31
En las llanuras, Thog había reunido a los diversos sectores del ejército de Kolanda y marchaba en dirección a las tierras quebradas. Desde su punto de observación, la Comandante observó cómo sus goblins se introducían entre las distantes colinas, consciente de que poca cosa podrían hacer. Cuando llegaran, todo habría terminado. Ya percibía el ruido de cascos del caballo que se aproximaba. Retrocedió hacia las sombras de un bloque de piedra y, desde allí, indicó a sus seis guardias que se apostaran en sus escondrijos a lo largo del camino. En breves minutos, los jinetes se hallarían entre ellos.
—Tú puedes quedarte con el mago, Caliban —susurró la mujer—. Los goblins y yo nos encargaremos del bárbaro.
«Sombra de la Cañada… —musitó la marchita víscera apoyada en su pecho—. Caliban esperó largo tiempo. Ahora, a Sombra de la Cañada le tocará morir muchas veces antes de perecer de verdad».
Kolanda sintió que aumentaba en ella el hormigueo de la magia, y se alegró. Caliban no tendría tiempo de pensar en nada más hasta que se hubiera vengado del mago Túnica Roja. Entretanto, ella se habría apoderado del objeto que llevaba el humano, y que indefectiblemente convertiría a Caliban en su esclavo.
Los cascos del caballo chacolotearon contra la piedra a pocos metros de quienes tendían la emboscada. La Comandante empuñó la espada y contuvo la respiración mientras contaba los segundos. El corcel estaba cada vez más cerca. Detrás de la roca se produjo un movimiento, y enseguida apareció la cabeza del animal. Kolanda alzó el arma y… quedó paralizada. La silla del caballo iba vacía. Con la mirada fija en lo que tenía delante, el noble bruto siguió con su trote sin ver a nadie…, si bien sus orejas se torcieron hacia los goblins escondidos a lo largo del camino.
Kolanda salió de su cobijo y examinó la senda por la que había llegado el animal. Nada. Entonces se volvió para ver cómo se alejaba el caballo, que desapareció en una curva, con lo que se apagó el ruido de los cascos.
—Me han engañado —jadeó Kolanda—. Pero veremos quién gana en astucia al final… ¡Salid! —les gritó a sus guardias—. ¡Deprisa!
Todos obedecieron en el acto, aunque mirándose desconcertados, y emprendieron el camino. Desde una oscura grieta entre las quebradas rocas, el postrer goblin vio pasar a los demás y quedó inmóvil al parecerle que, en el interior de la grieta, se había agitado algo. Con paso lento penetró más en la negrura. Y fue lo último que hizo en su vida. Porque unos duros cascos impulsados por poderosos cuartos traseros lo golpearon en la cara y en el pecho.
Geekay salió de su agujero, tocó con las patas al ser muerto, sacudió las orejas con repugnancia y examinó el camino tomado por los demás. Y los siguió a un ligero trote.
* * *
—Es algo que un hombre aprende cuando viaja solo por tierras selváticas —explicó Ala Torcida, al mismo tiempo que ayudaba a Sombra de la Cañada a pasar por encima de una hendedura—. Nunca te vuelvas atrás sin tener la posibilidad de un desvío. No sabes qué puede aguardarte en cualquier rincón.
—Y tú puedes perder a tu caballo —graznó el mago.
—Prefiero quedarme sin él que perder la vida yo —contestó Ala Torcida con un encogimiento de hombros—. Pero no es probable. Hemos pasado mucho tiempo juntos. Geekay sabe muy bien lo que debe hacer… Aquí huele a goblins —añadió el hombre de repente, con un olfateo.
—Y yo presiento algo malo —dijo Sombra de la Cañada—. Magia y maldad. Quisiera poder ver.
El hombre lo miró con atención.
—¿Quieres decir que no ves?
—No me refiero a mis ojos, sino a otros modos de ver las cosas, ¿entiendes? Me parece haber estado siempre ciego. ¡Maldito Sometedor de Hechizos!
Ala Torcida le dio la vuelta al yelmo, indicando la piedra verde que lo adornaba.
—¿Qué me dices de esta gema, de Rastreador? ¿Te produce algún efecto?
—Nada… Salvo que la toque. Ya viste el efecto que tiene entonces.
