14
Ninguno de nosotros sabe ya quiénes somos.
Los Lobos de Acero
Finn y Keiro se miraron el uno al otro.
Tras años de aprender a leer la expresión de su hermano de sangre para conocer su estado de ánimo, Finn supo que en ese momento estaba rabioso. Consciente de que Claudia y Jared lo observaban, se frotó el rostro sonrojado.
—¿Estás bien?
—Uf, ¡cómo quieres que esté! Mi hermano de sangre Escapó. No tengo banda, no tengo Comitatus, ni comida, ni casa, ni seguidores. Soy un proscrito en todas las Alas, un ladrón que roba a los ladrones. Soy el más rastrero de los rastreros, Finn. Pero claro, ¿qué otra cosa se puede esperar de un medio hombre?
Finn cerró los ojos. Llevaba la daga de los Lobos de Acero en el cinturón; notó la punta contra las costillas.
—Esto tampoco es el Paraíso.
—¿Ah no? —Con los brazos cruzados, Keiro lo repasó con la mirada de arriba abajo—. Pues a mí me parece que tienes muy buena pinta, hermano. Hambre no pasas, ¿no?
—No, pero…
—¿Tienes dolores? ¿Marcas de una paliza? ¿Sangre tras haber luchado contra una cadena de monstruos?
—No.
—Bueno, ¡pues yo sí, príncipe Finn! —Keiro explotó de rabia—. No te quedes ahí plantado en tu palacio de oro pidiendo mi compasión. ¡¿Qué ha pasado con tus planes de llevarnos al Exterior?!
El corazón latía con suma fuerza en el pecho de Finn; sintió un cosquilleo en la piel. Notó que Claudia se pegaba a él por detrás. Como si supiera que el muchacho era incapaz de responder, ella se adelantó a decir con firmeza:
—Jared se está esforzando mucho. No es fácil, Keiro. Mi padre se aseguró de que no lo fuera. Tendrás que ser paciente.
A través de la pantalla les llegó un resoplido socarrón.
Finn se sentó en la silla metálica. Se inclinó hacia delante, con ambas manos en la mesa, hacia ellos.
—No os he olvidado. No os he abandonado. Pienso en vosotros continuamente. Tenéis que creerme.
Fue Attia quien contestó:
—Te creemos. Estamos bien, Finn. Por favor, no te preocupes por nosotros. ¿Todavía tienes visiones?
La preocupación en sus ojos lo reconfortó un poco.
—Algunas veces. Me dan diferentes medicamentos, pero nada funciona.
—Attia. —Fue Jared quien intervino, con voz intrigada—. Dime una cosa: ¿estáis cerca de algún objeto que pueda emitir energía? ¿Alguna parte de los sistemas de la Cárcel?
—No sé… Estamos en una especie de… guardería.
—¿Ha dicho «guardería»? —susurró Claudia.
Finn se encogió de hombros. A lo único a lo que prestaba atención era al silencio de Keiro.
—Lo que pasa es que… —Jared estaba descolocado—. Me llegan algunas ondas de frecuencia muy peculiares. Como si alguna fuente de energía muy poderosa se hallara cerca de vosotros.
Attia dijo:
—Debe de ser el Guante. La Cárcel quiere…
Su voz se detuvo de forma abrupta. Se oyó una refriega y unos forcejeos, y después la pantalla parpadeó, vibró y se fundió en negro.
Jared dijo:
—¡Attia! ¿Estás bien?
Lejana y furiosa, la voz de Keiro siseó:
—¡Cállate! —Y luego, más alto—: ¡La Cárcel está nerviosa! Nos largamos de aquí.
Un aullido amortiguado. Un aleteo de acero.
—¿Keiro? —Finn se levantó de improviso—. Ha sacado la espada. ¡Keiro! ¿Qué os pasa?
Un alboroto. Y con nitidez, les llegó el chillido de terror de Attia.
—Las marionetas… —dijo la chica entre jadeos.
Y luego, nada salvo la electricidad estática.
Mordió la mano de Keiro; en cuanto él la apartó de su boca, Attia dijo en un suspiro:
—Mira. ¡Mira!
Keiro se dio la vuelta y lo vio. La última marioneta de la fila se estaba despertando. Las cuerdas que le daban movilidad se habían tensado desde el techo oscuro, y la cabeza se iba levantando y se volvía con lentitud hacia ellos.
