10

Si bien había iniciado su existencia como un campamento temporal, como un lugar de encuentro para seres de distintas razas cuyo destino era el de salir al extranjero para comerciar con artículos que necesitaban los diversos reinos, Barter era ahora una pequeña y bulliciosa ciudad. Asentada en un protegido valle al oeste de Thorbardin, constituía un lugar de tregua, una población donde se respiraba un poco de cuantos conflictos y hostilidades pudieran producirse normalmente a su alrededor. Con su abigarrada colección de bajos cubículos de piedra —preferidos por los Enanos de las Montañas—, construcciones a base de troncos, que los Enanos de las Colinas encontraban cómodas; chozas, chabolas, viviendas montadas en los pocos árboles suficientemente grandes para contenerlas, cabañas de barro y algunos de los aireados y elevados refugios que gustaban a los elfos, Barter atendía a todos los que llegaban dispuestos a negociar en paz.

Allí, elfos, enanos, humanos y también los kenders, en ocasiones, recorrían los mismos caminos y se sentaban a las mismas mesas con hechiceros de oscuras túnicas y clérigos proscritos. No era extraño —y la verdad es que sucedía con frecuencia— que las voces se alzaran en ardorosas discusiones, pero no estaba permitida una violencia declarada. En Barter, hasta los más encarnizados enemigos se contenían y no sacaban el genio.

Porque Barter era Barter. Como en todo lugar y en todo tiempo, por muchas intrigas que se tramen e independientemente de las guerras que puedan asolar las tierras, tiene que haber medios para comerciar y un sitio donde hacerlo. Y allí, como en todo lugar y en todo tiempo, cada pueblo tenía necesidad de lo que otros poseían en abundancia, aunque sólo se tratara de armas para combatir luego entre sí.

Se decía que, en Barter, hasta un ogro podía hacer negocios…, siempre que no actuara como un ogro.

En teoría, Barter se hallaba en el reino de los enanos, aunque nadie podía decir si su origen se remontaba a una colonia de Enanos de las Montañas o de las Colinas. Y así debía ser, porque los grupos y tribus de la humanidad se habían dispersado por todas partes, y muchos eran nómadas, mientras que, entre todas las demás razas, eran los enanos quienes más comerciaban o, digamos, tenían mayor necesidad de comerciar. Además sabían como nadie lo esencial que era el comercio. El hecho de pertenecer a los reinos de los enanos confería al lugar, aparte de esto, una cierta protección, ya que ni los Enanos de las Montañas, ni los de las Colinas habrían aceptado que en sus tierras penetraran gentes con ganas de causar problemas.

Cuando estuvieron cerca de Barter, Ala Torcida le recordó al compañero las simples reglas de la ciudad.

—No mates a nadie —recomendó con una risita—. ¡No está permitido!

El apenas marcado sendero que siguieron torció hacia un valle, en dirección a Barter, y a menos de dos kilómetros de la población se vieron entre rozados campos que cubrían una suave ladera. Delante de ellos divisaron claramente la pequeña ciudad. Ala Torcida señaló un extenso pabellón cubierto de toldos rojos y amarillos.

—Ahí están los Enanos de las Montañas —indicó. Ésa es la tienda de Rogar Hebilla de Oro.

Delante mismo de ellos, en el sendero, un extraño objeto avanzaba hacia Barter: un artilugio blanco y triangular, de unos tres metros y medio de un extremo al otro y la mitad de ancho. Tenía el aspecto de una gigantesca punta de lanza, y se movía sobre unas delgadas ruedas que centelleaban a la luz del sol. Garon Wendesthalas examinó el objeto, meneó la cabeza y lo señaló con gesto interrogante.

Ala Torcida se encogió de hombros.

—No tengo ni la más vaga idea de lo que puede ser. Nunca había visto nada semejante.

Continuaron su camino y, al cabo de unos minutos, se hubieron acercado lo suficiente para distinguir más detalles de aquello tan sorprendente. Más que una punta de lanza, ahora parecían unos fuelles parcialmente cerrados. Una serie de finas varillas se extendían hacia atrás desde el punto delantero, todo ello cubierto de una capa de tela blanca, plisada de forma que cada pliegue de la parte posterior cayera al menos medio metro por debajo de los rígidos soportes. Cerca de la parte trasera había algo semejante a una cesta de mimbre, cuyo diámetro sería de algo menos de un metro, colocada de manera que, desde detrás, sólo se viera el borde superior. Unas estrechas barras, ligeramente dobladas, salían inclinadas hacia afuera por debajo de la cesta, cada una rematada por una rueda que no era más que un aro metálico, sujeto por un eje mediante finos y relucientes alambres. Delante del artefacto caminaba alguien, pero sólo se le veían los pies. El resto del cuerpo quedaba escondido por el ingenio.

