15
Cuando las sombras crepusculares del Murallón del Oeste escalaron las paredes de las cumbres que envolvían el valle de Waykeep, Chane abrió un último punto de apoyo en la roca, se aupó hasta salvar el borde de un saliente y miró con cara de asombro al kender, que lo esperaba allí cómodamente sentado. El sonido que había percibido durante la última media hora, prácticamente desde que había iniciado el difícil ascenso, resultaba ahora más intenso y cercano: un canto lastimero y conmovedor, pero que no parecía proceder de ninguna parte.
—Tú siempre eliges el camino más complicado —le reprochó Chestal Arbusto Inquieto—. Me figuro que todos los enanos tenéis la manía de tirar adelante, por espinosa que sea la empresa, y que tú tampoco sabes actuar de otra manera.
—¿Y cómo lograste subir tú? —inquirió Chane entre jadeos—. A mí me ha llevado media hora la escalada.
—Es que yo no trepé por ahí —contestó el kender—. Di la vuelta. Hay un camino la mar de fácil y descansado. Sólo hay que tomarse la molestia de buscarlo. Traje tu espada y tu fardo. Lo tienes todo encima de esa roca. ¿Piensas acampar aquí esta noche, o prefieres escalar el siguiente peñasco? Si ésa es tu idea, yo buscaré otro atajo, y ya nos reuniremos arriba.
—¿Qué es ese sonido tan desagradable? —preguntó Chane—. ¡Parece el lamento de alguien!
—¡Ah, no es más que Zas! —le informó el kender y, después de mirar a su alrededor, recordó que a Zas no se lo veía en ninguna parte—. Su último invento es el de aullar como un alma en pena. Lleva un rato haciéndolo.
—Ya lo oí mientras subía. ¿No puedes mandarle callar?
—No sabría cómo hacerlo. Ni siquiera sé de qué se queja. Quizás añore el valle o aquel lugar de los enanos helados. Allí es donde lo hallé, en realidad.
—Bien, pues haz el favor de mandarle callar. ¡Me pone los nervios de punta!
—¡Calla de una vez, Zas! —ordenó Chess al espíritu invisible.
Los escalofriantes gemidos titubearon, pero sólo para empezar enseguida con renovado entusiasmo…, y con la única diferencia de que, ahora, quien los produjera añadía de vez en cuando unos sollozos a su repertorio.
—¡Esto es aún peor! —refunfuñó el enano—. ¿Por qué te sigue, en realidad? Que no se trata de una persona, ya lo sabes. Es sólo un viejo hechizo que nunca se proyecta.
—Ignoro por qué va detrás de mí, pero… ¡lo hace! ¡Deseo que te calles, Zas!
Pero el angustioso gimoteo continuó. Chane lanzó un suspiro y estudió los alrededores. Estaban en un amplio y pedregoso saliente, y delante de ellos se elevaba otra pared cortada a pico. Pero, tal como había indicado el kender, aquella pared retrocedía a escasa distancia, y allí comenzaba un sendero que ascendía en zigzag. El anochecer había sobrevenido de súbito, después de ponerse el sol detrás del otro borde del valle, pero todavía reinaba una agradable media luz.
—Tenemos tiempo de avanzar un poco más —decidió Chane—. Me pregunto si estamos cerca de aquel camino verde.
—¿De aquel que yo no puedo ver? ¡No tengo ni la más vaga idea!
Chane escudriñó la ladera de la montaña. Luego se frotó la frente y, en efecto, sintió el hormigueo, mas no divisó ninguna senda verde. Sabía, sin embargo, que no podía quedar lejos. Desde lejos le había parecido distinguir un angosto paso entre dos picachos, y suponía que el camino buscado conducía hasta allí. Pero… ¿por dónde iba? Tomó su bolsa e introdujo la mano en ella.
—¿Dónde está mi gema? —exclamó.
—¿Tu qué?
—¡Mi gema! ¡El sometedor de Hechizos! ¿Dónde está?
El kender puso cara de circunstancias, hizo un chasquido con los dedos y metió los dedos en su propia bolsa.
—¿Te refieres a esto?
Con toda frescura, extrajo la roja piedra, que latió con un ritmo constante cuando el enano alargó una enérgica mano para arrebatársela a Chess.
—Debiste de extraviarla en alguna parte —aún se atrevió a decir el kender con aire inocente—. Supongo que la recogí para devolvértela. No te molestes en darme las gracias.
—¿Qué más tienes en esa bolsa que no te pertenezca? —rugió Chane. Chestal Arbusto Inquieto echó un vistazo a su contenido.
