CAPÍTULO XX
LA CASA DEL POETA
A pesar de que eran las cuatro de la tarde de un día de otoño, a primeros de octubre, el sol calentaba aún.
No obstante, había perdido la pujanza cegadora del verano y hasta el dorado resplandor de setiembre. Era una luz tenue que se diluía en el aire húmedo produciendo finas y sutiles aristas en los primeros planos y embelleciendo el paisaje con unas manchas de polvo luminoso que se esfumaban en la lejanía.
«Se diría que la orilla está aquí mismo», se dijo Bembo. El agua del estanque era de un gris suave y sutil en el que un aficionado a la pintura hubiera encontrado todos los colores de la paleta. Un viento suave la encrespaba, la erizaba de estelas minúsculas de espuma que hacían resaltar el encaje verde oscuro del interior de las pequeñas olas. Al otro lado, el mar se extendía hasta el infinito.
Su villa de Ostellato, situada en la laguna, entre un lago y el mar, ofrecía Bembo el placer de permitirle escoger, según su estado de ánimo entre la majestuosidad y la agitación del ancho mar y la recoleta y febricitante calma del vasto estanque cercado de cañaverales y limitado al fondo por un silencioso ribazo.
Seguía un camino de ronda, tapizado de hierbas, que dominaba su jardín y en el que un pórtico daba acceso al primer piso de la casa.
El pórtico daba a una estancia añadida y concebida para servir de invernadero. Bembo la había transformado en una pajarera que a la sazón estaba vacía. La luz jugueteaba con las cajas desiertas, en formas de domos y de bulbos, doradas y esmaltadas. Bembo pasó por entre ellas dirigiéndose a su cuarto de trabajo, dividido como todo en aquel lugar, entre el placer y la melancolía.
Unos meses antes se había separado del arco iris de sus doce cotorras, de sus minúsculos pájaros de las Indias, de sus amarillos pinzones, de sus cantarinos pájaros azules de cuerpo diminuto como el pulgar, que se ofrecían como volantes de plumas. Un buque mandado por su amigo Bep—pino partía a la descubierta de las costas de Africa. En un súbito arranque, Bembo le había confiado todos sus pájaros, para devolverles la libertad al llegar a los trópicos. Y se sentía emocionado al pensar que estaban libres, después de haber sufrido viéndolos prisioneros, y sufría por haberlos perdido, y con ellos el gozo que, por la mañana y por la tarde, le proporcionaba su alado bullicio.
Se sentó ante un pupitre que dominaba una ventana ojival y dirigió hacia ella su mirada. Desde hacía una hora contemplaba el avance de una estrecha embarcación que marchaba a lo largo del camino de sirga.
La embarcación seguía avanzando entre vapores dorados, y Bembo seguía diciéndose: «Es absurdo.» Nada le daba más miedo que las decepciones y era casi seguro que la promesa de la felicidad que estaba saboreando acabaría en desilusión y el placer que le proporcionaba lo pagaría con lacinantes penas. Intentaba ahuyentar la insensata esperanza que había penetrado en su mente, a causa de un lejano parecido.
La nave, vista desde tan lejos, se parecía vagamente a la silueta de la embarcación que Lucrecia poseía en Ferrara y a bordo de la cual se complacía en recorrer el río, los canales y los estanques del ducado.
«¿Por qué habría de venir a verme? —se preguntó Bembo—. Ella es casi una soberana y yo no soy más que un poeta que vive a sus anchas en sus dominios. Su vida ha transcurrido entre el lujo ruidoso de los dramas y las fiestas. Desde hace ocho meses es la esposa de Alfonso de Este y ha logrado dar a su corte un esplendor igual a las grandes de Italia y de Francia. ¿Por qué iba a tentarla mi retiro demasiado tranquilo?»
Se hacía este hosco razonamiento para desanimarse, pero por otra parte se decia que, por increíble que fuese, la visita de Lucrecia no era en modo alguno imposible.
