29
El puente de piedra que cruzaba el abismo en su punto más estrecho, junto al pie del Fin del Cielo, era viejo. No verdaderamente antiguo en el sentido del monolito de Gargath y otras construcciones como Pax Tharkas y las ruinas de Zhamen, pero tenía muchos años. Desde luego había sido levantado después del Cataclismo, ya que antes no existía ningún abismo entre los picos de las montañas y las llanuras de Dergoth.
Asimismo resultaba evidente que se trataba de una obra realizada por enanos. Era un puente de arco muy elevado construido totalmente de piedra, a base de enormes y tallados bloques de granito que en la parte central alcanzaban una altura de treinta metros, si no más, que cubría una luz de trescientos metros por encima del desfiladero. El suelo del puente medía algo menos de tres de ancho, con lo que era igual que los túneles de Thorbardin por donde pasaban las vagonetas tiradas por un cable.
Al aproximarse a la estructura, Ala Torcida la examinó con detención.
—Espero que sepas lo que haces —le dijo a Chane—. Una vez cruzada la garganta, nos alejaremos de Thorbardin en vez de avanzar hacia allí. Y en alguna parte nos aguardan unos goblins muy desagradables.
—Al menos sé dónde buscar a Rastreador —contestó el enano—. Está justamente al borde de las llanuras, en la ladera de una colina. No creo que nos queden ni cinco kilómetros de camino.
—Cuando tengas el yelmo, te conducirá de nuevo a Thorbardin, ¿no? —gruñó Ala Torcida—. Pero el puente estará entre nosotros y la ciudad, ¡y no puedo imaginarme ningún sitio mejor para que nos atrapen los goblins!
—Por eso mismo me propongo ir solo, no bien hayamos atravesado el puente —anunció Chane—. Los demás podéis esperar junto al otro contrafuerte, para asegurarnos el regreso.
—Yo no pienso hacer tal cosa, Chane Canto Rodado —declaró Jilian, picada—. Si tú vas, yo iré también.
—Pues yo no tengo otra alternativa —intervino Chestal Arbusto Inquieto—. Voy contigo, Chane. Por lo menos hasta que solucione el problema de Zas.
—Yo dejaré aquí al Sometedor de Hechizos —respondió el enano—. Ala Torcida me lo guardará. De este modo, tú podrás permanecer aquí, Chess. Si me toca defender el puente, resultarás de gran utilidad. Ya te vi manejar la jupak.
—Sí que lo hago bien, ¿verdad?
—Es lo que acabo de decir.
—No; has dicho que me lo viste manejar.
—¡Lo haces muy bien! Por consiguiente, ¡quédate!
—No tengo más remedio, si el Sometedor de Hechizos está aquí. Salvo que… No creo que quieras que yo me ocupe de él hasta tu regreso. De ese modo…
«¡Nooo!», pareció gemir algo que no era una voz.
—¡Ay, cielos! —exclamó el kender—. No soporto tener que oír esto otra vez. Claro que podría dejar mi bolsa, pero… ¿dónde llevaría entonces mis guijarros?
—¡Te quedas! —lo riñó Chane—. Os quedáis todos. Yo sé adonde voy, e iré más deprisa solo.
Pero Ala Torcida hizo caso omiso de las palabras del enano. Rápidamente descargó al caballo de todos los bultos, dejando sólo la silla y los arreos. Luego montó y se ajustó el escudo al antebrazo izquierdo, a la manera de los jinetes.
Por último preparó la espada para tenerla a punto y miró al enfurecido enano.
—Si se trata de correr, tú eres quien está en peores condiciones. Así, pues, la persona indicada soy yo. ¿Dónde se encuentra la ladera?
Chane se encaró con él.
—¿Cómo sé que volverás?
—¿Y tú? ¿Acaso tienes la certeza de regresar? —replicó el hombre con rabia—. ¿Aceptas mi ayuda, o no?
—Nunca la pedí —rezongó Chane—. Fue Jilian.
Ala Torcida se inclinó para devolverle al enano su belicosa mirada.
—Te considero capaz de exasperar a un minotauro, enano, pero no creo que seas estúpido. Dime dónde hallar tu dichoso yelmo, y yo iré en su busca.
Jilian tiró de la manga de piel negra a Chane.
—Explícaselo, Chane. Él te lo traerá.
—¿Cómo sabes que…? Bien; supongo que tienes razón. Simplemente es que… cuesta confiar en los humanos.
—Espero tus indicaciones —dijo Ala Torcida.
