5
Chestal Arbusto Inquieto se sentía un poco decepcionado por el hecho de que el enano hubiese abandonado lo que prometía ser una interesante exploración para dedicarse a jugar con fuego, hierro y cosas por el estilo. Pero, como era propio de todo kender, había olvidado pronto la contrariedad. Para uno de su raza, el mundo estaba demasiado lleno de cosas nuevas y fascinantes, y no valía la pena padecer por una sola…, aunque se tratara de algo tan extraordinario como un enano fugitivo capaz de dar muerte a un felino gigante sin más arma que sus manos y confeccionarse luego un traje con su piel.
No había caminado todavía dos kilómetros, cuando Chess descubrió un nuevo motivo de maravilla. La parte selvática de aquel valle que había visto hasta entonces era muy antigua. Los nudosos y retorcidos árboles de madera dura, algunos de los cuales lucían aún sus colores otoñales pese a que muchos estaban ya desnudos, hablaban de tiempos inmemoriales, mientras que la gruesa capa de mantillo escondida bajo una espesa alfombra de hojas caídas hablaba de incontables generaciones de árboles crecidos y caídos mucho antes de los actuales. El bosque parecía decir que por él habían pasado miles y miles de años, sin que nunca sucediera nada especial. Jamás cambiaba nada.
Sin embargo, allí donde el ondulado suelo descendía hacia un rocoso riachuelo, la espesura adquirió un nuevo aspecto. Al otro lado se veía una selva distinta, más joven y menos misteriosa. El kender atravesó la corriente, trepó a la otra ribera y miró a su alrededor lleno de curiosidad. También allí eran grandes y altos los árboles, pero sin duda menos añosos y de una mayor variedad. Ciertamente, este bosque también era centenario, pero no milenario…
«Se quemó», dijo —o le pareció que decía— alguien. Hess no sabía si había oído esas palabras o si, simplemente, eran producto de su imaginación. Se volvió, pero no había nadie. Estaba solo.
—Bien pudo incendiarse —se dijo a sí mismo, en voz alta—. Quizá se declaró un fuego tremendo, en el que se quemaron todos los árboles viejos, y éstos crecieron después…
«Mucho después», pareció decir alguien de nuevo.
—¿Quien habla?
El kender se volvió en redondo, con su bastón ahorquillado a punto. Ni vio a nadie, ni descubrió la menor señal de que allí hubiese habido alguien. Al menos, durante largo tiempo. El único sonido era el que producía la caprichosa brisa que rozaba las copas de los árboles. Chess se agachó para mirar debajo de un arbusto cercano, y seguidamente dio un amplio rodeo, sin dejar de atisbar detrás de los troncos y de levantar cada piedra. Nada. No encontró a nadie.
Perplejo y curioso, el kender continuó su camino, aunque constantemente se volvía. En realidad no estaba seguro de haber oído nada, pero al mismo tiempo no recordaba haber pensado esas palabras hasta después de tener la sensación de oírlas. En Chess no era raro que hablase consigo mismo. Como buen viajero, con frecuencia se hallaba solo, e incluso cuando iba acompañado prefería hablar con su propia persona. Pero, en cualquier caso, siempre había tenido plena conciencia de lo que decía.
El camino a través de la selva joven, a la que Chess había puesto el nombre de Bosque Posterior al Incendio, conducía al kender más o menos hacia el norte, y de vez en cuando éste recordaba que su propósito original —por lo menos, el más reciente— había sido el de cruzar el valle con Chane Canto Rodado, camino del éste, para ver si el enano hallaba el yelmo de sus sueños.
El bosque se hizo más denso para aclararse luego, y Chess volvió a tener delante el negro sendero procedente del este que se curvaba nuevamente hacia el norte. Pero aquella senda se perdía casi de inmediato en la espesura al describir otra curva, ahora otra vez hacia el éste.
—Me pregunto de qué intenta apartarse ahora —murmuró el kender.
«Muerte y nacimiento», pareció decir entonces alguien, muy cerca. Chess dio una brusca media vuelta. Como antes, no había allí nadie.
—¿Muerte y nacimiento? —repitió.
