8

—¡Zas! —dijo de pronto Chestal Arbusto Inquieto, más para romper el silencio que por otra razón.

Había transcurrido casi un minuto desde el anuncio de Sombra de la Cañada, y nadie había pronunciado ni media palabra. Las tres criaturas sentadas alrededor del kender parecían petrificadas: el enano estaba anonadado, tratando de entender lo que acababan de notificarle; Irda daba la impresión de hallarse distante, aunque en tranquila espera, y el mago permanecía con la mirada gélida y pesimista, como si hubiese pronunciado la profecía de su propia condena.

Al ver que nadie reaccionaba ante su exclamación, el kender se encogió de hombros y comenzó a merodear por el interior de la pequeña construcción, en busca de algo interesante.

—¡Zas! —dijo de nuevo Chess, como si hablara consigo mismo—. ¡Lo llamaré Zas! Es un buen nombre para un hechizo que todavía no se ha producido.

«Pero que debe producirse», se lamentó alguien o algo.

—¡Pues a ver si te separas de mí de una vez! —exclamó el kender—. ¡Ni siquiera sé qué clase de encantamiento eres!

«Muy viejo», sonó la lúgubre respuesta.

—Eso ya está claro.

Chess metió la nariz en un armario de poco fondo, lleno de casillas. Las sombras impedían distinguir lo que aquellos casilleros contenían. El kender ya iba a introducir la mano en ellos, pero la retiró al darse cuenta de que Irda lo vigilaba.

—Sólo miraba… —se excusó, con una risita—. Quizá deba salir y dar una vuelta. —Cosa propia de un kender, el pensamiento se convirtió inmediatamente en acción. Chess abrió la puerta de la cabaña y la abandonó a toda prisa, aunque no sin dejarla cerrada.

Desde un principio, lo que más le había fascinado del hogar de Irda era el elevado obelisco situado en el empedrado calvero. Ahora se encaminó de nuevo a él, directamente a su cara norte, donde había visto puntos de apoyo para manos y pies. Hubiese querido descubrir adonde conducían, pero la presencia de Irda lo había hecho desistir, de momento.

Las marcas que presentaba la cara norte del monolito no formaban realmente una escalera, sino sólo una serie de muescas efectuadas a intervalos regulares en la empinada piedra. No obstante, para un curioso kender ya eran suficientes. Chess se echó la jupak a la espalda y comenzó a trepar.

A lo lejos, en la selva que se extendía más allá del claro de Irda, percibió el sordo rugir de los felinos que iban de patrulla. Y en algún lugar, a mayor distancia, sonó, arrastrada por las errantes brisas, una ronca voz de pájaro que graznó:

—¡Marchaos!

Los puntos de apoyo subían y subían, y Chess continuaba el ascenso. Cuando estuvo casi arriba del todo, contempló las copas de los árboles bañadas por la luna y, al este y al oeste, las oscuras murallas del valle. Pero, de repente, las muescas se acabaron. Le faltaban menos de tres metros para alcanzar la punta, cuando Chess se halló ante una piedra completamente lisa, a la que nadie podía agarrarse. El kender buscó con los dedos alguna punta de sujeción, o que al menos pudiera alcanzar con la jupak. No había nada y, después de unos largos minutos de frustración, Chess lanzó un suspiro y aceptó la derrota.

—¡Así son siempre las cosas! —gruñó, mientras iniciaba un reluctante descenso—. Probablemente, lo más interesante de todo este sitio se encuentre en la aguja del obelisco, en espera de que alguien lo contemple. Pero esa especie de escalera no llega hasta ahí. Me pregunto qué habrá en la punta…, quizás algo valioso. ¡Lástima que resulte inalcanzable! ¿A quién se le ocurre hacer unas muescas que parecen conducir al extremo, para interrumpirlas cuando ya falta tan poco? No le veo el sentido, la verdad.

—Todas las cosas tienen su sentido, pequeño.

