8
Nuestro Reino será espléndido. Viviremos como deberían vivir todos los hombres, y un millón de vasallos cultivarán las tierras para nosotros. En lo alto, la luna maltrecha será nuestro emblema de los Años de la Ira. Oscilará entre las nubes como un recuerdo perdido.
Decreto del rey Endor
Finn yacía en la suavidad de unas almohadas tan cómodas que todo su cuerpo se había relajado. El sueño había sido como un perezoso placer; le habría encantado volver a zambullirse en él, pero ya empezaba a disiparse, retirándose de su presencia como una sombra dibujada por el sol.
La Cárcel estaba en calma. Su celda era blanca y estaba vacía, y un único Ojo rojo lo observaba desde el techo.
—¿Finn? —La voz de Keiro provenía de algún lugar cercano.
Tras él, la Cárcel comentó:
—Parece más joven cuando duerme.
Unas abejas entraron zumbando por la ventana abierta. Aspiró el dulce aroma de unas flores cuyo nombre desconocía.
—¿Finn? ¿Me oyes?
Se dio la vuelta y se lamió los labios secos.
Cuando abrió los ojos, el sol lo cegó. La silueta que se inclinaba sobre él era alta y rubia, pero no era Keiro.
Claudia se sentó de nuevo en la butaca, aliviada.
—Está despierto.
Finn notó que la conciencia de dónde estaba lo inundaba como una ola de desesperación. Intentó sentarse, pero la mano de Jared le empujó suavemente en el hombro para tumbarlo de nuevo.
—Todavía no. No tengas prisa.
Estaba tendido en la enorme cama de cuatro postes, sobre unas mullidas almohadas blancas. Encima de él había un polvoriento dosel con soles y estrellas bordados, además de una enrevesada trenza de flores de brezo. Algo dulce se consumía en el fuego. Los sirvientes se deslizaban discretamente por la habitación, le llevaban agua, una bandeja.
—Diles que se marchen —gruñó Finn.
Claudia le contestó:
—Tranquilo… —Se dio la vuelta—. Gracias a todos. Por favor, dile a Su Majestad la Reina que Su Alteza ya está bastante recuperado. Asistirá a la Proclamación.
El chambelán hizo una reverencia, azuzó a los lacayos y las sirvientas para que salieran y después cerró la puerta de doble hoja.
Al instante, Finn se incorporó como pudo.
—¿Qué he dicho? ¿Quién me ha visto?
—No te alteres. —Jared se sentó en la cama—. Sólo te ha visto Claudia. Cuando terminó el ataque, mandó llamar a dos de los encargados. Te subieron al dormitorio por la escalera de servicio. No te vio nadie.
—Pero todos lo saben.
Finn se mareó por la rabia y la vergüenza.
—Toma, bebe.
El Sapient sirvió un refresco en una copa de cristal; se la tendió y Finn la cogió enseguida. Tenía la garganta reseca de tanta sed. Siempre le pasaba lo mismo después de los ataques.
No quería mirar a los ojos a Claudia, aunque la joven no parecía cohibida; cuando Finn levantó la cabeza, la vio paseando con impaciencia a los pies de la cama.
—Yo quería despertarte antes, pero Jared no me ha dejado. ¡Te has pasado durmiendo toda la noche y parte de la mañana! La ceremonia es en menos de una hora.
—Estoy seguro de que me esperarán. —Su voz sonó amarga. Entonces, lentamente, agarró con fuerza la copa y miró a Jared—. ¿Es cierto? ¿Lo que me contó Claudia? ¿La Cárcel… Keiro… son tan pequeños?
—Es cierto.
Jared le rellenó la copa.
—No es posible.
—Era más que posible para los Sapienti de antaño. Pero Finn, escúchame: me gustaría que intentaras no pensar en eso, por lo menos, ahora no. Tienes que prepararte para la ceremonia.
