11

Crece en mí el terror a hablar con la Cárcel. Mis secretos parecen pequeños y lamentables. Mis sueños parecen ingenuos. Empiezo a temer que pueda saber incluso lo que me pasa por la mente.

Diario de lord Calliston

La niebla se deslizaba entre ellos. Era gélida. Una neblina de millones de gotas de escarcha. Attia sintió que se le congelaba en la piel, que se condensaba en sus labios.

—¿Te acuerdas de mí, Attia? —le susurró.

Ella frunció el entrecejo.

—Sí, me acuerdo.

—Cabalga —murmuró Keiro.

Attia tiró de las riendas con delicadeza para instar al caballo a avanzar. Pero el animal se resbaló porque el suelo estaba en pendiente, y en ese momento la muchacha supo que se hallaban en las garras de Incarceron: la temperatura subió repentinamente y toda el Ala empezó a derretirse a su alrededor.

Keiro también debió de percibirlo, pues soltó:

—Déjanos en paz. Ve a torturar a otros Presos.

—Te conozco, tullido. —La voz sonaba próxima, pegada a sus oídos, contra sus mejillas—. Formas parte de mí, mis átomos laten en tu corazón, te pican en la piel. Debería matarte ahora mismo. Debería fundir el hielo y dejar que te ahogaras en él.

De pronto, Attia se bajó del caballo. Clavó los ojos en la noche gris.

—Pero no lo harás. Es a mí a quien has estado controlando todo este tiempo. ¡Por eso escribiste aquel mensaje en la pared!

—¿Que vería las estrellas? Sí, empleé la mano de aquel ingenuo. Porque las veré, Attia, y tú me ayudarás.

La luz iba en aumento. Gracias a ella vieron que, a través de la niebla, dos grandes Ojos rojos descendían suspendidos de unos cables. Centelleaban como rubíes; uno de ellos estaba tan cerca de Keiro que el calor de su incandescencia le chamuscó el pelo. Keiro se bajó a toda prisa del caballo y se colocó detrás de Attia.

—Llevo siglos anhelando Escapar, aunque ¿quién puede escapar de sí mismo? El Guardián intenta convencerme de que no funcionará, pero mi plan tenía un único cabo suelto, y ya lo habéis atado.

—¿Qué tiene que ver el Guardián en esto? —espetó Keiro—. Él está fuera, con su preciosa hija y el príncipe.

La Cárcel se carcajeó. Su diversión se transformó en un estruendo que partió el hielo; varios témpanos cayeron y salpicaron en el creciente mar de agua derretida. El iceberg en el que se hallaban chocó contra algo y empezó a desprender planchas de hielo que se separaban por los bordes.

La niebla abrió una boca cavernosa.

—Ya veo que no lo sabéis. Ahora el Guardián está en el Interior. Y aquí se quedará para siempre, pues ambas Llaves son mías. He empleado su energía para construir mi cuerpo.

El hielo era inestable. Attia agarró al caballo.

—¿Tu cuerpo? —susurró.

—Con el que Escaparé.

Keiro intervino:

—Es imposible.

Ambos intuían que era preciso lograr que la Cárcel continuara hablando, pues el menor capricho de la voluble crueldad de Incarceron podía arrojarlos al agua gélida; podía abrir conductos que los absorbieran, para introducirlos en las profundidades de los interminables túneles y tuberías de su corazón metálico.

—Eso lo dices tú. —La voz de Incarceron estaba cargada de desdén—. Tú, que no puedes salir de aquí por culpa de tus imperfecciones. Pero ahora el sueño de Sáfico de ver las estrellas es mi sueño, y existe un modo de alcanzarlo. Se trata de un mecanismo secreto, un mecanismo que nadie contemplaba. Me estoy construyendo un cuerpo. Similar al de un hombre pero más grande, una criatura alada. Será alto, bello y perfecto. Sus ojos serán dos esmeraldas y andará, correrá y volará, y en él introduciré mi personalidad y mi poder, de modo que convertiré la Cárcel en una carcasa vacía. Vosotros tenéis la última pieza que necesito para completarlo.

—¿Ah sí?

—Sí, y lo sabéis. He buscado el Guante perdido de mi hijo durante siglos; estaba oculto, incluso para mis ojos. —Se echó a reír, divertido—. Pero ahora, ese tonto de Rix lo ha encontrado. Y lo tenéis aquí.