¿Acaso no le escribía cada semana? ¿No se dedicaba a escoger sus poemas a medida que él se los remitía, anotándolos y comentándolos? Cierto que su correspondencia era la de un hombre culto con una princesa ilustrada, pero en ella, a favor de Homero o de Ovidio, se deslizaban afectuosos deseos que un espíritu indiferente quizá no hubiera advertido, pero a los que Bembo era sensible.
No era la casualidad lo que inducía a Lucrecia a terminar sus cartas con frases en español, lengua poco hablada a orillas del Adriático y de la que se servía como de una clave cifrada con la excusa de citar un poeta para disimular una ternura que Bembo, a pesar de su falta de fe, no podía negar.
Él se dedicaba al mismo juego mandándole ardientes poemas de amor. Nunca había en ellos el nombre de la mujer a quien iban destinados, pero la divinidad que aparecía como la musa, no sólo tenía los cabellos de oro y los ojos azules de Lucrecia, sino sus propios gestos y su melancolía.
Éstos eran precisamente los poemas que Lucrecia comentaba con mayor gusto. Y hasta llegaba a proponerle temas para la respuesta de la mujer amada y Bembo se atrevía a creer que encerraban una respuesta indirecta a sus declaraciones empleando el mismo medio para disfrazarlas.
El cristal de la ventana reflejaba los rayos del sol que empezaba a declinar. La nave se había ocultado tras la línea de un cañaveral. Bembo abrió una cartera de piel negra, y sacó de ella la última carta de Lucrecia. Se sabía de memoria el fragmento que andaba buscando, pero quería verlo escrito.
A veces le ocurría lo mismo por las noches. Tenía que levantarse, no para volver a leer un fragmento de Lucrecia, sino para contemplar la dirección y las letras que formaban su nombre: Bembo. Le parecía ridículo el inmenso gozo que le proporcionaba pensar que ella había escrito su nombre, había formado sus sílabas con su propia mano y durante un momento solamente había pensado en él.
En primer lugar contempló el encabezamiento de la citada carta. Empezaba diciendo: «Mi señor Bemba» Así mantenía una gran reserva, no llamándole por su nombre de pila, usando un lejano «señor» y desmintiendo la ceremoniosa indiferencia con aquel «mi» superfluo que podía significar la tierna decisión de considerarle como su propio poeta.
Un poco más abaje» escribía: «¿Sabéis que me hubiera gustado ir a veros? Me habéis descrito demasiado bien la calma de vuestras puestas de sol, el silencio de vuestros ribazos cubiertos de hierba y arenosos para no despertar mi deseo; pero precisamente me los habéis descrito demasiado bien para no verlos con algún temor. Temo que el paisaje no sea obra de vuestros ojos y de vuestra pluma mejor que de la naturaleza. Sería una pena que al desembarcar tuviese que preguntaros dónde están esas gradas de mármol gastado, sumergidas en el musgo y las algas y, empapadas en su base por el mar, que guardan en su cima el color rosa que el sol deposita cada tarde en ellas. Y vos me mostraríais un embarcadero semejante a los muchos que he visto. Y yo diría: «¿No es más que esto?» Y regresaría apenada. Me habéis hecho creer en la existencia de un paraíso hecho a mi gusto, con la tristeza de sus plantas acuáticas, suave como un chapoteo que no cesa y frecuentado por aves de paso en guerra con el viento. Vistos de demasiado cerca, los paraísos quedan destruidos. ¿No es mejor que insista en ignorar el vuestro para continuar creyendo en él?»
Bembo había dejado caer el rollo de papel. Escuchaba el rumor de las breves olas que habitualmente provocaba contra las altas hierbas un buque al acercarse al embarcadero.
A través de los rombos formados por los cristales de la ventana, engastados con plomo, podía ver acuchillada por las cañas verdes la masa de una nave que avanzaba gravemente, como un navío que se dispone a amarrar.
—¡Señor!
Ugo, su viejo ayuda de cámara, que también, hacía las veces de secretario, de mayordomo, estaba de pie detrás de él, con las manos terrosas, pues como su amo, cuando se aposentaba en Ostellato, sentía renacer su amor a las plantas y, abandonando toda dignidad, se remangaba para cuidar el bonito jardín que Bembo, en sus cartas a Lucrecia, llamaba mi «jardín parroquial».
