13

 

 

 

Erik contempló los papeles dispersos sobre aquel charco. La tinta se difuminaba con el agua, del mismo modo que su rabia. Poco a poco, sus emociones fueron disolviéndose hasta quedar apagadas por la certeza de que se había equivocado.

Reprochar cosas absurdas y carentes de sentido a Mónica no le devolvería a Roldán, y lo cierto era que aquellos folios húmedos y desechados le recriminaban que ella se había largado sin la información. Eso, definitivamente, debía de significar algo. Del mismo modo que las palabras que ella le había dedicado pero él no quiso escuchar. Las que le hablaban de una preocupación sincera por la que había arriesgado su propia vida sin dudarlo.

─Idiota ─masculló para sí.

Desenfundó el arma al sentir una presencia, pero la guardó en cuanto contempló a Martina con las manos en alto, visiblemente asustada. Se disculpó con una mirada que no fue suficiente para apaciguar a la joven.

─Me has asustado.

─Te dije que te tomaras unos días libres.

Martina se encogió de hombros.

─Ella puede ser muy convincente ─dijo, refiriéndose a Mónica─. Estaba preocupada, habría venido sola de conocer el lugar ─aquel dato provocó que Erik tensara la mandíbula─. Tú también deberías tomarte unos días libres ─antes de que Erik replicara, ella lo detuvo con una mano en la boca. Era la primera vez que lo interrumpía─. No, escúchame. Sé que estás enfadado, yo también lo estoy. Pero cometer una locura no va a devolvérnoslo.

Él no quiso escucharla.

─Deberías irte a casa, Martina. Mañana será un día duro.

Le cogió las manos, pese a que él se resistió. Le dolió que rehuyera su contacto, pues sabía que no rechazaba el de Mónica. De hecho, parecía ansiarlo. Su mirada hambrienta lo delataba.

─¿Y tú, dónde vas a ir? ¿A buscar a Jesús? ¿A cometer cualquier estupidez?

─Encontrar a ese asesino para que deje de matar gente no es una estupidez...

El beso de ella lo pillo por sorpresa. Martina posó sus labios sobre la boca de él, que permaneció inerte con los ojos abiertos de par en par. Ella colocó las manos sobre su pecho, y esperó que se rindiera a ella. Pero no sucedió. Con cautela y haciendo gala de una enorme dulzura, la apartó con cuidado.

─Martina, siento si te he ofrecido una impresión equivocada, pero yo...

Ella se llevó las manos al rostro, muerta de vergüenza.

─¡No digas nada, por favor!

Se echó a llorar, mientras él la contemplaba frustrado. Sabía que todo sería más fácil si se enamoraba de una chica sencilla y afable como Martina, pero no era posible. Pensaba en Mónica, a todas horas. Estaba en sus sueños y en sus ilusiones. Incluso en el futuro con el que fantaseaba.

─Se quedará entre nosotros, lo prometo.

─¡Porque tienes que ser así! ─sollozó.

Erik quiso tocarla, pero entonces se apartó pensándoselo mejor. No sabía cómo actuar en una situación semejante, y tal vez sería mejor mantener las distancias, pues no quería volver a herirla. Sin duda Martina se sentía humillada.

─Lamento si he hecho algo que te ha ofendido.

─¡Oh, cállate! ¿Es que no lo entiendes? ¡No deseo tus buenas palabras, soy una estúpida!

Erik suspiró, y sin poder evitarlo, se acercó a ella para abrazarla. Martina no lo evitó, sino que sollozó sobre su hombro.

─Eres una mujer preciosa, y algún día encontrarás a alguien que te valore como mereces.

─No quiero a nadie más, te quiero a ti... ─musitó acongojada.

─Martina, no me lo pongas más difícil. No puede ser.

─Porque la quieres a ella ─dijo, resignada.

Erik no lo negó. No pudo. Tampoco respondió porque no sabía qué decir. Los sentimientos que albergaba por Mónica lo superaban. Lo superaban incluso cuando se hallaba consolando a otra mujer que admitía estar enamorada de él.

─Se marchará, ella me lo ha dicho. Te dejará colgado, Erik. Conozco a esa clase de mujeres que utilizan a los hombres a su antojo, y no te merece. Estás cegado.

Las palabras de Martina consiguieron que le hirviera la sangre. Haciendo gala de una calma que no poseía en aquel instante, se apartó de ella.

─No la conoces.

─Tú tampoco.

─Sé lo suficiente de ella.

