34

En otro tiempo la Cárcel era un ser hermoso. Su propósito era amar. Pero tal vez resultaba muy difícil amarnos. Tal vez le exigimos demasiado. Tal vez la volvimos loca.

Diario de lord Calliston

Rix alargó la mano cubierta por el Guante y desde lo alto, un haz de luz diminuto, fino como un lápiz, bajó hasta tocarla. Se onduló con suavidad sobre su palma y, al cabo de un rato, el mago asintió.

—Veo cosas extrañas en tu mente, padre mío. Veo que te hicieron a su imagen y semejanza, y que despertaste en la oscuridad. Veo las personas que te habitan, veo todos los pasillos y las celdas y mazmorras polvorientas en las que viven.

—¡Rix! —exclamó Attia con voz autoritaria—. Basta.

Rix sonrió, pero no la miró.

—Veo lo solo que te sientes, y lo desquiciado que estás. Te has alimentado de tu propia alma, mi amo. Has devorado tu propia humanidad. Has mancillado tu propio Edén. Y ahora quieres Escapar.

—Ves un rayo de luz en la mano, Preso.

—Lo que tú digas. Un rayo de luz.

Sin embargo, la sonrisa desapareció cuando Rix levantó el Guante, de tal modo que la luz captó un brillo de polvo plateado que caía de sus dedos extendidos.

La multitud suspiró.

El polvo caía y caía sin parar. Era interminable. Se convirtió en una cascada de centelleos diminutos en un cielo negro.

—Veo las estrellas —dijo Rix con voz seria—. Bajo ellas hay un palacio en ruinas, con las ventanas rotas y oscuras. Espío a través del ojo de una cerradura, en una portezuela minúscula. Una tormenta ruge alrededor. Es el Exterior.

Claudia agarró a Attia por la muñeca.

—¿Está…?

—Creo que es una visión. Ya le ha pasado antes.

—¡El Exterior! —exclamó Claudia. Se dirigió al Guardián—: ¿Se refiere al Reino?

Sus ojos grises denotaban severidad.

—Me temo que sí.

—Pero Finn…

—Chist, Claudia. Si hablas, me pierdo.

Furiosa, se quedó mirando a Rix. El mago temblaba, con los ojos convertidos en finas líneas de color blanco.

—Hay una forma de Escapar —susurró, en un arrebato—. ¡Sáfico la encontró!

—¿Sáfico? —La voz de Incarceron era un murmullo que se expandía por el salón. Y entonces añadió con un tono que denotaba un miedo repentino, además de asombro—: ¿Cómo lo haces, Rix? ¿Cómo lo haces?

Rix parpadeó. Por un momento pareció sobrecogido. Todos guardaron silencio.

Entonces movió los dedos, y la lluvia plateada se convirtió en oro.

—El Arte de la Magia —susurró.

Jared se apartó de la puerta. Si Finn la estaba aporreando, como sospechaba el Sapient, el sonido no se apreciaba al otro lado.

Se dio la vuelta.

Tal vez el Reino se hubiera desmoronado, pero dentro de esa habitación no había cambiado nada. Mientras el Portal se allanaba, notó que el murmullo tranquilo de su misterio le resultaba apaciguador, las paredes grises y el escritorio solitario se enfocaron en su vista. Levantó una mano temblorosa hasta la boca y se lamió la sangre de la piel arañada.

De pronto, lo abatió la fatiga. Lo único que le apetecía era dormir, así que se desplomó en la silla metálica, delante de la pantalla cubierta de nieve, y combatió el deseo de apoyar la cabeza en el escritorio y cerrar los ojos para olvidarse de todo.

Sin embargo, la nieve cautivó su mirada. Detrás de ese misterio estaba atrapada Claudia, y la Cárcel y el Reino se hallaban inmersos en la destrucción.

