5

—Podría abrasarte soplando fuego sobre ti —gruñó el lobo de alambre.

—Hazlo —dijo Sáfico—. Pero no me tires al agua.

—Podría roer tu sombra hasta hacerla desaparecer.

—No sería nada comparado con el agua negra.

—Podría destrozarte los huesos y los tendones.

—Más temo la espeluznante agua que a ti.

El lobo de alambre lo arrojó al lago con toda su rabia.

Así que él se alejó nadando, entre risas.

El Regreso del Lobo de Alambre

El Guante era demasiado pequeño.

Horrorizada, Attia observó cómo el material cedía, cómo en sus costuras iban apareciendo pequeños rasgones. Miró a Rix; sus fascinados ojos estaban fijos en los dedos del Señor del Ala.

Y sonreía.

Attia tomó aire; de repente lo entendió todo. Todas esas súplicas para que no tocaran sus artilugios: ¡quería que ocurriera precisamente esto!

La muchacha miró a Quintus. El malabarista tenía en la mano una bola roja y otra azul, estaba alerta. Tras él, en la penumbra, aguardaba la troupe.

Thar extendió la mano. En la oscuridad, el guante negro era casi invisible, como si le hubieran amputado la extremidad a la altura de la muñeca. Soltó esa risa áspera similar a un ladrido.

—¿Y ahora qué? ¿Si chasqueo los dedos empezarán a salir monedas de oro de ellos? ¿Si señalo a un hombre se caerá muerto?

Antes de que alguien pudiera responder, ya lo había intentado, volviéndose para señalar con el índice a uno de los hombres corpulentos que tenía detrás. El rostro del rufián empalideció.

—¿Por qué yo, jefe?

—¿Tienes miedo, Mart?

—No me gusta, eso es todo.

—Pues más tonto eres. —Thar se balanceó hacia atrás y miró con desprecio a Rix—. He visto trapos mejores que éste pegados a las ruedas de un carro. Tendrás que ser muy buen comediante para lograr que alguien crea en esta porquería.

Rix asintió.

—Vos lo habéis dicho. El mejor comediante de Incarceron.

Levantó una mano.

Al instante, la burla de Thor se borró de su cara; bajó la mirada a los dedos enguantados.

Entonces soltó un aullido de dolor.

Attia saltó. El eco del grito reverberó por el túnel; el Señor del Ala gritaba y estrujaba el guante.

—¡Quitádmelo! ¡Me está quemando!

—Qué mala suerte —murmuró Rix.

El rostro de Thar se encendió por la furia.

—¡Matadlo! —rugió.

Sus hombres se movieron, pero Rix los amenazó:

—Hacedlo y no podrá quitárselo nunca.

Cruzó los brazos sin mover ni un ápice las facciones de su cara enjuta. Si estaba actuando, pensó Attia, era un maestro. Poco a poco, para que nadie se diera cuenta, Attia se deslizó hacia el asiento del conductor.

Thar maldecía y tiraba del Guante con desesperación.

—¡Es ácido! ¡Me está comiendo la piel!

—Si no utilizáis bien las cosas de Sáfico, ¿qué podéis esperar?

Había un punto de sorna en la voz de Rix que hizo que Attia lo mirase a la cara. La sonrisa desdentada había desaparecido de su cara; mostraba esa mirada dura y obsesiva que la había alarmado hacía un rato. Detrás de ella, el malabarista Quintus chasqueó la lengua, nervioso.

—¡Pues matad a los demás! —Ahora Thar apenas podía gemir.

—No vais a tocarle un pelo a nadie. —Rix miró uno por uno a los integrantes de la pandilla de rufianes con ojos desafiantes—. Nos dejaréis pasar, saldremos tranquilamente de las colinas de los Dados y después romperé el hechizo. Si intentáis cualquier ardid, la ira de Sáfico lo abrasará por toda la eternidad.

Los ladrones se miraban unos a otros muy nerviosos.

—Hacedlo —gruñó Thar.

Era un momento peligroso. Attia sabía que todo dependía del miedo que los Carniceros tuvieran de su líder. Si uno de ellos hacía caso omiso de sus órdenes o lo mataba para tomar el mando, Rix estaría acabado. Pero todos parecían acobardados e incómodos. Primero retrocedió uno, y después, todos los demás lo imitaron.

