22
Se despertó sobresaltada, como tantas otras noches. Si había creído que la muerte de David la ayudaría a desterrar sus demonios, sencillamente era una ingenua. Se pasó la mano por la frente perlada de sudor. Necesitaba estirar las piernas y beber algo de agua si quería volver a conciliar el sueño, cosa que con toda probabilidad le resultaría imposible.
De todos modos, su malestar no tenía origen en David, el hombre que la había estado acosando durante todos aquellos años, sino en el misterioso y grotesco ser enmascarado que le había disparado delante de sus narices. Tenía la inquietante sensación de que aquel extraño regresaría para saldar su deuda.
¿Por qué había aparecido en aquella habitación de hospital? Teniendo en cuenta que David no estaba relacionado con su pasado, sino con el de ella, aquella situación la aterrorizaba.
¿Por qué la había ayudado? Ayudado, por supuesto, en la mente desequilibrada y malvada de aquel asesino.
¿Quería algo de ella? Había percibido su deseo. Su necesidad carnal. Pero no la había forzado, tal vez porque esperaba que ella diera el primer paso. Un primer paso que jamás daría, pues aquel hombre era un monstruo. Lo era como David o su padre.
En la pesadilla, las manos de David le habían apretado la garganta. Aparecía de la nada, mientras ella dormía en un cuarto que no era el suyo. Y de repente, aquel extraño aparecía y vaciaba el cargador contra David. El peso del hombre se desplomaba sobre ella, cubriéndola de sangre. Gritaba y pataleaba mientras trataba de quitárselo de encima y aquel extraño la observaba a escasos metros con la cabeza ladeada.
Plantó los pies descalzos sobre el frío suelo y sintió un alivio instantáneo al volver a conectar con la realidad. Buscó a tientas la presencia de Erik, pero no había rastro suyo en la habitación. Supuso que tuvo la necesidad de tocarlo porque su contacto la tranquilizaba hasta límites insospechados. Salió de la habitación completamente oscura para buscar a tientas el interruptor de la luz del salón. En esas estaba cuando se tropezó con un cuerpo masculino y más grande que ella, que la atrapó por la cintura.
Soltó un grito y comenzó a golpearlo. Erik la tranquilizó.
─No era mi intención asustarte ─se excusó.
Al escuchar su voz, ella lo abrazó angustiada.
─¡Dios! Creí que alguien había entrado en la casa ─le explicó, todavía conmocionada. Le habló sin verlo, palpando su rostro en la oscuridad─. ¿Por qué no enciendes la luz? Algunos no nos sentimos cómodos en la oscuridad, ¿Sabes?
Él se inclinó sobre la barra americana para alcanzar el interruptor de una lamparita que apenas sumió la estancia en un lúgubre resplandor. Mónica pudo vislumbrar el contorno adusto de su rostro. Llevaba puestos unos boxers blancos de algodón que se apretaban alrededor de sus torneados muslos, y el pecho desnudo y velludo parecía gritar : tócame. Aráñame. No hizo ninguna de las dos cosas, pese a que lo deseó con todas sus fuerzas.
─Si tienes calor, puedes encender el aire acondicionado. Ya sabes, estás en tu casa ─le dijo, acabándose de un trago la cerveza.
─No, no es eso ─tomó asiento a su lado. Le rozó el muslo con la rodilla. Su piel ardía. Parecía que su temperatura era siempre la de un volcán en erupción─. He tenido una pesadilla.
Él no preguntó sobre qué, pero le tendió una cerveza fría que ella aceptó de buen grado.
─¿Tú tampoco puedes dormir? ─inquirió. La molestaba que él permaneciera callado y aislado en su propio mundo. No era habitual en el Erik honesto y directo que empleaba pocos rodeos para decir lo que quería. Era como si de buenas a primeras, una muralla inquebrantable se hubiera erigido en torno a ambos. Le dio un codazo con el hombro, irritada porque él no le prestaba atención─. ¿No puedes dormir?
─No suelo tener pesadillas.
Supo que él mentía.
─A todos nos da miedo algo. Es lo más normal del mundo.
─¿Qué te da miedo a ti?