Se obligó a sentarse con la espalda erguida, se frotó la cara con una manga mugrienta, se apartó el pelo de los ojos. Sacó el guante y lo colocó sobre la superficie de metal gris. Entonces hizo unos cuantos ajustes en los controles y habló.

Empleó la lengua de los Sapienti cuando dijo:

—¡Incarceron!

La nieve continuó cayendo, pero su frecuencia cambió, convertida en un remolino de asombro. Le respondió una voz maravillada:

—¿Cómo lo haces, Rix? ¿Cómo lo haces?

—No soy Rix. —Jared extendió las manos enjutas sobre el escritorio y las observó—. Hablaste conmigo en otra ocasión. Ya sabes quién soy.

—Oí una voz como ésa, hace mucho tiempo. —El murmullo de la Cárcel quedó suspendido en el aire inmóvil de la habitación.

—Hace mucho tiempo —susurró Jared—. Cuando aún no eras viejo, ni malvado. Cuando los Sapienti te crearon. Y otras muchas veces desde entonces, durante mi viaje interminable.

—Eres Sáfico.

Jared sonrió, fatigado.

—Ahora sí. Y tú y yo, Incarceron, tenemos el mismo problema. Ambos estamos atrapados dentro de nuestro cuerpo. A lo mejor podríamos ayudarnos el uno al otro. —Tomó el Guante y acarició con un dedo sus suaves escamas—. A lo mejor ha llegado la hora de la que hablan todas las profecías. La hora en la que el mundo termina, y Sáfico regresa.

Claudia dijo:

—Tienen tanto miedo que se están volviendo locos. Van a abalanzarse en cualquier momento para matarlo.

La muchedumbre empezaba a revolucionarse. Claudia percibía su pánico, notaba la urgencia en el modo en que empujaban hacia delante, alargaban el cuello para ver, desprendiendo ese hedor caliente y sudoroso que ascendía hacia ella. Sabían que, si Incarceron Escapaba, sería el fin de todos ellos. Si empezaban a creer que Rix era capaz de algo así, no tendrían nada que perder si se arriesgaban a avanzar.

Attia agarró el cuchillo de Rix. Claudia levantó el trabuco de chispa y miró a su padre. El Guardián no se movió, con los ojos fascinados y fijos en el mago.

Claudia lo adelantó y Attia fue con ella, y juntas se abrieron paso para colocarse en los peldaños que quedaban entre Rix y la multitud, a pesar de que era algo inútil, un mero amago de defensa.

—Oí una voz como ésa, hace mucho tiempo —murmuró la Cárcel.

Rix se echó a reír con severidad. Las palabras de su actuación habían cambiado, eran como una profecía.

—Hay una forma de Escapar. ¡Sáfico la encontró! La puerta es diminuta, más pequeña incluso que un átomo. Y el águila y el cisne extienden sus alas para protegerla.

—Eres Sáfico.

—Sáfico ha vuelto. ¿Alguna vez me has amado, Incarceron?

La Cárcel murmuró con voz ronca:

—Me acuerdo de ti. De entre todos ellos, tú eras mi hermano y mi hijo. Tuvimos el mismo sueño.

Rix se inclinó hacia la estatua. Alzó la mirada hacia su rostro pacífico, hacia sus ojos inertes.

—No te muevas ni un centímetro —susurró con ansiedad, como si quisiera que sólo la Cárcel lo oyera—. O el peligro que correrás será extremo.

Se dirigió a la multitud:

—Ha llegado el momento, amigos míos. Lo liberaré. ¡Y lo devolveré a este lugar!

—¡Otra vez!

Finn y Keiro se abalanzaron juntos contra la puerta, pero ni siquiera vibró. No se oía ningún sonido en el interior. Sin aliento, Keiro le dio la espalda al cisne de ébano y dijo:

—Podríamos coger uno de esos tablones y… —Se detuvo—. ¿Lo has oído?

