CAPÍTULO XIII
LA RESPUESTA DE SANCHA
—Empezaba a alarmarme —dijo Cervillón.
El príncipe le dio las gracias con un gesto y murmuró:
—Volvamos a palacio.
A un silbido de Cervillón, la escolta apostada en la callejuela, surgió de la sombra. Alfonso se apoyó en el primer peldaño de la puerta lateral por donde había salido y montó a caballo
—He entrado cuatro o cinco veces en la iglesia —dijo Cervillón—. Os he visto. No parecía que tuvieseis necesidad de ayuda.
—No, gracias...
La sombra invadía Roma. Las torres parecían oleadas de oscuridad que cubrían los techos y profundizaban las calles. En las ventanas brillaban luces. Sin embargo, el cielo permanecía cálido y sólo brillaban una o dos estrellas. Las tribunas, los estrados y los arcos de triunfo dormitaban entre el oro pálido y las oriflamas. Habían terminado las fiestas de la tarde y no habían empezado aún las de la noche.
El mutismo del príncipe había impuesto silencio a su escolta. Hasta que divisaron el Vaticano, Cervillón, que cabalgaba a su lado, se arriesgó a preguntar:
—La mujer que he visto salir un minuto antes que vos... Su cabeza se ocultaba en el manto, pero me ha parecido que era Lucrecia Borgia.
—Sí —cortó Alfonso de Aragón—. ¿Qué tiene de particular que dos personas que van a casarse el día siguiente sientan el deseo de hablar a solas?
—¡Nada de extraño, claro! Lo que me ha sorprendido es que...
Titubeó y añadió:
—A pesar del manto me ha parecido que estaba muy conmovida. La mora tuvo que ayudarla a montar y creí que no lo lograba. Y, sin embargo, es una buena amazona.
Se hizo un corto silencio solamente interrumpido por el ritmo de los cascos de las monturas.
—No sé qué pensar —murmuró de pronto Alfonso de Aragón—. Tan pronto me siento feliz como un imbécil, como...
—La condición de consejero ofrece muchos inconvenientes —observó Cervillón—. Se os piden consejos para no seguirlos o para darse el gusto, si se ha seguido y el resultado no ha sido bueno, de cargar con la responsabilidad sobre las espaldas del consejero. Por otra parte, esta clase de consejos no deben pedirse. Se suspira, se sueltan algunas palabras y se espera ayuda sin pedirla. Entonces tí pobre consejero se lleva las manos a la cabeza y...
—Debe bastarte con saber que ella me ha hablado y... —Ya lo sé que os ha hablado. La conversación ha durado más de tres horas.
—Me ha hablado y por el momento la he creído. Ahora, me estoy preguntando a mí mismo...
—Ahora me estáis preguntado a mí —exclamó Cervillón burlonamente.
Dejó de reírse, detuvo su caballo y contempló a su joven señen*.
—¿Estáis enamorado de Lucrecia? —preguntó con calma.
Al ver que el príncipe De Aragón no contestaba, volvió a sonreír.
—¡Caramba, ha sabido hacerlo! ¡Y de prisa! La habéis visto hace seis horas en el salón del Papagayo, la habéis despedido y hasta humillado. Os habéis encerrado en vuestro aposento para pensar mejor en el horror de vuestra unión. Os ha contado su historia a la sombra de una iglesia y he aquí que descubro en vuestros ojos el hechizo un poco bobo de una pasión que acaba de nacer. Yo estoy encantado, puesto que he tenido el honor de ser uno de los artífices de esta boda necesaria, que no esperaba, sin embargo, que os agradase hasta tal punto.
—No eres buen fisonomista —dijo apaciblemente Alfonso de Aragón—. No estoy enamorado de ella desde que he salido de la iglesia. Lo estaba ya esta mañana cuando me has despertado. Lo estaba aún más esta tarde, pero con un amor desesperado. Lo estoy esta noche con angustia porque estoy pasando de la esperanza a la desesperación.
Los caballos se adentraban ruidosamente por las bóvedas del Vaticano.
—Esto es un enigma —observó Cervillón.
—No. Quien se está debatiendo en un enigma soy yo. Y quisiera que me ayudaras.
—Ya estamos en ello.
