17

 

 

 

Contempló con impaciencia su reloj de muñeca. Luego clavó los ojos en aquel cerrajero que continuaba dándole problemas. Apenas le quedaban quince minutos para que Erik se percatara de que había salido del trabajo, incumpliendo así su promesa. ¿Cuánto tiempo tardaría en darse cuenta de que ella se había largado?

Se sintió fatal porque sabía que le haría daño. Nerviosa, comenzó a mordisquearse la uña del dedo pulgar. No podía permitirse pensar en lo defraudado que él estaría. Traicionado porque ella se largaría sin ofrecerle una miserable explicación.

En realidad no podía darle ninguna, por eso se marchaba. Escapaba de Erik porque no le quedaba otro remedio, pero sobre todo escapaba de su pasado. El mismo que había regresado tras siete largos años para destrozarle la vida, otra vez.

─Señora... ─volvió a insistir, delatando su incomodidad─. Ya le he dicho que no puedo abrirle la puerta porque sí. Necesito su documento de identidad para cerciorarme de que esta es su casa.

─Estoy alquilada. Por tanto, no lo pone en el dni.

Comenzó a perder los nervios. El tiempo transcurría y Erik podría aparecer de un momento a otro. ¿Qué le diría si la pillaba intentando abrir la puerta de su casa? Sin embargo, necesitaba coger su equipaje, o al menos algo de dinero para pagar un billete de avión con destino a cualquier parte.

─Bien, llame a su casero. Si me presenta la escritura de la casa y asegura que usted es su inquilina, no pondré ninguna objeción en realizar su trabajo.

Mónica hizo una mueca.

─¿Con este calor? Mi casero se larga todos los meses de Agosto a la playa  ─inventó sobre la marcha. Estaba desesperada─¡No puedo hacerlo venir por un simple despiste, me echaría a patadas! ¿Sabe lo que cuesta conseguir un alquiler decente en esta ciudad?

El hombre se pasó un trapo por la frente perlada de sudor. Ella intuyó que una parte de él estaba deseando largarse de allí, cobrar por el trabajo realizado y perderla de vista.

─No puedo ir abriendo todas las puertas de esta ciudad sin cerciorarme de algunos datos... ─se excusó.

─¿Tengo pinta de ladrona, es eso? ¿Me está llamando ladrona?

El hombre puso las manos en alto, abochornado ante tal recriminación.

─Señora, yo...

─Muy bien, si insiste puede llamar a la puerta de mi vecino para cerciorarse de mi identidad ─actuando, avanzó hacia la puerta de al lado─. No quería llegar a este extremo, pero no me deja más remedio. Mi vecino es un hombre huraño y algo violento con el que no conviene meterse... ni siquiera me atrevo a pedirle que baje la música a las dos de la madrugada, con eso se lo digo todo.

Acercó la mano temblorosa al timbre, cerró los ojos y esperó.

─De acuerdo, ¡No será necesario!

Mónica suspiró tranquila. Con una sonrisa, se volvió hacia el cerrajero.

─¿Cuánto tardará? ─preguntó con ansiedad.

─Unos quince minutos aproximadamente.

─Le pagaré el doble si termina lo antes posible. Tengo bastante prisa.

El hombre refunfuñó por lo bajo, pero apremió el ritmo de trabajo para contentar a aquella clienta tan exigente. Mientras tanto, Mónica dio rodeos por el vestíbulo. Contó los segundos que se le hacían interminables, y clavó la vista en la entrada de las escaleras. Agobiada, se tapó el rostro con las manos.

Ya falta poco... tranquilízate. En un par de horas estarás montada en un avión, en un lugar dondeél no pueda encontrarte. ¡Maldita sea! ¿Por qué tardará tanto?

─¿Qué demonios está pasando aquí?

La voz de Erik la sobresaltó. Paralizada por el miedo, fue incapaz de mirarlo a la cara cuando él pasó por su lado y clavó los ojos en ella con furia. Mónica ahogó un grito, demasiado aturdida y avergonzada como para ofrecerle una excusa convincente.

─Usted, deje sus puñeteras herramientas lejos de mi puerta, ¿Es que no me ha oído? ─le arrebató la llave inglesa y la arrojó al suelo─. ¡Fuera!

─Pero ella decía... decía que esta casa... ─titubeó, guardando sus herramientas a toda prisa.

Mónica sintió que él la miraba, pero no pudo alzar la cabeza para encontrarse con su desaprobación. Con su cólera.

Una vez que se quedaron solos, él abrió la puerta.

─Erik, te lo puedo explicar ─musitó.

Él asintió, con los labios apretados y la mandíbula tensa.

─Entra en casa, Mónica ─le ordenó tajante.

─No.

Con gran esfuerzo, logró alzar la cabeza para encontrar su mirada. La sorprendió no hallar rabia en ellos, sino un absoluto desconcierto motivado por sentirse defraudo.

─Voy a marcharme. Me voy ─le explicó, sin saber de dónde provenía su entereza─. A Madrid, y no vas a impedírmelo. Siento haber montado este numerito, y lamento que hayas tenido que descubrirlo de esta manera. Ahora... si pudieras devolverme mi equipaje...

─¡Y una mierda!

Aquella respuesta provocó que ella abriera los ojos de par en par, atemorizada por su arrebato.

─No necesitas un cerrajero para regresar a Madrid, porque yo no soy tu carcelero. Puedo ver el miedo en tus ojos, Mónica. La desesperación por huir de algo que te persigue... o de alguien ─la acusó. Que leyera en su interior con tanta facilidad provocó que ella se aferrara a la barandilla de la escalera─. Espero que me perdones por lo que voy a hacer, pero no puedo permitir que te largues sin saber de qué escapas. No puedo mirar hacia otro lado... no puedo porque me importas demasiado.

Antes de que ella lograra reaccionar, la atrapó entre sus brazos y la cargó hacia el interior de la vivienda. Mónica pataleó, lo arañó, le golpeó la espalda con todas sus fuerzas. Él cerró la puerta con llave y la dejó sobre el sofá.

─Abre esa puerta ahora mismo ─le ordenó.

Sin responderle, se dirigió al cuarto de baño y arrojó las llaves al inodoro, tirando de la cisterna.

─¡Se puede saber qué estás haciendo!

─Hay una copia escondida en un lugar seguro. Cuéntame la verdad y abriré esa puerta ─al ver que ella se incorporaba para buscar la segunda copia con desesperación, él se sentó en el sillón─. No vas a encontrarlas, Mónica.

Durante unos minutos, ella se dedicó a revolver la casa mientras él permanecía sentado en el sofá con gesto impasible. No se sentía orgulloso de lo que acababa de hacer, pero no le quedaba otro remedio. Ya tendría tiempo para pedir las disculpas oportunas en otra ocasión. Había percibido el miedo y la desesperación en los ojos de Mónica. No podía ignorar. No podía.

