CAPÍTULO XV
CÉSAR PIENSA

Dos velas ardían, una a la derecha y otra a la izquierda de César, iluminando unas cartas nerviosamente abiertas que cubrían la mesa y las manos de César, pesadamente apoyadas en los extremos. Gruesas sortijas brillaban en sus dedos. Él las miraba. Escuchaba el crepitar del fuego detrás de él, en el fondo de su espacioso gabinete de trabajo, en la chimenea monumental en la que las ondulaciones de las llamas respondían a las formas retorcidas, tumultuosas y entrelazadas de las esculturas que la encuadraban. César escuchaba también el ruido de uno de sus pies golpeando a intervalos regulares los travesaños de su sillón. Escuchaba hasta su propia respiración.

Un roce brusco interrumpió su meditación. Se sobresaltó, volvió la cabeza y sonrió.

—¡Quieto, Hércules!

El gran dogo que dormía al calor de la lumbre había movido inconscientemente una pata. Se la llevó al hocico sin interrumpir su sueño. César le había hablado en voz baja para no despertarlo. Sabía que la orden que había dado no significaba nada. Había hablado para convencerse de que estaba allí.

Se levantó sin objeto. Cerca de la ventana, dos candelabros no encendidos reflejaban los fulgores de la lumbre en sus cincelados.

Maquinalmente, César cogió los candelabros, los encendió en las velas de la mesa y volvió a colocaros en el antepecho de la ventana. «Así sabrán que César Borgia está trabajando», se dijo.

El «sabrán» no podía referirse más que a un jardinero que se levantaba antes de despuntar el amanecer para recoger las hojas muertas de las avenidas o un centinela con los dedos entumecidos en la alabarda, contando los pasos de ida y vuelta que le quedaban por andar hasta que fuesen a relevarle.

Hércules había exhalado un corto gemido. La mirada de César se ensombreció. Pensaba en Pompeyo, el hermano de Hércules. «Aquel día cometí una tontería», se dijo como cada vez que pensaba en Pompeyo. Para divertirse, tanto como para divertir al populacho, había soltado solemnemente irnos toros en la plaza Navone y había luchado con ellos a caballo, con sus perros. Fue una magnífica cornada por parte del toro y un magnífico fin para Pompeyo. Sin embargo, a fin de cuentas, César lo lamentaba. Y se reprochaba lamentarlo. Su mirada estaba fija en los candelabros que se veían brillar en el cristal. El que viera la luz que desprendían sabría que César estaba ya despierto y se preguntaría qué nuevo asalto preparaba. Y él pensaba en un perro. «En la vida se pierde mucho tiempo», se dijo.

Dio un paso hacia la mesa y luego, para retardar el momento de sentarse, se dirigió hacia la chimenea. En vez de llamar un criado, cogió el atizador y hurgó entre los leños encendidos.

Les daba vuelta y los apartaba con aparente violencia. Al retroceder se había formado una nueva pirámide de llamas, que roncaba entre vivos crujidos y surtidores de tenue vapor. Entonces se dio el gusto de hacer más ruido arrojando el atizador contra la piedra y volvió a su sillón.

Lo primero que hizo fue coger la carta. Después la igualó cuidadosamente, repasándola con la palma de la mano. Estaba baqueteada y en el trayecto debió de haberse mojado. Sobre la bonita y sutil escritura de Maquiavelo veíanse unas manchas.

Volvió a leer el escrito. Lo que le llamaba la atención era la segunda parte:

Monseñor, me gustaría continuar hasta el fin de esta carta el ramillete de elogios que merecéis por vuestro carácter y la política que lleváis a cabo. Pero debo destinar unos párrafos a las críticas.

Es un gran mérito vuestro haber vuelto él rey de Francia como un guante y haber obtenido de él un feudo en el valle del Rodado y una esposa en el del Loira, y poder contar cuando lo deseéis con el apoyo de sus ejércitos, y me parece muy bien que en él momento en que Ludovico el Moro, envuelto en sus propias intrigas se convertía en prisionero del rey de Francia, vos os convirtieseis en aliado suyo y pariente. Apruebo todos los medios que habéis utilizado para ensanchar los Estados Pontificios hasta más allá de Romana, y me parece bien que hayáis puesto sobre el tapete vuestras pretensiones con respecto a Nápoles.

Habéis obrado de tal manera que os considero un modelo de príncipe, pero permitidme que no os disimule las sombras de este cuadro hasta aquí tan perfecto.

