EPÍLOGO
Dos meses más tarde
─Tiene Derecho a guardar silencio no declarando si no quiere; a no contestar alguna o algunas de las preguntas que le formulen, o manifestar que sólo declarará ante el Juez
─Uhm...
Aquellas manos fuertes aferraron las suyas, inmovilizándola por completo.
─ Tiene derecho a no declarar contra sí mismo y a no confesarse culpable.
─Ajá...
Una de las manos que la sostenía se deslizó peligrosamente hacia la curva de su cintura. Ella emitió un jadeo que a él lo satisfizo en lo más profundo de su orgullo.
─Tiene Derecho a designar un abogado y a solicitar su presencia para que asista a las diligencias. Si no tiene un abogado , se le designará uno de oficio.
Los dedos, cálidos y hábiles, le recorrieron la columna vertebral. Ella percibió aquel conocido calor que la embargaba siempre que él la tocaba. Sabía dónde hacerlo, en eso era todo un expertos.
─Lo voy pillando... ─musitó con voz ahogada.
─Señorita ─la sermoneó, apretando el bulto de su entrepierna contra sus nalgas─. Aquí soy yo quien hace las preguntas. Usted permanezca callada.
─¿No hay algún tipo de derecho sobre...?
─No ─determinó, con una voz ronca que lo traicionó.
La boca de Erik se posó sobre su nuca. Arrastró los labios por su piel, ofreciéndole una caricia lenta y cálida que envió una sensación eléctrica y apremiante a su bajo vientre. Mónica entrecerró los ojos y respiró con dificultad.
Dios... podía acostumbrarse a aquello todas las mañanas del resto de su vida. Despertar con el cuerpo de Erik inmovilizándola tras aquel juego seductor era tan sensual...
─Esto... es abuso policial.
Percibió la sonrisa que se ladeaba sobre su piel.
─¿Sí? ─la contradijo él, encantado de como el cuerpo de ella respondía espontáneo a sus caricias─. Puedo mostrarte lo que es abuso policial.
Mónica arqueó la pelvis para buscarlo.
─Está jugando con fuego, agente.
Él hundió la cabeza en su pelo y aspiró su olor. Madre mía, aquella mujer siempre olía de maravilla. A pecado y dulce. Un bocado al que hincarle el diente antes de dedicarse a sus obligaciones.
─Contigo siempre me quemo, rubia.
Ella ahogó una risa contra la almohada.
─¡Eh! ─protestó él.
Le hizo cosquillas justo donde sabía que sus manos obraban el milagro. Mónica se retorció, riendo a carcajadas. Enrolló las piernas alrededor de su cintura y le mordió el hombro, provocándole una mezcla de dolor y placer.
─Auch...
Él fingió una mueca dolorida.
─Pero subinspector... qué pensarían sus compañeros de usted si lo vieran lloriqueando.
─Tendrás que guardarme el secreto.
Ella lo meditó en broma.
─¿Qué me das a cambio?
─Eso que tanto te gusta de mí.
Mónica lo contempló con inocencia.
─¿Me harás esas tostadas francesas que tanto me gustan y me las llevarás durante una semana a la cama?
─¡Mónica! ─exclamó abochornado.
Ella se rio.
─¿Qué?
Erik sacudió la cabeza. Los ojos le brillaban, risueños. Era extraño, pues nunca había sido tan feliz.En un momento de su vida en el que se había sentido tan perdido, a veces volvía a sobrecogerlo la nostalgia. O la tristeza. La pérdida de su madre y la de roldán había sido un duro golpe para él. La traición de Gonzalo no la había superado. Pero con Mónica, todo era pasional y excitante. Tal vez, todo era como siempre debía haber sido.
Tan sólo echaba en falta a su madre y a Roldán para que pudieran compartir su felicidad. Las sensaciones que Mónica provocaba en él sin ni siquiera preverlo. Aquella mujer era maravillosa. Y suya.