—Tal vez sea una especie de tienda plegable —opinó Ala Torcida.

—¿Como una sombrilla? —preguntó el elfo—. ¿Tan grande? ¡Nadie confeccionaría una sombrilla tan enorme! ¿Y para qué lleva ruedas?

—Quizá pese demasiado para transportarla de otra manera.

Se acercaron más, y la sospecha de Ala Torcida fue en aumento. Montó en su caballo, lo espoleó y se lanzó hacia adelante para pasar junto al insólito invento. Era más largo de lo que había supuesto. Desde un extremo al otro bien podía medir seis metros y, mientras que la parte por la que iba arrastrado no llegaría al metro de altura, la posterior, larga y estrecha, le sobrepasaba la cabeza a pesar de ir él montado.

El hombre arrimó el animal y se asomó para descubrir quién guiaba el artilugio.

—¡Lo que me figuraba! —dijo, enderezándose en la silla con una risita—. ¡Un gnomo!

El aparato dejó de moverse. Su punta se bajó un poco cuando una vara de metal oscilante se inclinó por su propio peso, y el propietario se apeó para mirar al jinete. Llegaba hasta el vientre del caballo, y su calva cabeza presentaba una corona de largos cabellos blancos que delante se fundían con una plateada barba. Ése detalle le habría dado un aspecto de avanzada vejez, de haber sido humano.

—¡Claroquesoyungnomo! —exclamó con voz fina e irritada—. ¡Estoesalgoque —nadiepuedenegar! Bobbinesminombre. ¡Soytangnomocomocualquierotro, gracias! ¿Yquienerestu?

La pregunta sonó tan imperiosa, sobre todo procediendo de una criatura tan menuda, que Ala Torcida no pudo contener una sonrisa.

—Si te he entendido bien, deseas saber mi nombre, que es Ala Torcida —dijo—. Pero no te desquites conmigo, sea lo que sea lo que te enfurece. Yo no tengo la culpa.

—¡Desde luego que no! —reconoció el gnomo, más despacio, a la vez que se calmaba—. Nadie tiene la culpa. Simplemente, estas cosas suceden. Sin embargo, podrían haber sido un poco más amables, en mi opinión.

—¿Quiénes? ¿Y amables en qué sentido?

—¡Todos! El Gremio de Transportistas, el jefe de los Gnomos Artesanos… ¡La colonia entera! Podrían haberse desprendido de mí de un modo más amable. De ocurrir en casa, yo habría dado mi opinión. Pero no. «Fuera, en las colonias una cosa así no puede ser tolerada —dijeron—. ¡Por el bien de la colonia! Lo mejor será enviar a ese pobre desgraciado al quinto infierno, que exponernos a que contagie a todos los demás». Así, pues, me largué. Pensado y hecho, como dicen. Por cierto que confío sinceramente en que mi mapa fuera exacto. Eso que tenemos delante es la ciudad de Barter, ¿no?

—Lo es —asintió Ala Torcida.

Garon se había unido a ellos, y el humano se volvió.

—Ya me imaginaba que debajo de eso tenía que haber un gnomo —comentó—. Se llama Bobbin… —Y de cara al gnomo añadió: Éste es Garon Wendesthalas, de Qualinost.

Bobbin hizo un breve gesto de saludo, y de nuevo se dirigió a Ala Torcida.

—¿Cuánto quieres por utilizar tu animal?

—¿Por utilizar qué?

—El animal. Para que tire del carro volador.

—¿Esto? ¡Pues tú pareces tirar muy bien de ello!

—No me refiero a ahora, sino a más adelante. ¿Es rápido tu caballo?

—Tan rápido como me haga falta, cuando me hace falta —contestó Ala Torcida con precaución.

—Bien, bien —dijo el gnomo y se metió en su artefacto para volver a sacar la nariz y mirar al humano—. Iré a verte si te necesito. Yo pondré la soga, de manera que no te preocupes por eso.

Sin más palabras, la menuda criatura alzó el morro de su ingenio y se puso a caminar hacia Barter, arrastrándolo. Lo único que de él se veía eran sus pies.

—¿Descubriste al fin qué es ese trasto? —inquirió el elfo.

—Bobbin no lo dijo. Se limitó a llamarlo un carro volador. Pero no importa. Supongo que no servirá para nada. Ya vi antes suficientes inventos de gnomos.