«Nacimiento y muerte», contestó alguien.
Ésta vez, Chess dio unos pasos por el lugar, mirando hacia arriba con ojos entrecerrados. Quizás hubiese vuelto aquel pájaro parlante… Mas tampoco se lo distinguía. Además, el ave había hablado de manera clara y sin faltas. Lo que ahora se dejaba oír, no era lo mismo. Sólo parecía hablar.
El kender apoyó las manos en las caderas con un gruñido de exasperación, e inquirió:
—¿El nacimiento y la muerte de quién?
«Míos y de ellos», sonó la extraña respuesta.
—¿Los tuyos y los de ellos?
El kender movía los ojos de un lado a otro, dispuesto a descubrir de dónde partía aquella voz.
Por espacio de unos momentos reinó el silencio, pero luego retornaron los susurros.
«Muerte y nacimiento. Ve a verlo».
Y unos metros más allá, justamente donde comenzaban los árboles, se produjo un breve desplazamiento de la luz, como si el aire se hubiera movido.
—Sin duda hay algo terrible por ahí —decidió Chess—. Quizás incluso una trampa mortal para un kender. Creo que debo cerciorarme.
Dio la espalda al negro sendero y se internó en aquella parte de bosque donde había oscilado el aire de forma tan rara. Apenas entrado en la espesura, lo vio de nuevo. Algo situado a poca distancia y que lo llamaba.
—A lo mejor son ogros —musitó el kender, animoso—. Un atractivo atardecer para hacer caer a los incautos en una guarida de ogros. O de goblins, tal vez. No, probablemente no. No son lo suficientemente listos para ocurrírseles una cosa semejante.
Chess hizo una pausa, buscó en su bolsa y sacó una honda: un pequeño saquillo de cuero blando con ligaduras elásticas en ambos extremos. El kender sujetó esas ligaduras a los lados de la horquilla de su jupak, revolvió con el pie las hojas caídas hasta encontrar unos cuantos guijarros adecuados y, después, reanudó su carrera en dirección a la luminosidad que había visto antes. A pesar de no volver a notar el extraño movimiento del aire, mantuvo la misma ruta.
Al cabo de un rato la selva se abrió, y el kender se halló en una baja y agrietada loma desde cuya base se extendía un calvero. Una gran hondonada poco profunda, interrumpida aquí y allá por grupos de árboles y pequeños montículos herbosos, aquel claro se perdía en la distancia, donde pacían rebaños de animales. Más allá, por fin, el bosque ascendía hacia las empinadas laderas de la pared oriental del valle.
Pero, a medio camino, en el fondo de la depresión, había un amplio campo que parecía de hielo, liso en sus bordes pero revuelto en su parte central por muchas caprichosas formas y protuberancias que diríanse surgidas de su interior.
Chess descendió saliente abajo y se acercó al campo de hielo. A su alrededor, el aire era frío y silencioso.
«Viejo», pareció decir el silencio.
—Eso mismo —asintió el kender, que se arrodilló en la orilla para golpear la superficie con la jupak.
Aquélla materia tenía el aspecto del hielo y producía el mismo sonido, y, cuando saltó una astilla, Chess la probó.
—En efecto, es hielo —dijo.
«Fuego y hielo —pareció susurrar el silencio—. Y todo muy antiguo».
El kender se atrevió a pisar la capa de hielo. Unos cuantos pasos lo condujeron hasta la primera de las sorprendentes formas, un enmarañado montón de cristales y agujas más alto que él y de unos seis metros de largo. Arrodillado de nuevo, Chess descubrió unas retorcidas sombras en su interior. Al darle con la parte baja de su bastón, se formaron pequeñas resquebrajaduras que dieron paso a un agujero mayor que su propia cabeza cuando se desprendieron otros trozos de hielo. Dentro había una confusión de ennegrecidas ramas quemadas, y del hueco subió una neblina semejante al humo producido por la madera vieja. El kender alargó la cabeza para verlo mejor. Efectivamente, dentro del hielo había un árbol carbonizado.