─Hasta hace pocas horas, que David delatara a mi madre o … ─cerró los ojos con tanta fuerza que se hizo daño─, que volviera a violarme. Creo que eso último no habría podido soportarlo otra vez, después de tantos años.
Erik encontró su mirada. Una de sus manos se deslizó sobre la barra de madera para encontrar la suya. Entrelazó los dedos con los de Mónica y se llevó los nudillos a la boca, besándolos de uno en uno.
─Lo siento, de verás que lo siento. Lamento haber sido un bruto sin paciencia, pero créeme cuando te digo que pese a que me resultas la mujer más atractiva que he conocido en toda mi vida, no es tu cuerpo lo único que quiero reclamar. Ya sabes lo que quiero decir; me gusta tocarte... me muero de ganas por tocarte. Pero eso no es todo. Eso no es ni la mitad, Mónica.
Ella tiró de su mano hasta que lo atrajo hacia sí.
─Eres tonto, Erik. No pienses ni por un momento que te culpo de lo sucedido. Nos acostamos porque ambos lo deseábamos. ¿Piensas que voy a echarte en cara que alguien me violó cuando era una niña? ─sacudió la cabeza, consciente de que el simple pensamiento era una locura─. Me alegro de que mis reglas no sirvan contigo. Por primera vez en toda mi vida no he tenido miedo de entregarme a alguien. Nunca tuvo demasiado sentido hasta que te conocí, idiota.
Él le mordisqueó el labio inferior.
─Es un alivio.
Mónica inclinó la cabeza hacia arriba para encontrar su boca, exigiéndola con reclamo y premura. Ahondó en aquel beso hasta que le flaquearon las fuerzas y tuvo que apoyarse sobre él, exhausta y más calmada.
─¿Qué sucede, Erik? Ya lo sabes todo de mí. No me trates como si ocultarme cualquier cosa pudiera hacerme sentir mejor. Odio que haya secretos entre nosotros.
─Me apabulla tu sinceridad ─musitó medio en broma.
Molesta, ella trató de apartarse, pero él la retuvo a la fuerza volviendo a besarla en cuanto tenía ocasión.
─No me pidas que sea del todo sincero cuando tú tienes pensado marcharte ─le hizo saber. Al ver que ella se revolvía furiosa, él la apretó más contra sí─. ¿Quieres que te diga la verdad? ─insistió apesadumbrado. Ella asintió sin dudar─. No quiero que te vayas, joder. No quiero. Me da exactamente igual si sueno como un verdadero egoísta. Haz lo que te dé la gana, Mónica. O lo que sea mejor para ti. Te daré todo el tiempo del mundo si es lo que necesitas, pero no me pidas que te despida con una sonrisa cuando lo único que quiero es tenerte a mi lado, ¿De acuerdo?
A ella se le aceleró la respiración.
─De acuerdo ─logró responder con la voz entrecortada.
─Bien.
Él la soltó. Mónica se terminó la cerveza de un trago, más acalorada que de costumbre. No podía culparlo por ser brutalmente sincero, pues es lo que ella le había pedido. Simplemente se sentía en una encrucijada. Quería quedarse pero necesitaba tiempo para sí misma. Sentía que si no ponía distancia de por medio jamás conseguiría desterrar el pasado. Uno que por mucho que le pesara, con los últimos acontecimientos también incluía a Erik.
─Supongo que decirte que me apetece muchísimo hacer el amor contigo estaría fuera de lugar, ¿No? ─murmuró de pronto, dedicándole una mirada de reojo.
─Por supuesto que sí, Mónica. Y yo debería decirte que no, eh ─le dedicó una sonrisa felina─. Ven aquí.
Ella se dejó llevar. La besó desde la curva del cuello hasta la clavícula, una mezcla de besos y mordiscos húmedos que consiguieron alterarla.
─No voy a pedirte más que te quedes, pero voy a demostrarte que merece la pena... ─lamió su garganta, satisfecho de escucharla jadear.
─Erik, no es lo que piensas...
─Sshhhh...
La agarró de las caderas para tumbarla sobre la barra. Colocado entre sus piernas, le arrancó la holgada camiseta sin importarle si ella le tenía algún apego. Agarró los pechos de ella y pellizcó sus pezones hasta volverla loca. Arqueando la espalda, ella le hizo saber que necesitaba más, al menos todo lo que él pudiera brindarle.