—Al otro lado del puente hay una pendiente muy accidentada, con un sendero que serpentea a través de mineral aflorado durante cosa de… ochocientos metros, más o menos. Es un camino fácil de ver o, por lo menos, lo era cuando yo…, cuando Grallen lo vio. Una vez salido de la zona agrietada, descubrirás delante unas cuantas lomas. El camino se bifurca alrededor de la primera. Toma la senda de la izquierda. La otra conduce al pantano. —Chane hizo una pausa, antes de proseguir—: Detrás de esa loma verás otras dos, a menos de dos kilómetros de distancia; pequeñas colinas muy parecidas entre sí, con una quebrada que las separa, y la llanura a sus espaldas. El yelmo de Grallen está en la loma de la derecha, y lleva engarzado a Rastreador. La cara de la colina da al Monte de la Calavera, y el yelmo se encuentra cerca del pie de ella. Como hay muchos escombros, supongo que te tocará rebuscar bastante.
—¿Y si está enterrado?
—No lo está. Pero se halla en un lugar oscuro, en una especie de grieta profunda de paredes dentadas. Y, desde donde está, no se ve Thorbardin.
—¿Cómo sabes todo eso? —inquirió Ala Torcida.
—Porque me consta que Rastreador desearía verlo, pero no puede. Irda dijo que las dos piedras son objetos divinos, restos de algo que hizo un dios. Quizás están interesadas en algo que preocupa a ese dios…
—¿Y qué dios es ése? —preguntó Ala Torcida, ceñudo—. En el caso, desde luego, de que realmente existan los dioses. Porque yo no acabo de creerlo.
—Tampoco yo estoy seguro —admitió el enano—. Pero Irda tiene fe en ellos. Y Reorx es el más grande de todos los dioses, si es que, como tú dices, existen…
—¿Reorx? —exclamó el humano en tono de burla—. ¿Qué hay de Gilean, entonces? ¿Y de Paladine y de Kiri-Jolith? ¡Reorx no está por encima de ellos!
—¿De quiénes?
—De Gilean, por ejemplo.
El enano asintió.
—Me figuro que también es poderoso. Yo pensaba que Reorx era más importante que los otros dos que tú has mencionado. Nunca había oído hablar de ellos.
—¿Que nunca habías oído nombrar a Paladine? ¡Si es el más destacado de…!
—Se refiere a Thak y Kijo —intervino Chess con una risita—. Mucha gente los llama Paladine y Kiri-Jolith.
El hombre y el enano miraron al kender. Chane preguntó, molesto:
—¿Se puede saber de qué te ríes?
—Me hace gracia que, a pesar de no creer en la existencia de los dioses, los dos tengáis vuestros favoritos.
—¿Cómo conoces tan bien el tema?
—Porque me gusta escuchar.
—En cualquier caso es mera superstición —gruñó Ala Torcida, enderezándose en su silla. Recorrió con la mirada el puente de piedra que tenía delante, y tomó las riendas—. Regresaré —dijo—. Mantened ocupado el puente, por si surgen problemas.
Espoleó su montura y trotó hacia la construcción de granito. De pronto, el caballo dio media vuelta e intentó arrojar al suelo al jinete. Ala Torcida se aferró al animal, entre reniegos, y por fin consiguió dominarlo.
—Tal vez tenga miedo del puente —indicó Chane.
—¡Sería la primera vez que eso le sucediera a Geekay! —gritó el humano—. Ni siquiera teme a los goblins. Lo que ocurre es que le falta ejercicio.
—¿Se llama Geekay tu caballo? ¿Qué significa ese nombre?
—Él mismo se lo puso. Significa «Matagoblins».
Ala Torcida tiró de las riendas. El corcel se apoyó en los cuartos traseros y entró en el puente a todo galope. A los demás les llegó la voz ya lejana del hombre, que protestaba:
—¡Caballo del demonio! ¡No corras tanto!
Al cabo de unos segundos, el tronante animal había superado el punto más alto del puente y ya no se lo veía. Momentos más tarde, el chacoloteo de los cascos contra la piedra se debilitó hasta ser sólo un lejano tamboreo al otro lado del abismo.
—Bueno; el puente sigue en su sitio —comentó Chestal Arbusto Inquieto—. Parece que se puede cruzar.
—¡Naturalmente! —refunfuñó Chane—. Es obra de enanos.
Cargó con su bulto y subió al puente, seguido por los demás.
