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—¿Cómo pudiste dejarlos escapar? —gritó la mujer—. Yo monto una red a través del valle, y tú…, fracasado jefe de tropa…, ¡los dejas huir!

Thog, un goblin especialmente feo, y otros seis, se inclinaron acobardados ante la Comandante, sin saber qué responder.

—¡Dos pelotones muertos o desaparecidos! —bramó la figura del extraño yelmo, volviéndose de uno a otro, y su máscara de dragón parecía retumbar con cada sílaba—. ¿Llegasteis a distinguirlos bien? ¿Sabéis cuántos eran?

Thog arrastró los dedos del pie y alzó la vista.

—Los iluminados eran cinco, Comandante… —balbuceó, pero uno de ellos era un caballo.

Unos furiosos ojos se clavaron en el jefe goblin desde detrás de la máscara.

—Conque cinco, pero uno era un caballo… ¡Seis eran, contando el caballo! Yo me fijé bien. ¡Ni eso sabes hacer tú!

No obtuvo respuesta y, después de una breve pausa, Kolanda prosiguió, temblando de rabia:

—¡Doble turno de guardias! —dispuso—. ¡Doble turno para todos hasta nueva orden! ¡Y ahora largaos, porque no os quiero ver!

Los goblins se alejaron casi a tropezones. Cuando se hubieron ido, Kolanda murmuró:

—Y tú… Yo me encargué de encontrar al enano. Todo lo que tenías que hacer era destruirlo. ¿Por qué no sucedió?

Una seca y fea voz, que parecía salir del interior de la armadura de la Comandante, graznó:

«¡Ah! ¿Y me lo pregunta a mí? ¿Cómo se atreve ella?».

—Me atrevo a preguntárselo, sí —replicó Kolanda en tono sibilante—. ¿Por qué no eliminaste a ese enano? ¿Por que no los liquidaste a todos? ¡Te di la posibilidad!

«Falló la magia —dijo la voz—. Pero habrá otra ocasión. Sombra de la Cañada lo sabe».

—¿Sombra de la Cañada?

«Sombra de la Cañada, sí —repitió con amargura la débil voz—. Y sabe que lo mataré la próxima vez que nos encontremos».

* * *

Kolanda Pantano Oscuro subió a una loma para controlar la reorganización de sus tropas. Aunque resultaba inadmisible que el enano conocedor del secreto de Thorbardin y sus compañeros hubiesen logrado salvar todas las defensas preparadas por ella, la mujer permitió que su ira se calmase un poco para dedicarse de nuevo a sus planes. ¡Había que detener al enano! Por último posó la mirada en la cordillera que se extendía al éste.

Los goblins perseguidores le habían informado al nacer el día que el grupo había cruzado el valle en línea casi recta hacia oriente, al menos hasta donde ellos habían podido vigilarlo. Un elemento de ese grupo parecía muy hábil en ocultar el sendero. En cualquier caso se habían encaminado al éste, y allí se alzaba el imponente picacho conocido como Fin del Cielo. Por medio de sus exploradores, Kolanda tenía noticia de que allí había… había una vieja y sinuosa senda muy empinada, que rodeaba todas las laderas de la montaña. Pero sería un viaje tedioso y difícil. Para el grupo del enano sería preferible ir por el paso, situado más al norte, ya que cruzaba alturas más escalables que el gigantesco Fin del Cielo, y además había un puente que salvaba el abismo y conducía a las llanuras de Dergoth. Y el enano tenía que dirigirse precisamente a esas llanuras, porque era allí donde había caído Grallen.

Kolanda sonrió. Varios de los humanos y enanos capturados habían muerto durante el proceso de su investigación, pero ella disponía de un buen mapa y, en consecuencia, de abundante información.

El paso del norte la llevaría a Dergoth mucho antes que el grupo fugitivo. Pero había otro asunto que atender. Los refugiados que habían cruzado la cordillera hasta el valle siguiente, situado más al oeste, aún estaban libres, y ella quería apresarlos. Para eso bastaría con pocos soldados.

Cuando las tropas estuvieron reunidas, Kolanda Pantano Oscuro envió un destacamento en busca de los fugitivos de Harvest y Herdlinger, con el encargo de traer consigo a todos los que sirvieran para trabajar y eliminar sin miramientos a los restantes.

—Caminad unos cuantos kilómetros hacia el sur —indicó, pasáis después al valle de Waykeep y, desde allí, torcéis hacia el norte y, una vez atrapada esa gente, volvéis con los esclavos.