—No tengo tiempo de comprobar lo que me ha dicho Lucrecia. Y deseo creerlo. Si en vez de tener yo diecisiete años, tuviera quince, la creería.
Y añadió con una débil sonrisa:
—Sin duda, estoy ya corrompido como un adulto. Soy un escéptico, o mejor dicho, me esfuerzo en serlo. Y tengo que decidirme. Y no tengo tiempo, ¿comprendes?
—No lo comprendo, pero seguid vuestro camino.
La conversación terminó en el aposento de Alfonso de Aragón.
—Ésta es la cosa —concluyó el joven—. Lucrecia explica su mala reputación por la confusión causada por unas palabras de César que, refiriéndose a otra persona, se ha creído que aludían a Lucrecia. Ella se ha negado a revelarme el nombre de esa persona. ¿Por delicadeza? Quiero creerlo así; estoy seguro de ello. Por lo menos, en la oscuridad de la iglesia estaba seguro. Pero dentro de este palacio uno se vuelve desconfiado y bajo tu mirada burlona estoy más dispuesto a creer en la mentira que en la virtud. Y entonces me pregunto si ha callado el nombre por discreción o por...
—O porque había inventado la persona y ha creído más prudente no inventar un nombre además. En efecto, la cuestión vale la pena de ser planteada. Y queréis de mí que busque si, entre los allegados de los Borgia, existe alguien que corresponde a las señas que Lucrecia os ha dado en su relato. Alguien capaz de asumir semejante papel.
—Sí. Parece que se trata de una mujer joven, maravillosa y licenciosa. Para que la confusión haya podido tomar cuerpo, se debe dar la circunstancia que dicha persona haya podido cometer... un incesto con César y con Gandía. Esto restringe mucho el campo de la indagación. Debe, además, haber salido clandestinamente del Vaticano ayer noche. No me contestes a la ligera. Vete. Si encuentras algo, me despiertas si duermo..., pero creo que no dormiré.
Alfonso de Aragón se echó en la cama sin quitarse la ropa y, en efecto, no pudo conciliar el sueño. Por las angostas ventanas de su aposento, veía unos rectángulos de cielo sombrío y profundo. Desde Roma llegaban las mismas explosiones de regocijo que la víspera. Una mariposa grande se puso a aletear alrededor del candelabro. «Está fascinada como yo», me dije. Un chisporroteo, y la mariposa con las alas abrasadas cayó al pie del candelabro. El príncipe De Aragón cerró los ojos y vio los de Lucrecia. En la oscuridad de la iglesia los había adivinado mejor que visto. A veces, solamente eran unas manchas oscuras y, gracias a las palabras de Cervillón, comprendía ahora que, en ciertos instantes de su relato, debía ocultar la cara detrás del manto. «Era como un cielo sin estrellas», pensó.
Cuando la silueta de Cervillón se recortó tras el halo de luz dorada que proyectaba el candelabro, se preguntó de pronto cuánto tiempo había estado delirando sobre el lecho de terciopelo.
En el rostro de Cervillón se leía la duda. Alfonso de Aragón tuvo miedo y se batió en retirada hacia la ventana. «No quiero saber nada —pensó—. La quiero, ésta es la verdad. Si ha inventado un sinfín de excusas, tanto peor. Soy tal vez el más infame, pero también el más feliz de los hombres, porque quiero a Lucrecia y me caso con ella.» Sólo tenía una idea: evitar las revelaciones de Cervillón.
—Hace calor —dijo—. Las noches de Roma son más bochornosas que las de Nápoles, me parece.
Cervillón, sorprendido, se callaba.
—Es que en Nápoles disfrutamos del mar —prosiguió Alfonso de Aragón por decir algo.
Luego, tímidamente, propuso:
—Tal vez mejor seria dormir. La ceremonia de la boda empezará temprano.
—No demasiado —replicó Cervillón.
—Quise decir que hay que contar con el tiempo de prepararme...
No terminó. Cervillón adivinaba la molestia que estaba experimentando el príncipe. Se inclinó y dio un paso atrás insinuando la retirada. Entonces Alfonso de Aragón profirió un grito...
—¡Quiero saberlo todo! —rugió con las mandíbulas contraídas—. Vamos, habla...
Cervillón se humedeció los labios con la lengua.