Su convicción provocó que Martina asintiera, caminara hacia el coche y se largara de allí sin pronunciar una sola palabra más. En pocos minutos, había conseguido apartar a dos mujeres de su lado. Las dos le importaban, pero de formas tan distintas que solo una de ellas conseguía que el corazón le latiera desbocado.

 

Al llegar a la comisaría, el tumulto en el que la había dejado fue remplazado por una quietud que lo alarmó. Algunos rostros conocidos forzaban una sonrisa triste cuando él pasaba delante de ellos, tratando de animarse mutuamente. En realidad, nada volvería a ser lo mismo tras la muerte de Roldán.

Se dirigía a su despacho cuando alguien le colocó una mano en el hombro, por lo que se dio la vuelta. Se quedó helado, hasta que todo explotó. Al tener frente a sí a Jesús, que mantenía una expresión circunspecta, Erik hirvió de rabia.

─Erik, he venido en cuanto me he enterado. Tenemos que atrapar a ese...

Lo derribó de un puñetazo, y antes de que pudiera lanzarse contra él, un montón de brazos lo separaron de su presa. Jesús se limpió la sangre que bañaba su labio inferior, y le dedicó una mirada cargada de odio.

─¡Soltadme! ─nadie lo hizo. Con aquel puñetazo, había perdido la autoridad que le confería su puesto. Estaba desquiciado, pero poco le importaba─ ¡He dicho que me soltéis!

─Soltadlo.

La orden de aquella voz provocó que todo el mundo obedeciera, lo que no logró que Erik se calmara. Avanzó hacia Jesús, pero el hombre al que pertenecía la voz se interpuso entre ellos.

─A mi despacho. Los dos. Ahora.

De mala gana, entraron al despacho del comisario, quien ni siquiera se sentó. Con los brazos cruzados, clavó la vista en Erik. Por todos era sabido que el comisario Javier Mondragón mantenía una rivalidad con Roldán que había llegado a salpicar a Erik, que siempre se había posicionado por el segundo.

Mondragón era un tipo de pocas palabras y decisiones arbitrarias. Con todo, la autoridad que le confería su puesto y los años de antigüedad en el cuerpo no eran discutidos por nadie.

─¿Qué demonios sucede? ─avanzó hacia Erik y lo miró a la cara─. Acabamos de perder a un hombre, ¿Crees que tengo tiempo para rencillas absurdas entre compañeros?

─Tal vez tiene todo el tiempo del mundo. Roldán ha muerto, y usted no hace nada por encontrar al culpable ─lo atacó.

La expresión de Mondragón no se alteró. Tan solo lo evaluó durante un largo rato.

─Al parecer, tus puños son tan rápidos como tu lengua. Siempre he tratado de comprender qué vio Roldán en ti, es obvio que somos muy distintos. Eres leal y valiente, pero impulsivo.

─Con todos mis respetos, señor...

─No, cállese ─espetó sin alterarse, pero en un tono lo suficiente convincente para que Erik obedeciera─. Puede que crea que no estoy interesado en esclarecer la muerte de Roldán, pero se equivoca. Los motivos personales me sobran cuando he perdido a uno de mis hombres, subinspector. Y ahora dígame a qué se debe su comportamiento injustificable.

Erik asintió, y sin poder evitarlo desvió los ojos hacia Jesús, que apretaba los puños en un gesto nervioso que a Erik no le pasó desapercibido.

─El oficial Ortiz es sospechoso de los asesinatos de los dos párrocos, incluido la muerte del Inspector Jefe Roldán. Trataba de reducirlo, comisario.

─¡Pero qué demonios dices, has perdido el juicio! ¡Cabrón!─exclamó alterado.

Se volvió hacia él para que le ofreciera alguna explicación, pero Erik continuó con la mirada fija en el comisario. Si encaraba a Jesús no estaba seguro de poder controlarse. La muerte de Roldán aún le escocía lo suficiente para reemplazar al hombre cabal y con autoridad sobre sí mismo que solía ser por un tipo capaz de emplear los puños a la menor oportunidad.

Aquella acusación tomó por sorpresa a Mondragón, quien enarcó una ceja con curiosidad.

─¿En qué se basan sus sospechas?

─El asesino dejó dos notas que, en ambos casos, provenían del Oficial Ortiz. En un primer momento de su despacho, y en el segundo de la bandeja que el mismo ofreció a una detenida. Minutos antes de la muerte del inspector Roldán, Ortiz abandonaba la comisaría por el aparcamiento. Por todos es sabido que el oficial Ortiz mantenía una rivalidad personal conmigo, señor.

─¡Cualquiera podría haber dejado esas notas ahí! ─Jesús trató de empujarlo, pero se lo pensó mejor al comprender que Erik le ganaba en corpulencia y altura. Soltó un chasquido─. Vamos, Erik... no creerás...