Keiro miró a Attia muy alarmado. La plataforma de hielo había empezado a flotar, y a su alrededor, la niebla giraba tan deprisa que no veían absolutamente nada del paisaje. Attia creyó que la Cárcel los estaba engullendo de verdad, que se desplazaban hacia las profundidades de su inmensa barriga, como el hombre dentro de la ballena del libro ilustrado de Rix.

Rix. Sus palabras repicaban en la memoria de Attia. «El Arte de la Magia es el arte de la ilusión».

Las olas se mecían bajo el hielo cada vez más delgado. A lo lejos, en medio de la niebla, vio los eslabones de una cadena gigante, que colgaban hacia abajo. Los estaba arrastrando hacia la cadena. Attia se apresuró a preguntar:

—¿Lo quieres?

—Será mi mano derecha.

Los ojos de Keiro eran de un brillante tono azul. Attia se dio cuenta de qué tramaba en cuanto el chico dijo desafiante:

—Nunca lo conseguirás.

—Hijo mío, ahora mismo podría matarte para conseguirlo…

Keiro tenía el Guante en las manos.

—No antes de que me lo ponga. No antes de que conozca todos tus secretos.

—No.

—¡Mírame!

—¡NO!

Los relámpagos centellearon. La niebla se espesó sobre el caballo y los volvió a todos invisibles a ojos de los demás. La chica agarró a Keiro por el codo, notó su calor a través de la ropa.

—Entonces, tal vez sea el momento de pactar las condiciones. —Keiro era invisible, pero su voz seguía siendo igual de férrea—. Tengo el Guante. Podría ponérmelo. Podría romperlo en cuestión de segundos. Pero si lo quieres, también podría dártelo.

La Cárcel permaneció callada.

Attia notó que Keiro se encogía de hombros.

—Como tú prefieras. Me parece que ésta es la única cosa que no puedes controlar dentro de todo este Infierno. El Guante de Sáfico. Tiene un poder extraño. Perdónanos la vida y muéstranos el camino, y será tuyo. De lo contrario, me lo pondré. ¿Qué puedo perder?

Attia empezó a distinguirlo por fin. La niebla se disipó, fue retrocediendo. En un momento de terror, Attia se dio cuenta de que estaban solos en un islote de hielo, en un ancho mar de agua, un océano metálico y grasiento. Se extendía hasta donde se perdía la vista, en todas direcciones, y los dos Ojos de la Cárcel se zambulleron en él y la miraron desde abajo, a conciencia, a través de las lentas y túrgidas olas.

—Tu arrogancia es sorprendente.

—Tengo mucha práctica —dijo Keiro.

—Es imposible que sepas qué provoca el Guante.

—No sabes lo que sé. —Keiro bajó la mirada, desafiante—. Dentro de mi cerebro no hay Ojos rojos, tirano.

Las luces se encendieron. En lo alto del techo, Attia vislumbró pasadizos y calles suspendidas, un Ala completa a kilómetros de altitud, donde unos puntitos diminutos que debían de ser personas se arracimaban y miraban hacia abajo.

—Ya, pero ¿y qué pasaría si los hubiera, tullido? ¿Qué pasaría si pudiera ver incluso en tu interior?

Keiro se echó a reír. Fue una risa falsa, pero si la Cárcel había mencionado su pavor más oscuro, el chico supo disimularlo bien.

—No me das miedo. Los hombres te construyeron y los hombres pueden destruirte.

—Por supuesto. —La voz de la Cárcel sonó seca y enojada—. Muy bien, entonces. Haremos un trato. Entrégame el Guante y yo te recompensaré con la Huida. Pero si te atreves a intentar ponértelo, te abrasaré y te convertiré en cenizas, a ti y al Guante. No acepto rivales.

La cadena se balanceaba ante ellos. Era enorme y pesada, y cayó al mar salpicándolo todo; el agua fundida provocó una ducha de gotarrones que llegaron hasta Attia, quien notó su sabor en los labios. Cuando el metal restalló, vieron que una pasarela se extendía tras la cadena, un camino que se desplegaba sobre la superficie densa del mar, y que se desvanecía en los restos de la niebla.

Keiro volvió a subirse al caballo con celeridad, pero antes de que pudiera tomar las riendas, Attia dijo:

—Ni se te ocurra abandonarme aquí.

—Ya no te necesito. Ahora tengo el Guante.

—Necesitas a un hermano de sangre.

—De eso también tengo.

—Sí —dijo ella con aspereza—. Pero está muy ocupado.

