19
La Esotérica son los fragmentos rotos de nuestro conocimiento. Los Sapienti tardarán generaciones en recomponer las piezas que faltan. Una gran parte no será recuperada jamás.
Informe del proyecto, Martor Sapiens
—Debería castigarte. Tú fuiste quien le contó a Claudia que no era mi hija.
No era la voz desdeñosa y metálica de la Cárcel. Attia alzó la mirada hacia el acusador Ojo rojo.
—Sí, se lo conté yo. Tenía que saberlo.
—Fuiste cruel.
La voz del Guardián sonaba grave y fatigada. De pronto, la pared se onduló y apareció en persona.
Ro ahogó un grito. Attia se lo quedó mirando, anonadada.
Tenía a un hombre delante, en una imagen tridimensional, pero con el contorno difuso y ondulante. Había algunos puntos en los que incluso podía ver a través de su cuerpo. Sus ojos grises emanaban frialdad, y Attia tuvo que hacer verdaderos esfuerzos para no estremecerse ni arrodillarse, como se había apresurado a hacer Ro.
Sólo lo había visto encarnado en Blaize. Ahora era el Guardián. Vestía una levita de seda negra y unos pantalones bombachos por la rodilla también negros; sus botas eran de la piel más fina, y llevaba el pelo canoso recogido en la nuca con un lazo de terciopelo. Al principio pensó que, a pesar de su austeridad, nunca había visto a nadie tan elegante, pero luego, cuando el Guardián dio un paso para acercarse a ella, Attia vio la manga desgastada, la chaqueta manchada, y la barba algo descuidada.
Él asintió con amargura.
—Sí. Las condiciones de la Cárcel empiezan a afectarme a mí también.
—¿Esperáis que sienta lástima por vos?
—Parece que el perro-esclavo se ha vuelto un poco descarado. Bueno, ¿dónde está el Guante de Sáfico?
Attia casi esbozó una sonrisa.
—Preguntadles a mis captoras.
—No somos tus captoras —intervino Ro—. Puedes irte cuando quieras.
La chica miraba a hurtadillas al Guardián con ambos ojos, el gris y el dorado. Parecía fascinada y asustada a la vez.
—¡El Guante! —ordenó el Guardián.
Ro hizo una reverencia, se incorporó rápidamente y salió corriendo.
Al instante, Attia dijo:
—Han apresado a Keiro. Quiero que lo liberen.
—¿Por qué? —La sonrisa del Guardián era ácida. Miró alrededor del Nido con interés—. Dudo mucho que él hiciera lo mismo por ti.
—No lo conocéis.
—Al contrario. He estudiado sus informes, y los tuyos. Keiro es ambicioso y despiadado. Actúa siempre en su propio interés, sin escrúpulos. —Sonrió de nuevo—. Emplearé eso en su contra.
El Guardián ajustó una rueda invisible. La imagen parpadeó y después se volvió más nítida. Lo tenía tan cerca que Attia habría podido tocarlo. El Guardián se dio la vuelta y la miró de soslayo.
—Aunque claro, también podrías entregarme el Guante tú y dejarlo atrás.
Por un momento, la chica creyó que le había leído el pensamiento. Entonces contestó:
—Si queréis el Guante, decidles que lo suelten.
Antes de que él contestara, Ro apareció de nuevo, sin resuello, y a su espalda, junto a la puerta, se amontonaron un buen número de chicas curiosas. Dejó el Guante con sumo cuidado ante el holograma del Guardián.
Él se agachó. Alargó la mano hacia el Guante pero sus dedos lo traspasaron. Las escamas de la piel de dragón resplandecieron.
—¡Vaya! ¡Todavía perdura! Qué maravilla.
Se quedó fascinado unos segundos. Tras él, Attia vislumbró un lugar amplio y sombrío, de un tono levemente rojizo. También oyó un sonido, un latido rítmico que reconoció porque había aparecido en su sueño.
Attia le dijo:
—Si volvierais al Exterior, podríais contar la historia de Finn. Podríais ser su testigo. ¿Es que no lo veis? Podríais contarles a todos que le arrebatasteis la memoria, que lo encerrasteis aquí.
El Guardián se levantó poco a poco y se sacudió lo que parecía óxido de los guantes.
—Presa, das demasiadas cosas por hecho. —La miró fijamente con esos ojos fríos como el metal—. No me importa en absoluto Finn, ni la reina, ni cualquiera de los Havaarna.