—No sé. Perdí la cuenta. Mira, aquí hay una pieza de mármol que hallé en aquel viejo campo de batalla. Y unos cuantos guijarros bonitos, y el cráneo de un sapo… Un par de velas, un trozo de cordel, un pendiente, una ramita… ¿Y qué es esto? ¡Ah, un par de dagas, hechas con dientes de felino! ¿No tenías tú una parecida? —dijo, sacando una de ellas.
—¡Dos tenía yo! —tronó el enano.
—¿De veras? ¿Y qué hacías con ellas?
—¡Dame eso! —exigió Chane, indignado.
Chess le entregó una de las dagas y cerró su bolsa.
—Si pretendes que te reponga todo lo que andas perdiendo…
—¡Cierra el pico, diantre! —De pronto, Chane miró a su alrededor y murmuró—: Bueno, al menos hay una cosa agradable. Tu dichoso encantamiento ha cesado de lamentarse.
El kender prestó atención por espacio de unos momentos, y después esbozó una risita.
—¡Realmente! —dijo—. ¡Gracias, Zas!
«¡Qué agonía!», gimió aquello que no tenía voz.
Con el Sometedor de Hechizos en la mano, Chane indicó:
—¡Allí está la línea verde! Sigue camino arriba. ¿Estás listo? —preguntó, al mismo tiempo que cargaba con sus bártulos y armas.
—¡Observa eso!
El kender señaló hacia arriba. Encima de ellos volaban grandes bandadas de pájaros procedentes de las altas cumbres, aleteando con fuerza en dirección al valle. Aves de todas clases; una migración producida por el pánico.
Chane siguió con la vista a las aves, que pasaban a oleadas.
—¿Qué pudo causar esa huida? —preguntó en voz alta.
—Sea lo que fuere, esos pájaros tienen prisa. ¿Ves esas aves que van delante? Son palomas. Y milanos, y arrendajos, y también patos, y… ¡retírate!
Chess sacó rápidamente una piedra de su bolsa, preparó la honda, apuntó y disparó. El guijarro salió disparado al cielo y, un instante después, una gran ave caía con sordo ruido a poca distancia de los pies de Chane.
—¡Un ganso! —explicó el kender—. Ya estoy harto de la carne de felino desecada. ¡Ésta será nuestra cena!
El enano lo contempló admirado.
—¿Cómo lo conseguiste?
—Con un guijarro. Creí que lo habías visto —contestó, echándose el ganso sobre el hombro—. Tú procura encontrar algunas bayas, sobre todo de aquellas amarillas que crecen en unas enredaderas espinosas. Van muy bien para acompañar la carne de ganso.
Chess inició la subida por el sendero y el enano lo siguió, fija todavía la asombrada vista en la ahorquillada jupak del kender.
Las oleadas de aves fugitivas continuaban pasando por encima de sus cabezas. Y, de pronto, Chess y Chane tuvieron inesperada compañía en la ladera, y se hicieron a un lado cuando una ágil y peluda criatura de afilados cuernos los dejó atrás de un salto. Escasos metros más allá, el kender y el enano se agarraron a la pared de roca cuando un grupo de nuevas criaturas, éstas cubiertas de una espesa capa de lana, se precipitó hacia adelante entre balidos de angustia. Una vez en el saliente superior, donde la senda retrocedía hacia las cumbres, los dos buscaron refugio en un rincón al estar a punto de tropezar con una pareja de jadeantes lobos perseguidos, a su vez, por varios alces.
—¿Será que el invierno se adelanta este año?
El kender aceleró el paso en el camino para echar una mirada a la extraña procesión, pero reculó cuando aparecieron más de aquellos animales lanudos.
—Escapan de algo —dijo Chane—. Creo que esto es decisivo para nosotros. Acamparemos aquí mismo. Podríamos ser atropellados en el camino, si cualquier criatura bajase a toda prisa.
En eso, dos enormes bisontes, procedentes de las montañas, pasaron a gran velocidad por delante de ellos para torcer luego hacia la senda descendente. Otro alce iba detrás de ellos, corcoveando desesperado al ver que aquellos animales tan pesados le obstruían el camino. A continuación llegaron más ovejas, una de las cuales llevaba un collar con un cencerro.
—Éste rebaño pertenece a alguien —indicó Chess—. Imagino que por ahí arriba debe de haber un pastor muy preocupado.