* * *

A medida que pasaban los días, Bobbin estaba cada vez más irritado consigo mismo, con su aparato volador y con el mundo en general. Y gran parte de esa irritación era consecuencia de su aburrimiento. Con excepción de los paisajes que veía, poca otra cosa podía hacer metido en un artilugio impulsado por las corrientes de aire sobre las que flotaba. Porque el ingenio era mucho más sensible a los caprichos del viento que a los frágiles mandos que el gnomo había montado en su armatoste.

Además, Bobbin llevaba más de un día sin hablar con nadie. Desde que había partido del puerto de montaña que se abría entre los valles de Waykeep y del Respiro, había intentado el regreso una serie de veces, pero el aparato no le obedecía. Se dedicaba a dar vueltas por encima de otros sitios y, aunque pasara por lugares familiares, lo hacía a demasiada altura para poder establecer contacto con sus conocidos. Aparte de eso, se le acababan las pasas.

Por otra parte, lo de las pasas quizá fuera una bendición, porque era precisamente la media fanega de pasas lo que ahora le causaba problemas. El cesto de pasas, colocado delante de él en su cabina de mimbre, se había corrido, obstruyendo los controles de manera que el gnomo no tenía modo de corregirlos. Los tiradores del control lateral y de elevación se habían cruzado fuera de su alcance, con el resultado de que podía ganar altura más o menos a su gusto. Para descender, en cambio, tenía que aguardar a que hubiera corrientes de aire favorables para realizar los ajustes necesarios en los pliegues delanteros de la tela y confiar en que el aparato mantuviera la posición durante el tiempo necesario para acercarse al suelo antes de que al ingenio le diera la gana de volver al ángulo anterior y empezar otra vez a subir. Por si todo eso fuese poco, no podía virar hacia la izquierda. Únicamente hacia la derecha.

El dilema era sintomático del problema básico de control en el diseño del artefacto. Al construirlo, Bobbin había subestimado la flotabilidad de su invento y calculado mal la sensibilidad de los estabilizadores.

Bobbin se dijo que los demás gnomos tenían razón. «¡Estoy loco!». De haber sido fabricado el aparato al estilo de los gnomos, diseñado por un comité, aprobado por diversos gremios y finalmente armado por un grupo seleccionado para tal efecto, ahora no se enfrentaría a semejantes problemas. Pero entonces… ¡el avión no volaría!

Las dificultades de los estabilizadores y sus mandos no eran imposibles de solucionar. Durante la primera semana de sus apuros en el aire, Bobbin había comprendido qué fallaba y cómo podía arreglarlo. Parte de ello era el resultado de algo imprevisto, de un fenómeno ignorado totalmente por él: que, cerca del suelo, el aire era más denso y turbulento que más arriba, y que todas las corrientes a unos seis o diez metros de tierra eran ascendentes.

Eso ya lo entendía, obviamente. Pero lo había desconocido cuando preparaba el proyecto. Entonces creía que el aire era sólo aire en todas partes.

Incluso había puesto nombre al fenómeno de las corrientes cercanas a la superficie, llamándolo efecto de tierra. Asimismo había resuelto todos los requisitos de control para su corrección. Sólo quedaba un problema: que el aparato no podría ser reparado durante el vuelo. Para cualquier rectificación tendría que aterrizar.

Y ahora no podía aterrizar mientras no estuviera hecha la reparación.

Con un malhumor que aumentaba por momentos, Bobbin tiró de las cuerdas y cogió un nuevo puñado de pasas. Lástima que no tuviera un poco de sidra para tomarla con ellas, porque las pasas sin sidra eran como un reloj de sol sin gnomon. Adecuadas, pero… no lo suficiente.

Había pasado toda la mañana describiendo grandes círculos hacia la derecha mientras el ingenio descendía de la altura escalofriante, unos seis mil metros, maniobra efectuada sin la menor intervención de Bobbin. Llegado a semejante altitud, el aparato se había dignado, por fin, iniciar una lenta y lánguida bajada. Conseguido el conveniente grado de inclinación, Bobbin había pasado las horas intermedias medio dormido, entregado a ratos a sus furias y comiendo pasas.

