y sus piernas— se desprendía de ella como un vestido al desabrocharlo, y se quedaba plantada allí, sintiéndose como una adolescente torpe y desgarbada, temiendo que alguien lo hubiera notado.

Pero en ese momento, mientras se acercaba a él, era distinto.

Al principio notaba que los latidos de su corazón se aceleraban; luego un ligero temblor que ni el perfecto corte de su vestido ni su impecable peinado conseguían disimular del todo. Después una cosquilleante sensación de calor. Comenzaba en sus pechos, cuya parte superior mostraba generosamente, se concentraba en un determinado punto del centro de su cuerpo y luego, como un río inmenso y abrasador, fluía hacia abajo aportando tal torrente de vida a todo su ser que era casi terrible.

La casaca bordada que llevaba el capitán era de color burdeos; ella advirtió de inmediato, antes de que él la mirara, que combinaba perfectamente con el color castaño de sus ojos. En ese momento se encontraba solo; su alta y esbelta figura estaba vuelta hacia uno de los grandes ventanales del gigantesco salón. Al percatarse de la presencia de milady cuando ésta se aproximó a él, Meredith, en lugar de volverse rápidamente hacia ella, giró un poco la cabeza y sonrió, como habría hecho con cualquier otra mujer. Ella observó la hermosa y viril arruga que surcaba su mejilla; sobre su puño había caído una mota de polvo de su peluca.

Ambos permanecieron un poco apartados, conscientes de la presencia del otro; hablaron en voz baja para no llamar la atención.

—¿Vendrás?

—A las ocho. ¿Estás segura de que él estará ausente?

—Desde luego. En estos momentos se encuentra en la Cámara de los Lores. Luego irá a cenar y a jugar a las cartas. —Milady suspiró—. Nunca altera sus costumbres.

—Ni apuesta mucho dinero —comentó Meredith—. Jamás he conseguido sacarle más de cinco libras en el club.

—Entonces ¿a las ocho?

—Por supuesto.

Ella inclinó ligeramente la cabeza y se alejó como si apenas se hubiera dignado reparar en él. Pero su corazón daba saltos de alegría.

La cena en Seven Dials se compuso de ostras. Harry Dogget observó a la caterva de niños que tenía delante. Parecían unos golfillos callejeros, que es lo que eran. Los dos niños de siete años, Sam y Sep, iban descalzos y fumaban unas largas pipas; pero en el Londres georgiano era bastante frecuente ver a niños fumando en pipa.

—¿Ostras? ¿Otra ronda?

Los niños asintieron con la cabeza y señalaron, nerviosos, la escalera. Dogget puso los ojos en blanco. Todos sabían lo que significaba ese gesto. De pronto, como en respuesta al mismo, se oyó un sofocado bang procedente del piso de arriba; acto seguido las tablas del suelo anunciaron, con unos crujidos intermitentes pero rotundos, la llegada inminente de la señora Dogget o, como la llamaba Harry, «el azote de mi vida».

Harry Dogget suspiró. La situación podía ser mucho peor. Al menos los niños se criaban bien, aunque, a decir verdad, él no sabía con exactitud cuántos eran. Pero de una cosa estaba seguro, pensó Harry mientras un tercer bang anunciaba que la señora Dogget se disponía a bajar por la escalera:

—Cada uno de ellos es un cockney. Eso está claro.

Harry Dogget era cockney y se sentía orgulloso de serlo. La gente no se ponía de acuerdo sobre los orígenes de la palabra. Algunos decían que significaba un mal sujeto; otros que significaba un idiota; otros sostenían otra cosa. Asimismo, nadie podía afirmar cómo ni cuándo había comenzado a aplicarse a los londinenses, aunque Harry había oído decir que apenas se utilizaba antes de los tiempos de su abuelo. Pero había una cosa en la que todos coincidían: para ser un auténtico miembro de tan importante grupo, uno tenía que haber nacido en una zona donde llegara el sonido de la gran campana de Saint Mary-le-Bow.

Ciertamente, el viento podía transportar ese sonido bastante lejos. La mayoría de los habitantes de Southwark, al otro lado del río, insistían en que eran cockneys y las gentes que vivían en lugares como Spitalfields, al este de la Torre, también afirmaban serlo, a menos, como ocurría en ciertos casos, que prefirieran ser considerados hugonotes. Hacia el oeste, por Fleet Street y el Strand hasta Charing Cross, Covent Garden y Seven Dials, los individuos como Harry Dogget, al oír el tañido de la vieja campana los domingos por la tarde, asentían con vehemencia al tiempo que decían: «Soy cockney, tenlo por seguro».

No era de extrañar que los cockneys londinenses fueran célebres por su ingenio. ¿Acaso no habían vivido desde hacía siglos en el puerto de Londres muchos hombres —los primeros ingleses, vikingos, franceses normandos, italianos, flamencos, galeses y sabe Dios cuántos otros— gracias a su ingenio? Los vendedores de los mercados, listos como el hambre, los deslenguados barqueros, los mesoneros, los aficionados al teatro, inmersos en la procaz, sutil y vulgar lengua de Chaucer y Shakespeare, o los tipos callejeros londinenses que nadaban desde su nacimiento en el río de lenguaje más rico que el mundo ha conocido jamás. Era lógico que a los astutos cockneys les gustaran los juegos de palabras; y, como la gente ha hecho desde tiempos inmemoriales, les encantaba hacer rimas.

En cuanto sus hijos aprendían a hablar, Harry les decía:

Holy Friar (fraile sagrado): eso significa liar (mentiroso). Loaf of bread (hogaza de pan): significa head (cabeza). Rabbit and pork (conejo y cerdo): a lot of talk (mucho parlotear). De modo que dejad de parlotear y utilizad vuestra «hogaza de pan». Field of wheat (trigal) —continuaba la lección— significa street (calle). —Luego Harry preguntaba sonriendo—: ¿Qué significa cobbler’s awls (punzones de zapatero remendón)?

Balls! (pelotas) —exclamaban sus hijos.

—No —replicaba Harry, serio como un predicador—. Son unos pequeños instrumentos que utilizan los zapateros para practicar orificios en el cuero. ¿Entendido?

—¡Zapateros remendones! —gritaban los niños regocijados.

De modo que cuando la señora Dogget bajó por la escalera dando traspiés, Harry masculló:

—Aquí viene mi «azote». —Se refería a su esposa.

Al llegar abajo la señora Dogget tenía las mejillas arreboladas, pero ello no se debía al esfuerzo. El problema de la señora Dogget era Aristotle (Aristóteles); en otras palabras la botella (bottle). Y el contenido de la botella era needle and pin (aguja y alfiler).

Y eso significaba gin (ginebra).

También lo llamaban «la ruina de mamá», aunque era más bien la ruina de la familia. Sabe Dios cuántas familias londinenses padecían debido a ese vicio. El problema era que ese líquido transparente resultaba muy barato de fabricar, y cuando Guillermo, el rey holandés, introdujo esa bebida, tan popular en su Holanda nativa, las clases pobres de las ciudades se aficionaron tanto a ella que no tardó en convertirse en la peor plaga de la época.

«Achispado por un penique, borracho como una cuba por dos peniques», afirmaba un dicho popular; y la señora Dogget, desgraciadamente, se gastaba casi todos los días más de dos peniques. «Un poquito de bienestar», solía llamarlo cuando empezaba a beber, y, por lo visto, nada ni nadie era capaz de detenerla.

Era una mujer menuda y rolliza. Debido a la bebida tenía siempre los ojos tan hinchados que parecían dos rendijas, por las cuales, sin embargo, la señora Dogget lo veía todo. Harry Dogget la reprendió con firmeza pero amablemente.

—¿Ostras de nuevo?

La recolección de ostras en el estuario del Támesis era tan abundante que ese molusco se había convertido en uno de los productos más baratos de los mercados.

Needle and pin —comentó uno de los niños.

—Pero si esta mañana te di un chelín —observó Dogget—. Es imposible que lo hayas gastado todo, mujer.

El rostro de la señora Dogget, pese a estar rojo como un tomate, dejó entrever una expresión de sincera perplejidad.

—Sólo gasté dos peniques —murmuró, frunciendo el entrecejo.

—¿Entonces adónde ha ido a parar el resto? —preguntó Harry mientras los niños meneaban la cabeza.

Pero, si los hubiera observado con más atención, Harry habría detectado la sonrisita de complicidad que se cruzaron los niños de siete años. Sam y Sep lo sabían perfectamente. Pero no tenían intención de revelarlo.

Seven Dials era un lugar muy curioso. Siete calles, ninguna importante, al parecer habían decidido encontrarse allí. En el centro de la intersección se alzaba un pilar dórico de piedra, rodeado por una cerca, en lo alto del cual había un reloj, un tanto singular puesto que poseía siete caras idénticas, cada una de las cuales señalaba una de las callejuelas. Situada como estaba al este de Covent Garden, donde por aquel entonces montaban cada día un mercado de flores, y a cinco minutos a pie de Piccadilly, debía ser por derecho propio un emplazamiento respetable. Pero las siete calles carecían del talante moral de sus vecinas y habían preferido caer, todas ellas, en una común y alegre depravación.

Si uno buscaba ginebra barata, acudía a Seven Dials. Algunos llamaban a esa zona la Ruta de la Ginebra. Si uno buscaba compañía femenina, bien parecida y que no padeciera alguna enfermedad contagiosa, bajaba hasta el reloj y encontraba una docena de mujeres, no tanto prostitutas profesionales como esposas de obreros, dispuestas a ganar un poco de dinero para redondear los ingresos. Y si, por casualidad, uno quería que le robaran el dinero, bajaba por cualquiera de las siete calles y seguro que encontraba a alguien dispuesto a complacerlo.

Pero para Sam y Sep, Seven Dials era un lugar agradable. A fin de cuentas habían nacido allí, en el patio de una vivienda situada a menos de un minuto de Dials. Todo el mundo los conocía. E incluso los individuos que tenían un carácter un tanto agresivo, o unos hábitos peligrosos, jamás importunaban a Sam y a Sep. Al fin y al cabo, su padre era Harry Dogget, un hombre importante.

Siempre habían existido vendedores ambulantes en la ciudad de Londres, hombres y mujeres que llevaban una cesta o un carretón y vendían sus mercancías de puerta en puerta; pero en esos tiempos había más que nunca. Las razones eran muy simples: el aumento de la población y la creciente conversión de los viejos puestos callejeros en tiendas corrientes.

Los pobres no frecuentaban las nuevas tiendas. Las mercancías costaban más y pocos tenderos animaban a esos desarrapados a contaminar sus comercios y ahuyentar a su distinguida clientela. Los vendedores ambulantes más humildes seguían haciendo sus perpetuas rondas, proclamando a voz en cuello sus mercancías de manera que a veces daba la impresión de que un bullicioso mercado había decidido levantar campamento y formar una procesión. «¡Pastelitos calientes!», «¡Compre mis rollizos pollos!», «¡Naranjas y limones!», «¡Cerezas maduras!». Otros, como el vendedor de panecillos, simplemente llamaban a la puerta de las casas. La barahúnda era asombrosa.

Pero de todos los vendedores ambulantes, los príncipes de esos mercaderes cockney eran los costermongers. Y Harry Dogget era un costermonger.

El nombre original provenía de costard, una variedad de manzana grande, y monger, que significa vendedor. Un costermonger como Harry Dogget poseía su propio carretón, pintado de espléndidos colores, y un asno que tiraba de él. Vendía pescado, frutas y verduras, según el día y la estación del año. Los mejores costermongers eran los jefes oficiosos de cada zona, que se encargaban de mantener el orden entre los otros comerciantes y pasaban sus cargos de generación en generación, en una especie de monarquía cockney. Y aunque se hallaba justo debajo de esta importante élite, Dogget no era una persona de quien uno pudiera burlarse. Recto en sus tratos comerciales, el primero en gastar una broma o reírse de las que le gastaran a él, estimado por la mayoría de sus compañeros —y por las mujeres también, era bien sabido—, con el mismo pañuelo rojo anudado siempre al cuello, Harry Dogget era un individuo de mediana estatura pero fornido.

—Una vez me pegó —oyeron confesar un día los dos niños a un robusto carnicero—. Claro que me lo tenía merecido.

—¿Te hizo daño? —preguntó alguien.

—Hubiera preferido que me pateara un caballo —contestó el carnicero.

En realidad Harry habría sido un hombre feliz, si no hubiera sido por la señora Dogget.

«No es que me cueste mucho dinero —solía explicar—, pero tampoco aporta nada». Un hombre en su situación, aunque fuera un costermonger, esperaba que su mujer aportara algo a la economía familiar.

Lo habían intentado todo para obligarla a dejar la ginebra. Las tareas más simples y cotidianas, como recoger la colada, siempre quedaban sin terminar. Una primavera Harry se la llevó a pasar una semana en Chelsea y Fulham. Las gentes del oeste e incluso de Irlanda acudían para trabajar en los inmensos mercados de flores que pertenecían al señor Gunter. Pero su esposa había conseguido ginebra, se había emborrachado y había chocado contra un invernáculo. Ese verano, Harry creyó haber dado con la solución cuando un amigo que trabajaba en la cervecería Bull, en Southwark, sugirió que la señora Dogget y los niños participaran en la recolección en los grandes campos de lúpulo de Bocton.

—No creo que tu mujer consiga ginebra allí —dijo el amigo.

Pero ella se negó a ir.

—No hay quien la mueva, se agarra como un molusco a una roca —se lamentó Harry. Y no hubo manera de convencerla.

A veces Harry se preguntaba si sería culpa suya. ¿La había conducido él a la bebida? ¿A causa de las otras mujeres? Pero en el fondo no lo creía. Cualesquiera que fueran sus defectos, la señora Dogget siempre había sido una mujer de buen carácter. En cuanto a las ocasionales escapadas de él, Harry opinaba que su mujer tenía también su parte de culpa.

—Algunos se dan a la bebida llevados por las circunstancias —decía Dogget—. Pero a ella le gusta.

Pero fuera cual fuese la causa, significaba que Harry, por más que se moviera con su carretón de un lado a otro, nunca podría salir realmente adelante, y esto hizo que advirtiera a sus hijos:

—Más vale que espabiléis y aprendáis a valeros por vosotros mismos.