—Perdonad, señor —dijo solemnemente Ugo—. ¿No sabéis que un navío se dispone a atracar en el embarcadero del señor?
—Sí, lo sé, lo sé —replicó, impaciente, Bembo echando a correr hacia la escalera.
Luego temiendo haber molestado al viejo, se detuvo: —Gracias, Ugo... A propósito... Se calló. Era el barco de Lucrecia, tal vez la propia Lucrecia. ¿Acaso había aprovechado la proximidad en que se hallaba para mandarle una carta por vía fluvial?
Así, en el momento de ordenar a Ugo que pusiera a todo el mundo en movimiento para preparar el hermoso aposento azul y disponer vino y golosinas en el gran salón, se retuvo presa de un terror que no sólo era supersticioso: «¿Qué ocurrirá después de tan alegres preparativos si vuelvo solo del embarcadero?»
—Señor...
Bembo miraba a su alrededor y no oyó a Ugo. La mansión era hermosa, lánguida, cuajada de detalles preciosos, de nobles perspectivas, pero la gobernaba un hombre. ¿No se asustaría Lucrecia por el abandono que a él le parecía acogedor, pero que a una mujer no le gustarla? Observó las huellas de barro que de vuelta de su paseo había dejado en las baldosas. Era demasiado tarde para poner remedio al rústico aspecto de su morada. Lucrecia la vería como estaba, con esa mezcla de refinado lujo, de panorama natural sobre el agua y de despreocupada negligencia.
—Nada, Ugo... Gracias.
Echó a correr por una avenida de naranjos, protegidos del viento de mar por una muralla de cipreses. Una blanca pared formando ángulo contribuiría a mantener el calor alrededor de ellos.
Empujó una verja con unos leopardos forjados. Más allá, se acababan los arbustos tallados, los setos, los arcos de follaje. Un camino de piedras llanas descendía entre los cañaverales.
El perfil de la nave ocultaba el horizonte. Era exactamente la de Lucrecia, negra, con sus tritones dorados y sus pinturas. El tiro de muías grises medio ocultas por los penachos y cascabeles, se había detenido al borde del agua. Los criados se apresuraban. Un grupo de hombres abigarrados, en la proa de la nave, rodeaba un tocador de laúd. Por entre las cortinas púrpura de la cabina cerrada escapaban risas de mujeres.
—¡Buenos días! —gritó una voz argentina. Bembo levantó los ojos. Sin darle tiempo a bajar la escalera. Lucrecia había saltado a tierra.
El salto que dio hasta el primer peldaño, que emergía del agua, desplegó su amplio manto gris y levantó un poco el damasco blanco y pesado de su traje. A su vez, Bembo también saltó. Ella le tendió la mano y su amplia manga—dorada se deslizó debajo de su brazo. Alarmado al verla, sobre sus altos tacones, en equilibrio sobre el agua, la tomó por el talle y la subió otro peldaño.
Ella se detuvo en lo alto del embarcadero y contempló el pequeño cupido de piedra musgosa que dominaba la9 gradas, debajo de un arco de adelfas.
—Ya lo veis —dijo Bembo—, os estaba esperando. El arco ha dado miedo a vuestro piloto y ha obligado a vuestra nave a detenerse.
Un leve hálito de ese viento rumoroso y bajo que recorre la laguna, agitaba los cabellos de Lucrecia y alteraba los pliegues de su traje. No trató de sujetarlos. El esfuerzo hecho para saltar había coloreado sus mejillas.
—Me habéis escrito que mi embarcadero quizá os decepcionaría, señora —dijo Bembo—. Es lo contrarío.
—¿Lo contrario?
—Soy yo el decepcionado por mi embarcadero. Lo creía de color de rosa, pero la rosa de vuestras mejillas acaba de matarlo.
Se habían alejado unos pasos, solos, entre los cañaverales. Oyeron un leve cloqueo.
—Es una cerceta —dijo Bembo.