Se estiró sobre su cuerpo y hundió el rostro en su cabello mientras le acariciaba los muslos. Desde los tobillos hasta el interior de las pantorrillas, haciéndola delirar de placer cada vez un poco más. Y más.
Mónica susurró su nombre tantas veces que tuvo la sensación de que se lo grababa para siempre en la piel. Él ladeo la cabeza para mordisquearle el cuello, descendiendo hacia sus pechos. Pegó su creciente erección contra ella, que arqueó la pelvis para recibirlo hambrienta. Atrapó sus muñecas y entrelazó las manos con las suyas.
─Eres deliciosa...
Ella lo escuchó avivada por el deseo. Mortificada por la necesidad de tocarlo. Entrelazó las manos con las de Erik y abrió la piernas, retorciéndose bajo él para demostrarle lo preparada que estaba. Las manos de él se abrieron, preparadas para tocar; para ahondar en aquel deseo que parecía eterno. Con una mano le acarició la curva de la cintura, con la otra descendió hacia su pubis para rozarlo sobre la tela con movimientos precisos que la hicieron agonizar.
─Oh... Dios... Oh... Dios...
Él sonrió, encantado de tenerla donde quería.
─Mónica ─murmuró su nombre con una voz ronca que la desató.
Ella murmuró una queja, o tal vez fue un reclamo. La necesidad de sentirlo dentro, presionando en su interior, la estaba matando. Así que le abrazó la cintura con las piernas, demostrándole su urgencia.
─Todavía no ─rugió él, mordisqueándole el cuello.
Le apretó uno de los tobillos, separándolos de un tirón. Se llevó la rodilla a su hombro, y en aquella posición tan íntima y expuesta comenzó a besarle la pantorrilla. Besos cortos, húmedos, descaradamente sexuales. Besos y mordiscos.
La señal de sus dientes sobre la tierna carne indicó un acto tan sexual como primitivo.
Mónica abrió los ojos de par en par.
─Qué... ─murmuró desconcertada.
─Siempre he querido comerte a besos.
Mónica se mordió el labio inferior con fuerza, tan arrebolada de deseo como muerta de vergüenza. Su expresión la delataba, y la risa gutural de él terminó por confirmárselo.
─Madre mía ─murmuró para sí.
Él continuó con la otra pierna. Lamía... besaba cada porción de piel hasta dejarla exhausta y rendida a aquellos besos. Agobiada por el deseo contenido, terminó por hundir las manos en el cabello de Erik, trasladándolo hacia el único sitio de todo su cuerpo que lo reclamaba a gritos de humedad, por mucho que no pudiera hablar.
Sintió que él sonreía. Aunque no lo viera, sabía de sobra que tenía la sonrisa más canalla y atractiva del mundo.
─Mónica... Mónica... ─la estudió. La tentó de mil formas que le resultaron demasiado crueles─. Sigo queriendo comerte a besos, ¿Qué hago? Tal vez cuando termine no quede nada de ti...
─Quedará lo suficiente para exigirte que termines ─lo apremió jadeante.
Él le acarició el sexo húmedo por encima de la tela. Ella cerró los ojos y contuvo el aliento.
─Te equivocas, yo nunca terminaré contigo.
Le arrancó las bragas de un fuerte tirón, dejándola sin respiración. Desnuda para él y expuesta hasta la médula. Llenó sus pulmones de oxígeno al sentir que la boca de Erik se apretaba contra la parte más sensible de su anatomía. Catapultada a un abismo delicioso, arqueó la espalda y se ofreció sin condiciones. La lengua de él navegó por su sexo, ahondando en el tierno botón que capturó con sus labios. Mónica sollozó de placer. Un placer tan intenso y devastador que la hizo chillar cosas obscenas que jamás admitiría en público.
Mientras la lengua de él ofrecía caricias húmedas, un dedo se enterró en su vagina. Sintió el temblor en su vientre, un terremoto de placer que por fin estallaba. Las manos de él, su boca, el sexo de ella... todo se convirtió en uno al llegar al orgasmo. No cesó de penetrarla y lamerla hasta que los espasmos la abandonaron, sumiéndola en un mar de calma temporal. Si se podía explotar de felicidad, ella acababa de hacerlo. Qué droga tan maravillosa.
