30

Como la Bestia te arranqué el dedo.

Como el Dragón te doy la mano.

Te has colado reptando en mi corazón.

Ya no te veo.

¿Sigues ahí?

Espejo de los Sueños a Sáfico

El aire mismo estaba congelado.

Acurrucada a los pies del Sáfico alado, Attia no podía dejar de tiritar. Con las rodillas levantadas y el cuerpo rodeado por los brazos, sufría la enmudecedora agonía de la congelación. Tenía los hombros blancos, los brazos, la espalda. La nieve había con vertido el hatillo miserable que era Rix en un mago albino, con el pelo desgreñado brillante por la escarcha medio derretida.

—Vamos a morir —dijo con voz ronca el hechicero.

—No.

El Guardián no había dejado de caminar. Sus pisadas describían un círculo completo alrededor de la base de la estatua.

—No. Es un farol. La Cárcel está ingeniando una solución. Sé cómo funciona su mente. Está probando todos los planes y opciones que se le ocurren, y mientras tanto, confía en obligarnos a entregarle el Guante.

—¡Pero no podemos! —gruñó Rix.

—¿Acaso crees que no puedo hablar con el Exterior?

Claudia estaba de pie, justo detrás de él, y preguntó:

—¿Podéis? ¿O eso también es un farol? ¿Forma parte del juego al que lleváis toda la vida jugando?

Su padre se detuvo y se volvió hacia ella. Contraída por el frío, su cara tenía una palidez cadavérica contra el alto cuello oscuro.

—Veo que todavía me odias.

—No os odio. Pero no puedo perdonaros.

El Guardián sonrió.

—¿Por qué? ¿Por haberte rescatado de una vida en el infierno? ¿Por haberte dado todo lo que podías desear: dinero, educación y grandes propiedades? ¿Por haberte prometido con un príncipe?

Siempre le hacía lo mismo. La hacía sentir tonta y desagradecida. Pero aun así, contestó:

—Me disteis todo eso, sí. Pero nunca me amasteis de verdad.

—¿Cómo lo sabes? —Había acercado la cara a la de ella.

—Lo habría sabido. Lo habría notado…

—Ya, pero a mí me gusta jugar, ¿te acuerdas? —Tenía los ojos grises y claros—. Con la reina. Con la Cárcel. Eso me ha enseñado a ser cauto con lo que muestro ante el mundo. —Tomó aire lentamente y la nieve se adhirió a su barba estrecha—. A lo mejor te quería más de lo que tú percibías. Pero si vamos a empezar a hacer reproches, Claudia, déjame que te diga una cosa. Tú sólo has amado a Jared.

—¡No metáis a Jared en esto! Queríais que vuestra hija fuera reina. Cualquier hija habría servido. Podría haber sido cualquiera.

El Guardián retrocedió un paso, como si la ira de Claudia fuese una onda expansiva que lo empujara hacia atrás.

Rix chasqueó la lengua.

—Una marioneta —dijo.

—¿Qué?

—Una marioneta. Tallada a la perfección por un hombre solitario a partir de un tronco de madera. Y sin embargo, la marioneta cobra vida y lo atormenta.

John Arlex frunció el entrecejo.

—Reserva tus cuentos para la función, mago de pacotilla.

—Ésta es mi función, señor. —Por un momento, la voz cambió; se convirtió en la suave voz de Sáfico, de modo que todos clavaron la mirada en él a través de la nieve que no dejaba de caer. Pero Rix sonrió con esa sonrisa desdentada.

La Cárcel aulló. Les golpeó con la nieve racheada en un grito furioso. Attia alzó la vista y vio que la estatua tenía una capa de hielo y carámbanos. La nieve emblanquecía las grietas de su mano, empapaba el plumaje de su capa. Los ojos de Sáfico destellaban, congelados. Ante la mirada atenta de Attia, por encima de la cara inerte se extendió una escarcha instantánea, estrellas de cristal se agrupaban y se extendían como un virus inhumano. Attia ya no podía soportar más semejante frío. Dio un salto.

—Nos vamos a congelar. Y dios sabe qué estará pasando en otras partes.

Claudia asintió sin fuerzas.

—Plantar a Keiro en medio de un asedio es la receta ideal para el desastre. Si por lo menos supiera dónde está Jared…

—He tomado una decisión. —El susurro envenenado de la Cárcel los rodeó por completo.

—Fantástico. —El Guardián levantó la mirada hacia la tormenta de nieve—. Estaba seguro de que entrarías en razón. Muéstrame la Puerta. Me aseguraré de que te devuelven el Guante.

Silencio.