—No te atreves, ¿verdad? —murmuró Alfonso de Aragón—. ¿No te atreves a decirme que ha inventado una mujer que le cubriese a ella? Y si ha mentido en esto, ha mentido en el resto. Es lo que tienes que decirme, ¿no es cierto?
—No.
—¿Ha dicho la verdad? —preguntó Alfonso de Aragón como en un susurro.
—Probablemente, pero...
Un destello de triunfo brilló en la mirada de Alfonso de Aragón. Pero se ensombreció al instante.
—¿Qué hay entonces?
Cervillón hizo el ademán resignado del hombre que juega su última carta.
—¡Vos lo habréis querido...! La mujer existe. Y ayer salió clandestinamente, esto es verdad también. Todo parece indicar que ha otorgado sus favores a César y a Gandía. Y esta complacencia era, en efecto, un incesto.
Se detuvo.
—Os lo garantizo. ¿Os basta esto?
—¡Quiero saber el nombre de esa mujer!
—Si he de hablaros con franqueza, el nombre me vino a los labios hace poco al exponerme los hechos por vuestra parte. Pero he querido comprobarlo para descargo de mi conciencia. Es un nombre que no querría tener que daros.
—Es un nombre que me vas a dar ahora mismo.
Cervillón exhaló un suspiro de resignación y dijo:
—Vuestra hermana Sancha.
El príncipe De Aragón se disponía a abalanzarse sobre él, con las facciones desencajadas por la ira. Cervillón aguantó a pie firme.
—Sancha —prosiguió fríamente —se casó con Joffre, el hermano de Lucrecia, cuando éste tenía trece años, no lo olvidéis. Era un muchacha aventajada. Conocéis su carácter mejor que yo. Ni la timidez ni el respeto de las convenciones han logrado retenerla jamás. César y Gandía la cortejaron, incitados por una belleza que había subyugado a Roma. La llamaban «la Lucrecia morena». Cedió a los dos y, al parecer, se ha divertido bastante con sus celos. La cosa nunca ha trascendido de los medios discretos del Vaticano. Sin embargo, es probable que cuando César se excusaba de haber cometido un incesto pensara en su cuñada Sancha y si realmente fue César quien mató a Gandía no es imposible que lo hiciese a causa de vuestra hermana. Yo había oído ya algo de esto en boca de Giovanni Alberto della Pigna, pero hice oídos sordos. En los tiempos que vivimos, si se quiere llegar a viejo, hay que saber ignorar hasta lo que es claro como la luz del día. Pero, por daros gusto, acabo de hablar con mi amigo Sañudo y, según me ha dicho, la culpable es Sancha... Pero el pueblo
desea que sea Lucrecia y hay que dejar correr la bola, tanto más cuanto César prefiere esta versión de los hechos.
Cervillón saludó y se dispuso a salir.
—¡No te vayas!
—Creí que la verdad que me habéis obligado a decir os habría enojado.
—Lo que me enoja es la ruín alegría que me invade al pensar que la infame es Sancha... Que no es Lucrecia, sino Sancha... Bien sabes que pocas veces un hermano y una hermana han estado imidos como Sancha y yo. ¡Mi pequeña Sancha! ¡Ya ves lo que Roma ha hecho de ella!.
Retrocedió pasándose la mano por la frente.
—Lo más espantoso es que he llegado a desear que la culpable fuese mi hermana. Y sólo temo que te hayas engañado. Pronto he aprendido lo que es el amor.
En aquel momento, Alfonso de Aragón quería estar solo y no retuvo a su amigo. Se puso a andar de un lado para otro sin cesar. Roma se calmaba y una ráfaga fresca penetraba, por fin, por las ventanas. «Es estúpido, pero voy allá», se dijo Alfonso.
Al verse perdido por los corredores, pensó que era más estúpido aún. Trató de recordar lo que le había dicho su hermana, por la tarde: «Ven a verme. Mis aposentos están a cuatro pasos. Tomas por la gran galería y luego...»
El príncipe De Aragón llamó con los nudillos en la puerta que le pareció la indicada. No obtuvo respuesta. Volvió a llamar y luego hizo girar el pomo. A sus ojos se ofreció una vasta pieza iluminada por la pálida luz de una lámpara de mariposa. Dos mujeres estaban durmiendo. Había también unos perritos. En medio del aposento, un inmenso barreño. Al fondo, una puerta entreabierta. Ninguna de las dos mujeres es Sancha. Están suspirando, una contra otra, los hombros desnudos, el rostro trasudado. Alfonso de Aragón está agitado y piensa que obra como un ladrón.