Que era precisamente lo que Sep y Sam hacían.

En ocasiones a Sep le inquietaba la manía de robar que tenía su hermano. «Un día los policías de Bow Street te atraparán», solía advertirle.

El año anterior Henry Fielding, que además de escribir novelas como Tom Jones era magistrado, había tratado de organizar una fuerza policial efectiva en Londres, la cual tenía su cuartel general en Bow Street, cerca de Covent Garden.

Pero Sam se reía de su hermano. «No te preocupes por mí», solía contestar.

Los dos niños no eran gemelos idénticos, pero sí muy parecidos, con el mismo mechón de pelo blanco y una membrana entre los dedos de las manos, que aunque Harry Dogget no la tenía, los niños habían heredado del padre del costermonger. Sam era el más alegre de los dos, siempre dispuesto a gastar una broma; Sep era más serio. Al igual que sus hermanos, andaban siempre muy atareados. Mientras el mayor ayudaba a su padre con el carretón y sus hermanas hacían las faenas domésticas o se ponían a servir en una casa, los dos niños colaboraban juntos, realizando trabajos de recaderos o lo que fuera con tal de conseguir unas monedas que ocultaban a su madre para que no las cogiera. Pero Sam, que era más audaz que su hermano, había decidido dedicarse al crimen. El método que empleaba era muy ingenioso.

Durante los últimos dieciocho años, el teatro más espléndido en Londres había sido el nuevo teatro de Covent Garden. Cuando los espectadores salían del teatro al anochecer, además de las literas de alquiler había siempre un grupo de niños sosteniendo unas pequeñas antorchas sujetas a unos palos —los pajes de hacha— que se ofrecían para guiar a las personas que preferían ir andando por las oscuras calles. Más de un caballero, deseoso de ayudar al risueño niño que le ofrecía sus servicios y al descubrir cinco minutos más tarde que un rufián le había sustraído el dinero cerca de Seven Dials, se habría quedado asombrado al comprobar que pese a su aparente terror y a sus lágrimas durante el asalto, a la mañana siguiente un Sam cínico y sereno recogía su recompensa de manos del ladrón.

—Los policías no se meten conmigo —aseguraba Sam a Sep—. De todos modos, no podrían demostrar nada.

En cuanto a la otra línea de robo que practicaba Sam, su hermano Sep no sólo no se oponía, sino que participaba encantado. Se dedicaban a robar a la señora Dogget. Ni siquiera podía decirse que robaran. A fin de cuentas, se trataba del dinero de la familia, al cual ellos tenían tanto derecho como el que más. Si no lo cogían, sabían dónde iría a parar. «Más vale que lo aprovechemos nosotros —solía decir Sam— que nuestra madre se lo gaste en needle and pin».

Si les preguntaban para qué necesitaban el dinero, Sam respondía con toda precisión. Deseaba ser un costermonger como su padre; y dado que su hermano mayor iba a heredar el carretón, necesitaba el dinero para comprarse uno e independizarse. Los vendedores ambulantes no disponían de una licencia ni pertenecían a una guilda, de manera que uno podía montar su negocio cuando lo deseara siempre y cuando los otros costermongers más veteranos se lo permitieran. «Cuando cumpla quince años venderé más que mi padre», había jurado Sam con una sonrisa. Y hasta los siete años Sep supuso que deseaba lo mismo que su hermano. Hasta que hizo un increíble descubrimiento.

Varios acontecimientos importantes marcaron ese año el Londres georgiano. La mayoría de ellos, por supuesto, existía desde hacía siglos: Navidad, Pascua, el Primero de Mayo y la gran procesión fluvial en honor del nuevo alcalde. Pero durante la infancia de Harry, el costermonger, a estos festejos se había añadido una nueva atracción, si bien modesta. Se trataba de una regata que se disputaba a comienzos de agosto: competían seis barcos, cada uno de los cuales era propulsado por un solo remero, aguas arriba desde el Puente de Londres hasta Chelsea, y el premio consistía en una espléndida casaca y una insignia de plata maciza. La regata se financiaba con los fondos donados por un comediante y productor teatral. Pero lo que más llamaba la atención al joven Sep era el nombre de ese benefactor de los barqueros, pues se llamaba Thomas Dogget. Su propio apellido. Todo Londres presenciaba la Regata de la Casaca y la Insignia de los Dogget.

—¿Tiene algo que ver con nosotros? —había preguntado el pequeño Sep, que a la sazón tenía cinco años, a su padre cuando éste le había llevado a verla.

—Naturalmente. La fundó mi viejo tío Tom —había mentido alegremente el vendedor costermonger.

Lo cierto era que Harry no sabía si Thomas Dogget, quien procedía de fuera de Londres, estaba siquiera remotamente emparentado con su modesta familia, pero le divertía ver al niño henchido de orgullo.

No obstante, desde ese momento, en la mente de Sep, el río y sus barqueros adquirieron un significado totalmente distinto. Un costermonger era una persona muy respetable, sin duda; pero ¿cómo podía compararse con la gloria del río, el río al que el niño estaba convencido de que los Dogget pertenecían? No pasaba un día sin que Sep soñara en convertirse en uno de esos vistosos barqueros que navegaban por el Támesis. Y, para su sorpresa, cuando se lo confesó un día a su padre, el costermonger lo alentó. La vida del barquero no sólo era interesante, le informó Harry, sino que tenía otra faceta en la que no había reparado.

—Podrías ser también bombero —le explicó.

Fueron las compañías de seguros las que organizaron las brigadas de bomberos. Al comprender que el medio más sencillo de reducir las indemnizaciones era apagar los fuegos siempre que fuera posible, cada compañía poseía su propio carro provisto de barriles de agua, cubos e incluso bombas y mangueras primitivas. Al asegurado le entregaban una placa de metal con el nombre y la insignia de la compañía que debía fijar en la fachada de su casa para que los bomberos pudieran identificar los edificios que les correspondían; si el asegurado no exhibía su placa en la fachada dejaban que su casa ardiera. Las compañías de seguros contrataron a los barqueros del Támesis en calidad de bomberos, pues siempre estaban dispuestos a todo. Sep los veía con frecuencia, con los alegres uniformes de la compañía y unos recios cascos de cuero corriendo en sus carros por las calles de la ciudad. Las brigadas de bomberos de la Sun Insurance Company le parecían las más vistosas.

—Y ganan un buen dinero —dijo Harry.

Al cumplir los siete años Sep se halló en una situación que no estaba al alcance de todos los muchachos de su edad. Sabía a qué lugar pertenecía, el seno de la famosa familia Dogget; conocía su destino, ser bombero; sabía casi todo cuanto hay que saber sobre la vida en las calles de Londres y su lugar en ellas.

De hecho, sólo había una cosa que Sep no sabía sobre sí mismo. Pero en cuanto a si era importante, ¿quién podía decirlo?

Una mañana temprano, siete años antes, Harry Dogget sacó su carretón a las enfangadas calles de Seven Dials. Estaba de buen humor. Su nuevo hijo, Sam, había nacido hacía una semana y eso significaba una bendición doble: no sólo se había cumplido su deseo de tener un hijo varón, sino que el nuevo bebé mantendría ocupada a la señora Dogget, que había empezado a beber aún más que antes. Harry silbaba alegremente mientras se acercaba al pilar con sus siete caras del reloj y vio el pequeño fardo.

Lo habían dejado junto a la cerca que rodeaba el pilar, y estaba berreando.

Harry suspiró. No era infrecuente encontrarse un fardo como ése, pero le dolía verlos. No reprochaba a las madres que abandonaban a sus hijos. Los hijos no deseados eran un riesgo derivado de la profesión de muchas mujeres en Seven Dials, ¿y qué iba a hacer una madre soltera? Un tal capitán Coram, según había oído decir Harry, había fundado recientemente un asilo para huérfanos; pero si una madre quería dejar a su hijo allí tenía que presentarse y explicar sus circunstancias. Por otra parte, existían tantos niños sin padre que el orfanato tenía que seleccionarlos mediante el método de la lotería. De todos modos, este niño no tenía la menor probabilidad de sobrevivir. Moriría allí y nada se podía hacer para remediarlo. No obstante, Harry no fue capaz de pasar de largo. Así pues, se acercó al niño y lo examinó.

No se trataba de un recién nacido, pero Harry dedujo que tenía menos de un mes. Era un varón. Parecía sano. El hombre frunció el entrecejo. Qué raro, el niño tenía un mechón blanco, como el de Sam. Harry se encogió de hombros, acercó un dedo para que el niño lo agarrara y al cabo de unos segundos se quedó atónito. ¿Otro niño con una membrana entre los dedos de las manos? ¿Qué clase de coincidencia podía ser?

Harry Dogget reflexionó en silencio sobre sus fechorías.

Estaba la esposa del zapatero. ¿Cuándo había ocurrido eso? Harry la había visto a menudo desde entonces. No estaba embarazada. Luego estaba la chica de la panadería. Había ocurrido por la misma época. ¿Cuándo la había visto por última vez? ¿Hacía un mes? Por lo tanto, ésa no era. Pero entonces… Ah, sí. La joven que Harry había conocido en el mercado de frutas y flores en Covent Garden. Trabajaba allí cuando él la conoció. Se habían visto clandestinamente en dos o tres ocasiones. Eso había sucedido hacía unos diez meses… el tiempo correcto. De pronto la chica se había esfumado. Podía ser ella. ¿Había sido ella, u otra persona, la que había abandonado al niño allí por azar, o porque sabían que el padre vivía junto a Seven Dials? Quién sabe. La gente hace a veces cosas muy raras. Harry lo examinó de nuevo detenidamente. Lo del mechón blanco y la membrana estaba claro. No podía tratarse de una coincidencia. Harry observó que el niño incluso tenía las mismas facciones y ojos que Sam.

—Eres un niño muy afortunado —dijo Harry sonriendo—. Has dado con tu padre enseguida, ¿no es cierto? —añadió cogiendo al bebé en brazos.

Harry fue sincero con su esposa. Se lo contó todo, sin omitir detalle. Ella suspiró, examinó al niño y reconoció:

—Se parece a Sam.

—No podía dejar que muriera.

—Por supuesto —dijo la mujer. Luego sonrió—. Debo de haber tenido gemelos, Harry. Sólo que no me di cuenta.

A partir de ese momento, sin que se volviera a aludir al tema, Sam tuvo un hermano gemelo. Los otros niños, aunque un tanto perplejos, olvidaron pronto el asunto. Algunos vecinos se mofaron, pero al cabo de un tiempo se dedicaron a chismorrear sobre otras personas. Nadie podía permitirse el lujo de indagar demasiado en los orígenes de los niños de Seven Dials. Cuando, al cabo de unos días, Harry llevó al niño al vicario para que lo bautizara, el clérigo, que conocía perfectamente a sus feligreses, lejos de amonestar al padre, dio gracias a Dios y a su providencia de que el niño tuviera un hogar. Al averiguar que Harry no había pensado en un nombre concreto, el vicario sugirió sonriendo:

—¿Por qué no lo llamas Septimus? Es una palabra latina que significa «séptimo», y lo encontraste en Seven Dials.

Al cabo de un día, en casa de los Dogget, el nombre quedó abreviado en Sep. Y Sam y Sep se criaron juntos. En cuanto a Harry y a la señora Dogget, el incidente sólo sirvió para sellar el afecto que él sentía por su mujer. De modo que en ese momento, aunque ella tenía las mejillas arreboladas, estaba despeinada y se había gastado el chelín que él le había dado, el costermonger la miró con ternura y dijo en tono jovial:

—Eres una buena chica. Sí señor.

Poco antes de las ocho, esa tarde, el capitán Jack Meredith cruzó la puerta del White’s Club en Saint James Street y echó a andar hacia Piccadilly.

Durante los últimos años los cafés elegantes se habían transformado en clubes destinados a caballeros, con un acceso muy restringido, y el White’s tenía fama de ser el club más elegante y ostentoso. Demasiado ostentoso, en opinión de algunos. Pues una de las amenidades que ofrecían esos clubes era el juego, y en el White’s las apuestas eran muy altas. Extraordinariamente altas.

El capitán Meredith era un hombre ciertamente apuesto y elegante. En cuanto al juego, necesitaba ganar. Necesitaba ganar mucho dinero. Su abuelo, un clérigo como el viejo Edmund, había ganado una gran fortuna. Su padre, que había servido con Marlborough, se había casado con una acaudalada viuda y había dejado a Jack el suficiente dinero para que pudiera considerarse un joven rico; lo suficientemente rico para perder cinco mil libras en una noche jugando a las cartas en dos ocasiones. Pero no tres, como le había ocurrido. El elegante Jack Meredith poseía una casa en Jermyn Street, donde los sirvientes no habían cobrado su jornal desde hacía seis semanas y debía a los proveedores más de mil libras. Y su capitanía regimental —en el ejército inglés los nombramientos militares se compraban y vendían— había sido empeñada en casa de un prestamista que vivía en un callejón cerca de Lombard Street.

Sólo un amigo, un individuo cínico que era miembro del club, conocía la verdadera situación de las finanzas del capitán Jack y le había aconsejado sin rodeos: «Jugarás bien siempre que no bebas y conserves la cabeza. Debemos encontrar a una víctima a quien puedas desplumar. Algún joven recién llegado de su finca en el campo que desee medirse con hombres de mundo como nosotros. Acércate por el club todos los días y mantendré los ojos bien abiertos».

De haber hallado ese día a su víctima propiciatoria, Meredith habría renunciado a su cita con lady Saint James.

«No le arrebataré su propiedad —había jurado Jack—. Me conformo con la mitad».

Mientras caminaba tranquilamente por Saint James Street para reunirse con su amante, nadie habría adivinado la comprometida situación en que el capitán Meredith se encontraba. En primer lugar, poseía un talento singular para desterrar de su mente lo superfluo y concentrarse en el asunto que tenía entre manos. Eso lo convertía en un amante extraordinario, así como en uno de los mejores espadachines de Londres. En segundo lugar, Jack Meredith poseía un estilo impecable.

