8
Aquella conocida sensación de calor que le hormigueaba todo el cuerpo, acompañada de la expectación. Y el hambre. Seguida por una ansiedad que lo atizaba cada vez que se producía el reencuentro, que era inminente. Enloquecido de deseo, porque no había conocido a una mujer como aquella. Una diosa de cabello dorado y facciones felinas repleta de secretos que anhelaba descubrir.
Si existía una palabra para definirla, encabezaría la lista el término complicada. Exótica, volátil, misteriosa y magnética. Así, con un carácter de mil demonios que él deseaba aplacar con sus besos, hasta que aflorara la ternura interior, imbuida por una dulzura subyugante, de aquellas que podían vencer la templanza de un hombre con una simple sonrisa.
A veces atrevida y otras receptiva, pero siempre se mostraba cauta. Había descubierto que era la clase de mujer que destapaba las cartas sobre la mesa, exponiéndote sus reglas.
¿Por qué razón era incapaz de dejarse llevar? No quería ejercer la voz cantante ni ser autoritaria, es que no podía ser de otro modo. Él lo intuía, desconcertado ante aquella personalidad tan ambigua y voluble, sopesando si merecía la pena adentrarse en un misterio llamado Mónica.
Se debatía entre regresar por donde había venido o continuar su camino, cuando la presencia de un hombre pelirrojo abandonando la habitación de Mónica lo obligó a cruzar el pasillo con paso acelerado.
El pelirrojo poseía un aire melancólico, de artista bohemio. Erik no sabía si lo había reconocido por la arrogancia con la que firmaba sus cuadros o por aquel acento parisino que empleó para dirigirse a él con una palabra que no comprendió. Le devolvió el saludo, más cortante de lo que habría deseado.
El hombre lo rodeó con interés, y él le dedicó una mirada fulminante.
─Siempre supe que la cambiaría alguien como tú ─comentó, observándolo con la curiosidad propia de un artista. Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, él añadió─: no se ha acostado conmigo porque te desea a ti.
Algo violento se removió en el interior de Erik, abrasándole las entrañas.
─Guarda tu lengua o te la corto, imbécil.
El desconocido retrocedió, pero no borró su sonrisa impertinente. A Erik lo descolocó, pues parecía satisfecho ante aquella respuesta.
─Sí, pareces su tipo... ─decidió. A Erik le importaba poco su opinión, pero lo cierto era que en aquel momento lo deseaba todo lo lejos posible de Mónica ─Ya es hora de que la vida le sonría, ¿No crees? Pero si le haces daño, te mataré.
No fue el aire despreocupado con el que formuló aquella advertencia la que provocó que lo tomara en serio, sino la mirada desafiante que clavó en él. Debía reconocer que aquel pelirrojo desgarbado y flacucho poseía las agallas suficientes para plantarle cara a un hombre que le sacaba una cabeza.
─En todo caso lo intentarías.
─Lo haría, no te quepa la menor duda ─dedicó una breve mirada a la puerta cerrada─. Parece otra persona, como si la hubiera conocido hace siete años ─comentó distraído. De nuevo, Erik no lo comprendió─. No es la clase de mujer que habla abiertamente de sus problemas, Tu sais? Me preocupa... que algo le haya sucedido. Tal vez esta ciudad...
─Nada puede sucederle en esta ciudad ─zanjó Erik.
Ni conmigo.
Dominique abrió los ojos como platos.
─Cuídala, si te deja.
Antes de que Erik pudiera ofrecerle un comentario impertinente a aquel francés metomentodo, la puerta de la habitación se abrió de par en par, descubriendo a una atónita Mónica. Erik percibió que ella ladeaba la cabeza con nerviosismo hacia ambos lados del pasillo, como si buscara a alguien. No pareció del todo tranquila al comprobar que no existía nadie en el pasillo aparte de ellos, y lo sobresaltó al agarrarlo de la camiseta y empujarlo al interior de la habitación.
─¿Qué haces aquí? ─le recriminó.
Pese al desencanto que experimentó, trató de enmascararlo con cordialidad.
─Hola, ¿Qué tal estás? Me alegro de verte..., es lo que se suele decir a la hora de saludar a una persona.
─¿También si el anterior encuentro con esa persona fue un desastre?
─El final fue un desastre, pero todo lo anterior me resultó muy agradable ─la corrigió.
Ella suavizó la expresión, complacida aunque fingiera lo contrario.
─Dijiste que no querías volver a verme en la vida.
─Puse en duda tu afirmación, que no es lo mismo. Estaba cabreado, me otorgaste razones para estarlo. Y sin embargo, aquí estoy ─se adentró en la habitación campando a sus anchas, pese a que ella trató de impedírselo─. Llámame loco. Me gusta estar contigo.