Pero ha atravesado ya la pieza y asoma la cabeza por la entreabertura de la otra puerta. Se encuentra con una pieza aún mayor, en la que reina un gran desorden. Adivina más bien que ve, ropa, chales y vestidos sobre cojines desparramados por el suelo. Encima de un cofre una seríe de tocados están colgadas en sus perchas. Distingue vasijas de jaspe transparente que contienen un batiburrillo de agujas, botones cincelados y lazos.
Una mujer joven está echada en un lecho realzado, cuyas sábanas arrojadas violentamente penden hasta el suelo como velas. Alfonso de Aragón no distingue su rostro. Está acostada boca abajo, desnuda, con la frente hundida entre los codos sobre los que se esparce un arroyo de pelo negro y alborotado.
El sofoco del aire se acentuaba por la densidad de los perfumes que reinaba en la pieza. La piel mate de los costados de la joven brillaba de sudor. Sus muslos estaban entreabiertos, y uno de sus pies buscaba un poco de frescor en el borde extremo de la cama.
Alfonso se acercó titubeando. Su joven sensualidad, que se había despertado la noche anterior, no le permitía permanecer insensible ante aquel cuerpo femenino que le recordaba las emociones en las que acababa de ser iniciado. Al mismo tiempo se reprochaba ser infiel a Lucrecia, siquiera fuese de pensamiento. Lo era menos de lo que creía, pues al contemplar las caderas que se le ofrecían a la vista, la grupa y la comba de los costados, que subía por el torso turgente hasta morir en los redondos hombros, pensaba en Lucrecia y hacia ella se dirigía la oleada de deseo que le invadía.
Sobre una mesita baja, entre joyas esparcidas en desorden, reconoció los pendientes de oro cincelado cargados de rubíes engastados formando flores, que él mismo había ofrecido a Sancha como regalo de boda.
Sentíase arder. Hizo un gesto vago que no significaba nada. Haber sorprendido a Sancha en su lecho y haber sentido deseo le parecieron, a pesar de ignorar la identidad de la durmiente, casi un crimen. Dio un paso atrás tan pesadamente que la mujer exhaló un gemido y se volvió.
—¿Quién es...? —preguntó sin asustarse—. ¡Dios mío! ¿Eres tú?
Se había incorporado, sonriente en la penumbra, con los párpados entornados, y estiró los brazos. Alfonso de Aragón cogió una prenda de ropa que le vino a mano y la echó sobre ella.
Sancha se rió.
—Es verdad. ¡Estaba desnuda! No había pensado en ello, pero tú proteges mi pudor, guapo. Y lo has hecho con un bello gesto de pescador echando las redes. Bueno, ¿no me dices nada? Debes saber que en Roma hay que tener presta la réplica, que debe lanzarse insolentemente o galante, a elegir, o erudita. También se lleva mucho la erudición. Yo te comparo a un pescador; tú puedes compararme a una sirena. Has visto bastantes, como para que no sepas esbozar un cumplido... a menos que seas insensible a las morenas... aunque sean de ojos azules. Esto es que el rubio prestigio de Lucrecia ha hecho ya su efecto. Es comprensible. Si yo hubiera sido hombre, con sólo ver el fulgor de la tez de Lucrecia, me hubiera entrado el diablo en el cuerpo. Bueno, ¿qué? ¿Tengo monos en la cara? ¿Por qué me estás mirando así? Yo soy la que me he despertado sobresaltada y eres tú el que pone un cara atontada de muchacho a quien se arranca de la cama. Pero, mira cómo vas vestido. Llevas el jubón torcido.
—Perdona que te haya despertado tan brutalmente —articuló Alfonso de Aragón—. Debes estar sorprendida de mi visita en plena noche.
—En realidad, sí. No sabía que los paseos nocturnos entrasen en tus costumbres. Pero no me sorprendo fácilmente. Soy animal de noche, como las gatas. Siéntate, ya que estás aquí. No, en el taburete, no; lo vas a revolver todo. Espera que me haga un poco para allá. Bueno, ya está. Siéntate en el borde de la cama. ¿Sabes que esperaba tu visita?
