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Según los rumores, había habido un tiempo en que las rutas comerciales habían enlazado los reinos de Ansalon de manera más o menos segura desde Palanthas y el alcázar de Vingaard, en el norte, hasta el meridional Thorbardin, pasando por Solamnia, Abanasinia y Pax Tharkas. Quizá llegaran todavía más lejos.

Ala Torcida había oído las historias y suponía que eran ciertas, si bien nadie se lo había podido confirmar nunca. A lo largo de los cuarenta años con que aproximadamente contaba, había visto buena parte del mundo conocido y tratado con toda clase de gente. Sabía el valor que los elfos de Qualinost daban a los cereales y productos alimenticios de Solamnia. El montañoso Thorbardin comerciaba con cereales y especias, como hacía su propia tierra natal de Abanasinia. Y en Abanasinia y Solamnia había visto —en manos de quienes se las podían permitir— abundancia de herramientas y armas elaboradas por los enanos de Thorbardin, así como finas telas procedentes de Qualinost.

Fibras y tejidos, plumas y pieles, comestibles y combustibles, exóticas chucherías… Cada uno de los países que había visitado en sus viajes poseía en abundancia determinados artículos, mientras que tenía escasez de otros.

En alguna época del pasado, el comercio probablemente se habría extendido por todo Ansalon. Ahora, en cambio —y durante todo el tiempo que Ala Torcida y sus conocidos recordaban—, el comercio era irregular y arriesgado.

«Así es el mundo —se había dicho a sí mismo en más de una ocasión—. Siempre hay alguien más determinado a matar de lo que los demás están dispuestos a vivir en paz».

Para algunos poetas, el mundo era el «pobre y asolado Krynn». Ala Torcida, en cambio, no tenía nada en contra de la naturaleza de las cosas. Era el único mundo que había conocido y, en ciertos aspectos, la combatividad de sus razas lo ayudaba en sus esfuerzos. Sus caracteres reservados y la mutua desconfianza hacían mucho más preciosos todos los artículos deseados. A veces, Ala Torcida era contratado como guía, o bien para escoltar a mercaderes. También se daba el caso, como ahora, de que transportase sus propios fardos, en general por una apuesta.

En esta ocasión, la apuesta era con el comerciante Rogar Hebilla de Oro, Enano de las Montañas. Animados por sendas jarras de cerveza en la Posada de los Cerdos Voladores, en Barter, Hebilla de Oro había afirmado que Ala Torcida nunca lograría hacer, con vida, el camino desde Barter a Pax Tharkas y luego el de regreso con una carga de mercancías de sus agentes de esa última ciudad.

El regreso con el bulto sellado sería poca cosa en comparación con lo que le tocaría pagar a Rogar Hebilla de Oro por su apuesta.

De todos modos, el viaje no había salido mal, porque Ala Torcida sabía elegir sus rutas con cuidado y se había dirigido hacia el norte, camino de Pax Tharkas, por una senda para volver por otra, con objeto de rehuir posibles emboscadas y otras cosas desagradables que podían producirse en los desiertos. Había cabalgado siempre atento y había dormido con todos sus sentidos alerta, pero aun así recordaba peligrosos incidentes: el ogro que, salido de una cueva, por poco lo había matado en un atajo de montaña, en las cercanías del bosque de Wayreth; el corrimiento de tierras que le había obstruido el camino al sur de Pax Tharkas; la banda de ladrones asesinos que, después de descubrir su pista en la Cordillera de los Pesares, lo habían seguido hasta obligarlo a enseñarles mejores modos… Luego, el vado inundado que lo había forzado a cambiar de curso, cosa que precisamente lo había conducido al escondido valle donde el pájaro le había lanzado un grito de advertencia y donde había salvado la vida por milagro al perseguirlo una manada de gatos salvajes.

Y, por si todo eso fuera poco, los goblins… Ala Torcida meneó la cabeza, perplejo. ¿Qué hacían los goblins al sur de Pax Tharkas? Nunca había oído hablar de goblins en aquellas regiones. En otras partes, sí, pero no allí. Eso le recordó los comentarios escuchados en Pax Tharkas… Espantosos rumores, muy confusos todos, de augurios y profecías, de extraños fenómenos observados en lugares remotos.

