CAPÍTULO VI
EL GRAN MIEDO DE JUAN SFORZA
Aquella escena hubiera debido impresionarme. Mi sorpresa fue que en los meses que siguieron, apenas si llegó a preocuparme. Es cierto que tuvimos otros motivos de interés.
La amenaza de las armas francesas, lejana al principio, se acercó con la majestad de una tormenta.
Gracias a su alianza con Ludovico el Moro, el rey Carlos VIII llegó sin dificultad a las fronteras de los Estados Romanos. Hasta en las pequeñas aldeas las gentes estaban asustadas y recitaban oraciones. Juan Sforza había ido a incorporarse a su regimiento. Nosotros contemplábamos el mar. Circulaban rumores absurdos. Se decía que nos llegarían socorros de Bizancio y hasta de Argel y que una gran flota de galeras se había hecho a la mar.
En materia de socorros, lo único que llegó a Pesaro fue un buque oriental cargado de especias y de golosinas. Yo compré un cargamento de pasteles de carne. Julia Farnesio, Catalina Gonzaga, yo y nuestras doncellas estábamos de pescado desde los labios hasta los dedos.
—Ya estoy harta de esperar. Basta ya de pasteles. Me marcho. Me voy con mi marido —me dijo Julia.
Me quedé sola. Los días se acortaban. Un mar amarillento batía las gradas del puerto, del que se habían marchado los buques de gran porte llevándose el oro, los tapices y los géneros de los comerciantes aterrorizados ante la perspectiva de un saqueo. En palacio había quedado una reducida guardia mandada por Pedro, que paseaba melancólicamente por las inútiles almenas.
—¿Qué vais a hacer si llegan los franceses? —le pregunté un día.
Desde Roma, cada día llegaban noticias embrolladas. Una noche, un mensajero me dijo que en el Vaticano estaban desocupándolo todo. Los lingotes de oro y los tapices eran arrojados en unos cofres improvisados, que se claveteaban ruidosamente cubriendo las murmuraciones de los cardenales asustados y dispuestos a traicionar. Los cofres tomaban el camino de Gaeta, adonde seguidamente marcharían Alejandro y César para hacerse a la mar rumbo a España. ¿Debía yo emprender el camino para imirme a ellos? El día siguiente se me anunció el regreso de los cofres y la entrada en Roma del rey de Nápoles, que, perseguido cien leguas por los franceses, conservaba todavía diez mil hombres.
Había el castillo de Sant Angelo, las tropas del Vaticano y las altas fortificaciones adosadas al Tíber. César afirmaba que los franceses no las tomarían. Dos días más tarde, los fugitivos nos aseguraban que los franceses seguían avanzando.
Se decía que todas sus columnas no avanzaban sobre Roma y que algunos regimientos descendían hacia el Adriático para tomar Pesaro, Venecia y Ancona con objeto de impedir un posible desembarco de los turcos.
Entonces, los campesinos afluyeron a la ciudad en busca de una seguridad ilusoria. En sus carretas llevaban la uva, ya demasiado madura, en racimos sanguinolentos y las pesadas peras de octubre. Cuando en el campo se veía elevarse una humareda, circulaba en seguida el rumor que hacía chirriar los cerrojos y chocar los postigos:
—¡Los franceses!
Pero no llegaban y la gente se cansó de tener miedo.
Yo di una fiesta. Había pocos invitados, pero, de todos modos, nos disfrazamos. En mi parque, las carretas, que habían sido adornadas simulando carabelas, hundiéndose bajo el peso de las flores cargadas del intenso perfume del fin de la estación, se entregaron a una batalla naval, con proyectiles de confeti y peladillas. Por la noche, las ráfagas, heraldos del invierno, levantaron un torbellino de corolas y de cintas que llegó hasta mi balcón. En Italia rugía el cañón, pero nosotros no lo oíamos.
Recibí una breve misiva de César, ordenándome que me escondiera en Pesaro bajo tierra, si era preciso, donde los franceses no se presentarían sin duda, en vez de correr por los caminos. Julia Farnesio había sido hecha prisionera por una compañía de gascones que habían puesto precio a su rescate.
