CAPÍTULO PRIMERO
EL TRAJE DE BODAS
—¡Voy a estar muy hermosa!
Lucrecia se calló bruscamente. Su mirada se apartó de los vestidos. Incluso enrojeció. Después sus labios, muy bien dibujados, llenos de lozanía infantil, se entreabrieron en una leve sonrisa burlona. Se burlaba de ella misma, de la confusión que había experimentado al anunciar que iba a estar muy hermosa. Durante largos años había oído casi cada día, en la calma del convento de San Sixto, cómo la hermana Angela dirigía vivas reprimendas a una de las niñas por su coquetería.
—No es a los otros a quienes tenemos que agradar, sino a Dios —decía sor Angela con su voz monótona, un poco triste, levantando el cuello de su esclavina con un movimiento nervioso que era casi un tic y hacía reír a las muchachas.
Lucrecia había sentido un poco de remordimiento, en el momento de abandonar San Sixto, al pensar que una de las últimas frases que había pronunciado en aquel lugar, se oponía a las intenciones de las que le habían educado. También es verdad que desde que había nacido, hacía trece años, la habían sacado a menudo del convento y que incluso había vivido años seguidos en casa de su madre, Vanozza, en una extraña mansión llena de ruidos, de música; de gritos de cólera, de golosinas extendidas por todas partes y de restos de vino abandonados en el fondo de los vasos. Cuando allí se decía de Lucrecia: «Más adelante será hermosísima», se trataba de un verdadero cumplido.
Pantasilea extendió sobre la pesada silla negra de patas labradas en espiral, los trajes que habían motivado la exclamación de Lucrecia.
—Desde luego estaréis hermosa —aseguró Pantasilea con aquella voz ronca que se quebraba al final de las frases y a la que Lucrecia todavía no había tenido tiempo de acostumbrarse.
El acontecimiento había llegado como una tormenta. Lucrecia había salido del oficio a las ocho, y hasta las nueve había estudiado gramática griega en una habitación circular, que le gustaba por su blancura y por el cuadro que representaba a Aristóteles y estaba colgado sobre la cabeza de la religiosa.
Era un día completamente normal. La campana de las nueve había sonado con un poco de retraso, venganza cotidiana de Giuseppe, que, cansado de las burlas que le hadan las niñas por su joroba, aumentaba imperceptiblemente sus horas de clase en perjuicio de sus recreos.
Desembocaron gritando en la alameda principal del jardín, como una carga de caballería en la que se mezclaban muchachas mayores de pesados senos y caderas redondas, con niñas de siete a ocho años, según exigía la disciplina del convento como aplicación de aquel pasaje del Evangelio en el que se dice que los primeros serán los últimos.
Lucrecia había intentado quedarse bajo las arcadas del claustro, por donde se paseaban lentamente las religiosas y unas cuantas alumnas mayores. Pero sor Girolama Pichi, la priora, la había descubierto.
—¡Id a jugar, Lucrecia! —le había gritado con cierta cólera.
Un limpio sol de junio salpicaba las alamedas, reforzando el oscuro alineamiento de los macizos de boj y coloreando los rosales abarrotados de flores.
A la vuelta del sendero que conduce a las cocinas empezaban a jugar unas quince niñas al juego de la oca. Habían colgado al pájaro por la cabeza a la rama de un arbusto. La oca batía las alas. Las hojas se arremolinaban como cuando hay tormenta. La hermana tornera reía con las manos cruzadas sobre el vientre, y la niña que ocupaba el primer puesto en el juego avanzaba con los ojos vendados y un cuchillo en la mano. Lucrecia hizo un gesto de desprecio: a no ser que la pequeña Lucía hiciera trampa mirando por debajo de la venda, no llegaría a cortarle ti cuello a la oca. Estaba demasiado aturdida.
Lucrecia sonrió a las pequeñas que, sentadas en un banco, jugaban con sus muñecas. Sonrió con el aplomo de una personita que había abandonado ya sus muñecas hacía más de un año.