Incluso había quien afirmaba que, según testigos presenciales, en el norte se veían dragones.

Y por último, la noche anterior, aquel doble eclipse de lunas… Ala Torcida había oído conjeturar sobre ello a filósofos y astrónomos, pero nunca antes lo había visto con sus propios ojos. Poco faltó para que la sorpresa le costara el caballo y sus fardos. Geekay se había encabritado y se había soltado del ronzal, y a Ala Torcida le había tocado correr detrás del animal durante casi un kilómetro, antes de conseguir atraparlo.

¿Significaba esto algo especial? Ala Torcida pensó en Garon Wendesthalas y se preguntó dónde estaría. Los elfos solían saber más que otros respecto de semejantes fenómenos. Quizás encontrase al elfo en Barter, y entonces podría preguntárselo.

El hombre cambió de posición en su montura, para aliviarse de la fatiga del viaje, y se ciñó más la chaqueta de piel de alce. El caballo descendía por una curva del empinado sendero, y Ala Torcida notó que se había levantado un viento bastante fresco. Incluso a principios de otoño hacía frío en aquellas alturas.

Hacía frío, sí, y, como el hombre notó de repente, reinaba allí una extraña quietud. Ala Torcida miró a su alrededor. Habían enmudecido todos los usuales sonidos del día: el crujir que producían a su paso los pequeños animales, las incontables voces de las aves que habitaban los peñascos… Lo único que se percibía eran los tristes gemidos del viento.

Casi sin darse cuenta —uno aprendía esas habilidades si quería sobrevivir en las fragosidades de Ansalon—, ala Torcida se colocó la espada de forma que la empuñadura descansase sobre el fuste de la silla, a pocos centímetros de su mano. Y sus ojos, a los que poca cosa escapaba, recorrieron el paisaje en busca de algo que estuviese fuera de sitio o pudiera ser sospechoso.

Los ojos de Ala Torcida eran tan pálidos como la escarcha que se había posado en sus rojizos bigotes, y tan penetrantes como los del milano al que debía su nombre. El viajero examinó el escarpado risco que se alzaba a su izquierda, la pedregosa ladera que descendía a su derecha, la vereda que delante de él se perdía de vista en incontables curvas y, estirándose como era lógico en quien tantas horas llevaba a caballo, estudió también el camino que dejaba atrás. Nada especial llamó su atención, pero continuaba el misterioso silencio, y todos sus sentidos respondían a él. Junto al risco se abría en ángulo una grieta, y en ella introdujo el animal, para detenerse luego a escuchar. Primero no oyó nada, pero después le llegó un débil ruido, como si alguien arrastrase los pies a través de un suelo de grava. Muchos pies calzados. Y, entonces, el errante viento arrastró consigo un olor que lo sorprendió. Era un olor conocido. Un olor penetrante y desagradable.

Ala Torcida frunció el entrecejo y olfateó el aire. ¡Goblins de nuevo! ¿Qué diantre hacían los goblins tan al sur?

Otra vez percibió aquellos sonidos furtivos y arrastrados, ahora acompañados de unos ruidos metálicos, unos tintineos quizá producidos por el arrastre de armas. El hombre desmontó en silencio y enganchó las riendas del caballo en una rendija de la roca. Soltó seguidamente las tiras que sujetaban detrás de la silla el escudo de cuero endurecido, pasó el brazo izquierdo por la correa de éste y aferró el asa con mano firme. Desenvainada su espada, Ala Torcida se agachó, abandonó la protección de las rocas y avanzó rápidamente con su calzado de fina suela, vereda adelante.

A poca distancia de él, alguien estaba en apuros.

Unos cincuenta metros más allá de donde el hombre se había apeado de su montura, el estrecho sendero subía a una cresta y desaparecía. Ala Torcida trepó los últimos metros y se asomó para mirar abajo. La vereda torcía hacia la derecha, siguiendo una ladera. Luego daba una vuelta en zigzag y descendía hacia un lejano y herboso valle. Por esa senda iba un caminante solitario, alto y ágil, que se defendía del frío con prendas de piel y cuero. El hombre no pudo distinguirle la cara, pero aun de lejos supo a qué raza pertenecía. Ni la lejanía ni su ángulo de visión podían disimular la grácil y delgada forma, ni la deslizante manera de andar de un elfo.