No podía decirse que Meredith fuera vanidoso. Era demasiado viril para caer en ese defecto. Era un buen oficial además de un excelente deportista. Trataba bien a sus hombres, sabía compartir una broma con ellos y era capaz de disputar un combate de boxeo con cualquier soldado de su regimiento y derrotarlo. Espléndido con los hombres, tierno con las mujeres, Meredith era un amante eficaz y atento, infalible puesto que en todo momento sabía exactamente lo que hacía. Su relación con lady Saint James, sin embargo, superaba otras aventuras sentimentales. Poseía una cualidad especial. En ocasiones, durante los últimos meses, ella se había convertido para él en una obsesión. Su desnudez lo absorbía. Cuando se hallaba en el White’s, Meredith no hacía más que pensar en su cuerpo y en su anhelo de poseerla en unas diez, o quizá cien, maneras distintas. Pero eso le había ocurrido con infinidad de mujeres y al final había terminado hastiado. Con lady Saint James había algo más. Era como si, cada vez que se acostaban, descubriera en ella a una mujer nueva. La clave de eso residía no en su cuerpo, sino en su persona. Su capacidad de adaptación, su artificio —su, para ser francos, sentido de la elegancia— bastaban para hacer que él se sintiera intrigado durante años, tal vez toda la vida.

Pero aunque no era vanidoso, no cabe duda de que el capitán Meredith pertenecía a Saint James Street. El saber que sus antepasados habían llegado a Inglaterra con la primera corte de los Tudor, su club, su ropa, sus amistades, el mismo hecho de que, aunque fuera un secreto, su amante fuera una condesa representaban para él las cosas más importantes de su vida. Si se las arrebataban, al igual que una hermosa mansión destruida por el fuego, Meredith ya no sería lo que era.

Por lo tanto, a fin de asegurar su supervivencia en esas condiciones estaba dispuesto a hacer lo que fuera. En caso necesario, no habría vacilado en matar. Incluso lo habría justificado. Pues, ¿acaso no eran éstas las antiguas reglas de las clases aristocráticas? Las reglas del juego. Muchos miembros de los clubes de Saint James se habrían mostrado de acuerdo con él; en ese aspecto, podía decirse que su corazón, aunque cálido, contenía un lugar frío como el hielo.

Meredith acababa de doblar la esquina de Piccadilly cuando de pronto surgieron tres individuos de entre las sombras y le interceptaron el paso. Dos de ellos le agarraron los brazos por detrás; el otro se plantó ante él.

—¿Capitán Meredith? Estáis arrestado, señor. Por deudas.

La puerta se abrió lentamente. Lady Saint James sintió que un leve temblor le recorría el cuerpo. Por fin. Él había llegado.

Eran ya las ocho y media y en dos ocasiones, durante la última media hora, había temido que Meredith cambiara de parecer y no se presentara.

Se había vestido con esmero. Su vaporosa y holgada bata de seda, que dejaba sus hombros desnudos, insinuaba que, con un simple toque, resbalaría hasta el suelo. Llevaba el cabello sujeto con una sencilla peineta de carey, que también podía desprenderse fácilmente. Sus pechos se tensaron al contacto con la seda. La puerta se abrió de par en par.

Lord Saint James entró en la habitación.

Se quedó atónita. Sin poder evitarlo, exclamó decepcionada:

—¿Vos?

—Ésta es mi casa. —El melifluo rostro del conde se contrajo; frunció levemente el entrecejo—. ¿Esperabais a otra persona?

—No. —Lady Saint James se esforzó por recobrar la compostura—. Siempre llamáis antes de entrar.

—Os pido disculpas —contestó él, un tanto secamente.

¿Qué era lo que sabía? ¿Dónde estaba Meredith? ¿Estaría también su amante a punto de llegar? Tenía que prevenirlo de algún modo, o librarse de Saint James. Debía conservar la calma a toda costa, pensó ella.

—Creí que regresaríais esta noche.

—Cambié de parecer. ¿Os disgusta?

—No, no. Por supuesto que no.

Al oír que llamaban a la puerta lady Saint James se puso pálida; pero al cabo de unos segundos entró su doncella en la habitación. ¿Deseaba algo milady? La doncella miró a su ama detenidamente a los ojos.

«Qué chica tan lista. Debo recompensarla con un regalo», se dijo.

—No. —Lady Saint James miró a su marido—. ¿Vais a salir de nuevo?

El conde negó con la cabeza.

Milady se volvió hacia la doncella sonriendo y dijo:

—No necesitaré nada más.

La criada asintió con la cabeza. Si el capitán Meredith aparecía por las inmediaciones de la casa, le advertirían que se marchara. Lady Saint James emitió un suspiro de alivio. La doncella se marchó.

—¿Os disponíais a retiraros?

—Sí —respondió lady Saint James, volviéndose—. Estoy muy cansada.

Era cierto. Además de la profunda decepción que había experimentado al comprender que esa noche no se reuniría con Jack, el mero hecho de la presencia de su marido en su alcoba le producía invariablemente el mismo efecto. Todo en ella parecía venirse abajo; una sensación de cansancio invadía su alma. Era preferible retirarse rápidamente para crear cierta distancia entre ambos.

Su marido la observó con aire pensativo.

—Lamento que os sintáis cansada —dijo.

Ella no contestó, y rogó que se marchara enseguida. Pero Saint James no se movió.

—Esta mañana —continuó él— hablamos sobre mi necesidad de tener un heredero.

—Quedamos en que este verano… —La voz de milady sonaba fatigada.

—Pero yo no deseo esperar tanto —respondió él suavemente.

El conde se dirigió hacia un diván que había al otro lado de la habitación. Lenta y pausadamente, se quitó la casaca bordada y la colgó en el respaldo del diván. Luego se volvió hacia su esposa. Ahí plantado, con sus medias de seda blancas, sus calzones y su chaleco largo, Saint James ofrecía el aspecto de un hombre apuesto. ¿Le habría parecido a ella atractivo su cuerpo si hubiera pertenecido a otro hombre? Ella no habría sabido decirlo. Los ojos de su marido estaban fijos en sus hombros desnudos; lentamente, se posaron en sus pechos.

Lady Saint James era una experta en el arte de evitar todo contacto con él. No sólo le había prohibido que entrara en su alcoba sin permiso sino que, cuando regresaban juntos de una reunión o una fiesta, ella se quejaba de sentirse indispuesta o bien fingía tener sueño. Con todo, algunas veces le resultaba imposible rehuir el tálamo matrimonial sin arriesgarse a tener que confesar abiertamente sus sentimientos. En esos casos, milady empleaba unos cuantos ardides que por lo general lograban aplacar los ardores de su marido, limitar su actividad sexual a la mínima expresión o incluso obligarlo a renunciar al asunto. Una queja de que le hacía cosquillas, seguida por una apresurada disculpa, un sofocado bostezo, volver la cabeza bruscamente como si el aliento de su marido apestara o incluso un pequeño gemido de dolor. Si lord Saint James hubiera sido menos educado o menos sensible, esos trucos de nada le habrían servido, pero lo cierto es que con sus artimañas ella había conseguido convertirlo en un extraño sin rechazarlo abiertamente.

A veces, sin embargo, a fin de que él creyera que todavía tenía un matrimonio, y una esposa a quien complacer, desechaba de pronto esas tácticas y aparecía ante él haciendo gala de toda su seducción. El año anterior, en un par de ocasiones, cuando ella lo había creído oportuno, había cerrado los ojos y tratado de fingir que era Jack Meredith quien estaba sobre ella; pero no siempre conseguía emplear este ardid para su propia satisfacción.

Pero esa noche la situación era muy distinta. Él la había sorprendido preparándose para recibir a Jack. Saint James había hecho caso omiso de sus protestas de que estaba cansada. ¿Acaso sospechaba algo? En tal caso, ella no tenía más remedio que acogerlo con los brazos abiertos. A fin de ganar tiempo, milady sonrió, entornó los ojos y lo observó detenidamente.

Al cabo de un momento sus dudas se disiparon.

—El caso, lady Saint James —le informó él en tono sosegado—, es que he decidido que vuestra conducta hacia mí debe cambiar.

Ella lo miró con los ojos muy abiertos, preguntándose qué iba a decirle.

—No volveréis a exigirme que os pida permiso para entrar en esta habitación. Entraré cuando me plazca.

—¿Y cuándo lo habéis decidido, milord?

—Esta mañana —respondió él—. Me pedisteis que aguardara para tener un heredero. ¿Por qué debo esperar? Llevo mucho tiempo esperando. —El rostro de Saint James se contrajo en una sonrisita burlona—. Vuestros votos de matrimonio incluyen la palabra «obedecer». Creo que ya va siendo hora de que obedezcáis.

Lady Saint James ya tenía su respuesta. Pero no la respuesta que él creía haberle dado. Fue su sonrisita lo que le había procurado la respuesta. Un hombre que sospecha de su esposa, un hombre que lucha para recuperar a la mujer que ama, no la mira de esa manera, pensó ella. Era una sonrisita de satisfacción, nada más. Estaba haciendo gala de su superioridad, maldito. Ella sintió una irritación tan intensa que se estremeció. Al mirarlo y observar su expresión satisfecha, adivinó inmediatamente sus pensamientos.

«Dios mío —pensó lady Saint James—, cree que si se muestra autoritario lo respetaré más». Y al pensar en Jack, que no necesitaba mostrarse autoritario, sintió, justa o injustamente, que despreciaba al hombre que tenía delante.

Lord Saint James empezó a desabrocharse el chaleco.

—¡No! —gritó ella sin poder reprimirse—. Ahora no, milord, os lo ruego, ahora no.

¿Por qué, al cabo de tantos años de fingir, no era capaz de encontrar la manera de librarse o de ceder airosamente? Era lo único que debía hacer. Ni la misma lady Saint James lo sabía. Quizá se debiera a varios factores —el disgusto de saber que esa noche no vería a Meredith, junto con la repelente sonrisita de satisfacción de su marido—, pero lo cierto era que, por primera vez, no era ella quien controlaba la situación. Era un hecho que milady no podía aceptar.

Su marido no hizo caso.

—Milord —dijo ella en un tono que, aunque atemorizado, era frío como el hielo—. No os deseo. Os suplico que os marchéis.

El conde se quitó el chaleco tranquilamente y lo puso sobre la casaca.

—Me ha venido la menstruación —mintió ella, sonrojándose.

—¿De veras? Ya lo veremos.

—No sois un caballero —protestó ella.

—Soy conde. —Saint James la agarró por la muñeca—. Y me pertenecéis.

Ella trató de liberarse, pero él la sujetó con fuerza. Por más que ella lo intentó, él se negó a soltarla. Su marido le asió la otra muñeca con la mano libre y le separó los brazos hasta que sus senos rozaron el pecho de él. Milady comprobó sorprendida que nada podía hacer. Era la primera vez que constataba que él era mucho más fuerte físicamente que ella. Sintiéndose humillada y olvidando su elegancia, trató de propinarle un rodillazo en la ingle.

Fue un error. Él se volvió rápidamente y la rodilla de ella sólo le rozó el muslo; pero ella notó que el cuerpo de él se tensaba debido a la rabia y comprendió, como si de pronto se hubiera encendido una lucecita roja en su cerebro para recordarle unos tiempos más antiguos y primitivos, que era capaz de matarla de un solo golpe.

Pero no la mató. Tras soltarle una muñeca, le propinó un bofetón tan violento que le hizo girar la cara. Luego la cogió en brazos, la transportó hasta el lecho y la arrojó sobre él. Al cabo de unos instantes se montó sobre ella, sujetándola por los brazos para inmovilizarla.

—Ahora os demostraré quién es el que manda —murmuró.

Durante los minutos siguientes, pese al dolor, fue el rostro de él lo que ella recordó más nítidamente. A través de la meliflua máscara que él lucía siempre, ella vio unos rasgos que jamás había contemplado. Su rostro, amplio, duro, implacable, era el rostro de los antiguos Bull, pero si la expresión de éstos era terrible cuando se los provocaba, el semblante de él revelaba una petulancia y un engreimiento que lo hacían odioso.

Lord Saint James no violó a la condesa, por la simple razón de que tanto la ley como la costumbre decretaban que esa palabra no podía aplicarse cuando la víctima era la esposa. Con una brusquedad feroz, él le abrió el corpiño y le arrancó el vestido. Luego, deteniéndose tan sólo para abrirse la bragueta, la penetró con tal violencia que ella gritó; pero él siguió embistiéndola con todas sus fuerzas una y otra vez.

Ella sintió un profundo dolor. La cara le escocía debido al bofetón que le había propinado. Sintió el sabor a sangre en la boca. Tan terrible como el dolor era la sensación de ser violada, humillada. Sintió deseos de gritar pidiendo auxilio. Cuando menos la oiría uno de los lacayos. Pero ¿qué podían hacer los sirvientes? ¿Enfrentarse a su marido y que éste los despidiera? En cualquier caso, era demasiado orgullosa para permitir que presenciaran esa escena. En lugar de gritar hizo acopio de todas sus fuerzas y luchó por liberarse.

Jamás había tenido que luchar, pero en ese momento lo hizo como un animal salvaje. Trató de arañarlo, de darle patadas, de morderlo, pero fue en vano. El corpulento individuo que estaba sobre ella la tenía en su poder. Estaba decidido a demostrarle quién era el que mandaba. Era un conde, y ella su esposa. Su título, su casa, el dinero que él le daba para sus gastos, todo era de él. Y puesto que Dios lo había creado hombre, y a ella mujer, él poseía la fuerza física para dominarla y maltratarla.

—A partir de ahora seréis mía cuando yo lo diga y me apetezca —declaró él con frialdad cuando hubo terminado. Luego salió de la habitación.

El capitán Jack Meredith permaneció sentado en la banqueta, tiritando. Hacía frío. La celda era pequeña. La luz que arrojaban los retorcidos restos de una vela colocada sobre la mesa iluminaba prácticamente cada grieta de los viejos muros de piedra. Durante las dos últimas horas Meredith había reflexionado sobre su situación, y siempre llegaba a la misma conclusión. No tenía escapatoria.

Estaba en el Clink.