—Pero sí os importa Claudia. Ella también podría correr peligro.
Sus ojos grises parpadearon. Por un instante, Attia creyó que su dardo había dado en la diana, pero era demasiado difícil interpretar la expresión del Guardián. Contestó:
—Claudia es asunto mío. Y tengo el firme propósito de ser el próximo gobernador del Reino. Ahora, dame el Guante.
—No sin Keiro.
John Arlex no se inmutó.
—No intentes chantajearme, Attia.
—No dejaré que lo maten.
Le faltaba el aire y hablar le costaba horrores. Se preparó para recibir la ira acumulada del Guardián.
Sin embargo, para su sorpresa, el hombre miró hacia un lado, como si consultase algo, y después se encogió de hombros.
—Muy bien. Que liberen al ladrón. Pero deprisa. La Cárcel está impaciente por recuperar la libertad. Y…
Se produjo un crujido, el centelleo de unas chispas.
En el lugar en el que estaba la imagen, únicamente quedó el eco de un brillo que les cegó los ojos, un leve olor a quemado.
Attia se quedó perpleja pero se movió con rapidez. Se agachó y recogió el Guante. Volvió a notar su peso, la textura cálida y ligeramente oleosa de su piel. Se dirigió a Ro:
—Manda que alguien suelte a Keiro. Y dime cómo bajar.
Ocurrió tan deprisa que Claudia pensó que se lo había imaginado. Un minuto estaba acurrucada y taciturna en la silla junto a la puerta custodiada por los guardianes, con la mirada puesta en el pasillo dorado, y al minuto siguiente el pasillo era un caos.
Parpadeó.
El jarrón azul estaba resquebrajado. El pedestal de mármol se había convertido en madera pintada. Las paredes eran una maraña de cables y pintura desconchada. Unas grandes manchas de humedad moteaban el techo. Y en una esquina, la escayola se había desprendido y por el agujero caían en cascada las gotas de agua.
Se puso de pie muy aturdida.
Entonces, con una ondulación tan sutil que sólo la percibió en los nervios, el esplendor regresó.
Claudia volvió la cabeza y miró a los dos soldados que vigilaban la puerta. Si se habían percatado de algo extraño, no daban muestras de ello. Tenían el rostro totalmente inexpresivo.
—¡¿Lo habéis visto?!
—Disculpad, señora… —Los ojos del guardián de la izquierda permanecieron fijos al frente—. ¿Ver qué?
Se dirigió al otro.
—¿Y vos?
Estaba pálido. Tenía la mano sudorosa sobre la alabarda.
—Creo que… pero no. Nada.
Les dio la espalda y echó a andar por el pasillo. Sus zapatos repicaron en el suelo de mármol; tocó el jarrón y estaba intacto. Las paredes tenían paneles dorados, bellos ornamentos de querubines y caras de Cupido, además de guirnaldas talladas en la madera. Por supuesto, Claudia sabía que muchos de los objetos de la Era que había en palacio eran ilusorios, pero tuvo la sensación de que, por un breve instante, le había sido otorgada una visión, un atisbo del mundo tal como era en realidad. Le costaba respirar. Era como si, durante ese instante, incluso el aire hubiera sido succionado.
La energía se había interrumpido.
Con un crujido que le hizo dar un respingo, la puerta de doble hoja se abrió a su espalda y por ella surgieron los consejeros de la reina, un grupo serio enfrascado en la conversación. Claudia agarró por el brazo al que tenía más próximo.
—Lord Arto, ¿qué ha pasado?
El hombre soltó el brazo con gentileza.
—Ya ha terminado todo, querida mía. Ahora vamos a retirarnos para deliberar sobre el veredicto; tenemos que presentarlo mañana. Debo decir que, personalmente, no dudo que…
Entonces, como si recordara que el destino de ella estaba en juego, sonrió, hizo una reverencia apresurada y se esfumó.
Claudia vio a la reina. Sia charlaba con sus damas y con un jovenzuelo de pacotilla que, según los rumores, era su amante más reciente. Apenas parecía mayor que Caspar. Sia le encasquetó el perro entre los brazos al joven y dio unas palmadas. Todos se volvieron hacia ella.
