CAPÍTULO VIII
EL SEMENTAL BLANCO
—Por fin nos hemos librado de ellos —le dije a Pedro.
Esta palabra terrible se me había escapado. Significaba no sólo que me sentía feliz por la ausencia de mi marido, sino que estaba igualmente satisfecha de haber cumplido con mi deber y tranquilizada al pensar que si los hombres de César lo alcanzaban, no lo matarían en mi presencia y en mi alcoba, como no había dejado de temer.
Pedro no contestó. Aguzaba el oído. Dio algunos pasos hacia la ventana y alargó un poco el cuello para mirar hacia el patio.
—Ya ha pasado —dijo por fin, con la tranquilidad que me gustaba de él.
Después volvió a mi lado.
—Señora —dijo—, nuestra situación no es nada envidiable. He dado mi capa y mi disfraz a vuestro marido, de modo que pueda pasar por mí. Pero yo sigo con mi traje de escudero y no puedo pasar por él. Si alguien entra, y si ese alguien es un espía o un charlatán, pronto se sabrá que el conde ha huido y que quien está a vuestro lado soy yo.
Yo no sabía qué contestar.
Él prosiguió:
—Si recuerdo bien las instrucciones que me disteis ayer, esta noche debíais cenar con doña Sancha, vuestro hermano Joffre y un poeta cuyo nombre he olvidado. Vuestro hermano César prometió ir al final de la cena. ¿Creéis que vuestra ausencia no será notada?
—Diré que no me encuentro bien.
—¿A quién?
—¿Qué?
—¿A quién se lo diréis?
—A Caterinella o Pantasilea. Ellas se encargarán de...
—Para decírselo debéis llamarlas. No tenéis la costumbre de salir de vuestro aposento para ir a buscarlas. Si las llamáis entrarán. Y si entran, en vez de ver a vuestro marido, me verán a mí.
—¿Y vos no tenéis confianza en ellas? —le dije un poco picada.
—O les pedís que guarden el secreto, en cuyo caso debéis contarles lo sucedido, lo que supone el riesgo de confiar un secreto bastante grave a unas personas encantadoras. O no se lo reveláis, y en este caso no deberéis sorprenderos si van contando que vuestro marido ha huido y vos estáis conversando conmigo. De modo, que en cualquiera de los dos casos...
—Salimos perdiendo. ¿No se os ocurre una solución? —insistí.
Con la mayor sencillez, contestó:
—No.
Su calma era a la vez reconfortante y exasperante. Yo no podía estar quieta y el roce de mis ropas llenaba con su rumor la estancia.
—Vamos a ver —dije—. Podríamos...
En pocas palabras iba dando al traste con mis ingeniosas ocurrencias.
—Bueno, tratad de encontrar algo —exclamé furiosa.
Se calló. Unas arrugas surcaron su frente. Después sus facciones se distendieron.
—¿Habéis encontrado algo?
—No —contestó con la mayor placidez—. No he encontrado nada.
Entonces se me ocurrió una idea. Triunfante de gozo, zarandeé a Pedro.
—Vais a acostaros...
—Excusadme, señora, no estoy fatigado.
—No sois vos quien está fatigado —dije riendo—. Es mi marido.
Su rostro, bello y franco, sobrio y sin malicia, adquirió una expresión interrogante.
—Comprendo —dijo al fin—. Acostado y con la cabeza vuelta, puedo pasar por vuestro marido.
—¡Esto es!
Entonces, Pedro adoptó un aire cohibido. Su mirada vagaba por el suelo. Por fin preguntó:
—¿Y vos?
—Cuando os hayáis acostado, llamaré a mis doncellas y les mandaré que avisen a Sancha. Me desnudarán y me acostaré a vuestro lado. Sí, ya sé que vais a decirme que, contrariamente a lo que hacen otros maridos, Juan Sforza no acostumbraba a acostarse conmigo. Pero admitiendo que la cosa sorprenda a Pantasilea, y que hable de ello, los hombres de César creerán simplemente que mi marido se ha refugiado en mi alcoba y esperarán sin duda la mañana para asaltarle. ¿No lo creéis acertado?
—Si así lo deseáis, no soy yo quien debe...
—Sí, así lo deseo.
Aplasté mi nariz contra el cristal de la ventana mientras Pedro se desnudaba.
Cuando me volví, solamente su cabeza sobresalía de las sábanas y su expresión en el desconocido lecho era de tal desconcierto que me entraron ganas de reír. Cogí las ropas que había dejado sobre una silla y las guardé en un cofre con objeto de no llamar la atención de mis doncellas. Luego, llamé.
Caterinella y Pantasilea aparecieron a la vez. La última, a quien la visita de mi marido tenía intrigada y que sospechaba que había gato encerrado, husmeaba por todos lados. Me libré de ella mandándole con un recado a mí cuñada Sancha. Hablé en voz baja para dar a entender que mi marido dormía.