Existían varias prisiones destinadas a los acusados de tener deudas en el Londres georgiano. Las más grandes eran Fleet, cerca de Ludgate, y Marshalsea, en Southwark. Pero dado que, como de costumbre, ese día ambas estaban llenas, habían enviado a Meredith a la prisión más cercana que dispusiera de una celda vacía, que casualmente era el Clink. La pequeña prisión medieval de los obispos de Winchester siempre había sido un lugar de mala muerte. Incluso en tiempos feudales, cuando los obispos gobernaban en la Liberty of the Clink y los burdeles de Bankside, aquélla disponía sólo de unas pocas celdas. Desde la época de los Tudor y los Estuardo, algunos disidentes religiosos y presuntos traidores habían acabado encerrados allí, pero en general estaba reservada a los deudores.

Ser acusado de deudas en el Londres georgiano no era un chiste. Si los acreedores obtenían una orden judicial contra uno —como habían hecho varios acreedores de Meredith—, uno podía ser arrestado sin más contemplaciones y encerrado en prisión, donde permanecía hasta haber liquidado las deudas. Lo cual podía ser eternamente. ¿Qué clase de vida le aguardaba a uno en la cárcel? Era la pregunta que ocupaba la mente de Jack Meredith cuando oyó girar una llave en la cerradura y, al cabo de un momento, vio que la puerta de su celda comenzaba a abrirse lentamente. Quienquiera que se dispusiera a entrar, llevaba una lámpara. Evidentemente, él tampoco parecía tener prisa.

Primero apareció la punta de la nariz.

Ésta, a quienquiera que perteneciera, no era un asunto baladí. Las dimensiones de la punta indicaban que era una nariz importante, no una nariz cualquiera. Cuando ya había aparecido la mitad de la misma por la puerta, Meredith empezó a hacerse una idea de la escala de aquel imponente apéndice nasal. Pero cuando finalmente apareció toda la protuberancia, Meredith no pudo por menos de observarla estupefacto, imaginando que nada semejante existía en el mundo.

Detrás de ella, como en procesión, aparecieron dos ojos de mirada triste. Luego una peluca, tan sucia que parecía que la hubieran utilizado para limpiar el suelo. Y, por último, el resto de la persona, con las espaldas encorvadas, que se detuvo delante del capitán y le dijo:

—Ebenezer Silversleeves, señor, para serviros. Soy el carcelero del Clink.

Era un cargo, al igual que muchos otros puestos similares, heredado. Antes que Ebenezer, su padre, y el padre de éste antes que él, habían ejercido su despreciable autoridad en la pequeña prisión. Podía decirse que casi lo llevaban en la sangre, pues con anterioridad, cuando la familia residía aún en Rochester, habían trabajado de pequeños funcionarios o carceleros, desde los tiempos en que Geoffrey Chaucer se había encontrado con Silversleeves en el tribunal cuatro siglos antes. No obstante, pese a ser el carcelero de la prisión, cuando Ebenezer Silversleeves dijo que estaba al servicio de Meredith, lo dijo en serio. El capitán Meredith era justamente la clase de prisionero que le gustaba.

Las reglas del Clink, como en la mayoría de las prisiones, eran muy sencillas. Si uno quería pan y agua, no tenía más que pedirlo. Si deseaba otra cosa, le daba una propina a Ebenezer.

«Ay, señor —empezaba invariablemente su discurso—. Un caballero como vos no debería estar aquí». Ebenezer señalaba la tétrica y pequeña celda con desdén. Acto seguido explicaba que él ocupaba una estancia bastante espaciosa y confortable justo al lado, en lo que quedaba del palacio del obispo, que constituía un lugar más apropiado para un caballero y podía cedérsela por —según los medios que Silversleeves deducía que poseía el caballero en cuestión— un par de chelines al día. Como es lógico, el caballero querría tomar una comida decente acompañada por una botella de vino. Dentro de un par de días podía sentirse casi tan cómodo como en su propia casa. Por un precio, naturalmente.

¿Y cómo iba un caballero cargado de deudas a pagar todas esas comodidades? Era asombroso lo que Silversleeves podía lograr. Por desastrosa que fuera su situación financiera, los caballeros distinguidos siempre llevaban encima algún objeto valioso. Un reloj de oro, una sortija… Silversleeves estaba dispuesto a venderlo y entregaros el dinero de inmediato. Mejor aún, enviaría discretamente a un amigo a vuestra casa para que retirara todos los objetos valiosos bajo las mismas narices de vuestros acreedores. Por otra parte, los caballeros tenían amigos. Quizá no llegaran al extremo de saldar vuestras deudas, pero con frecuencia estaban dispuestos a hacer que os sintierais cómodos durante vuestra estancia en la cárcel. Después de que hubierais cumplido esos trámites, Silversleeves aún podía seros útil. Podía vender vuestra elegante casaca y entregaros otra, en un estado aceptable, para que la utilizarais mientras vivíais unas semanas con el dinero obtenido. Hasta podía hallar un comprador para vuestra peluca. Y cuando hubiera vendido el resto de vuestra ropa y vuestros amigos se hubieran marchado tranquilamente a sus casas, siempre quedaba la tétrica celda, lo suficientemente acogedora para un pordiosero en vuestra situación, y una nutritiva dieta a base de pan y agua para que os alimentarais durante el tiempo que fuerais capaz de sobrevivir.

«Dadme un caballero al que sus acreedores han desplumado —solía decir Silversleeves a sus hijos— y os enseñaré cómo desollarlo».

De modo que cuando el capitán Meredith le informó de que en ese momento no tenía dinero, el amable Ebenezer no se dejó desanimar; no bien hubo Meredith vaciado sus bolsillos, el solícito carcelero se fijó en un disco de metal: un recuerdo relacionado con el teatro que permitía a quien lo exhibiera acceder al Covent Garden durante el resto de la temporada.

—Podría conseguir algunas libras por eso, señor —declaró Silversleeves—. No creo que vayáis a necesitarlo. —Y se apoderó de él en un abrir y cerrar de ojos—. ¿Desea el caballero —preguntó Silversleeves— comunicarse con sus amigos?

Jack Meredith suspiró. Había estado dándole vueltas a ese problema durante una hora. En cuanto lo hiciera, se enteraría todo Londres. Su humillación sería del dominio público. Sus posibilidades de jugar una partida se desvanecerían en el acto. De todos modos al cabo de unos días lo sabría todo el mundo, pero quería disponer de un día más para reflexionar sobre su situación.

No obstante, tenía la obligación, por cortesía, de escribir una carta. Cuando menos debía explicar el motivo de su ausencia a la condesa de Saint James. La cuestión era ¿cuánto debía revelarle? ¿Podía fiarse de ella? No estaba seguro.

—¿Podéis conseguir —preguntó Meredith a Ebenezer— que un mensajero entregue una carta con la máxima discreción?

Acababan de dar las once cuando el hombre, que esperaba a que lord Saint James saliera, se acercó a la puerta del número diecisiete de Hanover Square y, poco después, fue conducido a la habitación de milady, a quien hizo entrega de una carta. El hombre aguardó respetuosamente por si había respuesta. Observó que milady palidecía.

Lady Saint James estaba sentada en el diván, apoyada en unos almohadones y con una manta cubriéndole las piernas. Tenía grandes ojeras. No había dormido.

Cuando su marido la había abandonado la noche anterior, ella se había levantado del lecho, temblando, pero no había llamado a su doncella. Sola, había llenado una palangana de agua con la jarra que estaba sobre una mesita y, con no pocos esfuerzos, se había colocado a horcajadas sobre ella para lavarse y eliminar todo resto de su marido. Luego se había sentado en el diván, se había tapado y había permanecido allí el resto de la noche.

En cierto momento se había echado a llorar en silencio. Había sufrido reiterados y violentos temblores. Se sentía herida física y psicológicamente. Había permanecido sentada durante horas, con la mirada fija en el infinito. Pero poco a poco, antes de que despuntara el día, había comenzado a recobrarse.

Si su marido creía que ella capitularía, se equivocaba por completo. Hasta entonces milady se había salido siempre con la suya y seguiría haciéndolo. Esa noche lo único que él había conseguido era hacerse odioso, intocable, para siempre. Pero ¿qué podía hacer ella? ¿Huir y abandonarlo? Apenas tendría dinero para mantenerse. ¿Buscar un protector rico, un amante? Para una belleza de la alta sociedad eso no era tan fácil. «Probablemente tendré que irme al extranjero», pensó. ¿Estaría el capitán Meredith dispuesto a fugarse con ella? Lady Saint James suponía que podía permitírselo, pero no estaba segura de que quisiera hacerlo. Fuera cual fuese la solución, una cosa era cierta: se negaba a asumir una actitud desvalida. Sus temblores disminuyeron y al cabo de un rato cesaron. Poco a poco la conmoción y el dolor que había experimentado dieron paso a una furia silenciosa que le abrasaba las entrañas. Si lord Saint James la tenía por una mujer débil, que se dejaba humillar, estaba muy equivocado. También se podía pisotear a una serpiente, pensó, pero cuidado cuando la serpiente se escapa y alza la cabeza. Con las primeras luces, milady había conseguido controlar su rabia, una rabia dura, mortal.

—Lo atacaré —se juró— como una serpiente.

A lo largo de varias horas lady Saint James meditó en la manera de hacerlo.

La carta de Jack Meredith que acababa de recibir le dio una idea.

—Decidle —ordenó al mensajero del Clink— que tenga paciencia durante unas horas. Quizá pueda ayudarlo a salir de esa situación.

A Sam Dogget también se le ocurrió una idea.

El comienzo de mayo era una época alegre. En la fiesta del primer día del mes se erigían los mayos. Los aprendices se ponían sus mejores ropas, las doncellas llevaban guirnaldas de flores, y en las calles sonaban gaitas, tambores y organillos. Desde tiempos inmemoriales se organizaba una gran feria en el área norte de Saint James, de manera que incluso entonces, cuando las elegantes calles y plazoletas sobre Piccadilly habían comenzado a llenar la zona, seguía conservando su antiguo nombre de Mayfair.

Y —un toque más moderno pero delicioso— los deshollinadores que, gracias a las espléndidas mansiones, formaban una auténtica tribu, organizaban una procesión por las calles.

Sam y Sep se encontraban en Grosvenor Square presenciando el desfile de los deshollinadores cuando a Sam se le ocurrió una idea.

Los deshollinadores ofrecían un espectáculo muy alegre: sucios y cubiertos de hollín los días laborables, el Primero de Mayo estaban muy limpios y llevaban camisas y calzones blancos e inmaculados. Pero lo que llamó la atención de Sam fueron sus ayudantes. Cada deshollinador disponía de uno o dos ayudantes, unos niños, algunos de los cuales no tenían más de cinco o seis años. Éstos eran los pequeños deshollinadores que trepaban por la chimenea cuando el cepillo de mango largo no llegaba a algunos rincones. La tarea que realizaban era ingrata: sofocados por el hollín, en ocasiones tenían que trepar diez metros por el negro túnel. Su vida solía ser muy dura. Si el deshollinador era su padre, la situación era más llevadera; pero si eran huérfanos, o se veían obligados a trabajar a causa de la pobreza de sus familias, recibían un trato inhumano. No obstante, era frecuente que un cabeza de familia, o incluso uno de los sirvientes, se compadeciera de esos niños y les diera dinero o comida. Si uno era listo, según había oído decir Sam, podía ganar mucho dinero. Al mismo tiempo se le ocurrió otra cosa.

Esos deshollinadores tenían acceso a las espléndidas mansiones de Mayfair. Visitaban cada habitación. Una sonrisa iluminó el rostro de Sam.

—Creo que he descubierto la manera de conseguir dinero, Sep.

La mejor habitación del Clink era bastante cómoda. Tenía una cama decente, un escritorio, una alfombra y una estrecha ventana medieval que ofrecía una vista del pequeño y frondoso jardín. En cuanto se hubo instalado, Jack Meredith se sintió más animado. El recado de lady Saint James, aunque poco preciso, era alentador y Meredith decidió no emprender acción alguna hasta recibir más noticias de ella.

A mediodía, Silversleeves le llevó la comida: pollo, un pastel y una botella de clarete. Y también un periódico.

—La mayoría de mis caballeros leen el Spectator —observó.

Después de comer, Meredith se entretuvo leyendo el periódico durante una hora antes de que Silversleeves llamara a la puerta y le anunciara una visita. Aunque el capitán suponía que se trataría de lady Saint James, la visitante ocultaba su rostro debajo de un sombrero y un chal de seda de manera que durante unos instantes no estuvo del todo seguro de que fuera ella. Cuando la puerta se cerró de nuevo milady se quitó el chal. Meredith se quedó impresionado.

Lady Saint James se había arreglado con gran esmero. Durante una hora su doncella le había golpeado la mejilla que su marido había abofeteado con una toalla mojada, de modo que su cara aparecía hinchada y tumefacta. Por si fuera poco, milady se había postrado de rodillas y había golpeado el otro lado de su rostro contra la columna del lecho, de manera que también tenía un ojo morado. No le faltaba valor a la condesa.

El capitán, que se había puesto de pie, la miró horrorizado.

—¿Quién te ha hecho eso?

—¿Quién crees que fue?

—¿Saint James? ¡Dios mío! ¿Por qué?

Ella se encogió de hombros e indicó que necesitaba sentarse. Luego, lentamente, dejando que él fuera sonsacándole los detalles, le relató la agresión de su marido.

Lady Saint James no mintió exactamente. No tenía necesidad de hacerlo. A fin de cuentas, había sido agredida y lastimada. Pero cuando terminó de contárselo todo, las proporciones de la violencia se equiparaban e incluso rebasaban las contusiones que ella mostraba.

Pese a ser un hombre de mundo y cínico, Meredith se sintió escandalizado.

—Hay que pararle los pies —declaró—. ¡El muy canalla!

Ella lo miró con tristeza.

—¿Cómo?

—Yo mismo me encargaré, te lo juro.

—Pero si estás en la cárcel —le recordó ella—. Nada puedes hacer. —Milady se detuvo. Luego, suavemente, preguntó—: ¿De veras quieres ser mi protector, Jack?

Él la miró, recordó su mensaje y en el fondo de su experimentada y cínica mente dedujo que en todo ese asunto había cierto artificio; pero no pudo por menos de experimentar un intenso deseo de protegerla.

Ella, adivinando sus pensamientos, se apresuró a decir:

—Jack, si tú no me salvas, estoy condenada a una vida de suplicios, y no sé qué haré.