Una mano desgarbada se alzó y los señaló. La mandíbula rechinó.
—Os advertí que no me traicionarais —dijo.
Attia retrocedió y asió con fuerza la caja de música, pero el objeto emitió un chasquido roto en sus manos y el espejo se hizo añicos. La tiró al suelo.
La marioneta se irguió hasta ponerse de pie, con las rodillas juntas, enclenque como un esqueleto. Su cara recordaba a una especie de arlequín antiguo, con la nariz aguileña y repulsiva. Llevaba un gorro de bufón de rayas y unos cascabeles.
Tenía los ojos rojos.
—No te hemos traicionado —se apresuró a contestar Keiro—. Oímos una voz y nos acercamos para ver qué era. El Guante continúa a salvo en nuestro poder, y mantenemos la promesa de entregártelo. No he dejado que Attia les hablara del Guante. Ya lo has visto.
Attia hizo un mohín dirigido a Keiro. Le dolía la boca del zarpazo que le había dado Keiro para acallarla.
—Ya lo he visto.
La mandíbula de madera se abrió y se cerró, pero su voz, con su débil eco, provenía de la nada.
—Qué curioso eres, Preso. Podría destruirte y, aun así, me desafías.
—¿Qué tiene eso de novedad? —La pregunta de Keiro estaba cargada de sarcasmo—. Podrías destruirnos a todos, en cualquier momento. —Avanzó hacia la marioneta, acercando su bello rostro a la fealdad del muñeco—. ¿O queda algún resto enrevesado de tu programación inicial? El Sapient ese del Exterior dice que te fabricaron para que fueras un Paraíso. Deberíamos tener de todo. Así que ¿por qué se torció la cosa? ¿Qué hiciste mal, Incarceron? ¿Qué te convirtió en un monstruo?
Attia lo miró fijamente, apabullada.
La marioneta levantó las manos y los pies y bailó, dando unos brincos lentos y macabros.
—Los hombres se torcieron. Los hombres como tú, que parecen tan atrevidos y en realidad están repletos de miedos. Vuelve a subir al caballo y continúa por mi camino, Preso.
—No te tengo miedo.
—¿No? En ese caso, ¿debería darte la respuesta a la pregunta que te atormenta, Keiro? Eso acabaría con el sufrimiento para siempre, porque ya lo sabrías. —La cara de la marioneta se balanceó burlona delante de él—. Sabrías hasta qué punto los circuitos y el plástico se adentran en tu cuerpo, qué parte de ti es carne y sangre, y qué parte de ti me pertenece.
—Ya lo sé.
Attia se sorprendió al comprobar que la voz de Keiro se había transformado en un susurro.
—No lo sabes. Ninguno de vosotros lo sabe. Para descubrirlo, debes abrir tu corazón y morir. A menos que yo te lo cuente. ¿Quieres que te lo cuente, Keiro?
—No.
—Deja que te lo cuente. Deja que ponga fin a la incertidumbre.
Keiro levantó la mirada. Sus ojos azules brillaban de rabia.
—Volveremos a tu apestoso camino. Pero te juro que un día seré yo quien te atormente.
—Veo que sí quieres saberlo. Muy bien. De hecho, eres…
La espada salió disparada. Con un grito furioso, Keiro arremetió contra las cuerdas y la marioneta se desplomó, un montón de astillas y una máscara.
Keiro la pisoteó; la cara crujió bajo sus botas. Levantó el pie, echando fuego por los ojos.
—¡Lo ves! Tener un cuerpo te hará vulnerable, Cárcel Marioneta. ¡Si tienes cuerpo, puedes morir!
La oscura guardería permaneció en silencio.
Todavía sin resuello, Keiro se dio la vuelta a toda prisa y vio la cara de Attia.
El chico frunció el entrecejo.
—Supongo que esa sonrisa de boba es porque Finn está vivo.
—No sólo por eso —contestó ella.
Claudia corrió escaleras abajo a la mañana siguiente y se coló entre los criados que llevaban el desayuno a la reina. Seguramente se lo servirían también al Impostor, pensó.