Mónica no pudo disimular más, por lo que clavó la vista en el suelo. Si inclinaba la cabeza hacia arriba, él descubriría su sonrisa de idiota, pues había fantaseado durante demasiado tiempo con el hombre que lamiera todas sus heridas. Siete años, para ser exactos. Y ahora que encontraba a alguien que le brindaba justo lo que necesitaba, el pasado regresaba poderoso para atizarle un nuevo golpe.
─¿Qué haces aquí, Erik?
Quería escuchar que él estaba allí porque la echaba de menos, la necesitaba tanto como ella a él y deseaba conocerla un poco más, aunque fuera imposible. El mundo estaba repleto de imposibles maravillosos, al fin y al cabo.
─Sara me ha pedido que te acompañe a un lugar. La tienes preocupada.
Todo su ego se desinfló, catapultándola de regreso a la realidad. Un azote de cordura llenó su cerebro para hacerla sentir como una mierda.
─Ah, eso.
De repente, él la cogió de los hombros para estrecharla contra su cuerpo. La cercanía la sobresaltó hasta que el deseo de fundirse con él inundó cada poro de su piel. Miró sus labios, tentadores y carnosos. Un hombre no podía poseer una boca tan ancha y apetecible y pretender que una mujer no deseara besarlo.
─No creas que no quiero estar contigo ─confesó.
La revelación le produjo un cosquilleo en el estómago.
─Todas y cada una de las partes de mi cuerpo quieren estar contigo, Mónica ─la apretaba con fuerza, como si soltarla fuera una locura─. No te voy a engañar. Me moría de ganas de verte, pese a lo sucedido anoche. La petición de Sara no ha sido más que una excusa barata para plantarme delante de tu habitación.
─Por favor, no sigas. Haces que desee quedarme toda la vida a tu lado.
No la tomó por sorpresa al besarla; era inminente. La subyugó el contacto de sus labios y la forma delicada y anhelante que él empleó al hacerlo. Un beso que denotaba cariño, casi devoción. De aquellos que te hacían regresar a por más, o quedarte a recordarlo para siempre.
─Quédate cuanto quieras ─le habló contra los labios.
Volvió a besarla.
─Días, semanas, meses...
La besó otra vez.
─Te pedí que no te marcharas hasta que lograra ponerle nombre a lo que siento.
Le dio un nuevo beso. Mónica permanecía con los ojos cerrados, extasiada ante las sensaciones que la desbordaban. En toda la vida la habían besado así.
─Sé que no te soy indiferente ─le hizo saber. No sabía si la confianza que denotaba en sí mismo la agradaba o la irritaba, el caso es que tenía razón─. Todo explota cuando nos besamos. Lo sientes, debes sentirlo...
Esa vez, su voz denotó cierta ansiedad. Vulnerabilidad.
─Atracción ─calificó ella con voz queda.
─Es más que eso. Bien lo sabes ─rugió.
─No lo es ─mintió. A él y así misma.
Si se convencía de lo contrario tal vez fuera más fácil separarse de él.
Erik se apartó de ella, agotado por su reticencia. Comenzaba a sentirse como un estúpido que corría tras una mujer que le daba largas, pero la intensidad de los besos compartidos y el deseo que vislumbraba en los ojos gatunos lo desconcertaban.
─Dime una cosa, ¿Eres así con todos los hombres o solo te diviertes conmigo para hacerme quedar como un idiota? ─habló su resentimiento.
Ya era tarde para arrepentirse.
Mónica intuyó que se refería a Dominique, al que probablemente habría descubierto saliendo de su habitación. El odio la embargó. No tenía derecho a insinuar que era una mujer frívola y coqueta, sobre todo si su vida se alejaba tanto de la realidad.
─Son tus palabras las que te hacen quedar como un idiota. Si vas a insinuar algo, dímelo a la cara.
─No hace falta que lo insinúe, rubia. Es evidente.
Aquello fue demasiado para contenerse. Si él supiera... si él supiera...
La rabia se apoderó de ella, eclipsándolo todo. El beso, las anteriores palabras amables y la mirada cálida fueron desterradas por un arrebato de rencor contra la vida, la injusticia y el pasado.
─Me voy a callar mi opinión porque no existen insultos suficientes que te califiquen..., ¡Gilipollas! ─terminó explotando.
Se dio la vuelta con brusquedad porque si continuaba contemplando aquella sonrisita ladina le estamparía un puñetazo. Trató de calmar la respiración agitada, pero todo se fue al garete al percatarse de que él se aproximaba. Aquella respiración pesada y caliente le bañó la nuca hasta que el vello de su piel se erizó. Si eso es lo que producía en ella sin tantearla, no podría soportar que le pusiera las manos encima, pues cada vez que la tocaba se desataba un infierno en su interior.