─No es justo. Sabes lo que provocas en mí ─dijo avergonzado, pero con una sinceridad aplastante─. Estoy en desventaja.
─Anda tonto... cállate y bésame.
Enroscó las manos alrededor de su cuello y lo atrajo hacia sí. Sus labios se rozaron.
─No puedo. Tengo que ir a trabajar. Si empiezo, no querré parar.
─Pero yo necesito algo de lo que alardear con mis compañeras de trabajo ─insisitió ella.
Erik abrió los ojos como platos.
─¿Cómo?
Mónica le acarició el pecho desnudo con un dedo.
─Antes no tenía muchas cosas de las que alardear... ─lo miró fascinada. Tan enamorada ─y de verdad─, que a él se le hinchó el pecho con una sensación deliciosa─. Pero ahora...
─Tú... no hablas con tus amigas de lo que hacemos... uhm... ya sabes.... en la cama...., ¿No?
La timidez de su expresión la hizo sonreír.
─Tranquilo, te dejo en buen lugar.
─¡Serás!
Ella se echó a reír. Él le soltó un pequeño
mordisco en la barbilla.
─Con que me dejas en buen lugar...
─Por méritos propios, subinspector ─lo halagó, dedicándole una mirada pícara─. Pero tendrás que seguir ganándote mis halagos. Tal vez la pasión se esfume dentro de un tiempo y tú dejes de dar la talla.
Erik tuvo un súbito ataque de tos. Mónica se mordió el labio inferior, aguantándose la risa. Tan sólo pretendía incordiarlo un poco, pues estaba segura de que la fogosidad de Erik sería interminable.
─Brrr... me esforzaré mujer, te lo aseguro ─prometió indignado─. No quiero ser la comidilla de un puñado de mujeres que hablen sobre la falta de virilidad de mi p...
Mónica lo calló con un beso. Intenso, arrollador y caliente. Erik frunció el ceño, un tanto irritado por ser el blanco de sus burlas. Pero a los pocos segundos, sucumbió a aquel beso y se tumbó encima suya. Una de sus manos no pudo resistir la tentación de acariciar el interior del muslo de ella. Una risita nerviosa, de anticipación, le comunicó a Mónica lo que estaba a punto de suceder entre ellos.
El sonido del teléfono de él los separó. No era la primera vez que sucedía, así que Mónica ya estaba acostumbrada. Con un asentimiento, le indicó que contestara mientras él le dedicaba una mirada de disculpa. Erik tensó la mandíbula en cuanto le comunicaron lo sucedido.
─Tengo que irme.
Se vistió a toda prisa. Recostada en la cama, Mónica lo contempló embelesada. Él le dedicó una mirada fugaz antes de abrir la puerta del dormitorio para marcharse a atender sus obligaciones.
El cuerpo de la ley, pensó ella. ¡Pero qué cuerpo!
─Esta noche terminaremos lo que hemos empezado ─le aseguró él, con un brillo intenso en los ojos.
Mónica le lanzó un beso.
─Cuídate ─le pidió.
─Siempre ─la tranquilizó él, guiñándole un ojo.
En ese instante, supo que el miedo jamás la abandonaría. Siempre tendría que lidiar con el trabajo de Erik, peligroso y absorbente. Pero se había enamorado de él con todas sus consecuencias.
Atrapó el pomo de la puerta y sonrió de aquella manera que la volvía loca.
─Oye, respecto a mi virilidad y los comentarios de tus amigas...
Ella se echó a reír.
─Anda, vete.
***
Remoloneó en las sábanas durante algunos minutos más. Cada mañana, disfrutaba de la placentera sensación de no verse obligada a madrugar. Durante años, se había sumido en una rutina asfixiante que la convertía en una persona normal, o eso se había hecho creer a sí misma. En aquel momento, sin embargo, volaba por libre mientras esperaba que la vida le deparase una nueva oportunidad laboral.