—No permitiré que ocurra eso —contestó Meredith con voz profunda y viril.

—Puede que haya una manera de salvarnos, Jack. Pero tiene un precio. —Milady esbozó una sonrisa melancólica—. Y como no sé si me quieres realmente, no sé si estás preparado para pagarlo.

—¿De qué se trata?

Ella lo miró. Luego hizo un mohín como si estuviera a punto de deshacerse en llanto.

—¿No lo adivinas?

Meredith guardó silencio.

Lady Saint James suspiró y dijo:

—Ya no puedo más, Jack. No puedo afrontar esto sola. No quiero hacerlo. —Milady bajó los ojos para rehuir la mirada del capitán—. Si he de seguir viviendo, sólo deseo hacerlo junto a ti.

Jack Meredith se detuvo, reflexionó unos instantes y tomó una decisión. Era evidente que ella había ido a verlo para hacer un trato con él. Pero era una mujer muy bella, que se sentía desesperada y no tenía a quién acudir.

—Soy tuyo —dijo él— para siempre.

Entonces ella le relató su plan.

Fleming contempló la superficie de Fleet Street y meneó la cabeza. Había olvidado lo del pavimento.

La calidad de las calles de Londres era extraordinariamente irregular. En la ciudad no existía un organismo público que se encargara de la construcción de calles; los residentes y comerciantes eran responsables de pavimentarlas, y cada cual pagaba los gastos correspondientes a su fachada. Por consiguiente, en los barrios pobres las calles y callejuelas parecían estercoleros, mientras que las calzadas principales mostraban un excelente pavimento. Entonces, en Fleet Street, los residentes habían decidido rehacer la superficie de rodadura con los mejores adoquines. Y el pobre Fleming acababa de informarse de cuánto debía pagar.

—¡Cincuenta libras! —Fleming observó con tristeza el lugar donde había pensado instalar su nuevo escaparate saliente arqueado—. Tendré que postergarlo —suspiró—. Menudo Primero de Mayo. Lo peor es que no tengo dinero.

—Tendrás que ir a ver a lady Saint James —dijo su esposa—. Te debe treinta libras.

—Supongo que sí —contestó él. Le disgustaba molestar a una dama tan distinguida como ella, y temía ofenderla.

—No tienes más remedio —insistió su esposa.

Eran las cuatro de la tarde cuando Fleming llegó a Hanover Square. Se había puesto su mejor abrigo, que resultaba demasiado grueso para esa época, y sudaba bajo el sombrero. Nervioso, se acercó a la enorme puerta enfrente de la plaza, observó brevemente que la mansión estaba protegida por la Sun Insurance Company e hizo sonar la campanilla. Un lacayo abrió la puerta. Pero antes de que Fleming pudiera preguntar si milord o milady se encontraban en casa, el personaje con librea, al comprobar que se trataba de un proveedor, le ordenó que se dirigiera a la parte trasera de la casa y le cerró la puerta en la cara.

Fleming se habría sentido menos desalentado si hubiera sabido que en las casas aristocráticas incluso un caballero que conociera personalmente al dueño, sobre todo si éste era una persona tan augusta como un conde, era probable que no consiguiera entrevistarse más que con el mayordomo, o el secretario de milord, a menos que lo esperaran.

Fleming se dirigió hacia la parte posterior de la casa, que daba a un callejón embarrado, por lo que se ensució su mejor abrigo, y se aproximó a la puerta junto a la cocina.

Pero allí, más amablemente, le informaron de que tanto lord como lady Saint James habían salido. La sugerencia de Fleming de que el conde o la condesa, cuando éste o ésta regresaran, pudieran concederle una entrevista fue acogida con una sonora risotada.

—Deja tu factura —le dijeron— y lárgate.

Pero eso no era lo que Fleming había ido a hacer. De modo que regresó a la plaza, se situó cerca del lugar donde aguardaban unas sillas de posta y se puso a vigilar el número diecisiete. Al cabo de media hora su paciencia se vio recompensada cuando un elegante coche, con el escudo de armas de los De Quette, se detuvo ante la puerta. Fleming echó a andar hacia la casa. El lacayo se apresuró a colocar una grada frente a la puerta del carruaje y extendió la mano para ayudar al ocupante a apearse. Fleming no acertó a ver el rostro de la dama porque iba cubierta con un chal, pero estaba seguro de que se trataba de lady Saint James. Colocándose ante ella, se inclinó ceremoniosamente.

—¿Lady Saint James? Soy Fleming, milady, el panadero.

Fleming sonrió confiado, pero la dama que ocultaba su rostro bajo el chal no dio muestras de haberlo reconocido. Ésta hizo ademán de pasar de largo y Fleming, instintivamente, le interceptó el paso.

—Milady tuvo la amabilidad… —empezó a decir el panadero, pero el lacayo se volvió hacia él e hizo un brusco ademán.

—Apártate.

Por el rabillo del ojo Fleming observó que el cochero se disponía a apearse del pescante.

—Soy Fleming, milady —repitió el panadero. Luego, confundido, le mostró la factura.

Fleming la había copiado de nuevo esa mañana con su mejor caligrafía; pero de pronto, mientras tenía la factura en la mano, comprobó que sus sudorosas palmas habían hecho que se corriera la tinta. Al observar el inmundo papelucho que le mostraba el panadero con unos dedos manchados de tinta, Milady retrocedió rápidamente.

—Os lo ruego, milady —dijo Fleming avanzando un paso.

El cochero hizo restallar su látigo junto a la oreja de Fleming, aunque no llegó a alcanzarlo. Si lo hubiera querido, el cochero habría sido capaz de ahuyentar una mosca de su nariz sin dejar señal. Pero sonó como el disparo de una pistola, y Fleming se llevó tal susto que pegó un salto, resbaló en los adoquines y perdió el equilibrio. Casi sin darse cuenta, el panadero extendió la mano y agarró un objeto de tacto sedoso. Era el extremo del chal de lady Saint James. Al cabo de unos segundos, al contemplar el rostro descubierto de milady, Fleming se quedó estupefacto.

Lady Saint James no trató de ocultar su rostro tumefacto e hinchado. Ni siquiera echó a correr para que el panadero no la viera en ese estado. En cambio, decidió decirle exactamente lo que pensaba.

—¿Cómo se atreve un vulgar comerciante como tú a acosarme en medio de la calle? ¡Bribón! Tu factura es impresentable. Ninguno de mis invitados probó tus pasteles. Puedes estar seguro de que no volverás a venderlos a un solo miembro de la alta sociedad. En cuanto a tu abyecta conducta, si vuelves a importunarme haré que te arresten. Tengo testigos. —Lady Saint James señaló al lacayo, que asintió enérgicamente con la cabeza—. Creo —añadió milady dirigiéndose al cochero mientras se dirigía hacia la casa— que ese hombre me ha puesto un ojo morado.

Entonces el cochero sonrió y propinó a Fleming un latigazo en las piernas que hizo que el desdichado panadero soltara un alarido.

Fleming echó a andar como pudo hacia Piccadilly. Lo habían azotado y humillado. Había perdido a su distinguida clientela, sus esperanzas de instalar un escaparate saliente arqueado se habían evaporado. Y le debían treinta libras. Mientras se arrastraba por delante de las grandes mansiones y elegantes comercios de Piccadilly, Fleming tuvo la sensación de que toda la gente elegante se mofaba de él. Al llegar a Fortnum and Mason se sentó y rompió a llorar.

¿Cómo diablos iba a pagar el dichoso adoquinado de la calle?

Las estrellas brillaban en la superficie del agua. Podía haber sido Venecia. Como una góndola, la embarcación se deslizó suavemente por las oscuras aguas del Támesis. Los únicos sonidos que se percibían eran el leve chapoteo de los remos al introducirse en el agua, y el leve tintineo de cristal de la lámpara que oscilaba por encima de la proa.

Pero ¿quién era la alta figura reclinada de manera tan elegante en el asiento del pasajero? Llevaba un sombrero de tres picos, un dominó —la capa con capucha de la moda italiana— y una máscara blanca que, en la oscuridad, le daba un aspecto fantasmal, enigmático y misterioso. ¿Un caballero que se dirigía a un baile veneciano? ¿Un amante que acudía a una cita clandestina? ¿Un asesino? ¿La muerte? Quizá fuera todas esas cosas. Los bailes de máscaras venecianos estaban muy de moda desde hacía una generación. La mitad de las fiestas que se celebraban en Londres exigía que los asistentes acudieran disfrazados, desde los grandes bailes donde los suntuosos trajes eran de rigor, hasta las veladas corrientes de teatro donde, al contemplar los palcos, uno podía ver a un grupo de damas y caballeros con máscaras. Pues ¿qué era la vida, para el mundo elegante, sino teatro y artificio y, sobre todo, un frisson de misterio?

Tras dejar atrás las casas de Bankside, el barco dobló lentamente el gran recodo del río. A la derecha, la orilla estaba presidida por los antiguos edificios del palacio de Whitehall. Pero al llegar a Westminster apareció una silueta menos familiar.

Durante los últimos mil seiscientos años Londres había tenido que conformarse con un viejo y atestado puente como única vía para cruzar el río. En los últimos tiempos, sin embargo, extendiendo unos elegantes arcos en el Támesis, había aparecido otro. El puente no se había completado hasta ese año —ante las iras de los barqueros de Westminster y el propietario del viejo transbordador tirado por caballos—, y los costes habían superado el presupuesto inicial, de manera que la ciudad había organizado una lotería para recaudar más fondos. El nuevo puente cruzaba majestuosamente el río desde Westminster hasta la ribera de Lambeth, no lejos de los jardines del arzobispo de Canterbury. Cuando el barco se deslizó por debajo de él, el pasajero alzó la vista lentamente, escrutó el río ante él y empezó a prepararse para lo que le aguardaba.

Mientras pensaba en lo que debía hacer esa noche, Jack Meredith procuró no perder la calma. Hasta entonces todo había discurrido como una seda. Oficialmente, seguía encerrado en el Clink; pero, a cambio de una cierta suma, Silversleeves siempre estaba dispuesto a conceder a sus caballeros un breve respiro, a condición de que prometieran regresar a la prisión, y lady Saint James le había entregado cinco guineas. En cuanto al aspecto moral del asunto, Meredith tenía pocos escrúpulos. Detestaba a Saint James. Por lo demás, jugaría ateniéndose a las reglas, por crueles que fueran.

Al poco rato Meredith distinguió más allá del palacio de Lambeth, en la orilla sur, una hilera de perlas que relucían a lo largo de la orilla, las luces de su destino. Cinco minutos después se encontró en los amenos jardines de Vauxhall.

Desde los viejos tiempos medievales, cuando el pequeño palacio se llamaba Vaux’s Hall, la pequeña propiedad había experimentado varias transformaciones; pero ninguna tan asombrosa como la más reciente. Un empresario llamado Tyers, con ayuda de su amigo el pintor Hogarth, había diseñado un espectacular jardín destinado al ocio y las reuniones sociales. Al igual que los jardines rivales de Ranelagh, situados al otro lado del río, los jardines de Vauxhall, llamados los Spring Gardens, habían tenido un gran éxito. El príncipe de Gales era un visitante asiduo, y la entrada, salvo cuando alquilaban el lugar para celebrar una fiesta privada, costaba un par de chelines. El mayor triunfo del lugar se había producido la primavera anterior, cuando el primer ensayo público de la Música para los reales fuegos artificiales, de Haendel, había atraído a unas doce mil personas.

Meredith entró. Para acceder a los jardines había que cruzar la puerta de un gran edificio georgiano, e inmediatamente después Meredith se encontró en una larga avenida bordeada de árboles e iluminada por centenares de farolillos. A la derecha de la avenida distinguió la silueta del estrado para la orquesta; a su izquierda se alzaba una magnífica rotonda de dieciséis lados, en cuyo suntuoso interior solían celebrarse bailes y reuniones. Cerca de allí estaban las garitas desde las cuales los aficionados a la música escuchaban los conciertos. Decoradas con unos deliciosos paneles pintados por Hogarth, el joven Gainsborough y otros, esas garitas constituían el lugar preferido de Meredith. Sin embargo, esa noche no se detuvo ante ellas, sino que fue en busca de su presa.

Esa noche se celebraba un baile de máscaras. Algunos llevaban tan sólo una media máscara que ocultaba la parte superior del rostro. Un par de mujeres había decidido cubrirse con velos. Por lo general, las personas que frecuentaban la alta sociedad se reconocían de inmediato; pero no siempre; el mismo Meredith se había llevado algunas sorpresas deliciosas. Se asomó a la rotonda, pero no vio a su víctima. Luego bajó por la larga avenida, frecuentada por numerosas parejas. Junto a ella había unas callejuelas oscuras, repletas de árboles, donde solían producirse encuentros más clandestinos. Cuando Meredith por fin lo vio, el hombre formaba parte de un grupo de caballeros que conversaban y reían en una glorieta semicircular, rodeada por una pequeña arcada de columnas clásicas.

No le fue difícil introducirse en el grupo. Había localizado inmediatamente a lord Saint James, pero Meredith fingió no reconocerlo detrás de su máscara. Dos o tres de los caballeros que estaban presentes le eran desconocidos. Hablaban de política, y Meredith prefirió mantenerse al margen. Pero al cabo de un rato comenzaron a chismorrear, y Meredith, aprovechando un momento idóneo, se unió a la charla.

—Dicen que el último escándalo se refiere a lord Saint James.

Se produjo un silencio. Meredith observó que uno de los caballeros miró al conde con curiosidad, antes de preguntar suavemente:

—¿Y qué es lo que dicen, señor?

—Pues según dicen, caballeros —continuó Meredith asumiendo el aire de un ridículo lechuguino—, el conde se dedica a pegar a su esposa. —Meredith se detuvo para dejar que los asistentes asimilaran la noticia—. Lo mejor del caso es que el conde ignora la razón. Pues lo cierto es que tiene sobrados motivos de queja —añadió y soltó una insolente risotada que parecía más bien un relincho—. Como podemos confirmar algunos, entre los que me cuento, que hemos gozado de los favores de la condesa.

Ya estaba hecho, y perfectamente hecho, pensó. Si el conde pretendía salvar el honor que le quedaba, sólo podía hacer una cosa. Con mano pálida y temblorosa, Saint James se quitó la máscara.