Caterinella me desnudó en silencio. Me ayudó a meterme en la cama y volvió con una colación que le había pedido para el caso de que se despertase mi pretendido marido.
No bien estuvimos solos le pregunté a Pedro:
—¿Tenéis hambre?
Efectivamente, tenía hambre. Instalamos los platos en el facistol que me servía habitualmente para leer y comimos alegremente. Yo estaba de buen humor. Los dos bebimos copiosamente.
—¿Sabéis —le dije— que he estudiado Derecho y que, según el Derecho romano y el canónico, estamos cometiendo una falta grave?
Fedro gruñó, interrogador.
—¿No sabéis que la mujer casada y el hombre que se acuesta con ella incurren en penas muy severas?
Vi cómo se ruborizaba súbitamente.
—¿Tenéis miedo? —le pregunté—. Nada debéis temer, porque creen que sois mi marido.
Después le pregunté en tono picante si no iba a tener más miedo, pues me proponía apagar la luz.
Se incorporó para apagar los candelabros. Su torso había salido de las sábanas y me pareció bello. Y se lo dije. Sopló varias veces antes de apagar las velas. Por lo ocurrido después comprendí que aquel hombre, que no podía creerme inocente, aquella noche debió juzgarme odiosamente coqueta.
Fue una noche rápida, extraña y para mi gusto agradable.
Un hilo de luz y el agudo y obstinado canto de la alondra nos despertaron a la vez. A pesar de la anchura de la cama, me di cuenta de que por la noche nuestros cuerpos se habían deslizado insensiblemente el uno hacia el otro. Estaba en sus brazos y no lo lamenté. Durante unos instantes nos miramos a los ojos. Estaba haciendo mi aprendizaje. Era la primera vez que me despertaba al lado de un hombre. Y descubrí que dos seres que han dormido uno al lado de otro y que la alegría mañanera despierta a la vez, lo primero que hacen es mirarse a los ojos.
Una penumbra dorada invadía el aposento y bastaba para ahuyentar los malos recuerdos de la víspera. Yo veía el brillo de las manchas geométricas del pavimento y las franjas de oro que pendían de las cortinas de la cama. Las balaustradas se recortaban, oscuras aún, contra una franja de cielo transparente. Algunas moscas, despertadas como nosotros, se pusieron a zumbar.
—Estoy muy bien —murmuré.
Cerré los ojos y no los abrí cuando Pedro, ciñéndome el talle con su brazo, me atrajo hacia sí. Sentía una piel suave contra mi hombro. Me rozó con la otra mano, a tientas, vacilante. Mi camisa se había subido con el movimiento del sueño. Los dedos de Pedro acariciaron mi cadera. En el mismo instante su boca buscó la mía.
¿Esperaba yo el beso? Mis labios se habían entreabierto. Mi marido cuando me besaba, sólo había logrado emocionarme. Esta vez, durante unos instantes, deseé que el tiempo se detuviera y dejase para siempre mi boca contra la de Pedro.
Bruscamente se apartó. Lo busqué con la mano, pero el lugar que ocupaba estaba vacío. Esto fue todo, y me dormí otra vez.
Cuando me desperté, Pedro estaba ya vestido. Su aventajada silueta parecía sostener con sus espaldas la ancha franja de luz que desde la ventana se proyectaba sobre el lecho.
—¿Qué estáis diciendo? —pregunté bostezando.
Me dijo que eran las ocho de la mañana, que normalmente a aquella hora tenía trabajo en la sala de guardia y que lo más prudente era que apareciese por allá. Yo podía seguir durmiendo, puesto que no acostumbraba a levantarme antes de las diez o las once. Cuando mis doncellas viniesen me encontrarían sola. Si César o uno de sus hombres se presentaban, me bastaría contestar que mi marido se había marchado por la mañana.
Asentí con los ojos y Pedro salió. No llegué a dormirme otra vez.
En los jardines resonaba el canto de los pájaros. De las cuadras se oían relinchos. Hasta los gritos de los vendedores de las calles de Roma llegaban a mi aposento. Doblaban las campanas. Yo estaba triste de estar sola y feliz de no haberlo estado toda la noche.
—Señora...
Me desperté sobresaltada, sorprendida de haberme vuelto a dormir.
—¡Oh, señora! ¿Qué ocurre? —gritaba Pantasilea—. Monseñor César está aquí con una escolta de hombres armados. Está dando gritos y quiere entrar.
—Bien, que entre. ¿Es que acostumbro a negarme a recibir a mi hermano?
Pantasilea trataba de distinguir si había alguien en la cama. Detrás de ella, guardando un silencio hostil, mi pequeña Caterinella, desgreñada, estaba jugando al boliche.