Alzó la mirada hacia la Torre de Marfil, preguntándose si el chico estaría disfrutando de su opulencia. Si era un granjero, todo aquello le resultaría nuevo. Aunque al mismo tiempo, sus modales parecían tan seguros. ¡Y sus manos eran tan finas!
Al instante, antes de que las dudas regresaran, se dirigió a los establos, pasó por las filas de cibercorceles y llegó a los caballos de verdad que había al fondo.
Jared estaba ajustando la silla de montar.
—No lleváis mucho equipaje —murmuró Claudia.
—El Sapient lleva todo lo que necesita en su corazón. ¿Quién lo dijo, Claudia?
—Martor Sapiens. El Iluminado. Libro Uno. —Se fijó en que Finn también estaba preparando su caballo, y preguntó sorprendida—: ¿También vienes?
—Fue idea tuya.
Se le había olvidado. Ahora se arrepentía un poco; habría preferido acompañar a Jared en solitario para despedirse de él de manera privada. Probablemente pasara varios días fuera, y la Corte resultaría todavía más odiosa durante su ausencia.
Si Finn se dio cuenta, no dijo nada. Se limitó a darse la vuelta y se balanceó para darse impulso y subirse a la silla con suma agilidad. Montar a caballo se había convertido en algo natural, aunque no recordaba haberlo hecho nunca antes de su paso por la Cárcel. Esperó mientras el mozo de cuadra ensillaba el caballo de Claudia y le aguantaba el pie para que se montara.
—¿Esa ropa es de la Era? —preguntó Finn en voz baja.
—Sabes perfectamente que no.
Claudia se había puesto una chaqueta de montar masculina y pantalones debajo de la falda. Al ver que Jared hacía maniobrar al caballo, la chica dijo de pronto:
—Cambiad de planes, Maestro. No vayáis. Después de lo que ocurrió anoche…
—Tengo que ir, Claudia. —Su voz sonó fatigada y sin fuerza; acarició el cuello del caballo con afecto—. Por favor, no me hagáis sentir todavía peor por esto.
Claudia no veía los motivos. Si se marchaba, los experimentos con el Portal se verían interrumpidos, justo cuando empezaban a tener frutos. Pero él era su tutor, y aunque pocas veces la ejercía, su autoridad era real. Además, Claudia intuyó que Jared tenía motivos personales para ir. Los Sapienti solían regresar a la Academia una vez al año; a lo mejor sus superiores lo habían convocado.
—Os echaré de menos.
Jared levantó la mirada y, por un segundo, Claudia creyó ver desolación en sus ojos verdes. Entonces sonrió y la melancolía desapareció.
—Yo también os echaré de menos, Claudia.
Cabalgaron lentamente por los patios y plazuelas del inmenso palacio. Los sirvientes que sacaban agua y que transportaban carretas de leña para el fuego se los quedaron mirando, con los ojos fijos en Finn. Eso hizo que él cabalgara con orgullo, intentando parecer un verdadero príncipe. Las criadas que sacudían las sábanas ante la puerta de la lavandería se detuvieron para mirar. En el rincón dedicado a despacho de los escribanos, Claudia vio a Medlicote, que salía en ese momento. Cuando pasó al trote por delante del secretario, éste hizo una reverencia muy marcada.
Jared enarcó una ceja.
—Me parece que quería insinuar algo.
—Dejádmelo a mí.
—No me gusta la idea de dejaros sola ante este problema, Claudia.
—No intentarán hacer nada, Maestro. No, si han elegido ellos al Impostor.
Jared asintió y la brisa levantó su melena oscura. Entonces dijo:
—Finn, ¿qué quería decir Attia con lo del Guante?
Finn se encogió de hombros.
—Una vez, Sáfico hizo una apuesta con la Cárcel. Algunos dicen que jugaron a los dados, pero según la versión que nos contó Gildas, se preguntaron adivinanzas el uno al otro. Bueno, es igual, el caso es que la Cárcel perdió.
—Y ¿qué pasó entonces? —preguntó Claudia.
—Si fueras una Presa, te lo habrías imaginado. Incarceron nunca pierde. Se arrancó la piel de la zarpa y desapareció. Pero Sáfico tomó esa piel y la convirtió en un guante, un guante que empleó para cubrir su mano tullida. Cuenta la historia que, cuando se puso ese guante, se le revelaron todos los secretos de la Cárcel.