Simba revoloteó alrededor de una alterada Mónica, que arrojó al suelo todos los preciados libros de la estantería de Erik.

─¡Busca, Simba, busca las llaves! ─le gritó al perro.

El animal se sentó sobre sus patas traseras y se rascó una oreja. Furiosa, ella se acercó a Erik y lo zarandeó.

─¡Idiota, dame las llaves! ¿Es que no me oyes? ¡Sácame de aquí! ─él no movió ningún músculo. Parecía sordo─. ¡Te denunciaré por secuestro! ¡Te lo juro! ¡Te arrepentirás de haberte cruzado en mi camino!

Se tiró de los pelos al comprobar que él permanecía imperturbable. Había tomado una decisión.

─No... no quiero ponerme nerviosa, ¿Vale? Pero tengo que salir de aquí... tengo que salir de aquí... por favor ─suplicó desesperada, al borde de las lágrimas─. Por favor...

Erik se levantó, incómodo al ver que ella se derrumbaba.

─Mónica, joder... no te pongas así. Sólo trato de protegerte. Tampoco es una situación cómoda para mí.

Ella no lo oyó. Se mesió a sí misma, abstraída en su propio dolor. En su propio miedo.

─Tengo que salir de aquí... tengo que ir todo lo lejos que pueda

─Mónica... eh... ─la llamó con suavidad.

Ella se apartó con violencia, temblando de la cabeza a los pies. Su mirada vacía se clavó en la pared. Estaba absorbida por el pasado.

─Me encontrará... siempre lo hace.

─¿Quién?

Giró la cabeza, y él pudo vislumbrar su rostro bañado por las lágrimas. Sintió un irrefrenable deseó de acunarla, de apartarla de todo el dolor. Con gran esfuerzo, se mantuvo como un mero espectador que formulaba las preguntas adecuadas.

─¿Quién?

─Él.

─¿Quién es él?

Ella lo miró a los ojos. No a él, sino a la persona que escuchaba su propia historia.

─El hombre que abusó de mí cuando tenía trece años.

Entonces se desmayó.

***

Mónica estaba tumbada en la cama. Hacía cinco minutos que había recobrado la conciencia, pero no había dicho ni una sola palabra. Ya había dicho demasiado, por desgracia.

¿Por qué había sido tan débil? Apenas reconocía a la mujer fuera de sí, desquiciada y atemorizada que había sufrido un ataque de pánico.

─Tenemos que hablar, Mónica.

Aquellas temidas palabras la catapultaron a la realidad. Clavó los ojos en el suelo.

─No.

─Mónica...

─No hay nada de lo que hablar, ¿Vale? ─su voz destiló rabia─. Me violaron, sí. Y ya está. Fue hace diecisiete malditos años. Se acabó.

Erik trató de serenarse, pero las palabras de ella le escocieron en lo más profundo. Por Dios, ¿Cómo podía haber sido tan bruto con ella cuando era obvio que rehuía el contacto físico? Se imaginó a una inocente niña en las manos de un desalmado, y se puso enfermo. Deseó haber estado allí para poder evitarlo. Deseó sanar todas las heridas que Mónica arrastraba del pasado.

─¿Cuántas veces?

Ella cerró los ojos.

─Oh... déjame en paz.

─¿Por qué no lo denunciaste?

─Desapareció ─mintió. Por nada del mundo le contaría el resto de la verdad─. Yo era una niña, y me alegré de que así fuera. Fue un alivio que él se largara.

─¿Por qué no lo denuncias ahora?

─¡Mierda Erik, déjame tranquila! ¿Es que no te das cuenta que me duele hablar del tema? Si lo que quieres saber es si no lo he superado, esa es la verdad. Por eso quería largarme de tu casa, porque me das miedo. No quiero nada... nada de ti... ─le mintió. Le mintió tanto que se sintió enferma.

Pero haría cualquier cosa para ocultar la verdadera razón.

─Yo jamás... jamás, te haría daño ─remarcó, sintiéndose como una mierda.

─Tú no eres como el resto de los hombres. Lo quieres todo de mí.

Él no pudo negarlo.

─Mis reglas no son válidas contigo ─se miró las manos, resignada─. No sirven.

─¿Qué reglas?

─Yo mando. Yo controlo la situación. Nadie me impone lo que debo sentir... cómo debe ser... ─murmuró, refiriéndose al sexo y a todo en general─. Así es más fácil. Me hace olvidar. Me hace creer que nunca sucedió.

Era extraño. Le mentía y le abría su corazón al mismo tiempo. Se sentía vulnerable, eso era todo.

Él le apretó la mano, un simple contacto que la tranquilizó. Le apartó un mechón de cabello del rostro y le besó la frente. Fue un beso que demostraba un cariño infinito. Un beso de aquellos que curaban heridas.

─¿Por eso huías de mí?

Ella asintió con énfasis. Cualquier cosa por mantenerlo apartado de la verdad.

─Siento si he sido demasiado bruto. Joder, lo siento muchísimo.

Ella se inclinó hacia él. Sus bocas se rozaron durante un delicioso instante.

─No, tú eres perfecto. ¿Es que no te das cuenta? Absolutamente perfecto. Por eso me das tanto miedo ─apoyó la cabeza en el pecho de él─. Nunca había sentido esto por nadie ─suspiró. Debía mantener la boca cerrada, pero no podía─. Nunca.

Erik colocó la mano en su mejilla.

─Es mutuo.

Ella inclinó la cabeza para sentirlo más cerca.

─Me gusta y me duele cuando me tocas, ¿Es posible? ─le agarró la mano para besarla─. No tiene sentido, ¿Verdad?

─Tiene mucho sentido.

─Hazme el amor ─le pidió.

Ella capturó su boca, sobresaltándolos a ambos. Enloquecida por su propia necesidad, se aferró a él para perderse con su deseo. Para olvidar. Besarlo era tan maravilloso como doloroso. Una mezcla explosiva que la dejaba extenuada y con ganas de más, pues siempre regresaba en busca de una segunda parte. Una pasión escrita con puntos suspensivos.

Erik se separó, manteniéndola agarrada por los hombros.

─Es tu dolor el que habla ─la excusó.

Dios sabía que la deseaba tanto que le explotaría la entrepierna, pero no la tomaría hasta estar seguro que ella accedía a él por su propia voluntad, y no torturada por su pasado.

─Te necesito ─le aseguró, besándole el cuello.

Estaba enloquecida.

─Creo que estás alterada por lo que ha sucedido. Yo lo lamento más que tú, te lo juro.

Ella sintió que la rabia la carcomía.

─¿Te doy asco, es eso? ¿No puedes soportar lo que te he contado? A veces yo también creo que estoy sucia... que nunca me quitaré esa horrible mancha ─se frotó los brazos. Él le agarró las muñecas para detenerla.

