CAPÍTULO VII
LOS SILENCIOS DE MAQUIAVELO

Él me indicó un taburete y yo me senté. Hacía ya un momento que sostenía la situación difícil de la mujer que insiste en ser recibida, a la que se ha hecho contestar por un secretario que está muy ocupado, y que finalmente es acogida con una sonrisa amable. Después el tiempo pasa y no se interesa por vos.

César hablaba con un clérigo vestido con un hábito negro, con fruncidos en el pecho y cerrado hasta el cuello. Dos arrugas surcaban su frente, inmóviles, en la prolongación de la nariz, como los perros. Una nariz gruesa de campesino destacaba sobre su rostro menudo. Su boca era enorme y su mirada tan fría como sus facciones. Nunca había visto yo nada tan desprovisto de expresión. Únicamente sus manos nudosas, de gotoso, estaban agitadas con una vida estremecida.

Sin prestar ninguna atención a mi presencia, César y él hablaban de arte griego y romano. Mi hermano le enseñaba dos nuevos bustos recientemente encontrados en las excavaciones y que él había comprado a un comerciante de Florencia que los destinaba a Carlos VIII.

El aposento de mi hermano estaba ya lleno de antigüedades de mármol y de pórfido, cuyos miembros quebrados insinuaban gestos nunca terminados en las hornacinas de madera donde César había mandado colocarlas. Eran los únicos detalles claros de su despacho, cuyas ventanas eran profundas, el pavimento sombrío y los muebles negros.

Su visitante estaba sentado detrás de un pupitre sobre el cual había dispuesto un pliego de papel blanco. A veces se levantaba y con unos pasos que procuraba hacer lentos, iba a admirar los hallazgos de mi hermano. Con la punta de un dedo que yo nunca hubiera creído tan sensual, acarició la cadera de un joven Hipólito desnudo, de hombros redondos.

—Y éste —decía mi hermano— creo que es un César.

Yo reconocía su obsesión de interesarse por el otro César, con el oculto pensamiento de que la similitud de sus nombres anunciaba una similitud de destinos.

—¡Roma! ¡Roma! —murmuró—. Y pensar que ellos pudieron llegar a llamar mare nostrum al Mediterráneo. Hoy los franceses, los turcos, los argelinos y los españoles lo recorren en plan de dueños. En Venecia y en Génova sólo hay mercaderes. Nápoles es una factoría española. Sicilia no se sabe si es normanda o sarracena. Hace quince siglos, en el lugar donde estamos, se daban órdenes que se ejecutaban desde las orillas del Saona hasta las del Eufrates. En las riberas de la Mancha y en las del Mar Rojo, en África y en el país de los escitas de Asia... Y se esculpían estas maravillas.

—¿Por qué os afligís, monseñor? —observó el clérigo fríamente—. Por lo que se refiere a las esculturas, las hacemos tan hermosas como éstas. Y por lo demás..., sólo hace falta unir a Italia bajo la dirección de un príncipe de talento.

Miró a César.

Todos los gestos de aquel hombre parecían calculados. Si, por ejemplo, tartamudeaba, no se podía evitar pensar: «¿Qué interés tiene este hombre en tartamudear?» Sin embargo, en su voz hubo una ráfaga de entusiasmo al recitar la cuarteta de Patrarca:

Valor contra Furor

cogerá las armas y el combate será corto.

Pues el antiguo valor

no se ha extinguido aún en el corazón de los italianos.

Se pusieron a discutir sobre la palabra «valor» que el poeta oponía a la palabra «furor».

—Yo creo —dijo el clérigo— que el furor es un valor ciego, estúpido y completamente inútil. El valor es una virtud, es la Virtud. No es brutal, excepto cuando, con objeto de impresionar las mentes, cree práctico mostrarse así. Es violento cuando el tiempo apremia, hipócrita desde el momento en que la fuerza le falta.

—La Virtud —aprobó César— es el arte de ser el más fuerte, sin tener al principio medios para ello.

—Es cierto, pero no olvidéis que esta palabra sólo se aplica a las grandes empresas, y que el dependiente de un procurador que engañara a su dueño falsificando las escrituras no sería virtuoso. Una gran empresa lo excusa todo, porque es el acto de un gran príncipe y tiene una gran finalidad: la gloria del Estado.

César contemplaba a su interlocutor con una especie de arrobamiento.

—Pensáis, como yo —dijo—, que la grandeza se halla lo mismo en los ardides lentamente meditados y llevados con paciencia, que en las hazañas deslumbrantes. Yo quiero ser el hombre de esos dos movimientos que sólo parecen contradictorios a los imbéciles.

—Si llegáis a ser el hombre de la astucia y de la temeridad, seréis el héroe moderno, ti que Italia espera.

—¿Lo creéis así?

—Yo creo que Italia necesita...

—¿Creéis que yo puedo ser ese hombre?

El clérigo reflexionó:

—La palabra energía merecería que se le elevara un altar. Antes de tomar una decisión, monseñor, preguntaos si es enérgica, lo mismo si se trata de ir al asalto de una plaza fuerte que de la ejecución de un enemigo o de la redacción de un mensaje para un concilio.

Yo fungía no escuchar, con la mirada perdida en un tapiz de brocado, contando las plumas de las águilas y los bucles de los perros leonados que arrojaban llamas por la boca por motivos fabulosos cuyo sentido yo no acababa de comprender. Me preguntaba, sobre todo, por qué César me hacía asistir a tan larga conversación. ¿Tenía razón especial para ello? ¿Consideraba anodina aquella charla y daba poca importancia a mi presencia? ¿O había adivinado que le iba a hablar de mi marido y se divertía impidiéndome comunicarle mis temores, manteniendo, por fútiles motivos, una tercera persona en su despacho?

—¿Te aburrimos? —me preguntó bruscamente—. ¿O frunces el entrecejo porque Tu Alteza no nos otorga el honor de estar de acuerdo con nuestros puntos de vista?

Me guardé mucho de contestar a su burlona sonrisa con otra.