Todavía sobre ella, le permitió recuperarse mientras él descansaba sobre sus pechos. Cuando Mónica consiguió recuperar el control sobre su cuerpo, lo apartó con delicadeza y se agachó a sus pies. Le bajó los bóxers con los dientes, halagada de la pasión que halló en los ojos de Erik. Él echó la cabeza hacia atrás al sentir la boca de Mónica alrededor de su miembro. La expresión ida de placer de Erik fue una imagen que ella siempre se grabaría en la memoria.
Era hermoso. Y en aquel momento suyo.
Las manos de Erik se enredaron en su cabello para marcar el ritmo, arqueando la pelvis hacia su garganta. Dominante. Apremiante. Cuando no pudo más, la agarró de los hombros y la elevó sobre la encimera.
La penetró en un movimiento rápido e intenso, provocando que ella clavara las uñas en su espalda. No fue lento, aquella vez no. Fue rápido y urgente. Devastador. Un terremoto de sensaciones, jadeos, sudor y arañazos en la espalda. Ella tuvo que sostenerse con las manos en la encimera, él se agarró a su punto favorito: sus caderas.
Y culminaron. Corriéndose al unísono, aunque no lo dijeron sabían que estaban hechos el uno para el otro.
***
Estaba amaneciendo, pero a ninguno de los dos parecía importarle. Tumbados en la cama, Erik le acariciaba la espalda con movimientos circulares que subían y bajaban alrededor de su columna vertebral. Por la ventana de su habitación, Mónica contempló la cumbre de la Giralda. El sol se ocultaba tras la alta torre, iluminándola como un baño de oro.
─Me gustan tus vistas.
─Puedes disfrutarlas siempre que quieras.
Ella sonrió. Con un dedo travieso, recorrió su pecho desnudo ensimismada. Si de algo estaba segura era de que regresaría a aquella ciudad.
─Entras a trabajar en un par de horas ─pese a aquella confirmación, la abrazó dando muestras de que no quería soltarla─. Te llevaré al trabajo.
─Erik...
─No me pidas que no me preocupe. Todavía no entiendo qué demonios pintaba David en los planes de ese...
─Asesino ─finalizó la frase por él. Se apoyó sobre sus codos para mirarlo a la cara─. Si hubiera querido hacerme daño... no sé, sólo digo que todo esto no tiene sentido. Está perturbado, y tú no puedes permanecer las veinticuatro horas del día pegado a mí.
─¿Ah, no? ─la contradijo, haciéndole cosquillas para distender la tensión.
Se revolvió sobre el colchón para escapar de aquellas manos que sabían cuales eran sus puntos débiles. Resoplando, consiguió atraparle las muñecas, pese a que sabía que él acababa de dejarse ganar.
─Deberías marcharte de la ciudad. Tu trabajo ya casi ha finalizado, ¿No? ─le aconsejó.
─Creí que no querías dejarme marchar.
─Y no quiero ─la cogió de la cintura para sentarla a horcajadas sobre él─. Sólo unos días, hasta que esto se solucione y ese tipo esté entre rejas. Entonces podrás volver... tantas veces como quieras. Y probablemente yo volveré a pedirte que no te marches. Ya sabes a qué me refiero, Mónica. Que no me apartes de tu vida como si no hubiera sucedido nada entre nosotros.
─Realmente no sé lo que ha sucedido entre nosotros, ¿Tú sí?
─Eres una mujer cruel ─murmuró resignado.
Ella se echó a reír.
─Hoy es mi último día ─acordó, pues ni estaba en condiciones ni quería hacerse la valiente. Demasiado había soportado para ponerse en la mira de fuego de un sádico perturbado─. Me marcharé de la ciudad con una condición.
Erik la escuchó satisfecho.
─La que sea.
─Que tú te vengas conmigo ─al percatarse de su expresión ceñuda, Mónica comenzó a impacientarse─. Erik, siento miedo por ti. No me vengas con que puedes cuidar de ti mismo, ¡Al infierno con eso! Te han suspendido de empleo y sueldo. ¿Por qué no lo dejas estar?
La apartó a un lado sin delicadeza alguna.