Terminado el desayuno, que el gnomo acompañó con agua de lluvia recogida durante la tempestad de la noche anterior, Bobbin se asomó al cesto de mimbre para tratar de ver dónde estaba. Pero el disgusto lo hizo fruncir el entrecejo. Casi mil metros debajo del artefacto se hallaba el mismo valle que había intentado abandonar cuando la cesta de pasas se había corrido hacia un lado: el largo y boscoso valle entre montañas, aquel al que la gente había puesto el nombre de Waykeep. ¡El del tortuoso sendero negro! A la izquierda, Bobbin veía ascender el humo de los campos de refugiados, de los pobres desdichados que habían tenido que huir de su valle ante la invasión de los goblins. Y delante, a escasos kilómetros de distancia, centelleaba el extraño espacio helado donde había conocido al kender llamado Chestal Arbusto Inquieto.

Un antiguo campo de batalla, según esa criatura. Los montículos de hielo contenían enanos helados en plena lucha. Bobbin no tenía motivo para dudar de ello, aunque no entendía por qué resultaba eso tan importante.

Ahora se movía gente por la superficie de hielo. Bobbin esforzó la vista. Se trataba de enanos… y también de humanos o elfos. Desde tan lejos resultaba difícil verlo, pero algunos parecían llevar barba. Serían seres humanos, pues, ya que los elfos eran barbilampiños.

Otro movimiento atrajo la atención del gnomo, pero esta vez a su derecha y más lejos. Bobbin procuró distinguir detalles. Un numeroso grupo de… algo atravesaba un calvero entre bosques, hacia el norte. La luz del sol se reflejaba en el metal. ¿Llevaría armaduras, aquella gente?

Uno de los perezosos círculos descritos por el aparato lo llevó por encima del borde del campo de hielo, y Bobbin se asomó para saludar.

—¡Eh, quealguienseacercaporahi…! —gritó excitado, agitando los brazos y señalando.

Pero volaba demasiado alto. Los enanos y los hombres, sin duda refugiados, estaban muy atentos a lo que había debajo de la capa de hielo. Nadie alzó la vista e, instantes más tarde, el artilugio había pasado de largo mientras continuaba su descenso en espiral.

Transcurrieron varios minutos antes de que el gnomo divisara de nuevo al otro grupo, que ahora tenía delante. Bobbin estrechó los ojos para observarlos con más detención. En efecto, era una compañía de goblins muy armados, que avanzaba en desigual formación de falange, encabezada por una figura algo más alta: un anadeante tipo verdoso con una reluciente armadura que le caía muy mal. Bobbin no había visto nunca a un jefecillo goblin, aunque sabía que existían, y pensó que todavía resultaban más feos que los goblins corrientes. Sin la llamativa indumentaria que llevaba, habría parecido una gran rana deforme.

El aparato del gnomo bajó todo lo posible, hasta quedar a sólo unos centenares de metros por encima de los soldados.

Bobbin se dijo que, en cualquier caso, no tardaría en sobrevolar a los enanos y los hombres.

«Entonces, les advertiré que se les acercan unos goblins. Al fin y al cabo, no es asunto mío, pero también es cierto que nadie necesita a los goblins».

Cuando se deslizaba por encima del destacamento de esos seres, el gnomo oyó sus gritos y sacó la nariz para ver qué ocurría. Los goblins lo amenazaron con sus arcos y espadas, al mismo tiempo que le lanzaban guturales burlas. Llevado por un súbito impulso, Bobbin buscó algo que tirarles. Lo único que tenía a mano era un carrete de pesca encajado entre la cesta de pasas y los controles laterales. Lo agarró, lo soltó… y tuvo que asirse a los bordes de su cabina de mimbre para no salir despedido cuando los atascados mandos de dirección se desengancharon de repente y el vehículo respondió.

El ala izquierda se inclinó peligrosamente, el morro del aparato subió, y Bobbin dio una brusca vuelta hacia arriba. A continuación, el ingenio se bamboleó y dio una arriesgada vuelta completa sobre sí mismo, a punto de precipitarse sobre los goblins, que entre chillidos salieron disparados en todas direcciones. El gnomo peleó con sus cuerdas, entre reniegos, y consiguió frenar el descenso. Pero el artefacto tenía sus propias ideas y contestó con un limpio medio giro. Bobbin pasó cabeza abajo por encima de las cabezas de los goblins, frenético, y sobre ellos cayó una lluvia de pasas. Cuando al fin hubo equilibrado el dichoso invento, estaba ya casi seis kilómetros al sur y ascendiendo en una amplia curva hacia la derecha.

Agarrado a las cuerdas, el gnomo golpeó el borde de su cesto con el puño. Se sentía frustrado.