Por más fructífera que sea, la más hermosa rama no puede ignorar de dónde procede la savia que la alimenta, y en verdad, su canal es el tronco. Vuestro poder inicial procede de Su Santidad el papa Alejandro, hombre fuerte si los hay, que los años no han logrado abatir; pero él tiempo tiene la última palabra, ¿no es así? Como rama os cargáis de los más ricos frutos sin pensar que la muerte del tronco, cuánto mayor sea la carga de frutos que soportáis, más vulnerable os dejará. Me hubiera parecido más acertado prepararos desde ahora mismo para resistir la sacudida que producirá en Italia la muerte de Su Santidad. Habéis eliminado ya a los Orsini y a los Colorína, es cierto; pero si mañana tuviera que elegirse un Papa, tenéis demasiados enemigos, no sólo para ser elegido, sino para hacer elegir un cardenal de vuestra confianza.

Ahora bien, no es el rigor de vuestra política lo que ha p concitado contra vos tantos enemigos, sino el hecho de que habéis llegado a ser un príncipe intratable. La reputación también cuenta. Esto habéis podido comprenderlo en vuestros Estados de la Romaña. Habéis confiado su administración a un hombre cruel que ha acabado con toda resistencia y después lo habéis mandado ejecutar por sus crueldades. De golpe os habéis presentado como libertador, mientras vuestros enemigos habían dejado de existir. Pero no siempre habéis obrado así. Por desgracia, han sido vuestras propias manos las que, con demasiada frecuencia, se han ensangrentado, y no las de subordinados que os hubiera sido fácil repudiar después. Mi sinceridad me obliga a deciros que pronto llegará él momento en que ningún miembro de una gran familia se atreverá a presentarse en vuestra compañía. Volved a leer en Tito Livio el retrato de Catalina. Es lástima que hayáis llegado a pareceros a él más que a vuestro ilustre modelo César. Entre los excesos que habéis cometido, hay algunos que no hubierais podido evitar fácilmente y los paso por alto.

La falta que os arrastra es un asesinato que no era necesario: el de uno de vuestros parientes, del que, según se dice, estabais celoso desde hacía mucho tiempo. Debéis comprender la distinción que hago. Se hubiera perdonado un crimen político a un príncipe envuelto como vos en tan vastos tumultos. Pero ese crimen pasional y casi sin motivo produce inquietud, en primer lugar porque nadie se siente a cubierto y hace cundir el miedo y después el odio. Y en segundo lugar, inquieta porque os presenta menos seguro de vuestro destino. En él caso que nos ocupa ni siquiera habéis tratado de fingir. Hay crímenes que se os imputan, pero de ellos, con razón o sin ella, podéis defenderos con éxito. Pero él último, lo habéis llevado a cabo con escándalo. Y casi habéis osado esperar la enhorabuena del Sacro Colegio. Los alaridos de vuestra hermana han resonado urbi et orbi.

En resumen, después del asesinato del joven Alfonso de Aragón no diré que vuestra deslumbrante carrera se halle comprometida, pero si debo decir que no podréis triunfar más que si la suerte os protege, porque, oídme bien, ya no encontraréis un hombre que se una a vos de buen grado. Hay que atemorizar enseñando un puñal, pero no jactarse de la sangre que brilla en su hoja, sobre todo si la sangre es fraterna.

No invoco la moral, monseñor. Solamente os hablo en nombre de un dios que siempre os ha agradado y a quien prestáis bien poca ayuda: el triunfo.

Desde la víspera, César había leído cinco o seis veces esta carta. Y cada vez pasaba por los mismos estados de ánimo. Cólera contra Maquiavelo: «¿Quién se ha creído que es ese florentino?» Crisis de superstición: «Con tan siniestras predicciones, me va a traer la desgracia.» Pausa lúcida: «Hace bien hablándome claro, se lo he pedido yo.» Impulso defendido: «No tiene razón de condenarme tan a la ligera, porque yo no he matado a la ligera.»

Y de este modo, César tropezaba con la misma cuestión: ¿Por qué había matado a Alfonso de Aragón, al marido de su hermana Lucrecia?

La carta de Maquiavelo se había mezclado otra vez con los demás papeles. Las manos de César estaban otra vez inmóviles en los extremos de la mesa. Después se levantó.