Ella le interrogó sobre las costumbres de las cercetas y él le contestó, contento de encontrar un tema de conversación no resbaladizo. Le molestaba su cobardía.
Había recibido a Lucrecia como si hubiera sido la cosa más natural del mundo que la gran dama hubiese ido a visitarle y como si su llegada estuviera prevista. Debió haberle dado las gracias, demostrándole su emoción. Y en vez de pronunciar las palabras que ella esperaba, en vez de conducirla ceremoniosamente en cortejo hacia la casa, como estaba acostumbrada a ser recibida, se la llevaba familiarmente a la orilla de la laguna hablándole de la doble vida de las gallinas de agua.
Su inclinación a la melancolía, le inducía a imaginar que Lucrecia se iría pronto. ¿Acaso no había dejado a sus servidores en la embarcación? Así, el milagro se habría producido, pero sin consecuencias. Lucrecia habría posado sus manos en algunos objetos de la casa, habría contemplado ciertas perspectivas y todo quedaría convertido en algo sagrado y penoso.
«Los poemas que escribiré —pensó Bembo—en lo sucesivo estarán inspirados por este día. Extraerán su alegría del instante en que, creyendo todavía que no era ella, vi que era ella la que saltaba al embarcadero, y sus lamentos del dolor que me espera ahora, cuando Lucrecia dirá que el tiempo corre y que debe ir a reunirse con los suyos, de la última palabra que me dirigirá desde su barco antes de desaparecer en su cámara dorada, que se alejará hacia la otra orilla al son del laúd.
—Me habíais anunciado dos mares —dijo Lucrecia—, y sólo veo uno.
Por encima de los cañaverales, Bembo le mostró un declíve de plantas.
—El camino de ronda os oculta el Adriático.
Blla divisó un sendero, apenas insinuado, que conducía a unos peldaños.
—No creo que sea inaccesible este camino de ronda...
«De mal en peor —pensó Bembo—. Estoy llevando por entre las zarzas a la que, en Ferrara, hacen pisar alfombras cuando desembarca en el puerto.»
—¡Ay! —exclamó Lucrecia levantándose el borde de la falda—. Me he torcido un tobillo...
Bembo lo contempló y evocó maquinalmente los cánones de la belleza, que estaban muy de moda. La mujer ha de tener tres cosas delgadas, el tobillo, el talle y el cuello. Su mirada se fijó en el talle de Lucrecia, ceñido bajo su manto. Pero antes de llegar al cuello se detuvo en el pecho. El gran escote de Lucrecia realzaba sus senos, que sólo quedaban velados por el borde recamado de la camisa.
Bembo intuyó que su mudo examen había sido observado. Al volver a cruzarse sus miradas, se turbó.
—Ya veis —dijo — que el sendero es muy malo. ¿Os habéis hecho daño en el tobillo? Tai vez sería mejor retroceder siguiendo la orilla.
—Quiero ver el Adriático. Además, ya estamos al fin de las fatigas. Sólo queda subir este declive.
Y aligeró el paso sin dejarse conducir.
—En vuestros poemas comparáis las damas a Diana. ¿Por qué, en la realidad, queréis tratarme como a una mujer débil? Estoy segura de que monto a caballo mejor que vos. Y de no llevar estos coturnos y este pesado traje, ni siquiera me alcanzaríais.
Y diciendo esto escaló el reborde de piedra, cayendo de nuevo en el camino de ronda.
—¿Y el Adriático?
—Hay que andar unos pasos todavía.
—Tenéis razón —dijo Lucrecia—. Estoy fatigada. Llevadme.
Él la contempló tanto más asombrado cuanto que los pocos pasos que quedaban para llegar a la curvada cima del camino de ronda, desde donde con una misma ojeada se divisaba la laguna y el mar, eran fáciles, pues la tierra estaba apisonada.
La mirada de Lucrecia brillaba. Él la cogió en brazos, sintiendo bajo la palma de la mano las redondeces de las caderas de la princesa.
El cielo era malva sobre la laguna rosa y al otro lado el mar se perdía en una penumbra azul en la que unas nubes se rizaban en virutas doradas.