Tres grupos de mayores maniobraban alrededor de un surtidor. Jugaban al Paraíso y al Infierno. Dos rubias de dieciséis años, primas, representaban una al Paraíso y otra al Infierno, y les hacían preguntas a las niñas que pasaban entre ellas. Eran preguntas inesperadas y a veces absurdas, como lo exigía el juego. Según la respuesta se iba a la derecha o a la izquierda, al paraíso o al infierna
—¿Es Dante o Petrarca —canturreó la primera rubia— quien ha escrito L’Innamoramento?
Lucrecia, atraída por el juego, permaneció indecisa. La otra rubia se le echó a reír.
—Has perdido, Lucrecia, y vas al infierno.
Sin embargo, Lucrecia sabía muy bien que había sido Petrarca y además le daba horror estar en el infierno. ¿Por qué había dudado? Llena de superstición, se apretujó en medio de las otras réprobas. Un rayo de sol le quemaba la nuca a través de la masa de sus cabellos rubios. Esta sensación tenía algo de infernal que aumentaba su mal humor. Se consoló al ver en los ojos de su vecina, que la contemplaba, que el resplandor del sol aumentaba ti de sus cabellos.
El infierno comenzó a dispersarse. Se había cambiado de juego. Ahora era el juego de la embajada, el preferido por Lucrecia. Había un castillo imaginario y era preciso dividirse en dos grupos. «Abre, abre, castellano, que aquí está el caballero», exclamaban las embajadoras. Después, la salmodia del castellano y de sus mujeres. «Entrad, entrad, que la puerta está abierta... Entremos, entremos, que venimos a pedir la mano de la joven... Entrad, entrad, y decid por qué y para quién queréis su mano.»
En aquel momento había sonado el trueno. Dejando de recitar los versículos alternados, las niñas volvieron la cabeza hacia la priora, que avanzaba hacia ellas.
—Lucrecia.
Detrás de la priora, Lucrecia volvió a atravesar el jardín en sentido inverso. Al dar la vuelta a la alameda se volvió a encontrar con las damitas del juego de la oca, esta vez silenciosas. La oca seguía colgada, con el cuello cortado, por donde manaba la sangre a borbotones.
Ya no se oyó otra cosa que el bordoneo de todos los insectos de jimio. Después Lucrecia respiró el aire fresco bajo la bóveda del claustro.
—Os he obligado a jugar porque estaba avisada desde ayer —dijo la priora volviéndose hacia ella—. Ha sido vuestro último juego infantil. Vuestro hermano Juan de Gandía ha venido para llevaros a Roma. Os vais a casar mañana.
En vista del silencio de Lucrecia, añadió:
—Ya lo sabíais. Hace tres meses, un enviado del señor Juan Sforza concertó los esponsales.
—¿Así es con Juan Sforza con quien me caso? —preguntó Lucrecia con voz débil.
Al ver que la religiosa no le contestaba, Lucrecia se preguntó, mientras subía por la tortuosa escalera, si habría hablado alto o pensado bajo. Después se asombró de su propio asombro. Desde hacía tiempo sabía que se iba a casar con Juan Sforza. Lo sabía, pero nunca lo había creído.
—Aquí la tenéis —dijo la priora sin una sonrisa.
En la sombra violeta del locutorio divisó a su hermano Juan apoyado en su sillón, resplandeciente de lujo, como de costumbre, y con su pálido rostro destacando entre su atuendo gris-oro. Reia mostrando sus blancos dientes y tenía sus cabellos casi tan rubios y finos como los de Lucrecia. Pero este «casi» era una victoria muy importante para ella, ya que todavía estaba en la edad en la que una muchacha compara celosamente sus encantos, no solamente con los de sus compañeras, sino también con los de los jóvenes.
Él seguía riendo y pudo observar con satisfacción que sus dientes eran todavía más luminosos. Era más alto que ella, pero con sus trece años aún le quedaba tiempo para crecer. Además los zapatos altos no eran un invento para perros.
Ella también rió, pero se detuvo al divisar dos rostros extraños.
Juan de Gandía se los presentó. La mujer joven se llamaba Pantasilea, y sería la primera dama de honor de Lucrecia. La otra era una muchachita mora de trece años, llamada Caterinella.
—Es una esclava —explicó Juan—. Estará a tu servicio e irá contigo a todas partes. En tu boda te llevará la cola.