En su inútil agitación hubiera querido encontrar un objeto cualquiera mal colocado para apartarle de un puntapié, pero demasiados domésticos, temerosos de su ira, habían velado porque el orden reinase en su despacho. Se detuvo ante el perro. El animal sintió pesar sobre él una mirada demasiado profunda y abrió los ojos. No se atrevió a levantarse. Aquella mirada lo clavaba en el suelo. El parecido del perro con su hermano era tan grande, que César creía estar viendo a Pompeyo, el perro muerto por el toro.

—Ya lo ves, Hércules —dijo—, siento remordimientos por la muerte de Pompeyo y no los tengo por la muerte de Alfonso. La cuestión está en saber si debería tenerlos.

«Un asesinato no empieza en el momento en que uno busca el mejor lugar para cometerlo. ¿Cuándo empecé a preparar el asesinato del príncipe?», se preguntó Cesar.

Se detuvo delante de la ventana y sopló uno de los dos candelabros. Si lo hubieran interrogado en aquel momento no habría sido capaz de explicar su gesto. ¿Por qué había apagado aquella llama? ¿Por qué entre los dos candelabros había elegido uno y no el otro?

César se hacía con frecuencia preguntas de este género. Se decía que si Dios llegaba un día a pedirle cuentas tenía respuestas preparadas. Lo único que le preocupaba eran pequeños detalles como aquél. ¿Por qué entre dos búfalos que surgían del pantano elegía uno y no el otro? ¿Por qué entre dos pares de guantes idénticos había titubeado al acabar de vestirse, antes del asalto de Bolonia, y por qué había elegido uno de ellos? ¿Por qué cuarenta meses antes, el día de la boda de Lucrecia, cuando sus hombres se habían peleado con los de Sancha y el pequeño Alfonso había echado mano a su puñal para restablecer el orden, lo había detenido dispuesto a batirse, es decir, a matar o a ser muerto y, en cambio, durante un segundo había pensado: «Muy bien, Alfonso tiene razón y voy a echarle una mano»? ¿Era el azar?

Sopló el segundo candelabro y con el dedo limpió la parte empañada de cristal. ¿El azar? ¿No lo llamaba Providencia la Iglesia? Los antiguos lo conocían con el nombre de fatalidad.

Por el trozo de cristal limpiado veía una parte del patio y una fachada. Piedras que el hombre había reunido y adornado, que durarían mucho más tiempo que aquellos cuerpos infantiles que las matronas llevaban por el atrio de las iglesias o por los mercados. Aquellas piedras durarían siglos. Desafiaban al azar, a la Providencia y a la fatalidad.

Se volvió. Hércules había vuelto a dormirse. El fuego empezaba a declinar en la inmensa chimenea. Sobre la mesa las velas se consumían. Se oían pasos en el corredor. El palacio despertaba.

No existe el azar, ni la Providencia, ni la fatalidad para los hombres fuertes —se dijo César—. Si aquel día invité a Alfonso de Aragón a volver a envainar su puñal, caso que no quisiera medirse con el mío, fue sencillamente porque tenía ganas de matarlo. Un muchacho guapo de pelo ondulado, encantador, con unos ojos negros, manos de muchacha y ademanes bruscos. Oriundo de una gran familia, llegaba a Roma orgulloso de sus blasones. No... Ni siquiera estaba orgulloso. Para él era natural pertenecer a una familia de príncipes. Nunca le había extrañado. No había tenido necesidad de conquistar el respeto y la obediencia de los demás como los Borgia. Un alma pura de corazón valeroso, un cuerpo musculoso, buenos sastres a su servicio... Un muchacho feliz...

Un muchacho diáfano que nunca tuvo ningún problema, excepto alguno de geometría planteado por un profesor celoso. Su caso era sencillo: había nacido De Aragón y se mantenía De Aragón. Se le destinaba a una Borgia y llegaba con buenos sentimientos por los Borgia, apenas un poco asqueado, mirando bien donde ponía el pie por miedo a ensuciarse. Nunca había tenido necesidad de mancharse las manos. Y no temía nada porque lo ignoraba todo.

Los frutos maduros caían en sus brazos. La muchacha más hermosa de Roma se convertía en su mujer. Podía acariciar la esperanza de ser un día rey de Nápoles. Y la segunda belleza de Roma era su hermana, una bribona a la que él visitaba por la noche.

Le bastaba dejar transcurrir su vida y confiar en los acontecimientos. Muerto, había debido ofrecer a Dios el gozo de contemplar una vida límpida como un diamante puro.