—Si un gnomo es capaz de volar —murmuró el kender—, supongo que un enano puede equivocarse en el cálculo de una construcción de vez en cuando…
* * *
Ala Torcida no tuvo totalmente dominado al caballo hasta que hubieron salvado la agrietada ladera y se hallaron en campo abierto y ondulado. Manteniéndolo en un trote constante, el hombre examinó las tierras que tenía delante. En efecto, vio un par de pequeñas colinas a menos de un kilómetro de distancia, tal como había dicho Chane. Aflojó las riendas y se dirigió hacia ellas mientras buscaba el camino.
Al principio no veía nada, pero luego descubrió rastros en un sitio bajo que, tiempo atrás, debía de haber sido un lodazal. Eran huellas viejas, pero todavía claras, y procedían de tres caballos, por lo menos, así como de las menudas y anchas botas de unos enanos. La senda desaparecía poco antes de llegar a la colina, pero Ala Torcida rodeó ésta por la izquierda sin dejar de escudriñar el paisaje. En ocasiones levantaba el escudo hasta la altura de sus ojos y miraba por encima del borde superior. Era un viejo truco para distinguir movimientos que, de otro modo, se habrían perdido en un espejismo. Por ahora no había visto nada, pero la brisa arrastraba el olor a goblins. Ésos seres tenían que estar, pues, en alguna parte cercana.
Mientras vigilaba las tierras de alrededor, no perdía de vista las orejas del caballo, porque también el animal olía la presencia de los goblins y se mostraba cauteloso. Movía las orejas de un lado a otro y, cuando las paraba, Ala Torcida miraba en esa dirección.
La loma era de una suave redondez y, una vez dejada ésta atrás, aparecieron las otras dos descritas por el enano, entre las cuales corría un encaje de barrancos y grietas.
Volvió Geekay las orejas hacia adelante y luego hacia la izquierda, mientras un temblor le recorría las crines. Ala Torcida alzó el escudo para mirar por encima. Algo acababa de moverse encima de una estrecha garganta, a menos de cien metros de distancia. Parecía una rama agitada por el viento…, excepto que las ramas se movían de manera rítmica, y aquello no.
Se desplazó, desapareció en la garganta y volvió a emerger unos cuantos metros más allá. Iba en dirección al punto en que su propio camino cruzaría la cañada.
«De modo que me esperan allí —se dijo el hombre—. Pero… ¿cuántos serán?». Ala Torcida torció un poco hacia la izquierda, tirando de la brida con fuerza, y luego dejó que Geekay tomase la iniciativa. El caballo no había sido adiestrado nunca para la guerra —como otros que había visto y que incluso llevaban armadura al igual que sus jinetes, hombres silenciosos que habían llegado de Solamnia largo tiempo atrás, en busca de un fugitivo—, pero él y Geekay habían recorrido mucho mundo juntos, viéndose en más de un serio apuro.
Aflojadas las riendas y con el olor de los goblins en los ollares, Geekay sólo necesitó el ligero tirón hacia la izquierda de su amo para seguir adelante con decisión. Dejando el caballo a su arbitrio, Ala Torcida saltó al suelo y corrió agazapado hacia la quebrada, que formaba un ángulo a la derecha.
Detrás de él, Geekay soltó un estridente relincho y echó a galopar hacia la izquierda. Cincuenta metros…, cien…, hasta que dobló hacia la garganta.
En el barranco, cuatro exploradores goblins se pararon al percibir el cambio en los ruidos que se acercaban. Uno quiso alzar la cabeza, y otro lo obligó a agacharse.
—¡No mires! —lo regañó. Harás que nos vean. ¡Escucha…!
—Escapan —dijo un tercero, señalando el camino por donde habían llegado—. ¡Por ahí!
Los goblins se volvieron, atentos al sonido de los cascos, pero entonces retumbó un escalofriante aullido detrás mismo de ellos. El último goblin ni siquiera tuvo tiempo de mirar qué era, porque la espada de Ala Torcida le rasgó la espalda desde el hombro hasta la cintura, haciéndole brotar un chorro de oscura sangre. El penúltimo se volvió y aprestó su ballesta para disparar, pero se la arrancaron de la mano. El goblin apenas pudo contraatacar con un impulsivo golpe de espada a las piernas del hombre y el metal chocó contra metal. El tercer goblin tenía ya su espada a punto, pero el cuarto le agarró el brazo.
—¡Retrocede! —susurró—. ¡Utiliza dardos!