Finn negó con la cabeza. El aturdimiento era como una trampilla alojada en su interior; se había abierto bajo sus pies y resultaba inevitable que cayera por ella. Entonces dijo:
—He recordado algo.
Claudia se detuvo.
—¡¿Qué?! —Rodeó la cama—. ¿Qué has recordado?
Finn se recostó y se la quedó mirando.
—Hablas igual que Gildas. Lo único que le importaba eran mis visiones. No yo.
—Claro que me importas tú. —Claudia hizo verdaderos esfuerzos para apaciguar su voz—. Cuando vi que te ponías enfermo, yo…
—No estoy enfermo. —Finn dejó caer los pies por el lateral de la cama—. Soy un Visionario.
Se quedaron todos en silencio hasta que Jared dijo:
—Los ataques son de naturaleza epiléptica, pero sospecho que el desencadenante ha sido alguna droga que ellos debieron de darte para hacerte olvidar el pasado.
—¿Ellos? ¿Os referís a la Reina?
—O al Guardián. O a la Cárcel misma, por qué no. Si te sirve de consuelo, estoy seguro de que los ataques serán cada vez más leves.
Finn hizo un mohín.
—Estupendo. Y hasta que desaparezcan, el Príncipe Heredero de Reino se derrumbará hecho un amasijo de huesos cada pocas semanas.
—Esto no es la Cárcel —le contestó Jared sin alzar la voz—. Aquí no es un delito estar enfermo.
Su voz sonó más severa que de costumbre. Claudia frunció el entrecejo, enfadada por la falta de tacto de Finn.
El chico dejó la copa en la mesa y apoyó la cabeza entre las manos, pasándose los dedos por el pelo revuelto. Al cabo de un momento dijo:
—Lo siento, Maestro. Siempre pienso únicamente en mí.
—Bueno, y ¿qué has recordado?
Claudia estaba impaciente. Se apoyó contra uno de los postes de la cama, lo miró fijamente, con el rostro tenso por la expectación.
Finn intentó pensar.
—Las únicas cosas que hasta ahora había tenido por verdaderos recuerdos eran el momento en que soplé las velas de la tarta y las barcas en el lago…
—Tu séptimo cumpleaños. Cuando nos comprometimos.
—… Si tú lo dices. Pero esta vez ha sido diferente. —Se rodeó el pecho con los brazos; Claudia cogió un batín de seda que había en la butaca y se lo acercó al momento. Finn se lo puso, concentrado—. Creo… Estoy seguro de que esta vez era mayor. Sin duda iba montado a caballo. Un caballo gris. Los matorrales me rozaban las piernas… Había helechos, muy altos. El caballo atravesó los matorrales. Había árboles.
Claudia tomó aliento; la mano de Jared le indicó que no dijera nada. Entonces, el Sapient preguntó con voz pausada:
—¿El Gran Bosque?
—Tal vez. Recuerdo helechos y zarzas. Pero también había Escarabajos.
—¿Escarabajos?
—Sí, viven en la Cárcel. Son unas cosas pequeñas de metal; se llevan los desperdicios, comen metal, plástico y carne. No sé si ese bosque estaba aquí o en el Interior. ¿Cómo iba a haber aquí…?
—Es que estás mezclando las cosas. —Claudia no podía contenerse por más tiempo—. Pero eso no significa que el recuerdo no sea verídico. ¿Qué ocurrió?
Jared sacó un pequeño escáner del bolsillo y lo colocó sobre las mantas. Lo ajustó y el aparato empezó a pitar.
—No me cabe duda de que en este dormitorio hay mecanismos de escucha. Esto nos protegerá un poco si habláis en voz baja.
Finn miró el artilugio.
—El caballo saltó. Noté un dolor agudo en el tobillo. Me caí.
—¿Un dolor? —Claudia se sentó junto a él—. ¿Qué clase de dolor?