—Un día me dijisteis que me escribíais acodado al borde del camino de ronda. Era aquí, pues...
—Sí.
Se callaron.
—Dejadme, os lo ruego.
Otra vez echaron a andar el uno al lado del otro. Desde los cañaverales llegaban los gritos de los pájaros presagiando la puesta de sol.
—¡Dios mío! —exclamó Bembo—. | Vienen a buscaros!
Y señalaba el oscuro perfil de una nave sobre el nácar de la laguna.
—No —dijo Lucrecia, con un hilillo de voz—. No es un barco que viene. Es el mío que se va...
Bembo miró alternativamente a Lucrecia y al buque.
—Hubiera sido inútil —prosiguió ella quedamente — turbar vuestro retiro, señor Bembo. Ahora bien, mis escuderos y mis doncellas son gente bulliciosa, excepto Caterinella; pero Caterinella está de mal humor y hubiera sido insoportable. Por esto los he mandado a todos a dormir al puerto de Ostellato. Porque vos me vais a ofrecer hospitalidad por esta noche, ¿no es así?
—¡Ah, señora! —balbuceó Bembo—. ¿Os quedáis?
La miraba y se preguntaba si se estaba ruborizando o si era el sol que le teñía las mejillas.
—Sin duda —preguntó ella con asomo de impaciencia—, hubiera sido más decente haberme dejado invitar por vos, haberme hecho rogar un poco invocando los enojosos ecos que podría despertar en Ferrara una noche pasada por doña Lucrecia en vuestra casa. Vos, que alabáis el decidido paso de Diana por los bosques, ¿os sentiríais
sorprendido acaso por el espectáculo de una mujer que no tiene la paciencia ni el gusto de disfrazar su juego y fingir preocupaciones que no siente?
Miró de arriba abajo a Bembo y prosiguió:
—No me causa temor nada que se refiera a Ferrara. He partido para hacer una larga travesía en barco y rn0 han dejado las escalas a mi elección. Mis sirvientes saben callarse. Y si comentasen mi estancia en vuestra casa, mi marido no se inquietaría por ello. Está demasiado preocu—pado con sus amantes, sus fraguas y sus talleres, demasiado seguro de sí mismo y demasiado indiferente hacia mí para dedicar más de unos minutos a reflexionar sobre las causas que me hayan llevado a casa de Bembo. Todo lo que no provoque escándalo no le afecta. Me deja libre. Éste es su único mérito.
Bembo no sabe si el desprecio que expresa el semblante de Lucrecia se dirige a él o a su marido. Y caballerosamente emprende una gentil defensa de Alfonso de Este.
—Es un hombre que se adelanta a nuestro tiempo —dice—. Sus gestos no son de desdeñar. Un Vinci se apasiona también por la mecánica. Sólo temo que nuestros descendientes, dentro de tres generaciones, tengan que vivir unos tiempos grises, rígidos, angulosos como estos mecanismos que algunos cerebros han empezado a soñar.
Se calló ante el gesto de mal humor de Lucrecia, que olvidando el espectáculo que les ofrecía la puesta de sol, sobre un paisaje muy plano cubierto por un cielo demasíado vasto, bajó sus ojos al suelo.
—Poco me importan las manías de mi marido. Para él soy una asociada leal, esto es todo. Le dije la noche de nuestra boda que sólo obtendría de mí lo que lograse tomar. No quiero menospreciar sus ambiciones ni tratar de agradarle. Al principio tuve deseos de engañarle con el primero que me viniese a mano para vengarme. Pronto se me pasó. He comprendido que es un buen hombre y que no es responsable de la situación en que me encuentro. No me quiere ni bien ni mal y hubiera sido hacerle demasiado honor vengarme de una manera tan vulgar.
Se había apartado de Bembo. Se apoyó en el parapeto
de piedra, que daba al Adriático. Él la siguió, desconcertado por lo inesperado de aquellas confesiones que contrastaban con el tono general de sus cartas. No se atrevía a comprender y se decía: «¿Quiere hacer de mí su confidente?»