Seamos sinceros. La visita a Sancha fue el origen de todo. La doncella que yo tenía a sueldo en ese época, por una especie de celos en los que había más curiosidad que envidia, me despertó en plena noche. Un hombre en las habitaciones de Sancha... ¿Quién? Alfonso de Aragón, su hermano. Yo exhalé un suspiro de indulgencia: «¡Si es su hermano...!» Me miró a los ojos sin decir palabra. Lo que quería decir: «Vos sois su cuñado y, sin embargo, ya veis...» Es verdad que de Sancha se puede esperar todo, éste es su gran encanto. Yo me pregunté si no debía ir a sorprenderlos. Necesitaba demasiado aquella boda de Lucrecia y Alfonso para permitirme semejante capricho. Me he pasado la vida negándome caprichos.

Lo que hice, lo que tenía que hacer era mandar otra vez a la doncella a escuchar y volver a informarme después de la salida del visitante. Su información fue confusa. Había percibido largos silencios inquietantes, suspiros y una respiración entrecortada. La doncella no opinó. Yo tampoco lo hice.

Sancha, a la que interrogué fríamente al principio de la ceremonia, no me contestó en seguida. ¿Fingió confusión para darme celos? ¿Era culpable o se burlaba de mí? Siempre me han ocupado demasiado los asuntos de Estado para dejarme tiempo para meditar sobre los del corazón, incluso sobre los míos. Tomé la resolución más sencilla: olvidar. Pero olvidé airadamente. Le dije a uno de mis escuderos: «Si se os ofrece ocasión de hacer rechinar los dientes a mi cuñada, no la desaprovechéis.»

Y a mis escuderos, faltos de imaginación, no se les ocurrió nada mejor que provocar una pelea como si estuviesen en una taberna. La cosa me enfureció tanto como al propio Alfonso. Creo que si me arrojé sobre él, fue porque, sin prueba alguna, sospeché que se disponía a defender a los hombres de su hermana menos por afecto familiar que por gratitud de alcoba. Hay más. No me gustó que otro enseñase los dientes en un lugar en donde, después de la muerte de Gandía, sólo yo podía mostrarlos.

Sin embargo, recuerdo que no lo odiaba. Se enfrentó conmigo muy dignamente y hasta su mueca de cólera me fue simpática. Por lo menos había alguien capaz de enojarse. Ahora recuerdo que hasta sentí un acceso de simpatía tan pronunciado que, al anunciarme antes del banquete la muerte de Carlos VIII, casi lo compadecí, pues mi imaginación había dado un salto. Luis XII, el sucesor de Carlos VIII, iba a tener necesidad del Papa para anular su matrimonio. A través de las negociaciones que seguirían, yo podía serle útil, necesario, y podía buscar mi amistad.

Ya me veía aliado con el rey de Francia marchando sobre Nápoles. Y por el mismo hecho, el pequeño Alfonso de Aragón, cuya boda con mi hermana era necesaria un cuarto de hora antes, se convertía en un obstáculo. Y me dio pena.

Estaba delante de mí y yo contemplaba su pequeño rostro. Era adorable. Compartía su admiración entre las vituallas que se derramaban del toro que yo acababa de abrir y los claros ojos de mi hermana Lucrecia.

Y hasta llegué a cortar el vuelo de mi imaginación en atención a aquel hombrecito. «Después de todo —pensé—, Roma quizá no llegue a entenderse mejor con el nuevo rey de Francia que con el finado y, por consiguiente, la presencia de Alfonso de Aragón no será ningún estorbo.»

Esto es lo que podría contestar a Maquiavelo. Lo que me hizo arremeter contra Alfonso no fue un sentimiento inicial de hostilidad.

No cedí a un impulso ni me era desagradable tenerle frente a mí en un banquete. Si me hubieran dicho que un día iba a verlo con lo boca desmesuradamente abierta, con la lengua rígida fuera, en medio de un rostro violáceo, habría rechazado con asco semejante predicción.

Sancha no me apasionaba hasta el punto de desear la muerte de su hermano. Sentía ráfagas de ira contra él y esto era todo. Si todos aquellos que han provocado en mí momentos de cólera hubieran tenido que morir, el Vaticano sería un palacio desierto.

Esto es tan cierto que unas semanas más tarde, ya no pensaba en él. Casi había olvidado sus facciones, pues nos encontramos muy pocas veces los días que siguieron a su boda. Lucrecia tampoco se dejaba ver mucho. Las noches no les bastaban.