—Punzante. Como un pinchazo. Era… —Hizo una pausa, como si el recuerdo se desvaneciera, casi en la punta de los dedos—. Naranja. Algo naranja y negro. Pequeño.
—¿Una abeja? ¿Una avispa?
—Me dolía. Bajé la mirada para averiguar qué era. —Se encogió de hombros—. Pero no vi nada.
Se apresuró a levantar el tobillo y examinarlo.
—Justo aquí. Me atravesó la bota de cuero.
Llevaba muchas marcas y cicatrices antiguas. Claudia dijo:
—¿Podría haberse tratado de un tranquilizante? Algo como vuestros falsos insectos, Maestro…
—De ser así —dijo lentamente Jared—, el artífice tuvo que ser muy habilidoso, y no le preocupaba en absoluto el Protocolo.
Claudia resopló.
—Ja. La reina utiliza el Protocolo para controlar a los demás, no a sí misma.
Jared se toqueteó el cuello de la túnica.
—Pero Finn, has cabalgado por ese bosque muchas veces desde que saliste de la Cárcel. Tal vez no se trate de un recuerdo antiguo. Incluso puede que no sea un recuerdo, al fin y al cabo. —El Sapient hizo una pausa al ver el rostro desafiante del muchacho—. Lo digo porque es lo que podrían alegar los demás. Dirán que lo has soñado.
—Sé ver la diferencia. —La voz de Finn sonó airada. Se puso de pie y se ató el batín alrededor del cuerpo—. Gildas siempre decía que mis visiones provenían de Sáfico. Pero esto era un recuerdo. Era tan… nítido. Ocurrió, Jared. Me caí. Recuerdo haberme caído. —Sus ojos mantuvieron la mirada de Claudia—. Esperad. Voy a prepararme.
Vieron cómo se metía en el vestidor forrado de madera, tras lo cual cerró con un portazo.
Las abejas zumbaban alegremente en la madreselva del jardín.
—¿Y bien? —susurró Claudia.
Jared se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Abrió más las hojas de madera y se sentó en el alféizar, inclinando la cabeza hacia atrás. Al cabo de un momento dijo:
—En la Cárcel, Finn tenía que sobrevivir a toda costa. Allí aprendió el poder de las mentiras.
—¿No creéis lo que nos ha contado?
—No he dicho eso. Pero es un experto en contar lo que los demás quieren oír.
Claudia negó con la cabeza.
—El príncipe Giles estaba cazando en el Bosque cuando se cayó. ¿Y si se trata de un recuerdo? ¿Y si lo drogaron en ese momento y lo llevaron a un lugar secreto donde le lavaron el cerebro? —Emocionada, dio un salto y se abalanzó sobre el Sapient—. ¿Y si al final acaba por recordarlo todo?
—Entonces, fantástico. Pero ¿recordáis la historia que nos contó sobre la Maestra, Claudia? ¿La mujer que le dio la Llave? Hemos oído varias versiones distintas. Cada vez que la narra, lo hace de una manera diferente. ¿Quién sabe cuál de ellas es la verídica, suponiendo que alguna lo sea?
Guardaron silencio durante unos segundos. Claudia se alisó el vestido de seda, intentando no dejarse llevar por el desánimo. Sabía que Jared tenía razón, que por lo menos uno de ellos tenía que mantener la mente despejada. Era el método de análisis que con insistencia le había enseñado el Maestro: sopesar los argumentos, demostrarlos sin favoritismos. Pero Claudia tenía tantas ganas de que Finn recordase, cambiase, se convirtiese de repente en el Giles que tanto necesitaban… Deseaba poder estar segura de quién era el muchacho.
—Espero que no os moleste mi escepticismo, Claudia.
La voz de su tutor sonó nostálgica. Claudia levantó la mirada, sorprendida, y comprobó que Jared la estudiaba atentamente.