Keiro bajó la mirada hacia ella. El pelo largo y empapado del chico resplandecía con la luz. Tenía los ojos fríos y calculadores. Attia sabía que era capaz de marcharse al galope. Pero entonces, Keiro se agachó y la ayudó a ensillar.

—Sólo hasta que encuentre a alguien mejor —dijo.

Aquella noche, la reina dio una cena de gala en honor del Aspirante.

Mientras Claudia estaba sentada a la larga mesa, lamiendo los restos de sorbete de limón que quedaban en la cucharilla, pensó en su padre. Verlo la había agitado. Parecía más flaco, su temple menos seguro. Era incapaz de quitarse de la cabeza lo que le había dicho. No obstante, era imposible que Incarceron, la inteligencia pura que los Sapienti habían creado, saliera jamás de la Cárcel, porque si lo hacía, lo único que dejaría atrás sería una oscura carcasa de metal. Millones de Presos morirían, sin luz, aire o alimento. No podía ser.

Intentó no darle más vueltas y, ansiosa, observó a Finn por entre las velas y las frutas de cera y otros adornos del centro de la mesa. Lo habían sentado junto a la condesa de Amaby, una de las mujeres más bromistas y afectadas de la Corte, que se sentía fascinada por los cambios de humor del muchacho, y que más tarde cotillearía sobre él sin ningún escrúpulo. Finn apenas respondía a la cháchara interminable de la mujer, y mantenía la mirada fija en la copa de vino. «Ha bebido demasiado», pensó Claudia.

—Pobre Finn. Qué desdichado parece —murmuró el Impostor.

Claudia frunció el entrecejo. La reina Sia había colocado a los dos príncipes Giles uno enfrente del otro, en el centro de la mesa, y ahora, desde su trono, los estudiaba a ambos.

—Sí. Bueno, es culpa vuestra. —Claudia dejó la cucharilla en el plato y miró fijamente al Impostor—. ¿Quién sois? Y ¿quién os ha metido en esto?

El chico que se hacía llamar Giles sonrió con tristeza.

—Ya sabéis quién soy, Claudia. Lo que ocurre es que no queréis admitirlo.

—Finn es Giles.

—No es cierto. Pensarlo os resultaba muy conveniente. Y no os culpo. Si yo hubiera tenido que enfrentarme a la boda con Caspar, también habría hecho algo así de drástico, y lamento haberos expuesto a un destino semejante… Pero sabéis perfectamente que habíais empezado a dudar de Finn antes incluso de que yo regresara de entre los muertos. ¿Me equivoco?

Claudia lo observó a la luz de las velas y el chico se reclinó en la silla y sonrió. Visto de cerca, su parecido con Finn era asombroso, aunque daban la sensación de ser dos gemelos muy extraños: uno luminoso, el otro oscuro, uno alegre, el otro atormentado. Giles (no sabía de qué otro modo llamarlo) vestía una levita de seda de color melocotón, con el pelo oscuro peinado escrupulosamente y recogido en una coleta perfecta rematada con un lazo negro. Claudia se percató de que tenía las uñas bien cuidadas, eran las manos de alguien que no había trabajado jamás. Olía a limón y sándalo. Sus modales en la mesa eran exquisitos.

—Estáis muy seguro de vuestras palabras —murmuró la joven—. Pero no tenéis la más remota idea de lo que pienso.

—¿Ah no? —El chico se inclinó hacia delante mientras los lacayos recogían los platos sucios y los sustituían por unos platitos con el borde dorado—. Somos muy parecidos, Claudia. Siempre le decía a Bartlett…

—¿Bartlett?

Lo miró fijamente, sobresaltada.

—El encantador anciano que tenía por tutor. Era con quien más conversaba, en especial después de la muerte de mi padre. Le hablaba sobre nosotros dos, sobre nuestro matrimonio. Él decía que erais una niña arrogante, pero le caíais bien.

Claudia tomó un trago de vino, casi sin paladearlo. Las cosas que decía el Impostor, los recuerdos espontáneos, la inquietaban. «Una niña arrogante». El anciano había escrito algo prácticamente idéntico en el testamento secreto que Jared y ella habían encontrado. Y Claudia estaba casi convencida de que sólo ellos dos sabían de su existencia.

Mientras les servían unas fresas, Claudia dijo:

—Si Giles fue encerrado en Incarceron, la reina tuvo que participar en el complot. Así que debería saber si Finn es el verdadero príncipe o no.

Él sonrió, negó con la cabeza y empezó a comer la fruta.

