Veinticinco
Si Allie se paraba a pensarlo, su vida en la Academia Cimmeria podía dividirse en etapas bien definidas: antes del baile de verano y después. Antes de Carter. Y después. Y, por fin, antes de «verdad o reto» y después.
Antes de «verdad o reto» no era nadie. Una intrusa.
¿Y después? Se había convertido en una estrella.
Cuando entraba en una habitación, la gente se volvía a mirar. Cuando hablaba, todo el mundo la escuchaba atentamente. Personas con las que no había cruzado ni dos palabras la trataban con una delicadeza extrema.
Solo aquellos que la conocían bien seguían comportándose como siempre.
—Esto es ridículo —dijo Rachel un día, después de que un alumno de los primeros cursos, deslumbrado por la fama de Allie, insistiera en traerle una taza de té y una galleta a la sala común solo porque la había oído comentar que tenía hambre—. Se te va a subir a la cabeza.
—O al culo, más bien —la corrigió Allie dando un mordisco a la galleta.
—Oh, Allie, ¿te puedo llevar los libros? ¿Te apetece algo? ¿Me dejas que te ponga el pintalabios? —Rachel esbozó una sonrisa afectada—. El cabello debe de pesarte mucho. Deja que te lo lleve.
—No seas celosa —Allie le ofreció la mitad de la galleta, que Rachel aceptó a regañadientes—. No te pega. Además, no durará mucho, ¿verdad?
—Espero que no, maldita sea —replicó Rachel con la boca llena—. Aunque esta galleta está deliciosa. A lo mejor nos puede traer más.
—Eh, qué rápido te corrompes —dijo Allie—. «Se volvió una tirana de la noche a la mañana: se vendió por una galleta.»
—Dos —la corrigió Rachel—. Harían falta dos galletas para corromperme.
Por desgracia, solo Rachel y Zoe eran capaces de hacerla reír aquellos días. Jo seguía enfadada con ella. El resto de su vida era tensión y miedo. Y tristeza.
Allie seguía sin saber nada de Cristopher, a pesar de su promesa de volver a ponerse en contacto con ella. Y aún no les había contado a Rachel y a Zoe lo que estaba pasando realmente. A Rachel no podía decirle nada y Zoe era solo una niña. Con el paso de los días, sin embargo, aquel silencio le pesaba más y más, aunque solo fuera porque no tenía nadie con quien hablar del tema.
Lo que era peor: no podía llorar. Llevaba sin hacerlo desde el día que había visto a Carter en la biblioteca. Era como si se hubiera quedado sin lágrimas justo cuando más las necesitaba.
—No es normal que no pueda llorar —le dijo a Rachel—. A lo mejor estoy enferma. Podría ser alguna patología.
—Síndrome de Sjögren.
Sin dar muestras de sorpresa por el súbito cambio de tema, Rachel, que esperaba llegar a ser médico algún día, lo dijo sin alzar la vista del libro de Química avanzada.
Allie la miró de hito en hito.
—¿Disculpa?
—Es una enfermedad que te impide fabricar lágrimas —Rachel la miró como una profesional—. Pero no es tu caso.
—¿Cómo lo sabes?
—Es insoportable —pasó una página del libro y escribió algo en el cuaderno—. Prácticamente intentarías arrancarte los ojos cada mañana.
—Qué horror —Allie devolvió la atención a sus propios libros—. Me alegro de no padecerlo. ¿Te imaginas el aspecto que tendría con un vestido de fiesta y sin ojos?
Rachel enarcó las cejas.
—Parecerías una extraterrestre. En realidad, una extraterrestre obsesionada. Estás obsesionada con el baile, Allie. Busca ayuda.
Antes de que llegara el chico de la galleta, habían estado hablando del baile de invierno. O, más bien, Allie había hablado de ello. Era verdad. Estaba obsesionada. Solo faltaban dos semanas. Aparte de la cuestión del linaje de Allie, en los pasillos, el comedor y las aulas todas las charlas giraban en torno a lo mismo. La gente hablaba del baile, el baile y nada más que el baile. Qué se pondrían. Con quién irían. Allie, en cambio, solo pensaba que…
Lucinda estará allí.
La mera idea de conocer a su abuela —de hacerle las preguntas que la atormentaban desde hacía meses— le aceleraba el pulso. Haría cuanto fuese necesario por acercarse a ella. Incluso ponerse un vestido pijo y dar vueltas en una maldita pista de baile al ritmo de un cuarteto de cuerda.
Sin embargo, el recuerdo del baile de verano seguía fresco en su memoria. Y estando Lucinda, Isabelle y Allie en la misma habitación, ¿no intentaría Nathaniel cometer cualquier fechoría?
Lucinda estará allí, volvió a pensar. Y pasará algo malo.
Aquella noche, en la Sala de Entrenamiento Uno, Allie hacía estiramientos. A su lado, Zoe saltaba de puntillas.
—Espero que salgamos a correr —su voz vibraba con el movimiento—. Me apetece.
—A mí también —dijo Allie acercando la cabeza a las rodillas.
En aquel momento, la voz brusca de Zelazny se alzó por encima del griterío.
—Esta noche empezaremos con una carrera de seis kilómetros.
—¡Bien! —susurró Zoe, y echó a correr hacia la puerta.