—¡Claro que no! —Cautivada por el atisbo de tristeza en los ojos del Sapient, Claudia se sentó a su lado y lo cogió de la mano—. ¿Estáis bien, Maestro? Os preocupáis tanto por Finn…
—Estoy bastante bien, Claudia.
Ella asintió, pues no quería saber si mentía o no.
—Ay, pero si no os he preguntado por la reina. ¿Qué quería contaros con tanta urgencia?
Él apartó la mirada y la perdió en los prados verdes.
—Quería saber cómo iban mis inventos para abrir el Portal. Le hablé de las plumas. —Le dedicó su enigmática sonrisa—. Creo que el experimento no la impresionó mucho.
Claudia contestó:
—No.
—Y abordé el tema de la Academia.
—No me lo digáis: no me deja ir.
Ahora le tocaba a él sorprenderse.
—Correcto. ¿Creéis que será por lo que os contó Medlicote? ¿Intuís que planea desheredaros?
—Que lo intente si quiere —dijo Claudia desafiante—. La batalla estará servida.
—Claudia, hay algo más. La reina… desea que yo vaya. Solo.
La joven abrió los ojos como platos.
—¿Para averiguar la manera de entrar en la Cárcel? Pero ¿por qué? Los dos sabemos que no quiere que se descubra.
Él asintió y bajó la mirada hacia sus dedos enjutos.
—Seguro que es un complot. Quiere sacaros de la Corte. —Claudia se mordió las uñas mientras pensaba con concentración—. Apartaros de su camino. A lo mejor sabe que no vais a descubrir nada, que vais a perder el tiempo. A lo mejor incluso sabe dónde está Incarceron…
—Claudia, tengo que contaros…
Levantó la cabeza y la miró, pero en ese momento el reloj de la torre empezó a sonar y la puerta del vestidor se abrió.
Finn salió a la carrera.
—¿Dónde está mi espada?
—Aquí. —Claudia cogió el florete de la silla y observó cómo se lo ceñía Finn—. Deberías pedirle a un sirviente que lo hiciera.
—Puedo hacerlo yo solito.
Claudia se lo quedó mirando. Le había crecido el pelo desde su Huida; ahora lo llevaba recogido en la nuca con una apresurada coleta adornada con un lazo negro. La levita era de un bello color azul medianoche, y aunque las mangas tenían pespuntes dorados, no llevaba ninguno de los lazos de raso ni chorreras extravagantes que lucían los demás cortesanos. Se negaba a ponerse polvos blancos y a usar colores vivos, y tampoco quería llevar los fajines perfumados, ni las condecoraciones y los sombreros de gala que le había entregado la reina. Era como si estuviera de luto. Tanta austeridad le recordó a su padre.
Finn se quedó allí de pie, nervioso.
—¿Qué tal?
—Estás muy guapo. Pero deberías ponerte algún lazo dorado. Tenemos que demostrarle a esa gente…
—Se ve a la legua que eres el príncipe —interrumpió Jared, que se apresuró a abrir la puerta.
Finn no se movió. Su mano se aferró a la empuñadura de la espada como si fuese la única cosa que le resultara familiar en todo ese entorno.
—No sé si podré hacerlo —dijo.
Jared retrocedió un paso.
—Sí que podrás, Finn. —Se acercó a él y bajó tanto la voz que a Claudia le costó entender las siguientes palabras—. Lo harás por el bien de la Maestra.
Sobresaltado, Finn lo miró fijamente. Pero entonces volvió a tocar la campana, y Claudia deslizó el brazo con seguridad por el hueco que dejaba el de Finn para conducirlo fuera de la habitación.