Juan Sforza me enviaba mensajes cada vez más vagos por miedo a comprometerse por uno u otro lado. Si llamaba bárbaros a los franceses, moderaba la expresión diciendo acto seguido que nosotros los latinos éramos demasiado civilizados y la aportación de los rústicos del Norte quizá nos curaría de los excesos de nuestro refinamiento. Se entregaba a sueños diplomáticos tratando de reconciliar a romanos y milaneses a costa de los franceses y después renunciaba a ello. Y por fin, poniéndose al frente de su regimiento para batir el campo, me enviaba nuevas cartas igualmente confusas.
Yo apenas las abría. Me olvidaba de él como hubiera olvidado a un familiar por el que no hubiera sentido gran afecto y cuya salud no me fuese indiferente, pero, a fin de cuentas, me importase sólo medianamente.
Yo era el personaje más importante de la región y esto me agradaba. Ordenaba la vida a mi gusto; mi existencia era la de una muchacha libre. Me levantaba tarde y pasaba el tiempo lavándome el pelo. Probaba nuevos ungüentos y nuevos perfumes cada día. Por la tarde acudían a mi casa las bordadoras, los pañeros y los modistos a recibir mis órdenes, pues me dedicaba a dibujar mis vestidos, sin olvidar los adornos. Discutía sobre derecho con Giorgio Diplovatazio, el célebre abogado de Pesaro. Después de comer, tocaba el laúd, danzaba o me entretenía jugando con mis doncellas interminables partidas de cartas a las que no tardaron mucho en unirse los más listos de mis guardias.
Nos propusimos cazar garzas reales en los cañaverales cercanos al mar. Frías ráfagas encrespaban las olas, quebraban los cañaverales, azotaban nuestras faldas y alborotaban mi pelo, que me cubría los ojos. La partida había empezado al amanecer. El sol estaba ya alto cuando, aislada en un sendero con Caterinella, quise reunirme con el grueso de la partida. En un recodo proferí un grito.
Inmóvil, con el halcón en el puño, vi a Pantasilea debatirse silenciosamente en medio de unos hombres armados que se reían y se interpelaban en un lenguaje brutal, del que por fin pude desentrañar unas palabras en francés.
—¡Un refuerzo de doncellas! —exclamaron al vernos.
Mi mora tuvo más éxito que yo. Debía corresponder al tipo moreno y oriental que los franceses soñarían antes de atravesar los Alpes. En tropel la apearon de su montura. Uno de ellos bailaba con pasos horriblemente toscos mientras cantaba:
I t’airai
una brunette,
i t’airai,
oui ma foué.
Si ne t’ai point i metrai
mes chemi soles su man gilet[1].
En aquel momento Pantasilea daba unos aullidos que estimulaban el placer de los franceses. La habían derribado en el sendero y sus hermosos muslos blancos se agitaban desesperadamente.
Caterinella no dijo una palabra. Su pequeño rostro estaba contraído. Sin duda, desde su captura en Oriente había asistido a varias irrupciones de tropas victoriosas. Conservaba una calma triste. Sus labios pasaban de la boca de uno a la de otro. Después de un beso más prolongado, fijó sus ojos en el hombre que se lo había dado. Era pequeño, ancho de espaldas y rechoncho. Se le colgó del cuello y empezó a morderle. El hombre se apartó profiriendo un grito. La sangre brotaba por debajo de su barbilla. Yo me dije: «¡Está loca! Después de esto van a matarnos.» Los hombres soltaron una risotada, incluso el herido.
Yo trataba de ocultar mi temblor. Me daba vértigo; no comprendía nada de la escena que se estaba desarrollando. ¿Por qué besaban a mis dos sirvientes? ¿Por qué Pan— tasilea aullaba de aquel modo sin que un arma la amenazara? ¿Qué iban a hacerme? Mi pensamiento estaba puesto únicamente en Pedro Caldés. Aquel hombre me había dado siempre una impresión de seguridad. Me parecía que si él hubiera estado allí, habría logrado imponer orden.
Se abrió una muralla de cañaverales y él apareció.