Era la voz de Irda, queda e increíblemente dulce. Al volverse para mirarla, Chess estuvo a punto de perder el equilibrio. Ella estaba al pie del monolito.

El kender se arrastró como pudo obelisco abajo, saltó con agilidad al suelo y miró a Irda.

—Pensé que podría echarle una ojeada a lo que hay en la punta —se excusó—, pero no hubo manera de llegar. ¿Qué hay allí arriba, si se puede saber?

—Se trata del Sometedor de Hechizos.

«Sufrimiento y desolación», pareció gemir algo.

Chess miró a su alrededor, convencido de que no vería a nadie.

—¡Largo de aquí, Zas! —gritó, y de cara a la mujer agregó—: ¿Es algo que los dioses dejaron abandonado?

Irda se limitó a sonreír.

—El Sometedor de Hechizos quedó olvidado, en efecto. Pero aquello que los dioses desechan, finalmente vuelve a ser de utilidad.

«¡Infortunio y miseria!», aulló la misteriosa voz de Zas.

Irda se volvió a medias y alzó la cabeza. Parecía escuchar algo que Chess no podía oír. Algo raro ocurría con la luz, además. Los fuegos todavía llameaban en sus cazoletas del círculo de piedras, pero con menos intensidad, como si se les agotara el combustible. También había cambiado el resplandor rojizo y argénteo de las lunas Lunitari y Solinari. La luz que rielaba sobre el oscuro y encantador rostro de la mujer había adquirido un tono casi sangriento.

Chess salió de la sombra para contemplar el cielo, y entonces descubrió algo nunca visto. Las dos lunas, la roja y la plateada, se hallaban suspendidas sobre el muro de montañas que circundaba el valle, y sólo parecía separarlas una distancia de un palmo. La luna de plata estaba en cuarto creciente pero, mientras el kender la observaba, fue decreciendo como si una negrura procedente del norte la devorara. Cada vez era más estrecha.

—¿Qué significa eso? —preguntó Chess—. ¿Qué sucede?

Una suave luz partió de la cabaña de Irda, y se oyeron unos pasos. Momentos después, el enano y el mago estaban a su lado, igualmente interesados por el extraño cielo.

—¿Qué le ocurre a la luna blanca? —gruñó el enano.

Sombra de la Cañada alzó su bastón, que de nada servía en aquel lugar de antimagia, y la señaló.

—La Reina de los Dragones —dijo con voz sibilante—. La luna negra se deja ver y eclipsa a la otra.

—¿La Reina de los Dragones? —exclamó Chess, a quien la excitación hizo ponerse de puntillas—. ¿Te refieres a la luna o a la diosa?

—Son una misma cosa —indicó Irda—, no importa el nombre que lleven: Reina de la Oscuridad, Reina de los Dragones, Nilat la Corruptora…

—Tamex el Falso Metal —agregó Chane, malhumorado—. La malvada.

—La de los Mil Rostros —pio el kender—. Nunca antes había visto la forma de la luna negra. Sólo un agujero en el cielo, cuando esconde las estrellas. Es un disco, como las otras dos. ¡Mirad! Ahora ha cubierto casi a la luna blanca… ¡Ya la ha tapado del todo!

Donde antes había estado la luna blanca, se distinguía sólo un débil aro más claro, un fino círculo de resplandor que se fundió poco a poco. La luna negra había engullido completamente a la blanca.

En ese instante cobró vida el báculo de Sombra de la Cañada. El cristal de su punta, que por regla general tenía el aspecto de un trozo de hielo azul pero que, desde que el mago había entrado en el valle de Waykeep, parecía opaca tiza, adquirió un brillante color rojo, como si toda la luminosidad de la luna roja se hubiese condensado en él. Un rayo carmesí partió súbitamente del bastón para alumbrar por espacio de un instante la frente del desconcertado enano…, sólo durante una fracción de segundo. Después, el rayo se alejó danzando para deslizarse hacia arriba por la cónica torre, hasta alcanzar el extremo superior, donde descansó: un rutilante rubí en la punta del monolito.