—Vos tenéis el derecho de saber ciertas cosas —prosiguió Lucrecia, sin mirarlo, con reprimida exaltación—. Durante el mes que siguió a nuestro matrimonio, execraba a Alfonso. Quería morir y la esperanza de vengarme de él me ayudaba a vivir. No hay necesidad de relataros mi pasado. Lo adivináis lo suficiente para comprender que me sobraban motivos para desear la muerte. Pero la vida es un hábito... Y me ha llevado como una ola. Poco a poco, he vuelto a encontrar el gusto de lo que antaño me deleitaba: un paisaje, un cuadro, un perfume, una idea, una tela. Me he arreglado con mi dolor. Y he acabado por decirme: «Hubo un tiempo en que conocí la dicha total, la que surge del amor, y jamás volveré a encontrarla...»
Se volvió hacia Bembo. El día había caído. La silueta de Lucrecia había adquirido una tonalidad azulada, excepto sus cabellos que recogían la última palidez del crepúsculo.
—Pero en su lugar, voy a saborear lo que el mundo puede ofrecerme de delicados alimentos para mi tristeza, de estímulos para mi alma y la melancolía de ciertas devociones que ayudan a sobrevivir. Nunca volveré a amar, nunca volveré a ser dichosa, pero alguien puede gustarme...
Sin confusión, sin coquetería, la mirada de la mujer se había detenido en los oscuros ojos de Bembo.
—Esto era lo que me decía. Y alguien me ha gustado, en efecto. Me ha gustado verlo, leerle. Se adaptaba a mi espíritu. Si me hubiese sido posible consagrar mi cuerpo a un recuerdo muerto, no hubiera venido, al anochecer, a casa de alguien. Pero los fastidiosos cercos conyugales habían perpetrado ya el sacrilegio. Por esto estoy aquí, señor Bembo.
Como deslizándose echó a andar otra vez. Su mano se posó, leve, en el brazo de Bembo.
—Os he decepcionado, ¿no es cierto? —preguntó—. Vos no ignorabais que teníais probabilidades de gustarme. Contabais con hacerme una corte brillante. Esperabais el triunfo final. Y resulta que os desconcierta un poco que la ciudadela haga inútiles los fuegos capitulando antes aún del asedio.
Bembo no intentaba ocultar su confusión. Sentía el cuerpo de Lucrecia andar cerca del suyo. Tenía la impresión de avanzar por un lugar que no era el mundo real ni el sueño. Estaba sorprendido de los pensamientos que se le ocurrían.
Descubría que si alguna vez había creído que un día podría poseer a Lucrecia era porque el tejido de su propia vida estaba hecho de angustia, de nostalgia. Ahora bien, la posesión de Lucrecia hubiera significado una felicidad tan grande para él que no podía imaginarla, porque era una felicidad demasiado contraría a su naturaleza. Era la misma imposibilidad en que se encuentra una persona aquejada de mareo, de imaginarse, a sí misma tomando parte en una fiesta de gala cuando se halla en un buque, en plena tempestad.
Lo que acababa de decirle Lucrecia le daba la clave del sentimiento que iba a impregnar su vida una mezcla del gozo que le producía el hecho de poseerla y el dolor de saber que al mismo tiempo que se entregase, se negaría; que entre los dos únicamente existiría el foso del pasado.
—Lucrecia —le dijo—, voy a aprender a sufrir vuestras penas. No nos uniremos para la alegría, sino para el pesar.
Se detuvieron. Bembo la trajo hacia sí rodeándola con sus brazos. Su mano se estremeció al estrechar un talle demasiado flexible. Lentamente se acercaron sus labios. El sol se disponía a desaparecer en el horizonte y que una deshilachada nube había ocultado, reapareció con un último rayo que bañó el camino de ronda con una viva claridad.
En aquel momento, el pasado de Lucrecia dejó de contar para Bembo. Durante un momento fue insensible a las reservas que ella mezclaba a la promesa de su entrega.
Suponía que estaba pensando en Alfonso de Aragón, pero la tenia entre sus brazos. Y sus cuerpos se iban a fundir en uno solo.
La noche cayó brutalmente.
—Vamos a casa —dijo Bembo.