No tuve tiempo de pedirle socorro. El más corpulento de los franceses me había levantado de la silla. Me llevaba en brazos y los demás proferían gritos de admiración porque, al abrirse mi manto, su forro de piel de lince chasqueaba al viento. Para montar a caballo me había puesto un vestido muy holgado. La cabeza echada hacia atrás y los cabellos sueltos barriendo el sendero, sentí el viento en las rodillas. Unas manos se disputaron mis muslos. Una mejilla sin afeitar frotó mi cadera desnuda, una boca corrió sobre el galón de mi camisa. Con la cabeza baja, yo solamente veía un horizonte de cañas abatidas y de cielo nublado. La boca se detuvo, me oprimió y oí cómo de mi garganta brotaba un grito de terror.
Al mismo tiempo, yo era brutalmente echada al suelo. Extendida, vi que Pedro golpeaba a uno de mis agresores con el pomo de su espada. Los hombres desenvainaron las suyas. Yo no pensaba en levantarme. Me decía: «¿Dónde está mi halcón?», al ver que el cordón que lo sujetaba pendía de mi muñeca. Tuve ánimos para bajar mi falda.
Los hombres envainaban sus espadas refunfuñando, mientras un caballero, que había llegado con Pedro, los cubría de injurias en francés. Llevaba una coraza y su voz era áspera.
—No perdamos tiempo —me dijo Pedro levantándome.
Añadió que aquellos franceses cumplían la misión de proteger la seguridad de su ejército por el lado de las costas del Adriático, pero que no venían en plan de enemigos. Entre su rey y el Papa Alejandro se había firmado un acuerdo. El hombre de la coraza era uno de sus capitanes. Había convenido que yo podía volver a mi palacio con mi escolta y mis invitados. Después era prudente que no me dejase ver fuera de mi residencia.
Mi querido caballo había desaparecido.
—No lo reclaméis, os lo ruego. Volvamos a palacio aprovechando las buenas intenciones de ese capitán.
Y me hizo montar en su silla, a la jineta.
—¿Y mi halcón? —grité.
Atardecía. Cuando llegamos al camino, nos vimos mezclados a la columna francesa que avanzaba con un estruendo atroz. Casi todos hablaban dialectos que yo no comprendía. Eran normandos, tan rubios como yo, gascones morenos y violentos auveraieses corpulentos, de fríos ojos y suizos enormes, límpidos y obstinados, que contemplaban el camino y pedían vino.
El viento agitaba sus penachos, que todos llevaban en sus sombreros, en sus gorros y en sus cascos. Sus armaduras relucían tristemente en el baño glauco del crepúsculo. Los arcabuces, las alabardas, las hachas y las danzas hacían ruido. Al franquear las puertas de la ciudad, se puso a lloviznar. Los infantes se subían los jubones de cuero hacia el pecho. Uno de ellos me preguntó dónde estaba el Vesubio. Se creía en Nápoles.
Entramos en palacio como una partida de cazadores perseguidos por el rayo. Cuando las pesadas puertas se hubieron cerrado tras de nosotros, respiramos. No obstante, al apearme del caballo de Pedro se me encogió el corazón. Había hecho la inquietante carrera con la cabeza apoyada contra su pecho. Me había protegido del frío.
Y cuando un grupo de franceses nos miraba con aire amenazador, sus ojos me hablan tranquilizado. Me ayudó a apearme sosteniéndome por los sobacos. Yo estaba calada de humedad. Los guardias y los criados nos esperaban en el zaguán.
Habían salido a relucir viejas armas oxidadas que chirriaban sobre las losas. Desde mi ventana oía el clamor que se levantaba en Pesaro y los domésticos me informaban. Los suizos andaban buscando vino a grito pelado. Los gascones, muchachas. Los normandos, dinero. Los auver— nieses, las tres cosas.
—Afortunadamente no están aquí como enemigos —me dijo Pedro.
Su exclamación significaba: «¿Cómo sería el saqueo si fuesen enemigos, a juzgar por lo que ocurre?»
—En realidad —le pregunté— ¿desde cuándo son los franceses nuestros amigos?
—Desde hace poco —me contestó con media sonrisa—. por poco tiempo.
Me informó que los fuertes de los Estados Romanos se habían rendido unos tras otros a la sola vista de las banderas francesas. Carlos VIII no había hallado resistencia alguna para entrar en Roma.
—¡En Roma! ¡El rey de Francia en Roma! —exclamé despertando súbitamente.