Chane Canto Rodado contempló aquella luz carmesí, pero sus ojos ya no eran los de antes. Sin pronunciar palabra, se acercó a la base del monolito y halló los puntos de apoyo que el kender había descubierto antes.

Los demás seguían con la vista fija en la eclipsada luna blanca, incapaces de apartarla de aquel presagio. Poco a poco, la luna negra continuó su órbita y volvió a aparecer el sector luminoso, ahora creciente.

—El próximo presagio —dijo Sombra de la Cañada con voz tan débil y fría como la nieve barrida por el viento—. Un mal agüero.

Algo carente de voz pareció susurrar con tremenda tristeza:

«¡Llega la hora…!».

Chess miró rápidamente a su alrededor.

—¡Calla, Zas! —ordenó—. Los hechizos tienen que ser vistos, y no oídos. ¡Mira, Chane…! Pero… ¿qué hace ahora el enano?

Irda inclinó de nuevo su linda cabeza, como si escuchara. Sombra de la Cañada la observó con el entrecejo fruncido.

—¿Qué es eso, Irda? ¿Qué oyes?

Ella meneó la cabeza, y sus plateados cabellos danzaron a la luz que otra vez producían las dos lunas.

—El mal —cantó con delicadeza—. En el norte reside algo malo, y alguien entona una melodía referente al mal. Los ogros se divierten, y los goblins avanzan… Además percibo batir de alas.

—¿Adónde demonios se ha ido ese dichoso enano? —exclamó Chestal Arbusto Inquieto, que escudriñaba cada rincón del calvero. Por fin alzó la vista y parpadeó.

—¡Ah, conque ahí estás, Chane Canto Rodado! ¿Se puede saber qué haces trepando al monolito? Yo ya lo intenté. ¡No conseguirás llegar arriba!

También los demás miraron al enano. A bastante altura, y con el constante y firme ritmo de los montañeros, el enano se acercaba a la punta del obelisco.

—¡Eh, tú, que se te acabará la escalera! —gritó el kender—. Te aseguro que pierdes el tiempo. Nunca podrás…

Irda se le acercó y apoyó una tierna pero enérgica mano en su cabeza.

—¡Tranquilo, pequeño! —dijo con su cantinela.

La luna blanca volvía a verse entera, pero ahora era la luna roja la que disminuía de tamaño, al empezar a taparla la esfera negra. El tinte rosáceo de la luz lunar palideció para resultar más plateado. Chane Canto Rodado había alcanzado los últimos puntos de apoyo y vaciló.

El cristal del báculo de Sombra de la Cañada pestañeó nuevamente, esparciendo un frío brillo níveo. Diríase que el fulgor de la luna blanca se reflejaba en él. Un repentino rayo de luz partió entonces del cristal, bañando en cegadora claridad el martillo que el enano llevaba colgado de la espalda. Agarrado al monolito, Chane soltó el martillo, se apoyó como pudo y golpeó la piedra con la parte cortante de la herramienta. Otro martillazo, y se desprendió un negro fragmento que primero rebotó en el suave declive del monolito y, finalmente, produjo un fuerte sonido al caer contra el pavimento.

Enganchando de nuevo el martillo en su cinturón, el enano siguió la escalada y, apuntalado, abrió en la roca otro soporte.

—¿Cómo no se me ocurrió a mí eso? —comentó el kender con una de sus risitas—. Yo sólo pensaba en hondas o poleas y cosas por el estilo.

Ahora se había eclipsado casi la luna roja. No obstante, el bastón de Sombra de la Cañada centelleaba todavía, y una intensa luz blanca seguía bañando la punta de la aguja en que trabajaba el enano. De pronto, Chestal Arbusto Inquieto recordó la especial naturaleza de su compañero invisible, el hechizo que, de un modo u otro, se había unido a él. Recorrió lo que lo rodeaba con una mirada nerviosa.

—Oye, mago: esa luz…, ¿significa esto que la magia vuelve a actuar aquí?