—¿Se debe eso a que eres mago?
—Pues sí. Las dos piedras reaccionan ante la magia. Rastreador la mantiene en su sitio; el Sometedor de Hechizos, en cambio, la desconcierta y la vuelve del revés. Así es como Gargath consiguió la gema gris. Al menos, eso dice la leyenda. Y ahora lo creo.
Ala Torcida se volvió de pronto, con una mano en alto.
—¡Pssst! —dijo—. ¡Escucha!
Delante de ellos, a escasa distancia, se alzó un clamor de voces. Eran los goblins, que gritaban de alegría.
—Están en el puente —murmuró el humano—. ¡Vayamos!
Echó a correr, dejando que Sombra de la Cañada lo siguiera. A toda prisa, saltando de piedra en piedra, llegó a lo alto de la zona quebrada, rodeó una roca y distinguió el puente. Un gran número de goblins avanzaba por su extremo, y, en medio de la pendiente, había un enorme ogro armado con una porra. Y entre ambas amenazas se hallaban los dos enanos y el kender.
Incluso desde tan lejos, Ala Torcida observó que Chane Canto Rodado se preparaba para la lucha: una criatura tan menuda, la mitad que el monstruo al que se enfrentaba, sin más arma que un martillo… Encima de toda la escena, el gnomo chiflado describía círculos en el aire, sostenido por las alas de lo que parecía una cometa de lona.
Ala Torcida se echó al hombro el yelmo de Grallen, sujetó las correas en su escudo y empuñó la espada. Cuando alcanzó la parte baja del sendero, corría a toda marcha, y su grito de guerra fue un espantoso aullido de furia al arrojarse sobre el pelotón de goblins.
* * *
Loam avanzó despacio hacia el enano. Realmente saboreaba el momento, imaginándose por adelantado la dulce satisfacción de destruir al pequeño ser que lo había humillado. Durante largos días e incontables kilómetros había soportado la mofa de Cleft, después de que éste lo desenterrara de entre la rocalla, y aquellas burlas todavía le sonaban en los oídos. La furia producida de este modo había fermentado hasta convertirse en un profundo odio hacia el enano vestido con la piel de un felino. Ahora Cleft estaba muerto, y Loam no lo lamentaba, pero, aun así, los mordaces pitorreos del compañero seguían hiriendo al ogro.
Muchas veces en su vida, Loam había dado muerte a enanos, y también a humanos y otras criaturas inferiores. Entre sus víctimas figuraban asimismo dos elfos, eliminados por puro gusto. Pero esta muerte le proporcionaría un placer especial, y procuraría alargar el momento al máximo.
Cuando casi tenía ya al alcance al diminuto enemigo, hizo una súbita finta con su porra. El enérgico regate del enano le divirtió sobremanera, y su ronca risa retumbó como un lejano trueno. De nuevo atacó Loam con su tremenda clava, rozando esta vez la cabeza de Chane al retroceder el enano. ¿Era miedo lo que reflejaban los ojos del pequeñajo? El deleite de Loam aumentó mientras blandía lentamente la porra de un lado a otro, con sarcasmo, al mismo tiempo que con la otra mano le hacía señas a Chane.
—¡Mi pequeño luchador! —se choteó—. ¡Qué valiente! ¡Si apenas te sostienen las rodillas! ¿Acaso crees que tu martillo me asusta? ¡Acércate e intenta golpearme con él, y verás qué ocurre!
Por el rabillo del ojo, Loam vio que el kender avanzaba de modo furtivo a lo largo de la baranda del puente, tratando de flanquearlo. Con la mano vacía le soltó un golpe que lo derribó.
—Los amigos no deben ayudar al que pelea —tronó—. El enano tiene que enfrentarse solo a Loam.
Levantó aún más la clava, amenazador y, de repente, Chane se precipitó hacia sus piernas como una flecha. El ogro profirió un aullido terrible cuando el martillo del enano le dio en la rótula.
Chane se metió entre las piernas del coloso, se volvió con toda rapidez y, cuando el ogro se giró hacia él, le atizó otro martillazo en la misma rodilla. El grito del monstruo fue ensordecedor. Chess pasó a su lado a la carrera y le pegó en los nudillos con el pesado extremo de su jupak mientras chillaba con toda la fuerza de sus pulmones, lanzando maldiciones e insultos que resumían a la perfección la estrafalaria naturaleza de los ogros.