El día de mi partida volví a ver a Lucrecia a solas. Su expresión era feliz y parecía fatigada. Me deseó buen viaje alegremente, preguntándome cuánto tiempo duraría mi estancia en Francia. Quería saber si el nuevo rey me había otorgado un ducado en Valence. A través de esas preguntas anodinas adiviné muy bien su deseo: esperaba que yo me estableciera al otro lado de los Alpes. Me preguntaba sobre mi boda. La pequeña Carlota de Aragón, a la que me destinaba el rey de Francia, era prima de su marido y me expresó el placer que le causaba la promesa de este segundo lazo entre él y yo.

Hice resaltar brutalmente que había olvidado darme las gracias. Todavía me parece oír su voz argentina henchida de fingida inocencia: «¿De qué?» «De haberte dado un marido que te va de maravilla.» No contestó. Pero en su rostro se leía: «no lo has hecho adrede». Entonces me di el gusto de restregarle el pasado por las narices. Adopté una actitud embarazada al preguntarle: «¿Me has perdonado ya la muerte de Pedro?» Ella se ruborizó y me detestó en silencio.

Supongo que es un rasgo que distingue a los grandes enamorados. Os aseguran muy seriamente que tocar a su amante es como desgarrarles las entrañas. Seis meses más tarde, resulta de mal gusto recordarles que las entrañas desgarradas fueron las de su amante. Pedro había muerto. ¡Viva Alfonso de Aragón!

Yo también soy así, pero no creo que mi sensibilidad sobre el particular llegue a la décima parte de la de Lucrecia.

Durante la conversación que sostuvimos, comprendí maravillosamente lo que pasaba por ella. Hubo un momento en que se alarmó porque debí dejar traslucir el pensamiento de que Alfonso era el gran amor de su vida. Ella me cree capaz de todo, una especie de representante del mal sobre la tierra. Por esto tuvo miedo de que le quitase su juguete si dejaba ver que le gustaba demasiado. Al mismo tiempo estaba demasiado enamorada para quitarle importancia. Adoptó un término medio y murmuró en tono frivolo: «Sí, es un marido muy cumplido.»

A caballo, por el camino, seguía persiguiéndome el recuerdo de sus manejos. Yo afectaba creer que me gustaba ser detestado y me regocijaba de ver el miedo reflejarse en las miradas cuando me acercaba. ¿Es verdad esto? Precisamente es la manifestación de este miedo lo que más a menudo me ha inspirado ideas de violencia. Por ejemplo, jamás se le ha ocurrido a nadie apelar a mi buen corazón. Nunca me ha dicho nadie: «Tengo confianza en vos y a vos me entrego.» Si alguien lo hubiera hecho, tal vez habría obtenido hasta mi camisa. Nunca he encontrado otra cosa que sospechas. Y yo me he limitado a justificarlas.

El aire libre me hizo bien. Hay momentos en que Roma acaba por anonadar. Salimos de ella al son de los pífanos y los tambores, de las cornamusas y las bombardas. Mis hombres y mis caballos eran todo oro, terciopelo y plata. En la campiña romana los labriegos se prosternaban ante mis mulos. Hasta franqueados los Alpes no empecé a encontrar sonrisas de burla. En Valence, los zapateros cantaban coplas alusivas a mi paso. Pero en Lyon, que es más italiano, se celebraron representaciones de misterios en la plaza, con gran pompa, en mi honor. Después mi Mediodía latino desapareció. Solamente se veían cultivos demasiado ricos sobre los cuales se cernía un cielo demasiado próximo.

Luis XII me esperaba en su castillo de Blois. Llovía y la niebla cubría el Loira. Los árboles no eran como los nuestros. El castillo me impresionó. Caía a plomo sobre nosotros, pesado como nuestras ropas empapadas de lluvia. En aquel ambiente gris, el oro de nuestros jubones parecía falso. Encontramos al rey de Francia calzado con unas gruesas botas, el aire socarrón, de vuelta de una partida de caza. Aquella recepción que yo había imaginado mil veces, adquiría el aire de un encuentro fortuito en el camino real. Los señores franceses reían. Los cascabeles de mis mulos divertían hasta a los muchachos. Sus herraduras eran de plata, pero estaban cubiertas por una costra de barro hasta el lomo. Los caballeros de mi séquito, lastimados por el rigor del clima, estornudaban y se sonaban. Los muchachos nos dieron escolta por las calles, pero sin ningún respeto. Los tenderos permanecían en el umbral de las puertas y nos miraban pasar como si fuésemos titiriteros de feria.