—Por la mañana, las ideas generales me causan horror —contesté con toda la sequedad deseable.

El desconocido quiso abrir la boca, pero la insolencia de mi mirada lo detuvo. No tenía ningún motivo para tratarlo con miramientos. Su porte me irritaba. Su traje y la circunstancia de no haberme sido presentado me probaban que era hombre de poca categoría. Estaba contra él por no haber hecho al menos el simulacro de retirarse a mi llegada, y además por ser tan inteligente como cínico.

Y si es cierto que me agradan las personas inteligentes, no me gusta que se escuchen mientras hablan, que era precisamente lo que hada aquel hombre.

—En realidad-repuso César afectando que, por el hecho de ser yo una mujer, mi entrevista tenía un objeto frívolo—, me parece adivinar el motivo de tu presencia. Sabes que he recibido perfumes de Su Majestad Bayaceto y...

—No.

El desconocido se había puesto a escribir. César adopté una actitud más seria.

—No me quieres como yo desearía, Lucrecia. Prefieres a nuestro hermano menor, Gandía. A ése si le quieres, ¿verdad? Las visitas que le haces no son interesadas. Le tuteas, y en cambio, a mí me tratas de vos.

Hice un esfuerzo.

—No siempre te trato de vos, César.

—En realidad —repuso secamente—, ¿qué quieres de mí?

—Hablaros de mi marido.

César se echó a reír, con su risa silenciosa que le empequeñecía los ojos.

—Ya sabía yo que te mandaba mi querido Juan Sforza.

Se volvió hada su compañero, que seguía escribiendo:

—Ya os lo había dicho, Niccolo. Ya véis que no me he equivocado.

Me miró de frente.

—¿Y sabes lo que me ha contestado Niccolo, al anunciarle tu visita y que tu marido se serviría de ti como su última arma?

El llamado Niccolo alzó su rostro impasible, pero creí comprender que deseaba que César no me comunicase su respuesta.

—Niccolo me ha dicho: «No la recibáis demasiado pronto, monseñor. Reservaos para la viuda. Entonces, le prodigaréis vuestros consuelos. Le diréis: «¡Si lo hubiera sabido!»

Me dio como un vértigo, pero me repuse pronto. Para hablar de la muerte de mi marido con semejante cinismo era preciso que César no tuviera la intención de llegar hasta el asesinato. Quería hacerme miedo y a él también.

—Yo le he contestado —prosiguió— que como eres tan inteligente comprenderías que tu deber era dejar obrar a tu hermano y no comprometerte por un vulgar villano que nada puede esperar ya de los acontecimientos. ¿Por qué no vas de caza hoy? Vamos, te presto mis monteros y mis caballos.

Después añadió, como si lo que iba a decir no tuviese ninguna importancia:

—Juan Sforza tenía algún interés hace unos años. El papa Alejandro y yo esperábamos que tu boda con él estrechara nuestros lazos con Ludovico el Moro. Necesitábamos el milanés como muralla contra Francia. Hoy el milanés se ha convertido en una fortaleza francesa, o poco menos, y Ludovico el Moro ha dejado de tomar parte eq nuestro juego. Así, pues, Juan Sforza no nos es útil. Debes comprenderlo. Hay días en que el estómago reclama una purga. Más tarde llega un momento en que seguir purgándose no sirve para nada y hasta perjudica. Entonces se suprime la purga. Así vamos a suprimir a Juan Sforza. Si hubiera un medio de mandarle al diablo, no dudaría un segundo en adoptarlo. Pero no lo hay. Nos lo vamos a encontrar entre piernas hasta el fin. Y lo peor es que nos lo vamos a encontrar entre piernas como pariente. Es un fastidio. Ahora estamos aislados con Nápoles y estamos preparando un acuerdo general contra los franceses. ¿Qué les puedo contestar a los napolitanos cuando vengan a decirme que doy una de cal y otra de arena? Me dispongo a luchar contra Carlos VIII y Ludovico el Moro, y el sobrino de éste es mi cuñado. De esto a pensar que estoy dispuesto a todos los chalaneos y que a la primera derrota voy a alterar otra vez mis alianzas en honor de nuestro querido Juan, sólo hay un paso. La situación es demasiado grave para que yo deje reinar semejante estado de espíritu en mis aliados.

Lo que decía mi hermano era justo. Me gustaban la claridad de su pensamiento y la justeza de su decisión. Sin embargo, me valí de un suspiro para poner fin a su elocuencia.

—De acuerdo —murmuré—, pero...

—No es esto todo. Juan Sforza constituye un entorpecimiento positivo para mi política, pero también uno ne—gativo. La suerte de la próxima campaña depende de los napolitanos. Ahora bien, no sólo desearía suprimir el motivo que Juan Sforza les da para desconfiar, sino estrechar nuestra alianza por medio de un nuevo acontecimiento. Los De Aragón de Nápoles tienen un hijo por casar. Si te casas con él, las cosas se arreglarán. Como la bigamia no se admite en Italia, debes reconocer que Juan Sforza constituye un contratiempo para mi política. Así, pues, son dos las razones que tengo para desear su desaparición. Sígueme bien. Una vez llegados aquí, sólo tengo una alternativa: contemplar el cielo diciendo: «¡Ah, si Juan Sforza se cayese del caballo!», o decidir la operación por mí mismo. En boca de un particular, este razonamiento sería, sin duda, atroz. Pero los intereses cuya defensa he asumido son demasiado importantes para detenerme ante unos escrúpulos morales. No me gusta la sangre. Por esto voy a ordenar la muerte de Sforza. Con la muerte de ese hombre, evitaré tal vez la de diez mil soldados.

Tuve la impresión de que César había meditado bien su decisión y empecé a perder la cabeza. Había esperado encontrar un hombre encolerizado que, dando fuertes puñetazos encima de su pupitre, creyese estar descubriéndome la traición de Sforza. Y en vez de esto, encontraba un calculador, un espíritu frío y unas conclusiones razonables. Esto era horrible.