No se rendía, aunque en ocasiones se sentía un tanto decepcionada. Quería encauzar su trayectoria profesional hacia la fotografía, pero aún no le había llegado la oferta que andaba buscado. Mientras tanto, tiraba de sus ahorros. Había sido una mujer previsora, así que poseía una holgada colchoneta que le permitiría vivir sin preocupaciones durante los próximos dos años. Erik le había asegurado que no era necesario que compartiesen los gastos, pero Mónica no estaba dispuesta a dejarlo todo en manos de él. Por primera vez, su vida le pertenecía. Encontraría un trabajo. Uno que le gustara de verdad. Y puede que algún día se atreviera a pedirle matrimonio a Erik. Sí, no esperaría a que él diera el primer paso Quería ser ella quien deslizara el anillo por su dedo anular. Romántico o no, no era de las que pensaba que la mujer jamás debía dar el primer paso. Sobre todo, si había encontrado a un hombre por el que merecía la pena atreverse. Actuar. Vivir.
Pensó en la cara que pondría Erik el día que ella lo sorprendiera con un anillo de compromiso. Seguro que diría que eso era cosa de hombres sólo para mortificarla. De todos modos, Mónica estuvo muy segura de cuál sería su respuesta. Ahora, sólo tenía que reunir valor para tomar aquella decisión que se le antojaba irremediable.
Se echó el bolso al hombro y salió al aire otoñal de aquella ciudad. A diferencia del verano, con su odioso y asfixiante calor, el otoño le resultaba una estación preciosa. Hacía una temperatura perfecta para caminar con un sencillo cardigan, y el paisaje de ramas desnudas y tonos acres le resultaba precioso. Mientras se dirigía hacia el supermercado, cogió la cámara que siempre llevaba colgada del cuello y se dedicó a tomar fotos de aquello que llamaba su atención.
En el supermercado saludó a todo el mundo. En poco tiempo, se había familiarizado con todo lo que la rodeaba. Su familia política, compuesta por el hermano de Erik y su padrastro la trataban de manera acogedora y cariñosa. Su amiga Sara había convencido a su marido para pasar una larga temporada en la ciudad, así que Mónica disfrutaba de su compañía cuando el trabajo se lo permitía. Incluso su relación con Martina había mejorado. La chica, que había conseguido pasar página respecto a Erik, la trataba con cordialidad y se alegraba sinceramente de que su amigo fuera feliz al lado de una mujer que lo amaba de una forma irrefutable.
Dominique se había enfadado un poco por haber rechazado la oferta de trasladarse a Dublín, pero Mónica se había mostrado tajante al respecto. Su vida ─y estaba muy segura de ello─, no estaba e Dublín, sino en Sevilla. Ahora que había encontrado lo que llevaba tantos añós buscando, no estaba dispuesta a soltarlo por un simple trabajo.
"No te reconozco, ma belle" comentó enfurruñado antes de marcharse.
"Entonces algo estoy haciendo bien" respondió ella.
Al cabo de unas semanas, Dominique la había visitado y había estudiado a Erik con una mezcla de desconfianza y acusación. Culpaba al policía del fracaso laboral de Mónica y no lo disimulaba. Tan sólo fue necesario que Erik dejase a un lado su orgullo ─después de que Mónica le insistiera sobre lo importante que Dominique era para ella─, para que convenciera a Dominique de que no era tan mal partido como pensaba.
Unas cañas en La Sureña, risas y el compadreo de los dos hicieron el resto. Al día siguiente, Dominique le dio un abrazo antes de marcharse hacia París y le dijo que estaba encantado de que disfrutara de una vida tranquila junto a un hombre que la quería de verdad.