Rix inclinó la cabeza.

—En marcha —susurró Quintus.

Attia agarró las riendas.

—¡Espera! —chilló Thar. Sacudió los dedos enguantados, como si notara descargas eléctricas corriendo por ellos—. Páralo de una vez. Manda que el guante deje de hacer esto.

—Yo no le mando que haga nada —dijo Rix con interés.

Los dedos negros se agarrotaron, luego tuvieron convulsiones. El medio hombre se tambaleó hacia delante, agarró una brocha de un cubo de pintura dorada que colgaba de los bajos del carromato. Las gotas de oro salpicaron el suelo del túnel.

—¿Y ahora qué? —murmuró Quintus.

Thar avanzó dando tumbos hasta la pared. Con un movimiento repentino que lo salpicó todo, su mano enguantada trazó cinco letras brillantes en el metal curvado.

ATTIA.

Todos se lo quedaron mirando anonadados. Rix miró a la chica. Entonces se dirigió a Thar.

—¿Qué hacéis?

—¡No lo hago yo! —El hombre estaba a punto de atragantarse de miedo y furia—. ¡Este asqueroso guante está vivo!

—¿Sabéis escribir?

—Claro que no sé escribir. ¡No sé lo que pone!

Attia se quedó sin aliento a causa de la fascinación. Bajó como pudo del carromato y corrió hacia la pared. Las letras goteaban y dejaban rastros largos y finos de color dorado.

—¿Qué? —jadeó—. ¿Qué más?

Con una sacudida, como si el Guante tirara de él, la mano de Thar volvió a levantar la brocha y escribió:

LAS ESTRELLAS EXISTEN, ATTIA. FINN LAS HA VISTO.

—Finn… —suspiró Attia.

PRONTO LAS VERÉ YO TAMBIÉN. MÁS ALLÁ DE LA NIEVE Y LA TORMENTA.

Algo le rozó la piel. Lo cogió; era un objeto pequeño y suave, que bajó planeando desde el techo oscuro.

Una pluma azul.

Y entonces empezaron a caer de todas partes, suaves como un cosquilleo. Una nevada de diminutas plumas azules, idénticas unas a otras, caía sobre los carromatos y sobre la panda de extorsionadores, además de sobre el camino. Una tormenta silenciosa e imposible, plumas que siseaban y crepitaban al tocar las llamas, que se arremolinaban cuando los bueyes resoplaban para apartarlas, que caían sobre los ojos y los hombros, en las fundas de lona, en las hojas de las hachas, que se pegaban a los chorretones de pintura.

—¡Es la Cárcel la que hace esto! —La voz de Rix sonó como un susurro de admiración. Agarró a Attia por el brazo—. Rápido. Antes de que…

Pero ya era demasiado tarde.

Con un bramido, la tempestad surgió de la oscuridad y aplastó al mago contra ella; Attia se tambaleó, pero él agarró a la muchacha para incorporarla. La ira de Incarceron atronaba; el grito de un huracán irrumpió en el túnel y destrozó las puertas. Los rufianes se desperdigaron; mientras Rix agarraba a Attia para estabilizarla, vio cómo se retorcía Thar, cómo el guante negro se apergaminaba y se rompía sobre su mano, disolviéndose en una maraña de agujeros, de hebras de sangre cruda y ensangrentada.

Para entonces Attia ya había subido a toda prisa al carromato; Rix chilló y azuzó al buey, que se puso en marcha, avanzando a ciegas en la tormenta. Attia se cubrió la cabeza con los brazos mientras las plumas caían como ráfagas junto a ella, y sobre sus cabezas vio las esferas de los malabaristas, que habían salido volando y flotaban en la etérea tormenta con sus colores verdes, rojos y morados.

El avance fue arduo. Los bueyes eran robustos, pero incluso ellos se tambaleaban con la fuerza del viento, bajaban la testa y daban pasos lentos. A su lado, Attia oyó un ataque de histeria, amortiguado por el viento; levantó la cabeza y vio que Rix se reía en voz baja, para sí mismo, mientras las plumas se le pegaban al pelo y a la ropa.