—Desde hace poco —repuso Pedro con su acostumbrada calma—, y por poco tiempo. El capitán que habéis visto llegaba de Roma. Todavía se pavonea de ello. El castillo de Sant Angelo ha resistido un poco. Su Santidad y el rey se contemplaban de lejos. Sólo vuestro hermano César ha permanecido al lado del Papa. Todos los grandes habían huido. Por fin, el rey de Francia se ha conformado con algunos remilgos y una alianza aún más confusa en la guerra que se dispone a proseguir contra Nápoles. Sus tropas van a abandonar la Ciudad Santa. Desde luego, se han entregado al saqueo. Se han encarnizado. Están que no caben en sus corazas. No dudo de que antes de un mes estarán en Nápoles. Pero lo importante no es visitar Italia, sino permanecer en ella.
Recibí la visita de Diplovatazio, algo mohíno, sin tenerlas todas consigo, pero dispuesto firmemente a defender Pesaro contra las exacciones de los franceses. Redactamos de acuerdo unas advertencias, un bando y el protocolo de un acuerdo con el capitán francés. En colaboración con Diplovatazio, remití una carta personal al citado oficial anunciándole que me proponía levantar una horca para colgar de ella a aquellos de mis súbditos que no mostrasen la debida buena voluntad hacia nuestros aliados los franceses y le sugería que por su parte levantaran otra para colgar de ella a los soldados que abusaran de la amistad italiana.
Diplovatazio se fue, dejando mi palacio sumergido en un temeroso silencio. Las campanas sonaron varias veces para advertir que los franceses habían prendido fuego en alguna parte, a guisa de diversión o por descuido.
Pantasilea me había pedido permiso para acostarse.
—Después de lo que me ha ocurrido...
Se lo permití, pero la verdad es que me pareció muy melindrosa. Unos soldados le habían dado algunos besos y la habían arrastrado un poco por el suelo cosa que no me parecía grave. Mi morita —mientras yo estaba hablando con Pedro, quien, pese a la modestia de sus funciones era la única persona sensata de palacio—, me pidió permiso a su vez para retirarse a la pieza contigua, en que solía dormir.
Yo me sentía muy fatigada. Una jornada de caza y una tarde con los franceses requerían un buen descanso.
—Me acostaré en el corredor, delante de vuestra puerta —me dijo Pedro.
—¡Nada de corredor! —exclamé—. Aquí hay una pequeña cama donde a veces duerme Caterinella. Acostaos en ella...
—Pero...
El viento por la noche, hizo chasquear las ventanas sin cesar. Yo oía tañer las campanas de Pesaro. De las calles de la ciudad se elevaban rudos cánticos franceses. ¡Dios mío, qué mal cantan esos franceses! Oí también el graznido de las garzas reales que emigraban con el alba.
Tuve un sueño curioso. Tan pronto estaba profundamente dormida como me despertaba sobresaltada, como un nadador que parte la ola penetrando en el interior de las aguas, emergiendo luego, para volver a sumergirse. Mi alma estaba lúcida y tenía los sentidos alerta. Entonces escuchaba la respiración de Pedro.
Había llegado ya un amanecer gris, sucio, cuando ocurrió la explosión. Los cristales de colores de mi habitación saltaron hechos añicos. Me encontré de pie, jadeante. A riesgo de herirse, Pedro se asomó a la ventana. Llevaba un calzón y una holgada camisa. Se volvió hacia mí:
—Los franceses habían almacenado su pólvora en la cuadra de Valerio, el pescadero. El polvorín acaba de saltar. Los centinelas debían estar borrachos. No temáis, doña Lucrecia, ellos serán los primeros en reírse.
En el momento en que mi terror se desvanecía, proferí un grito ahogado al darme cuenta de que estaba desnuda como Eva. La víspera, sin las dos mujeres que generalmente me asistían al acostarme, me había echado desnuda en la cama.
Mi primera reacción fue gritar, la segunda cubrirme con mi cabellera y la tercera huir hacia la cama. Arrebujada hasta el mentón con la sábana, me atrevía a mirar a Pedro que había permanecido inmóvil, con el mentón obstinado, la mirada tranquila y los labios mudos. A su alrededor, los pedazos de vidrio roto, coagulaban la tenue claridad del día.
—Perdonadme —dijo, recogiendo su ropa.