Una oleada de goblins había empezado a invadir el puente, pero de pronto vaciló. Al otro lado de las agujas del viaducto sonó súbitamente un alarido escalofriante, y los goblins huyeron despavoridos en todas direcciones cuando Ala Torcida los atacó a golpes de escudo y estocadas de su centelleante espada. Unos cuantos goblins situados al pie del puente intentaron formar una defensa, pero ahora fue Jilian la que los segó con sus torbellinos.
Entretanto, Chane lograba dar un buen martillazo al ogro, esta vez en el diafragma, aunque recibía por su parte una porrada que lo dejó tendido. De momento quedó medio atontado, casi sin poder respirar, y Loam avanzó hacia él con la clava levantada, dispuesto a aplastarlo, pero ignoraba que detrás de él iba el kender con la jupak a punto.
Chess se aprestaba a agredir al monstruo cuando, de repente, algo cayó sobre su brazo: un gancho metálico, sujeto a una cuerda. El kender soltó la jupak y agarró la cuerda. Rápidamente rodeó con ella el macizo tobillo del ogro, la unió al gancho formando un lazo y tiró con toda su fuerza de la soga.
En el aire, los sensibles mecanismos del aparato volador reaccionaron a la sacudida. Inmediatamente se alinearon los estabilizadores y el ingenio emprendió el camino del cielo.
La porra de Loam descendió a la vez que sus pies perdían contacto con el suelo. El golpe destinado a Chane fue a parar contra una piedra, a poco más de un palmo de la cabeza del enano, quien levantó los ojos para ver qué sucedía. Encima del puente, un pataleante ogro pendía cabeza abajo de la cuerda de Bobbin, mientras el artefacto temblaba y vibraba en su esfuerzo por ganar altura.
La voz del gnomo fue un estridente chillido.
—¡Quitad ese monstruo de mi soga! ¡Pesa demasiado!
Chestal Arbusto Inquieto tomó su jupak y buscó desesperadamente en su bolsa. Lo único que salió fue una pequeña bola de cristal, algo que había encontrado en el antiguo y helado campo de batalla del valle de Waykeep.
La colocó en su jupak y apuntó hacia el gancho que sujetaba la cuerda al tobillo del ogro.
—Quizá yo pueda soltarlo —dijo confiado.
La bola de cristal rebotó en el pie de Loam y fue a empotrarse en el mimbre de la cabina de Bobbin. Algo carente de voz pareció susurrar:
«¡Ah! ¡Mucho mejor!».
El kender miró sorprendido a su alrededor.
—¿Eres tú, Zas?
Enfurecido y echando espumarajos por la boca, Loam dejó caer la porra, torció el cuerpo hacia arriba y comenzó a trepar por la soga que lo sostenía. Chess hizo bocina con las manos y gritó:
—¡Cuidado, Bobbin! ¡El ogro sube por la cuerda! ¡Erré el disparo!
—¡Rayos y centellas! —contestó el gnomo, airado—. Supongo que, si quieres que algo salga bien, has de hacerlo tú mismo. ¿Dónde diablos está mi herramienta? ¡Ah, ya la tengo!
El tambaleante artilugio se había apartado del puente y, poco a poco, empezó a caer hacia el desfiladero. Bobbin se movía de manera febril, soltando primero una lona y luego la otra, y retrocedió al desprenderse el soporte de la cabria, que se llevó consigo parte del aparato. El ogro, la cuerda y la cabria cayeron a plomo para desaparecer entre las nieblas de la garganta. El ingenio, en cambio, súbitamente libre del peso, voló hacia arriba como una flecha. A gran altura hizo un giro muy ceñido y un rizo, y luego salió disparado por encima de la zona quebrada en dirección a las llanuras.
Chess le gritó, de puntillas:
—¡Vuelve! ¡Que te llevas a Zas!
Pero era ya demasiado tarde para que el gnomo lo oyera.
