Capítulo 7
España
Casa de las Letras
Varios vampiros custodiaban la entrada principal de la mansión, ni siquiera vieron venir la amenaza hasta que las garras cercenaron sus cabezas y sus cuerpos se convirtieron en cenizas. Uno de los vampiros de la puerta tenía el pie sobre un botón de alarma, de esa forma si algo le pasaba, su Bastión podría alertar al resto del clan. Al no ejercer presión sobre el botón, saltó la alarma en todo el edificio. Una veintena de vampiros fuertemente armados con espadas y armas con munición capaz de acabar hasta con un vampiro, se postraron en cada planta en un intento de frenar a los intrusos.
El Bastión miraba las pantallas de sus monitores de seguridad, pero no se apreciaba nada, sus hombres se convertían en una nube de polvo, como si lucharan contra la nada. En la planta de abajo el tiroteo se intensificaba, lo que dejaba claro que la amenaza se acercaba. Los disparos cesaron y la puerta del despacho empezó a arder con tal intensidad, que pronto se desvaneció convertida en cenizas. Un hombre cubierto por una gabardina negra con capucha se le acerca con paso lento aunque decidido, sus ojos son de fuego y su expresión diabólica.
—Bastión de la Casa de las Letras, ¿te postrarás ante mí o seguirás siendo leal al emperador?
—Mi lealtad está con el emperador, ahora y siempre.
—Respuesta equivocada.
De las manos del ser encapuchado emerge un haz de fuego que convierte al Bastión en cenizas.
Palacio imperial
—Mi señor, las noticias provenientes de Europa no son nada halagüeñas. Nuestras Casas están siendo diezmadas y ni siquiera sabemos por quién. Ha llegado Alan Bastión de la Casa azul, es uno de los pocos Bastiones que han logrado sobrevivir.
Las puertas del despacho se abren y entra Alan, un vampiro de alta alcurnia pero de poca clase, gordo, con el pelo negro, largo y una frondosa barba descuidada. Alan se postra ante Straush que lo mira con desprecio, es por todos sabidos que aquella rata no es de fiar, nunca comprendió por qué el emperador no acabó con él hace años.
—Su majestad imperial, nos atacó una bestia sin igual. La mayoría de mis hombres murieron, apenas unos cuantos y yo logramos escapar con vida.
—¿Pudiste verlo?
—Sí, majestad. Vestía una gabardina negra con capucha, sus ojos llameaban y parecía dominar el poder del fuego. —responde Alan sin atreverse a mirarle a los ojos.
Straush siente un escalofrío, esa descripción, esa maldita descripción, ¡No puede ser!
Logan está en el jardín disfrutando de la noche cuando Irynae aparece a su lado, se sienta y le da un beso en la mejilla.
—¿Cómo estás?
—Parece que algo mejor. No siento nada raro y parece que estoy más centrado.
—¿Hasta cuándo seguirás recluido lejos de mí?
—Todo el tiempo que sea necesario. Te ataqué, no puedo soportar haberte hecho daño. —contesta Logan dolorido y frustrado.
—Estás de suerte porque soy vampira y se necesita mucho más que un empujón para acabar conmigo.
—Tengo miedo Irynae... si por un descuido mi cuerpo ardiera y tú estuvieras cerca de mí, morirías. No podría vivir con eso.
Irynae acaricia su cara y lo atrae hacia ella, sus miradas se cruzan dejando claro el amor que ambos se profesan.
—Eso nunca pasará. —contesta Irynae con seguridad.
Club Láyonel
Láyonel revisa unos documentos, los sella y se los entrega a uno de sus hombres que nada más cogerlos abandona su despacho. Se gira sobre el asiento y contempla la discoteca del club. Parece mentira que no hace mucho tiempo aquel local estuviera reducido a escombros. Ahora los vampiros y sus siervos se divierten, despreocupados. Ser nombrado Bastión de Chicago le ha granjeado muchas enemistades, pero ninguno se atrevería a mostrarlas públicamente. Es conocido por todos que Láyonel no es un vampiro paciente o permisivo. Un pitido tras él, le alerta de que está recibiendo una petición de comunicación, se gira y pulsa un botón en el teclado, no puede creer quién lo llama.
En la pantalla aparece Straush ataviado con un uniforme militar de color negro con adornos plateados en los hombros y en el pecho, su rostro es serio.
—Emperador. —Láyonel inclina la cabeza ante él.
—Láyonel he de pedirte algo que va en contra de nuestras leyes.
—Pedid pues.
—El clan de las Sombras ha de vigilar a Logan.
—Emperador, es uno de los nuestros no...
—El imperio está siendo atacado, muchas Casas han sido ya destruidas.
—¿No lo entiendo? ¿qué tiene que ver Logan con eso?
—Dichas acciones las lleva a cabo un hombre que oculta su rostro, sus ojos son de fuego y sus poderes son muy superiores a los nuestros. Sólo Logan tiene esas facultades. ¿Has observado algo raro en él últimamente?
—Karsacry me informó de que sus poderes parecían descontrolarse, llegó a atacar a un miembro del clan. Nada grave.
—¿A quién?
—Irynae.
—Los dos sabemos que le debemos la vida a Logan, pero si sus poderes están nublando su juicio... deberemos acabar con la amenaza que representa. —contesta Straush con tono agrio y voz fría.
La comunicación es interrumpida y Láyonel se recuesta en el sillón. ¿Acabar con la pareja de su hermana? ¿Con el hombre que no sólo les salvo la vida sino que lo arriesgó todo por el imperio? ¿Cómo podría hacer eso? Agarra el móvil y llama a Karsacry.
—Sí. —responde Karsacry con voz grave.
—Reúne a todos salvo a Logan. Por orden del emperador debéis vigilar todos los movimientos de Logan. Mantenme informado.
—Lo haré. —contesta Karsacry malhumorado por la orden que ha recibido. Logan es su hermano y no le parece bien actuar contra él.