—Fuego y hielo —se dijo Chess. Aquél árbol tenía todo el aspecto de haberse volcado mientras ardía, para quedar envuelto en hielo cuando todavía estaba encendido.
A su alrededor se elevaban otros interesantes montículos de hielo. El kender anduvo entre ellos para detenerse de vez en cuando con ojos desmesuradamente abiertos. Tanto misterio era algo maravilloso para uno de su raza. En ocasiones no lograba distinguir lo que contenía el hielo. Otras veces, sí. Una pequeña protuberancia encerraba un enano muerto: un pequeño y grueso cuerpecillo, armado con una cota de mallas y un yelmo con visera. Una flecha disparada por un arco lo había atravesado. El enano yacía sobre un escudo blasonado, conservado tan perfectamente por la capa de hielo que la sangre de su herida aún era de un rojo brillante. «Un Enano de las Colinas —pensó Chess—. Parece que no haga ni diez minutos que está muerto».
«Antiguo», pareció decir entonces alguien. El kender se levantó y echó a andar, pero se paró de nuevo cuando otra cosa le llamó la atención. Con cuidado frotó la superficie de hielo. Debajo mismo de él, algo relucía y centelleaba.
Rompió la capa y descubrió una espada. Tenía el filo mellado por la lucha, pero aún brillaba como si fuese nueva. Chess la sacó para dejarla a su lado. Como buena arma de los enanos, resultaba excesivamente pesada y difícil de manejar para un kender. Pero allí también había otros objetos atractivos. Uno tras otro, extrajo un tazón de estaño, una tira de cuentas de mármol y una pequeña bola de cristal. Después de echarles un vistazo, Chess prosiguió su camino. Debajo de otros montículos de hielo había más enanos muertos; algunos de pie, otros arrodillados y caídos otros. Enanos con martillos y espadas, helados en pleno combate. Enanos de las Colinas y de las Montañas, encerrados ahora en el sólido hielo…, en una batalla que ya no terminaría jamás.
«¿Por qué pelearían?», se preguntó Chess.
«Por las puertas», pareció decir alguien.
El kender recorrió los alrededores con la mirada, protegiéndose los ojos. No pudo distinguir nada semejante a unas puertas.
—¿Unas puertas? ¿Cuáles?
«Las puertas de Thorbardin», pareció responder el silencio.
—Chane tendría que haber venido conmigo —murmuró Chess—. Apuesto algo a que nunca vio nada semejante.
Al pensar en el compañero, el kender dirigió la vista hacia el camino que lo había conducido hasta allí. El enano había dicho algo acerca de una espada que ansiaba poseer. Chess husmeó un poco más por allí, hasta decidir que no había ya nada más extraordinario que lo ya visto. Retrocedió hasta donde había dejado la espada del enano muerto, se la apoyó en el hombro y, poco más o menos, volvió sobre sus pasos. Chess tenía la idea de dejar el arma en algún sitio donde el enano pudiese encontrarla —si realmente se encaminaba al norte—, de manera que decidió regresar hasta el sendero negro.
«¡Adiós!», pareció decir alguien.
El kender se volvió, aunque ahora ya no esperaba ver a nadie.
—¡Claro, sí! ¡Adiós! —contestó él.
De pronto, el silencio parecía desconcertado y muy triste.
«¡Adiós! ¡Hasta dentro de mucho tiempo!», pareció decir.
Chess ya no supo qué responder, de modo que calló y se fue.
* * *
El sol se ponía detrás de la pared occidental del valle, y la selva se convirtió en un lugar sombrío. Aquí y allá, ligeros velos de niebla se formaban encima del mantillo y arrastraban sus borrosos zarcillos entre los árboles. Chess caminaba, aunque deteniéndose de cuando en cuando para contemplar una piedra reluciente, un nido de pájaros, unos huesos dispersados allí donde se había alimentado un depredador… No dejaba de inspeccionar nada, y recogía todo lo que le venía a mano. Y todo lo que le hacía gracia, iba a parar a su bolsa, por poco que cupiese en ella. Era el sistema de todos los kenders, y Chestal Arbusto Inquieto no constituía ninguna excepción.