Alargó una mano para convencerlo, y Erik le dedicó una mirada fulminante.

─No me toques.

Gonzalo dejó caer la mano, entonces soltó una carcajada ácida.

─Si crees que soy tu asesino, definitivamente has perdido el juicio. No tenía nada en contra de Roldán, pero sabía que era un inepto al confiar en ti.

Erik se lanzó contra él, dispuesto a arrancarle la cabeza tras el insulto que había dedicado a un hombre que ya estaba muerto. Tan solo consiguió rozarlo antes de que Mondragón se interpusiera entre ambos con aire agotado. Fue necesario que el comisario, poco dado a las confrontaciones físicas, le colocara una mano en el pecho mientras le dedicaba una mirada de advertencia.

─¿Hay alguien más al corriente de sus sospechas, subinspector?

Erik pensó en Martina, y supo que de su respuesta dependía el futuro de la joven, por lo que sacudió la cabeza en señal negativa.

─Bien... ─retrocedió hasta colocarse tras su escritorio─. Me temo que voy a tener que suspenderlo de empleo y sueldo hasta que se esclarezcan los hechos, subinspector Rodríguez. Tómese unos días libres, le vendrán bien. Ha sufrido la pérdida de un ser querido, además de haber recibido un disparo que puede haberle afectado emocionalmente. Comprenderá que no es la persona indicada para llevar este caso en este momento, lo hago por su bien.

─¿Por mi bien? No sabe una mierda, comisario. Ese hombre seguirá matando mientras usted continúa en su despacho ─con gesto airado, se desprendió de la pistolera, la placa y las arrojó sobre el escritorio mientras su compañero lo contemplaba con una sonrisita pedante.

─Al menos habré evitado que continúe buscando falsos culpables. Comprendo su dolor, y por eso sé que no está en condiciones de hacer su trabajo ─luego se volvió hacia Jesús, que estaba cruzado de brazos y había recuperado su actitud chulesca─. En cuanto a usted, oficial Ortiz, será mejor que tenga una explicación y una coartada sólida para los hechos que ha descrito el subinspector. De lo contrario me veré en la obligación de encerrarlo en una celda hasta que se esclarezcan los hechos.

─¡No puedo explicar nada, alguien pondría esas notas ahí! Yo...

Erik no se detuvo a escuchar la conversación, sino que salió del despacho sin molestarse en cerrar la puerta. Se sentía vacío sin la placa, pero de algo estaba seguro. Encontrarse desarmado no impediría que resolviera el crimen. A Roldán le debía justicia, y a Mónica protección.

Cumpliría con su trabajo y honor, aunque lo hubieran suspendido.

***

Llamó a la puerta por segunda vez. Le constaba que alguien estaba detrás espiando por la mirilla debido a la sombra que oscureció el pequeño cristal. Armándose de paciencia, resopló y esperó frente a la puerta. De todos modos, no tenía demasiadas posibilidades, pues sin su placa era un civil más.

─Subinspector Erik Rodríguez de la brigada de homicidios y desapariciones. Tengo que hacerle unas preguntas, abra la puerta.

Transcurrieron unos segundos hasta que escuchó el sonido de unas llaves abriendo la cerradura. La puerta se abrió lo justo para que una mujer de mediana edad asomara la cabeza y le dedicara una mirada cargada de recelo.

─No estoy obligada a dejarlo pasar a menos que traiga una orden judicial ─la voz denotó furia, pero el temblor delató miedo.

─No quiero fisgonear en su casa, señora. Pero necesito hacerle unas preguntas, y usted sabe a lo que me refiero. Puede dejarme entrar o responderlas en comisaría ─le soltó aquella mentira cruzando los dedos para que aquella mujer no eligiera la segunda opción.

─Mi marido y mis hijos llegarán dentro de media hora. Tiene hasta entonces ─determinó de mala gana.

Lo condujo hacia una pequeña salita repleta de fotos familiares que evidenciaban una vida feliz. La mujer tomó asiento en una butaca, y con un gesto seco le pidió que él hiciera lo mismo. Pese a su expresión severa, cruzó las manos sobre el regazo en actitud defensiva.

─Lamento remover su pasado ─se excusó.

Ella inclinó la cabeza con aire escéptico.

─¡Qué sabe usted de mí! ─desdeñó, destilando amargura.

─Sé que nunca denunció los abusos.

La mujer abrió los ojos como platos, sorprendida ante su conocimiento. Erik asintió, mirándola a la cara. Lo había adivinado desde el instante que habló con ella por teléfono. El rencor que desprendían sus palabras hacia el párroco le hablaron de un dolor no superado.