Costaba mucho hablar, pero por lo menos Attia consiguió volver la cabeza. No quedaba rastro de los Carniceros. Al cabo de veinte minutos, el túnel se iluminó un poco; el carromato tomó una curva larga y pronunciada, y Attia vio la luz ante ellos, una entrada recortada entre la tormenta de plumas.

Conforme avanzaban a trompicones hacia la salida, la tormenta amainó, tan repentinamente como había comenzado.

Poco a poco, Attia bajó los brazos y tomó aliento. Una vez en la entrada del túnel, Rix dijo:

—¿Nos sigue alguien?

Attia aguzó la vista.

—No. Quintus y sus hermanos cierran la marcha.

—Excelente. Unas cuantas bolas de humo impedirán que nos persigan.

A Attia le dolían los oídos por culpa del viento helador. Se arropó bien con el abrigo y se sacudió las plumas de las mangas, escupió plumas azules. Entonces añadió abrumada:

—¡El Guante se ha destruido!

Él se encogió de hombros.

—Vaya, qué lástima.

Sus crípticas palabras, esa sonrisilla petulante, hicieron que Attia lo mirase fijamente. Pero al momento paseó los ojos por el paisaje que había a su espalda.

Era un mundo de hielo.

Ante ellos, el camino discurría entre grandes montículos helados, que llegaban a la altura de la cabeza, y Attia se dio cuenta de que toda esa ala era una tundra abierta, abandonada y barrida por el viento, que se perdía en la penumbra de la Cárcel. Había un foso enorme que les impedía el paso con un puente fortificado encima, que terminaba en una puerta con un rastrillo de metal negro desgastado por los azotes del aguanieve. Alguien había forzado una entrada a través de los barrotes; la punta de las barras de acero estaba doblada. Un barro grasiento mostraba por dónde habían pasado otros vehículos, pero para Attia el frío repentino se tradujo en miedo.

—Había oído hablar de este lugar —susurró—. Es el Ala de Hielo.

—Qué lista eres, bonita. Así se llama, sí.

Mientras el buey que tiraba del carromato se deslizaba dando coces por la colina resbaladiza, Attia guardó silencio. Luego dijo:

—Entonces, ¿no era el Guante auténtico?

Rix escupió hacia un lado.

—Attia, si aquel rufián hubiera abierto cualquier caja o cualquier compartimento secreto de este carromato, habría encontrado un guante. Un guante negro y pequeño. Yo no dije que fuera el de Sáfico. De hecho, ninguno de ellos es el auténtico. Guardo el Guante de Sáfico tan próximo a mi corazón que es imposible robarlo.

—Pero… le abrasó la mano.

—Bueno, tenía razón en que llevaba ácido. En cuanto a lo de no ser capaz de quitárselo, sí que hubiera podido hacerlo. Pero le hice creer que no podía. Eso es la magia, Attia. Coger la mente de un hombre y darle la vuelta para que crea en lo imposible. —Se concentró un momento en guiar al buey para que rodeara una viga que sobresalía en el camino—. Después de habernos dejado escapar, seguro que se convenció de que se había deshecho el hechizo.

Attia lo miró de soslayo.

—¿Y lo que escribió?

Los ojos de Rix se fijaron en ella.

—Iba a hacerte la misma pregunta.

—¿A mí?

—Ni siquiera yo puedo hacer que un hombre iletrado escriba. El mensaje era para ti. Attia, desde que te conocimos han pasado cosas muy raras.

Attia se dio cuenta de que se estaba mordiendo las uñas. Se apresuró a esconder las manos en las mangas.

—Es Finn. Tiene que ser Finn. Está intentando hablar conmigo. Desde el Exterior.

Rix preguntó sin inmutarse:

—¿Y crees que el Guante servirá de algo?

—¡No lo sé! A lo mejor…, si me dejaras verlo…

El mago paró la carreta tan bruscamente que Attia estuvo a punto de caerse.

—¡NO! Es peligroso, Attia. Una cosa son las ilusiones, pero esto es un verdadero objeto de poder. Ni siquiera yo me atrevería a ponérmelo.