—No obstante, es extraño —comentó el elfo quedamente—. Creo que es la primera vez que veo a un gnomo solo. Por regla general, donde hay uno hay docenas.

—Por lo visto, éste es un proscrito. Formaba parte de una colonia, pero lo echaron. No se siente muy feliz por ello.

—¡Ah, eso ya explica algo! Pero me pregunto por qué lo despacharían…

Ambos prosiguieron su camino hacia Barter, pero el elfo continuaba pensativo.

—¿Te fijaste en las ruedas de ese cacharro? —inquirió al cabo de un rato.

—¿En las ruedas?

—Sí, hechas con mucho esmero. La utilización de radios de alambre es una idea muy nueva. Son ligeros y prácticos.

Ala Torcida se volvió de pronto, vacilante.

—¡Ah, ya sé a qué te refieres! Normalmente, si los gnomos ponen ruedas a algo que pese cinco kilos, acaban colocando quince o veinte ruedas, cada una de una tonelada de peso… Entonces hay mecanismos de tracción, y quién sabe cuántos embragues y frenos, así como pitos y campanas y palancas ajustables para ajustar los ajustes…, y todo para que el trasto no avance ni cinco centímetros.

—O para que se despeñe montaña abajo o se hunda en el suelo —agregó el elfo—. Lo cierto es que, sirva para lo que sirva, no parece obra de gnomos.

* * *

En Barter había mucho movimiento. Las primeras nieves relucían en las cumbres de las montañas Kharolis. Las últimas cosechas se completaban en los valles, y todo el mundo se preparaba para el invierno. La actividad comercial era ya la última hasta la primavera siguiente, para casi todo el mundo, y la población parecía un hormiguero. Enanos, elfos, gnomos, kenders y humanos recorrían las calles y se reunían ante los puestos y pabellones. Bardos, acróbatas, malabaristas y vendedores ambulantes de elixires ofrecían sus artes. Guerreros, granjeros, artesanos y clérigos se rozaban con magos y soldados, y la paz —siempre un poco insegura— se mantenía en Barter. En cada esquina, en cualquier momento, podían producirse, a la vez, una docena de estafas o robos, tratos honestos o sucios, pero las armas permanecían envainadas y no corría la sangre.

—Veo que la Posada de los Cerdos Voladores aún está abierta —observó Ala Torcida—. Estaré ahí cuando haya terminado mis asuntos.

—Yo también —dijo el elfo, antes de emprender su propio camino—. ¡Saluda de mi parte a Hebilla de Oro!

Algunos viajeros contemplaban fascinados los tres cerdos que volaban por encima de la posada. Batían las alas formando perezosos círculos y ochos, tan contentos con su suerte como pudieran estarlo unos cerdos alados.

El humano miró divertido a uno de los boquiabiertos individuos.

—El posadero le hizo un día un favor a un mago —le explicó—. Nadie sabe qué fue, ni quién realizó luego el hechizo, pero el mago le pagó creando ese anuncio tan original. Los cerdos revolotean en lo alto durante un par de horas cada tarde, y eso hace florecer el negocio, claro. Sólo te recomiendo tener un poco de cuidado cuando pases por debajo.

Ala Torcida dejó su caballo al cuidado de un hombre que se ganaba la vida con ello y se dirigió al pabellón de Rogar Hebilla de Oro, el enano comerciante. Ése pabellón, con sus toldos rojos y amarillos, era uno de los mayores de Barter, ya que Hebilla de Oro y sus colaboradores realizaban la mayor parte del comercio exterior, encargado por los mercaderes daewar de Thorbardin. El pabellón era un gran rectángulo con cuidados puestos en tres de sus lados. Allí, unos enanos vestidos con los colores de Hebilla de Oro ofrecían los mejores artículos de Thorbardin: preciosas gemas de muchas clases, piritas y piedras talladas, minerales en polvo o granulados, caras setas estimadas por su buen sabor, pedernal para encender los fogones en invierno, gran variedad de dijes tallados y otros objetos decorativos y, desde luego, algunas de las más perfectas armas y armaduras que pudieran conseguirse en Ansalon.

El cuarto lado del pabellón estaba ocupado por las mesas de contabilidad, y allí encontró Ala Torcida a Rogar Hebilla de Oro. El comerciante levantó una de sus espesas cejas al ver al humano y exclamó:

—¡Caramba! Parece que todavía sigues vivo… ¿Acaso abandonaste la idea de ir a Pax Tharkas a través de los eriales?