─No vuelvas a decir eso. No lo digas ─tiró de ella hasta aplastarla contra su boca─. Para mí eres irresistible. Preciosa. Única. Te haría el amor de tantas formas que amanecería contigo en la cama sin haberme saciado. Por eso quiero que tu decisión no conlleve después el arrepentimiento.

─Me haces tanta falta que duele ─le rozó la mejilla con los labios─. Detesto ser vulnerable, pero ha sucedido. No lo puedo evitar. Tal vez mañana me arrepienta, no puedo prometerte que no estaré enfadada conmigo misma por haber sucumbido a lo que siento. Pero estoy harta de resistirme... cansada...

─Mónica, la resistencia está hecha para los templarios. Y yo sólo soy un hombre ─le advirtió.

─Pues no te resistas.

 

 

 

18

 

 

La boca de Erik la catapultó a un abismo del que era imposible regresar. Tampoco quería. Succionó, mordió, lamió... besó con deliciosa paciencia cada tramo de piel que se exponía frente a sus labios. Ella jadeó, echando la cabeza hacia atrás para que él devorara el hueco de su garganta. Un gemido entrecortado brotó de ella, mitad deseo mitad temor.

Estaba asustada de romper las reglas, dejándose llevar en los brazos de un hombre que amenazaba con tomar todo de ella. Quería entregarse a él, pero las barreras que se había formado entorno al contacto físico se lo impedían.

Tembló de la cabeza a los pies al sentir que las manos de él la desnudaban. Una mirada hambrienta le recorrió los hombros desnudos donde antes había estado la tela. Las mejillas de ella palidecieron.

─No me hagas daño ─suplicó.

Él se detuvo de inmediato. Tomó sus manos para besarle los nudillos. Uno a uno. Como una promesa silenciosa. Un calor reconfortante le recorrió todo el cuerpo. Era extraño como la boca de él podía ser bálsamo y sal para las heridas al mismo tiempo.

─No voy a causarte dolor alguno. Te provocaré tanto placer que te olvidarás de todos tus miedos. Sólo confía en mí ─le pidió a su vez. Ella asintió, pero él atisbó la duda que nublaba sus ojos─, Iremos despacio... encontraremos nuestro ritmo. Merece la pena pasarse horas en la cama descubriendo lo que te gusta, cómo te gusta... ─colocó las manos en sus mejillas para besarle la frente─. Dime qué es lo que quieres que haga... postraré toda Sevilla a tus pies si con eso te quedas más tranquila.

Ella suavizó una sonrisa ante aquella ocurrencia.

─¿Merecería la pena?

─Sí.

Podría haber dicho muchas cosas, pero aquella respuesta decidida e inmediata bastó para satisfacerla.

─Confío en ti ─se inclinó sobre él, hasta apoyar la cabeza en su pecho. Sintió que los brazos de él la acurrucaban, ofreciéndole un lugar seguro en el que refugiarse. Exhaló un suspiro de regocijo─. En quien no confío es en mí...

─Entonces yo confiaré por los dos ─susurró su voz ronca al oído.

Mónica ladeó la cabeza para encontrar su boca. Fue un beso tan suave como tierno. Apoyó las manos en el pecho de Erik, y por primera vez en años se dejó llevar. No pensó en quién llevaba las riendas ni en cómo dominar la situación, sino que disfrutó del contacto aterciopelado de aquella boca masculina. Mientras las manos de Erik desabotonaron con habilidad su blusa, ella tanteó los antebrazos duros de él. Cuando la liberó de la prenda, la arrojó al suelo y se inclinó sobre ella, tumbándola en el colchón. Su lengua bordeó la copa del sujetador, encontrando la fina piel que ardía por sus caricias. Mónica sintió que todo su cuerpo se estremecía, hasta que un calor abrasador le quemó el vientre. Alterada, hundió las manos en el cabello de Erik al percibir que sus pezones se endurecían por las embestidas de su húmeda lengua.

Las enormes manos de Erik la tomaron de la cintura y con un movimiento, le dieron la vuelta hasta colocarla de espaldas a él. Con el rostro enterrado en la almohada, Mónica no tuvo tiempo a reaccionar. La boca de él encontró el cierre del sujetador, desabrochándolo con los dientes.

Santo cielo.

Él le acarició los hombros mientras le quitaba el sostén. Luego le agarró los pechos con ambas manos mientras le besaba el cuello. Besos cortos, húmedos; que la hicieron delirar. Sentía fiebre en la piel, un enloquecedor deseo que le quemaba hasta las entrañas.

Los pechos le pesaban. Sus pezones se convirtieron en dos guijarros que clamaban por la boca de él. Pero al parecer, Erik tenía todo el tiempo del mundo para recrearse en cada porción de piel. La acariciaba mientras le susurraba cosas maravillosas al oído. Palabras que Mónica no imaginó escuchar en la boca de un amante. Un amante cariñoso y generoso, preocupado por brindarle un placer que ella jamás pudiera olvidar.

Erik recorrió con la lengua la espalda de Mónica. Aquella mujer lo estaba enloqueciendo. Se sentía como un crío inocente que acababa de descubrir el sexo. A veces dubitativo, pero siempre ansioso por descubrir un nuevo recoveco que acariciar... o morder. Los gemidos de ella eran música para sus oídos. Si había un camino que emprender, él sabía que acababa de tomar el sendero correcto. Con ella.

─Erik...

Él inclinó la cabeza al escuchar su nombre en los labios de ella.

─¿Qué... qué quieres que haga? ─preguntó, temeroso de escuchar que ella le ordenase que parara. Una parte de él, la más egoísta, se aferró a sus nalgas con apetencia insaciable. Ella río. Una risa bella amortiguada por la almohada. Que le indicó que caminaban en la misma dirección─. Cualquier cosa que me pidas...

─Mirarte a los ojos. Necesito mirarte a los ojos y perderme en ti.

Algo en su interior se desató. Su pecho se hinchó de orgullo, de una sensación poderosa que lo absorbió todo. Adoraba a aquella mujer con cada parte de su alma. Le dio la vuelta y la miró a la cara. Unos ojos verdes, nublados por la pasión, lo contemplaron sin tapujos.

─No te vas a perder, no es posible. Yo siempre te encontraría ─declaró, asustado por sus propios sentimientos.

Ella arqueó la espalda cuando la boca de él cubrió su pezón. Se aferró a su espalda mientras él le prodigaba un placer que no estaba escrito en sus reglas. Le arañó la espalda, deseando aferrarse a algo más duradero que aquella pasión tan efímera como intensa. Los besos de Erik descendieron poco a poco hacia el centro de su deseo, con ella retorciéndose de anticipación. Se quitó la ropa a trompicones, entre beso y beso. Mónica pudo atisbar el contorno de su espalda, los poderosos biceps, el abdomen duro y velludo.

─Eres hermoso ─lo admiró.