—¡Remedo de máquina! —exclamó—. ¡Revoltijo de alambres! ¿Es que no puedes portarte bien ni una sola vez, trasto inútil? ¡Estás acabando con mi paciencia y mis nervios! Si alguna vez vuelvo a poner los pies en tierra firme, te desmontaré y haré trizas de ti.

A una altura de ochocientos metros, aproximadamente, el aparato voló con toda serenidad sobre los dispersados goblins, dejó atrás los bosques intermedios y el campo de hielo donde trabajaban humanos y enanos para recuperar las antiguas armas. Pasó por último por encima del escondido campamento en que los refugiados cuidaban de sus niños y de los compañeros heridos, pero luego decidió subir de nuevo.

Bobbin cerró los ojos, harto. Si antes estaban mal las cosas, ahora se había quedado además sin sus pasas.

A gran altitud sobre la cordillera que separaba dos selváticos valles, y kilómetros al norte del puerto de montaña, el gnomo reparó y corrigió el rumbo del armatoste, con intención de virar una vez más. Al menos, ahora volvía a dominar los mandos hasta cierto punto. Podía girar hacia el este y hacia el sur, y posiblemente encontrara a la gente a la que había perdido de vista en el elevado cruce.

Pero un movimiento del todo diferente atrajo su atención, y el gnomo se puso de pie en su cesto para observarlo mejor. Algo se acercaba desde el norte en dirección a él. De momento era sólo una mancha en el horizonte, pero sin duda le saldría al encuentro y… ¡volaba! La exasperación de Bobbin dio paso a la esperanza, y los ojos del gnomo se iluminaron. ¡Algo que volaba!

«Alguien viene en otro aparato volador como el mío —pensó jubiloso—. ¡Ya no estoy solo!».

Con una amplia sonrisa se instaló en su asiento y bajó un poco el morro del ingenio para salirle al encuentro al colega. ¡Alguien con quien hacer comentarios! ¡Alguien que quizá tuviera respuesta para sus problemas! ¡Alguien más surcando los cielos!

A menos de dos kilómetros de distancia, el gnomo estudió al desconocido. Era de color rojo, de un brillante tono granate, con alas movibles que se agitaban de forma rítmica, y arrastraba detrás un largo apéndice. ¿Y patas? ¡En efecto, sí, tenía patas! Nada de ruedas ni patines, sino patas articuladas como las de un animal.

¿Y quién lo pilotaba? Bobbin no distinguía ninguna cabina ni cesta, así como tampoco veía a nadie sentado en un banco, por ejemplo.

Cuando estuvo todavía más cerca, el gnomo cambió de postura y, de pronto, abrió los ojos desmesuradamente. Habría jurado que aquello… ¡parecía un dragón volador!

«¡Qué ridiculez! —se dijo—. En Krynn no hay dragones. Los hubo en otros tiempos, según se comenta. Pero no ahora. Ninguno de los que hoy viven tiene noticia de la existencia de dragones».

Pero, a medida que los dos se acercaban, Bobbin tuvo que admitir que aquello parecía verdaderamente un dragón. Un enorme dragón volador rojo, que avanzaba sin duda hacia él siguiendo la línea de la cadena de montañas.

Intensos escalofríos recorrieron la espina dorsal del gnomo. Tanto era su miedo, que tenía la sensación de que lo agarraban unos terribles dedos fríos…

Entonces preguntó una voz que sonaba casi a su lado:

«¿Quién eres?».

Bobbin miró a su alrededor, jadeante, en busca del ser que había hablado. Porque el dragón se encontraba a cosa de un kilómetro de distancia. Ahora el gnomo ya no dudaba de que, en efecto, se trataba de un dragón.

Nuevamente preguntó la voz junto al hombro de Bobbin:

«¿Quién eres?».

—¿Y quién eres tú? —contestó a gritos el gnomo—, ¿dónde estás, además?

«Me estás mirando —dijo la voz—. A mí, sí, y realmente soy lo que supones, diminuta criatura. Pero ahora cálmate y explícame quién eres tú».

—Soy Bobbin y…, y soy un gnomo. ¿De veras eres un…? ¡Claro que lo eres! ¿Por qué ibas a decirlo, si no?

«Bobbin… —pareció ronronear a su oído la extraña voz—. Sigue acercándote, Bobbin. Dentro de un momento ya no te cabrá ninguna duda».