—¿Nunca has sentido la tentación de hacerlo?

—Tal vez sí. Pero soy un loco, no un tonto.

—Pero te lo pones cuando actúas…

—¿Ah sí? —El mago sonrió.

—Sacarías de quicio a cualquiera —espetó Attia.

—Es la ilusión de mi vida. Y ahora, aquí es donde debes bajarte.

Attia miró a su alrededor.

—¿Aquí?

—El poblado está a unas dos horas andando. Recuerda: no nos conoces, y nosotros no te conocemos. —Rebuscó en el bolsillo y puso tres monedas de cobre en la mano de la muchacha—. Cómprate algo de comer. Y esta noche, bonita, acuérdate de temblar en cuanto levante la espada. Que parezca que te mueres de miedo.

—No me hará falta fingir. —Attia empezó a bajar del carromato, pero al instante se detuvo, aún en el aire—. ¿Cómo puedo saber que no vas a dejarme aquí tirada?

Rix le guiñó un ojo y azuzó al buey.

—Jamás soñaría con hacer algo así.

Se quedó quieta mientras la adelantaban todos. El oso estaba hecho un ovillo y parecía tristón. El suelo de su jaula se había cubierto de plumas azules. Uno de los malabaristas la saludó con la mano, pero ninguno de los demás feriantes sacó siquiera la cabeza para despedirse. Lentamente, la troupe desapareció rodando en la distancia.

Attia se cargó el petate a la espalda e intentó desentumecerse dando golpes al suelo con los pies fríos. Al principio caminaba rápido, pero el sendero era traicionero, pues la pasarela metálica estaba congelada y resbaladiza por la grasa. Mientras descendía hacia la hondonada, los muros de hielo se alzaron poco a poco a ambos lados; no tardaron en ser más altos que ella, y conforme se abría paso, vio objetos y polvo incrustados en el hielo. Un perro muerto, con las fauces abiertas. Un Escarabajo. En un punto del camino, vio unas pequeñas piedras negras y redondas y algo de arenilla. En otro punto, tan hendidos entre las burbujas azules del hielo que apenas podía verlo, estaban los huesos de un niño.

El frío aumentaba por momentos. Su respiración empezó a formar una nube alrededor de Attia. Se apresuró, porque ya había dejado de ver los carromatos y porque sólo si caminaba rápido era capaz de mantener el calor corporal.

Por fin, al pie de una colina, llegó al puente. Era de piedra y formaba un arco por encima del foso, pero mientras se deslizaba por las muescas dejadas por los carros vio que el foso estaba congelado, sólido, y cuando se inclinó hacia un lado su sombra oscureció la superficie sucia. Los desechos poblaban el agua helada. Unas cadenas nacían en la superficie y desaparecían entre el hielo.

El rastrillo metálico del portón, cuando llegó hasta él, resultó ser negro y muy antiguo. Las puntas de las barras dobladas resplandecían por los carámbanos, y en lo alto de la reja había apostada un ave solitaria de cuello largo, blanca como la nieve. Al principio pensó que era una escultura, hasta que de pronto el pájaro extendió las alas y voló, con un graznido lastimero, hacia lo alto del cielo gris como el metal.

Entonces vio los Ojos.

Había dos, uno a cada lado de la puerta de hierro. Diminutos y rojos, la miraban fijamente. De ellos colgaban dos pequeñas estalactitas, como lágrimas congeladas.

Attia se detuvo, sin aliento, se tocó el costado.

Levantó la mirada.

—Sé que me vigilas. ¿Fuiste tú quien me envió el mensaje?

Silencio. Sólo oía el susurro frío y grave de la nieve.

—¿A qué te referías con que pronto verías las estrellas? Eres la Cárcel. ¿Cómo vas a ver el Exterior?

Los Ojos eran unos puntos fijos de fuego. ¿Eran imaginaciones suyas o uno le había hecho un guiño?

Esperó hasta que el frío le impidió continuar quieta por más tiempo. Entonces se escabulló por el agujero de la puerta y continuó avanzando con dificultad.