Retrocedieron a trompicones mientras cargaban sus ballestas. El primer dardo rebotó en el escudo de Ala Torcida. El segundo golpeó la punta de la espada y fue a clavarse en la espalda del goblin que luchaba con aquél. Los dos supervivientes ya se disponían a disparar nuevamente sus dardos, cuando un ruido como un trueno sonó detrás de ellos. Uno se volvió con los ojos desmesuradamente abiertos y apartó al otro de un empujón al ver que los centelleantes cascos de un caballo llamado «Matagoblins» se le echaban encima. El compañero aún no se había puesto de pie cuando Geekay dio media vuelta y lo coceó. Aplastado como una tortuga en su caparazón, el goblin salió disparado por encima de la cabeza de Ala Torcida y fue a chocar contra una pared del barranco.
—No está mal —jadeó el humano, a la vez que tomaba las riendas del excitado e iracundo caballo y montaba en él—. Pero ahora vayámonos. Aquí apesta.
Geekay alcanzó de un salto el borde de la garganta y enfiló hacia la colina situada a la derecha. Ala Torcida se preguntaba dónde estarían los goblins restantes. Sabía que tenía que haber, por lo menos, otros cien, y entre ellos quizás algún ogro, aparte de una mujer de horrible armadura detrás de cuya máscara se escondía un rostro que debiera haber sido bello. Encima de esa colina se alzaba la reluciente figura verde de un hechicero con los brazos extendidos al máximo y un inmóvil báculo en una mano. El hombre parpadeó y, al momento, corrió a su encuentro. Incluso desde el pie del cerro había reconocido a Sombra de la Cañada…, pese a ser de un verde brillante y permanecer quieto.
Ala Torcida refrenó al animal junto al mago, y lo miró boquiabierto. Hasta sus ropas y sus cabellos eran verdes.
—¿Qué te ha sucedido? —inquirió.
—Tómalo… —dijo Sombra de la Cañada, que respiraba con fatiga.
—¿Que tome qué?
El humano vio entonces que el hechicero cerraba con fuerza un puño. Y lo abrió lleno de curiosidad. En su mano había un cristal, la pieza gemela del Sometedor de Hechizos, salvo por su color. Si aquella gema era roja, Rastreador era de un verde intenso.
Ala Torcida asió el cristal, y el color verde desapareció del mago. Sombra de la Cañada se desplomó tembloroso.
—No…, no tendría que haberlo tocado… —graznó—. ¿Cómo no lo supe? El Sometedor de Hechizos controla la magia; la vuelve contra sí mismo. Rastreador, en cambio, la paraliza, la mantiene estática. Así fue como Gargath guardaba y controlaba la gema gris.
El hombre contempló entusiasmado el cristal.
—¡Precioso! —exclamó—. Pero ahora nos esperan en el puente. ¿Puedes cabalgar?
—No pasaremos —indicó el mago, todavía tembloroso—. Los goblins… están detrás de ti, camino del puente. Los vi desde aquí. Con Rastreador en la mano, no fui capaz de moverme. Pero lo veía todo… El enano tenía razón. Thorbardin está amenazado.
Sombra de la Cañada se agachó para levantar algo en lo que el humano no se había fijado hasta entonces: un viejo yelmo, obra de enanos, no muy artístico pero realizado con habilidad. Era un yelmo con cuernos y rematado en punta, de metal bruñido, con láminas para la protección del cuello y la nuca y un cincelado cubrenariz. Encima de esta pieza había un engaste.
—Aquí va la piedra —dijo Sombra de la Cañada—. Ponla en su sitio, por favor.
Ala Torcida se hizo cargo del yelmo y le dio vueltas, maravillado. ¡El yelmo de Grallen! No cabía duda. El príncipe de los enanos había estado allí, en la fortaleza de Zhamen, y lo único que quedaba para dar fe de ello era el yelmo, que a su vez había llamado en sueños a Chane Canto Rodado.
Con todo cuidado, el hombre colocó a Rastreador en el engarce del casco. Sus dedos, callosos pero al mismo tiempo suaves, repararon los dientes de latón que lo habían sostenido. Por espacio de unos segundos, Ala Torcida tuvo la tentación de ponerse el yelmo en la cabeza. Probablemente era de su medida, y quizá le hablase… Pero enseguida cambió de opinión.
«Esto es cosa de Chane —se dijo—, y, si hay una lección que yo pueda aprender del hechicero, es la de no jugar con cosas que quedan fuera de mi alcance».
Sujeto el yelmo con correas, el humano lo colgó de su silla de montar y le tendió una mano a Sombra de la Cañada.
—Sube —lo invitó. El caballo puede con doble carga. Hemos de regresar al puente.