El sudor me corría por la espalda y mis manos estaban húmedas. No veía bien a César. Su imagen se tambaleaba, como envuelta en niebla. Él no fue insensible a la muda emoción que debió reflejarse en mi rostro.

—Lucrecia —murmuró con vez menos firme—, te hablo como lo haría a un hombre, con razones. Esto demuestra la estima en que te tengo. No te prodigo cumplidos como hace nuestro hermano Gandía, pero te miro y he aprendido a apreciar en ti otras cosas muy distintas de tu belleza.

Hizo una pausa y prosiguió duramente:

—Por otra parte, tú no quieres a Sforza.

Creo que contesté: «Sí», pero sin convicción. Mi hermano se había vuelto hacia su confidente.

—No lo quiere ya lo estáis viendo.

Yo había inclinado la cabeza. César se detuvo delante de mí.

—No es muy bello —observó—. Tú le importas tan poco que nunca está a tu lado. No sé nada de ello, pero si un año con otro, te honra diez veces con su derecho de pernada, debe de ser todo. Y cuando no está a tu lado apenas te escribe. ¡Y qué cartas! Las que se escribirían a un viejo tío del que ni siquiera se espera una herencia. Es verdad que las tuyas no son mucho más cálidas.

Yo me había levantado. La cólera me quebraba la voz.

—¿Has leído mis cartas?

—Leo muchas —concluyó brevemente.

Noté que se impacientaba y que quería poner fin a la escena.

—Está bien —dijo—. Concedo que estos lamentables acontecimientos te disgusten. Vete. Deja Roma por unos días, por un mes... no, un mes no, porque tendrás que asistir al entierro. ¿No quieres ir de caza esta tarde? Tu lugar no está en palacio, qué quieres que te diga...

Yo seguía de pie, temblándome las piernas.

—No te quiere. ¿Sabes que han caído en mis manos casi todas sus cartas a Ludovico el Moro? ¿Y que en dos o tres de ellas repetía a su protector que estaba decidido a repudiarte?

—A repudiarme, tal vez, pero no a degollarme.

—Efectivamente; lo creo demasiado débil para degollarte. Llegado el caso todo lo más sería capaz de sugerir la idea a Ludovico con voz quejumbrosa. ¿Sabes que nos está traicionando desde el primer día?

Estuve alerta con lo que dejase traslucir mi rostro y negué con la cabeza.

—Yo no veía inconveniente en ello —observó César—. Llegado el caso, un hombre en relaciones con el enemigo podía serme útil. Pero ahora, el juego ya está hecho. No me queda ninguna esperanza por el lado de Ludovico y, por lo tanto, no me sirve de nada el pequeño Juan Sforza, siempre dispuesto a traicionar a todo el mundo. Y no le tengo ninguna estima porque no se mueve por grandes cosas, sino por defender los deleznables intereses de su pobre existencia.

—Tampoco yo le tengo ninguna estima —estallé—. Pero creo que si haces de él un mártir, acabarás por hacérmelo simpático. Expúlsalo, mételo en la cárcel, pero no lo mates.

—Si lo expulso, ese personajillo vindicativo irá a intrigar contra Roma en las cortes de todos los príncipes de Europa. Si lo entrego a un tribunal regular, será condenado a muerte, pero no se podrá evitar una lamentable publicidad.

—Hazlo encerrar en el castillo de Sant Angelo. No será el primero.

—Su familia hará preguntas y yo voy a aparecer culpable, puesto que soy yo quien me habré ocultado. Además, si lo meto en la cárcel no te devuelvo la libertad, y yo quiero que vuelvas a casarte.

No había podido acostumbrarme a que se dispusiera de mí como de una carta en el juego político y que se me eligiera un compañero por la sola razón de que su país tuviera una buena infantería.

César debió de adivinar mi pensamiento, pues añadió pausadamente:

—Tienes todo lo que deseas. Se te sirve, se te honra, se te adula. Pero la condición de los grandes exige, en contrapartida, el sacrificio de sus inclinaciones personales. Si un día me caso, lo haré pensando en el bien del Estado y no por el placer.

Me cogió por los hombros y me condujo suavemente hacia la puerta.

—Esta circunstancia es muy desagradable, mi pobre Lucrecia. Lo lamento, pero no puedo hacer otra cosa. Hace muchos días que estoy dudando y mis propias dudas han alarmado a Sforza. Hay que acabar con este asunto antes de la llegada del embajador de Nápoles. Nada puede detener un rayo tan necesario.

Su confidente nos había seguido hasta la puerta. Con los ojos bajos sobre los pliegues de su hábito negro, articuló:

—Id a cazar, doña Lucrecia.

—Ya ves que Niccolo Maquiavelo te da el mismo consejo que yo. Y Maquiavelo es el mejor de los consejeros. Hazle caso.

Se había inclinado, me había dado un beso en la mejilla y me empujaba hacia fuera con firmeza.

Pero, en el umbral, me volví:

—No lo matarás, ¿eh? —grité.

—Una Borgia sabe guardar un secreto. Cállate.

Yo había perdido el dominio de mí misma y repetía vociferando:

—¡No lo mates! ¡No lo mates!

Avanzó la mano vivamente, como para golpearme. Solamente quería hacerme callar y aplastó su palma contra mi boca.

Yo llevaba los labios pintados y él al retirar su mano, se dio cuenta de que estaba manchada. La última visión que conservo de César es la de un hombre que se frota la mano con un pañuelo. Y el pañuelo queda manchado de rojo.

Después la puerta batió. No recuerdo cómo volví a mi aposento, apoyándome en el brazo de Caterinella. Lo bueno de esta muchacha era que, al revés de lo que hacía Pantasilea, nunca me preguntaba nada.

Cuando me desplomé sobre el lecho, agitada por los sollozos, Caterinella esperó unos instantes y luego se alejó.

Mis sollozos eran secos. No llegué a derramar las reconfortantes lágrimas de la desesperación. Llegué a pensar: «¡Qué lástima que yo no ame a Sforza!»