Fue entonces cuando Pantasilea abrió un cofre de cuero y sacó las prendas: una túnica de tela argentada y otra ligera, de tonos violeta. Había también un cinturón de cuero adornado con pesadas medallas de plata y el velo blanco, transparente, que habría de cubrir la cabeza de la niña.
Lucrecia, después de haber sentido remordimientos por haberse imaginado en seguida tan hermosa con aquellas pesadas vestiduras, dijo con pesar:
—¿Y la cola?
—Para ir a Roma sobre una mula —contestó Juan riendo — una cola no te ayudaría mucho, Lucrecia.
—Éste no es vuestro vestido de novia —explicó Pantasilea, que había adivinado su tono de desprecio.
—No temas —concluyó Juan—. No te faltarán trajes. Durante los tres próximos días te pasarás la vida vistíéndote y desvistiéndote. Te dejo para que te entrenes, pero date prisa.
Mientras la negra ayudaba a Lucrecia a quitarse su túnica de paño, Pantasilea manifestaba su sombro. ¿Es que no había espejo? Lucrecia se echó a reír, dominada tanto por el amor al convento como por el desprecio de los ciudadanos. Su doncella se rió por cortesía, pero no pudo evitar insistir.
—¿Y no lo echabais en falta?
Su voz resonó con un registro más bajo.
—Daos prisa —ordenó Lucrecia—. Tengo frío.
Sabía que esta razón era absurda, porque a pesar de tener los postigos cerrados el calor en la habitación era intenso. Y Pantasilea veía seguramente cómo el sudor perlaba su torso desnudo. Sea como fuere no se daba ninguna prisa en ponerle su nueva camisa. Con una voz que no era más que un murmullo preguntó:
—¿No conocéis el proverbio de los florentinos? ¿Aquél que dice que una joven es a la vez él jardín y el jardinero?
—Es estúpido —murmuró Lucrecia.
Pantasilea explicó pausadamente:
—Es el jardín porque es ella quien florece, se abre y fructifica. Y el jardinero porque es ella sola la que se puede maravillar con esta floración... si es que tiene un espejo. He aquí por qué me asombraba de que no lamentarais no poseerlo. Pero en Roma tendréis los más hermosos espejos del mundo... y el cuerpo más hermoso para poner delante.
«Me está haciendo un cumplido, pensó Lucrecia. Y no está mal del todo.»
La certeza de que el cumplido de su doncella se debía a su espíritu de sumisión, amainó el impulso vanidoso de Lucrecia. Sin embargo, al tropezarse con la mirada de la pequeña Caterinella quedó impresionada por lo que en ella leyó de sincera admiración. La mirada de la joven era suntuosa. Sus ojos biselados parecían un cuerno de la abundancia por el que salieran racimos negros y dorados. El abultado mohín de la boca rosada, el arco demasiado perfecto de las cejas, el dibujo demasiado fino de la nariz con pequeñas aletas vibrantes como alas, llenaron a Lucrecia de una admiración tanto más plausible cuanto que la negrita era todo lo contrario de ella misma.
«Es el contraste entre la noche y la aurora», pensó Lucrecia, muy orgullosa de este hallazgo poético que no hubiera desagradado a Petrarca.
Pero la atención que le prestaban Pantasilea y Caterinella, acabó por turbarla Completamente. Se dobló, ocultó con un movimiento de hombros su pecho apenas formado a la doble mirada femenina y tendió las manos hacia la camisa que seguía sosteniendo Caterinella.
Al mismo tiempo volvió la cabeza y exclamó:
—¡No entréis!
Había creído que era su hermano, impaciente por partir, pero allí estaba la priora empujando suavemente la puerta.
—Lucrecia —dijo con su voz demasiado dulce y atrayente que escondía siempre una amenaza—. ¿Has visto alguna vez una cebolla?
—Sí, señora.
—Entonces has podido observar que la cebolla tiene un corazón y que a su alrededor tiene varías telas que se enrollan para esconderlo y conservarlo caliente. Nuestras prendas de vestir tienen este fin, y no otro. Los que quieren deslumbrar al prójimo con su atuendo, son cebollas deleznables que pronto se pudren. ¿Y tú sabes por qué se pudren pronto?