Todos los pasillos de la Corte estaban abarrotados. Había personas que querían desearles buena suerte, sirvientes, soldados, secretarios, formando corros o asomando la cabeza por puertas y galerías, para ver al Príncipe Heredero del Reino, que se dirigía a su Proclamación. Precedidos por una guardia compuesta de treinta hombres de armas, que sudaban enfundados en sus corazas brillantes, con las espadas ceremoniales empuñadas en alto, Claudia y Finn caminaron lentamente hacia las Dependencias Reales. La gente lanzaba flores a los pies de Finn, los aplausos surgían de puertas y escaleras. Pero nadie estaba del todo ilusionado y Claudia lo sabía; por eso, tenía ganas de fruncir el entrecejo a pesar de la sonrisa graciosa que debía lucir en el rostro. Finn aún no era lo bastante popular. Los siervos y cortesanos apenas lo conocían. Y quienes lo conocían pensaban que era hosco y distante. Se lo había ganado a pulso.
Sin embargo, Claudia fue sonriendo y saludando a los asistentes, mientras Finn avanzaba muy erguido, haciendo reverencias aquí y allá a las caras que reconocía. La joven sabía que Jared estaba tras ella, para infundirle ánimo, con su túnica de Sapient que barría el polvo del suelo. Los escoltaron a través de los cientos de dependencias del Ala de Plata y por las Salas Doradas, así como por el Salón de Baile Turquesa, donde los esperaba otra multitud expectante. También pasaron por el Salón de los Espejos, donde las paredes forradas con espejos de cuerpo entero convertían a los congregados en una horda abrumadora. Bajo candelabros resplandecientes continuaron avanzando, cruzaron un ambiente cálido y cargado de perfume, sudor y aceites aromáticos, dejando atrás susurros y saludos corteses, y un escrutinio lleno de curiosidad. Los acompañó la música de las violas y los chelos procedentes de una balconada alta; las damas de honor les arrojaron una lluvia de pétalos de rosa. Finn levantó la mirada y logró sonreír; algunas mujeres hermosas rieron con disimulo y escondieron la cara detrás del abanico.
Finn notaba el brazo acalorado y tenso, enlazado al de Claudia; ella le apretó la muñeca para infundirle valor. Y al hacerlo, se dio cuenta de lo poco que sabía en realidad sobre él, sobre la agonía de su pérdida de memoria, sobre la vida que había vivido.
Cuando llegaron a la entrada del Patio de Cristal, dos lacayos con librea hicieron una reverencia y abrieron las puertas de par en par.
La enorme sala resplandecía. Cientos de personas volvieron la cabeza hacia ellos.
Claudia le soltó el brazo y se retiró un poco, para colocarse a la misma altura que Jared. Vio que Finn le dedicaba una fugaz mirada; después se irguió y continuó avanzando, con una mano sobre la espada. Claudia lo siguió, preguntándose qué terrores vividos en la Cárcel le habrían enseñado a mostrar semejante temple.
Porque en la estancia se respiraba el peligro.
Cuando la muchedumbre se apartó, Claudia caminó entre sus marcadas reverencias y elegantes saludos y se preguntó cuántas armas secretas habría allí escondidas, cuántos asesinos acechaban, cuántos espías se abrían paso. Una bandada de sonrientes mujeres envueltas en sedas, embajadores con trajes de gala, condesas y duques y todos los abrigos de armiño del Consejo Real se abrieron para dejar al descubierto la alfombra escarlata que recorría toda la sala, y en sus jaulas brillantes, los pajarillos cantaron y trinaron desde los altos arcos del techo. Y por doquier, igual que un laberinto desconcertante, los miles de pilares de cristal que daban nombre a la sala se reflejaban, se retorcían y se entrelazaban desde la bóveda.
A ambos lados del estrado había filas de Sapienti, con sus túnicas iridiscentes que absorbían la luz. Jared se unió a ellos y se dirigió discretamente a uno de los extremos.
El estrado se elevaba sobre cinco anchos escalones de mármol, y en él había dos tronos. La reina Sia se levantó de uno de ellos.