—Me parece prudente alejarnos un poco más de este sendero. Acampar aquí sería como intentar dormir en una vagoneta de un túnel, vuelta del revés. ¡Qué barbaridad de tráfico!
Avanzaron alrededor del saliente, siempre apartados del camino, rodearon una escarpada curva y se encontraron, delante, con una cuesta muy pedregosa. Después de comprobar su consistencia, Chane empezó a trepar por ella. El kender lo seguía con el ganso colgado del hombro. En realidad, el ave era casi tan grande como él.
Subían a la luz de la luna cuando, por fin, alcanzaron una tranquila plataforma, suficientemente distanciada de la ruidosa vereda por la que corrían de estampida tantos animales.
—Aquí estaremos bien —opinó Chane—. Yo encenderé un fuego detrás de esta roca, y tú puedes cocinar el ganso.
—¿Hallaste algunas bayas? —preguntó Chess, esperanzado.
—No tuve ocasión, amigo. Tendremos que pasar sin ellas.
* * *
Cuando el ganso estuvo asado, tanto la luna blanca como la roja asomaban por entre los picachos, confiriendo un resplandor bicolor a las escarpadas pendientes y a las copas de los árboles del lejano valle. Cenaron los dos en silencio, con excepción de los súbitos comentarios y parloteos del kender, que Chane prefería pasar por alto. Él enano permanecía sumido en sus profundos pensamientos y, de vez en cuando, se frotaba la frente, en la que sentía hormigueo cuando la luz de la luna roja la rozaba. Una puerta secreta para entrar en Thorbardin, que Grallen conocía. Una tercera puerta… Una que nadie conocía…
Chane recordó Thorbardin, y en su mente exploró los incontables caminos y laberintos del subterráneo reino. Al menos, todo cuanto había visto y aquello de lo que podía hacer memoria. Lo que con más claridad logró reproducir fue la ciudad de los daewar, el único hogar que había conocido, y la red de pasadizos donde, en ocasiones, le había tocado trabajar para mantenerse. Primero cuidando campos y, después, ayudando en las constantes cavas con las que los enanos procuraban aumentar sus cosechas conseguidas debajo de tierra. Vio claramente la Calzada Duodécima, por la que de niño había pasado con tanta frecuencia. Con menos exactitud se acordaba de las Calzadas Décima, Undécima, Decimotercera y Decimocuarta, a través de las cuales Daewar comerciaba con otras ciudades de Thorbardin.
Durante una breve visita había visto el impresionante Árbol de la Vida, hogar de los hylar. Su ciudad había sido excavada en una gigantesca estalactita que pendía sobre el enorme mar de Urkhan, igualmente subterráneo. De niño, Chane ya tenía el aspecto de un hylar por su constitución y sus facciones, y también después, de mayor, sus barbas crecían hacia atrás, por las mejillas, en vez de colgar resignadas hacia abajo. Cuando era pequeño, el enano había creído que los hylar tenían una apariencia noble y violenta…, e indudablemente algunos eran así, pero asimismo abundaban los hylar que en la práctica no resultaban más nobles que el promedio de los daewar.
En cualquier caso, la barba de Chane crecía al estilo hylar, y no le disgustaba que lo hiciese parecer tan firme y enérgico como si plantara cara a un fuerte vendaval.
El Valle de los Thanes, el lugar más distinguido de todo Thorbardin, sólo había sido visitado una vez por Chane, y éste se preguntó ahora si el presunto «camino secreto» conduciría allí. El valle era sagrado para los enanos, ya que encerraba una mágica tumba flotante…, lugar del último reposo del gran rey Duncan, según afirmaban algunos. Y la tumba de Grallen, situada cerca en la orilla, era al fin y al cabo el único lugar de Thorbardin que daba al aire libre. Pero los tres únicos accesos al Valle de los Thanes eran tres caminos que partían del interior de Thorbardin. Y, desde luego, si existiera el más mínimo punto de paso a través de las Murallas de la Guardia, alguien lo habría descubierto ya.
El enano decidió que, en consecuencia, no podía tratarse del Valle de los Thanes.
Ni de la Puerta Sur, que desde el Cataclismo era la entrada común de Thorbardin; ni tampoco de la Puerta Norte, prácticamente abandonada, con su medio destruida fachada delantera. Sin embargo, Chane se dijo que, aunque la Puerta Norte no fuese utilizada en la actualidad, no por eso estaba indefensa. Precisamente contaba con las mismas fuertes medidas de seguridad que la Puerta Sur.