De todos modos, por la noche comí con el rey. Una comida muy sobria. «Una comida de cazadores», como anunció Luis XII, con aire bonachón. La verdad es que no quería tratarme como un príncipe y lo consiguió. Y al atreverme, pensando que el abundante vino que había bebido estimularía su cordialidad, hablarle de mi matrimonio con Carlota de Aragón y darle prisas para arreglarlo pronto, me dio la respuesta del grande al pequeño: «Veremos.»

Y aquella noche, intentando conciliar el sueño en mi helado aposento, pensé en mi cuñado Alfonso de Aragón. Si hubiese sido él y no yo el visitante del rey de Francia, éste lo habría recibido desde lo alto de la escalinata de honor. Le hubiera llamado «mi estimado hermano» o «mi primo». Y le hubiera tratado como a un camarada. En suma, habría tratado a aquel pazguato como a un gran príncipe en atención a su nombre. Se habrían inclinado ante un mequetrefe que en Roma se inclinaba ante mí. Pensándolo bien, me di cuenta de que Alfonso de Aragón no se había inclinado ante mi poder todavía, ni en Roma. No había tenido tiempo. Y me prometí verle a mi regreso y vengar la afrenta que se me había infligido, a pesar de no ser él el autor.

Y me irrité de nuevo contra él cuando cediendo a las débiles instancias del rey, Carlota de Aragón, después de haberme contemplado en el transcurso de una comida, contestó: «Na» Supe que no me consideraba un príncipe, sino un aventurero. Hasta llegó a declarar su impresión al embajador de Nápoles, que le contestó: «Es cierto. Ya hay bastantes Borgia en vuestra familia. A la muerte del Papa esas gentes no serán nada.»

Tenía razón. Pero no la tenía al olvidar que no era yo uno de esos príncipes nacidos en las gradas del trono que se limitan a disfrutar de la vida. A la muerte del Papa yo seré lo bastante fuerte para asumir el poder. Así se lo dije sin ambages a Luis XII, jactándome de ser capaz de obligar al Sacro Colegio a elegir Papa de mi gusto en el lugar de Alejandro si este desaparecía. Añadí que no era hostil a la candidatura de un Papa francés.

Por otra parte, el rey de Francia, a pesar de lo mucho que me despreciaba, necesitaba mis buenos oficios. Necesitaba del Papa para divorciarse y su alianza con él era oportuna en el momento en que se disponía a reanudar la campaña de Italia.

En la partida de caza me cogía aparte, con dos o tres de sus oficiales y me interrogaba sobre las plazas fuertes del Milanesado y el número de arsenales en la llanura del Po. Los oficiales franceses hallaban siempre ocasión de burlarse de mí porque, siendo en el fondo un diplomático, sólo había hecho la guerra como aficionado y me embrollaba a veces con el vocabulario militar. De todos modos, el rey les mandaba callar.

Acabó por decirme: «Sois una pieza importante en mi juego.» Le declaré que me encantaba, sin revelarle que era él la pieza importante del mío. «Quiero Italia —continuó brutalmente—. Y vos deseáis una boda que os haga respetar. Bien, puesto que Carlota de Aragón no quiere, os propongo otra Carlota. Al menos, de este modo, no cambiáis de nombre.» Y se echó a reír con la risa brutal de los franceses, que acaba en un acceso de tos.

De momento, temí que quisiera humillarme con una unión demasiado modesta. Pero quería Italia y, por lo tanto, procuraría complacerme. Y yo pensé: «Vas a empujarme en mi carrera y no lograrás Italia.»

Me destinaba Carlota de Albret, hija del rey de Navarra y pariente suya. Con ello, me convertía en una especie de primo lejano del rey de Francia. Aquello yo no lo esperaba y me gustó. Un hombre que podía engreírse de su parentesco con Luis XII dejaba de ser un aventurero.

La negociación fue difícil. La familia protestó por lo que consideraba una boda desventajosa. Era una especie de chantaje. Una vez hube escrito a Roma para convertir un insignificante Albret, un mequetrefe aficionado a tocar el caramillo, en cardenal, y hube distribuido unos obispados entre la familia, me aceptaron, con bastantes reparos, pero me aceptaron. La broma había durado seis meses.