—¿Incluso el modo de Escapar?
—Es de suponer.
—Entonces, ¿por qué lo mencionó Attia?
—O mejor dicho: ¿por qué Keiro intentó impedir que lo mencionara? —apostilló Jared con voz pensativa. Miró a Finn—. La ira de Keiro te preocupa…
—Odio cuando se pone así.
—Se le pasará.
—Lo que más me preocupa a mí es qué les hizo cortar la comunicación de repente —dijo Claudia, y miró a Jared, que asintió con la cabeza.
Cuando llegaron a la entrada adoquinada, el ruido de los cascos repicando contra las piedras ahogó la conversación. Traspasaron tres puertas de salida y la enorme barbacana con sus buhederas y su rastrillo. Las saeteras para disparar flechas, de aire vagamente medieval, no pertenecían a la Era, claro, pero la reina las consideraba pintorescas. Siempre habían provocado los comentarios disgustados del Guardián.
Más allá, los campos verdes del Reino se extendían con su belleza matutina. Claudia exhaló un suspiro de alivio. Sonrió a Finn.
—Vamos a galopar.
Él asintió.
—Te hago una carrera hasta lo alto de la colina.
Era una satisfacción cabalgar a su antojo, liberado de la Corte. Claudia azuzó al caballo y la brisa hizo ondear su melena. El cielo estaba azul e iluminado por el sol. Por todas partes, en los campos dorados, los pájaros cantaban entre el trigo; cuando los caminos se dividían y estrechaban, unos matorrales altos delimitaban ambas lindes, y los hondos surcos en la tierra daban la impresión de antiguos. Claudia ignoraba qué parte de todo aquel paisaje era real: sin duda algunos de los pájaros y los grupitos de mariposas… Sí, seguro que los insectos eran reales. Aunque a decir verdad, si no lo eran, prefería no saberlo. ¿Por qué no aceptar la ilusión, sólo por un día?
Los tres jinetes frenaron al llegar a la cumbre de una pequeña colina y volvieron la mirada hacia la Corte. Sus torres y pináculos brillaban al sol. Sonaban campanas y el tejado de cristal resplandecía como un diamante.
Jared suspiró.
—Es curioso lo cautivadora que puede ser la ilusión.
—Siempre me habéis advertido que me proteja de ella —comentó Claudia.
—Sí, deberíais hacerlo. Como sociedad, hemos perdido la capacidad de distinguir lo real de lo falso. Y a la mayor parte de los cortesanos, por lo menos, no le importa en absoluto saber cuál es cuál. Los más preocupados por la cuestión somos los Sapienti.
—Pues a los cortesanos no les iría mal entrar en la Cárcel —murmuró Finn—. Allí nunca nos costaba distinguir entre una cosa y otra.
Jared miró a Claudia y ambos pensaron en el reloj, que ahora llevaba ella, a salvo dentro del bolsillo más recóndito.
Faltaban dos leguas hasta los confines del Bosque, y casi era mediodía cuando se acercaron a ellos.
Hasta ese punto, el camino había sido ancho y transitado: el tráfico entre la Corte y las aldeas occidentales era continuo, y los surcos de las ruedas se habían hendido profundamente en el barro cocido.
Sin embargo, bajo la cúpula verde, los árboles se iban cerrando paulatinamente, y las ramas de los imponentes robles, mordisqueadas por los ciervos, habían dado paso a los enmarañados arbustos propios de la naturaleza silvestre. Las ramas se espesaban formando un manto por encima de las cabezas, el cielo apenas visible entre sus desordenadas hojas.
Por fin llegaron a un cruce de caminos y vieron el desvío que conducía a la Academia. Discurría colina abajo por un claro verde, cruzaba un arroyo con un puente de tablones y, serpenteando, volvía a adentrarse en el Bosque al otro lado de la barrera de agua.
Jared se detuvo.
—A partir de aquí continuaré solo, Claudia.
—Maestro…
—Tenéis que regresar. Finn debe estar allí antes de que empiece el interrogatorio.
—No sé por qué… —gruñó Finn.
—Es vital. Careces de recuerdos, así que debes impresionarlos con tu personalidad. Con la fortaleza que posees, Finn.
Finn se lo quedó mirando.
—No sé si me queda algo, Maestro.