Con la mejilla sobre su pubis, él le dedicó una sonrisa encantadora. Restregó el rostro sin afeitar contra la tela de su ropa interior, provocando que Mónica gimiera. Sorprendida, extasiada. Él lamió el pliego húmedo que se entreveía bajo la tela, recreándose.

─Preciosa.

El cumplido apenas provocó que Mónica se recompusiera. Cuando él la despojó de la única barrera que los separaba, la intimidad los catapultó hacia un punto de no retorno. Mónica aferró las sábanas con las manos al sentir la boca de Erik en su sexo, invadiendo cada recodo. Besándola en lo más profundo de su ser. Le acariciaba los muslos mientras su boca le regalaba una atención con la que había soñado demasiadas veces.

Era tan intenso... tan real... que todo su ser explotó en un orgasmo devastador que durante unos segundos la dejó laxa sobre el colchón. Él continuó agasajándola;  colmándola de atenciones en tanto ella se recuperaba del éxtasis al que se había precipitado.

Con la respiración acelerada, lo recibió con un beso largo y apasionado. Erik susurró su nombre tantas veces que ella creyó que no tenía sentido sin que él lo pronunciara. Enloquecidos, rodaron por el colchón hasta que él logró aferrarse a sus caderas. No dejaron de mirarse a los ojos mientras él la penetró lentamente, hasta que cada parte de su ser quedó conectada con la del otro. Mónica enrolló las piernas alrededor de su cintura para sentirlo más cerca, todo lo que fuera posible.

Con un vaivén pausado, compartieron caricias y besos durante el acto. El uno entregado al otro. Perdido en el cuerpo del otro. Gimiendo. En la habitación sólo se escuchaba el sonido de las respiraciones aceleradas y las fricción de los cuerpos.

Cada uno consiguió romper las barreras del otro. Todo tenía más sentido ahora.

El ritmo se aceleró, los gemidos aumentaron así como los arañazos en la espalda. Mónica se sintió plena, entregada. Él comprendió que ella era todo lo que había estado buscando. Ahora sólo tenía que convencerla.

Volvieron a rodar por la cama, hasta que Mónica consiguió cabalgarlo como una amazona. El pelo cayó en cascada sobre el pecho de él, que enterró el rostro en aquel paraíso dorado para olerlo mientras se corrían al unísono. Un grito gutural escapó de la garganta de él. Mónica pronunció su nombre por última vez. Extenuada, se dejó caer sobre su cuerpo mientras él le acariciaba la espalda.

Había llegado el momento de confesarlo todo.

***

Las horas habían transcurrido en aquella cama lentas y deliciosas, sin que ninguno de los dos se percatara del paso del tiempo. Los cuerpos enrollados y sudorosos, las manos entrelazadas. Él había perdido la cuenta de las veces que habían hecho el amor, pero nunca sería suficiente. Se sentía insaciable y poderoso junto aquella mujer que dormitaba sobre su pecho. Le apartó un sedoso mechón que le caía sobre la nariz, intrigado por su belleza. Sobrecogido por las emociones que lo embargaban.

Ella arrugó la frente, Erik la apretó más contra sí. Entonces, abrió los ojos de par en par. Durante unos angustiosos segundos, él fue consciente de su miedo espontáneo. Mónica contempló la habitación, al parecer confundida de encontrarse allí. Poco a poco, se fue relajando al percibir la calidez del cuerpo masculino. Sonrió. Era la sonrisa de quien se rendía por completo.

─No quería despertarte ─se excusó─. Échale la culpa a mis manos. No quieren estarse quietas cuando te tienen cerca.

Mónica lo miró fascinada.

─Quiero soñar contigo.

─Estás despierta.

─Lo sé. Quiero soñar que un nosotros es posible.

Recibió el beso de Erik como una golosina que se saboreaba lentamente, porque merecía la pena. Las manos de él sabían dónde tocar, por lo que estuvo segura de que aquello de castigarlas carecía de sentido. Que la tocaran sin pedir permiso nunca había sentado también. En realidad, era la gloria.

Acarició el pecho de él, y el vello le hizo cosquillas en las yemas de los dedos. Suavizó una sonrisa sobre su abdomen duro y moreno. Se perdió en su piel. Se encontró otra vez en él. Para cuando quiso darse cuenta, suspiró satisfecha por el regocijo de gozar de un espécimen semejante.

─Eres magnífico ─musitó embelesada. Si sonaba como una tonta enamorada, le daba exactamente igual─. Ahora sé por qué mi cámara te adora.

─¿Y tú no? ─enarcó una ceja.

─Yo... ─se lo pensó durante un largo instante.

Él le atrapó las muñecas.

─Tengo que preguntártelo ─se enfurruñó él. Hubo cierta vulnerabilidad en su tono que enterneció a Mónica─. ¿Te... arrepientes?

Ella rió, pues la pregunta le resultó absurda. Había vivido la experiencia más maravillosa y gratificante de toda su existencia. ¿Arrepentirse? ¡Deseaba revivirla otra vez! Erik había conseguido desterrar todos sus demonios al otorgarle caricias repletas de cariño y complicidad. No se trataba de llevar la batuta de mando, sino de conectar con la otra persona. De intuir sus deseos para convertirlos en un placer sin igual.

─No, por supuesto que no ─se inclinó sobre su pecho para mirarlo a los ojos─. Ha sido increíble.

Entonces, se apartó de él y apretó las rodillas contra su estómago. Podía ignorar lo que sentía o exponer la verdad y esperar a que otro la juzgara. Llevaba demasiado tiempo ocultando un secreto que la estaba envenenando. En toda su vida había sentido la necesidad de confesarse con alguien, y ahora que acababa de encontrarlo no lo dejaría escapar.

La mano de Erik acarició su espalda, intuyendo lo que sucedía.

─En realidad... sí que hay algo de lo que me arrepiento.

Erik asintió.

─No he sido del todo sincera contigo.

─Lo sé.

La atrajo hacia sí, pero Mónica no movió ningún músculo.

─Maldita sea, soy una mentirosa ─se pasó las manos por el rostro, cada vez más nerviosa─. Es difícil, Erik... muy difícil. No te imaginas lo que duele guardar este secreto... pero estoy tan cansada...

─Puedes empezar por el principio ─sugirió, masajeándole los hombros.

─Me juzgarás ─delató su mayor temor.

─No, no lo haré ─respondió convencido.

─¡Ni siquiera sabes lo que voy a contarte!

─Eso da igual. Me importas lo suficiente para tratar de comprenderlo, Mónica.

De un salto, se puso en pie.

─Vamos a darnos una ducha ─sugirió, tomándolo de la mano en dirección al cuarto de baño─. Todo es más fácil bajo el agua.

─Pondré algo de música.

La dejó ir porque sabía reconocer cuando alguien necesitaba su propio espacio. Del mismo modo que sintió el dolor de Mónica en su propio ser cuando ella le relató los abusos sufridos, intuyó que había algo que continuaba guardándose para sí. Algo oscuro, que la atormentaba y le impedía continuar hacia delante.