—Nos ha preguntado por el conde Sforza —repuso Pantasilea—. Vos no me habíais ordenado que negara su presencia.
—No. ¿Por qué había de hacerlo?
—«Si está ahí, quiero verlo», gritaba vuestro hermano.
Volvimos todos la cabeza. Un paso firme acababa de resonar en el extremo de la pieza.
—¡Quiero verlo! —repitió César.
Iba mal peinado, llevaba el traje ajado y sus facciones hundidas. Debía de haber estado en vela toda la noche. Su actitud me tranquilizó. César no había sospechado nada y Juan Sforza contaba con cerca de veinte horas de ventaja.
—¿Queréis ver a mi marido, César?
—Que se levante y me siga...
Y añadió moderándose, sin duda a causa de las mujeres:
—Tengo que darle una noticia.
Nervioso, batía palmas a medias, como para dar prisa a las gentes que remoloneaban.
—El conde Juan Sforza estará desolado —contesté ceremoniosamente—. No esperaba vuestra visita.
—¿Quieres decir que no está contigo? —preguntó César con amenazadora calma.
Yo estaba encantada de la treta que acababa de jugarle. Encantada y aterrorizada.
Se lanzó sobre mi lecho. No dando crédito a sus ojos, cogió las sábanas y las apartó. Yo me hice un ovillo bajo mi camisa gritando asustada.
—¡Sólo esto me faltaba! Cállate, deja tus cloqueos para otro día. ¿Dónde está?
Sin esperar mi respuesta se puso a buscar por todo el aposento abriendo los cofres, apartando los sillones a puntapiés, levantando los cortinajes.
Llamó a sus hombres y Micheletto apareció en el acto, seguido de una banda de mocetones armados. Caterinella seguía jugando al boliche con inaudita insolencia. Pantasilea se tapaba la boca con el borde de su manto, bien porque estuviera asustada o bien porque hubiera decidido, convencional como de costumbre, adoptar una actitud de circunstancias. Yo, cohibida por las miradas de los guardias, me cubrí con las sábanas. El corazón me latía fuerte—mente y esperé los acontecimientos.
César estaba echando los bofes, pero cuando vino a sentarse al borde de la cama había encontrado otra vez aparentemente la calma.
—¿A qué hora se ha marchado? —me preguntó fríamente.
—¿Tú crees que lo sé? Por la mañana...
—Esto es impreciso... ¿Al amanecer, entrada la mañana?
Encontré valor para reírme:
—Los poetas hacen una distinción entre el alba y la aurora, pero no las muchachas perezosas como yo. Cuando se ha ido, yo estaba durmiendo. Apenas le he oído vestirse...
Hice como si buscase algo en mi memoria, pues la mirada de César se hacía más dura a cada instante.
—Me ha dicho algo, pero no recuerdo qué. En todo caso, un rayo de luz se filtraba por la ventana. Era de día.
César observó en voz baja como hablando consigo mismo:
—Las ventanas estaban vigiladas y en el corredor y en la escalera había guardias. No ha podido huir de día. Sin duda, se ha ido de noche, y por la ventana.
Se levantó de un salto y se puso a increpar a sus guardias.
Micheletto, con su aire huraño y socarrón, lo escuchaba sin aparente emoción. Movía la mano derecha como si hiciera saltar sobre la palma una moneda. Los guardias, después de haberse oído tratar de pasmados, estúpidos, holgazanes, imbéciles y eunucos, se precipitaron en tropel hacia las ventanas en las que César esperaba encontrar huellas de la evasión.
—¿Doña Lucrecia me necesita?
Era Pedro que acababa de entrar sin hacer ruido. Tenía la mano en la empuñadura de su puñal. Detrás de él, distinguí, en el marco de la puerta, una docena de mis guardias. Desde el punto de vista del colorido, no quedaba mal. En la claridad abrileña, las evoluciones de los hombres de César, de amarillo y blanco, la inmóvil perspectiva de los míos, a franjas amarillas y oscuras, la negra silueta de César, la de Pedro igualmente morena, la mancha blanca del vestido de Pantasilea, las manos imidas, y los movimientos regulares de mi morita tornasolada como una mariposa, obstinada en su boliche, cpmponían un cuadro sugestivo. Hubiérase podido hacer un ballet cuyo título me puse a buscar inmediatamente. Tenía miedo, pero estaba de buen humor y sentía hambre.
—Gracias, Pedro —dije—. No necesito nada. Como podéis ver, mi hermano está buscando a alguien.
Me había echado a reír al acabar la frase, pero me detuve al oír el tono impersonal con que Pedro acababa de contestarme:
—Bien, señora.
Había pasado la noche a mi lado, completamente desnudo, me había besado y me miraba como si nada hubiera ocurrido.
—¿Qué estáis haciendo aquí?