Éste se volvió a medias para observar el paisaje, y Ala Torcida lo reconoció entonces. Era un viejo amigo, Garon Wendesthalas. El elfo llevaba un bulto y un arco, y Ala Torcida sospechó que, como él, se dirigía a Barter.

Pero en la pendiente cubierta de maleza que los separaba, acurrucados en espera de que se aproximase el elfo, había unos goblins muy armados, dispuestos a atacarlo por sorpresa. El hombre pudo contar ocho, pero calculó que serían unos cuantos más.

Ala Torcida esperó agachado. No cabía duda de lo que iba a suceder. Por un motivo u otro —simplemente para satisfacer su curiosidad acerca de lo que Garon llevaba en su fardo, o por mero capricho—, los goblins se arrojarían sobre el elfo y, sin duda, lo derribarían con sus armas.

El hombre se dijo que su amigo había sabido cuidar de sí mismo durante suficientes años, y estudió a los goblins con ojos entrecerrados. Ésos seres llegarían a desear no haberse metido jamás con ese elfo. Y, mientras los malditos goblins se miraban entre sí con endemoniada expectación, decidió intervenir.

¿Para qué estaban los amigos, si no?

Ala Torcida encogió rápidamente las piernas, lanzó un grito de guerra tan fiero como no podía haberlo oído nunca ningún goblin y se dejó caer de lleno en medio de la emboscada que los goblins habían preparado. Como la gravedad acrecentó el impulso de sus largas piernas, el desorden producido entre los endiablados seres, que rodaron por todas partes, fue increíble. Su espada era una llameante furia y, si primero resplandecía, pronto se oscureció con la sangre de los goblins. La cabeza de uno de ellos saltó de una roca y fue a parar ladera abajo, delante de él. Otros dos goblins murieron antes de que pudieran darse cuenta. Otro recibió un golpe que lo cortó desde el hombro hasta el esternón, uno más fue atravesado por la espalda, de modo que le saltaron las costillas y la columna vertebral, y otro que empuñó un hacha fue derribado por el escudo de Ala Torcida. Y uno que intentó levantar una corta espada, no pudo hacerlo porque se quedó sin brazo.

En un instante de rugiente furor, el hombre dejó atrás la maraña de restos de los goblins, y por poco pierde el equilibrio al acabar de correr vertiente abajo.

—¡Goblins! —gritó. ¡Una emboscada!

Situado exactamente debajo de él, el elfo dejó caer su fardo, tomó el arco y disparó. La flecha pasó silbando junto a Ala Torcida y, en alguna parte detrás del hombre, se oyó un gorgoteo seguido de un golpe sordo. Por el rabillo del ojo, Ala Torcida vio que la cabeza cortada del primer goblin pasaba rodando alegremente por su lado.

Un hacha voló entonces a escasa distancia de Ala Torcida, para clavarse en una piedra suelta que había tocando a los pies del elfo, quien enseguida contestó con una nueva flecha. En el empinado sendero, el hombre se impelió con las piernas y dio un salto mortal para finalmente detenerse en seco y ponerse de pie en el mismo momento en que una flecha de bronce, procedente de la colina, pasaba silbando a pocos centímetros de su persona.

—¡Buenos días! —saludó al elfo como si nada, respiró a fondo, lanzó otro grito de guerra y volvió a trepar altozano arriba.

El elfo fue detrás de él.

La pendiente era un lío de goblins, casi todos muertos o moribundos, pero todavía quedaban algunos bien vivos. Éstos se pusieron a gatear en un intento de alcanzar la cumbre, pero uno de ellos, de estatura algo mayor que los demás y armado hasta los dientes, dio unas guturales órdenes y los reagrupó.

La subida resultaba bastante más lenta que el descenso, y Ala Torcida y el elfo se encontraron frente a un enemigo que mantenía ocupado el terreno más alto.