—Yo creo que sí. —Jared sonrió con tranquilidad—. Ahora quiero pedirte que cuides de Claudia durante mi ausencia.
Finn levantó una ceja y Claudia soltó:
—Sé cuidarme sola.
—Y vos debéis cuidar de él. De ambos dependo.
—No os preocupéis por nosotros, Maestro.
Claudia se inclinó hacia delante y le dio un beso. Jared sonrió e hizo girar al caballo, pero Claudia advirtió que bajo su calma se escondía la tensión, como si aquella despedida implicase más de lo que ella sabía.
—Lo siento —dijo Jared.
—¿Qué sentís?
—Marcharme.
Ella negó con la cabeza.
—Sólo serán unos días.
—He hecho todo lo que he podido. —Sus ojos se oscurecieron entre las sombras boscosas—. Recordadme con afecto, Claudia.
De pronto, Claudia no supo qué decir. La recorrió un escalofrío; quería detenerlo, llamarlo, pero para entonces Jared ya había fustigado al caballo con las riendas y trotaba por el sendero.
Únicamente cuando el Sapient llegó al puente, Claudia se puso de pie sobre los estribos y gritó:
—¡Escribidme!
—Está muy lejos —murmuró Finn, pero Jared se dio la vuelta y saludó con la mano.
—Tiene un oído excelente —dijo ella, absurdamente orgullosa.
Lo siguieron con la mirada hasta que el caballo oscuro y su esbelto jinete desaparecieron bajo los aleros del Bosque. Entonces, Finn suspiró:
—Vamos. Deberíamos regresar.
Avanzaron lentamente y en silencio. Claudia estaba taciturna; Finn apenas dijo unas palabras. Ninguno de ellos quería pensar en el Impostor, ni en qué decisión tomaría el Consejo. Al final, Finn miró hacia arriba:
—Ha oscurecido, ¿no crees?
Habían desaparecido los rayos de luz que se habían colado para iluminar el Bosque hacía un rato. En lugar de ellos, se apiñaban las nubes, y la brisa se había convertido en un viento fuerte que azotaba las ramas altas.
—No había ninguna tormenta programada. El miércoles es el día en que la reina practica con el arco.
—Bueno, pues yo diría que se aproxima una tormenta. A lo mejor aquí el clima es auténtico.
—No existe el clima auténtico, Finn. Estamos en el Reino.
Sin embargo, al cabo de diez minutos se puso a llover. Lo que empezó como un repiqueteo se convirtió de repente en una tormenta en toda regla, que los castigaba con un ruido tremendo colándose entre las hojas. Claudia pensó en Jared y dijo:
—¡Se va a calar hasta los huesos!
—¡Igual que nosotros! —contestó Finn, y miró alrededor—. Vamos. ¡Rápido!
Echaron a galopar. El suelo ya estaba reblandecido; los cascos chapoteaban en los charcos que se formaban a lo largo del camino. Las ramas le golpeaban en la cara a Claudia; se le cayó un mechón de pelo sobre los ojos, que se le quedó pegado a la mejilla. Tembló, poco acostumbrada al frío y la humedad.
—Todo esto no encaja. ¿Qué está pasando?
Centelleó un relámpago; desde lo alto, el rugido grave y potente de un trueno se desplegó por todo el cielo. Por un instante revelador, Finn supo que lo que oía era la voz de Incarceron, su burla terrible y cruel; supo que, al fin y al cabo, nunca había Escapado. Se dio la vuelta y chilló:
—No deberíamos quedarnos bajo los árboles. ¡Corre!
Azuzaron a los caballos y aceleraron aún más. Claudia notaba las gotas de lluvia como puñetazos en el pecho; mientras Finn se adelantaba, ella le gritó que la esperara, que frenara un poco.
La única respuesta fue la de su caballo. Con un relincho agudo, el animal frenó, golpeando el aire con los cascos, y entonces, para horror de Claudia, cayó al suelo, desplomándose hacia un lado, y Finn se bajó como pudo aterrizando con brusquedad.
—¡Finn! —gritó Claudia.
Algo pasó rozándola como un proyectil, directo hacia el Bosque, y se clavó en un árbol.
Y entonces supo que no eran gotas de agua, ni relámpagos.
Era una lluvia de flechas.