La razón por la que no había delatado a aquel desgraciado que la violó cuando tan sólo era una niña.

Buscó entre sus cds de música hasta que se decantó por una elección que le resultó apropiada. Quería distender la tensión que acababa de formarse entre ambos a raíz de la decisión de Mónica, por lo que supuso que la voz y el significado de las letras de Rayden la ayudarían a ser sincera.

Entró en el cuarto de baño con ella metida bajo la ducha. El cuerpo húmedo de Mónica provocó que ahogara la respiración durante un instante. Tras la sombra borrosa de la mampara se adivinaba el contorno de un cuerpo plagado de curvas suaves y armoniosas que hacía pocos minutos lo habían hecho enloquecer en la cama.

Ella le dejó algo de espacio cuando él abrió la puerta de la ducha. Lo primero que advirtió fue la silueta de sus nalgas pequeñas y redondas, que no pudo dejar de mirar embobado. Al ver que no se movía, Mónica se dio la vuelta para enjabonarlo con sus propias manos. El vaivén de sus pechos hizo que a él se le secara la garganta.

─Eres demasiado alto para mí ─dijo, poniéndose de puntillas para enjabonarle los hombros.

─Casi me muero de la impresión ─murmuró, recorriéndola con la mirada de la cabeza a los pies. Pese al agua helada que bañaba su piel, Mónica sintió calor allá donde los ojos de él se detenían para devorarla─. Creo que nunca me acostumbraré a verte desnuda.

─Pues deberías hacerlo. Me gustaría repetirlo tantas veces como fuera posible.

─Ah... una mujer que sabe lo que quiere ─le dedicó una sonrisa que sólo era para ella─. Debes saber que he pasado demasiado tiempo imaginándote sin ropa al mismo tiempo que trataba de mantener las manos apartadas de lo que llevabas puesto.

Echó la cabeza hacia atrás al sentir que él le recorría el cuello con la boca.

─Subinspector... es usted un hombre de manos inquietas...

─Rubia, la culpa es tuya...

Que lograran bromear juntos logró aliviar la tirantez de ella, que se dejó hacer a sus caricias. La música y el agua los envolvieron mientras daban rienda suelta a la pasión insaciable que los unía. Ya tendrían tiempo para desvelar los secretos inconfesables.

La voz de Rayden era la banda sonara perfecta de aquellos besos húmedos. Erik sabía dónde tocar, Mónica respondía a sus caricias de una manera tan espontánea que parecían estar hechos el uno para el otro. El agua les salpicaba el cuerpo.

 

Mi más sentido bésame, bésame, besayuname;
Ayúdame a deshacer la cama.
Te comería a versos pero me tragaría mis palabras,
por eso mejor dejarnos sin habla.

 

Las manos de él se enterraron entre sus muslos. Ella estiró los brazos hacia atrás, envolviendo su cuello, exponiéndose para él. Los dedos masculinos bailaban al compás de la música, tanteando las teclas adecuadas. La otra mano subía por la cadera, trazando un recorrido circular y lento.
 

Perdí el sentido del amor, pero no del sarcasmo,
así que te haré el humor hasta llegar al orgasmo.
Que he visto enamorados ojos de legañas,
pero no hay mejores brindis que los que hacen tus pestañas.
La boca de ella encontró su cuello, que mordisqueó como una fiera. Hambrientos, los dos muy hambrientos. Insaciables del sabor del otro. Una de las manos de ella descendió hacia el miembro duro y húmedo, rodeándolo entre sus dedos. Los gemidos de él avivaron su confianza, ahondando en la caricia.

 

Estás en mi lista de sueños cumplidos,
y en el de pecados compartidos.
Rompamos juntos la barrera del sonido
cuando el gemido se coma el ruido.

 

Masturbándose el uno al otro, como dos adolescentes que descubrían a trompicones lo que era el sexo. El de verdad. El que poseía un significado poderoso que se esculpía en cada célula de la piel. Frotándose. Sin vergüenza. Expuestos para siempre. Desenmascarados.


Hagamos juntos todas las maldades.
La dieta de los caníbales.
Soy de los que siempre creyó en las señales,
por eso pégame, muérdeme, déjame cardenales.

 

Los dos gritaron, pero no fue suficiente. Jamás lo sería. Se necesitaban tan cerca que la distancia dolía. Así que se buscaron el uno al otro, ella abriéndose para él. Él agarrándola de las caderas, enterrándose en ella aquella vez sin la menor paciencia. Mónica recibió cada embestida con la espalda pegada a la pared y las plantas de los pies sobre la mampara de la ducha.

Fuerte. Rudo. Casi desesperado.

La fricción de los cuerpos resbaladizos los ahogó en un arrebato salvaje. Los sentimientos fueron ocultados bajo la capa de la necesidad más primitiva, y cuando culminó, cayeron a un abismo que todavía seguía candente. La música se detuvo.

 

 

 

19

 

 

 

Tenía el pelo húmedo y alborotado sobre los hombros. Iba vestida con una sencilla camiseta de los Rolling Stones que le había cogido prestada a Erik del armario. Abrigarse con el aroma del subinspector le producía un cierto alivio ante la dificultad de enfrentarse por primera vez en años a la verdad.

Cenaban comida china desperdigados sobre el sofá. Ella con las piernas sobre el regazo de Erik mientras le alcanzaba una tira de pollo crujiente con los palillos. Si alguien los hubiera visto en aquella actitud tan familiar, habría afirmado sin dudar que eran una pareja formada hace años.

Mónica tarareó la canción que sonaba en la minicadena sin ser consciente de que lo hacía en voz alta.

─Y la vida siguió... como siguen las cosas que no tienen mucho sentido...

Él se echó a reír.

─¿Qué? ─se avergonzó, al comprender que ella era el producto de su risa.

─Nada.

─¿Qué pasa?

─Que cantas muy bien.

Ella le lanzó otra tira de pollo directa a la cara, pero él saltó,  abrió la boca y la engulló sin dejar de reír. Mónica puso cara de fastidio para luego pincharlo en el costado con uno de los palillos chinos.

─¡Auch!

─¿Quién se ríe ahora, eh? ─volvió a pincharlo, encantada de tenerlo a su merced─. ¡Dime que canto como los ángeles!

─No sé mentir, rubia... ─se encogió al sentir un nuevo pinchazo. Ella soltó una carcajada, victoriosa─. ¡Pero si va a llover! Sabina se sentiría avergonzado.

Con un movimiento del brazo derecho, la tiró sobre el sofá antes de que ella pudiera contrarrestar. Inmovilizándola con su propio peso, le dedicó una sonrisa felina. Ella suspiró resignada, y él le besó la curva del cuello una y otra vez hasta hacerla delirar.