Ya fuese debido a la torpeza de las manos del gnomo, que sujetaban los mandos con demasiado temblor, o a alguna errabunda corriente de aire, el aparato decidió apartarse de súbito hacia la derecha, perder velocidad y descender en picado. Bobbin vio gigantescas montañas que daban vueltas delante de él, mientras que detrás, en alguna parte, chisporroteaba el aire.

—¡Ay, cielos! —gimió el gnomo, siempre en lucha con los mandos.

«¡Ah! —rio la voz—. ¡Vaya truco! Ésta vez tuviste suerte, Bobbin, pero la buena fortuna puede no repetirse. Comprenderás que no debo permitir que vivas».

—¿Por qué no? —contestó el pobre gnomo, todavía ajetreado con sus mandos.

«Porque me has visto —declaró la tranquila voz—. Ésa es tu desgracia. Nadie que me vea puede vivir para contarlo… Al menos, aún no. Porque la noticia quizás estropeara los planes del Gran Señor».

—Yo no diría nada a nadie… —balbuceó Bobbin, y el morro de su artefacto se inclinó un poco hacia abajo.

El gnomo miró hacia atrás y quedó boquiabierto. El dragón se hallaba a menos de cien metros detrás de él, con las alas plegadas y la boca muy abierta, mostrando horribles hileras de fulgurantes dientes.

El artefacto descendió entre chirridos, tensó sus lonas y consiguió estabilizarse, con lo que la estela de aire que dejaba levantó una pequeña tempestad de nieve en la helada punta de una peña. En su persecución del aparato, el dragón desplegó sus grandes alas y esquivó el picacho.

«¡Vaya acrobacia! —dijo la profunda voz en la mente de Bobbin—. Pero muy arriesgada».

—Estoy loco —explicó el gnomo.

«¡Qué pena! —respondió la voz del dragón—. Bueno, no necesitarás preocuparte mucho más por eso».

Bobbin echó otra mirada hacia atrás. Había conseguido alguna ventaja, pero el dragón daba ahora la vuelta para atacarlo de lado. El monstruo era fenomenal, mucho mayor en largo y envergadura que su artilugio. Irradiaba poder y dominio del aire. Su sola presencia era suficiente para inspirar un miedo espantoso, como nunca antes lo había sentido el gnomo.

—¿No podríamos llegar a…, a… un acuerdo menos… extremo? —sugirió Bobbin al mismo tiempo que, gracias a una maniobra, colocaba el aparato debajo del dragón y subía de manera vertiginosa detrás de la bestia.

«No seas ridículo —replicó el dragón en un tono de creciente enojo y que, a la vez, reflejaba algo que sobrepasaba el entendimiento del gnomo—. Puedes ahorrarte todo ese bailoteo. No tienes la menor posibilidad de escapar de mí».

—Lo siento. No quise ofenderte —musitó Bobbin—, pero el instinto de conservación es un hábito muy difícil de romper.

Dio todo el empuje posible a su aparato y remontó. Detrás de él, el dragón rojo batía las alas en furiosa persecución. Sin embargo, el gnomo tuvo la impresión de que su rapidez había decaído un poco.

¿Estaría cansado? Ése leve cambio en la voz, ese sutil algo…, ¿podría ser fatiga?

«¡Basta ya! —ordenó la bestia—. No dispongo de todo el día».

—Lucho contra mis instintos —afirmó Bobbin—. Supongo que vienes de muy lejos.

«Llevo unos ochocientos kilómetros de vuelo —contestó malhumorado el dragón—, pero no creo que eso sea de tu incumbencia».

—Aerodinámica —murmuró el gnomo—. ¡Coeficientes de masa y energía!

«¡Deja de decir tonterías y vuelve atrás!».

—Desde luego eres muy grande —observó Bobbin, cuya mente trabajaba a una velocidad terrible—. Apuesto algo a que pesas una tonelada.

«Cerca de tres», lo corrigió el dragón.

—¿Ochocientos kilómetros, dices? —insistió Bobbin y, con un carboncillo, realizó rápidos cálculos en el borde de salida del ala—. ¿A… unos veinte nudos, quizás? Eso significa que has permanecido en el aire más de veinticuatro horas… ¡Una barbaridad! ¿Y aún te queda mucho camino?

«No tanto. Pero ahora terminemos de una vez. ¡Da media vuelta!».

—Todavía tengo problemas con mis reacciones automáticas —se excusó el gnomo.

Echó otra mirada a su alrededor, reajustó las cuerdas y se lanzó hacia abajo en un ángulo de cuarenta y cinco grados. El pobre se preguntaba durante cuánto rato sería capaz de escapar del maldito dragón.