—Salta a la vista que ella no quiere que Finn sea el rey —continuó Claudia, insistente—. Pero si muriera, sería demasiado sospechoso. Así que decide desacreditarlo. Primero tiene que encontrar a alguien de la misma edad y que se parezca a él.

Giles dijo:

—Las fresas están riquísimas.

—¿Envió a sus mensajeros por todo el reino? —Claudia metió un dedo en el cuenco de agua de rosas—. Debieron de dar saltos de alegría cuando os encontraron. Sois clavados.

—De verdad, probadlas, Claudia. —Le sonrió con ternura.

—Demasiado dulces para mi gusto.

—Entonces, dejádmelas a mí. —Con suma educación, cambió su plato por el de ella—. ¿Qué decíais?

—Sólo han tenido dos meses para prepararos. No es mucho, pero sois inteligente. Habéis aprendido rápido. Primero debieron de emplear una varita mágica antiarrugas, para que la semejanza fuera todavía más pronunciada. Después supongo que os enseñaron normas de etiqueta, os contaron la historia de la familia real, qué comía Giles, cómo cabalgaba, qué le gustaba hacer, con quién jugaba, qué estudiaba. Os enseñaron a montar a caballo y a bailar. Os obligaron a aprender de memoria toda su infancia. —Lo miró fijamente—. Seguro que tienen a varios Sapienti a sus órdenes. Y deben de haberos prometido una fortuna.

—O tienen a mi pobre madre encerrada en una mazmorra, por ejemplo.

—Eso.

—Pero voy a ser rey, ¿lo habéis olvidado?

—Nunca os dejarán ser rey. —Claudia miró en dirección a Sia—. Os matarán cuando hayáis cumplido con vuestro cometido.

El chico guardó silencio un instante, se limpió la boca con una servilleta de lino y Claudia pensó que lo había asustado. Entonces se dio cuenta de que el Impostor miraba a Finn a través del laberinto de humo de las velas, y cuando respondió, su tono jovial había desaparecido.

—He regresado para impedir que el Reino sea gobernado por un ladrón y un asesino. —Se dio la vuelta—. Y también para protegeros de él.

Abrumada, bajó la mirada. Los dedos del chico tocaron los de Claudia por encima del mantel blanco.

Ella retiró la mano con cuidado y dijo:

—No necesito que me protejan.

—Yo creo que sí. Necesitáis protección contra ese bárbaro, y contra mi malvada madrastra. Podríamos formar un equipo juntos, Claudia. Deberíamos guardarnos las espaldas mutuamente y pensar en el futuro. —Hizo girar con sumo cuidado la copa de cristal fino—. Porque seré rey. Y necesitaré una reina en quien confiar.

Antes de que Claudia pudiera contestar, se oyó un estruendo procedente de un extremo de la mesa. El mayordomo golpeaba el suelo con su bastón.

—Excelencias. Lores, ladies, Maestros. La reina se dispone a hablar.

El guirigay se fue apagando. Claudia sorprendió a Finn, que la escudriñaba con esa mirada sombría; fingió no darse cuenta y miró a Sia. La reina se puso de pie, una figura blanca con el pálido cuello resplandeciente gracias a un collar de diamantes que captaba la luz de las velas en sus facetas y la transformaba en los colores del arco iris. Entonces dijo:

—Queridos amigos, permitidme que proponga un brindis.

Las manos se aproximaron a las copas. Por toda la mesa, Claudia vio el brillo de las casacas de los hombres, de tonos tan vistosos como los de un pavo real, y de los vestidos de satén de las mujeres. Tras ellos, en la penumbra, aguardaban varias filas de lacayos silenciosos.

—Por nuestros dos Aspirantes. Por el querido Giles. —Levantó la copa formando un ángulo hacia el Impostor, y después se dirigió a Finn—. Y por el querido Giles.

Finn la fulminó con la mirada. Alguien ahogó una risita nerviosa. En ese momento de tensión, parecía que todos contuvieran la respiración.

—Nuestros dos príncipes. Mañana comenzará la investigación que valorará sus alegaciones. —Sia hablaba con despreocupación; sonreía coqueta—. Esta… situación… tan incómoda se solucionará pronto. Se descubrirá quién es el verdadero príncipe, os lo aseguro. Y en cuanto al otro, el Impostor, me temo que tendrá que pagar con creces por los inconvenientes y la ansiedad que ha provocado en nuestro Reino. —Entonces esbozó una sonrisa gélida—. Será avergonzado y torturado. Y después, será ejecutado.