Voces. El clamor de hombres dentro de la casa, hombres que subían como un enjambre por la cuerda de la escalera, siluetas sombrías que se arracimaban en el pasillo maltrecho.

Finn dio un paso adelante.

—¿Quién anda ahí?

Pero supo quiénes eran antes de que el resplandor de un relámpago los hiciera visibles. Los Lobos de Acero habían llegado en una manada de hocicos de plata, con los ojos brillantes detrás de las máscaras de asesinos y homicidas.

La voz de Medlicote dijo:

—Lo siento, Finn. No puedo dejar que esto termine así. Nadie se sorprenderá de que tu amigo y tú perezcáis en las ruinas del feudo del Guardián. Así empezará un nuevo mundo, sin reyes, sin tiranos.

—Jared está ahí dentro —soltó Finn—. Y vuestro Guardián…

—El Guardián nos ha dado órdenes.

Levantaron las pistolas.

A su lado, Finn notó el desafío arrogante de Keiro, esa extraña forma que tenía de volverse más alto, con todos los músculos en tensión.

—Nuestra última función, hermano —dijo Finn con amargura.

—Habla por ti —contestó Keiro.

Los Lobos de Acero avanzaron, una fila vacilante que llenaba el pasillo.

Finn se tensó, pero Keiro parecía casi lánguido.

—Vamos, amigos míos. Un poco más cerca, por favor.

Se detuvieron, como si sus palabras los hubieran puesto nerviosos. Entonces, tal como Finn sabía que haría, Keiro atacó.

Jared sujetaba el Guante con ambas manos. Sus escamas eran curiosamente flexibles, como si los siglos las hubieran amoldado con el uso. Como si sólo el Tiempo hubiera llevado el Guante.

—¿No estás asustado? —preguntó Incarceron con curiosidad.

—Claro que estoy asustado. Creo que llevo mucho tiempo asustado. —Tocó las garras duras y curvadas—. Pero ¿cómo sabes tú lo que es el miedo?

—Los Sapienti me enseñaron a sentir.

—¿El placer? ¿La crueldad?

—La soledad. La desesperación.

Jared negó con la cabeza.

—También querían que amases… a tus Presos. Que cuidases de ellos.

La voz sonó como una bocanada de nostalgia, un crepitar:

—Sabes que tú eres el único a quien he amado, Sáfico. El único a quien he cuidado. Tú eras la grieta insignificante de mi armadura. Tú eras la puerta.

—¿Fue por eso por lo que me dejaste Escapar?

—Los hijos siempre escapan de sus padres, tarde o temprano. —Un murmullo se coló en el Portal, como un suspiro a través de un pasillo largo y vacío—. Yo también estoy asustado.

—Entonces, debemos compartir el miedo.

Jared deslizó los dedos dentro del Guante. Tiró de él, con firmeza, y mientras lo hacía oyó, muy lejos, un martilleo, tal vez una puerta, tal vez su corazón, tal vez miles de pasos que se aproximaban. Cerró los ojos. Cuando el Guante le arropó los dedos, se le enfrió la mano, que se fundió con la piel de dragón en una sola materia. Le ardían las neuronas. Las garras se hendieron cuando las dobló. Su cuerpo se volvió gélido, e inmenso, poblado por un millón de terrores. Y entonces, todo su ser se desmoronó, se marchitó, replegándose hacia dentro, hacia un interminable torbellino de luz. Inclinó la cabeza y lloró a mares.

—Yo también estoy asustado.

El murmullo de la Cárcel se propagó por todos sus pabellones y bosques, por encima de sus mares. En las profundidades del Ala de Hielo, su miedo fragmentó las estalactitas, asustó a bandadas enteras de pájaros que aletearon sobre bosques metálicos que ningún Preso había pisado jamás.

Rix cerró los ojos. Su cara se había convertido en puro éxtasis. Extendió los brazos y exclamó:

—Ninguno de nosotros tiene por qué asustarse. ¡Mirad!