En medio de las sombras crepusculares, cerca de donde esperaba hallar la senda negra, halló otro artefacto realizado por gnomos: una construcción ya vieja y deteriorada, que en sus tiempos habría sido una catapulta, si bien nadie podría haber manejado una catapulta tan enorme y complicada. Chess dio varias vueltas alrededor de aquellos restos, tratando de imaginarse el aspecto que tal monstruo tendría otrora: una máquina enorme y absurdamente enredada, que al menos se alzaba treinta metros sobre cuatro ruedas gigantescas, de bordes con pinchos de hierro, llena toda ella de increíblemente intrincados sistemas de poleas y engranajes, palancas y mecanismos giratorios, calderas de vapor y palas…, aparte de medio centenar de pitos, campanas y ruedas de trinquete.
Poco quedaba ya de eso. La parte de madera había desaparecido por completo. Lo que antes había sido piedra, estaba convertido en cascotes. Y el hierro se hallaba reducido a restos de herrumbre empotrados en el suelo. No obstante, el kender supuso lo que habría sucedido. Seguramente, un ejército de gnomos había construido un ingenio sitiador y lo habría puesto en marcha; era posible que hubiese disparado un proyectil…, pero también se habría disparado a sí mismo. Toda la infernal máquina debió de haberse echado hacia adelante, para acabar volcada y caída de espaldas. Y ahora aún seguía allí lo que de ella quedaba. ¡Cuánto tiempo habría transcurrido desde entonces! ¡Qué inconcebiblemente viejo era aquel trasto!
«Hace una eternidad de eso», pareció decir alguien.
Chess dio un brinco y volvió a escudriñar la crepuscular espesura con ojos entrecerrados.
—Creí que te había dejado atrás —dijo, molesto.
«Todas las edades, desde la primera —susurró la brisa—. Todo es antiguo, muy antiguo».
—Eso ya lo veo —replicó el kender—. ¿Acaso me sigues?
«Voy contigo», murmuró algo.
—¿Por qué?
«Por tu comportamiento», respondió la voz que no era tal.
—¿Por mi…?
Chess siguió hacia donde estaba la espada del enano, y la alzó.
—¡Ah…! —exclamó entonces, a la vez que levantaba una ceja y se frotaba la mejilla—. Es curioso… Había oído decir que la magia no actuaba en el interior del valle.
«Y en efecto, no…», pareció susurrar algo con gran melancolía.
La oscuridad era ya muy intensa, y el kender se detuvo en seco, crispadas las puntiagudas orejas. Algo se había movido a su izquierda y avanzaba en dirección a él. Entre las sombras, Chess divisó unas formas más negras, unas sombras que se deslizaban saltando hacia él sobre aterciopeladas patas… Unas sombras que emitían unos rugidos semejantes a lejanos truenos.
—¡Caracoles! —exclamó Chess, y echó a correr.
* * *
A la luz del crepúsculo vespertino, Chane Canto Rodado y Sombra de la Cañada, el Caminante, siguieron una de las curvas del camino negro y descubrieron delante un cónclave de felinos. Fieros ojos y colmillos como dagas centelleaban donde las bestias merodeaban o permanecían agazapadas a ambos lados del sendero, y donde una pequeña figura daba brincos de una parte a otra, al mismo tiempo que gritaba amenazas y provocaciones. Cuando los dos se aproximaron, el hombrecillo los vio y agitó la mano.
—¡Hola! —exclamó—. Me preguntaba dónde estabas, enano. ¿Y quién es ese que te acompaña?
—Ahí tienes al kender —le susurró Chane al mago.
Sombra de la Cañada se había parado y parecía querer protegerse de él con el bastón extendido. El enano irguió la cabeza, y las ladeadas orejas de su gorra de felino formaron un curioso contraste con su ceño.
—¿Qué te ocurre? —gruñó Chane—. No es más que un kender.
—Veo algo más —dijo el mago con voz cavernosa—. Pero no…
—¿Algo más? ¡Pues en mi opinión sólo hay un kender y, desde luego, un montón de felinos, pero eso ya no me sorprende!