Con la cabeza sobre los brazos, me imaginaba los apasionados esfuerzos a que me hubiera consagrado para salvarle. En primer lugar, le hubiera podido decir a César: «¡Si lo matas, yo me mato!»

Lo cierto es que si hubiera sabido la muerte de Sforza, no habría sufrido mucho. Lo que me trastornaba, hasta causarme un dolor físico, ora saber que aquel hombre, lleno de vida en aquel momento, iba a morir al cabo de unas horas, porque así lo quería mi hermano, sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Me lo imaginaba de nuevo, sentado en el taburete, con aire abatido, poniendo sus últimas esperanzas en mi habilidad. Más que dolor, sentía rabia.

Otras veces me lo imaginaba como se había presentado la víspera al entrar en mi aposento: furioso, innoble en sus insultos, mostrando un odio imponente en su mirada. Entonces estaba tentada de decirme: «Al fin y al cabo...» Y, sin embargo, este «al fin y al cabo» no pasaba de mis labios. El horror de la implacable condena que había caído sobre Sforza me dolía hasta las uñas.

Recuerdo que rechacé el desayuno. Incluso debí adormecerme. El día se reflejaba en las baldosas de mi habitación. Mediada la tarde, salí por fin de aquella pesadilla despierta.

Entonces me asombré de mi pasividad. No se trataba de saber si quería o no a Sforza: le había jurado fidelidad bajo la espada. B1 problema era un curioso problema muy sencillo: César había decidido la muerte de Juan y yo había decidido que Juan siguiera viviendo.

En Roma, César era el más fuerte. Era necesario, pues, que mi marido huyera. Pronto tuve trazado mi plan: Pedro Caldés encontraría para él un uniforme de soldado y con aquel disfraz abandonaría Roma. Después, para despistar a sus perseguidores, saldría por la Vía Apia y llegaría a mi querido convento de San Sixto, donde, con una carta mía, la superiora le proporcionaría un hábito de monje mendicante. Y él no tendría que hacer más que llegar a la frontera.

Sentí un escalofrío. Era extraño que Juan Sforza no se hubiese presentado en demanda de noticias sobre mis negociaciones. Si le hubiesen asesinado, me habrían advertido. ¿Se habría quedado dormido después de una noche sin sueño? Hay otros medios para envenenar además de los guantes: el libro que se tiene la desgracia de hojear, la fruta que descuidadamente se come, el anillo que uno se pone en el dedo y que, inofensivo la víspera, ha sido mellado por la noche y bañado en veneno.

Grité tan fuerte que Caterinella y Pantasilea acudieron juntas.

Di orden a la primera de ir a buscar a mi marido a su aposento. La otra se quedó mirándome. Por una vez no me hizo preguntas y tuve la impresión de que estaba enterada de muchas cosas. A despecho de su acostumbrada curiosidad, no intentó asistir a la entrevista con mi marido y se retiró sin pedirme permiso.

Tenía tanto miedo de encontrarme ante un hecho grave que la entrada de Juan Sforza me sobresaltó. «¡Dios mío, es terrible! Tengo que decirle que he fracasado», pensé. Las palabras se embrollaron en mis labios.

Juan Sforza no pareció decepcionado. Me escuchaba impasible. Al bajar la voz para explicarle mi plan de fuga, simuló una risa sin alegría:

—Era lo que esperaba. Incluso me sorprendía. Me decía: «¿Qué les pasa que no se deciden?» Un hábito de mendicante no está mal. Me cortarán el cuello, lejos, en un camino desierto. Aprovecharán la ocasión para desfigurarme un poco. El cura del pueblo más cercano me enterrará y recitará una oración por el alma del monje que ha tenido la mala suerte de caer en manos de los ladrones. ¿Y Sforza? Desaparecido. Estoy haciendo tan provechosas hipótesis basándome en la confianza que me inspiráis César y vos. Incluso podríais acusar a Ludovico el Moro de haberme hecho raptar. Os felicito. Todo está muy bien tramado.

En vano había tratado de interrumpirle. Al principio, no lo comprendía. Por un instante pensé que el miedo le había trastornado el cerebro, pero tuve que rendirme a la evidencia. Me creía cómplice de César.

—Solamente —prosiguió con voz que se esforzaba en hacer parecer tranquila— que este bobo de Juan Sforza tiene también su plan. No puedo salir de esta planta del palacio, es cierto. Lo he intentado, pero me han disuadido de ello con palabras amables y con las alabardas. La misma coacción se ejerce contra mis servidores. Es decir, que ni siquiera puedo enviar un mensaje. Está bien. Desde mi ventana, no obstante, he divisado a mi encantador cuñado, el duque de Gandía. Lo he llamado, sin hablarle de mi situación y le he dicho que graves intereses exigen que venga a verme. Me ha asegurado que estaría en mi aposento dentro de una hora. El duque tiene la cabeza a pájaros, pero si le doy la prueba de que me quieren asesinar y, sobre todo, si le indico la verdadera razón de ello, no dudo que se hará recibir inmediatamente por la persona que vuestro hermano ha olvidado: Su Santidad el Papa.

Se frotó las manos.

—El Papa no siente ningún afecto por Milán, pero menos le gustará aún el pretexto en que se funda César para suprimirme. Porque, desde ayer, me he enterado de muchas cosas que sospechaba ya. En primer lugar, César ha estado al corriente desde el principio de mis relaciones con Ludovico el Moro. Si hoy se muestra molesto por ello, es que existe un nuevo motivo.

—¡Estáis perdiendo el tiempo! —exclamé—. César tiene muy sólidas razones, creedme. Su decisión es odiosa, pero no caprichosa. Os perdono todas vuestras sospechas, pero si no me hacéis caso estáis perdido.

—Me encuentro en un mal paso, pero no estoy perdido..., excepto si os escucho.

Yo pataleaba. ¿Cómo se podía ser tan estúpido? Con sus palabras había adoptado un aire malicioso y se esforzaba, pese al temblor que se veía en sus dedos, en aparentar una calma olímpica.