—¿Puedo conocer el nombre del canalla al que me dirijo?

Meredith se quitó también la máscara.

—El capitán Meredith, milord, para serviros —le contestó secamente.

—Mis amigos irán a visitaros, señor.

—Dentro de una hora estaré en mi casa de Jermyn Street —respondió Jack. Acto seguido hizo una reverencia, dio media vuelta y se marchó.

La persona que había sido retada a duelo tenía el derecho de elegir las armas. Así pues, cuando los dos amigos del conde acudieron esa noche a su casa, Meredith les dijo:

—Elijo el estoque.

Meredith había pedido a dos miembros del club que fueran sus padrinos. Se acordó que el asunto debía zanjarse de inmediato, al amanecer.

Lord Saint James suponía que su esposa estaría dormida cuando él regresara, de modo que se sorprendió al comprobar no sólo que la puerta de su alcoba estaba abierta, sino que ella lo esperaba.

Durante el camino de regreso de Vauxhall el conde se había preguntado si debería hablar con su mujer o acudir al duelo sin decir una palabra. Había otra cuestión que le preocupaba. Si él moría, toda la fortuna de los Saint James iría a parar a su esposa; pues hasta que él tuviera un hijo varón, no había otros herederos. ¿Quería dejar su fortuna a una esposa infiel? Pero ¿cómo podía alterar su testamento? No estaba seguro. Angustiado por esas dudas, el conde se encontró cara a cara con lady Saint James, que lo invitó a entrar en su alcoba y cerró la puerta.

Milady presentaba mejor aspecto que un rato antes. Ya no tenía la cara hinchada. Una esmerada aplicación de colorete y polvos casi había logrado ocultar el ojo morado. Y, lo que sorprendió aún más al conde, su esposa parecía desear reconciliarse con él.

—Milord —empezó a decir suavemente—, anoche me maltratasteis. Durante todo el día esperé una palabra de disculpa, un mensaje de ternura de vos. Pero fue en vano. —Lady Saint James se encogió de hombros y suspiró—. No obstante, sé que os he dado motivos. Amaba más la vida en sociedad que a mi esposo. Antepuse mis deseos a mi deber de daros un hijo, y lo lamento. ¿No podemos reconciliarnos? Partamos inmediatamente para Bocton.

Saint James la miró fijamente.

—¿Deseáis darme un heredero?

—Naturalmente —respondió con una sonrisa un poco forzada—. Es posible que tengáis uno después de lo de anoche.

El conde observó a su esposa con aire pensativo, preguntándose si se trataría de algún subterfugio.

—Hay algo —le dijo pausadamente— que debo deciros, milady. Cierta persona me ha informado de que ha sido vuestro amante. Naturalmente, he defendido mi honor y el vuestro. ¿Qué tenéis que decir?

Si es posible transmitir asombro, incredulidad e inocencia con una sola expresión facial, lady Saint James lo hizo sin el menor esfuerzo.

—¿Quién ha sido? ¿Quién ha podido decir semejante cosa? —exclamó.

—El capitán Meredith —contestó él fríamente.

—¿Jack Meredith? ¿Mi amante? —Lady Saint James miró a su esposo perpleja—. ¿Y vais a batiros en duelo con él?

—No tengo otro remedio.

—¡Dios mío! —exclamó milady meneando la cabeza con incredulidad. Luego, casi como si hablara consigo misma, añadió—: Ese pobre e ingenuo imbécil. —Milady suspiró—. Oh, William, es culpa mía.

—¿Queréis decir que ese hombre era vuestro amante?

—Por todos los cielos, claro que no. Jamás he tenido amantes. —Lady Saint James se detuvo. Luego continuó suavemente—: Jack Meredith finge ser un bribón, pero la verdad es muy distinta. En el fondo es un hombre bondadoso que hace tiempo me confesó sentirse muy desgraciado debido al amor que sentía por mí. Se convirtió en amigo mío. Y ayer, cuando me maltratasteis, no supe qué hacer y recurrí a él en busca de consejo. Meredith se puso furioso, William, pero no sabía que os atacaría como lo hizo.

—Pero ¿por qué me dijo que era vuestro amante?

Milady parecía sinceramente perpleja.

—Supongo que para obligaros a enfrentaros a él en un duelo. Debe de creer que necesito que me defienda. Pero no podéis creerle.

Lord Saint James se encogió de hombros.

—Reflexionad, William —prosiguió ella—. Al margen de sus defectos, Meredith es un caballero. Suponiendo que eso fuera cierto, ¿creéis que lo proclamaría públicamente entre un grupo de extraños en Vauxhall?

Saint James tuvo que admitir que su esposa tenía razón. A pesar de la furia que sentía a su regreso de Vauxhall, ese detalle le había chocado.

—Es un tonto valiente —añadió milady—. Y yo tengo la culpa por hacerle creer que sois un bruto.

Saint James no respondió.

—Es preciso suspender ese duelo, William —dijo ella.

—Él me insultó, y públicamente. Me convertiría en el hazmerreír de Londres.

Tras reflexionar unos instantes, ella respondió:

—El honor puede salvarse con una simple gota de sangre, ¿no es cierto?

—Supongo que sí.

Muchos duelos se saldaban con una pequeña herida, por lo general en el brazo, tras lo cual ambos contendientes deponían sus armas. Rara vez se producía una muerte.

—Entonces os suplico —dijo milady— que no lo matéis, pues no lo merece. Le escribiré una nota para amonestarlo por su conducta y comunicarle que nos hemos reconciliado y que no tiene motivos para insistir en defenderme de esa manera tan absurda.

—¿No creéis que necesitáis que os defiendan de mí? —preguntó él.

—Eso está olvidado. Nos hemos reconciliado, ¿no es así? —Lady Saint James besó a su marido—. Jamás os he traicionado, mi querido milord, y jamás lo haré —agregó sonriendo—. Id a descansar mientras yo escribo la carta.

Poco después, el diligente lacayo llevó la misiva sellada a Jermyn Street. En cuando a lord Saint James, no pudo conciliar el sueño. Al cabo de un rato fue y se tendió junto a su esposa, que le sostuvo la mano durante varias horas. Ella estaba dormida cuando el conde la besó y, poco después del amanecer, partió más animado.

Le llevó sólo cinco minutos llegar a Hyde Park.

Durante siglos el viejo parque de ciervos, situado inmediatamente al oeste de Mayfair, había pertenecido a los monjes de Westminster, pero el rey Enrique se había apoderado de él cuando disolvió los monasterios.

Los Estuardo habían abierto el parque al público, y la larga avenida destinada a los carruajes que lo rodeaba, la route du roi (o Rotten Row, como solía pronunciarlo el vulgo), se había convertido en un lugar elegante por el que solían pasear las damas. Posteriormente habían dado al parque un toque aún más encantador al represar el arroyo de Westbourne a fin de crear un gran estanque curvado llamado el Serpentine. Pero en las primeras horas del amanecer, sus vetustos robles y apacibles arboledas resultaban muy oportunos para otro propósito: los duelos.

Los duelos entre caballeros tenían una larga historia, se remontaban a los días de los combates medievales e incluso antes. Pero fue durante el elegante siglo XVIII cuando los duelos se pusieron de moda. El motivo es difícil de explicar. Quizás el West End londinense, donde numerosas personas con mucho tiempo libre, todas ellas reivindicando distinción, vivían muy cerca unas de otras, proporcionó un caldo de cultivo para las disputas sociales. Quizá fuera la influencia del número cada vez mayor de regimientos, con su ética militar caballeresca. O quizá las clases altas, encabezadas por los aristócratas que habían hecho la gran gira europea, imitaban los usos y costumbres de franceses e italianos. Fuera cual fuese la razón, el caso es que se retaban en duelo por razones de honor y cortesía. Y aunque, en épocas posteriores y más tímidas, parecía una práctica bárbara, sin duda constituía un aliciente para mostrarse educado.

La ley se mostraba tolerante respecto a los duelos. A fin de cuentas, los tribunales estaban gobernados por caballeros que comprendían esas cuestiones. No se trataba de asesinato, puesto que, por definición, ambas partes consentían en participar. Si uno mataba a su oponente en un duelo, se arriesgaba a que le impusieran una multa, o quizá a pasar tres meses en la cárcel. Eso era todo.

Había siete hombres presentes: los duelistas, cada uno con dos padrinos, que sumaban seis, y el médico, que era el séptimo. Los coches permanecieron algo alejados. El lugar elegido por los padrinos era una pequeña hondonada, protegida por los robles que la circundaban. Aunque en el parque no se veía un alma, Saint James era consciente de la presencia de los pájaros, cuyos cánticos matutinos invadían la atmósfera. Los padrinos habían examinado las espadas. El conde se quitó la capa y se la entregó a su padrino, luego tomó el estoque. Saint James llevaba una camisa de lino blanca con las mangas holgadas, lo suficientemente gruesa para evitar que se filtrara la fresca brisa que soplaba esa mañana. Observó un poco de rocío sobre la hierba. Debía procurar no resbalar.

Cuando los dos hombres, situados frente a frente, se saludaron con una cortés reverencia, bajando sus espadas, el sol rozaba las copas de los robles y los hacía relucir. Los extremos de ambas espadas se elevaron y permanecieron juntas e inmóviles, como dos serpientes plateadas que ejecutaran una danza silenciosa cuyo verdadero significado sólo ellas conocían, antes de precipitarse una contra otra y emitir el áspero sonido del acero.

Saint James era un buen espadachín, pero Meredith era muy superior. No obstante, a Jack le extrañó que su contrincante no lo presionara y dedujo que se trataba de un ardid. Por lo tanto, aguardó con cautela casi un minuto antes de que se le presentara una oportunidad, y entonces, con una sola y rápida estocada, hundió su espada en el corazón de Saint James.

Los padrinos emitieron una exclamación de asombro. El médico se acercó deprisa. Pero al cabo de pocos segundos el conde expiró.

—¡Dios mío! ¿Era necesario matarlo, señor? —preguntó el médico.

Pero Meredith se encogió de hombros. Ése era el trato que había hecho con lady Saint James. Y aunque, al hallarse frente a frente con el conde, hubiera cambiado de parecer, la nota que había recibido de ella en plena noche había acabado de convencerlo.

«Ten mucho cuidado, Jack —decía la nota—. Mi marido se propone matarte».

Esa noche, ya tarde, después de haber apagado la vela, Jack Meredith oyó que la puerta de la habitación que ocupaba en el Clink se abría despacio y una figura entraba sigilosamente.

Aunque apenas pudo distinguir su pálida silueta en la oscuridad, la reconoció de inmediato por su perfume. Ella se acercó, apoyó suavemente un dedo sobre sus labios y lo besó en la frente.

—Conviene que no nos vean juntos durante un tiempo —murmuró—, pero he tratado de protegerte. Puesto que fue Saint James quien te desafió, y les he dicho que se proponía matarte, se mostrarán benevolentes contigo.

Milady se dirigió hacia la ventana, junto a ella había una silla. Meredith la oyó desnudarse y sugirió encender la vela, pero ella se negó. Cuando la condesa se acercó a su estrecha cama, llevaba sólo un camisón corto, por lo que él pudo notar. Parecía ser de un material algo tosco, lo que lo sorprendió, pero no le dio importancia.

A continuación lady Saint James, vestida con la camisa de lino, todavía ensangrentada, con la que su marido había caído muerto, hizo el amor con el hombre que lo había matado y así completó su venganza.

A medida que avanzaba el agradable mes de mayo, en lo único en lo que Sam y Sep no se ponían de acuerdo era en lo de robar.

El negocio de deshollinadores iba muy bien. Habían encontrado a un socio, un joven un tanto simple a quien habían enseñado lo necesario. Acompañado por uno de los hermanos, éste llamaba a una casa, ofrecía sus servicios de deshollinador y, tras ordenar bruscamente al pequeño que trepara por la chimenea, lo dejaba encaramado ahí arriba mientras se dirigía a la casa contigua con el otro hermano, donde repetía la operación. Después regresaba a la primera casa, esperaba a que apareciera alguien y entonces se ponía a maldecir a Sam o a Sep, según el caso, por haberse demorado tanto y juraba propinarles una buena tunda; los hermanos, por su parte, asumían una expresión tan triste y desvalida que en todas las casas les daban una generosa propina. De esta manera, trabajando en dos casas simultáneamente, se repartían con el zoquete de su socio las ganancias, pero no las propinas, lo cual les permitía obtener un buen jornal. Pero, tal como no se cansaba de decir Sam, podían ganarse mejor la vida.

«Hay que apoderarse de las cosas pequeñas —solía explicar a su hermano—. Es peligroso llevarse los objetos valiosos, pues enseguida notarán que han desaparecido. Debe ser algo insignificante, que no noten su falta. Si ves una guinea de oro y una moneda de plata sobre la mesa, deja la guinea y coge la moneda de plata. Si se dan cuenta de su desaparición, supondrán que la han perdido».

Pero una moneda de plata aquí y allá, un peine de marfil, un botón de oro…, todas esas cosas equivalían a una pequeña fortuna. La oposición de Sep a aprovechar esa oportunidad enojaba a Sam. ¿Cómo habría podido explicarlo Sep, cuando ni él mismo lo entendía? Un instinto que anidaba en lo más profundo de su ser le decía que había que respetar los bienes ajenos, aunque él mismo no poseía ni uno. Quizá fuera la antigua voz de los antepasados de Bull, cuya existencia ignoraba. Tal vez fuera otra cosa. El caso es que se negaba a hacerlo. Por fin, después de soportar durante dos semanas las quejas de Sam, Sep accedió.

—De acuerdo, siempre y cuando se presente la ocasión.

—Bien —respondió su hermano—. Porque mañana visitaremos esas grandes mansiones de Hanover Square.

Isaac Fleming, el panadero, se llevó la mayor sorpresa de su vida cuando esa mañana de mayo se abrió de golpe la puerta de su tienda y apareció lady Saint James. No sólo le asombró verla entrar, sino el hecho de que su rostro se viera tan sereno como si el aciago encuentro entre ambos no se hubiera producido.