Dardos y piedras les caían encima. Ala Torcida iba delante y procuraba defenderse con su escudo, pero una flecha le arañó la pierna y dejó una sangrienta marca. Arriba, dos goblins alzaron juntos un gran pedrusco, dispuestos a tirárselo.

Detrás de Ala Torcida murmuró el elfo:

—¡Déjate caer!

El humano obedeció, cubierto a medias por su escudo, y Garon disparó una flecha que le dio a un goblin en mitad del cuello. El segundo se tambaleó hacia atrás, bajo el súbito peso de la piedra, y se derrumbó.

Con un sonido sibilante, el jefe de los goblins alzó a la criatura caída y la sostuvo agarrada por el cogote. Con la otra mano sujetaba una gran hacha. Empujando al compañero por delante de él, cargó contra Ala Torcida en el momento en que éste trataba de ponerse de pie. Antes de que pudiese levantar el escudo, los goblins se arrojaron sobre él. Su espada logró empalar a uno, pero su arma resultó desviada cuando el jefe dejó caer hacia adelante al elemento prescindible y empuñó el hacha con las dos manos.

Soltando la espada y el escudo, Ala Torcida se lanzó hacia arriba y agarró a la criatura. El hedor del goblin penetró por las ventanas de su nariz cuando se apoderó del astil del hacha para impedir que pudiera completar su curva. Los dientes del goblin lo mordieron en el cuello, rasgándole la piel. Unas garras le arañaron la cara en busca de sus ojos, y una bota de dura suela le golpeó las piernas. El hombre se volvió de repente, dio un empujón al goblin que lo echó de espaldas y se lanzó sobre él. Al instante, la enganchada pareja comenzó a bajar la ladera rodando y a saltos, trabados en lucha.

El hacha, que se había soltado, resbaló cuesta abajo hasta detenerse en el camino. Goblin y humano aterrizaron a su lado, el primero encima de Ala Torcida y empeñado en estrangularlo. Al fin, y con un esfuerzo, el hombre logró arrojar a la criatura por encima de su cabeza, dio media vuelta y pegó un salto cuando el dichoso goblin procuraba ponerse a gatas. Montado entonces a horcajadas sobre él, Ala Torcida introdujo los dedos de los pies bajo la base del peto de cobre del enemigo, y los de las manos debajo del espaldar, empleando todas sus fuerzas para hacer palanca y separar las piezas. Sujetos mediante resistentes correas, los dos trozos de la armadura se cerraron como una trampa alrededor del cuello del goblin. Ala Torcida tiró con energía todavía mayor. Agarrándose en ese momento a las botas del hombre, el goblin se puso de pie, tambaleante. A medida que las dos piezas de la armadura le oprimían más y más el cuerpo, el ser jadeaba en su lucha por… por respirar. El rostro pareció hinchársele, los ojos se le salían de las órbitas, y el goblin acabó por caer, aunque arrastró consigo al humano. Un hacha voló entonces colina abajo para hincarse en el suelo con un fuerte ruido. Por poco no les había caído encima, y Ala Torcida perdió el asidero. Poco más allá, otra de las flechas del elfo perforaba una armadura.

El hombre se levantó, casi sin resuello. En el suelo, el goblin se afanaba por conseguir aire, pero de pronto volvió a ponerse de pie con ojos llenos de odio y los dedos en forma de garras…

—¡Ya estoy harto de esto! —decidió Ala Torcida a la vez que, dando un largo paso, esquivaba los brazos del goblin para propinarle un buen puñetazo en plena cara. La criatura se desplomó como un árbol talado y quedó inmóvil.

Un gran ruido de piedras anunció el descenso de Garon Wendesthalas, que miró a Ala Torcida y se agachó al lado del goblin.

—Vive —señaló—. Otro se escapó ladera arriba. Estuvo fuera de mi alcance antes de que pudiera atraparlo.

—Dejé mi caballo allá en lo alto —jadeó el hombre.