─Te cantaré al oído mientras duermes... ─le amenazó, jadeante por el esfuerzo.

─¡Ni se te ocurra!

Ambos se echaron a reír. A Mónica le dolió tanto el estómago que se dobló hacia delante para amortiguar aquella sensación tan desconocida como deliciosa. Se miraron a los ojos, ella se mordió el labio inferior y asintió, más convencida de la decisión tomada que apesadumbrada por las consecuencias.

─Gracias por hacer que me evada de todo ─se incorporó para recoger los platos a toda prisa, con la necesidad de marcar de nuevo las distancias. Él la persiguió, terminando de limpiar lo que faltaba─. Ha sido fantástico.

Sorprendiéndola por la espalda, la besó de hombro a hombro. Mónica se retiró para fregar los platos, pero él la atrajo por la cintura.

─Existe una cosa llamada lavavajillas, deja eso.

─Sí, es sólo que... ─sacudió la cabeza, evidenciando su inquietud─. No quiero que me odies después de lo que voy a contarte. Ha llegado el momento de ser sincera, ¿No?

─Odiarte ─repitió incrédulo─. Cuando se trata de ti, eso es imposible.

─Erik, pero no tienes ni idea...

La silenció con un beso largo y profundo, de aquellos que cortaban la respiración. Mónica se apoyó en él, pues de lo contrario se habría derrumbado sobre la encimera. Sin ser consciente, fue transportada de regreso al sofá, sentada sobre el regazo de Erik. Beso a beso, silenció sus protestas y  temores.

─Es una forma muy injusta pero acertada de convercerme ─musitó, con la frente apoyada sobre la de él.

Jugueteó con el vello corto de su pecho mientras hacía acopio de valor. No podía creer que tras tantos años de mutismo, finalmente se atreviera a sincerarse con un hombre al que apenas conocía. Tras los besos, las caricias y el sexo compartido, a Mónica le quedaba claro que Erik era una combinación explosiva y ardiente de todo lo que ella siempre había buscado y temido en un hombre. Un completo extraño al que conocer poco a poco, a no ser que él la enviara al infierno en cuanto le desvelara su secreto.

─No tuve una infancia común, aunque a decir verdad, no tengo ni idea de lo que eso significa ─decidió empezar por el principio, pues tal vez así fuera más fácil. Pero en cuanto comenzó a narrar su historia, sintió como si miles de esquirlas le destrozaran el estómago─. Me crié en un pueblo destartalado de Madrid. Mi madre trabajaba por temporadas y mi padre era un borracho que pasaba la mayor parte del tiempo fuera de casa. Si te soy sincera, no logro recordar en qué momento cambiaron las cosas. Quiero decir... siempre fui consciente de que mi familia no era idílica. No tenía un padre del que escribir una bonita redacción para el colegio, y cuando me preguntaban a qué se dedicaba me limitaba a encogerme de hombros. En cierto modo, podía escapar de la realidad. Él solía beber lo suficiente para llegar a casa y caer rendido en el sofá. Me ignoraba, y yo lo agradecía. Las pocas veces que se fijaba en mí era para pedirme que me quitara de en medio. Fue así durante bastantes años, y yo me limité a aprender a ser invisible.

─Lo siento.

Erik le apretó la mano para infundirle ánimo, pero ella le restó importancia con una mueca.

─¿Lo sientes? A mí me hubiera gustado que las cosas siguieran así. Ser invisible no estaba del todo mal, y mi madre podía mostrarse cariñosa conmigo siempre que él no estuviera en casa. Supongo que presentía que todo cambiaría... que algún día la situación estallaría. Los niños son muy observadores, ¿Sabes? Presienten ese tipo de cosas ─cruzó las manos sobre el regazo y clavó la vista en un punto fijo de la pared─. Yo lo sabía. Lo sabía...

La rabia la carcomió por dentro. Se mordió los labios tan fuerte que sintió el sabor metálico de la sangre en la punta de la lengua. Él la zarandeó con suavidad para traerla de regreso a la realidad.

─Sólo sé que un día estalló todo. Él regresó más borracho de lo normal, y en vez de caer derrumbado sobre el sofá como la verdadera basura que era, decidió que aquella noche la pagaría con mi madre. Fue la primera de una larga lista de palizas. Siempre sucedía lo mismo. Cuando volvía a casa, mi madre me pedía que me escondiera dentro del armario de mi habitación. Solía decir: “si él no te ve, se olvidará de que existes. Me pegará a mí... sólo a mí” ─se miró las manos, temblorosas─. Sólo deseaba ser invisible, ¿Entiendes lo que es eso? Hacer el menor ruido posible mientras que la escuchaba gritar... rogarle que se detuviera... suplicarle que no la matara...

Cerró los ojos con fuerza, apoyando las manos en sus sienes. Amortiguando el traqueteo de los desagradables recuerdos que vagaban por su mente sin control. Imágenes rápidas y borrosas repletas de golpes, insultos y sangre.

─Maldito hijo de puta ─masculló Erik.

─Sí, no era la clase de padre al que una se siente orgullosa de llamar papá ─ironizó asqueada. Tragó con dificultad, consciente de lo próximo que iba a decir. Su voz tomó un cariz distinto, lejano y a la vez rasgado por el dolor─. La noche que todo cambió yo acababa de cumplir trece años. Se suponía que él no volvería hasta la madrugada, como solía hacer todas las noches. Así que mamá me preparó una tarta y soplé las velas en la mesa del salón. Cuando escuchamos que abría la puerta de la entrada fue demasiado tarde para arrojar la tarta a la basura, así que mi madre me gritó que me escondiera en el armario. Corrí todo lo deprisa que pude, lo que no evitó que escuchara lo que él le gritaba... gritaba... ─cerró los ojos, asustada por sus propios recuerdos. La única conexión con la realidad fue la mano masculina que apretó la suya. La que impedía que se catapultara al vacío─. Empezó a gritarle todas las cosas obscenas y asquerosas que le haría aquella noche, mientras mi madre guardaba silencioso. Yo sabía lo que ella estaba pensando... sabía que su mente rogaba a Dios que él no se percatara de la existencia de aquella tarta mientras la golpeaba... pero lo hizo, ¿Entiendes? ¡Lo hizo! Aquella noche dejé de ser invisible para siempre. Lo supe cuando él gritó: “¿Una tarta? ¡Una jodida tarta! ¡Dime dónde está esa pequeña furcia que no sirve para nada y a la que mantengo con mi dinero. Vamos, Mónica... ¿Es que no quieres que papá te felicite tu cumpleaños? Ya estás hecha toda una mujer...”

Se borró las lágrimas con el puño de la camisa. Erik la escuchó atónito; enfurecido. Contagiado por el dolor de aquella mujer que mantenía una entereza envidiable mientras le contaba la verdad.