Era César, que avanzaba a cortas zancadas hacia Pedro.
—Estoy cumpliendo mi obligación —contestó el otro.
—¿Sabéis que...?
—Sé que estoy al servicio de doña Lucrecia para velar por su seguridad. Lo he logrado ante los invasores franceses y continuaré velando en cualquier circunstancia. Si me fuera imposible seguir haciéndolo lo pondría en conocimiento de Su Santidad el papa.
Micheletto, que daba escolta a mi hermano como el dogo a su dueño, se aprestaba a lanzarse sobre Pedro. César lo detuvo con una mirada.
—Bien, muchacho —dijo a Pedro—. Sería el último en reprochároslo, si vuestra intervención en este caso no fuese perfectamente inútil. ¿Cómo podéis pensar que doña Lucrecia esté en'peligro cuando precisamente estoy yo en su aposento con mi guardia?
—Quería asegurarme, monseñor, que se trataba exactamente de vos y de vuestra guardia —replicó Pedro con una velada ironía que afinó sus gruesos labios.
—Vamos a ver —ladró Micheletto—, quizá vos sabéis adónde ha ido el conde Sforza...
—Yo —dijo Pedro con calma— no estaba de guardia esta noche. Salí anoche para ir al baile y he vuelto a las dos. No he visto al conde.
Hubo un silencio. Después mi hermano exclamó:
—¡Todo el mundo fuera!
Esperaba este momento desde el principio. Felizmente fue corto. César me miró a los ojos como queriendo fac—cinarme y articuló:
—¿Le has facilitado tú la huida?
—No, no he sido yo.
—¿Sabes dónde está?
—No.
—¿Qué camino ha tomado?
—No sé nada.
—Piénsalo bien. Si Sforza consigue alcanzar la frontera, las consecuencias de su fuga pueden ser graves para Roma.
—Pero...
—Pero para ti lo serán sin duda alguna. No serás mas que una mujer abandonada por su marido, que es nuestro enemigo. Si sigue viviendo no podremos casarte otra vez. No servirás para nada, no serás más que un estorbo. Mi último favor será dejarte elegir convento.
No lo miré cuando salía. Cerca de la puerta se detuvo y añadió:
—Micheletto va a lanzarse por su lado en persecución de Sforza. Yo permaneceré una hora todavía en palacio. Si la perspectiva del convento te refresca la memoria, házmelo saber.
Se oyó el crujido de sus botas, el rumor de sus armas y el golpe de la puerta al cerrarse.
En el fondo del aposento vi a Caterinella. Se había ocultado detrás del batiente de una ventana abierta. Salió de su escondite sin dejar de jugar al boliche.
—Esto presenta mal cariz —dijo—. Me pregunto qué podremos hacer en un convento. La culpa de todo la tiene Pantasilea.
Yo sabía que se detestaban y no hice caso de sus palabras. Me hizo preparar un baño, y en la bañera, mientras me enjabonaba, me puse a pensar.
Las amenazas de César me fastidiaban. Mi endiablado hermano me estropeaba el placer que me producía verme libre de mi marido.
Sin embargo, no podía revelar a César el itinerario que Sforza seguiría en su fuga. En primer lugar, porque era tanto como confesar mi complicidad. Después, porque con la ventaja que llevaba Sforza, los hombres de César no lograrían darle alcance, y con ello mi situación de esposa abandonada no cambiaba en nada, y por último, porque me repugnaba denunciar a quien fuese, incluido un marido tan odioso como el mío.
El agua tibia, los ungüentos y las manos suaves de Caterinella se deslizaban por mi cuerpo, acabando de restañar las contusiones de la víspera. Cuando la morita me secaba, recobré mi buen humor.
Por poderoso que fuese César, no podría impedir que mi hermanito Gandía se interesara por mi suerte. Y, además, iría a echarme a los pies del papa. Por otra parte meterme en un convento seria una torpeza que dejaría entender que me había convertido en cómplice de mi marido y esto no serviría la política de César. Al contrario, al quedar libre, se me podía presentar como objeto de conmiseración a los ojos de los embajadores napolitanos: la desventurada esposa abandonada por el felón Sforza, por Orden de Milán.
Decidí mostrarme primaveral. Catérinella me vistió con una camisa de finísimo lino y me puso mis medias más bordadas. 'Pero estaba visto que no podría ponerme la ropa elegida, pues Pantasilea apareció con un mensaje de César. Exigía que partiese con él en persecución de mi marido para demostrar a todo el mundo que no lo había ayudado a huir.
No podía negarme. Ordené a Caterinella que me vistiera con mi traje de amazona oro y limón.
Diez minutos más tarde cabalgaba al lado de César.