─Qué contradictoria ─murmuró a su espalda. Pudo imaginar la sonrisa ancha y provocadora de él. Entonces, Erik deslizó las manos sobre sus hombros en una caricia lenta y estudiada─. Me insultas pero estás deseando correrte con mis manos.
Se revolvió como una fiera para golpearlo. Aporreó los puños contra su pecho en un alarde de histeria del que no se reconoció. Erik ni siquiera se inmutó. Parecía que aquella reacción no lo había tomado por sorpresa. Con inusitada calma, agarró sus muñecas para detenerla mientras que Mónica no oponía resistencia, pues se sentía aturdida de su propio comportamiento.
Una vez se hubo tranquilizado, le habló con la barbilla alzada y toda la mala leche que pudo reunir.
─Estoy segura de que ya estás conforme. Acabas de demostrar que puedes sacarme de mis casillas.
A Erik le brillaron los ojos mientras recorría el cuerpo de ella. Mónica esquivó la mirada, se le aceró el pulso y sintió la tentación de echar a correr, pero sus pies se quedaron anclados al suelo. Frente a él. A su lado. Porque era lo que en realidad deseaba.
─No lo estoy ─sacudió la cabeza y aproximó su cuerpo al de ella─. Si lo estuviera no me moriría de ganas de hacer esto.
La atrajo hacia sí para besarla sin tomarla por sorpresa. No lo hizo porque a ella le pareció la opción más razonable, pero en cuanto la boca de Erik se aplastó contra la suya una maraña de emociones le oprimió el estómago. Las manos de él le sostuvieron el rostro y los pulgares le acariciaron las mejillas. Tenía una forma de besarla a caballo entre la rudeza y la dulzura. Denotaba hambre y cariño. Pasión y todas las cosas bonitas por las que el mundo merecía la pena.
El cuerpo de Erik se sacudió contra el suyo.
─Abre la maldita boca... por favor ─suspiró─. Me muero de ganas por hacerte tantas cosas que no sabría por donde empezar.
Aquella súplica la hizo espabilar. Sus labios se entreabrieron para dar acceso a una lengua que la devoró. Sabía al café compartido de la mañana y a una promesa de sexo que la drogaba. Gimió contra la boca de él mientras Erik le sostenía el rostro como si no quisiera dejarla escapar. Fue un beso largo y cargado de afecto. Y de disculpas. Se habían dicho demasiadas cosas que ahora no tenían sentido.
Cuando se separó de ella, posó la frente sobre la suya y suspiró. Mónica temblaba de la cabeza a los pies, porque desconocía cómo alguien podía hacerla sentir de aquella manera con un simple beso.
─Si vuelves a besarme otra vez te juro que te obligaré a que continúes ─musitó.
Él la miró a la cara.
─No sería necesario que me obligaras, Mónica.
Se alejó, perturbada por la intención salvaje que descubrió en sus ojos. No estaba preparada para el sexo tras lo sucedido en su habitación. Siete años atrás, había conseguido superar su temor al contacto físico, pero el regreso de aquel acosador había avivado los demonios que le hablaban de un sexo que no podía coexistir sin el dolor.
De repente, un pensamiento la aterrorizó.
¿Y si él descubría que Erik la había visitado en su propia habitación? Su ira no se haría de rogar...
Necesitaba apartarse de él, pese a que su corazón le rogaba lo contrario. Rodó los ojos hacia otra parte que no fueran los de él, que clamaban por su atención emanando una emoción salvaje.
─Llego tarde a... ─se detuvo, pues carecía de valor para admitir que asistía a un psicólogo nutricionista.
─Sí, Sara me ha pedido que te acompañara. Dice que es importante para ti.
Mónica tensó todo el cuerpo, sintiéndose traicionada. Se suponía que su trastorno nutricional sería un secreto entre ambas, por lo que no comprendía por qué Sara le había pedido a Erik que la acompañara. A no ser que temiera que ella abandonara el tratamiento mientras estaba lejos de Madrid. De hecho, se había mostrado insistente para que Mónica acudiera a una clínica de la ciudad, pues la asustaba que volviera a recaer si su psicólogo habitual no la trataba durante el viaje.
─Prefiero ir sola, Erik ─decidió. Intentó no irritarse al comprobar el gesto de escepticismo de él ─. Esto no es agradable para mí, y tenerte pululando a mi alrededor solo conseguirá que me sienta más incómoda.
─Lo entiendo ─dijo sin más.
─¿Lo entiendes? ─preguntó aliviada. Lo tomó del antebrazo, y él asintió esquivo─. Agradezco tu preocupación, de veras que lo hago. Es solo que...