—¡Amigos! Debemos soportar una tediosa espera hasta que se anuncie el veredicto, y ¡yo odio esperar! Por eso, esta noche daré un baile de máscaras en la Gruta de las Conchas y todo el mundo deberá asistir. ¡Todo el mundo, he dicho! —Sus ojos incoloros se fijaron en los de Claudia, y le dedicó una de sus dulces sonrisillas—. De lo contrario, me sentiré muy pero que muy decepcionada.
Los hombres hicieron reverencias y las mujeres saludaron con mucha educación. Cuando el séquito pasó como un torbellino, Claudia soltó un suspiro irritado. Entonces vio que a continuación aparecía el Impostor, rodeado del grupo de jóvenes más apuestos de la Corte. Al parecer, ya empezaba a ganarse partidarios.
También él hizo una graciosa reverencia.
—Me temo que no habrá dudas sobre el veredicto, Claudia.
—¿Habéis resultado convincente?
—¡Tendríais que haberme visto!
—A mí no me habéis convencido.
Él sonrió con cierta tristeza. A continuación la llevó aparte.
—Mi ofrecimiento sigue en pie. Casaos conmigo, Claudia. Nos comprometieron hace mucho tiempo, cumplamos el deseo de nuestros padres. Juntos podemos dar al pueblo la justicia que merece.
Claudia contempló su cara totalmente seria, su perfecta confianza, sus ojos preocupados, y recordó que, por un fugaz segundo, el mundo había parpadeado ante ella. Ahora volvía a dudar de qué parte de todo aquello era falso.
Liberó el brazo de la mano de Giles e hizo una reverencia.
—Esperemos a saber el veredicto.
El chico se quedó perplejo y después le correspondió con otra reverencia, fría.
—Puedo ser un enemigo temible, Claudia —dijo.
No lo dudaba. Fuera quien fuese, dondequiera que la reina lo hubiese encontrado, la confianza que el muchacho tenía en sí mismo era de lo más real. Claudia observó cómo se reunía con los cortesanos, y sus ropajes de seda brillaron con los rayos de luz que se colaban por los ventanales. Entonces se dio la vuelta y entró en el Salón del Consejo, ahora vacío.
Finn continuaba sentado en la butaca, en el centro de la sala.
Alzó la mirada y Claudia vio al instante lo tormentoso que había resultado el interrogatorio. Parecía agotado y lleno de amargura.
Claudia se sentó en el banco.
—Se acabó —dijo él.
—Aún no lo sabes.
—Tenía testigos. Una fila entera: sirvientes, cortesanos, amigos. Nos miraron a los dos y todos dijeron que él era Giles. Tenía respuestas para todas las preguntas. Incluso tenía esto. —Se subió la manga y miró fijamente el águila de la muñeca—. Y yo no tenía nada, Claudia.
No sabía qué responder. Odiaba esa sensación de impotencia.
—Pero ¿sabes una cosa? —Se frotó suavemente el tatuaje descolorido con el dedo—. Ahora que nadie me cree (tal vez ni siquiera tú), ahora es la primera vez desde que llegué al Reino que de verdad sé que soy Giles.
Claudia abrió la boca y la cerró de nuevo.
—Esta marca… era lo que me daba fuerzas para seguir adelante cuando estaba en Incarceron. Solía tumbarme por la noche y soñar despierto con cómo serían las cosas en el Exterior, pensar en quién era en realidad. Imaginaba a mi padre y a mi madre, un hogar acogedor, alimento suficiente para saciarme, imaginaba a Keiro vestido con todas las prendas opulentas que quisiera. Solía mirar esta marca y convencerme de que tenía que significar algo. Un águila con corona que muestra las alas extendidas. A punto de echar a volar.
Claudia tenía que sacarlo de allí como fuera.
—No es necesario que esperemos a saber el veredicto. Tengo un plan. Conseguiré que nos preparen dos caballos, que los ensillen en secreto, y los dejen en el linde del Bosque, a medianoche. Podemos cabalgar hasta el feudo del Guardián y utilizar el Portal para contactar con mi padre.
Finn no la escuchaba.
—El viejo del Bosque dijo que Sáfico se marchó volando. Voló hacia las estrellas.
—Y la reina ha organizado un baile de máscaras. ¡Es la mejor coartada!
Finn levantó los ojos hacia ella y Claudia vio los signos de los que Jared le había advertido; los labios cada vez más pálidos, la mirada extrañamente desenfocada. Corrió a su lado.