Claudia oyó el suspiro de Attia. La horda de gente rugió al unísono y se abalanzó hacia delante y, cuando la muchacha saltó hacia atrás, volvió la cabeza y vio a su padre, mirando fijamente la imagen de Sáfico. En la mano derecha llevaba puesto el Guante.

Anonadada, Claudia intentó preguntar:

—¿Cómo…?

Pero el susurro se perdió en el tumulto.

Los dedos de la estatua eran de piel de dragón, sus uñas eran garras. ¡Y se movían!

La mano derecha se flexionó; se abrió y se alargó hacia delante, como si se aferrara a la oscuridad, o como si buscara algo que palpar.

Todos los asistentes se quedaron mudos. Algunos cayeron de rodillas, otros se dieron la vuelta y echaron a correr para escapar de la muchedumbre hacinada.

Claudia y Attia permanecieron quietas. Attia sintió como si el asombro fuese a irrumpir en ella, como si la maravilla de lo que veía, de lo que eso significaba, fuese a hacerla gritar a pleno pulmón de miedo y gozo.

El Guardián era el único que observaba con atención. Claudia se dio cuenta de que él sabía lo que estaba ocurriendo.

—Explícamelo —le susurró la chica.

Su padre miró la imagen de Sáfico y un macabro agradecimiento cubrió sus ojos grises.

—¿Por qué, mi querida Claudia? —le preguntó él a su vez con aspereza—. Es un gran milagro. Tenemos el inmenso privilegio de estar aquí. —Y luego, en voz más baja—: Y parece que he vuelto a subestimar al Maestro Jared una vez más.

El proyectil de un trabuco impactó contra el techo. Uno de los hombres había caído ya, ovillado entre gemidos. Espalda contra espalda, Finn y Keiro describían círculos.

El pasillo en ruinas era una maraña intermitente de luz, surcada por haces de oscuridad. Alguien disparó un mosquetón y la bala hizo saltar unas astillas que cayeron en el codo de Finn. Se defendió, apartó el arma de un manotazo y se deshizo del hombre enmascarado a golpes.

Tras él, Keiro empezó a luchar con un florete hurtado hasta que se le rompió, y a partir de entonces, contraatacó con las manos desnudas. Se movía con agilidad, furia y precisión, y para Finn, que estaba a su lado, ya no existía el Reino ni Incarceron, sólo la abrasadora violencia de los puñetazos y el dolor, una puñalada en el pecho esquivada con desesperación, un cuerpo arrojado contra los paneles de madera.

Chilló, con sudor en las pestañas, cuando Medlicote arremetió contra él, y la espada del secretario se dobló al clavarse en la pared. Al instante, ambos intentaron asir el arma, y Finn agarró el hombre con fuerza por el pecho para inmovilizarlo, obligándole a tirarse al suelo. Resplandeció otro relámpago, que mostró la sonrisa de Keiro, el destello de acero de un hocico de lobo. El trueno rugió, con un retumbar grave y distante.

Una llamarada de fuego. Creció en un instante y, con su luz, Finn vio que los Lobos se hundían, jadeantes y ensangrentados por las llamas que los azotaban.

—Bajad las armas —la voz de Keiro sonó feroz y sin aliento. Volvió a disparar y todos se encogieron cuando la escayola del techo caía convertida en nieve blanca—. ¡Bajadlas ya!

Unos cuantos ruidos sordos.

—Ahora, al suelo. Al que se quede de pie, me lo cargo.

Poco a poco, los Lobos de Acero fueron obedeciéndole. Finn le arrancó la máscara a Medlicote y la arrojó al pasillo. Una furia repentina ardía en él. Les amenazó:

—Ahora yo soy el rey, Maestro Medlicote. ¿Queda claro? —Su voz era rabia en estado puro—. ¡El viejo mundo ha terminado y a partir de ahora ya no habrá más complots ni mentiras! —Levantó al hombre como si fuera un trapo viejo y lo empotró contra la pared—. Yo soy Giles. ¡Se acabó el Protocolo!