—Pues si estaba en el camino del goblin fugitivo, ese mal bicho ya debe de tenerlo. Por cierto: ¿qué demonios hacen aquí los goblins? Nunca había oído hablar de ellos en estas tierras… ¡Al menos, no en los últimos tiempos! —De pronto, el elfo agregó en tono burlón—: Oye, ¡si aún no te di los buenos días, Ala Torcida!

—Espero no haberte estropeado la fiesta —contestó el hombre.

—¡En absoluto! Ésos seres abundaban de lo lindo. Francamente, celebro que aparecieses. Yo ya sabía que por aquí había goblins. Los había olido hacía rato, pero ignoraba cuántos eran y dónde estaban exactamente. En cualquier caso, todavía me pregunto qué hacen tan al sur.

—Eso es lo que también yo quisiera saber —repuso Ala Torcida, al mismo tiempo que se ponía en cuclillas para estudiar de cerca la ancha y fiera cara del inconsciente goblin, a quien le manaba la oscura sangre de la nariz y la boca—. Si este tipo despierta, quizá nos lo diga.

Como si los hubiera escuchado, el goblin emitió un gemido y se movió. Garon se arrodilló y alzó uno de los párpados de la criatura con el pulgar.

—Vuelve en sí. Quitémosle la armadura. Sin esa coraza se mostrará más hablador.

—Si tú lo crees mejor… Tienes más práctica que yo con los goblins.

—En ocasiones no me tocó otro remedio que tratar con ellos —respondió Garon mirando a Ala Torcida con los melancólicos ojos de los elfos—. Me figuro que fuiste a Pax Tharkas…

—Fui, sí, y el bulto que llevo le costará buen dinero a Rogar Hebilla de Oro. Pero la apuesta fue idea suya.

—¿Qué harás si decide pagarte en especies, liberándote de tu deuda de servicio para con él?

—No lo haría. Hebilla de Oro es un enano viejo y taimado, incapaz de cambiar por dinero lo que puede cobrar en servicios. Pero eso no me importa. Apostó por mí cuando yo más lo necesitaba… Estoy en deuda con él, siempre que me necesite. Probablemente terminará haciéndome batir en duelo con un mercader demasiado fuerte para un viejo enano.

Despojaron al goblin de su armadura y la arrojaron lejos de sí. No existía humano ni elfo que, por su gusto, mantuviera cerca la pestilente y deslustrada coraza.

Garon Wendesthalas utilizó gruesas cuerdas para atarle las manos y los pies a aquella criatura. A continuación extrajo una delgada daga, puntiaguda como una aguja, e hincó la empuñadura en una grieta del pétreo suelo, de modo que la hoja apuntara hacia arriba. Cuando el goblin recobró el conocimiento entre sibilantes maldiciones, el elfo lo puso boca abajo, tiró de él hacia adelante y le alzó la cabeza de manera que el ojo derecho del repugnante ser quedara justamente encima de la punta del arma.

Ala Torcida lo observaba fascinado.

—¿Qué haces?

—Las criaturas de la oscuridad cuidan mucho sus ojos —explicó el elfo, y luego, mientras sujetaba con energía la redonda cabeza del goblin, dijo—: ¡Cuéntanos qué hacéis aquí! ¿Quién os envió, maldito goblin?

—¡Puedes freírte en piedra fundida, elfo! —jadeó el goblin, sin conseguir soltarse—. ¡No pienso decir nada! Yo…

Garon se encogió de hombros y dejó caer la cabeza del prisionero.

El grito del goblin fue tan estridente, que las montañas devolvieron el eco. Con gran sentido práctico, Garon alzó de nuevo la redonda cabeza y explicó de cara a Ala Torcida:

—Hay algún detalle que los elfos aprendimos de los goblins: ¡la brutalidad! En cuanto a ti —continuó, mirando al duende—, ¡aún te queda un ojo! ¿Quién os envió?

La criatura se revolvió gimoteante.

—¡No puedo decirlo! ¡No puedo…!

Con gesto amenazador, Garon Wendesthalas empujó la cabeza del goblin hacia abajo, hasta que su único ojo tocó la punta de la daga.

—¡Ya lo creo que puedes! —bramó. ¿Quién os envió?