—No —prosiguió—, no creo que Su Santidad permanezca indiferente a mis revelaciones.

Tenía la cara estragada, las mejillas pálidas, la frente hundida, pero no se privó de adoptar un tono presuntuoso al añadir:

—Tampoco temo que el duque de Gandía no se preste a ser mi mensajero. Nadie puede impedir sus gestiones en palacio, y creo que las llevará a cabo al saber el motivo que ha impulsado a César a decidir mi muerte de acuerdo con vos.

Las palabras que estaba pronunciando debía de haberlas meditado en la soledad de su aposento. Hablaba sin recobrar el aliento, sin mirarme.

Desde la víspera yo había experimentado muchas emociones. Las ineptas extravagancias de mi marido me agotaron.

—Me estáis desanimando —dije simplemente.

—¡Os desanimo! ¿Qué os parece? Esto es todo lo que se os ocurre contestarme. Si fuerais inocente, expresaríais vuestra indignación de otro modo.

—¿De qué queréis que me indigne, mi pobre amigo? Ni siquiera sé de qué me acusáis.

—Podríais preguntármelo, al menos.

—Mi pobre Juan, tengo diecisiete años. Pero cuando os veo en este estado, tengo la impresión de ser una vieja de ochenta.

—No desviéis la conversación. El secreto que os liga con César y que voy a revelar a Gandía, tiene un nombre en todas las lenguas. Un nombre igualmente execrado por todas las naciones civilizadas: el incesto.

Hoy me asombra la serenidad con que yo ignoraba entonces los detalles del acto amoroso, a pesar de hablar cinco lenguas y de haber leído un millar de libros. La palabra incesto me era perfectamente conocida. Sabía que era un pecado y un crimen grave. Si me hubiesen obligado a definirlo, hubiera contestado: «Relaciones culpables entre parientes próximos», aunque para mí estas palabras estaban desprovistas de sentido. Del mismo modo que el vulgo emplea las palabras pintor, arquitecto o astrónomo, sin conocer su exacto significado, yo, aún conociendo la palabra «incesto», por el hecho mismo de mi inocencia, era incapaz de comprender su alcance. Lo tomé por una acusación vaga, una de esas grandes palabras que se emplean en los litigios o en los discursos. Sin duda mi marido quería decir que me entendía mejor con César que con él.

—Para guardar las formas, podríais por lo menos protestar—sugirió suavemente, con una voz odiosa.

—Tarde os preocupáis de mis sentimientos hacia vos. Convenid, además, que tal vez no es el momento mejor escogido para discutirlos. Cada minuto que pasa agrava vuestra seguridad.

—Precisamente estoy tratando de restablecerla. El duque de Gandía no va a tardar. Para convencerle, necesito una confesión que vos escribiréis y que él enseñará al papa.

Suspiré.

—Que confiese ¿qué?

Él prosiguió, con una expresión aventajada:

—Debéis saber, querida, que esta mañana he intentado hablar con César. La puerta de su despacho estaba entreabierta. El soldado de guardia, ocupado en seguir desde la ventana las evoluciones de una criada en el jardín, no me veía. He reconocido la voz de César y la de su confidente Maquiavelo. Éste, con su habitual pedantería, daba gravemente consejos a vuestro hermano y hasta le hacía reproches. Decía que un príncipe no debe dar motivo de escándalo a sus súbditos más que por razones de Estado.

Y en tono severo, añadió: «Y no por placeres físicos.» Después, simulando campechanía, ha proseguido: «¡Diablo, no son mujeres lo que falta en Roma para que tengáis que cometer un incesto!» La palabra había sido pronunciada y para mí fue como un relámpago revelador. Y si hubiera necesitado confirmación, una persona que me quiere bien y vigila para servir mis intereses, me la hubiera proporcionado al referirme que, a la salida de la entrevista que habéis celebrado esta mañana, César ocultaba en el cinto un pañuelo manchado de rojo, del que vos teníais en vuestros labios precisamente.

Aún suponiendo que lo hubiera deseado, no me habría dado tiempo a contestar. Juan Sforza se había arrojado sobre mí y me sujetaba la mano.

—¿Y tú creías que la cosa iría como sobre ruedas, que yo iba a dejarme suprimir para dar lugar a que, sin ningún temor, César y tú pudierais continuar a gusto vuestras innobles prácticas? Pues bien, ¡no! Y para empezar, quiero tu confesión.

—Yo creo que os habéis vuelto loco. No sé de qué me estáis hablando ni qué confesión queréis. Lo único que sé es que me estáis haciendo daño y que no va con mi carácter aguantar mucho semejante trato. Si no me soltáis, llamo...

—¿Y a quién vais a llamar? Gracias a Dios, las paredes son aquí gruesas. Imaginad que he tomado la precaución de alejar a vuestras doncellas... por orden vuestra. En suma, que los gritos se ahogan...

En vez de soltarme, me arrancó de mi taburete, me arrojó violentamente en el sillón colocado delante de mi pupitre, puso una pluma en mis manos y me ordenó secamente:

—Voy a dictaros lo que debéis escribir.

Todas esas historias de confesión, de rojo de labios, de discusión sobre el incesto entre mi hermano y Maquiavelo me parecían tan deslabazadas y estúpidas, que no dudé que mi marido estaba loco. No tenía nada de sorprendente. Él no era hombre capaz de soportar una amenaza tan precisa de muerte sin que su razón se perturbase. Por primera vez en su vida, sus ojos brillaban. Mostraba sus blancos dientes y su pecho se hinchaba como el de un gladiador. Terna un aspecto feroz, y comprendí que era capaz de estrangularme con placer.

—¿Qué queréis que escriba?

Con una mirada rápida medí la distancia que me separaba de la puerta y me incliné sobre el papel con todas las apariencias de la docilidad. Sabía que con personas extraviadas hay que obrar así.

—Empezad por poner lugar y fecha... Roma, 17 de abril de 1497.