En su cara no se apreciaba una sola señal. La muerte de su esposo, que había aparecido publicada en todos los periódicos londinenses, al parecer no la había afectado. Milady incluso sonrió al mirar al panadero con la misma indiferencia que si éste formara parte del paisaje en un día soleado.

—Necesito —le dijo lady Saint James con calma— un pastel de bodas.

Y puesto que no hubo una explicación de su presencia ni del motivo del encargo, Fleming se inclinó profundamente y se preguntó qué hacer.

Para lady Saint James, las cosas estaban saliendo de acuerdo con lo planeado. Los magistrados, tal como había supuesto, habían contemplado el caso con benevolencia; y dado que Meredith no tenía dinero para pagar una multa, y se encontraba en prisión, habían decidido no presentar cargos y zanjar el asunto. Sólo quedaba una cosa por hacer: la condesa debía amarrar a su hombre.

El trato que había hecho con Jack Meredith constaba de dos partes. En primer lugar, éste debía provocar un duelo con Saint James y matarlo; segundo, debía casarse con ella. A cambio, ella saldaría sus deudas con la fortuna de que entonces disponía. «Y luego —como había dicho ella— viviremos felices para siempre». Hasta ese momento él había cumplido su parte del trato, pero lady Saint James no quería correr el menor riesgo. Ante todo, resolvió sus propios asuntos. Después de apropiarse de las joyas familiares y una sustanciosa cantidad de dinero, lo colocó todo a buen recaudo. Una vez casada, su fortuna pasaría a manos de su nuevo esposo, y pasara lo que pasase milady no estaba dispuesta a depender de nuevo de un hombre. En cuanto a amarrar a Meredith, lady Saint James nada dejó al azar. Antes de saldar sus deudas para liberarlo de la cárcel, se casaría con él. Decidió hacerlo de inmediato. Luego se ausentarían de Inglaterra durante un año, viajarían por Europa y dejarían que las cosas volvieran a la normalidad.

Ciertamente, más de uno se sentiría un tanto escandalizado de que lady Saint James se apresurara a casarse con el hombre que había matado a su marido; pero milady ya se había ocupado de ellos. Gracias a sus amigas, habían empezado a circular rumores sobre el cruel trato que le infligía Saint James. Una mujer que apenas conocía a la condesa, pero confiaba en hacerse amiga suya, la describió como «una mártir, un ángel». Milady podía casarse sin levantar sospechas.

Pero ¿cómo se casa una con un hombre encerrado en la cárcel por deudas? ¿Y apresuradamente? En 1750, en Londres, nada era más sencillo.

Si el Clink y Marshalsea eran prisiones antiguas para deudores, había otra aún más grande: el Fleet. La vieja prisión junto a Ludgate había contenido todo tipo de deudores desde los tiempos de los Plantagenet. La habían visitado pequeños comerciantes, abogados, caballeros e incluso nobles, pero su especialidad eran los miembros del clero. Con frecuencia había varias decenas de clérigos encerrados entre sus muros. ¿Y cómo podía un clérigo pagar su manutención, o tratar siquiera de satisfacer a sus acreedores? Pues cumpliendo la función que, pese a sus deudas y a falta de una iglesia, aún estaba facultado a realizar: casar a la gente.

Cualquiera podía casarse en el Fleet. No se leían bandos ni se hacían preguntas. Uno podía tener esposa, o dar un nombre falso; pero a cambio de una determinada cantidad, un sacerdote lo casaba y le entregaba un certificado de matrimonio en el Fleet, y la cosa era tan válida como si uno se hubiera casado en la catedral de Saint Paul. Algunos clérigos ganaban tanto dinero, una parte del cual entregaban al carcelero, que solían montar unos pequeños comercios fuera de la prisión, donde anunciaban sus mercancías a los transeúntes que pasaban por la calle. Este extraño negocio colateral de la Iglesia anglicana, practicado a menos de un kilómetro de la gran catedral del obispo de Londres, se realizaba desde hacía varias generaciones sin el menor género de trabas por parte de las autoridades de la Iglesia. Se conocía como un Matrimonio del Fleet.

Lady Saint James ya había ultimado los detalles con uno de los más venerables de esos caballeros eclesiásticos, que, en cuanto ella le mandara recado, acudiría al Clink para oficiar la ceremonia. Una vez casada, decidió milady, Jack podría salir de la cárcel, libre de deudas, para seguir jugando.

Sólo una cosa la irritaba mientras transcurrían los días previos a la boda: la ausencia de una fiesta. Lady Saint James estaba resuelta a que Jack permaneciera encerrado en la cárcel hasta que se hubieran casado. Asimismo, ambos sabían que la discreción exigía que se ausentaran de inmediato de Londres durante una temporada. Sin embargo, ella era una criatura de la sociedad. Para eso estaba ahí. Debía de existir la manera de realzar ese importante acontecimiento con una fiesta. Sin una fiesta, pensaba lady Saint James, la ceremonia no estaría bendecida, apenas sería real. Y mientras buscaba algún pretexto para organizarla, se acordó de Fleming.

El panadero la había visto con el rostro hinchado y tumefacto. En esos momentos su presencia la había enfurecido, pero de pronto se le ocurrió que podía serle útil: un testigo, el único, de los malos tratos que le había infligido su difunto esposo. Una pequeña reunión, un puñado de amigos, un pastel de bodas —algo especial, por supuesto, digno de ser recordado— confeccionado por Fleming. Y unas palabras a un par de amigas: «Siempre utilizo los servicios de Fleming. Es el mejor. Y una excelente persona. Un día me vio, sabéis, después de que Saint James me… —Podía oír su propia voz desvaneciéndose—. Pero sé que puedo fiarme de que no dirá una palabra, lo mismo que me fío de vosotras». Sus amigas no tardarían ni dos minutos en correr a la tienda de Fleming.

Convencida de la necesidad de celebrar una fiesta, lady Saint James comenzó a planificarla para un par de días después de celebrarse la boda en el Clink. Sólo invitaría a sus mejores amigos. Muy selectos.

—Quiero un pastel memorable —informó a Fleming—. Algo fuera de lo común. Si me siento satisfecha, quizá cambie de parecer y te recomiende a mis amistades.

Milady hizo un breve gesto con la cabeza que, en la medida en que el gigantesco abismo social que los separaba lo permitía, fue casi amistoso. A todo esto Fleming, un poco más curtido en los hábitos de su distinguida clientela, se preguntó si esa vez le pagaría.

—Si me complaces —agregó lady Saint James como de pasada—, incluso te pagaré la cuenta que te debo. ¿Pongamos un total de cuarenta libras?

Cuarenta libras. Si milady le pagaba, Fleming casi lograría resolver sus apuros económicos. Por el precio de confeccionar un pastel de bodas, aunque fuera de la mejor calidad, no podía desaprovechar esa ocasión. Cosa que ella sabía perfectamente, pensó él. Pero su cóncavo rostro se contrajo en una sonrisa que parecía expresar una sincera alegría y gratitud.

—Es muy generosa, milady —respondió el panadero—. Haremos lo que podamos para impresionar a vuestros invitados —se permitió sugerir.

Lady Saint James se marchó de muy buen humor.

—¿Y qué clase de pastel vas a preparar? —preguntó más tarde la esposa del panadero.

—No tengo ni la más remota idea —contestó éste—. Además, estoy seguro de que milady no me pagará.

El matrimonio entre el capitán Jack Meredith y lady Saint James se celebró discretamente al día siguiente. No hubo damas de honor. Ofició el anciano sacerdote del Fleet. Ebenezer Silversleeves, que lucía una magnífica casaca que había pertenecido a un antiguo preso que había fallecido, hizo las veces de padrino.

—Ahora, Jack —anunció la novia en cuanto estuvieron casados—, iré a saldar tus deudas.

—¿Y cuándo saldré de aquí? —preguntó él.

—Mañana —contestó ella con una sonrisa radiante—. Supongo.

Existían pocos lugares en Londres más frecuentados por la alta sociedad que el hospital Foundling en Coram Fields, por encima de Hollborn. El que ese sorprendente lugar gozara del favor de las clases acomodadas se debía mayormente al compositor Haendel, que durante su larga estancia en Londres había participado en numerosas causas humanitarias. En los últimos años, tras interesarse por el nuevo orfanato, no sólo había donado a éste un órgano, sino que había formado a un excelente coro de niños. Ese año había ofrecido varias representaciones de El Mesías, con la asistencia de todo Londres, en las cuales habían recaudado la elevada suma de siete mil libras, lo que convirtió al compositor en uno de los pocos que serían recordados casi tanto por su filantropía como por su genio musical. Y fue precisamente a una de esas representaciones que el capitán Jack Meredith y señora habían decidido asistir esa tarde desde la casa de Hanover Square.

La señora Meredith, ese día, se sentía más dichosa que nunca; Jack había sido liberado de la prisión unas horas antes.

En ese momento estaba segura de que si la vida y el amor constituían una peligrosa batalla, ella la había ganado. Había conseguido cuanto ambicionaba; había atrapado a su hombre y lo había llevado a salvo a su casa. En torno de su hogar percibía tan sólo paz y seguridad. Era una sensación inédita, a la que aún no se había acostumbrado. Hasta la pequeña fiesta que había planificado con tanto esmero para el día siguiente le pareció de pronto carente de importancia; el largo viaje por Europa podía acortarse. «Bastarían seis meses —pensó—. Luego lo tendré para mí sola en Bocton». Este delicioso pensamiento seguía dándole vueltas mientras se preparaba para salir, cuando el silencio de la casa se vio súbitamente alterado por un grito, seguido por un lastimoso alarido.

—¿Qué demonios ha sido eso? —preguntó Jack mientras se dirigía a la puerta y desaparecía en el pasillo.

Al cabo de un minuto apareció sonriendo y sujetando por una oreja a un golfillo con el rostro manchado de hollín.

—Por Dios bendito, Jack —dijo su esposa entre horrorizada y divertida—, no traigas a este niño tan sucio aquí. ¿Por qué lo llevas sujeto de una oreja?

—Porque —respondió Meredith con un guiño— es un criminal peligroso. Tu lacayo lo ha sorprendido robando un chelín de la mesa de la cocina. Se suponía que estaba limpiando la chimenea. —El capitán se volvió hacia el niño—. Avisaremos a los policías de Bow Street, pequeño monstruo. ¿Qué te parece?

—Yo jamás he robado —protestó el niño.

—Sí lo hiciste.

—Jamás lo había hecho antes, señor. Os lo prometo. Os ruego que no me castiguéis severamente.

El tono del niño era tan convincente que uno casi le hubiera creído.

—Llévate a ese crío, Jack —le rogó la señora de la casa—, te lo suplico.

Pero Jack Meredith, que no tenía la menor intención de hacer otra cosa que propinarle un cachete y arrojarlo de la casa, gozaba con el espectáculo del hollín ensuciando la inmaculada alcoba de su esposa. En ese momento el golfillo, que se había echado a llorar, sacudió la cabeza, con lo que diseminó una lluvia de hollín e hizo que milady emitiera una exclamación de protesta. Las lágrimas dejaron unas marcas blancas en las mejillas tiznadas del niño. Era preciso reconocer que ofrecía un aspecto lamentable. Como un animalillo atrapado entre las garras de un salvaje depredador, de pronto pareció rendirse y permaneció inmóvil junto al capitán, temblando de miedo. Incluso la quisquillosa señora de la casa empezó a sentir lástima por él.

—¿Cómo te llamas, pequeño? —preguntó en un tono más amable.

No hubo respuesta.

—¿Acaso te dedicas a robar?

El chico negó enérgicamente con la cabeza.

—¿No sabes que está mal?

El niño afirmó con la cabeza con auténtica convicción.

—¿Te ha ordenado alguien que robaras? —preguntó Meredith.

El niño asintió compungido.

—¿Quién ha sido?

No hubo respuesta.

En ese momento, mientras las dos personas adultas se miraban y se encogían de hombros, el niño aprovechó para tratar de huir. Con un movimiento tan brusco que debió de causarle un intenso dolor en la oreja, se soltó y echó a correr hacia el pasillo.

Con tres zancadas y utilizando su largo brazo, Jack lo agarró de la mano y lo obligó a regresar.

—Qué cosa tan rara —exclamó el capitán sorprendido—. Fíjate en esto.

Jack sostuvo en alto la mano del niño. Luego le examinó la otra y comentó que era idéntica. En ese momento observó también que el pelo del niño, del cual se había desprendido buena parte del hollín, tenía un mechón blanco.

—Qué niño tan raro —observó—. Pero tiene carácter —añadió volviéndose hacia su esposa.

Ella miró al niño con estupor, tan pálida como si hubiera visto un fantasma.

—¿Qué ocurre? —preguntó Jack alarmado.

Pero lady Saint James, identidad que había recuperado en esos momentos, sólo atinó a decir:

—¡Por todos los santos! Es imposible…, no puede ser…, ¡Dios mío!

Meredith estaba tan perplejo que no se dio cuenta de que había soltado al niño, que al cabo de unos segundos se había esfumado en la calle y no volvió a aparecer.

Ella se negó a hablar. No respondió a una sola de las preguntas de su marido. Ni por las buenas ni utilizando un tono más brusco consiguió Meredith arrancarle una palabra.

—Se trata de algo referente al niño, ¿no es cierto? —preguntó—. ¿Quieres que vaya a buscarlo?

—¡No! De ningún modo —contestó ella.

Fuera lo que fuese lo que la había impresionado tan vivamente, se negaba a hablar de ello. Ella y Meredith se montaron en el coche y se dirigieron al recital en silencio. Más tarde, ella habló de otras cosas —la fiesta que darían al día siguiente, su partida hacia la Europa continental—, pero con un aire de pálida ausencia. Fuera cual fuese el secreto que estaba empeñada en no divulgar, Jack vio que la atormentaba. Pero se negaba a compartirlo con él.

Hasta altas horas de esa noche.

¿Fue debido a la inesperada conmoción que había recibido? ¿A la presión a la que había estado sometida durante las últimas tres semanas, mientras jugaba fríamente una partida de dados con la vida y la muerte? ¿O bien a que, tras haber conseguido al hombre que amaba, su corazón había comenzado a abrirse y ablandarse? No era sólo el horror y los remordimientos lo que torturaba su cuerpo y su mente mientras dormía. Era el dolor, el anhelo de abrazarlo, el poderoso sentimiento maternal que la embargaba y que hizo, sin que ella se diera cuenta, que exclamara, una y otra vez, con las primeras luces del alba:

—¡Ese niño! ¡Dios mío! ¡Mi hijito!