─Jamás se lo conté a nadie ─comentó con la cabeza gacha. Entonces clavó los ojos en él─. ¡Y así debe de seguir siendo!

─Es decisión suya.

─¿Qué quiere de mí? No tengo nada que ver con la muerte de ese miserable. Dejé atrás el pasado hace demasiados años.

─Necesito su ayuda.

─¿Y qué le hace creer que yo quiero que encuentren a su asesino? A mi parecer, le ha hecho un favor a la sociedad.

─Seguirá matando a más gente. Gente inocente.

La mujer apretó los labios en una fina línea, pero algo en ella se derrumbó.

─Sólo quiero que me dejen en paz... ─murmuró. Una lágrima discurrió por su mejilla.

Erik le ofreció su espacio, permitiendo que se reconciliara con su dolor. Durante unos minutos, ella sollozó con el rostro enterrado en las manos. Cuando logró serenarse, se secó los ojos y suspiró.

─Hacía años que no recordaba... creí que lo había superado.

─Hubo más niños como usted.

Ella se encogió de hombros.

─Supongo. Cuando eres la víctima, no hablas de ello. Ni siquiera con otros que pueden experimentar lo mismo. La vergüenza te carcome... hasta que un día lo olvidas, o tratas de enterrarlo tan profundo como puedes.

─Se trataba de un huérfano, de unos ocho años. Tal vez usted...

Al oír la descripción, la mujer se volvió hacia él.

─Lo recuerdo ─admitió sobresaltada─. Silencioso, solitario... jamás supe su nombre. Pero un día me miró y dijo: algún día seré yo quien le haga daño. Tuve la impresión de que decía la verdad, y en cierta medida lo deseé. Dejé de verlo cuando mis padres se mudaron y no volví a la parroquia, pero su imagen siempre me persiguió. Estaba solo en el mundo, y me dio la impresión de que con él era más cruel que... con el resto.

La mujer se estremeció.

─¿Puede recordar algo más?

Arrugó el ceño, haciendo memoria.

─Llevaba una camisa con el nombre bordado del orfanato... se llamaba... ─chasqueó la lengua contra el paladar─. Religiosas del buen pastor, ¡Sí, así era!

Se oyeron pasos en el vestíbulo, y la mujer se incorporó de golpe, nerviosa ante la presencia de su marido e hijos.

─No es usted quien debería ocultarse. Él está muerto, pero puede denunciar los hechos. Deje que se haga justicia. La merece.

La mujer lo empujó hacia la entrada.

─A veces... a veces es mejor olvidar, ¿No lo comprende?

Erik no respondió. Si el párroco hubiera estado vivo, él mismo habría denunciado los hechos para llevarlo antes la justicia. Por desgracia, aquel asesino había decidido tomarse la justicia por su mano, silenciando para siempre al resto de niños que sufrieron los abusos.

Al salir de la casa, buscó en la guía telefónica el número y la dirección del orfanato. Se inquietó al percatarse de que no aparecía en las guías recientes, hasta que buceó en internet y encontró un artículo que mencionaba los datos de aquel orfanato. Telefoneó al número de contacto, y la voz de una inconfundible anciana lo saludó al otro lado de la línea.

─¿Religiosas del buen pastor?

Se oyó un suspiro de irritación.

─Se ha equivocado. Esta es una casa particular, y yo de religiosa tengo bien poco ─respondió la anciana.

─Disculpe... este era el número que aparecía en...

─Porque antes pertenecía al orfanato ─lo informó, la nueva titular de aquel número─. Pero cerró sus puertas hará unos cinco años. Me informé de ello cansada de que muchas personas me llamaran con la intención de hacer un reportaje sobre el viejo orfanato.

─¿Sabe lo que sucedió?

─Al parecer, hace pocos años el orfanato sufrió un incendio. El edificio se derrumbó y no sobrevivió nada. Por suerte, los niños estaban de excursión y pudieron ser trasladados a otros centros.

Erik lamentó su mala suerte. Con el orfanato aniquilado, no tenía ninguna opción de recuperar los archivos que arrojaran algo de luz sobre aquel huérfano.

─¿Sabe qué es lo peor? Los bomberos certificaron que el incendio había sido provocado, ¿Puede creerlo? ¿Quién tendría interés en destruir un orfanato plagado de niños inocentes? El mundo está lleno de locos...

Erik sí poseía una ligera idea, pues al parecer, aquel asesino siempre iba un paso por delante. Había borrado su rastro con aquel incendio provocado para que nadie pudiera encontrarlo.