Completo silencio.

Para romperlo, Sia añadió como si tal cosa:

—Pero con una espada, no con un hacha. Como corresponde a la realeza. —Levantó la copa—. Por el príncipe Giles de los Havaarna.

Todos se pusieron de pie haciendo ruido con las sillas.

—Por el príncipe Giles —murmuraron.

Mientras bebía, Claudia intentó ocultar su estupefacción, intentó mirar a Finn a los ojos, pero ya era demasiado tarde. Su amigo se levantó lentamente, como si la larga tensión de la cena se hubiera roto, y miró fijamente al Impostor. Su rigidez hizo que los murmullos y parloteos de la sala fueran apagándose y se transformaran en una silenciosa curiosidad.

—Yo soy Giles —dijo— y la reina Sia lo sabe. Sabe que perdí la memoria en Incarceron. Sabe que no tengo esperanza de poder responder a las preguntas del Consejo.

La amargura de su voz hizo que el corazón de Claudia diera un vuelco. Bajó la copa rápidamente e intervino:

—Finn…

Pero él se incorporó con brusquedad, como si no la hubiera oído, y miró muy serio a los cortesanos.

—¿Qué debo hacer, damas y caballeros? ¿Queréis que me someta a una prueba de ADN? Lo haré. Pero claro, eso iría en contra del Protocolo, ¿verdad? ¡Está prohibido! La tecnología necesaria para ello está oculta, y sólo la reina sabe dónde. No piensa decírnoslo.

Los guardias de la puerta dieron un paso hacia delante. Uno de ellos desenvainó la espada.

Si Finn se percató, no pareció importarle.

—Sólo hay una forma de solucionar esto. Es una cuestión de honor, y debe tratarse como lo hacemos en Incarceron.

Sacó un guante del bolsillo, un guante con remaches, y antes de que Claudia asimilara qué pretendía decir, Finn ya había apartado los platos de un manotazo y había disparado el puño entre las velas y las flores. Golpeó al Impostor en plena cara; un murmullo incrédulo se extendió por la mesa.

—Pelea contra mí. —La voz de Finn estaba cargada de rabia—. Es un reto. Con cualquier arma. La que prefieras. Pelea contra mí por el Reino.

Giles tenía el rostro pálido, pero mostró un control de acero cuando contestó:

—Estaría encantado de mataros, señor, en cualquier momento y con cualquier arma que tuviera a mi alcance.

—Desde luego que no. —La voz de la reina no admitía res puesta—. No habrá duelo. Os lo prohíbo terminantemente.

Los dos Aspirantes se miraron a la cara, como dos reflejos en un espejo ahumado. Desde un extremo de la mesa, se elevó la voz caprichosa de Caspar.

—Vamos, mamá, dejadlos. Nos ahorraría muchas molestias.

Sia hizo oídos sordos.

—No habrá duelo, caballeros. Y la investigación empezará mañana. —Penetró a Giles con sus ojos de iris claros como el hielo—. Nadie me desobedece.

Finn hizo una reverencia forzada y después volcó la silla y se marchó dando zancadas. Los guardias lo siguieron a toda velocidad. Claudia se puso de pie, pero Giles le dijo en voz baja:

—No os vayáis, Claudia. No es nadie, y él lo sabe.

Se quedó quieta un instante. Luego se sentó. Se convenció de que se había contenido porque el Protocolo prohibía que alguien se marchase antes que la reina, pero Giles le sonrió, como si supiera que había algo más.

Furiosa, Claudia jugueteó con los dedos durante veinte minutos, dando golpecitos a la copa vacía, hasta que, cuando la reina se levantó por fin y ella tuvo permiso para ausentarse, corrió al dormitorio de Finn y llamó a la puerta.

—Finn. Finn, soy yo.

Si estaba dentro, no respondió.

Al final, Claudia se dio por vencida y recorrió el pasillo forrado de madera hasta llegar al ventanal que había en un extremo, desde donde contempló los prados, apoyando la frente en el frío cristal. Quería rebelarse y gritarle. ¿En qué estaba pensando? ¡Cómo iba a solucionar las cosas a puñetazos! Era la clase de reacción estúpida y arrogante que habría tenido Keiro.

Pero él no era Keiro.

Mientras se mordía las uñas, Claudia reconoció, en lo más profundo de su ser, la duda que había ido creciendo en su mente desde hacía dos meses. Que tal vez hubiera cometido un error imperdonable. Que tal vez él tampoco fuera Giles.