Tomó su espada bajo el brazo y salió.
Éste fue el único acontecimiento militar en que tomé parte.
En la primavera, yo estaba en Roma. Un marido al que casi había olvidado, regresó. Seguía vacilando sobre el partido que debía tomar. En su descargo, hay que decir que ni siquiera los cardenales más expertos en política alcanzaban a comprender las sutilezas de la diplomacia vaticana. Lo cierto es que mi padre y César tuvieron razón, pues los franceses, retrocedieron, tan arrogantes como a su llegada, pero un poco más de prisa. La gente del pueblo repetía que ni un solo francés volvería a pasar los Alpes.
César había logrado unir contra ellos toda Italia, su sueño dorado. Sin embargo, vencieron en Fornara, pero fue sólo para abrirse el camino de la huida.
Yo me encontraba otra vez en mis aposentos. El sol iluminaba los rostros del Pinturicchio. Cada tres días, cambiaba las cortinas trenzadas de oro de mi cama. Yo imponía la moda en Roma. En aquellas época fue cuando se me ocurrió llevar vestidos a franjas alternas de terciopelo y satén. Todas las romanas de alcurnia me imitaron.
Cada mañana, Caterinella mezclaba trementina de Ve— necia, flores de lis, yema de huevo, miel y agua de conchas marinas con alcanfor en que había echado perlas pulverizadas. Ella echaba esta mezcla en los costados de una paloma blanca y después la sacrificaba cerca de la ventana. La mezcla se ponía a destilar en una retorta a fuego lento, se perfumaba con almizcle y ámbar, derramándose luego en una tela de lino. Quedaban unas pocas gotas preciosas que los largos dedos de mi pequeña mora aplastaban sobre mi cutis. Esto nos ocupaba mucho tiempo, pero por nada del mundo hubiera dejado de practicar esta ceremonia. Este bálsamo me resultaba indispensable para blanquear mi piel que los baños de mar con Caterinella habían bronceado. Con ello borraba el recuerdo de una época agitada. Podréis observar que mi vida se había sosegado: mi única preocupación era la palidez de mi rostro.
Era más bien una obsesión, pues esperaba la llegada de Sancha, vuestra hermana, cuyos esponsales se habían celebrado en Nápoles con mi hermano menor, Joffre. Se decía que era muy hermosa y yo quería resistir la comparación sin desmerecer.
Salí del Vaticano para ir a recibirla con Pantasilea, Caterinella, diez damas de honor, dos pajes y una compañía de guardias al mando de Pedro. Formaban parte de la escolta, asimismo, una nube de embajadores, el sol y los gritos de la muchedumbre.
Estábamos en primavera. Sancha apareció ante mi rodeada de una docena de bufones. Montada a caballo como un consumado jinete. Nos besamos. Era hermosa; su tez era oscura. Se reía sin cesar, con insolencia, se callaba despectiva y en la frase más anodina sabía poner una doble intención que asombraba a las mujeres y hacía mella en el aplomo de los hombres. Joffre parecía uno de sus pajes. Hicimos caracolear nuestras monturas y el pueblo nos arrojaba flores. El papa Alejandro nos esperaba en su ventana, con César.
César solamente pensaba en la jugarreta que les había hecho a Ludovico el Moro y a los franceses con aquella boda. Se reía silenciosamente y recuerdo que se distraía atrapando moscas con la mano.
—Es tan morena como tú rubia —me dijo—. Joffre no se puede quejar. Yo tampoco, en medio de tan encantadora familia. Si un día me caso será con Venus. Cualquier otra mujer quedaría fea a vuestro lado.
Mi marido, que seguía jugando al diplomático, no estuvo presente en la ceremonia. A veces se dejaba ver irnos días, y después, una noche volvía a desaparecer, sin advertirme. Yo había dejado de pensar en él. Cuando reaparecía me llevaba una sorpresa.
Una noche me hizo anunciar su llegada, pero que como había cabalgado muchas horas, no me visitaría hasta el día siguiente.
No fue así. Aquella noche era muy calurosa. La primavera se anunciaba pesada. Yo dormía y al oír entreabrirse la puerta de mi habitación, dije:
—¿Quién es?
—¿Podríais pedir a Caterinella que nos deje solos? —dijo Juan Sforza.