Apenas salimos de Roma, nos lanzamos al galope. Era una hermosa mañana. Los pájaros trinaban en los setos. Los pescadores cantaban en sus barcas, que encontrábamos a lo largo del Tíber, en cada uno de sus meandros. Para festejar el retorno de los días primaverales y el fin de la Cuaresma, los campesinos habían adornado las cabezas de sus bueyes con flores, formando una lira entre los cuernos. Nuestros hombres levantaban torbellinos de polvo que se elevaban hacia el cielo.
El número y la estrepitosa marcha de la escolta armada que nos seguía inspiraba algún temor a los apacibles transeúntes que, apeándose de sus asnos o mulos, buscaban refugio en los barrancos o en los caminos1 adyacentes. Por los prados corrían pequeños campesinos con los pies desnudos. Una hermosa muchacha que no se había resguardado fue rozada por el caballo de César. Él se inclinó y cogió al vuelo la rosa que llevaba prendida en el pelo. Después, victorioso, se la puso entre los dientes.
Sin temor a las espinas, se la cogí de la boca, hice caracolear mi caballo y corrí a prenderla de nuevo en el pelo de la muchacha. Y estaba otra vez al lado de César cuando él apenas había logrado volverse. A pesar de mis diecisiete años montaba mucho mejor que él y los dos lo sabíamos. Yo me jactaba de ello y él se sentía molesto.
—Estás muy alegre —me dijo refunfuñando.
Era una manera de recordarme que si aquella mañana de primavera andábamos a lo largo de la Vía Tiberíana, el objeto de nuestra cabalgada era el arresto de un hombre y su muerte. Sin embargo, no acababa de entristecerme, pues creía que Juan Sforza estaba fuera del alcance del galopar de nuestros caballos.
Solamente al reflexionar durante el período de silencio que siguió al comentario de César, descubrí los peligros que acechaban a mi marido. Si había seguido mi plan y se había detenido en el convento de San Sixto, habría tomado por la Vía Apia, desviándose, pues, en dirección a Nápoles. Debía seguir por este camino bastante tiempo antes de encontrar otro que lo llevase a Spoleto, sobre el que nosotros seguíamos. Desde luego, si tomaba nuestro mismo camino, había un evidente peligro. Si en vez de limitarse a cambiar de ropas en San Sixto, había creído conveniente charlar con la superiora o aceptar la comida que la valerosa mujer no habría dejado de ofrecerle, si había tenido la debilidad de descansar un poco antes de reanudar la marcha, lo alcanzaríamos indefectiblemente, pues disponíamos de más relevos de caballos de los que él tenía.
Yo conocía bastante las incertidumbres de mi marido para no temer que no hubiera resistido la tentación de pasar unas horas de solaz en el convento. —¡El imbécil! —murmuré.
—¿Qué?
—Nada.
César no hizo caso de mi réplica. Su mirada estaba fija en el camino. Cada vez que veía a lo lejos la menor sombra de caballero, cuya silueta se dibujaba en tono más oscuro sobre el azul horizonte del lánguido paisaje, se levantaba sobre los estribos y hacía chasquear la lengua de impaciencia.
Bien entrada la tarde seguíamos galopando. Yo me sentía fatigada. El polvo se adhería a mis mejillas. Vi con agrado los grandes pinos que anunciaban el lindero del pueblo en el que teníamos que cambiar de montura.
Hicimos alto en una posada de pueblo. Me apeé en el acto, sin ayuda de nadie, César, con agujetas a causa del galope, tuvo sus dificultades para descender de su montura. Yo me burlé un poco de él y entré la primera en la sala del albergue.
Habíamos convenido que, mientras aparejaban los nuevos caballos, tomaríamos una buena colación.
La obesa posadera puso sobre la mesa pescado frío, queso de cabra, una gran hogaza y vino de Trebiano. La sala estaba oscura, tibia, impregnada de olor a cebolla. Las celosías dejaban filtrar rayos de luz cegadores. Del exterior nos llegaban el golpear de los cascos y los gritos de los palafreneros. De vez en cuando, cantaba un gallo.
Sin dejar de comer, César se dejaba llevar por su afán de comunicar sus impresiones.
—¡Lo alcanzaremos!
Y un poco más tarde:
—Aunque tenga un plan perfecto, versátil como es, cambiará de opinión. Perderá tiempo. El hombre que tiene miedo corre menos de lo que se cree.
Buscaba una aquiescencia por mi parte y tal vez también información. Yo comía. Mi apetito lo asombraba.
—No nos detendremos durante la noche —prosiguió.
Sin dejar de comer queso, yo pensé que una persecución llevaba a cabo por César se presentaba, en efecto, más rápida que una fuga vivida por Sforza. Además, la perspectiva de una noche sin sueño me parecía tanto más amarga cuanto que las contusiones de la víspera, avivadas por el galope, volvían a molestarme.