—Porque no son del agrado de Dios y de nuestra Santa Madre la Virgen —declaró Lucrecia, muy habituada a esta fórmula que ponía punto final a cada parábola.
Acabaron de vestirla en silencio. La presencia de la priora había roto el encanto. Lucrecia estaba enojada y al mismo tiempo se sentía aliviada. No se atrevió a preguntar a Pantasilea si el velo le sentaba bien. En la escalera pasó detrás de la priora. Sus pase» sonaron sobre las losas de la entrada. El sol le dio en plena frente. Sonó una campana al fondo del edificio. Al avanzar su rostro hacia la priora, Lucrecia podía escuchar ya las pisadas de las mulas delante de la verja y la baraúnda de sus cascabeles. La priora le besó rápidamente con sus delgados labios metidos para dentro, como si se los quisiera comer.
También hubo otro beso, dado con más fruición: el de Antonia, la vecina de Lucrecia, que la priora había permitido salir a la verja.
—Estás muy hermosa —le cuchicheó Antonia—. Pronto volveremos a vemos en Roma.
Lucrecia se volvió, después de dar unos pasos hacia el cortejo que la estaba esperando. La priora trazó sobre ella el signo de la cruz y desapareció después.
—Aquí tienes tu mula —dijo Gandía—. Gris y enjaezada de rojo, tu color preferido.
Un viento cargado de polvo pasaba sobre el camino e iba a posarse como sobre un velo en las colinas. Pero una muralla de cipreses protegía a los animales y a la escolta. Sobre el negro tapiz de los árboles, Lucrecia veía el remolino gris de las mulas y el blanco y negro de los caballos sobre el que destacaban las calzas amarillas y rojas de los lacayos.
El oficial se inclinó delante de ella. Tenía la piel oscura, anchas las espaldas y el mentón saliente. Llevaba un traje a la moda española, con un jubón estrecho en el cuello que lo mantenía derecho. Era Pedro Caldés, el jefe de la escolta. Apartó a los dos pajes y se arrodilló para ayudar a la niña a subir a la silla. La línea recta del camino deslumbraba a Lucrecia. Había aflojado las riendas y la mula trotaba. Su hermano la seguía con aire negligente. Detrás de ellos tintineaban los cascabeles de la escolta.
—¡Tintinabulum! —gritó Lucrecia volviéndose hacia su hermano.
—¿Cómo?
—¡Es el ruido de los cascabeles! Es así como suenan, si se pronuncia bien.
Se irguió sobre su silla y, con un dominio seguro de su voz, la hizo sonar gritando «tintinabulum», tratando de rivalizar con las campanillas de su mula, que, alterada con los gritos y los zarandeos de la muchacha, se puso a caracolear haciendo sonar aún más sus cascabeles.
—Entonces ¿no sabíais lo que quería decir tintinabulum? —volvió a decir Lucrecia, sin aliento—. Es latín.
—Decididamente voy a tener una hermana muy sabia..., pero no seas demasiado pedante. En Roma, una mujer debe esforzarse tanto en saberlo todo como en hacer creer que no sabe nada.
—Es verdad —murmuró Lucrecia bajando la voz—. Es a Roma adonde voy. Y me voy a casar. ¿Tú lo conoces...? ¿Cómo es?
—He visto medallas de Juan Sforza. Tú también. Bien puedes hacerte una idea. Para mí un hombre vale tanto como otro.
—No sé mirar medallas... ¿Sabes? Yo no creía en absoluto que iba a casarme con él. Creía que aún cambiarían de idea... Me alegra casarme, pero...
—Pero ¿qué? —preguntó Juan de Gandía guiñando los ojos a causa del sol.
—Me pregunto por qué este y no otro. ¿Quiere él casarse conmigo?
—Todo el mundo está de acuerdo.
—Tal vez le hayan dicho que tengo hermosos cabellos.
Y es cierto, ¿no crees? Antonia, mi vecina, los comparaba a una mina de oro. Y yo no me los tiño como esas romanas que quieren ser rubias a pesar de su tez morena. Los míos son naturales.
—¡Tú, tú! ¿Cuándo dejarás de hablar de ti misma, Lucrecia?