Hasta la víspera de mi boda no tuve la mente lo bastante desocupada como para echar una ojeada a mi mujer. Observé que era bonita. Estábamos en mayo. Aquella Tu—rena que tanto me había afligido cambió de fisonomía en pocos días. Blois desapareció, sumido entre lilas y alhelíes. Los franceses son sensibles a la primavera porque sus inviernos son duros. Se pusieron alegres y yo aprendí a catar su vino. Por la noche, me encontraba en el lecho con la hermosa muchacha. Había tenido el placer de derramar unas gotas de sangre real.

Ella era a la vez sensual y severa y muy diferente a mis mujerzuelas de Roma. Dábamos limosna a los campesinos y yo sentía que me estaba convirtiendo en un verdadero príncipe. A pesar de los ejercicios amorosos, engordaba. Escribí a Lucrecia: «Sé feliz, yo lo soy también.» Después rompí la carta. Me daba vergüenza ser dichoso tan fácilmente. Los franceses tienen una expresión para esta especie de dicha: «Es feliz como un pollo cebado.» Lo lamento, pero este género de beatitud no va conmigo.

Las noticias de París me arrancaron de mi arrobamiento. Los estudiantes daban una representación al aire libre cuyo tema era mi boda con Carlota, que era objeto de escarnio. Yo aparecía como un bufón superfluo, medio cretino, medio bandido. No quedaba mucho mejor Su Santidad el Papa. Mi hermana Lucrecia figuraba en ella poco menos que como una prostituta.

Me precipité hacia el rey de Francia. Le encontré tanto más enojado cuanto que sus ejércitos se aprestaban a pasar los Alpes y, habiéndose empeñado en tomar el Milanesado, estaba preocupado por no concitar una coalición en que los Borgia lanzarían contra él los Estados Vaticanos, Nápoles y tal vez Venecia.

Por primera vez el rey no me mandó a paseo y por primera vez tuve el gusto de que escuchase mis firmes palabras. En mi presencia ordenó a su gran cancüler y al conde de Ligny que abandonaran Blois al cabo de una hora y fueran a París con objeto de restablecer el orden.

Sin embargo, las representaciones prosiguieron durante las semanas siguientes, hasta que el rey en persona se decidió a comparecer por allí. Cesó la mascarada, pero me decepcionó que aquella sacrilega manifestación no fuese castigada con alguna ejecución. En Roma, de haber ocurrido algo semejante, los puentes hubieran aparecido cuajados de horcas, hasta hundirse casi con el peso de los ahorcados. En París ni siquiera se detuvo a un solo estudiante. Se les dejó a seis mil de ellos, y armados además, entregarse a manifestaciones de menosprecio hacia mí durante un día entero y casi les dieron las gracias cuando prometieron que no insistirían en lo sucesivo. Así son los franceses. Los primeros fracasos que coseché entre ellos se debieron, sin duda, a que me resultaba imposible acostumbrarme a sus pintorescas costumbres.

Aquellos incidentes me habían afectado. Cuando regresó el rey, le comuniqué mi desazón. ¿Volvería a ver el Loira? ¿Volvería a ver las hermosas caderas de Carlota? Esto era lo que me preguntaba al descender hacia el Sur con el ejército francés.

El Lyon encontré un correo. El papa Alejandro me daba carta blanca. Aprobaba mi conducta y me dejaba entender que era el único que la aprobaba. En todos los Estados italianos se me consideraba un traidor vendido a los franceses, que volvía en compañía de semejantes bárbaros para servirles de guía en Italia.

Entre los italianos de mi séquito, cundían los mismos sentimientos, si bien expresados con mayor reserva porque yo estaba allí. Leonardo de Vinci, ese ingeniero cuyo talento militar es bien conocido, aunque yo tengo en más su genio de pintor, me planteó la cuestión con toda franqueza, una noche que cabalgábamos a orillas del Rodado. «Los franceses vienen a robaros. ¿Por qué diablos les ayudáis?» Le contesté que, de todos modos, los franceses eran lo bastante poderosos para lanzarse contra Italia, sin contar conmigo: «No pudiendo impedir el robo, lo dirijo. Imaginad un propietario que sabe que los bandidos se disponen a saquear sus propiedades. Se disfraza, les ayuda y acecha el momento en que, fatigados y cargados con el botín, se dejarán encerrar en la bodega.» Leonardo, cuya inconsciencia le presta un cierto valor, detuvo su caballo y se rió en mis propias barbas. «Voy a contaros otra fábula, monseñor, puesto que gustáis de ellas. Un propietario, temiendo la visita de Un grupo de bandidos, les salió al encuentro y les persuadió de ir a robar en los dominios de sus amigos.» No le contesté. La posteridad optará por una de estas dos versiones.