—Aquí tienen algo bueno —anunció la posadera gorda, depositando sobre la mesa una masa rojiza, con una pasta amarilla, que pretendía ser un pastel.
—Es un pastel de cerezas, ¿no crees? —preguntó César.
—Más bien parece un pastel de moscas.
Las moscas se arracimaban, arrastrándose con su zumbadora glotonería por los relieves que ofrecía el pastel. Algunas se habían ya sumergido en la masa. De todos modos, César quiso cortarlo. Yo no pude reprimir una mueca de asco como si la hoja del cuchillo, al mismo tiempo que la pasta, fuese a cortar las moscas.
Al mismo tiempo me repugnó la gente, desde mi marido que huía de César, hasta César que perseguía a mi marido. Estaba demasiado inclinada a la poesía, que a escondidas leía en San Sixto para que la vida que llevaba desde hacía algunos años no me descorazonase. De pronto, en el momento que la hoja del cuchillo se hundía en el pastel, tuve la certidumbre de estar en trance de equivocar mi vida. Yo me sentía capaz de soportar un gran dolor, un amor desgraciado, una trágica separación, como se lee en Dante y Petrarca. Lo que me asqueaba era lo mezquino de mis sentimientos. Si hubiera odiado a Sforza o si lo hubiese querido, la persecución habría tenido algún sentido para mí. De su resultado hubiera podido esperar grandes emociones, la dicha o la muerte. Y lo que estaba haciendo era comer con un hermano decidido a matar a mi marido, sin que la suerte de éste me inspirase más que un suspiro que significaba aproximadamente: «Espero que saldrá con bien; pero si no lo consiguiese, bien merecido lo tiene.»
Duró poco el momento en que dudé de las razones que me quedaban de vivir. Apenas César tuvo tiempo de cortar una rebanada de pastel. Su mano quedó suspendida en el aire y yo tuve un sobresalto.
El clamor procedía de fuera. Al principio fue imposible de aclarar, en el concierto de alaridos, a los que se añadía el chasquear de los látigos, el patalear de los cascos y el chirriar de las carretas, la parte que correspondía al miedo, al odio o al furor.
De un salto, César se puso de pie, daga en mano. Corrió hacia la ventana. Yo temí un ataque, como él. Pero ¿quién iba a atacarnos? Sforza no contaba con partidarios dispuestos y los Orsini no podían haber previsto nuestro paso. ¿Serían bandoleros?
La risa de César no me tranquilizó. Yo sabía bien que a César le hacían reír las cosas más terribles. Me uní a él en la ventana, de la que había quitado la celosía. La luz de la blanca plazoleta me deslumhró de pronto. Después pude ver a un campesino que vociferaba con un bastón en la mano. Corría alrededor de una pequeña carreta verde, de esas pintarrajeadas con motivos piadosos, que se ven a menudo en el país. Estaba cargada de hierbas y la yegua castaña que estaba uncida a ella relinchaba de terror, con las patas temblorosas y la grupa tan baja que los fardos de hierbas se le venían encima.
Me incliné y entre la carreta y el patio de la posada pude ver un hermoso caballo blanco destinado a César que daba vueltas con tres palafreneros aferrados a sus crines y bridas.
Se encabritó con tal violencia que uno de los palafreneros fue derribado y rodó por el suelo, aturdido. Con un terrible relincho, la bestia trató de lanzarse sobre la carreta, pero otros dos caballos, con sus caparazones, escapando a los guardias que los sujetaban y vociferaban también a grito pelado, le cortaron el camino. Hubo una pelea feroz.
La batalla de los caballos me pareció absurda y magnífica. Uno de ellos, enteramente negro, alzándose sobre sus patas traseras, entre el cabrilleo de su gualdrapa oscuro y plata y los destellos de la silla, parecía apretar con sus patas al caballo blanco que le mordía el cuello. Pero fue el blanco el que se impuso, apartándolo.
Habían acudido otros guardias, que se arrojaban sobre las bestias. Elevábanse columnas de polvo.
—¡Dejadlo! —gritó César.
Los soldados se volvieron hacia éL Con los brazos en jarras, añadió:
—Y a ella, desenganchadla.
Dos guardias se lanzaron sobre la carreta y desuncieron la yegua mientras un tercero apartaba a puntapiés al labriego que protestaba.
—¡Vamos a reírnos! —exclamó César.
Los hombres se volvieron hacia él y se echaron a reír, excepto los rencos que se batían en retirada hacia el patio.
Al verse libre, el caballo blanco se dirigió con un trote circular hacia la yegua. El caballo negro quiso lanzarse sobre él todavía, pero los guardias lograron arrastrarlo hacia el patio y, durante un minuto, la plazoleta se convirtió en un ruedo, en un palenque donde debía desarrollarse un combate, pues el pavor de la yegua me hizo creer en una de aquellas luchas sangrientas que a César le gustaban tanto, entre gatos furiosos o entre toros bravos.