─No quieres sentirte juzgada.
Que el adivinara la razón de su angustia la asombró.
─Debe de ser agotador.
─¿A qué te refieres?
─Fingir frente a todo el mundo que no tienes ningún problema.
─Deja de aparentar que me conoces ─reclamó irritada.
Él le tomó la mano para acariciarle los nudillos.
─Si te conociera no me moriría de ganas por descubrir todos tus secretos.
─No necesito que nadie me consuele ─decidió enfadada─, y mucho menos que sienta lástima por mí.
─¿Por qué, es lo que suele sucederte cuando le cuentas a la gente la verdad?
Que la encarara de aquella forma comenzó a sacarla de sus casillas.
─No voy por ahí contando mis secretos.
─Me lo suponía. Por eso eres tan intrigante.
─¿Te resulto intrigante? ─lo encaró─. Pues tal vez deberías replantearte tus convicciones. Padezco bulimia desde los trece años. Apuesto a que ahora no te resulto tan atractiva, ¿Verdad? No te resultaría agradable sujetarme el pelo mientras vomito ─su voz destiló rabia. Contra todo pronóstico, Erik trató de acercarse a ella, pero Mónica se lo impidió soltándole manotazos que él esquivo mientras se aproxima a su cuerpo─. ¡Déjame, no necesito ni tu compasión ni tu lástima!
No podía mirarlo a la cara tras aquella confesión, pero necesitó comprobar su expresión delatora. Aquella con la que todos la juzgaban, para humillarla un poco más. De reojo, se encontró con la mirada atenta de él, que insistía en encontrar la suya. No halló rastro de repulsión, sino un interés desmedido y sincero por conocer su historia.
No la estaba juzgando.
─Estate quieta. Vas a hacernos daño a los dos ─le ordenó tajante. Al comprender que él no se dejaba impresionar por su arrebato histérico, y que pese a su actitud fuera de lugar continuaba a su lado, ella se quedó paralizada─. Quiero conocer tu historia, y luego déjame decidir a mí lo que me provoca.
Respiró de manera acelerada.
─Debes de tener muchísimos defectos ─comentó enfurruñada─, algo más aparte de mostrarte comprensivo y persistente conmigo, ¿No?
El temblor de su voz la delató, lo que provocó que Erik le dedicara una sonrisa cargada de ternura. Deseaba a aquella mujer, y ni siquiera su empeño por mantenerse apartada de todo aquel que le tendía una mano lograría disuadirlo.
─Algunos tengo. Los descubrirás si te quedas conmigo el tiempo suficiente.
Toda la vida. No me lo pidas dos veces.
Ella se cruzó de brazos, esforzándose en mantener una actitud defensiva.
─No debes sentir vergüenza, cariño ─extendió sus brazos para ofrecerle un consuelo que nadie le había brindado antes─. Ven aquí.
Mónica contempló su pecho con duda, pues se moría de ganas de recibir un abrazo. Era todo lo que necesitaba en aquel momento, pero no debía ser egoísta. La vida la había enseñado a ser cauta y rechazar sus propios sueños.
─Mónica.
Su nombre pronunciado por aquella voz grave fue decisivo para que arrastrara los pies con vacilación hacia él. En cuanto la tuvo a una distancia cercana, él tiró de ella hasta apoyarla sobre su pecho.
─De ninguna manera voy a permitir que pases sola por algo semejante ─le susurró al oído.
Mónica apretó los labios. Él no debería haber aparecido en su vida justo en el momento más complicado.
─No es justo... eres la primera persona que lo sabe y no piensa que es una chiquillada.
Creyó que lo había dicho en silencio hasta que él respondió.
─Cuando te miro no veo a una niña, sino a una mujer. Alguien inteligente, hermosa y que se enfrentó a un asesino con tal de salvarme. ¿Crees que un trastorno alimentario puede alejarme de ti? No sabes lo equivocada que estás. Soy persistente, voy a demostrártelo.
─¡No quiero que me demuestres nada!
¿Cómo decirle que los ponía en peligro a ambos si no se apartaba de ella?
─Dame una oportunidad.
Ante aquella petición inesperada, Mónica lo miró desconcertada. Sin poder evitarlo, alargó una mano hacia su rostro para acariciarle el mentón, hasta que llegó a la boca. Él no dejaba de mirarla a los ojos, como si esperara una respuesta.
─Eres un hombre bellísimo.
Parecía extasiada, y aunque una parte de él se sentía halagada, abrió la boca para mordisquearle los dedos y así captar su atención.
─Solo una.
Mónica jadeó al sentir aquel contacto en apariencia inocente.
─No puedo hacer tal cosa. Si te doy una oportunidad, me enamoraré de ti.