Ala Torcida se abrió camino a golpes de espada entre una manada de espantados goblins que se arremolinaban en la base del puente. El hedor de la sangre de esos seres lo envolvía como una miasma. Aún resonaba en las paredes de roca su aullido de guerra cuando el humano hendió la masa de cuerpos, chapoteando sobre la oscura sangre coagulada. Su espada era una danzante lengua de muerte. Hería y ensartaba a diestro y siniestro, y su escudo se había convertido en una mortal y machacadora maza. Unos goblins caían; otros emprendían la huida. Un súbito e intenso dolor surcó el hombro de Ala Torcida para descender por el brazo que sostenía el escudo. El humano se arrojó hacia adelante y dio la vuelta.
Era un armado jefecillo goblin quien lo atacaba. Tenía la espada cubierta de sangre y se disponía a arremeter de nuevo contra él. Ala Torcida quiso alzar su escudo, pero le fue imposible. Todo cuanto pudo hacer fue esquivar el golpe, cosa que consiguió de forma muy justa. El goblin soltó un sonido sibilante, hizo una finta y embistió de nuevo. El hombre sintió la herida en su muslo mientras su propia arma descendía y producía una profunda mella en el yelmo de la odiosa criatura.
Un pensamiento fortuito preocupó a Ala Torcida: el jefecillo goblin se había escondido, había esperado para atacarlo.
Una nueva arremetida. El humano logró desviar el golpe con su escudo y agredió a su vez con la hoja. La punta chocó contra el peto metálico del contrario y resbaló, y Ala Torcida notó que la sangre le goteaba por la mejilla. De manera confusa se dio cuenta, además, de que ya no estaba de pie. Se hallaba sentado, con las piernas abiertas y muy aturdido, y el jefecillo goblin le mostraba sus puntiagudos dientes en una maliciosa sonrisa. El diabólico ser cargó contra él, pero inesperadamente se puso rígido y emitió un extraño borboteo cuando la espada de Ala Torcida se introdujo entre su peto y la coraza de la espalda.
El hombre se levantó despacio, todavía medio atontado, y arrancó el arma del cuerpo muerto. Alguien acudió a ayudarlo. Era Jilian, cuyos ojos desmesuradamente abiertos reflejaban gran excitación. Ala Torcida se tambaleó un poco antes de recobrar el equilibrio. A su alrededor, todo era pestilencia, derramamiento de sangre y… silencio. Nada se movía. El único sonido perceptible fue un raro y lejano zumbido, como si se formase un fuerte huracán.
El aire se notaba quieto y pesado. El humano se preguntó, vagamente, dónde estaba la luz del sol. ¿Por qué había oscurecido tanto?
Aún mareado, Ala Torcida miró al cielo. En efecto, allí se acumulaban espesos nubarrones que se deslizaban arremolinados hacia el éste, en dirección a las llanuras de Dergoth; fajas de negros estratos que procedían de las laderas del Fin del Cielo.
«¡Qué extraño! —pensó—. Un tiempo muy extraño».
Pero sus heridas le hicieron olvidar de momento las nubes. Sabía que estaba herido, quizás incluso de gravedad.
Jilian le tiró de la manga y señaló el otro lado del puente. Alguien se acercaba. Las sombras arrojadas por las nubes estorbaban la visibilidad, pero Ala Torcida pudo ver al fin de quién se trataba. Nada menos que de Kolanda Pantano Oscuro, la Comandante. Con los pechos al aire, el cuerpo de la mujer contrastaba de forma sorprendente con el horrible yelmo y las armas que llevaba. Varios goblins corrían a su lado. El hombre contó cinco, mejor armados que aquellos con los que había luchado en el puente. Y más disciplinados. Un grupo de choque, sin duda.
Chane se reunió con él a medio puente. Ala Torcida tuvo que dejar en el suelo su espada para desatar el yelmo que llevaba colgado del hombro. Estaba manchado de sangre. De la suya propia.
Entregó la valiosa pieza a Chane Canto Rodado.
—Aquí tienes el casco de tu antepasado —dijo con brusquedad—. Con la gema y todo. Confío en que valga la pena.
Él enano le dio la vuelta en sus manos, examinándolo con emocionada atención.
—¡No te quedes ahí pasmado! —rechinó Ala Torcida—. ¡Úsalo!
—Estás herido —señaló Chane.