El caballo blanco se irguió. Por un momento corrió al lado de la yegua. Después empezó a dar vueltas a su alrededor. Yo creí que la mordía con furia, pero no tardé en adivinar una especie de caricia en sus dentelladas. Un momento la empujó con la frente. Tres veces se irguió sobre sus patas con un profundo relincho. La yegua bajaba cada vez más la grupa, con los flancos palpitantes, exhalando un sordo gemido, abriendo los lomos.
«¡Qué tonta soy! —pensé—. No se trata de una batalla.» En mi infancia había estado a punto de asistir a escenas de aquel mismo género en las caballerizas o los establos. Era de aquella manera como las bestias se reproducían, según me habían dicho lacónicamente. Y me habían apartado para ocultarme el final. Recordaba también el verso de Virgilio sobre las yeguas fecundadas por el viento. Pero esta vez estaba impresionada por la belleza del espectáculo. Había tanto deseo en el magnífico furor del caballo como en la espera quejumbrosa de la yegua.
Varias veces el caballo se dejó caer sobre ella, que hurtaba el cuerpo. El caballo parecía de plata, pues el sudor corría por su pelaje blanco y relucía al sol. Detrás de él, en el suelo brillaba una raya de espuma como se ve en las playas.
En las puertas de las casas aparecieron unas mujeres santiguándose horrorizadas. Una de ellas entró en la iglesia. Sin duda, encontraba inconveniente que ante un lugar sagrado se desarrollase aquel acto natural. Por lo que a mí se refiere, estaba demasiado emocionada para indignarme. Estaba temblando como la yegua. Mi frente transpiraba como la del caballo blanco. Cuando el vencedor empezó a poseer a su presa, mi corazón se puso a latir al mismo ritmo.
—Ahora va bien —gritó César—. Acabad de ensillar los otros en lugar de mirar como si nunca hubierais visto cosa igual, partida de holgazanes.
Se volvió hacia mí. Sus ojos reían.
—¡Era hermoso! —murmuré—. ¡Lástima que nosotros estemos hechos a imagen de Dios!
Su frente se surcó de arrugas, entornó un ojo y me miró con aire burlón.
—¿Qué quieres decir con esto?
—Que los animales, que se ven dominados por los instintos, al contrarío de nosotros que lo estamos por el espíritu, pueden... quiero decir que se ven obligados a expresar sus sentimientos por otros medios que nosotros.
—¿Eh?
—Es más salvaje, más brutal, más bárbaro —repuse, arrebatada por mi idea—, pero tiene cierta belleza. Nosotros nos hemos llegado a vestir con elegancia, hacemos versos, tenemos un alma, pero creo que perdemos algo...
César me contemplaba con una expresión abatida.
—¿Qué es lo que perdemos? —preguntó.
—Tal vez me explico mal, es demasiado sutil para vos —dije con impaciencia—. Indiscutiblemente tengo el derecho, a la vez que me felicito de nuestras artes y de nuestra civilización, de deplorar que el hombre y la mujer no puedan...
—¿Qué?
Yo estaba asombrada, no tanto de la incomprensión de mi hermano como de su paciencia. Generalmente, cuando mi hermano Gandía me escuchaba con gusto y mis peque ños discursos le parecían ingeniosos y originales, César me trataba de atolondrada o afectaba hablarme ceremoniosamente como a la poetisa de los Borgia. Ahora bien, esta vez, su interés no decaía.
—¿No puedan qué? —repitió.
—Acercarse, abrazarse de este modo. En suma, entre un hombre y una mujer, no hay más que el beso. Es un poco travieso.
—¡Espera! ¡Espera! No hables tan de prisa. Voy a repetirte lo que me has dicho y tú vas a indicarme si he comprendido bien.
Su rostro se apasionaba. Se dejó caer en un escabel que estaba cerca, me cogió la mano y articuló como alguien que repite una lección muy precisa:
—Según tú, el hombre y la mujer no tienen otro medio de probarse su amor que besarse en la boca. ¿Es esto lo que has dicho?
—Sí.
—¡Espera! Y deploras que la ceremonia a que acabas de asistir sea imposible para la especie humana. ¿Es esto? Contesta sí o no.
Yo me encogí de hombros.
—¡No me digasI Estoy muy lejos de burlarme de tL He reflexionado mucho en dos minutos. El primer lugar, me he dicho: «¿Qué historia ridicula se le está ocurrien» do?» Después me he dicho: «Dios mío, es que...» Me he resistido a creerlo. Era increíble. Y todavía no estoy convencido del todo. Concédeme un minuto de respuestas claras. Entre Juan Sforza y tú...
Oyéronse irnos pasos en la entrada de la sala. César se folvió.