—¡Nada de eso! —rio Ala Torcida—. Fui y he vuelto, dispuesto a cobrar lo que tú apostaste. Pero antes, escuchar mis aventuras te va a costar una jarra de cerveza, Rogar Hebilla de Oro. Pero que no sea de ese brebaje que tú vendes, sino de la que tienes para ti.

—¡Mira que llamarla brebaje! —protestó el enano—. ¡Todo lo que yo vendo es de primera clase, y cada barril sale mejor que el anterior!

A pesar de su reproche, Rogar Hebilla de Oro sacó cerveza de la suya en un rincón donde había una mesa y bancos. Servido el dorado líquido en un par de copas de plata, los dos permanecieron un rato en silencio saboreando la fuerte bebida. Sólo cuando Ala Torcida hubo vaciado su copa y relamido sus bigotes en señal de apreciación, pasó el enano al asunto.

—Prometiste traer pruebas —dijo Hebilla de Oro—. ¿Qué pruebas me presentas?

Con un expresivo gesto, el humano sacó su fardo de debajo del banco, lo levantó y lo puso encima de la mesa hecha con tablas.

—Comprueba el sello —indicó—. Es de tu consignatario de Pax Tharkas. Como verás, está intacto.

El enano inspeccionó el bulto y el sello, aunque sin dejar de gruñir.

—En cualquier caso, fue una apuesta estúpida. De estar yo sobrio en aquel momento, tú no habrías podido enredarme. ¿Cuánto era, por cierto?

—Eso lo sabes tú de sobra —contestó Ala Torcida—. De manera que, ahora, te toca pagar. ¿Y qué significa eso de que yo te enredé? Recuerdo bien que fue tu idea.

—Simplemente, quise hacerte un favor —replicó Hebilla de Oro—. Tú no tenías nada provechoso que hacer, y yo decidí darte la oportunidad de realizar una agradable excursión.

¿Una agradable excursión? ¿Cuándo atravesaste tú esos páramos, viejo charlatán? Yo hice el camino de ida y vuelta, pero es algo que no pienso repetir así como así. Porque allí hay ladrones y salteadores de caminos en cada recodo, y ogros que salen de sus cuevas, y… ¡felinos!

—¿Felinos?

—¡Ya lo creo que sí! Y goblins, por si fuera poco. ¿Por qué hay goblins tan al sur, Rogar? ¿Oíste algo acerca de ello?

—¿De veras viste goblins? —inquirió el enano con ojos entrecerrados—. Corren rumores, desde luego, pero…

—Pues yo no sólo los vi, sino que además tuve que pelear con ellos. Si no, que te lo diga Garon Wendesthalas. Regresaba él de Qualinost, y una banda de goblins le preparó una emboscada. Dio la casualidad de que yo pasara por allí, y les estropeé el plan. Fue a media jornada de aquí, o poco más, exactamente donde la senda desciende de la Cordillera de los Lamentos.

—Pero… ¡si eso ni siquiera está en la zona desierta! Pertenece al reino de Thorbardin.

—Es lo que yo suponía. Garon y yo creemos que se trataba de un grupo de exploradores, pero no logramos averiguar nada más. El único al que conservamos con vida (o al menos lo intentamos) estaba hechizado, y el encantamiento lo mató antes de que pudiera decirnos nada, salvo un nombre: Pantano Oscuro. ¿Conoces a alguien que se llame así? ¿O Comandante?

El enano sacudió la cabeza.

Ala Torcida se encogió de hombros.

—Quizá no sepamos nunca de qué se trataba en realidad. ¿Qué son esos rumores que circulan?

—¡Bah, simples habladurías! Alguien dijo haber visto recientemente unos goblins en Dergoth, y otros aseguraron que los ogros abundaban más de lo normal, y que a veces parecían reírse, como si estuvieran de broma.

—Lo que para un ogro es broma, puede ser una mala noticia para todos los demás —observó el hombre—. ¿Qué más hay?

—Pues… dicen, también, que varias de las tribus de las llanuras del norte han iniciado un desplazamiento hacia el sur, y se habla de extraños sucesos en las montañas Khalkist.

—¿Qué clase de sucesos?

—Desapariciones de personas, y cosas por el estilo.

—Continuamente se producen desapariciones de personas.

—Pero no aldeas enteras, Ala Torcida, ¡y menos aún tribus enteras!