Allie se dispuso a seguirla pero Zelazny la llamó. Al darse la vuelta, vio que el profesor le pedía por señas que se acercase.
Zoe la esperó en la puerta.
—¿Podemos hablar un momento? —dijo Zelazny con voz tranquila y conciliadora—. Zoe, puede marcharse. Allie se reunirá con usted enseguida.
Mientras salía, Zoe enarcó las cejas; Allie se encogió de hombros con impotencia.
Zelazny esperó a que todos los alumnos hubieran salido. Mientras los dos aguardaban en incómodo silencio, Allie vio gotas de sudor en la frente del profesor, que se estiraba el cuello de la camiseta, como si le apretase.
Allie se cruzó de brazos y miró al suelo.
—Llevo una semana queriendo hablar con usted, Allie —Zelazny carraspeó—. Solo para despejar la atmósfera entre nosotros.
Ella lo miró con desconfianza.
—Hemos experimentado algunas dificultades a lo largo de los meses que lleva con nosotros y… Bueno, tengo la sensación de que no he sido del todo justo con usted —el profesor tosió—. De modo que quería… disculparme en caso de que alguna vez le haya parecido demasiado estricto. Y decirle que espero que colabore conmigo en construir una buena relación profesor-alumna. Posee usted muchas cualidades y creo que no siempre he sido claro al respecto.
Si Zelazny le hubiera dicho a Allie que acababa de ver un marciano verde comiendo chocolate en la sala común, ella no se habría sorprendido menos.
Él la miraba expectante, con una expresión de pura humildad. Esperaba que Allie dijera algo.
—Ya… Claro, Ze… señor Zelazny —respondió—. Me encantaría. Y gracias, creo —mirando al profesor como si mordiera, la alumna dio un paso hacia la puerta—. Debería…
—Claro —la disculpó él. Allie creyó ver un destello de resentimiento en los ojillos azules del hombre, pero su voz no delataba nada salvo benevolencia—. Únase a sus compañeros. Si necesita algo más de tiempo, tómeselo. No hay prisa.
Allie abandonó la sala tan deprisa que estuvo a punto de chocar con Zoe, quien aguardaba al otro lado con la oreja pegada a la puerta.
Mientras se internaban corriendo en la fría oscuridad, Zoe dijo:
—Menudo papelón ha hecho.
A Allie, todo aquel asunto le provocaba escalofríos.
—Se ha… arrastrado.
Zoe dejó de correr y empezó a botar en el sitio con expresión maliciosa; la noche era clara y a la luz de la luna parecía un duende maníaco.
—Ha sido alucinante. Cree que te vas a chivar a tu abuela —luego, pensándolo mejor, añadió—: Teniendo en cuenta cómo te ha tratado, debe de estar aterrorizado.
—Necesito una ducha —Allie apretó el paso—. Ahora mismo.
Por desgracia, no hubo tiempo para borrar el recuerdo de aquel encuentro. En cambio, tras la carrera, Raj Patel los obligó a practicar una serie de llaves de artes marciales particularmente violentas. A Allie no le importó; por arduas que fueran, gracias al entrenamiento había podido escapar de Gabe.
Cuando se paró a descansar, vio que Sylvain y su pareja practicaban una complicada maniobra de escape. El compañero de Sylvain se abalanzaba sobre él con un gran salto pero, una y otra vez, Sylvain rechazaba el ataque y lo arrojaba a la tarima sin el menor esfuerzo. Después, lo ayudaba a levantarse con una sonrisa azorada.
Como si se sintiera observado, el chico volvió los ojos hacia ella. Allie se quedó un momento petrificada. Sylvain la miró con curiosidad, como preguntándose qué estaría pensando. Ruborizada, ella bajó los ojos y se agachó para apretarse el cordón.
—Atentos, por favor —todos se volvieron a mirar a Zelazny, que se dirigía al centro de la sala—. Raj Patel quiere decir unas palabras sobre lo que sucederá a lo largo de las próximas semanas.
El señor Patel caminó hacia Zelazny con paso decidido y luego se dio la vuelta para abarcarlos a todos con la mirada.
—Como ya sabéis, mi empresa lleva todo el trimestre ocupándose de la seguridad de Cimmeria. Puede que sepáis también que dentro de dos semanas se celebrará una cumbre del G8 en las afueras de Londres, y nos han pedido que nos encarguemos de la seguridad. Al mismo tiempo, altos dignatarios internacionales acudirán al colegio con motivo del baile de invierno. De modo que vamos a tener que multiplicar nuestros recursos.
Posó los ojos en los de Allie apenas un instante y ella sintió un escalofrío.
Algo va mal.
—Voy a contratar a más personal durante esos días pero necesitaré vuestra ayuda. La Night School volverá a patrullar con regularidad. Lleváis meses entrenándoos para ello y estáis preparados. Trabajaréis bajo la supervisión de mis propios hombres, que se quedarán aquí mientras los demás estamos fuera. Son expertos en seguridad, muy preparados y altamente cualificados, y no me cabe duda de que aprenderéis mucho de ellos.
Unos dedos gélidos retorcían el pecho de Allie. Toda aquella palabrería sobre lo seguros que estarían y lo preparados que los consideraba se le antojaba hueca.
Lucinda estará aquí. Raj se va. Y va a pasar algo malo.