No se había mudado de ropa, y a la luz del candelabro que llevaba en la mano pude ver sus vestidos grises de polvo.
Caterinella, hostil, sentada en su pequeña cama, miraba dispuesta a arañar.
—Vete —le dije.
Juan Sforza acercó un taburete a mi lecho y se sentó.
—Perdonad si os he despertado.
—No estaba dormida.
—No puedo soportarlo más —dijo con voz ahogada — Quisiera saber...
—Tengo sed —dije.
Llenó una copa de mi tisana de flores y me la ofreció..
—Podéis tomar también, si gustáis —dije—. No está envenenada.
No recogió la ironía y se calló.
—Bien, ¿qué es lo deseáis saber? —pregunté con tanta mayor impaciencia cuanta más evidente era mi ventaja.
No acababa de descifrar en qué podía consistir esta ventaja, pero me había prometido a mí misma hacer padecer a Sforza, al principio. Pero mi curiosidad pudo todavía más.
—Quieren matarme, ¿verdad? —dijo quedamente.
Perdí mi ventaja al dejar escapar un grito de asombro.
—Y vos lo sabéis —insistió.
—¿Quién quiere mataros?
Contestó con voz tan queda que tuve que pedirle que lo repitiera. Entonces, oí:
—César.
Y sin emoción aparente, añadió:
—Mi último informe a Ludovico el Moro no ha llegado a su destino. El correo ha sido detenido y desde hace ocho días está sometido a tortura en los sótanos del castillo de Sant Angelo. Durante mi ausencia mis aposentos han sido registrados minuciosamente.
Yo había dejado un poco de tisana en mi vaso. La bebió de un trago.
—¿Estáis seguro de que es César?
—El hombre que acompañaba a mi mensajero ha reconocido al jefe de los enmascarados que les atacaron. Es Micheletto. Mis criados han fingido no estar al corriente del registro practicado en mi aposento. Uno de ellos ha acabado por pronunciar un nombre: Micheletto.
—Micheletto...
El nombre no me era desconocido. Sin embargo, no acababa de identificarlo.
—Micheletto —prosiguió con calma Juan Sforza —es el interlocutor preferido de vuestro hermano César. Sus diálogos son breves. «Alguien me está fastidiando», le dice César. «¿Cómo se llama?», pregunta Micheletto. César da el nombre. Y el fiel servidor Micheletto da el golpe.
Entonces recordé las facciones de Micheletto. Un rostro muy raro en el que todo se contradecía. Las mejillas surcadas por arrugas, cada arruga una cicatriz y una frente pura de muchacha. Una nariz afilada, aguda y, en contraste, unas aletas anchas; apenas tenía cejas sobre dos ojos oscuros y vacíos. Una boca pequeña y tranquilizadora, de goloso y una corta barba aferrada a un mentón en proa. Si alguien le preguntaba a mi hermano para qué le servía Micheletto, contestaba invariablemente: «Es un experto en caballos.»
—¿Qué? —pregunté.
—¿Habéis hablado vos? —repitió Sforza,
No contesté en seguida al no comprender la pregunta. Esto bastó para que mi marido se levantase tan violentamente que derribó el taburete.
—¡Loca! —exclamó sordamente—. No habéis podido contener la lengua, ¿no es así? Lo que leísteis en la carta os quemaba en los labios, ¿verdad?
Quise hablar, pero me interrumpió con la misma violencia.
—No importa que lo hayáis hecho por odio o por estulticia. ¡Lo cierto es que estoy perdido!
Puso una rodilla encima de la cama e inclinó su rostro hacia el mío.
—Estamos perdidos. No conozco demasiado la Historia Sagrada, pero me basta con recordar las columnas de Sansón: Vas a morir aplastada conmigo, pequeña. Voy a mezclar tu nombre en cada una de mis respuestas. Las cartas las escribíamos juntos, de acuerdo. Y tú me animabas a ello, porque... porque querías ser reina. No me faltarán mentiras que hablarán más alto que las verdades. Dedicaré las noches de mi prisión a inventarlas, las noches y los días. Sí, diré que habiendo predicho el astrólogo del Papa que uno de tus hermanos sería rey, se te puso entre ceja y ceja que se trataba de un error y había querido decir reina. Tú me hablaste de ello la semana siguiente a nuestro matrimonio. Yo te contesté que no veía la manera de alcanzar la realeza. Tú te reíste y me dijiste: «Piensa un poco.» Y tú me sugeriste que poniéndome al servicio de Ludovico contra Nápoles un día podría reclamar un pequeño trono allá. No está mal urdido, ¿no te parece? Y ésta es la razón de mi traición.