La verdad se hallaba en la carta que el día siguiente envié a Maquiavelo. En ella le decía que me sentía el príncipe más seguro del mundo, puesto que si los franceses eran devorados por Italia, yo sería el primero en abrir las fauces, pues presentía el lejano objetivo de Luis XII: Nápoles. Quería conquistar Nápoles. Para ayudarle, le pediría el ensanchamiento de los Estados Vaticanos: la Romana entera. «Si vence en Nápoles, siempre nos quedará la Ro—maña y si es derrotado yo seré el más fuerte de esta Ro—maña para perseguirlo.»

La sensación de que mi política servía en primer lugar mis ambiciones, al mismo tiempo de servir a Italia, me hacía concebir un profundo desprecio por los franceses que me rodeaban. Ya podían ir burlándose de mi acento. Mi lengua era mejor que la suya, pues era la de un diplomático.

En el transcurso del primer encuentro con los regimientos suizos de Milán, Bayard me apartó con aire chocarrero, diciéndome: «No permanezcáis ahí. Estáis en peligro.» Sí, pero era yo quien había dado la idea a Luis XII de hacerse con los regimientos suizos para que traicionaran a Ludovico el Moro y nos lo entregasen.

Luis XII estaba contento de pasear por el Milanesado. No se encontraba desambientado por las semejanzas que esta región ofrece con el sudeste de Francia. Sin embargo, cuando surgían unas palmeras en los valles cálidos, presentía los paraísos italianos de sus sueños, a la manera francesa: una hermosa dama bajo un naranjo con un volcán en el fondo. Porque lo que hacía arder su imaginación era Nápoles. El solo nombre de Nápoles le ponía en trance, como el de Jerusalén a los antiguos cruzados.

Entonces fue cuando reclamé la Romaña como un pequeño regalo y le pedí que me prestase sus tropas para conquistarla. Fueron unos días de vida plena. Durante el día era soldado y por la noche escribía. Cuando se quiere halagar a Leonardo de Vinci basta con decirle que es universal. Aquellos días yo tuve la sensación de serlo a mi modo. Devolvía la espada a su vaina, me sentaba bajo mi tienda y la espada me servía de pisapapeles. Mandaba cartas a Roma, a Venecia y a Nápoles. Y las recibía hasta del propio rey de España. Al amanecer una vez tendidas mis redes por escrito, de haber insinuado compromisos por medio de amplias frases ambiguas y de haber sopesado el pro y el contra de cada uno de mis actos, me reanimaba con vino tinto como hacen los franceses. Pero yo lo hacía con vino de Trebiano.

Después montaba en mi caballo. Los diplomáticos generalmente no conocen esas incitantes mañanas brumosas en las que se oye el toque de las trompetas de la caballería. Y los héroes a lo Bayard ignoran esas enervantes fatigas nocturnas destinadas a la reflexión y a la imaginación, con una pluma en la mano, pesando los hombres con palabras y sonriendo a la vela con los labios enjutos y la mirada enfebrecida.

Yo saboreé las dos cosas. A veces me ocurría que me detenía en un combate o escribiendo una carta para preguntarme qué era lo que me faltaba para ser el hombre perfecto.

¿No era toda mi vida una obra maestra? Tenía las más hermosas amantes. Mi mujer era de sangre real, además de ser muy bella. Yo era apuesto y mi rostro intimidaba. Triunfaba en la política y en la guerra. Podía humillar un toro tomándole por los cuernos, pero también gustaba de fomentar los gustos de los artistas y sabía que cuando llegase a ser rey no habría pintor, gran escultor, buen filósofo ni astrónomo de renombre que no residiera en mi corte. Desarrollaría hasta los más vastos límites imaginables todas mis facultades. Y el día de mi muerte no lamentaría que el mundo perdiese un artista, como hizo Nerón, sino que perdiese un hombre.

Yo sabía lo que me faltaba. Ser un santo. De haber puesto al servicio de la santidad el exceso ponderado con arte y vigilado con rigor que constituye el fondo de mi genio, hubiera superado los más grandes santos. La lástima es que la humildad, es desinterés y el olvido de sí mismo que constituyen los vehículos de la santidad, fuesen tan contrarios a las virtudes requeridas para ser un hombre de mi tiempo.

En suma, éste era el estado de lúcido ardor en que me hallaba cuando una mañana, después de muchos días y noches a caballo, vi Roma y el Vaticano...