—Mantén la calma, Finn. No te des por vencido. Keiro encontrará a mi padre y…
La habitación se desvaneció.
Se convirtió en una cámara de mugre, llena de telarañas y cables. Por un segundo, Finn supo que había regresado al mundo gris de Incarceron.
Entonces, la sala del Consejo Real volvió a resplandecer a su alrededor.
Finn la miró con fijeza.
—¿Qué ha sido «eso»?
Claudia tiró de él como pudo para que se pusiera de pie.
—Creo que era la realidad, Finn.
Keiro escupió el último resto de trapo mojado y abrió la boca para coger una buena bocanada de aire. Respirar era un gran alivio; de paso, se dio el placer de soltar unos cuantos juramentos despiadados. Lo habían amordazado para impedir que siguiera hablándoles. Saltaba a la vista que sabían que era irresistible. Sin perder tiempo, se acuclilló y bajó las muñecas encadenadas hasta el suelo con la intención de pasar los pies por los brazos hacia atrás, para lo cual tuvo que estirar todo lo posible los músculos de las extremidades. Ahogó un gemido cuando notó el dolor de los hematomas. Pero por lo menos ahora tenía las manos delante del cuerpo.
La celda se balanceaba bajo sus pies. Si aquel lugar estaba fabricado verdaderamente con mimbre y juncos, debía ser capaz de abrir una grieta cortando las fibras. Sin embargo, no tenía herramienta alguna, y siempre cabía la posibilidad de que, debajo de la celda suspendida, no hubiera nada más que vacío.
Sacudió la cadena y la tanteó.
Los eslabones eran de un acero finísimo y habían sido entrelazados con sumo esmero. Tardaría horas en deshacer aquellos nudos, y además, era muy probable que las mujeres oyeran el tintineo.
Keiro hizo un mohín. Tenía que salir de allí de inmediato, porque Attia no bromeaba. Estaba loca de remate, así que lo mejor que podía hacer Keiro era abandonarla allí, en ese nido de devotas ciegas por las estrellas. Otro hermano de sangre que lo traicionaba. Desde luego, sabía cómo elegirlos.
Escogió el eslabón que tenía aspecto de ser más débil y retorció las manos hasta que la uña del dedo índice pudo deslizarse por el delgado agujero. Entonces hizo fuerza.
Metal contra metal, el delgado eslabón empezó a ceder. No notaba dolor, cosa que lo aterrorizó, porque ¿dónde terminaba el metal y dónde empezaban los nervios? ¿En su mano? ¿En su corazón?
El pensamiento lo ayudó a romper el primer eslabón con una rabia repentina; al instante, se inclinó cuanto pudo para sacar el siguiente eslabón del engarce. La cadena cayó al suelo, dejándole libres las muñecas.
Sin embargo, antes de que pudiera ponerse de pie, oyó pasos y el bamboleo de la jaula le indicó que una de las chicas se acercaba, así que al instante se rodeó las muñecas improvisadamente con la cadena y se sentó, apoyado en los barrotes.
Cuando Omega entró por la puerta con otras dos muchachas apuntándolo con sendos trabucos, Keiro se limitó a sonreírle:
—Hola, preciosa —le dijo—. Sabía que no podrías resistirte.
A Jared le habían dado una habitación en lo alto de la Séptima Torre. El ascenso lo había dejado sin resuello, pero había merecido la pena por la vista que desde allí tenía del Bosque, kilómetros oscuros de árboles sobre las colinas del crepúsculo. Se asomó por la ventana, con ambas manos en el alféizar arenoso, y respiró el cálido anochecer.
Vio las estrellas, brillantes e inalcanzables.
Por un instante, creyó que un velo pasaba ondeando por delante de ellas, que su brillo palidecía. Por un instante, los árboles más cercanos le parecieron muertos y blancos y fantasmales. Luego desapareció esa confusión. Se frotó los ojos con ambas manos. ¿Era culpa de la enfermedad?
Unas polillas bailaban alrededor del candil.
La habitación que había a su espalda era muy austera. Tenía una cama, una silla con una mesa y un espejo que Jared había descolgado para darle la vuelta contra la pared. No le importó: cuantas menos cosas hubiera en el dormitorio, menos probabilidades había de que estuviera pinchado.
Se asomó hacia la noche, sacó un pañuelo del bolsillo, desenvolvió el disco, lo colocó en el alféizar y lo activó.