—¡No puedo…! ¡Ay…! ¡Pantano Oscuro, el Comandante! Yo obedezco…

De súbito, el goblin se puso rígido. Diminutos relámpagos le recorrieron el cuerpo para formar relucientes dibujos alrededor de sus brazos y piernas, un movedizo tejido de azules centellas, tan fino como una telaraña. Aquéllas centellas sólo duraron un instante. Después, el pálido y fláccido cuerpo del goblin estaba yerto, abierta la boca de puntiagudos dientes, y de ella brotó un espeso humo negro. La criatura quedó inerte. Garon apartó el cuerpo de la daga y lo colocó boca arriba. El alargado rostro del elfo se contrajo asqueado.

—Está muerto —dijo.

—Ya lo veo —contestó Ala Torcida con indiferencia—. Pero no lo mataste tú.

—No. En efecto, él no pudo decir nada más. Lo habían hechizado, y eso fue lo que lo mató antes de que pudiera revelar nada más. ¿Conoces a alguien llamado Pantano Oscuro, al que consideren el Comandante?

El humano meneó la cabeza.

—Pantano Oscuro no es un nombre goblin, ni tampoco propio de enanos. Más bien suena a la lengua de los elfos, pero ¿qué elfo iba a asociarse con los goblins?

—Pues a mí me parece un nombre humano —replicó Garon, pensativo—. Tal vez debamos preguntarnos qué clase de humano sería capaz de unirse a los goblins…

—Creo que será mejor que vaya en busca de mi caballo y mi equipaje. ¿Vas camino de Barter?

El elfo hizo un movimiento afirmativo.

—Últimamente han corrido muchos rumores referentes a disturbios en el norte. Y presagios. ¿Viste los eclipses?

—Sí, y pensé en ti, Garon Wendesthalas. Creí que tal vez pudieras explicarme algo al respecto.

—Quizás esos fenómenos no signifiquen nada —respondió el elfo—. O, por el contrario, que algo muy malo se aproxima. Bastante peor que esto —agregó después de echar una ceñuda mirada a la carnicería hecha entre los goblins—. Es posible que en Barter nos enteremos de más cosas. Si hay algo nuevo que averiguar, ése es el lugar indicado.

Ala Torcida trepó colina arriba, recogió su espada y el escudo y se detuvo a observar a algunos de los goblins muertos. Sin duda se trataba de un grupo de exploradores. Pero… ¿qué debían explorar? ¿Y por orden de quién?

El caballo estaba donde lo había dejado, nervioso y con los ojos enloquecidos, pero todavía sujeto a la grieta de la roca.

Varios metros más allá yacía el despatarrado cuerpo de otro goblin muerto. Tenía el cráneo destrozado.

—No te reprocho el miedo, Geekay ——trató de calmar Ala Torcida a su montura—. Tampoco a mí me gustan los goblins.

Cuando el humano descendió, Garon Wendesthalas ya lo aguardaba. Desmontó y le dijo al amigo:

—Ata tu fardo junto al mío, encima del caballo. Yo caminaré contigo.

El elfo lo hizo y echó a andar con paso ágil. Ala Torcida iba a su lado, llevando de las riendas a Geekay, y no se podía quitar del pensamiento la manera en que el elfo había tratado al goblin. El esbelto Garon, de aspecto casi humano, avanzaba a su mismo ritmo. Ala Torcida opinaba que, en muchas cosas, la raza de los elfos resultaba la más gentil de los habitantes de Krynn. Y, desde luego, una de las más sabias. Sin embargo, en la forma de manejar al goblin, Garon no había demostrado ninguna delicadeza, ni tampoco gran acierto.

El hombre se preguntó si, en realidad, era capaz de comprender a los elfos.

¿Podía entender cualquier raza a otra?

Rumió sobre ello durante unos minutos, y por fin llegó a la conclusión de que, probablemente, no.

Ala Torcida dedicó entonces sus pensamientos a otra raza. Tenía que cobrar de Rogar Hebilla de Oro la cantidad apostada. No sospechaba que el enano intentara engañarlo, porque no era ése el carácter de Hebilla de Oro. Aun así, los enanos podían estar llenos de sorpresas.