Al hablar se iba excitando, de modo que ya no se tomaba la molestia de hablar quedo. Se había alejado de mí y andaba de un lado para otro apartando a puntapiés los objetos que se le ponían por delante en la penumbra de mi aposento. Hasta llegó a empujar mi laúd. Volvió hacia mí frotándose las manos.
—Naturalmente —precisó con malicia —que no voy a contar todo esto así, de rondón. ¡Te quiero tanto, Lucrecia! Para arrancarme tu nombre me tendrán que amenazar antes y torturarme. Lo esencial es que mi confesión tenga el aire de naturalidad que tanto gusta a los inquisidores.
Yo le dejaba agitarse. Lo que más claro aparecía de la historia era que César, como podía esperarse, había acabado por darse cuenta de que mi marido mantenía con Ludovico el Moro relaciones peligrosas para los Borgia.
—¿Y cuándo vais a terminar de representarme esta comedia? —le pregunté—. Si me hubiese propuesto denunciaros, lo habría hecho en Pesaro. No me interesáis hasta el punto de hacer de vuestros manejos el fondo de mis conversaciones. Nada habéis hecho para haceros querer, ni nada tampoco para que os deteste. Deseo ayudaros si dejáis de hacer el imbécil.
Cesó de andar de acá para allá. Con su aire abatido, los brazos colgantes, me contemplaba.
—En realidad —proseguí—, estáis preparando unas respuestas brillantes para los inquisidores del proceso, pero al llegar más bien parecíais temer un acto de violencia de Micheletto. No será a él a quien pensáis contar vuestras geniales mentiras, ¿eh? Desde luego, creo que no.
—Bien —dijo volviendo a sentarse en el taburete—. Ésta es la pregunta que me estoy haciendo desde mi llegada a Roma. ¿César me hará detener y juzgar en forma regular, o me entregará a Micheletto?
—¿En qué relaciones estáis con Ludovico el Moro?
—Lo mismo. Desde hace cuatro años, siempre se trata de la misma cuestión: de saber si son más aliados que enemigos o más enemigos que aliados. En este momento, Ludovico trata con sordina con el rey de Francia, mientras deja entender al Papa que está dispuesto a aliarse con él. En resumen, que los dos se tratan, pero con la esperanza de destruirse.
—Pero se tratan —dije fríamente—. En este caso, César no irá a montar un proceso público contra vos para acusaros del crimen de mantener buenas relaciones con Ludovico. Es un asunto que hay que ahogar.
—O dicho de otro modo, que van a ahogarme sin meter ruido.
—Es lo que temo. Lo más fácil es que César no os dé tiempo a contar a la espada de Micheletto la ingeniosa historia en la que me hacéis la instigadora de vuestra traición.
Yo tenía la cabeza clara. Los asuntos políticos me depuran la sangre al conciliar mis aficiones al derecho, las ciencias exactas y la acción. A un lado pongo la política, al otro la poesía, procuro no mezclarlas y así comprendo mejor lo que pasa por una cabeza vacilante como la de Sforza.
Él me había cogido la mano.
—No sabía lo que estaba diciendo —murmuró—. Nunca os mezclaré en mi asunto y vos no lo ignoráis.
—Lo que sé es que no salís ganando nada con ello. No olvidéis que en palacio soy vuestro último recurso en todo caso. No soy un apoyo de mucho peso, pero soy el único que os queda. Entendámonos bien, yo no arriesgaría mi vida por la vuestra. Nuestras relaciones no están en este terreno, ¿no es así? Sin embargo, si puedo salvaros, lo haré. Si os puedo salvar sin demasiados riesgos.
—Si yo hubiese llegado a ser rey de Nápoles, vos hubiérais sido la reina.
—Pero esto no ha ocurrido y, si me quedo viuda, no perderé gran cosa, Juan. No me dejaréis ni siquiera el recuerdo de vuestra ternura ni el de vuestra generosidad. Ninguna princesa recibió menos regalos que yo.