—No me digas. Acabo de decidirme ahora mismo y no sé qué te ha podido hacer pensar...
—Vamos, es muy sencillo. Te casas mañana... Y a propósito, ¿qué te parece mi traje? Está ahí, sobre el sillón, ¿lo ves? Está listo y sólo espera mi cuerpo. Creo que no desentonaré en la ceremonia, ¿no lo crees así? ¿Qué te estaba diciendo? ¡Ah, sí! Esperaba que vinieras a pedirme mi opinión sobre Lucrecia y algún consejo sobre el modo de tratarla. Es muy natural. Eres mi hermano y ella es casi mi mejor amiga.
Se había estirado en la cama, perezosamente. Seguía con los ojos entornados y contemplaba a su hermano con aire burlón.
—O has cambiado mucho, muñeco —prosiguió—o si sigues siendo el mismo que yo conozco, debes estar terriblemente intimidado. Lucrecia es una mujer de lujo bastante célebre para que un muchacho joven como tú se pregunte si estará a la altura.
Se rió sordamente y observó con voz enronquecida:
—Por otra parte, es verdad. Tienes el mismo aire preocupado que tenía yo la víspera del día en que debía montar a Alí, el maravilloso caballo que Djem me trajo de Turquía. Yo me decía: «Un caballo tan hermoso y tan raro es quizá demasiado para mi arte de amazona.» Esto es lo que tú te estás diciendo, poco más o menos. Confiésalo, Alfonso.
Alfonso de Aragón se había ido recobrando poco a poco de la emoción experimentada al entrar en el aposento y de la que se había reprochado con horror. «Después de todo —pensó—, ya que he cometido la tontería de dejarme caer en los aposentos de mi hermana en plena noche, para comprobar la verdad de las palabras de Lucrecia y la indagación de Cervillón, lo mejor es proceder al interrogatorio. Es tarde ya para retroceder.»
—Tienes razón —dijo—. He venido a hablarte de Lucrecia.
—¿Te gusta? —preguntó Sancha en voz queda, entre dientes como lo hubiera hecho una mediadora.
El príncipe prosiguió:
—Me gustó desde el momento que la vi, aún antes de serme presentada... Fue la noche de mi llegada. Yo estaba en mi ventana. Anochecía.
Hizo una pausa y respiró hondo, inquieto por el temor de no saber mentir con bastante soltura.
—Sí, te vi a ti paseando por el jardín. Te llamé, pero no me oíste. La joven que te acompañaba era tan encantadora que no pude por menos de preguntar su nombre a uno de mis escuderos. La muchacha se ofrecía a la luz de una linterna y mi escudero la reconoció: era Lucrecia.
—¡Ah, sí! ¿Anoche? En efecto, salimos a dar un paseo por el jardín.
—Quise reunirme contigo y bajé. Vi a Lucrecia, pero estaba sola.
Sancha se rió silenciosamente.
—Guarda para ti lo que voy a decirte. Me esperaban en otra parte. Me escabullí por una portezuela. Le había pedido a Lucrecia que me acompañara para dar la impresión de un paseo al claro de luna. Espero que no te escandalices por ello... No serás tan ingenuo.
—No.
Su corazón latía fuertemente. Sobre el particular, Lucrecia no había mentido. Pero todavía faltaba aclarar el resto.
—He visto un retrato del duque de Gandía. Le he encontrado un gran parecido con Lucrecia —lanzó.
—No mucho. Ni son los mismos ojos ni el mismo pelo, pues el de Gandía era más bien castaño. Y además, un aire completamente diferente.
Sonrió con placentera tristeza.
—Era encantador. Mucho más presuntuoso que Lucrecia. El tipo de hombre que, al entrar en un salón y sorprender una mujer sonriendo, inmediatamente cree con la mayor buena fe del mundo que le sonríe a él. Tenían los dientes igual de hermosos, pero más mordientes los de Gandía. Pero no tenía los mismos ojos que ella. ¿Has observado ese azul casi blanco de los ojos de Lucrecia? Con todo, Gandía era muy guapo. Demasiado para llegar a viejo. Por otra parte, un Gandía viejo es algo inimaginable. Era alocado... muy alocado. Yo lo llamaba mi pequeño Alcibiades.