—No; eso ya no es corriente…

—¡Diantre! —gruñó el enano—. Vivimos en un mundo inseguro, amigo, y corren tiempos preocupantes. Apenas llegado aquí, ya tuve noticia de una docena de predicciones, como poco. Según ellas, Ansalon se verá arrasado por la guerra antes de dos años. Y hay quien opina que sucederá antes. Los adivinos han estudiado los augurios y comparado las notas tomadas, junto con algunos magos. Pero ninguno tiene la menor idea de quién o qué puede verse envuelto en la guerra, si llega a producirse. ¡Ay, cielos! ¿Qué va a hacer un pobre comerciante si las cosas se ponen tan mal?

Ala Torcida miró al enano con una risita.

—¿Que qué va a hacer? ¡Pues sacar todo el provecho posible del mercado, como siempre! Por cierto, espero que me pagues lo apostado, por si ya no te acordabas…

Y el hombre le tendió la mano.

—¡Cuernos! —exclamó Hebilla de Oro—. ¡Es un montón de dinero! ¿Crees, acaso, que sólo necesito hacer un chasquido con los dedos para que…?

—¡Sí! —afirmó Ala Torcida—. ¡Viejo roñoso! Ésa cantidad es una miseria para ti, y tú lo sabes bien. De modo que dámelo de una vez, y yo invitaré a la primera ronda de cerveza en los Cerdos Voladores. Garon se reunirá allí con nosotros, y podremos comparar las historias de goblins con los siniestros rumores.

Al ver que el enano todavía vacilaba, el hombre cruzó los brazos sobre la mesa y dijo:

—Si estás pensando en hacerme una jugarreta de las tuyas, ¡olvídala! Pero, desde luego, si prefieres quedarte el dinero y cancelar mi deuda de servicios…

—¡No puedo hacer eso! —murmuró el enano—. ¡Bueno, de acuerdo!

Sin volver la cabeza, alzó un robusto brazo, hizo la castañeta con los dedos y, apenas transcurridos unos segundos, apareció a su lado un contable. El mercader le susurró algo al joven enano, y éste se alejó para regresar enseguida con una bolsa de cuero de considerable tamaño, que hizo un sonoro y satisfactorio ruido cuando Hebilla de Oro la dejó caer sobre la mesa.

—El peor negocio que hice en toda mi vida —gruñó—. Pero soy incapaz de dejar sin pagar una deuda.

—Nunca lo dudé —declaró Ala Torcida—. Y, por cierto, ¿qué hay en el paquete que te he traído?

—Dinero —respondió Hebilla de Oro con voz suave.

¿Dinero?

—Los beneficios acumulados de un año por mis empresas en Pax Tharkas. Te sorprenderías si supieses lo difícil que resulta efectuar envíos de moneda en estos tiempos, Ala Torcida.

El humano quedó boquiabierto. No podía creer lo que oía.

—¿Y tú…, tú me hiciste recorrer todo ese territorio tan peligroso con tu fortuna de un año a cuestas? ¿Sabes lo que te habría cobrado por cargar con semejante responsabilidad? ¿Incluso exigiéndote una participación?

—¡Claro que lo sé! —contestó el enano en tono sedoso—. Realmente fue mucho más barato hacer la apuesta.

—¡Sinvergüenza! ¡Caradura…!

—Añade que soy un maldito enano ladrón —sugirió Hebilla de Oro—. Si sueltas algún reniego humano, te sentirás mejor.

Ala Torcida farfulló algo, estuvo a punto de estallar y, al final, se apaciguó. No había que darle vueltas. El enano le había tomado el pelo mientras él actuaba con toda la buena fe.

El humano suspiró, recogió las ganancias de la apuesta y las guardó en su túnica.

—Bueno; al menos ya pasó todo —dijo—, y he quedado harto de esos eriales por mucho tiempo.

—Respecto de eso… —comenzó Hebilla de Oro—. Recordarás que dije que no podía librarte de tu deuda de servicio. El motivo es que… le pasé la deuda a… ¡a un amigo mío!

—¿Ah, sí? ¿A quién?

—¡A ella!

Hebilla de Oro miró más allá de donde estaba el hombre.

Ala Torcida se volvió y quedó aturdido. A un metro de distancia, esperando con paciencia, se hallaba la más atractiva muchacha enana que hubiese visto jamás. De poco menos de un metro treinta, tenía el ancho y enérgico rostro de los de su raza, grandes ojos bien separados y una pequeña boca, de labios carnosos, graciosamente colocada entre la naricilla y el obstinado mentón. Sujeta a la espalda, llevaba una espada.

—Es Jilian —señaló Hebilla de Oro—, jilian Atizafuegos. No intentes quitarle de la cabeza la idea que se le ha metido en ella. Sería inútil.