─Pídeme cualquier otra cosa. La que sea.
Al ver que ella se incorporaba y buscaba con rapidez su ropa, se puso en pie y la persiguió hacia el cuarto de baño.
─Vamos Mónica, entiende que...
Ella se volvió hacia él, increpándolo con la mirada. Lo conmovió que en sus ojos existiera una preocupación sincera, pero se sintió como un verdadero imbécil al comprobar que aquellos ojos enrojecidos lo contemplaban con dolor.
─¡No entiendo una mierda! ─le arrojó la ropa a la cara y se introdujo dentro del cuarto de baño, cerrando de un portazo─. Yo sí que me iré todo lo lejos que pueda, porque tengo dos dedos de frente. Pero tú...
Erik llamó a la puerta, pero se enfureció cuando ella echó el pestillo.
─Mónica, hablemos como dos personas civilizadas. Si abrieras la puerta...
─¿Para qué? ─su voz chillona lo atacó desde el interior del cuarto de baño─. ¡Para que me digas que te importo y tras echarme un polvo vayas a jugar a los policías duros!
Erik se llevó el puño a la boca.
─Mierda, rubia. No seas así. No tienes ni puñetera idea de lo que siento en este momento.
─Y tú... ¡Tú no puedes pedirme que confíe en ti cuando lo único que necesito es creer que nadie te volará la cabeza!
Erik apoyó la frente sobre la puerta.
─Mónica...
Ella abrió la puerta, lo que lo impulsó a caerse hacia delante. De un empujón, lo alejó de su camino y corrió envuelta en una toalla hacia la habitación, donde se vistió a toda prisa.
─¡No me mires! ─siseó.
Erik quiso decirle que la había visto desnuda las suficientes veces como para que aquello fuera ridículo, pero no lo hizo. Incluso él seguía desnudo. Incómodo dada la discusión, pero desnudo al fin y al cabo. Al final, se dio por vencido y se giró de mala gana. Aquella mujer estaba empezando a sacarlo de sus casillas.
─Oye, me halaga que estés preocupada por mí. Pero te aseguro que no es la primera vez que me veo en una de estas. Confía en mí.
─¿Qué te halago? ¿Qué te halago? ─lo increpó, roja de ira─. ¿Sabes cómo me siento en este momento? ¡No quiero que te sientas halagado, quiero que hagas la maleta y te vengas conmigo! A dónde sea... oh Dios... ¿Por qué no puedes entenderlo?
Erik puso las manos en alto, tratando de frenar un nuevo ataque. Pero no existió una segunda ronda. Mónica se sentó en la cama, se llevó las manos al rostro y sollozó en silencio. Mordiéndose el labio, él la contempló sin saber qué hacer. Al final, arrastró los pies hacia ella y se sentó a su lado.
─No llores por mí ─suplicó, tragándose el nudo que le atenazaba la garganta. Ella clavó los ojos en el suelo, incapaz de mirarlo─. Vamos, no llores por mí. Ya has llorado suficiente, rubia. No quiero ser la razón de tu llanto. Quiero ser el hombre por el que sonríes... Eh... dime cualquier cosa, lo que sea.
─No puedo evitarlo. Se suponía que ya no volvería a llorar por ningún hombre ─musitó, sorbiéndose las lágrimas.
─Vaya, de veras que lo siento.
─No sientes una mierda, mentiroso.
Él le pasó un brazo por la espalda. Ella no se apartó. Tan sólo necesitaba que él la abrazara muy fuerte y le asegurara que todo iría bien. Que nadie le volaría la cabeza de un tiro ni que ella debería vivir con ese recuerdo.
─Mónica ─dijo su nombre de una forma grave que la obligó a mirarlo. Lo que vio en él provocó que llorara todavía más fuerte. Hasta que no se calmó, él no prosiguió─. Regresaré a ti. Te lo juro. Regresaré a ti. Estoy completamente seguro de ello. Hay una razón que no puede impedírmelo ─, ella lo miró sin comprender, intrigada. Él se lamió el labio inferior, inspiró durante un largo segundo y dijo─: estoy enamorado de ti. Te quiero, Mónica. Esa es mi razón más poderosa. En realidad, esa es mi única razón.