—¿Lo amabas?
—Depende.
—¿Depende?
—Depende de los motivos que tengas para interroga»—me. Si es un interrogatorio policíaco, te diré que quería a Gandía como una cuñada debe querer a un cuñado.
Se interrumpió cogió dulcemente la mano de su hermano y apoyó la cabeza en su hombro.
—Soy una estúpida. ¿Por qué me estoy enojando? Hace años que no nos hemos visto. Y es natural que nos contemos nuestras aventuras, que sientas curiosidad por las mías. Sé a dónde quieres ir a parar. Alguien te habrá dicho, sin duda, que quise a Gandía como no debe querer una cuñada a su cuñado.
Alfonso de Aragón carraspeó. Había pasado de interrogador a interrogado. Con todo, nada saldría ganando haciéndose el desentendido.
—Sí.
—Bien. Puedes considerar esta calumnia como... verdadera. Pero no olvides que te has metido en un terreno resbaladizo. Hasta para ti, es peligroso abordar semejante tema. César no estaría contento si supiera que estamos hablando de esto.
—Creo —observó el príncipe De Aragón con voz neutra— que eres la mujer de Joffre, no la de César.
—Vaya, ya salieron los reproches.
—¿Se te pueden hacer igualmente por tu actitud con relación a César? —preguntó Alfonso de Aragón con un nudo en la garganta.
Una confirmación de Sancha significaba la absolución de Lucrecia. Al mismo tiempo, el príncipe De Aragón rememoraba a su hermana de unos años antes, la muchacha pura, reservada, sin coquetería, tan muchacho como él mismo. «He aquí lo que han hecho de ella», pensó.
Como contestando a los pensamientos de Alfonso, Sancha dijo con una especie de gravedad:
—Hay algo que nunca he querido aprender en Roma: la hipocresía. Hubiera podido protestar al oír el nombre de Gandía y refugiarme en la sana y santa cordialidad de los sentimientos familiares. Podría contestarte que si me encuentro a veces con César es porque es el hermano de mi marido y tengo deberes que cumplir con él. Podría citarte el nombre de mi marido a cada paso y fingir la más ingenua fidelidad hacia mi señor y dueño, a pesar que mi marido sea un crío de dieciséis años, con más afición a los bolos y a adornar su sombrero con plumas o a cazar pájaros que a interesarse por las mujeres en general y por la suya en particular. ¿Te parece natural que a mis diecisiete años, cuando empezaba a arder mi sangre, me hayan casado con un muchachito de once o doce años? Procura considerar de más cerca tus prejuicios. En realidad, una muchacha puede defenderse porque todo contribuye a defenderla. Desde mi matrimonio con ese muchacho, que por otra parte siempre estaba ausente, me trataron como una mujer y me cortejaron. Lo natural es, por tanto, que cediera a las solicitudes de quienes me rodeaban. Esto es todo.
—Admitámoslo. Pero ¿te parece natural haber cedido a las solicitudes... de seres tan allegados, de tus familiares?
Sancha exhaló un suspiro cínico:
—No soy una mujer complicada. Gandía y César eran muy guapos. Y eran los dos hombres que podían estar a mi lado con mayor facilidad. Me los encontraba a cada paso. Podíamos hablar a solas. ¡Oh, no creas! También a mí me horrorizaba ese feo nombre de incesto. Y entonces reflexioné. En primer lugar, descendemos todos de Adán y Eva y, por lo tanto, todos somos hermanos. Además el parentesco que me unía a César y a Gandía era sobrevenido, no de sangre. ¿No sabes que hasta se llegó a pensar, no bien se hubo celebrado el matrimonio con Joffre, en romperlo, puesto que no se había consumado, para casarme con César? Vamos, airea un poco tu cerebro. Eres demasiado joven para Roma.
—En efecto —dijo fríamente Alfonso de Aragón—, no eres hipócrita. Hasta se diría que sacas un placer secreto de una confesión que debería serte penosa.
—¡Estás loco! Ahora me sales con las mismas reflexiones que me haría un director espiritual: «Hija mía, no os recreéis en el relato de unos pecados cuyo recuerdo debería inspiraros horror.» Te diré una cosa... Lo que produce horror es el recuerdo de las personas que me han aburrido, o a las que, por educación o por política, he tenido que hacer unos cumplidos que no sentía.