Levantó la cabeza, sin duda pensando en la frase siguiente. Yo estaba ya en el centro de la habitación. De un salto le había arrojado el sillón entre las piernas. Tenía confianza en mi rapidez. En los juegos del convento siempre quedaba vencedora. A pesar del peso de mis faldas, de los molestos tacones altos de mis chinelas y de la amplitud del cuarto, llegué a la puerta como una exhalación. Pero anochecía y el extremo del aposento estaba ya oscuro. Perdí tiempo buscando el picaporte. Me preguntaba si era la carrera de Juan Sforza sobre las baldosas o la cadencia brutal de mi sangre lo que me resonaba en los oídos.

Me sentí cogida por la cintura. Una mano me tapaba la boca. Cerré los ojos, que un choque me hizo abrir... Sforza me había arrojado sobre la cama y di de cabeza contra una de sus columnas. Entre un dramático silencio se llevó la mano al cinto.

—¡No iréis a hacer esto! —grité.

Agitaba su puñal. Por primera vez tuve realmente miedo. Al mismo tiempo me decía: «¡Es demasiado estúpido!» Dos años antes, me había caído del caballo, en una partida de caza, delante de un jabalí que atacaba. Durante unos momentos pensé: «¡Vaya, voy a morir!», con una extraña calma. Pero estaba dentro de los riesgos de la caza; era justo. Lo torpe de mi historia era ser víctima de un imbécil que se había vuelto loco de miedo y se disponía a atravesarme de parte a parte, a mí, que no pensaba en otra cosa que en salvarle.

—Os creéis muy fuerte —me dijo por fin, conservando un mayor dominio sobre sí mismo del que yo esperaba—. Sabéis que si os mato, me quedo sin vuestra confesión, de la que depende mi vida.

Dejó el puñal sobre un arcón, volvió hacia mí, desató su cinto y lo hizo chasquear.

—No puedo mataros, es cierto... Pero puedo haceros daño.

El golpe silbó en mis oídos. Había vuelto el rostro a tiempo. Azotó mis brazos, con los que yo intentaba protegerme. Me volvía loca de dolor y de ira. Intenté arrojarme contra mi marido, cuando un segundo cintarazo me arrojó contra el lecho. Entonces Juan me asió por los cabellos y hundió mi rostro en las almohadas. Yo aullaba, y mis gritos quedaban ahogados en la muelle profundidad de las telas.

—¡Vas a escribir esta confesión...! ¡Vas a escribirla...!

Yo estaba dispuesta a escribir cualquier cosa o al menos a prometerlo. No debió haber comprendido mis ahogadas promesas, pues le oí rugir de furor.

Con una mano me sujetaba la nuca, hundiéndome aún más el rostro contra la almohada y con la otra sujetó el borde de mi vestido, lo levantó con todas sus fuerzas y desgarró mi camisa para desnudarme hasta la cintura.

Los rugosos hilos de oro que recubrían la seda de las almohadas, me lastimaban la cara. Respiraba con dificultad. En mi sofocación me asfixiaban las lágrimas. Intentaba incorporarme, ponerme de lado. Agitaba las piernas a ciegas, con objeto de alcanzarle, pero, a la misma cadencia, el cinto fustigaba, silbando, mi piel desnuda. Las cinceladas medallas de que el cinto estaba adornado me desgarraban como un puñal.

Recuerdo que hundida en la almohada gritaba: «¡No, no, no!» Me refería a la flagelación, pero él, cada vez más enloquecido, debía creer que me refería a su proyecto de confesión obstinándome en rechazarlo. Y sin dejar de fustigar; aullaba de ira. Me cubrió con todos los insultos que se pueden proferir contra una mujer.

Sus gritos pararon en seco y lo mismo ocurrió con su salvaje flagelación. Contraje los músculos en espera de un asalto más violento aún. Entonces la mano de Sforza soltó mi nuca. Me preguntaba con angustia lo que me quedaba por ver. Me incorporé apoyándome sobre el codo y me volví.

La puerta estaba abierta. Una silueta de aventajada estatura avanzaba. Arrebatada de gozo, reconocí a Pedro Caldés.

Más tarde supe que, sorprendido por la extraña consigna dada a mis doncellas, se había acercado a escuchar y había oído, no mis gritos, que la almohada ahogaba, sino los de mi imprudente verdugo.

Mi segunda sensación fue de confusión. Bajé apresuradamente mis ropas sobre mi cuerpo lastimado.

—¡Marchaos! —gritó Juan Sforza.

—Quedaos, Pedro, os lo suplico —ordené.

Pedro seguía avanzando. Sforza quiso coger el puñal que había dejado sobre el arcón, pero Pedro fue más rápido y se apoderó de él.

Ante aquel mocetón de rostro grave y sosegado que se plantaba delante de él con el puñal en la mano, Juan Sforza se creyó perdido.

Lo que ocurrió fue odioso. Retrocedió hasta un rincón de la pared.

—Os envía César, ¿no es cierto? Ella lo sabía... y trataba de ganar tiempo. Sabías que el asesino estaba en marcha... Lucrecia será responsable de mi muerte.

Su voz se quebró.

—Siempre he sido bueno con vos, Pedro... ¡No iréis a matarme! Si en alguna ocasión os he hecho daño, ha sido sin querer o sin advertirlo. Os pido perdón por ello.

Se le doblaban las rodillas. Tendía las manos hacia el pobre Pedro, que cada vez más indeciso, me dirigía miradas interrogadoras.

—Escuchad mi proposición —balbuceaba Sforza—. Huyamos juntos. Soy rico, muy rico, tengo mucho dinero en Milán. Lo compartiré con vos. Mi tío Ludovico os nombrará general, os lo prometo. ¡General! ¿Habíais soñado nunca una cosa semejante? Os daré parte de mis tierras en usufructo. Poseeréis los títulos que queráis. Seréis como mi hermano... ¡Por Dios...! ¡Si creéis en Dios, no me matéis!