Entonces, con una risilla maliciosa que provocó escalofríos en la columna de Attia, Incarceron dijo:

—No soy tan tonto, John. Primero el Guante.

—Suéltanos antes.

—No confío en ti.

—Sabia decisión —murmuró Rix.

—Me fabricaron para que fuese Sabio.

El Guardián sonrió con frialdad.

—Yo tampoco confío en ti.

—Entonces no te sorprenderá lo que voy a hacer a continuación. Crees que no puedo acceder al Guante. Pero he dedicado siglos enteros a investigar mi propio poder y mis recursos. He descubierto cosas que me han abrumado. Te aseguro, John, que soy capaz de succionar la vida de tu precioso Reino.

Claudia intervino:

—¿A qué te refieres? No puedes…

—Pregúntale a tu padre. Ahora está muy pálido. Os mostraré a todos quién es el verdadero príncipe heredero.

El Guardián parecía conmovido.

—Dime qué pretendes hacer. ¡Dímelo!

Pero únicamente la nieve continuó cayendo, gélida y constante.

Attia le dijo al Guardián:

—Tenéis miedo. Os ha asustado.

Todos percibieron la consternación del hombre.

—No entiendo qué quiere hacer —susurró.

El desconsuelo azotó a Claudia como una bofetada.

—Pero vos sois el Guardián…

—He perdido el control, Claudia. Ya te lo dije, ahora todos somos Presos.

Fue Attia quien preguntó:

—¿Lo oís?

Un leve ruido sordo. Provenía del otro extremo de la sala y, mientras aguzaban la vista para ver qué era, se dieron cuenta de que había dejado de nevar. Las serpientes eléctricas se cobijaron en silencio debajo de las baldosas negras del suelo, que con un clic se recolocaron y volvieron a convertirse en terreno firme.

—Un martilleo —dijo Rix.

Attia negó con la cabeza.

—Es más que eso.

Golpes contra la puerta, lejos, propagados por la capa de escarcha que había cubierto repentinamente el gran salón. Golpes de hachas y mazos y puños.

—Presos —dijo el Guardián. Y añadió—: Un motín.

Cuando Jared entró en el Gran Salón, Finn se volvió hacia él aliviado:

—¿Algún avance?

—El Portal funciona. Pero en la pantalla sólo se ve nieve.

—¡Nieve!

Jared se sentó y se arropó bien con la túnica de Sapient.

—Al parecer está nevando en la Cárcel. La temperatura es de cinco grados bajo cero y sigue descendiendo.

Finn se levantó de un salto y anduvo con desesperación.

—Es su venganza.

—Eso parece. Por esto. —Jared sacó el Guante y lo colocó con sumo cuidado encima de la mesa. Finn se acercó para acariciar su piel escamosa.

—¿Es el auténtico Guante de Sáfico?

Jared suspiró.

—Le he hecho todos los análisis que conozco. A mi juicio, no es más que lo que parece a simple vista. Piel de reptil. Garras. Gran parte del material es reciclado. —Jared parecía perplejo y ansioso—. No tengo ni idea de cómo funciona, Finn.

Se quedaron en silencio. Alguien había corrido las cortinas y la luz del sol se colaba de soslayo en la habitación. Una avispa murmuraba junto a los cristales de la ventana. Costaba creer que hubiera un ejército sitiándolos acampado fuera.

—¿Han hecho algún movimiento? —preguntó Jared.

—Ninguno. Están en alto el fuego. Pero es posible que ataquen para intentar rescatar a Caspar.

—¿Dónde está?

—Ahí dentro. —Finn señaló con la cabeza hacia la puerta de la habitación contigua—. Está encerrado con llave, y ésa es la única puerta de entrada.

Se inclinó sobre el hogaril vacío.

—Sin Claudia me siento perdido, Maestro. Ella sabría qué hacer.

—En su lugar tienes a Keiro. Tal como querías.

Finn sonrió con languidez.

—No lo quería «en su lugar». Además, en cuanto a Keiro… estoy empezando a desear que…

—No lo digas. —Los ojos verdes de Jared lo miraron fijamente—. Es tu hermano.

—Sólo cuando le conviene.

Como si esas palabras lo hubieran convocado igual que un conjuro, un soldado abrió la puerta de par en par y Keiro entró en el salón.

Estaba sin aliento y exaltadísimo, y parecía un príncipe de la cabeza a los pies. Llevaba una levita de color azul medianoche muy intenso, el pelo rubio reluciente y limpio. Varios anillos resplandecían en sus dedos. Se dejó caer en el banco y admiró sus ostentosas botas de piel.

—Este sitio es fantástico —dijo—. No puedo creer que sea real.