El hizo un gesto de cansancio que sin duda significaba: «Tenía otras cosas en qué pensar. Os los hubiera hecho más tarde.»
—¿Habéis venido a verme para reprocharme haberos traicionado? —repuse con calma—. ¿Creéis que aterrorizada por vuestro chantaje voy a desarmar el brazo de César?
—Yo quería saber si erais amiga o enemiga. Quería...»
—¿Queréis que os dé un consejo?
—Sí.
—¡Huid!
Al ver que se callaba, repetí:
—Huid esta noche.
Siguió callado. No me extrañaba. Por confusas que fue» sen nuestras relaciones, yo había acabado por conocer bien a Juan Sforza. Sabía que era incapaz de decidir ante los acontecimientos. A esto el llamaba política, diplomacia. Y no era más que la debilidad. Al venir a mí amenazándome con la peor de las maquinaciones, creyéndome capaz de atentar contra su vida, habían bastado cinco minutos para poner esta vida en mis manos. Sabiendo el riesgo que corría, le faltaba el valor de cargar con la responsabilidad, de tomar una decisión. Enviar un escudero a esperarlo en los muros exteriores del parque, salir por una ventana, deslizarse bajo los naranjos, escalar el muro, montar a caballo y poner veinte leguas entre César y él, era una empresa demasiado audaz para Juan Sforza.
Solamente charlaba. Me citó los nombres de Ascanio, de dos o tres embajadores, de tres o cuatro cardenales. Él hubiera querido que yo le propusiera un pequeño arreglo, unas citas en voz baja, unos conciliábulos confusos.
Y yo pensaba en mi hermano. César era un hombre que sabía lo que quería, que no vivía de ilusiones. Entre ellos dos no podía haber verdaderamente una lucha.
—No queréis —dije sin insistir, pues comprendía que por más que le dijese no se decidiría a huir cuando todavía era tiempo—. Entonces ¿qué puedo hacer por vos?
—Ver a César.
Y añadió:
—Verle en seguida.
Como yo dudaba, prosiguió con una especie de horror:
—No os lo he dicho todo... Al llegar a Roma, esta tarde, me esperaba un regalo en mis aposentos. Unos guantes...
—¿Unos guantes bonitos? ¿De piel de España? Precisamente...
—Esos guantes son un regalo de César.
De momento no presté mucha atención al tono en que había pronunciado aquellas palabras. Estaba pensando en unos guantes que yo había encargado en Córdoba, en España, y que no habían llegado todavía. Soñaba con ellos. Levanté la cabeza:
—¿César os hace regalos?
—Me ha ofrecido irnos guantes soberbios... y perfumados. Demasiado perfumados. Mi mano ha retrocedido a tiempo y he llamado a mis criados. He mandado encender fuego, he cogido unas pinzas y he arrojado los guantes a las llamas. César ha matado ya a muchas personas con guantes envenenados, ¿no es cierto?
Estuve a punto de contestarle:
—¿Estáis seguro de que esos guantes estaban envenenados y no queréis huir?
Pero él se había levantado.
—Debéis ver a César mañana por la mañana —me dijo—. Convencedlo de que yo puedo serle útil en sus negociaciones. Hoy me considera un hombre acabado, pero en política nunca hay nada acabado. Hacedle ver que nunca he jugado mis cartas contra los Borgia. He desarrollado un juego algo complicado, sencillamente, entre los Borgia y mi familia. Un juego que conciliaba mis deberes y que correspondía a los intereses de Italia. Yo también, como César, sueño con una Italia unida.
Con un gesto le indiqué que a César le tenían perfectamente sin cuidado los sueños de Sforza.
—Decidle que en lo sucesivo haré lo que él quiera. Que me dictará los informes que debo mandar a Ludovico el Moro, si quiere. ¿No creéis que es una proposición interesante?
—En medio de todas vuestras traiciones, mi pobre amigo, me preguntó cómo llegaréis a encontraros a vos mismo.
Por primera vez brotó de sus labios una frase espontánea:
—Lo que importa, es vivir.
Yo me oí a mí misma contestar;
—Está bien. Mañana veré a mi hermano.