Quizá se tratase de algún túnel olvidado, o de un protegido paso que penetrara en uno de los laberintos o llegara a una de las ciudades inferiores: Kiar, Theiwar o… ¿Daergar? Pero eso no parecía probable. Porque también eso lo habría descubierto alguien.
—Hay una criatura de largos y flexibles brazos, sin un solo hueso en su cuerpo.
Chane alzó la vista.
—¿Qué? ¿Dónde?
—En el mar de Sirrion —dijo el kender—. ¿Es que no me prestas atención? ¡Te estoy hablando del mar de Sirrion! También dicen que allí hay una isla enorme y flotante, suficientemente apartada de la isla de Sancrist para no ser vista, pero que no es en realidad una isla, sino que se trata de un barco de gnomos, construido hace siglos y siglos, que se movía impulsado por una barra con contrapeso, acoplada a un mecanismo de engranajes. La causa de que esté varado en el mar, según se dice, es que los gnomos que lo construyeron zarparon en dirección al oeste, pero no llegaron muy lejos, pues la enorme biela se atascó en el lecho del océano. Los gnomos no cesan de trabajar en eso, intentando resolver los fallos técnicos, pero sólo han conseguido que el tamaño del ingenio haya ido creciendo más y más.
Chane Canto Rodado emitió un gruñido y volvió a sus pensamientos. ¿Sería la Calzada Primera? ¿O una de las Salas de los Tribunales? Había tantas cosas en Thorbardin, y tantos lugares en el reino situado debajo de las montañas Kharolis… Él había visto muy pocas cosas, y casi ninguna de las partes exteriores, ni de los picachos de protección del reino de los enanos.
Chane suspiró y trató de imaginarse otro camino.
Según Irda, Grallen había averiguado que existía una entrada secreta, pero que esa entrada podría constituir una amenaza de invasión. Mas… ¿dónde se hallaba? Grallen no estaba en Thorbardin al enterarse, sino que estaba lejos, peleando en la Guerra de Dwarfgate. Grallen no había vuelto vivo, pero al menos había intentado descubrir el pasadizo secreto o cerrarlo de algún modo.
El enano se frotó la barbilla. ¿Adónde había ido Grallen? Con ayuda del cristal, Chane pudo ver la línea verde que él intentaba seguir. Confiaba en que fuese el sendero marcado por Grallen. Pero… ¿adonde llevaba?
—Cinco unicornios —dijo Chestal Arbusto Inquieto.
El enano inquirió:
—¿Dónde?
—¿Qué?
—Acabas de decir «cinco unicornios». ¿Dónde están?
—Oh, en todas partes… —se encogió de hombros el kender—. No sé si creerle, ¿sabes? Capstick Pluma Alta tiene fama de exagerado. Pero es lo que él dice. Afirma haber visto cinco unicornios. Yo, hasta ahora, sólo vi uno.
—Lo que yo quisiera, es que volviese el mago —murmuró el enano.
—¿Por qué? Creí que no te caía simpático.
—Y así es, pero sabe un montón de cosas referentes al mundo exterior que yo ignoro.
—¿Es eso todo? —sonrió el kender—. Yo estuve fuera toda mi vida. ¿Qué quieres saber?
—Para empezar, ¿sabes dónde estaba Grallen exactamente cuando murió?
—No tengo ni la más vaga idea —contestó Chess—. Pregúntame otra cosa.
Chane sacudió la cabeza, exasperado, y se dedicó de nuevo a su jeroglífico.
«¿Cómo voy a encontrar una entrada secreta, si nadie me facilita ninguna clave? —se preguntó. Y, aunque exista una entrada secreta y yo la descubra, ¿qué voy a hacer con ella? Por lo visto, el único que supo algo acerca de ello era Grallen, y él murió hace mucho, mucho tiempo atrás sin habérselo confiado a nadie… ¿O no fue así?».
El enano no sabía qué pensar. Si Grallen le había hablado a alguien de esa puerta, ¿cómo no hizo nadie nada respecto de ella? ¿Ni después?
«¿Por qué yo, ahora?».
—Enanos y humanos —dijo el kender—. Al menos es lo que yo…
—¿Quieres callar, por favor? —protestó Chane—. ¿No te das cuenta de que intento pensar?
—Pues lo que yo intento es decirte que allí abajo hay enanos y humanos.
—¿Dónde?
—Allá en el camino, donde pasaban antes los animales. Ahora ya no queda casi ninguno, pero veo gente que baja todo lo aprisa posible. Algunas de esas personas sangran. Me pregunto qué ocurre.