Cuando se despertó vio a Meredith sentado en una silla junto al lecho. Suavemente pero con firmeza, éste le tomó la mano y preguntó:

—¿Qué hiciste con el niño? No lo niegues. Has estado hablando en sueños.

—Lo abandoné —confesó—. Pero, oh, Jack, ocurrió hace mucho tiempo. Ya ha pasado. No tiene remedio. Marchémonos hoy mismo y no pensemos más en eso.

—¿Quién era el padre?

Ella vaciló unos instantes.

—No tiene importancia.

—Yo creo que sí. ¿Saint James?

Tras unos momentos, ella asintió con la cabeza.

—¿Entonces es el heredero de la fortuna que dejó tu marido?

—Un hijo nuestro. Tendremos un hijo. Él será el heredero. El otro era…, lo viste con tus propios ojos. —Se estremeció al recordarlo—. Era…, sus manos…

Pero el capitán Jack Meredith sabía lo que debía hacer para salvar su alma, y la de su esposa.

—He matado al padre. Pero no estoy dispuesto a desheredar a ese niño —dijo suavemente—. Si te niegas a acogerlo, te abandonaré.

Y ella comprendió que lo decía en serio.

—De todos modos, quizá no consigas encontrarlo —respondió al fin.

No le llevó mucho tiempo. Aunque los niños Dogget habían decidido evitar Hanover Square después del desastre del día anterior, cuando Meredith llegó a Grosvenor Square divisó a un niño con la cara tiznada de hollín, que, al reconocerlo, soltó el cepillo y echó a correr. El pequeño se fue por Audley Street y trató por todos los medios de despistar a Meredith, pero éste era fuerte y ágil y, al llegar a Hay’s Mews, logró alcanzarlo.

—Llévame junto a tu padre —le ordenó— o te aseguro que será peor para ti.

El hombre y el niño echaron a andar hacia Seven Dials.

Encontraron al costermonger en Covent Garden, donde habían montado el mercado de las flores. El hombre estaba de pie junto a su carretón, tocado con una gorra. Como solía hacer para no lastimarse las manos al empujar el carretón, llevaba guantes de cuero. Estaba observando a una bonita joven que despachaba en uno de los puestos, pero al ver acercarse a Meredith y al niño se volvió sin ceremonias y preguntó:

—¿Qué pasa?

—Ayer sorprendimos a tu hijo robando en nuestra casa —contestó el capitán.

—Imposible —replicó Dogget—. Mi hijo jamás haría semejante cosa.

—Te equivocas —insistió Meredith en tono jovial—. Pero éste no es el motivo por el que estoy aquí.

—¿Ah, no? —Dogget sonrió—. Supongo que no habréis venido en busca de pelea, ¿verdad, señor?

—Hoy no. Lo que me gustaría saber es cómo diste con este niño. ¿Es hijo tuyo?

—Menuda pregunta. —Dogget miró al capitán con recelo.

—¿Sí o no?

—¿Quién sois vos, y por qué queréis saberlo?

—Soy el capitán Meredith —respondió Jack amablemente— y tengo motivos para creer que ese niño fue abandonado por —mintió sin el menor reparo— una sirvienta que fue despedida de cierta casa. Es cuanto puedo decir en este momento. Pero si el niño es hijo tuyo, no hay más que hablar.

Harry Dogget adoptó un aire pensativo.

—Soy el padre de este niño desde que era una criatura —contestó al fin—. Le he dado un hogar. No puedo dejar que se lo lleven así como así.

—Mírame bien —dijo el capitán.

—Tenéis aspecto de caballero, lo reconozco —respondió Dogget. Luego relató a Meredith exactamente la manera en que había hallado al niño en Seven Dials.

—Entonces debo decirte —le explicó Meredith después de oír la historia— que éste es sin duda el niño que abandonó la sirvienta.

—Pero, papá —protestó el niño angustiado. No sentía el menor afecto hacia ese extraño alto y distinguido y se sentía confundido.

—Cierra la boca, ladronzuelo —contestó el costermonger afectuosamente—. Tú no sabes de qué va el asunto porque hacía pocas horas que habías nacido.

El niño obedeció de mala gana.

—Pero ¿cómo sabéis que es él? —preguntó Dogget al capitán.

—Por las manos. Y el pelo —contestó Meredith—. Son poco frecuentes.

—En efecto —reconoció el costermonger.

Después de dejar el carretón al cuidado del dueño de un puesto que conocía, Harry Dogget acompañó al capitán y al niño a Hanover Square. Cuando vio la casa lanzó un silbido de admiración y preguntó:

—¿Y dice que el niño va a vivir aquí, no como un sirviente sino como un miembro de la familia?

Cuando el capitán le aseguró que así era, el costermonger meneó la cabeza maravillado. Declinó el ofrecimiento de Meredith de pasar, pero antes de marcharse preguntó:

—¿Puedo venir mañana a verlo? ¿Para asegurarme de que se siente a gusto?

Meredith respondió que no sólo podía, sino que debía hacerlo.

Así fue como George, antiguamente lord Bocton y en ese momento conde de Saint James, fue restituido a su hogar.

A Isaac Fleming, sin embargo, el amanecer no le había producido tanta alegría, sino tan sólo una deprimente sensación de fracaso.

Ojalá no se hubiera dejado tentar por esas cuarenta libras. El dinero le pesaba como un fardo insoportable. No era sólo que necesitaba el dinero, sino el hecho de que todo dependía del dichoso pastel. Estaba tan obsesionado por el dinero que cada vez que se le ocurría un diseño que pudiera complacer a milady oía una vocecita que repetía machaconamente: «¿Eso es todo? ¿Por cuarenta libras?». El panadero imaginó un castillo, un barco, incluso un león, sólo que no sabía confeccionarlo. Pero todas esas ideas, al cabo de una hora, le parecían triviales, pueriles, corrientes. «Es inútil —pensó Fleming—, no poseo el suficiente ingenio». Incluso pensó que tal vez lady Saint James había estado en lo cierto al afirmar que los pasteles que había hecho para la fiesta anterior habían sido un fracaso.

—Debería renunciar a ese encargo —confesó Fleming con tristeza a su esposa. Pero necesitaba las cuarenta libras.

Cuando se despertó ese día, estaba desesperado. La factura del adoquinado de la calle seguía allí, impagada. Incluso su modesta tienda en Fleet era demasiado gravosa para él, se dijo Fleming. Tendría que mudarse a una zona más barata de la ciudad.

—Estoy acabado —murmuró.

Le habría gustado decirlo en voz alta, para despertar a su esposa, pero se abstuvo. Alicaído, Fleming bajó a encender el horno y hacer el pan de la mañana.

Después de preparar la primera hornada, Fleming salió a la calle. Fleet Street estaba en silencio. Aún no circulaban carros. Hacia el este, sobre Ludgate, el firmamento aparecía iluminado por los primeros rayos del sol. Las elevadas y onduladas nubes se recortaban sobre el cielo azul como la cabellera de una mujer. Hacia Ludgate, por encima de los techos, se alzaba el espléndido campanario de Saint Bride, diseñado por sir Christopher Wren, con sus plataformas octagonales apiladas unas sobre otras hasta casi rozar el cielo.

«Saint Bride (novia) —pensó el panadero—. Un nombre muy apropiado para una iglesia, si uno va a celebrar una boda».

Y entonces se le ocurrió una idea maravillosa.

Los invitados ya habían llegado: tan sólo unos veinticinco de los más queridos y distinguidos amigos de la novia.

Por supuesto, todos sabían lo mal que la había tratado Saint James y se compadecían de ella. También sabían lo de su encuentro con Fleming, el panadero, cuyo pastel, aunque aún no lo habían visto, prometía ser memorable. Una dama, más ávida de información que los demás, había enviado a un lacayo a la tienda de Fleming para averiguar exactamente lo que el panadero había visto aquel día. «Procura enterarte de qué ojo le puso morado, si el izquierdo o el derecho —le había ordenado—. No quiero hacer el ridículo confundiéndome de ojo».

Pero incluso este drama, y la repentina boda, que había provocado toda clase de rumores y conjeturas durante varias semanas, quedaba eclipsada por la última revelación salida del número diecisiete de Hanover Square: el hallazgo del heredero.

Era increíble. Por lo visto, una perversa criada había sustituido al niño por otro, lo que había hecho que la joven esposa se volviera medio loca de desesperación al descubrir el engaño. Tenía que ser verdad, según coincidían todos, porque no existía razón concebible alguna de que esta dama o su nuevo esposo se inventaran semejante historia. Todos insistieron en ver al niño, pero su petición les fue denegada.

—Sería demasiado para él —les explicó su madre—. Debo protegerlo.

Es más, ella había insistido, y Jack se había mostrado de acuerdo, en que el niño —que apenas sabía hablar un inglés inteligible, y mucho menos leer y escribir— debía pasar un año recluido con un tutor antes de poder presentarlo en sociedad.

—Pero hacer todo esto de golpe y abandonar precipitadamente la ciudad —se quejó una dama—. ¡Nos ha robado la escena a todas! ¡Estoy verde de envidia!

En cuanto a la flamante señora Meredith, que casi, aunque no del todo, había logrado superar el golpe recibido el día anterior, su triunfo social —que la convertiría en inmortal durante toda la temporada— se vio coronado por la aparición de dos lacayos que portaban el pastel nupcial.

La idea que se le había ocurrido a Isaac Fleming aquella mañana era sencilla, pero tan espectacular que —según comprendieron los asistentes en cuanto la vieron— su creación se convirtió en un clásico. No se trataba de un solo pastel, sino de cuatro, cada uno más pequeño que el anterior, recubiertos por una capa dura de azúcar y dispuestos, uno encima de otro, en unas plataformas sostenidas por unos pequeños pilares clásicos de madera, también recubiertos de azúcar. Era una réplica casi exacta del campanario de Saint Bride diseñado por Wren. Jamás habían contemplado una tarta como ésa. A partir de entonces, ninguna boda que se preciara estaría completa sin un pastel así. Los invitados rompieron a aplaudir.

Su anfitriona se sintió tan satisfecha que casi recordó pagar al panadero, al día siguiente, antes de abandonar el país. Con todo, cabe imaginar que se habría sentido menos satisfecha de estar al tanto de una entrevista que tuvo lugar en la esquina de la calle en el mismo momento en que los invitados comenzaron a aplaudir. La entrevista se produjo entre Harry Dogget y el nuevo conde de Saint James.

—¿Todo va bien? —preguntó el anciano con expresión risueña.

—Es asombroso. Pero tengo que ir siempre de punta en blanco y me obligan a ponerme zapatos. ¡En pleno verano! Es horrible.

—Déjate de tonterías.

—Quieren que aprenda a leer y escribir.

—Eso no te hará daño.

El niño se quedó pensativo.

—Hay otra cosa, papá.

—¿De qué se trata?

—Hace un año, cuando mi madre estaba borracha, comentó algo sobre Sep y yo.

—¿Ah, sí?

—Me dijo que encontraste a Sep en Seven Dials.

—Es posible.

—Pues si lo encontraste a él y no a mí, ¿qué estoy haciendo en esta casa?

—Cosas del destino —respondió Harry Dogget alegremente. Tras reflexionar unos momentos añadió—: Tú fuiste quien entraste en la casa y trataste de robar un chelín, ¿no es cierto?

Sam asintió con la cabeza.

—Y te pillaron a ti.

—Pero yo soy tu hijo, ¿no?

—Desde luego.

—Y Sep no lo es.

—Verás —explicó Harry al niño con impecable lógica—, eso es algo que no sabemos. Cuando lo encontré, supuse que era mío. Según dicen, alguien abandonó a un niño igualito a él. Bien pensado, es posible que Sep no sea hijo de esta gente ni nuestro. Pero eso no tiene importancia. Lo único que sé —declaró Harry Dogget categóricamente— es que tú, mi hijo, has entrado en el mundo por la puerta grande.

—Soy un lord —confesó el niño.

Ante esa revelación a su padre le entró tal ataque de risa que tuvo que agarrarse a la verja.

—No me siento a gusto.

—Utiliza la sesera —le amonestó su padre—. ¿Quieres vivir toda tu vida rodeado de lujos? Mira esta casa. Milady dice que eres hijo suyo. De modo que cierra el pico y da gracias a la providencia. ¿No quieres ser un lord?

—No está mal —reconoció Sam—. ¡Si vieras la comida! En esta casa no entra una sola ostra.

—Perfectamente —respondió su padre—. Disfruta de la vida. Si te metes en un lío ya sabes dónde dar conmigo, pero si renuncias a todo esto te daré de latigazos hasta que te arrepientas de haber dejado de ser un lord.

—De acuerdo —dijo Sam. Al cabo de unos instantes añadió—: Papá.

—¿Qué?

—Dile a Sep que puede quedarse con mis ahorros.

Su padre asintió con la cabeza.

—Adiós, Sam.

Y con esto el costermonger se marchó silbando una alegre tonada.

La muerte de la señora Meredith, ex lady Saint James, acaecida al año siguiente al dar a luz un hijo, fue objeto de un fastuoso funeral que duró todo un día. Su marido, aunque volvió a casarse, siguió siendo el tutor del joven conde de Saint James, obligación que cumplió fiel y rigurosamente, cobrando por sus servicios tan sólo un estipendio justo y decoroso del legado del conde. El joven lord sentía una gran estima hacia él. Sin embargo, las personas que recordaban al viejo conde solían comentar que el hijo era mucho más divertido que su padre.

Sep Dogget, que en realidad había nacido lord Bocton, se sentía satisfecho de ser bombero, y, puesto que ignoraba que le hubieran dejado una cuantiosa fortuna, no la echaba en falta.

Pero el mayor legado posiblemente fuera el de Isaac Fleming, cuyo invento le procuró fama y fortuna, una elegante tienda dotada de un escaparate saliente arqueado —aunque no se mudó de Fleet Street— y cuyos pasteles perdurarán mientras se sigan celebrando bodas.