—No lo es —dijo Jared en voz baja—. Keiro, háblanos de la situación en el Interior.

Keiro soltó una carcajada y sirvió vino.

—Supongo que la Cárcel está furiosa, Maestro Jared. Os aconsejo que destruyáis vuestras máquinas, atranquéis la puerta que conduce allí y os olvidéis del tema. Ahora nadie puede salvar a los Presos.

Jared lo miró sin pestañear.

—Hablas igual que quienes la construyeron —dijo el Sapient.

—Claudia… —añadió Finn.

—Ay, sí. Bueno, lo siento por la princesa. Pero era a mí a quien querías rescatar, ¿no? Y aquí estoy. Así que vamos a ganar esta batallita, hermano, y disfrutemos de nuestro reino perfecto.

Finn se puso de pie y le plantó cara.

—¿Por qué se me ocurrió hacer un pacto de sangre contigo?

—Para sobrevivir. Porque sin mí, no habrías podido. —Keiro se puso de pie lentamente sin dejar de mirar a Finn—. Pero algo ha cambiado en ti, Finn. No me refiero sólo a esto. Algo dentro.

—He recuperado la memoria.

—¡La memoria!

—Sé quién soy —dijo Finn—. He recordado que soy un príncipe, y que me llamo Giles.

Keiro se quedó en silencio durante unos segundos. Sus ojos se desviaron hacia los de Jared y volvieron a fijarse en Finn.

—Vaya. Entonces ¿el príncipe piensa entrar galopando en la Cárcel con todos sus hombres a caballo?

—No. —Finn sacó el reloj del bolsillo y lo colocó encima de la mesa, junto al Guante—. Porque esto es la Cárcel. De aquí es de donde has salido. Éste es el inmenso laberinto que nos ha engañado a todos. —Cogió la mano de Keiro y le depositó encima el reloj, levantando el dado de plata para acercarlo a sus ojos—. Esto es Incarceron.

Jared esperaba ver asombro o admiración. No vio ninguna de las dos cosas. A Keiro le entró un ataque de risa.

—¿Y tú te lo crees? —consiguió preguntar entre risotadas—. ¿Y vos también, Maestro?

Antes de que Jared pudiera contestar, se abrió la puerta y entró Ralph con un guardián a su espalda.

—¿Qué? —ladró Finn.

—Señor. —Ralph estaba pálido y sin resuello—. Señor…

El soldado dio un paso al frente y lo adelantó. Llevaba una espada en una mano y una pistola en la otra.

Dos hombres más se colaron en el salón. Uno de ellos dio un portazo y colocó la espalda contra la puerta.

Jared se puso de pie poco a poco.

Keiro no se movió, pero no perdía detalle.

—Hemos venido a buscar al conde. Uno de vosotros abrirá esa puerta y lo sacará. Si alguien más se mueve, disparo.

Levantó la pistola y apuntó directamente a los ojos de Finn. Ralph suspiró:

—¡Lo siento, señor, lo siento! Me obligaron a decirles…

—No pasa nada, Ralph. —Finn miró con fijeza al acólito de la reina—. ¿Jared?

Jared contestó:

—Yo iré a buscarlo. No disparéis. No hace falta recurrir a la violencia.

El Sapient caminó hacia la puerta y salió del campo de visión de Finn, que se quedó mirando fijamente el arma. Sonrió, abatido.

—Es la segunda vez que me pasa esto.

—Vamos, por favor, hermano. —La voz de Keiro sonó despreocupada y cortante—. Raro era el día dentro de la Cárcel en el que no pasaban cosas de éstas.

Una puerta se abrió detrás de ellos. Jared habló con voz baja y pausada. Entonces se oyó una risa de pura satisfacción. Debía de ser la de Caspar.

—¿Cómo habéis entrado aquí? —preguntó Finn.

El soldado no dejó de apuntarle ni titubeó. Pero dijo:

—Capturamos a uno de los Lobos de Acero en el bosque. Lo… convencimos para que hablara. Nos ha mostrado el túnel que utilizó el Sapient.

Sudoroso, Finn continuó preguntando:

—¿Y de verdad pensáis salir de la misma forma?

—No, Preso. Pensamos salir por la puerta principal.

Al instante, uno de los otros hombres desenvainó su arma.

—¡Quieto!

Keiro debía de haberse movido. Finn apenas podía ver su sombra en el suelo.

Se lamió los labios secos.

—No estéis tan seguros…

—No os metáis. ¿Os han hecho daño, sir?