—No una magia como se la imaginan los mortales —jadeó Sombra de la Cañada—. Ni tampoco algo que yo pueda sentir ni entender.

—Los dioses no están atados por los límites que ellos establecen —murmuró Irda—. En la red del Sometedor de Hechizos sólo queda capturada la magia de Krynn.

«¡Cenizas y desgracias!», gimió algún ser sin voz.

—Me alegra oír eso —suspiró el kender—. No tengo ninguna prisa por averiguar qué sucederá cuando Zas ande suelto.

En su ascenso hacia la punta, Chane abrió un nuevo punto de apoyo, y luego otro más, el último, desde donde se aupó para ver qué había arriba de todo. El extremo superior del monolito era un cuenco poco hondo, cuyo diámetro no sobrepasaría el metro veinte, con unos objetos dentro. El mayor de ellos era una pequeña estatuilla rota, al parecer de alabastro: la corroída y deteriorada figura de un hombre con barba, de cara vuelta hacia abajo y con un brazo intacto extendido, cuya mano sostenía un ovalado cristal rojo oscuro, de unos cinco centímetros de largo. La estatua, que puesta de pie no mediría más de unos noventa centímetros de altura, yacía de espaldas. Parte de su otro brazo estaba a su lado, pero le faltaba la mano.

El segundo objeto era una bola metálica del tamaño del puño de Chane, muy oxidada, aunque en ella se distinguía aún claramente la abolladura de un antiguo impacto. En la bola había incrustada una verde placa de bronce. El enano se inclinó para verla mejor. La luz de la luna blanca, ahora más intensa, le permitió leer parte de la inscripción. «Proyectil para asedios, tamaño cuatro, específico para lanzamientos por sorpresa».

«Gnomos», pensó Chane.

El enano pasó una pierna por encima del borde del cuenco y alargó la mano con intención de poner la estatuilla de pie, para examinarla mejor. Pero, de súbito, el rojo cristal latió y se puso a zumbar, los dedos de la figura se desprendieron, y el cristal fue a parar a su mano. Cuando Chane lo rodeó con el puño, la pieza se calmó. El enano supo entonces, sin duda alguna, por qué había escalado el obelisco. El cristal lo había llamado. Tenía, pues, que tomarlo.

De manera vaga apareció en la mente de Chane un rostro muy semejante al suyo: el barbudo rostro de un Enano de las Montañas. Pero, a pesar del parecido, no era su cara. Aquélla resultaba más severa y, además, presentaba cicatrices resultantes de duras batallas. Y lo miraba desde la abertura de un tachonado yelmo con cuernos, que lucía un solo adorno importante: un cristal que, salvo por el color, podría haber sido una pieza gemela del que Chane tenía en la mano. La piedra del casco era verde.

—¿Grallen?

Fue el propio susurro del enano el que lo preguntó.

El rostro asomado a la mente de Chane pareció hacer un gesto afirmativo. Luego se desvaneció.

Más desorientado que nunca en su vida, Chane Canto Rodado se guardó el cristal rojo en su bolsa, se echó el martillo a la espalda y descendió hasta los puntos de apoyo abiertos por él en la piedra. A partir de allí fue bajando poco a poco por el monolito. Encima de él, la antes rutilante luz palideció, y la punta del obelisco volvió a ser sólo un mineral iluminado por la luna.

Una vez abajo, los demás lo rodearon. El kender formulaba una pregunta detrás de otra, el mago trataba de decir algo, e Irda se había arrodillado para mirarlo de cerca a la cara.

En la frente del enano, encima del caballete de su nariz, destacaba una mancha colorada, casi de la misma forma y del mismo tono que la luna roja.

Cuando todos se hallaron reunidos en la cabaña de Irda, tomando una bebida sazonada con especias, Chane explicó lo descubierto. Sacó el cristal para mostrarlo a sus compañeros, pero así que Sombra de la Cañada quiso tocarlo, se quemó los dedos. También el kender había alargado la mano para cogerlo, pero la retiró enseguida al oír el grito de dolor del hechicero.