—Monseñor, los caballos están listos —dijo el guardia.
—Así revientes tú y los caballos. ¿No ves que estoy hablando?
El hombre desapareció rápidamente y César me sonrió como a una niña de la que se espera sacar una informa—ción, a fuerza de paciencia.
Yo estaba aturdida.
—Entre Juan Sforza y tú —repitió — hubo una ceremonia la noche de bodas. Os tocasteis las rodillas o algo parecido, ¿no es cierto? Tú eras demasiado niña. Tenías trece años, ¿no es así? Bien. De esto hace cuatro años. ¿Y después que ocurrió?
—¿Cómo qué ocurrió?
—¿Cuándo empezasteis a dormir juntos?
—Nunca.
Apretó tanto la mano que estuvo a punto de romperme los huesos de la muñeca.
—¿Cómo te atreves a mentir así? La última noche, ¿no estaba acostado en tu cama?
Habla olvidado mi mentira y rectifiqué:
—La última noche se acostó conmigo porque tenía miedo.
—¿Esto es todo?
—Sí.
Entornó los ojos, como en un esfuerzo de rebuscar en su memoria.
—Sin embargo, me habían dicho que en Pesaro, molesta precisamente por su poca asiduidad, le habíais dado a beber un filtro y habíais quedado satisfecha.
—Aquella noche me besó y después me mandó a mis aposentos. Y, no obstante, no era mucho lo que le pedia. Sencillamente, que compartiese mi lecho, como hacen los demás maridos.
—¡Así, pues, eres virgen! —exclamó.
—No lo soy, puesto que estoy casada.
Se levantó y respiró a pleno pulmón. Después me cogió por los hombros.
—Sólo me quedaba un punto oscuro —murmuró, con expresión radiante y animosa—, y acabas de aclararlo. Recuerdo las cartas que escribía a Ludovico el Moro. No había engaño. Le repetía: «Procedo de modo que si la situación llega a ser insostenible, podáis volver a casarme con una familiar de alguno de vuestros aliados.» ¡Asi procedía! Es decir que no procedía de ningún modo sabiendo que el solo motivo de divorcio es la no consumación del matrimonio. Ahora nada me cuesta imaginármelo, primero repitiéndote que eras demasiado niña. Y después, al darse cuenta de que seguías siendo inocente, prosiguió su juego en espera de que la situación política se aclarase. Pero de esto vamos a aprovecharnos nosotros.
No cabía en sí de gozo. Me cogió por la cintura y me levantó en volandas.
—Me molestaba tener que matarlo. Y no es que me agradase, aunque nunca pude soportarlo. Pero este asesinato me hubiera sido atribuido y habría causado mal efecto. En cambio, un gran proceso de divorcio probará el respeto que tenemos por la legalidad y, además, me proporcionará una buena ocasión de ponerle en ridículo. Europa se va a reír al saber que el sobrino de Ludovico el Moro es impotente. ¡Magnífico!
Y como si fuese él el autor de la situación creada, añadió:
—Maquiavelo va a estar orgulloso de mí.
Me cogió por la nuca y me dijo al oído:
—Además, voy a hacerte una revelación, preciosa. No sólo los caballos...
Yo me aparté.
—¡Gracias! —le dije furiosa—. Hace un rato que lo he comprendido.
Vació de un trago lo que quedaba en su vaso y lo tiró al suelo apisonado, donde quedó hecho añicos, arrojó una moneda de oro a la posadera, se precipitó hacia fuera como un poseído, besó el caballo blanco que estaba aún cubierto de sudor, y se puso a dar voces en demanda del campesino a quien pertenecía la yegua. Al aparecer éste, arrastrado por un guardia, implorando piedad, le arrojó una bolsa repleta de ducados.
Después montó en su caballo.
—De todos modos —les gritó a los de la guardia—, no se puede forzar a nadie a aceptar una invitación para asistir a una cena. ¡Tanto peor para Juan Sforza! Vamos a cenar prescindiendo de él, en Roma.
Los guardias hicieron volver grupas a sus monturas.
Yo cabalgaba ya y ni siquiera me daba cuenta de que el descubrimiento de mi virginidad acababa de salvar a mi marido. Sencillamente ya no pensaba en él. El caballo trotaba delante de mí, pero yo lo seguía viendo alzado sobre sus patas traseras, galante y furioso. Era mejor que mi hermano no se volviese hacia mí, porque se habría burlado de mi rubor. Me sentía feliz de que nadie pudiera adivinar la idea que me obsesionaba: el beso. El beso que Pedro me había dado, sólo era el preludio del gran acontecimiento que, en algún momento, todo mi ser había presentido.
El día era hermoso. El crepúsculo nos envolvía. Como mi cuerpo estaba fatigado, yo lo sentía latir desde las rodillas hasta los hombros, y sabía que era deseable.