Incarceron era cruel, todos lo sabían. Claudia había dicho que en un principio no debía ser así, que los Sapienti la habían fabricado a modo de gran experimento, la Cárcel iba a ser un lugar luminoso, cálido y seguro. Attia se rio en voz alta con amargura. Si ésa era su intención, habían fracasado. La Cárcel se gobernaba a sí misma. Redibujaba los paisajes y acababa con los rufianes a base de rayos láser cuando se le antojaba. O bien dejaba que sus Reclusos lucharan y se agredieran unos a otros mientras se entretenía viéndolos pelear. No conocía la piedad. Y sólo Sáfico (y Finn) habían logrado Escapar de ella.

Se detuvo y levantó la cabeza.

—Supongo que eso te enfada —dijo dirigiéndose a la Cárcel—. Supongo que te pone celoso, ¿verdad, Incarceron?

No hubo respuesta. En lugar de eso, empezó a nevar. Los copos caían suavemente pero sin tregua, así que Attia se ajustó el hatillo y caminó a duras penas por la superficie nevada, con un frío silencioso que le congelaba las manos y los pies, que azotaba sus labios y mejillas, que convertía su respiración en una nube de escarcha que no se dispersaba.

Tenía el abrigo raído, los guantes con agujeros. Maldecía a Rix cada vez que tropezaba con un bache helado o cuando se topaba un trozo de malla metálica rota.

El camino acabó de cubrirse de nieve, así que el rastro de los carros quedó oculto. Una pila de excrementos de buey había formado un montículo helado.

Sin embargo, cuando levantó la mirada, con los labios azules por el frío, vio el poblado.

Parecía un cúmulo de protuberancias redondas de poca altura, tan blancas como sus alrededores. Se alzaban en medio de la tundra, casi invisibles salvo por el humo que escapaba de las rejillas y las chimeneas. Unos postes altos se alzaban sobre ellas; vio a un hombre apostado sobre cada uno de los salientes, como si fueran vigías.

El camino se bifurcaba y se dio cuenta de que allí los carromatos de los feriantes habían aplastado la nieve, y unas briznas de paja y unas cuantas plumas se habían caído al tomar la curva. Attia avanzó con cautela, asomó la cabeza entre el hielo y vio que el camino terminaba en una barrera hecha con troncos. A un lado de la barrera había sentada una anciana rolliza que tejía al calor de un brasero de carbón ardiendo.

¿Ésas eran sus medidas de seguridad?

Attia se mordió el labio. Se ajustó mejor la capucha por encima de la cara, anduvo por la nieve y vio que la mujer levantaba la cabeza, sin dejar de tejer rítmicamente.

—¿Llevas ket?

Sorprendida, Attia negó con la cabeza.

—Muy bien. Déjame ver tus armas.

Attia sacó el cuchillo y se lo mostró. La mujer dejó de hacer punto y lo miró. Entonces abrió un cofre y lo metió en él.

—¿Algo más?

—No. ¿Y cómo voy a defenderme ahora?

—Nada de armas en Frostia. Son las normas de la ciudad. Ahora tengo que registrarte.

Attia observó cómo hurgaba en su bolsa. Después extendió los brazos y la mujer la cacheó con agilidad y se apartó.

—Muy bien. Adelante.

Volvió a coger las agujas de tejer y se marchó taconeando.

Sin dar crédito a sus ojos, Attia trepó por encima de la frágil barrera. Entonces preguntó:

—¿Podré ponerme a resguardo?

—Ahora hay muchas habitaciones vacías. —La mujer levantó la mirada—. Si la pides, te darán una habitación en la segunda cúpula.

Attia se dio la vuelta. Le habría gustado saber cómo una sola anciana había sido capaz de registrar todos los carromatos del circo de Rix, pero no podía preguntárselo, porque se suponía que no los conocía. Aun así, justo antes de meter la cabeza en la entrada de la cúpula, preguntó:

—¿Me devolverán el cuchillo cuando me marche?

Nadie le respondió. Attia miró atrás.

Y se quedó petrificada por el asombro.

El taburete estaba vacío. Un par de agujas de tejer tintineaban solas suspendidas en el aire.

La lana roja se extendía por la nieve, como una mancha de sangre.

—Nadie se marcha —oyó.