—No se trata de una persona —dijo despacio el hechicero, cuyos ojos lo miraban todo y parecían querer perforar la oscuridad—. No de una persona, sino de…, de un acontecimiento.
El enano emitió un profundo gruñido. Kender y magos…, pájaros y felinos cazadores… Chane empezaba a añorar la sensata y lógica vida de Thorbardin. Fuera de allí, diríase que nada tenía sentido.
—¿Qué acontecimiento? —inquirió—. Yo no veo nada.
—Todavía no se ha producido —contestó Sombra de la Cañada suavemente—. Pero quiere llegar.
«Tiene que llegar», intervino una voz que no era en realidad una voz.
Chane sintió que un escalofrío le subía por la espina dorsal y dio una instantánea media vuelta en busca de la procedencia de aquel sonido. Creía haber percibido una voz, pero no a través de sus oídos. El mago, situado detrás de él, había levantado más el bastón, mas tampoco distinguía nada, por lo visto…
El kender se les acercó riendo.
—Ya veo que habéis tropezado con lo que sea —señaló—. Me figuro que viene con la espada.
Chess descolgó de su hombro el arma hecha por enanos y se la ofreció, con la empuñadura hacia adelante.
—Toma —añadió—. La encontré. Es para ti. Ahora ya no tendrás que lamentarte de no tener espada.
Lleno de sorpresa, Chane aceptó el arma y la sostuvo con ambas manos, contemplándola por todos lados con ojos entrecerrados, ya que la luz era muy escasa.
—Desde luego, un fantasma o algo por el estilo está vinculado a la espada —declaró el kender, resplandeciente—. Pero no creo que eso importe. Y dime: ¿quién te acompaña? Tiene aspecto de mago.
—Supongo que lo es —contestó el enano—. No lo vi hacer ningún encantamiento, pero tampoco me interesa… ¡Es antigua! —agregó, después de llevarse el arma a los labios y probar la hoja—. ¡Buen acero, caramba! Y no se ve vieja.
—Estaba cubierta de hielo —explicó el kender—. ¿Qué le pasa a tu mago? ¡Se comporta como si hubiese visto a un fantasma!
—No sé qué le ocurre —respondió Chane, que enseguida cortó una tira de piel de felino de su capa para hacerse un cinturón con ella—. Dice que vio un acontecimiento.
—¡Pues yo ya he presenciado unos cuantos! —gruñó el kender—. Pero intento no dejarme preocupar por ellos. Bonita espada, ¿verdad?
—¡Preciosa! —reconoció el enano—. ¡Gracias! ¿Dónde la hallaste?
—Al este de aquí hay un viejo campo de batalla. Quedan muchas otras cosas bien aprovechables. Y, además, unos cuantos enanos helados. No creo que conozcas a ninguno, de todos modos. Llevan allí largo tiempo. Puede que el fantasma proceda también del mundo de los enanos. Como yo nunca había tropezado con un fantasma, hasta ahora, no lo sé. Pero te aconsejo que, si te molesta, simplemente hagas caso omiso de él.
Como quien saliese de un trance, el mago Sombra de la Cañada se sacudió y bajó el bastón. Luego se acercó a ellos, echó una mirada a la espada y se volvió hacia el kender.
—No se trata de un fantasma —dijo con voz invernal—. Y no está ligado a esta espada, sino que te sigue a ti, Chestal Arbusto Inquieto.
El kender pestañeó.
—¿A mí? ¿Por qué?
—Tú cogiste en aquel campo de batalla algo más que una espada, kender. Te apoderaste de un hechizo no explotado.
Antes de que Chess pudiera responder, Chane señaló el camino.
—Los felinos se han ido —dijo.
De pronto, una brisa errante que procedía de algún punto situado más allá trajo consigo un sonido que parecía flotar entre las copas de los árboles y caía como una nieve de cristal. El mago se puso rígido, los ojos del kender se abrieron desmesuradamente, y hasta el imperturbable y pragmático enano sintió que aquello le llegaba al corazón.
Alguien cantaba a lo lejos. La voz era lo más encantador que Chane Canto Rodado hubiese oído jamás.