—Ahora empiezo. Todo el mundo debe hablar de mí en Roma. Es natural, siendo la víspera de unos esponsales tan importantes.
Su rostro se ensombreció.
—Pero sigo sin comprender por qué me caso con Juan Sforza y Juan Sforza se casa conmigo.
—No le des más vueltas, querida hermana. Toda esa política también me aburre a mí.
—¿Política? ¿Es que me caso por política?
—Así es. Te casan con él por odio a Nápoles y no por amor a tus cabellos. Espero que no me obligarás a explicarte por qué nuestro padre necesita la alianza de Ludovico el Moro, el príncipe de Milán, en contra del rey de Nápoles. Juan Sforza es el sobrino de Ludovico el Moro. En resumen, no tienes necesidad de saber más. Y no te quejes. Dentro de unos años serás tal vez una princesa en plena soberanía.
Juan había detenido su caballo y sonreía con aire soñador.
—No, no te quejes —volvió a decir lentamente—. Ninguno de nosotros tiene derecho a quejarse, ni tú ni yo, ni tu hermano César ni tu hermano Joffré. El viento hinchó nuestras velas. ¿Qué éramos hace unos años? Bastardos sin importancia. El primer milagro ha sido que nuestro padre abandonara España y llegara a ser papa. Después de su elección éramos más bien una molestia para él y hubiera podido repudiarnos. El segundo milagro es que nos haya conservado a su lado, nos haya dado su nombre y nos haya impuesto a esa sociedad romana que nos detesta. De bastardos sin importancia nos ha convertido en hijos de príncipe. ¿Y sabes que un astrólogo le ha predicho que uno de sus hijos llegará a ser rey?
—¿Crees que serás tú?
—César opina que será él y hace todo lo posible por conseguirlo, incluso demasiado. Quiere imponerse por el miedo. Yo practico la seducción. Ya veremos.
—Y mi vestido de boda, el que tiene cola —preguntó Lucrecia—, ¿lo has visto?
Juan volvió a ponerse en marcha.
—¿Y los regalos? Porque voy a tener cientos de regalos. ¿Han traído ya alguno?
La risa de su hermano la impacientó, y lo amenazó con dejarlo para irse a cabalgar en compañía de Pantasilea y Caterinella. Eran mujeres y demostraban interés por los trajes y regalos.
—En realidad, Caterinella es tu primer regalo. Pertenecía a Djem. Cuando supo que la compraba para ti me la dio.
Lucrecia se estremeció. Djem le había inspirado siempre miedo. Aquel gran señor turco hermano de Bajazet, que el Papa conservaba como rehén lejos del Bósforo, la había asustado siempre con su turbante de muselina, su único ojo de color claro y sus ropajes melancólicos.
Se acercaban a Roma. Las colinas se iban redondeando como la palma de la mano. Lucrecia adivinaba la curva del Tíber y podía divisar el contorno umbroso del Palatino. Las murallas tenían una tonalidad clara como de piel suave, y por encima de ellas ondulaban los techos. Saboreó los tonos rosados del Coliseo, el terciopelo azulado del Vaticano, las torres puntiagudas del castillo de Sant Angelo.
A ambos lados del camino, tumbas antiguas y trozos de pilares de piedra color malva rodeadas por zarzas y ortigas, servían de trampolín a las cabras.
Los hombres de la escolta apartaban a los bueyes de arqueados cuernos de un interminable rebaño que volvía a Roma. Otros arrastraban carretas llenas de sedas y de palmas. A lo lejos aparecía ya la puerta de Roma, cubierta de banderolas doradas, tapices de terciopelo y arcos de flores.
—¿Es que hay una fiesta? —preguntó Lucrecia.
Juan se echó a reír.
—¡Es tu fiesta! Por ti... y por Juan Sforza. Hará su entrada mañana. Ya verás. Y dos días después os casaréis.
—¡Y dos días después nos casaremos! —exclamó Lucrecia irguiéndose en su silla.
Pero no era en Juan Sforza en quien pensaba, sino tan sólo en los arcos de triunfo que ostentaban el toro de los Borgia, en las flores que caerían de las ventanas cubiertas de tapices, en las volutas de incienso y en el sonar de las trompetas.