─Lo oí subir las escaleras... todavía puedo contar los veinte pasos que lo separaban de mi habitación. A mi madre suplicándole que haría lo que fuera para que me dejara en paz, pero era imposible detenerlo. Acababa de recordar que tenía una hija ─se clavó las uñas en las palmas de las manos, furiosa─. Volcó la cama sobre el suelo, rompió todas mis cosas y me aseguró que me atizaría tan fuerte que no podría volver al colegio durante semanas. Entonces, abrió la puerta del armario y me agarró del pelo. Llevaba unas tijeras en las manos, y gritaba enloquecido que tenía el pelo como las putas... así que debía tratarme como a una puta. Busqué a mi madre desesperada, pero se había largado. Creí que me había dejado... yo sólo podía mirar los mechones que había en el suelo. Lo odiaba... lo odiaba tanto.... ¡Le gritaba que quería volver a ser invisible! Él se reía... se reía y me golpeaba. Me golpeaba cada vez más fuerte. Todavía percibo el dolor, los moratones, mi pelo hecho pedazos, la sangre...

Erik se llevó las manos al rostro, empapado por el sudor.

─Mónica, por Dios, no sigas... ─suplicó perturbado.

Ella se incorporó, soltando una risa áspera.

─¿Crees que todo ha acabado? ¡No es más que el principio! ¿Quieres saber lo que sucedió la noche que me violaron, quieres saberlo? ─le recriminó con dureza.

Él se puso en pie, casi mareado al ser consciente de todo el sufrimiento que ella llevaba ocultando durante años. Se sentía fatigado y asqueado. Desconsolado por una verdad que no creía tan sórdida como la que ella le estaba relatando. Trató de acercarse a ella para, de alguna manera, paliar aquel dolor que se contagiaba a cada fibra de su ser. Pero ella rehuyó su contacto con un movimiento brusco de mano.

─Mónica...

─Me estaba pateando en el suelo cuando mi madre apareció con un hacha en la mano ─recordó aquella escena fascinada y asqueada al mismo tiempo─. Le ordenó que me soltara, y él se empezó a reír. Le dijo que soltara el hacha, pero ella sólo me pidió que cerrara los ojos. Los escuché discutir... y por primera vez en toda mi vida escuché que mi padre le suplicaba que lo perdonara. Le dijo que no volvería a hacerlo... se puso de rodillas... y entonces... ─tragó con dificultad─. Abrí los ojos en el momento en el que mi madre le clavaba el hacha en la cabeza mientras murmuraba “te dije que nunca la tocaras a ella, maldito cabrón”.  Luego soltó el hacha y me abrazó fuerte... muy fuerte. Yo sólo podía ver la sangre cubriendo su cadáver. Le pregunté que por qué lo había hecho, pues ambas sabíamos que él se había rendido. Una simple amenaza habría bastado para que huyera despavorido, ¿Entiendes lo que quiero decir? Pudo haber sido un homicidio en defensa propia... pero no lo fue. Entonces, ella me miró y dijo: “ahora somos libres, tesoro. Libres”. Me dijo que la ayudara a enterrar el cadáver. Estaba asustada... me sentía confusa...

─Sólo eras una niña.

─¡Erik, la ayudé a enterrar a mi padre! ─se derrumbó.

Él le sostuvo el rostro entre las manos.

─Cariño, mírame... mírame ─los ojos anegados de lágrimas encontraron los suyos─. No fue culpa tuya... santo cielos... no fue culpa tuya. No puedo ni imaginar... Mónica... Mónica...

─Creí que todo había acabado... ─dijo en un susurro─. Pero había alguien que fue testigo de todo.

Erik no logró entender. Tanto dolor... no podía hacerse una idea de lo que aquella niña había sufrido, ni de lo que continuaba sufriendo. Entonces, preguntó lo que temía.

─¿Quién?

─Mi vecino. El hombre que me violó cuando tenía trece años ─sintió que le faltaba la respiración al tratar de pronunciar su nombre. Se llevó las manos a la garganta seca, rígida por el miedo. Inspiró. Tanteó la mano de él hasta entrelazar los dedos con los suyos, y pronunció el nombre de la persona que le había arruinado la vida. Lo pronunció por primera vez─. David.

Erik apretó los puños, odiándose a sí mismo por no haberla conocido antes. Sabía que era una sensación irracional, pero algo oscuro y violento se apoderó de él al conocer el secreto que Mónica llevaba guardando durante años. La maldita y estúpida razón por la que se culpaba a sí misma, cuando la única verdad posible era que se había convertido en una víctima de las circunstancias.

─Me violó y me juró que si lo delataba, él conseguiría que mi madre se pudriera en la cárcel y yo fuera a parar a un centro de menores ─buscó su comprensión. Necesitaba la aprobación de él para sentir que había tomado la decisión adecuada. No quería ser juzgada... tampoco podía soportar la compasión. Que alguien sintiera lástima por ella la repugnaba, pues ya sentía suficiente pena por sí misma ─. Estaba asustada... Erik... cuando creí que todo había acabado, la vida volvió a asestarme un revés. Creí que en el fondo me lo merecía por haber encubierto el crimen de mi madre. Me aterraba volver a estar al amparo de gente más fuerte que yo en un centro de menores, o que mi madre fuera a parar a la cárcel. No sé cómo explicarlo, pero sentía agradecimiento y rabia hacia ella a partes iguales. Sé que si ella no hubiera actuado, él habría vuelto cualquier día para acabar con nosotras. Pero no dejo de pensar...

─Maldita sea, ¡No fuiste tú quién le clavó una jodida hacha en el cráneo! ─se enfureció─. ¿Es que no te das cuenta que ella te utilizó? ¡Sabía que eras una cría, sabía que estabas aterrorizada!

─Él también lo sabía ─musitó, en un intento por defender a su madre. Lo cierto era que, con el paso de los años, había albergado cierto rencor hacia ella. En su mente la culpaba de la violación de David mientras se gritaba a sí misma que ella era la única responsable de lo sucedido. De ser débil y estúpida─. Él sabía que estaba asustada y que no era más que una niña tonta que haría lo que fuera para ocultar lo sucedido, así que lo utilizó en mi contra. Me violó y desapareció. Crecí creyendo que  todo se había acabado para siempre, hasta que fui a la universidad y empecé a recibir correos electrónicos en los que me amenazaba. Fue peor que la primera vez, porque hay algo más horrible que ser atacada; vivir con miedo durante toda tu vida. Estaba terminando la carrera de historia, y me ofrecieron un puesto en el Museo de Pérgamo. ¡Fue un sueño hecha realidad! Creí que las cosas por fin tomaban el rumbo que yo había querido. En la fiesta de graduación, Janine, mi mejor amiga, quiso presentarme a su novio ─sonrió con tristeza─. ¿Sabes quién era?

Erik asintió, con la mandíbula tan tensa que estuvo a punto de partirse los dientes.