—No se habrían atrevido. —Caspar entró en la habitación y miró a su alrededor—. Bueno, esto ya está mejor, ¿no crees, Finn? Ahora yo estoy al mando. —Cruzó los brazos—. ¿Y si les dijera a estos hombres que cortaran unas cuantas orejas y manos?

Finn oyó la amenaza en la risita grave de Keiro.

—Te faltan agallas, canijo.

Caspar se encendió:

—¿Ah sí? Podría hacerlo yo mismo.

—Señor —dijo Jared—. Os hemos traído aquí para impedir el sitio, no para haceros daño. Y lo sabéis.

—No intentéis embaucarme con palabras, Jared. Estos dos rebanapescuezos me habrían matado de todas formas, y a lo mejor a vos también más adelante. Esto es un nido de rebeldes. No sé dónde se ha escondido Claudia, pero tampoco tendremos piedad de ella.

Entonces se percató del Guante y lo miró con verdadero interés.

—¿Qué es eso?

—Por favor, no lo toquéis —dijo Jared, a punto de perder los nervios.

Caspar dio un paso para acercarse a la mesa.

—¿Por qué no?

La sombra de Keiro se había aproximado. Finn se puso en tensión.

—Es un objeto mágico de gran poder. —La cautela de Jared estaba justificada—. Puede dar acceso a la Cárcel.

La avaricia iluminó el rostro de Caspar.

—Estará encantada si le llevo esto.

—Señor —los ojos del guardia temblaron—. No…

Caspar hizo oídos sordos, dio un paso adelante y en ese preciso instante Jared lo agarró, le retorció los brazos detrás del cuerpo y lo inmovilizó sin contemplaciones.

Keiro chilló. Jared dijo:

—Bajad la pistola. Por favor.

—No le hagáis daño al conde, Maestro —dijo el soldado—. Y las órdenes son claras. El Preso debe morir.

Su dedo se deslizó en el gatillo y Finn cayó al suelo de bruces cuando Keiro lo empujó con violencia. El disparo detonó con una explosión que lo lanzó contra el lateral de la mesa y lo dejó aturdido, de manera que los gritos y las tazas rotas que tiraron Ralph y Jared al volcar la mesa y arrastrarlo consigo le parecieron objetos que se movían dentro de su propia cabeza, que se caían y se rompían, el charco de vino era su propia sangre, que se expandía por el suelo.

Y entonces, mientras la puerta se abría de par en par, en medio de los golpetazos y chillidos, supo que la sangre no era suya sino de Keiro, porque su hermano estaba tumbado, quieto y hecho un ovillo junto a él, ajeno a la trifulca.

—¡Finn! ¡Finn! —Las manos de Jared lo levantaron—. ¿Me oyes? ¿Finn?

—Estoy bien —contestó el muchacho.

Pero las palabras salieron espesas y arrastradas. Se liberó de las manos de Jared.

—Nuestros hombres han oído el disparo. Todo ha terminado.

La mano de Finn tocó el brazo de Keiro. El corazón le latía desbocado. Agarró la manga de terciopelo azul.

—¿Keiro?

Por un instante no hubo nada, ni movimiento, ni respuesta, y Finn notó que todo el color se borraba del mundo, que su vida se marchitaba, convertida en un miedo infinito.

Y entonces Keiro se sacudió y rodó por el suelo, y Finn vio que tenía una herida en la mano, una quemadura al rojo vivo que le cruzaba la palma. Se tumbó de espaldas y su cuerpo se sacudió.

—¿Te ríes? —Finn no daba crédito a sus ojos—. ¿Por qué te ríes?

—Porque me duele, hermano. —Keiro se puso de pie dándose impulso y había lágrimas de dolor en sus ojos—. Me duele, y eso significa que es real.

Era la mano derecha, en la que la uña metálica sobresalía desnuda entre la carne reventada.

Finn negó con la cabeza y soltó una risa rota para acompañarlo.

—Estás loco.

—Ya lo creo que sí —dijo Jared.

Pero Keiro lo miró a la cara.

—Merece la pena conocer la verdad, Maestro. Carne y sangre. Bueno, por lo menos, es un punto de partida.

Mientras lo ayudaban a acabar de incorporarse, Finn miró a su alrededor y vio a Caspar rodeado de guardias, y los sirvientes estaban echando a los otros hombres.

—Que sellen el túnel —susurró Finn.

Y Soames asintió:

—Inmediatamente, mi lord.

Pero en cuanto se dio la vuelta, se quedó tieso en el sitio, porque justo en ese momento algo terrible ocurrió en el mundo.

Las abejas dejaron de zumbar.

La mesa se desintegró, convertida en polvo carcomido y destrozado.

Fragmentos de techo empezaron a caer.

El sol desapareció.