Llevaba un traje de fiesta con innumerables lazos, una capa ribeteada de armiño y la corona. Parecía curiosamente pequeña, enterrada en ese peinado tan recargado, pensó Claudia, quien se detuvo en la primera fila de cortesanos, junto a Caspar. Él la miró de soslayo y sonrió, y el corpulento guardaespaldas llamado Fax se pegó aún más al joven. Claudia volvió la cara e hizo un mohín.
Observó a Finn.
Su amigo subió los peldaños del estrado con agilidad, inclinando levemente la cabeza. Al llegar a la plataforma, se dio la vuelta para mirar a la multitud y Claudia vio que levantaba un poco la barbilla y les dedicaba a todos una mirada desafiante y firme. Sin embargo, por primera vez, pensó: «Si se lo propusiera, podría parecer un príncipe».
La reina alargó la mano. Los murmullos de la multitud cesaron; únicamente los cientos de pinzones siguieron trinando y gorgoreando desde el techo.
—Amigos, hoy es un día histórico. Giles, que en otro tiempo nos fue arrebatado, ha regresado para hacer gala de su herencia. La Dinastía de los Havaarna da la bienvenida a su heredero. El Reino da la bienvenida a su rey.
Dio un discurso precioso. Todo el mundo la aplaudió. Claudia miró a los ojos a Jared, quien le hizo un guiño lento. Ella contuvo la sonrisa.
—Y ahora, escuchemos la Proclamación.
Mientras Finn se ponía de pie, muy erguido, junto a Sia, el primer lord Sapient, un hombre delgado y austero, se levantó y le entregó su bastón de mando plateado, que terminaba en una luna creciente, a uno de los lacayos. De manos de otro siervo tomó un pergamino enrollado, lo extendió y empezó a leer con voz firme y sonora. Era un texto largo y tedioso, lleno de cláusulas y títulos y términos jurídicos, pero Claudia se percató de que, en esencia, era el anuncio de las intenciones de Finn de ser coronado, y la recopilación de sus derechos y obligaciones. Cuando escuchó la expresión «cuerdo y en plenas facultades físicas y mentales», se puso rígida, pues más que ver, percibió la tensión que debía de sentir Finn. A su lado, Caspar hizo un ruido de desaprobación.
Claudia lo miró. Todavía lucía esa estúpida sonrisita.
De repente, un miedo frío se despertó en ella. Algo iba mal. Habían urdido algún complot. Claudia se removió, agitada; la mano de Caspar la agarró.
—Confío en que no vayas a interrumpirlo ahora —le susurró al oído—. Le estropearías este día tan bonito a Finn.
Claudia lo penetró con la mirada.
El Sapient terminó su discurso y enrolló de nuevo el pergamino.
—… Así queda proclamado. Y a menos que haya alguien que desee oponerse en público, afirmo y anuncio aquí y ante todos los testigos, ante la Corte y el Reino, que el príncipe Giles Alexander Ferdinand de Havaarna, lord de las Islas del Sur, conde de…
—Protesto.
El Sapient titubeó y luego se quedó callado. La muchedumbre se dio la vuelta, apabullada.
Claudia también volvió la cabeza.
La voz era apacible pero firme, y pertenecía a un chico que se abrió paso hasta adelantar a Claudia. Vio que era alto y tenía el pelo castaño, y que sus ojos desprendían un brillo claro y decidido. Llevaba una túnica de elegante satén dorado. Y su parecido con Finn era asombroso.
—Protesto.
El chico alzó la mirada hacia la reina y hacia Finn, quienes se la devolvieron. El primer Sapient hizo un gesto cortante, que llevó a los soldados a levantar las armas de inmediato.
—¿Y quién sois vos, señor, para creeros con derecho a protestar? —preguntó la reina con asombro.
El muchacho sonrió y extendió las manos en un gesto curiosamente regio. Se subió a un peldaño e hizo una reverencia marcada.
—Señora madrastra —dijo—, ¿no me reconocéis? Soy el verdadero Giles.