—No es gran cosa. Pronto me curaré. Pero ahora no tenemos tiempo de discutir eso. ¡Ponte el yelmo!
El enano se echó hacia atrás la negra capucha de orejas de gato, y Chess lo miró boquiabierto. No se había dado cuenta de lo cambiado que estaba Chane. La barba, inclinada hacia atrás, y los separados ojos de intensa expresión eran los mismos, pero Chane era distinto. El kender no sabía bien por qué, pero ya no podía ver en el compañero al divertido enano disfrazado de conejo. Tenía la sensación de que era otro. Chess se preguntó si el viejo guerrero llamado Grallen habría tenido ese aspecto.
El enano se puso el yelmo, que parecía hecho a su medida. Ajustaba tan perfectamente a la cabeza de Chane, que diríase que nunca había estado destinado a otra persona. La verde piedra engarzada encima del cubrenariz comenzó a resplandecer.
Chane pareció ponerse rígido. Cerró los ojos y, cuando habló, su voz había cambiado.
—Yo, Grallen —declaró—, hijo del rey Duncan, partí la mañana de la última batalla, a la cabeza de los enanos hylar. Procedíamos de la Puerta Norte de Thorbardin para encaminarnos al oeste, donde acampaban las compañías errantes. Luego atravesamos el Fin del Cielo hasta las llanuras de Dergoth para reunimos allí con el grueso de las fuerzas hylar. Mis tropas asaltaron la guarida que el hechicero ocupaba en la montaña. Grande fue el valor con que lucharon mis hermanos, y muchos cayeron con honor a mi lado…
Los demás lo contemplaban extasiados. Hasta Jilian había retrocedido, enormemente abiertos los ojos.
—Pero, cuando la batalla parecía decidida a nuestro favor —continuó Chane— y yo me enfrenté al hechicero en su cueva, éste sonrió, y de todo su ser emanó una magia formidable: una llama de poder y horror que perforaba la piedra y el acero.
»Y en su ira y desesperación, el hechicero destruyó tanto a sus enemigos como a sus aliados…
»Así fue como morí yo, y por eso estoy condenado a vivir entre los restos de la fortaleza, ahora llamada Monte de la Calavera, hasta el día en que alguien rescate mi yelmo y lo devuelva al país de mis padres para que yo pueda hallar reposo.
Las nubes borbotaban y se revolvían en el cielo, ennegreciendo la tierra. Los aullidos del viento arrancaban ecos al abismo. Chane parecía estar en trance hasta que se estremeció y abrió los ojos.
—Grallen… —musitó.
Después se volvió para contemplar el macizo del Fin del Cielo, que se alzaba al otro lado del puente, y una luz verde relució entre la caída rocalla. El enano tuvo la sensación de que aquella luz salía de una puerta abierta.
—Ve —dijo Ala Torcida—. Yo los mantendré a raya mientras pueda. Ve y lleva a cabo aquello para lo que vinimos…, sea lo que sea.
Chane vaciló, pero al final hizo un gesto de afirmación.
—En efecto es lo que vinimos a buscar —contestó, y le tendió la mano al amigo—. ¡Que tengas suerte, humano!
Ala Torcida la estrechó con la que tenía sana.
—¡Buen viaje, enano!
Chane se volvió hacia el extremo del puente y el misterio que aguardaba detrás. Jilian lo siguió. Chess no sabía si ir también, pero cambió de opinión.
—Probablemente está a punto de ser rico y famoso —murmuró—. Y, asimismo, de hacerse insufrible. Creo que me quedo.
Kolanda Pantano Oscuro, por su parte, los observaba desde el pie del puente. Había adoptado la postura de un guerrero. De un vencedor. Sus ojos, escondidos detrás de la máscara de acero, centelleaban de expectación, y entre sus senos había algo que despedía un oscuro resplandor. En el aire flotaba un débil sonido chispeante.
Y de pronto no hubo más tiempo. De la zona quebrada surgieron tropas de goblins que se lanzaron sobre Chane y sus compañeros y, detrás mismo de la base del puente, Kolanda Pantano Oscuro hizo señal a su guardia para que avanzase. Ala Torcida alzó su espada y apoyó con fuerza los pies, preguntándose cuánto rato necesitarían los enanos para estar a salvo en el interior de la montaña.