—Valdrá más que te lo guardes —dijo con expresión prudente.

Las dos lunas visibles eran nuevamente corrientes, tal como habían sido antes del presagio. En cambio, hacia el norte los cielos eran tremendamente oscuros, y no se veía ni una de las estrellas que allí deberían haber brillado. La luna negra parecía inmóvil, y Sombra de la Cañada se estremeció al mirar en dirección a ella. Irda se había sentado fuera de la cabaña, fija igualmente la vista en el norte, y tenía la cabeza echada hacia atrás como si escuchara con la máxima atención.

El resplandor de la lámpara y la cerveza dulce producían un efecto sedante. Chane notó que daba cabezadas, bostezó y, por fin, se apoyó en la mesa. El kender ya dormía.

* * *

Chane y sus compañeros no fueron los únicos que observaron el augurio de las lunas. A unos ciento cincuenta kilómetros al noroeste, en los calveros de Qualinost, los elfos de Qualinesti lo vieron también y enviaron soldados para que divulgasen la noticia. Aquello era un pronóstico que requería estudio. Algo malo se preparaba.

Unos cien kilómetros al oeste del valle de Waykeep, los magos de la Torre de la Alta Hechicería habían presenciado, igualmente, cómo la luna negra cubría primero la blanca y, después, la roja. Enseguida fueron convocados varios consejos, en los que quienes vestían túnicas blancas y los que iban de rojo destacaban mucho más que los que llevaban túnica negra.

Al norte del desierto, en la gran ciudad de Pax Tharkas, situada junto al puerto de montaña, la gente se agolpaba en las almenas para contemplar asombrada las lunas.

Y a unos treinta kilómetros del antiguo templo de Gargath, a través de la cordillera que separaba Waykeep del Valle del Respiro, filas de goblins armados se extendían por el extremo norte de un fértil valle en espera de recibir órdenes para avanzar hacia el sur, donde desprevenidas aldeas dormían entre los campos bañados por las lunas. Había entre esos goblins algunas criaturas de gran estatura, altaneros y que se mantenían aparte: unos ogros procedentes de sus guaridas para unirse a la horda de los goblins, seguros de que pronto habría buena caza.

En un altozano cubierto de maleza, que sobresalía por encima de los oscuros campamentos de los goblins, se alzaba una solitaria figura que miraba al cielo. Una luz de luna de dos colores iluminaba un yelmo cornudo y una brillante armadura negra. La lámina cubrenariz era una horrible máscara metálica, un diabólico invento a través del cual vigilaban unos inquisidores y oscuros ojos. Cuando comenzó la ocultación de las lunas visibles, la figura se quitó la lámina cubrenariz, y la claridad todavía existente reveló la faz que había detrás: un rostro de mujer, severo y de terrible mirada. Una cara que podría haber sido hermosa, de haberlo deseado, pero aquella persona había elegido otros caminos de los que no era posible el regreso. En el momento en que la luna negra de Krynn eclipsó el primero de los satélites visibles, la mujer extrajo una correa de debajo del peto, de la que pendía un informe bulto.

—Caliban —dijo ella.

La voz que contestó fue un seco y ronco murmullo, que sonó en los oídos de la mujer; una voz vieja y quejumbrosa.

«¿Para qué me llama ahora? —jadeó. ¡No me necesita aquí! ¡No hay aquí nada que no pueda hacer sola!».

La mujer se puso ceñuda.

—Las lunas, Caliban. ¿Qué significa eso?

«Las lunas, dice —susurró la seca voz—. ¡Quiere conocer la historia de las lunas!».

—¡Explícamela!

«Se trata de otro de los presagios de la Reina —graznó la fea voz—. Les comunica a los Grandes Señores que la hora de la invasión de Ansalon está a punto de llegar, y hace saber a todos los dioses que quieran escucharla que reclama como suyos esta época y este mundo, advirtiéndoles que no interfieran en ello».