Cargada como una mula con las bolsas de la compra, regresó al apartamento sintiéndose cada vez más fuerte. No tenía nada que ver con los kilos que había engordado, y que según Erik le sentaban de escándalo. Había tenido que hacerlo, más por él que por ella misma. No soportaba que Erik la observara preocupado cuando ella medía cada cucharada que se llevaba a la boca. Las sesiones con Marta, su nueva psicóloga, habían aumentado la confianza en sí misma. Ahora mostraba un cuerpo más saludable. Esbelto como siempre, pero con unas curvas sanas que parecían enloquecer a Erik.
─¡Eh!
Aquella voz conocida hizo que se detuviera. Se dio la vuelta para encontrarse con Sara, que caminaba deprisa empujando el carrito de bebé de la pequeña Laura.
─¿No deberías estar en la revista?
─Privilegios de ser la jefa ─le guiñó un ojo─. Me dirigía a tu casa.
─Bueno, pues aquí me tienes.
Sara le arrebató una de las bolsas y la cargó sin dificultad mientras empujaba el carro. Mónica la contempló asombrada. Su amiga era una mujer extraordinariamente fuerte, de eso no cabía la menor duda.
─Un amigo de mis tíos va a jubilarse dentro de un par de años. Tiene un estudio fotográfico y está buscando a alguien a quien traspasarle el negocio. Pero no quiere a cualquiera. Busca a alguien joven, tenaz y con ganas de aprender para que trabaje codo con codo junto a él hasta que se jubile ─le dedicó una mirada cómplice─. ¿Conoces a alguien que encaje con el perfil?
Mónica dio gracias por tener amigos tan maravillosos.
─Se me ocurre una persona que tiene muchas ganas de que le den una oportunidad
***
Los días pasaron deprisa sin que se diera cuenta de ello. El otoño dio paso al invierno, y con el invierno llégó la navidad. Una época que siempre había detestado se convirtió de repente en una fiesta maravillosa para romper de una vez por todas con su pasado. Habían acordado pasar el día 24 con su madre, mientras que celebrarían el año nuevo en Sevilla acompañados por la familia de Erik. Las cosas, por primera vez, pintaban muy bien.
No podía estar más satisfecha con su nuevo trabajo. Su jefe, un hombre mayor pero con una mente muy avanzada para su edad, le permitía dar rienda suelta a su creatividad. Parecía satisfecho de contar con la ayuda de aquella mujer joven que se mostraba ansiosa por aprender de su experiencia. A Mónica no le importaba hacer horas extras, ni llevarse parte del trabajo a casa. Se empleaba al máximo en cualquier proyecto que él le confiaba porque de verdad disfrutaba al dedicarse a su verdadera vocación.
Respecto a Erik... bueno, él no dejaba de sorprenderla. A veces se presentaba en su trabajo sin avisar para recogerla tras la jornada e invitarla a uno de aquellos resrtaurantes escondidos en un bonito rincón de la ciudad. Otras, la agasajaba con una escapada en moto hacia alguna playa recóndita donde dar rienda suelta a su pasión. O la sorprendía con un ramo de sus flores
el colchón,acompañado por una tarjeta escrita a mano con una de aquellas notas tan descaradas que conseguían ruborizarla. Era perfecto. Sencillamente perfecto.
El tiempo la había ayudado a conocerlo. Poseían ciertas similitudes, como las de llevarse el trabajo a casa y permitir que el otro los sermoneara. Al igual que ella, Erik siempre mantenía la cabeza ocupada con temas relacionados con su trabajo. Así que se distraían mutuamente, ¡Y de qué manera!
Se pelearon por colgar la estrella en el árbol de navidad, un precioso abeto de dos metros con las puntas nevadas. Ambos habían optado por aquel árbol enorme, quizá porque estaban contentos y no podían ni querían disimular la felicidad que les producía pasar las primeras navidades juntos.
─Tú has puesto al niño Jesús en el portal de belén ─le recordó él, dispuesto a salirse con la suya.
Mónica agarró la estrella dorada con codicia.
─Y tú al muñeco cagón ─le reprochó.