Conservaba el cinto en sus manos, se dio cuenta de las medallas y se puso a besarlas en la oscuridad.

Lastimada como estaba, me costaba mantenerme sentada en el lecho. Me levanté. Pedro dio un paso hacia mí y yo me pregunté qué debía decirle.

Me sacó de apuros una llamada con los nudillos en la puerta que, casi al mismo tiempo, se abrió.

Quedé deslumbrada por la claridad de dos candelabros. Juan exhaló un gemido creyendo sin duda que llegaban refuerzos de asesinos. Yo misma me quedé impresionada. A pesar de las violencias de que me había hecho objeto, que habían acabado convirtiéndole en un extraño para mí, no me sentía con valor para asistir a su asesinato.

Al reconocer a mi hermano Gandía, detrás de dos criados portadores de candelabros, respiré.

—¡Gandía! —aulló Juan Sforza—. ¡Sois vos! ¡Ah, mi querido Juan, os lo suplico, escuchadme!

Un movimiento de Pedro aterrorizó a Sforza.

—En primer lugar, echad a este hombre —le gritó a mi hermano—. ¿No veis que ha venido a matarme?

Gandía escuchaba sonriente, como de costumbre. Estaba deslumbrante como una mañana soleada. Yo contemplaba los destellos de la plata que adornaba su jubón bajo la caída de su manto de púrpura, que se deslizaba por sus hombros.

Después de dirigir un saludo entre cordial y ceremonioso a mi marido, puso amistosamente la mano sobre los hombros de Pedro y después se inclinó delante de mí con irónica ternura.

—Parece que nuestra Lucrecia está un poco despeinada

Y observó besándome las puntas de los dedos.

—Tu Lucrecia no sabe dónde tiene la cabeza —dije suspirando.

Chasqueó los dedos en señal de despedir a sus criados.

Al desgaire, levantó el sillón que yo había derribado al huir, lejos del pupitre y me lo ofreció. Por el motivo que ya conocéis preferí permanecer de pie, apoyándome solamente en el respaldo de la silla en que mi hermano se instaló cómodamente.

Se oía la entrecortada respiración de Sforza. Por fin, dijo:

—Quieren asesinarme.

—¡No será tanto! —murmuró Gandía, que se había puesto a pulirse las uñas de la mano izquierda con la palma de la derecha—. Por otra parte, recuerdo haber oído algo de esto.

Y luego, cordial:

—No hay que dar facilidades, amigo.

—Podéis creer que si de mí dependiese...

—Mi hermana, que es muy ilustrada —dijo Gandía casi canturreando—, os dirá el nombre de ese autor griego que escribió que, entre las cosas existentes, unas dependen de nosotros y otras no. Lo cierto es, amigo, que si no depende de vos ser asesinado, os basta con esperar. Pero si depende de vos, daos prisa.

Se creyó gracioso y a pesar de la ausencia de su corte habitual de admiradores, echó complacido su cabeza hacia atrás entornado los ojos.

—No es ninguna chanza —gimió Sforza.

—Ni yo pretendo hacerla. Nunca me chancheo, ¿no lo habéis notado? Es uno de los rasgos de mi carácter, que los espíritus superficiales juzgan temerariamente fútil, por que no me han observado bien. Y podéis creerme. Si os digo que debéis daros prisa, os digo una cosa muy razonable.

Satisfecho de su segunda perorata, se puso a pulirse con la palma izquierda las uñas de la mano derecha.

—Un asesinato —prosiguió— es un acto violento. A mi juicio, hay que oponer la violencia a la violencia, pues un puñal se aparta con otro puñal. Tal vez me objetaréis, mi querido Sforza, que esta máxima, que aprendí de un marino que viajó con Cristóbal Colón, no es aplicable en vuestro caso. Es posible. Según lo que hasta ahora he oído, el asesinato que se proyecta contra vos, no sería propiamente un asesinato, sino una ejecución. ¿No pesará sobre vuestra conciencia alguna traición? Quiero decir si no nos habréis traicionado un poco. No ignoro que la traición está de moda; sin embargo, observad que en materia de traición ocurre como en materia de gustos. Un pequeño exceso no es condenable, pero guardando ciertos límites. Os voy a contar la discusión que tuve ayer con mi sastre. Es interesante. El muy bruto pretendía hacerme llevar herretes de diamantes sobre el doblez de una manga galoneada de oro. Me enfadé. Lo indicado, en rigor, era un rocío de perlas, pero jamás herretes de diamantes sobre oro.

—Yo los he llevado —dije, sorprendida por tan perentorio juicio.

—Porque tú eres mujer. Pero, en fin, os tomo por testigo, Sforza...

Los alucinados ojos de mi marido lo hacían poco apto para semejante arbitraje.

—O a vos, Pedro —prosiguió Gandía sin perder su animación—. Imaginaros unos herretes de diamantes sobre oro... Un diamante, pase, pero herretes...

El pobre Pedro, más acostumbrado al simple galón dorado de los escuderos que a las excesivas fantasías de mi hermano y sus amigos, movió la cabeza.

A pesar de permanecer tranquilo y sosegado, no dejaba de estar algo desconcertado por el espectáculo que le estábamos ofreciendo desde hacía un cuarto de hora. Primera escena: Lucrecia flagelada; segunda escena: Sforza ofreciéndole su fortuna; tercera escena: Sforza suplicando a Gandía que lo salvase de un asesinato, y cuarta escena: un curso de elegancia masculina a cargo de Gandía.

—Podéis sentaros, Pedro —le dije.

No lo hizo, limitándose a apoyar una pierna en un cofre, con un gesto de resignación.

—Mi pequeño Juan —le dije a Gandía—, creo que mi marido está medio loco. Sin embargo, no me gustaría que lo mataran. Ha puesto en mí su última esperanza.

Evitaba referir a Gandía la violenta escena que acababa de ocurrir, convencida que me vengaría sobre la marcha. Le dije que Sforza contaba con él para hacer llegar a oídos de Su Santidad las amenazas de que era objeto.