─Era él. Ese maldito desgraciado... ─soltó un sollozo, incapaz de controlar el llanto durante más tiempo─. Quise decirle a Janine quién era, pero entonces él me llevó al cuarto de baño. Me recordó que siempre sería suya, y que él también trabajaba en el Museo del Pérgamo. Sonriendo, me animó a que aceptara el puesto. Luego me advirtió que si le contaba a alguien lo que sucedería en aquel cuarto de baño, delataría a mi madre. Por supuesto que no acepté el puesto en el museo. Cuando salí de allí, Janine me abofeteó delante de todo el mundo. Me gritó que era una zorra que la había engañado con su novio... y yo... yo no pude explicarle nada. Me sentí impotente, frustrada y furiosa. Hice las maletas y me mudé a Madrid. Encontré un trabajo en Musa, y el resto de la historia ya lo sabes. Durante siete años, él no volvió a aparecer en mi vida. Han sido siete años de libertad en los que he tratado de superar lo ocurrido. Desde los veintitrés años traté de recomponer mi vida paso a paso... pero todo volvió a truncarse cuando vine a esta ciudad. Hace pocos días entró en mi habitación del hotel. Creí que volvería a intentarlo, Erik. Creí que volvería a violarme. No puedo soportarlo... ¡No puedo soportarlo más!

─Mónica, te juro por Dios que no volverá a ponerte una mano encima ─le aseguró, todavía conmocionado por su historia.

Ella se derrumbó. Lloró durante unos minutos en los que él guardó silencio, estrechándola entre sus brazos. No podía tolerar tanto sufrimiento... tanta injusticia. Lo habían educado para luchar contra los abusos, y no para dar la espalda a lo que era correcto. Por Mónica conseguiría que el hombre que le había destrozado la vida fuera llevado ante la justicia.

─He sido egoísta, Erik ─él abrió los ojos como platos al escuchar algo tan absurdo, pero ella continuó con los ojos anegados de lágrimas─. Me dijo que si no me apartaba de ti te haría daño. Te juro que sólo quería hacer lo correcto... perdóname.

─No vuelvas a pedirme perdón, Mónica ─le advirtió desconsolado─. Por nada del mundo me apartaría de ti. Haces que todo tenga sentido.

Ella se apretó más contra él, sintiendo que su respiración se sosegaba a medida que se fundía en el cuerpo de Erik. Aspiró el poderoso olor de su piel, aquel embriagador aroma que la hacía sentir como si por fin, después de tantos años, hubiera llegado a su verdadero hogar.

─No puedo ni imaginar lo que has sufrido, pero te prometo que cada día de mi vida intentaré hacerte tan feliz que las sombras del pasado te abandonaran algún día ─le prometió al oído. Su voz ronca le acarició el lóbulo de la oreja ─. Si tú no me apartas de tu vida, yo jamás te dejaré. No importa si decides quedarte aquí, en Madrid o donde sea. Estaré a tu lado pase lo que pase. ¿Me oyes? Pase lo que pase.

Ella asintió, convencida de que existía una sinceridad tan aplastante en sus palabras que ahora era ella quien debía otorgarle un sentido a lo que él acababa de confesarle. Aunque no sabía si estaba preparada para volar en los brazos de otra persona. Durante años, había sido un juguete roto dirigido por las manos de un perturbado acosador. No quería volver a ser manejada. Ni por David, ni por alguien tan maravilloso como Erik.

Quería ser libre. Quería que su vida le perteneciera. Quería ser ella misma.

¿Podría conseguirlo a su lado o por el contrario necesitaba emprender sola su camino?

─¿Qué voy a hacer ahora?

─Denunciarlo ─decidió él, sin atisbo de duda.

El mayor temor de Mónica se hizo realidad como una aplastante certeza que la golpeó con toda su fuerza. Horrorizada, se apartó de él.

─Ha llegado el momento de enfrentarse a la verdad ─insistió Erik, consciente de que podía perderla si continuaba por aquel camino tan peligroso.

─¿Qué? ¡No! ¡No! ─deambuló por la habitación de un extremo al otro, tan alterada que Erik tan sólo se limitó a observarla─. ¡No! De ninguna manera... ¡No!

─Mónica...

Le apuntó con un dedo.

─No ─replicó airada. Fuera de sí.

─Es lo correcto. Sabes que lo es.

─¡A la mierda con lo que es correcto! ¿Sabes de qué me ha servido toda esa basura moralista? ─se llevó las manos al rostro, desquiciada por completo─. ¡No puedes pedirme que haga tal cosa... es mi madre!

─Lo sé.

─No voy a hacerlo.

─Ella es quien debe pagar por sus decisiones, no tú.

─¿Qué harías si fuera tu madre, eh? ¡Qué harías!

Erik se mostró imperturbable.

─Sé que haría lo correcto.

─Entonces eres mejor que yo.

─Jamás he conocido a alguien capaz de soportar con estoicismo los pecados que le corresponden a otras personas. No voy a permitir que sigas dañándote a ti misma ─le advirtió─. No es justo. Te quiero demasiado para...

─¿Vas a delatarme? ─le reprochó.

─Mónica, sabes que no se trata de ti ─trató de hacerle entender.

¡Era injusto! ¿Por qué no entendía que sólo intentaba ayudarla?

─Te he hecho una pregunta ─insistió airada.

─No voy a permitir que sigas destrozándote a ti misma. No puedo.

─Lo haces por ti... sabía que me traicionarías...

Erik se sentó en el sofá, compungido por su recriminación. Colocó las manos bajo la barbilla e inspiró, sin dejar de mirar a la mujer que lo observaba con odio. Daría lo que fuera porque ella comprendiera que la única salida era incriminar a quienes le habían hecho daño.

─No me conoces si crees que esto se trata de mí ─se levantó para alcanzarla, pero ella le lanzó una mirada tan cargada de rencor que lo detuvo en el acto─. Estás enfada, lo entiendo. Cúlpame si quieres de lo que va a suceder. Joder, hazlo si con eso te sientes mejor. Supongo que mereces poder desquitarte con alguien, aunque sea conmigo. Sólo espero que algún día logres perdonarme, porque yo... no soportaría que me odiaras. No soporto que me mires como lo estás haciendo.

Sonrió con tristeza.

Mónica se mordisqueó el labio inferior, dubitativa. Sintiendo como sus defensas se derrumbaban al observar al hombre que se exponía ante ella sin tapujos. La expresión de él delataba una resignación dolorosa que parecía torturarlo por dentro.

¿Dice que hace esto por mí? ¿Es capaz de tomar una decisión semejante a pesar de que yo no pueda perdonárselo nunca?

Llamaron al timbre. Deseosa de librarse de aquella ambivalencia de sentimientos que le oprimía el pecho, se dirigió hacia la entrada y abrió la puerta.  Gritó con todas sus fuerzas al descubrir de quién se trataba.