Erik suspiró.
─De acuerdo, pero seré yo quien cuelgue la corona de navidad en la puerta ─decidió molesto.
Con una sonrisa de triunfo, Mónica se colocó de puntillas para colocar la estrella en la cima del árbol. Erik se burló de ella al ver que no llegaba, pero al final la ayudó aupándola del trasero. Al hacerlo, palpó la cajita cuadrada que ella guardaba en el interior del bolsillo trasero del pantalón.
─¿Qué llevas ahí?
Mónica se sonrojó. Ahora que lo pensaba, se sentía como una idiota. No había podido evitarlo al pasar por aquella joyería. La alianza de oro blanco, elegante y sencilla, había captado su atención como por arte de magia. Se mordisqueó el labio inferior, y se llevó una mano al bolsillo, deslizando los dedos por la cajita que guardaba el anillo de compromiso que guardaba para Erik.
─¿Me has comprado un regalo? ─preguntó entusiasmado.
Parecía un niño pequeño esperando la llegada de Papá Noel. A Mónica le tembló la sonrisa, pero logró asentir. Él le diría que sí. Por supuesto que le diría que sí. De lo contrario, lo estrangularía con la corona de navidad y fingiría que había sido un suicidio.
─Algo así.
─¿Algo así? ─inquirió curioso─. Aún no es navidad, te me has adelanto.
Mónica se encogió de hombros.
─Mi regalo será tu respuesta.
Erik frunció el ceño, sin entender aquel juego.
─Cualquier cosa que venga de ti me gustará, ya lo sabes.
─Vaya... eso es un alivio ─musitó nerviosa, sacando la caja de terciopelo de su bolsillo.
Erik la contempló intrigado. Con el rostro sonrojado, Mónica abrió la cajita y le mostró el elegante anillo que había elegido.
─Cásate conmigo, Erik.
Fue un susurro tembloroso, pero él lo escuchó a la perfección. No miraba el anillo, sino a Mónica, como si se hubiera convertido en un álien. La expresión de desconcierto dio paso, poco a poco, a unos ojos abiertos de par en par que pasaron del pasmo a resultar maravillados. La contempló embobado, mudo por la impresión.
─Ahora no me salgas con que una mujer no puede pedir matrimonio, porque hace unos segundos me resultaba una idea original y...
─No me lo esperaba ─admitió impresionado.onica
Mónica se clavó las uñas en la palma de la mano, mortificada por la vergüenza.
─No... no tienes que decir que sí.
─Ha sido una sorpresa ─murmuró él, acercándose hacia ella─. Una sorpresa muy agradable, Mónica.
Ella suspiró aliviada.
─Entonces...
Erik atrapó su rostro con las manos, mirándola a la cara con un amor que le embargó el alma. Ser amada de aquella manera era el principio de su cuento de hadas. Y su final feliz.
─Nunca dejes de sorprenderme, rubia. Antes la vida era aburrida. Ahora, la vida contigo es mejor. Jodidamente mejor.
Con delicadeza, agarró el anillo deslizándolo por su dedo anular. Contempló como le quedaba de una manera presumida y satisfecha que a ella le hizo mucha gracia.
─Te me has adelantado ─bromeó─. Nunca creí que una mujer me pediría matrimonio, la verdad. Ha sido un shock. Me siento el tipo más halagado del planeta, ¿Sabes?
A Mónica le brillaron los ojos.
─Esa era la idea ─musitó.
Erik le rozó los labios.
─Lo quiero todo contigo, ya lo sabes. Y por si aún crees que sería tan estúpido como para decirte que no... ─le estampó un beso en la boca. Una corto, profundo y cálido─. Esto es un sí, Mónica. Porque te quiero. Simple y llanamente, porque te quiero.
Abrazada a su futuro marido, Mónica pensó en todas las cosas que estaban por venir. Sonrió. La vida al lado de Erik iba a ser una aventura maravillosa.