—Finn. —Keiro se acercó y le quitó la espada de la mano—. Déjalo. Es igual. Ya está medio muerto.

Lentamente, Finn soltó al hombre, que se derrumbó aliviado. Finn se volvió hacia su hermano de sangre y fue enfocándolo de forma paulatina, como si la furia hubiese sido un velo que enturbiaba el ambiente.

—Tranquilo, hermano. —Keiro escudriñó a sus cautivos—. Como siempre te enseñé…

—Estoy tranquilo.

—Bien. Por lo menos, no te has vuelto tan blandengue como todos los demás aquí fuera.

Keiro se dio la vuelta con una pirueta y levantó el arma. Disparó, una vez, dos, contra la puerta del despacho, debajo del cisne enfadado, y la puerta se sacudió antes de derrumbarse hacia dentro.

Finn se adelantó y entró en la sala dando zancadas a través del humo. Se tambaleó cuando el Portal se onduló para darle la bienvenida.

Pero la habitación estaba vacía.

Eso era la muerte.

Era cálida y pegajosa, y llegaba a Jared en oleadas, que lo barrían como ráfagas de dolor. No había aire que respirar, ni palabras que pronunciar. Era algo que se le atragantaba en la garganta.

Y luego surgió un resplandor gris, y en él estaba Claudia, junto con su padre y Attia. Alargó la mano hacia ella e intentó pronunciar su nombre, pero tenía los labios fríos y mudos como el mármol, y la lengua tan entumecida que no podía moverla.

—¿Estoy muerto? —preguntó a la Cárcel, pero la pregunta reverberó por colinas y pasillos, y recorrió galerías centenarias cubiertas de telarañas. Entonces se dio cuenta de que él era la Cárcel, de que compartían los sueños.

Se había convertido en un mundo entero, y al mismo tiempo, era una criatura diminuta. Ahora podía respirar, su corazón latía con fuerza, tenía la vista clara. Sintió como si le hubieran quitado una grandísima preocupación de encima, un gran peso de los hombros. Y tal vez hubiera sido así, tal vez se tratara de la liberación de su vieja vida. Y dentro de sí mismo, había bosques y océanos, altos puentes sobre profundas grietas, escaleras en espiral que bajaban a las celdas blancas y vacías en las que había nacido su enfermedad. Había viajado a través de ella, había explorado todos sus secretos, se había zambullido en su oscuridad.

Sólo él conocía la respuesta al acertijo, y la puerta que conducía al Exterior.

Claudia lo oyó. En medio del silencio, la estatua se meció y pronunció su nombre.

Sin dejar de mirar la imagen fijamente, Claudia se tambaleó hacia atrás, pero su padre la agarró por el brazo.

—Te he enseñado a no tener miedo jamás —le dijo en voz baja—. Y además, ya sabes quién es.

Cobró vida ante su atenta mirada. Los ojos de la estatua se abrieron y eran verdes, esos ojos curiosos e inteligentes que tan bien conocía Claudia. El rostro delicado había perdido el tono marfil y se había sonrosado con el aliento vital. El pelo largo se le había oscurecido y ondulado, y la túnica de Sapient relucía con tonos grises iridiscentes. Extendió los brazos y las plumas brillaron como si fueran alas.

Se bajó del pedestal y se colocó ante ella.

—Claudia… —dijo. Y repitió—: Claudia.

Las palabras se le atascaron en la garganta.

Mientras tanto, Rix saltaba ante la abrumadora adulación de la multitud; cogió a Attia de la mano y la obligó a hacer una reverencia con él en medio de la tormenta de aplausos que no tenían fin, los vítores de alegría, los gritos extasiados que recibían a Sáfico, ahora que había regresado para salvar a su pueblo.