—Comprenderéis —dijo Gandía poniendo las manos en las rodillas después del pulido de sus uñas— que es bastante desagradable para mí convertirme en abogado de un cuñado que, olvidando su alianza con los Borgia, los ha traicionado en beneficio de Ludovico el Moro.

Yo sabía que hasta el frívolo Gandía recobraba su seriedad cuando se hallaba en juego la palabra clave: «Los Borgia.»

—Observad bien —prosiguió dirigiéndose a Juan— que no creo que vuestros manejos merezcan la muerte. Sin embargo, confesad que sería enojoso oponerme a César en un asunto en el que, al parecer, lleva razón. Después de todo, con no traicionar, bastaba. Me diréis que lo justo sería haceros comparecer ante un tribunal. ¿Y qué ganarías con ello? Seis meses en las mazmorras de Sant Angelo, y al final, la muerte. Mejor morir en seguida... ¡O esto, o hacer algo! No seré yo quien os impida salvaros. No tenéis tiempo de haceros con quinientos hombres para abandonar Roma con las espaldas guardadas. ¿Comprendéis? Si las escaleras están vigiladas, quedan las ventanas. Espero que no seáis de esos que creen que las ventanas se han hecho únicamente para contemplar a las damas acodadas a ellas. De acuerdo en que éste es su principal objeto. Pero un hombre decidido y no manco, puede salir por tal abertura y, con ayuda de una cuerda, llegar a tierra firme. Por lo menos, así me lo han contado. En vuestro lugar, yo lo intentaría.

Su audiencia había terminado. Se levantó, se sacudió el traje de un imaginario polvo, me felicitó a toda eventualidad por mi buen semblante y se dirigió hacia la puerta.

—No estaría mal que le proporcionarais la cuerda, Pedro —le dijo a éste al pasar.

—Perdonad, monseñor, pero... ¿deseáis verdaderamente que el conde Sforza huya?

Gandía se quedó de una pieza, y se detuvo como para interrogarse a sí mismo.

—En primer lugar, no me gusta la sangre —observó—, Después, Sforza no me ha hecho nada. Y, por fin, Lucrecia parece interesarse por su vida. En resumen, creo que este asesinato nos va a traer algún contratiempo.

—En este caso —dijo Pedro—, lo más prudente es no hacer uso de la ventana, que, sin duda, atraería a los soldados de guardia en el patio. Sería más seguro y expeditivo que el conde se pusiera mis ropas y se cubriese con mi antifaz. En la plaza Navone hay baile esta noche. Yo debía ir con tres camaradas. Estoy citado con ellos dentro de unos instantes en el extremo del corredor, en el salón cuadrado. Mis camaradas conocen mi antifaz de Baco: unos cuernos en la frente, una nariz púrpura, una barba de estopa y unos racimos de uva por orejas. Así se llevarán el conde Sforza. Les franquearán el paso y una vez en la calle...

—Una vez en la calle —dije—, Sforza coge un mulo y va a San Sixto, donde le proporcionarán un disfraz.

—¡Muy divertido! —declaró Gandía—. César va a ponerse enfermo. Estas son las chanzas que me gusta jugarle. No es malo...

Y antes de cerrar la puerta, añadió:

—Y, además, esto no hace daño a nadie.

Lo que me sorprendió fue la precisión y la lucidez con que Sforza se puso a planear su huida. El hombre que, una hora antes, me dirigía palabras de enajenado y se lanzaba contra mí como un poseo, dio de pronto pruebas de una decisión y de un método que yo estaba lejos de esperar de él. En primer lugar, dio las gracias a Pedro, se sacó del dedo un enorme diamante al que tenía mucho apego y se lo dio. Después se preocupó por los agentes de César, que debían de saber ya que había abandonado su aposento para hacerme una visita. Si se dejaban desorientar por su disfraz seguirían creyendo que estaba en mi aposento. Era de temer que utilizasen los informes de una de mis doncellas o de mis criados para cerciorarse de ello rápidamente. Al darse cuenta de que había huido, darían el alerta inmediatamente. Ahora bien, Sforza consideraba que para tomar suficiente delantera necesitaba una noche de ventaja sobre sus enemigos. La conclusión era que se les debía despistar. Pedro tenía que remplazarlo a mi lado, de manera que, con el aposento poco iluminado, el espía pudiera engañarse.

—Esto no os compromete, Pedro —explicó—. A los ojos de vuestros camaradas habréis asistido al baile con ellos y podéis haberos perdido en cualquier encrucijada. Mañana los encontraréis y les podréis contar cualquier historia. En cuanto a los hombres de César, pensarán que he partido al amanecer y me buscarán con dos leguas de retraso.

Mientras mi marido se ponía las ropas de Pedro, que éste había ido a buscar furtivamente, yo escribía la carta destinada a la superiora del convento de San Sixto.

En el papel encontré todavía más palabras escritas bajo la amenaza de la crisis de furor de Juan Sforza. «Roma, 17 de abril de 1497.» Me bastaba continuar. Pero esta coincidencia, al recordarme el odioso trato que había soportado poco antes, me encolerizó de nuevo. Llamé a Sforza y le entregué el papel sin dignarme mirarlo.

—Veréis ahora que no he olvidado el juramento de fidelidad que bajo la espada os presté —dije con voz enconada—. Esta carta es una nueva prueba de ello; la última. He cumplido con mí deber con vos y más aún. Id a vivir o haceros matar en otra parte y no contéis conmigo. Jamás me reuniré de nuevo con vos.

Cogió el papel sin contestar. No pude dejar de mirarlo y me eché a reír.

Sforza se tocaba ya con la ridícula máscara de Pedro y la visión de tan lamentable personaje a la luz de los candelabros, con su cuerpo encogido por el miedo, que tartajeaba bajo la máscara hilarante y rutilante, me proporcionó al desahogo nervioso que necesitaba. Creí que nunca acabaría de reírme.

Y cuando Sforza franqueó la puerta para emprender su aventura, apenas había recobrado mi seriedad.