La pantalla era diminuta, pero de momento, Jared conservaba una vista perfecta.
«Obligaciones del Guardián». Las palabras se sucedían con rapidez. Había decenas de subtítulos. Provisión de alimentos, instalaciones educativas, cuidados médicos (detuvo un instante la mano sobre esa expresión, pero enseguida continuó avanzando), prestaciones sociales, mantenimiento estructural… Tanta información que tardaría semanas en leerla. ¿Cuántos Guardianes habrían leído de cabo a rabo todas las indicaciones? Probablemente, el único había sido Martor Sapiens, el primero. El artífice.
Martor.
Buscó un apartado sobre el diseño de Incarceron y fue acotando el campo para dar con la estructura, donde encontró una entrada con encriptación doble en el último archivo. No supo descifrarla, pero la abrió.
La pantalla mostró una imagen que le hizo sonreír, allí asomado, bajo las estrellas. Se trataba de la Llave de cristal.
—Únete a nosotras —le suplicó Ro—. Deja que se lleve el Guante y quédate con nosotras.
En lo alto del viaducto, Attia esperaba con el Guante en la mano y un hatillo de comida en la espalda, mientras contemplaba cómo tres mujeres armadas empujaban a Keiro para que pasase por el agujero.
Tenía la chaqueta llena de mugre y el pelo rubio deslucido y grasiento.
Al principio se sintió tentada. Cuando se topó con la mirada interrogante de Keiro, soñó por un momento con desembarazarse de esa loca obsesión que lo consumía, con encontrar su propio rincón de calidez y seguridad. Tal vez incluso pudiera intentar hallar a sus hermanos, en algún lugar remoto del Ala en la que había vivido antes de que los Comitatus la sacaran a rastras para que fuera su perro-esclavo.
Pero entonces Keiro exclamó:
—¡Es que te vas a quedar ahí plantada todo el día! Quítame estas cadenas.
Y algo se sacudió dentro de ella, algo que pudo haber sido un gélido escalofrío de realidad. Se sintió fuerte y decidida. Si Incarceron conseguía el Guante, su ambición sería absoluta. Se liberaría a sí mismo y dejaría la Cárcel convertida en una carcasa oscura e inerte. Tal vez Keiro pudiera Escapar, pero nadie más lo haría.
Cogió el Guante y lo sostuvo en el aire.
—Lo siento, Keiro —dijo—. No puedo permitir que lo hagas.
Las manos del chico se aferraron a las cadenas.
—¡¡Attia!!
Pero ella balanceó el Guante y lo arrojó al vacío.
Al cabo de una hora de trabajo, con las polillas revoloteando alrededor del candil en el alféizar, el código le fue desvelado y, con un suspiro de letras ondulantes, la palabra SALIDAS apareció en la pantalla. El agotamiento de Jared se esfumó. Se sentó con la espalda recta y leyó con avidez.
1. Habrá una única Llave, que permanecerá en manos del Guardián en todo momento.
2. La Llave no será imprescindible para acceder al Portal, pero será el único modo de regresar de Incarceron, a excepción de:
3. La Salida de Emergencia.
Jared tomó aire. Echó un vistazo rápido a su alrededor. La habitación estaba silenciosa y umbría. El único movimiento era el de su propia sombra inmensa dibujada en la pared y el de las polillas oscuras, que revoloteaban a la luz del candil y por encima de la diminuta pantalla.
En el supuesto de que se perdiera la Llave, existe una puerta secreta. En el Corazón de Incarceron se ha construido una cámara que resistirá cualquier colapso espacial catastrófico o cualquier otro desastre ambiental. No debe utilizarse ese canal a menos que sea absolutamente necesario. Es imposible garantizar su estabilidad. Para que dicha salida pueda emplearse, se ha construido una red neural móvil, que deberá llevarse en la mano. Se activa mediante la recepción de emociones extremas y, por lo tanto, no será activada hasta que se viva una situación de grave peligro. Le hemos dado un nombre secreto a esa puerta, que sólo el Guardián conoce. El nombre es SÁFICO.
Jared leyó la última frase. Y volvió a leerla. Se reclinó en la silla, con el aliento convertido en vaho por el aire fresco de la noche, y no prestó atención a la polilla que había aterrizado sobre la pantalla ni a los pasos rotundos que subían por la escalera.
En el exterior, las estrellas brillaban en el cielo eterno.