—Estoy viendo que entre los recuerdos enojosos, no cuentas el asesinato de Gandía.
—¡Imbécil! ¿Qué sabes tú de la pena que me produjo?
—No sé nada, pero puedo comprobar que no te ha desviado de César.
—Porque eres tan listo que tienes las pruebas de la culpabilidad de César... Nadie sabe nada de ello y tú no sabes más que los otros.
—De todos modos, si estuviera en tu lugar temería haber sido la causa de ese asesinato.
—¡Pobre inocente! Si César es el asesino, lo que no creo, ¿no piensas que entre los dos había mayores motivos de violencia que un acceso de celos por la pequeña Sanr cha? Compartían las mismas rentas, se disputaban las mismas dignidades, ambicionaban los mismos puestos y desde su infancia se contemplaban, se observaban, preguntándose cuál de los dos llegaría más alto. A la larga, pueden haber llegado a preguntarse cuál de los dos moriría primero. Gandía era un diletante. Es natural que César haya asestado el golpe el primero... si lo ha asestado. Ya ves las cosas que estás aprendiendo esta noche. Esto es matar dos pájaros de un tiro... Te estás iniciando en Roma, en la vida de familia y en las ambigüedades de la situación de los adultos. Pero no te asustes, ¿sabes? tienes un gran triunfo en la mano: tu encanto.
Se rió, gorjeando.
—La verdad es que eres encantador...
Alfonso de Aragón deseaba irse. Su interrogatorio era un éxito. Si su hermana lo había horrorizado, por lo menos él había podido comprobar, hasta donde ello era factible, la inocencia de Lucrecia. Tenía prisa por estar solo para pensar en ella.
—¿Cuántos años tienes ahora? —preguntó Sancha, soñadora—. ¿Casi dieciocho? Un año menos que Lucrecia. Vais a hacer una hermosa pareja...
«La quiero mucho, se dijo Alfonso de Aragón, pero empieza a ponerme nervioso. Tiene pasmos de matrona viciosa. ¡Una hermosa pareja! ¿Qué puede importarle a ella, la pobre? En cambio lo que hace ella al lado de ese crío de Joffre, es ridículo. Y se consuela como puede.» No le gustaba que se permitiera juzgar el amor que Lucrecia y él se profesaban. Era un hecho que ocurría fuera de su alcance, a un nivel que ella nunca podría alcanzar.
—Tengo que acostarme. Y tú también necesitas dormir si queremos mantener alto el pabellón de los Aragón...
—Mañana ya es hoy, ¿sabes? Deben de ser las tres de la madrugada. Y hoy aún es ayer. Por esto me gusta la noche, porque nunca sabe una donde está.
Alfonso de Aragón intentó levantarse, pero ella lo retuvo rodeándole el cuello con sus brazos. La sábana se había deslizado dejando al descubierto el busto de Sancha. Alfonso de Aragón no sabía donde volver los ojos. Concentró su atención en las manos de ella. El pulgar de Sancha le rozaba la nuca suavemente.
—¿Te acuerdas —preguntó ella —cuando te ponía una llave en el cuello porque te sangraba la nariz? Te ocurría a menudo. ¿No te pasa ahora que has crecido?
Alfonso de Aragón se sintió conmovido por la memoria de su hermana y se avergonzó de los malos pensamientos que su actitud de abandono acababa de provocar en éL «Soy injusto —pensó—. Lo que pasa es que es enemiga de los convencionalismos. Esto es todo.»
—Es asombroso lo que has crecido —prosiguió ella.
Alfonso sentía su aliento en la mejilla.
—Cuando me casé con Joffre, todavía era mayor que tú y más corpulenta. Cuando nos peleábamos, quedaba vencedora.
Se echó a reír con su risa algo quebrada.
—¿Todavía juegas a los salvajes? Siempre nos tenías con el alma en vilo, escapándote por la noche para corretear por el jardín. Tan pronto eras un salvaje, como un navegante, ¿recuerdas? Ya me estoy figurando a Lucrecia levantándose por la noche para correr tras de ti.
Sancha quería seguir evocando sus recuerdos, pero Alfonso quiso marcharse. Ella no lo retuvo. Al cerrar la puerta, el joven vio, por las ventanas de la galería, que empezaba a amanecer.