—Otro presagio —dijo la mujer armada, de malhumor—. ¿Y no hay un mensaje para mí?

«¡Ah! —graznó la seca voz—. ¡Pide mensajes para ella!».

—¡Dímelo! —ordenó la mujer de la armadura negra.

«Si hay un mensaje para ella, no es más que esto: que prometió al Gran Señor que conseguiría y mantendría el acceso a la fortaleza de Thorbardin. La Reina no soportará a nadie que falle en las promesas hechas en su nombre».

—¡Yo no fallaré! —replicó la mujer—. Aunque no cuente con más ayuda que la de… ¡ésos! —gritó a la vez que, con el brazo libre, señalaba despectiva los oscuros campamentos de la horda de goblins a la espera—. Pedí al Gran Señor unas buenas fuerzas de ataque. Pero… ¿qué me dio él? ¡Unos pestilentes goblins! Sin embargo, yo venceré. Thorbardin caerá cuando llegue el momento.

La seca voz dijo:

«No necesita explicarme todo esto. Es su problema; no el mío. Ahora me dejará descansar hasta que haya un motivo más importante para despertarme».

—¡Yo haré lo que me dé la gana! —declaró la guerrera, pero, cuando unos diminutos relámpagos saltaron del negro objeto para pincharle la mano, emitió entre sus apretados dientes un sibilante sonido y se apresuró a esconderla bajo la armadura.

Aún le latía cuando, por fin, la tuvo descansando entre los senos.

—Presagios —gruñó ¡Yo no necesito presagios para realizar lo que me he propuesto!

Fijó entonces la mirada en el cielo, pero no allí donde las lunas contaban sus historias, sino más hacia el oeste, donde las cumbres que formaban el borde oriental del valle se alzaban cual mellados dientes contra el firmamento nocturno. Allí, a gran distancia detrás de la muralla de roca, se veía un resplandor carmesí; una luz que no procedía de la luna ni de un fuego, pero que permanecía suspendida en el cielo al otro lado de la cordillera como un eco del fulgor de Lunitari.

El objeto negro se movió entre sus pechos, y de nuevo percibió ella la seca y desagradable voz.

«Ah, pero sí que parece haber un mensaje para ella. Alguien anda por fuera esta noche, buscando el perdido camino de Thorbardin».

* * *

La luz diurna inundaba el valle cuando Chane Canto Rodado despertó. Tardó unos instantes en saber dónde se hallaba. Parpadeó y miró a su alrededor.

Los postigos de la cabaña estaban retirados, y la puerta aparecía entornada. Los armarios habían sido dejados abiertos y vacíos, y la fresca brisa otoñal recorría la vivienda, arrastrando consigo los sonidos del canto de los pájaros y los producidos por otras pequeñas criaturas; sonidos que, como de pronto se dio cuenta el enano, no había oído desde su llegada a aquel extraño valle situado en plena soledad. Cerca de la puerta, Sombra de la Cañada dormía sobre una áspera estera.

Chane se desperezó antes de levantarse. Estaba entumecido de dormir apoyado en la mesa y con el martillo todavía colgado de la espalda. Al recordar la noche anterior, deshizo con torpeza el nudo de su bolsa y examinó su contenido. En efecto, el cristal rojo seguía allí. El enano se llevó una mano a la frente y, a continuación, utilizó como espejo la pulida superficie del martillo. La mancha encarnada seguía en su cara, encima mismo del caballete de la nariz, pero había perdido color y se veía menos. No obstante, su mente estaba llena de una información que, como bien sabía, no había poseído antes.

Chane se volvió al percibir un pequeño ruido. El kender acababa de entrar por la puerta.

—Irda se ha ido —dijo el menudo personaje con tristeza—. No puedo encontrarla en ninguna parte. Y me figuro que también se ha llevado los gatitos, porque tampoco los veo.

—Supongo que nos ha dejado, pues —dijo Chane, al mismo tiempo que reunía sus cosas—. Pero no importa. Ya sé qué camino debemos seguir.