23

Trabajó sin descanso día y noche. Fabricó una túnica que iba a transformarlo; sería algo más que un hombre; una criatura alada, bella como la luz. Todas las aves le ofrecieron plumas. Incluso el águila. Incluso el cisne.

Leyendas de Sáfico

Jared estaba convencido de que todavía deliraba. Porque se vio tumbado en un establo en ruinas en cuyo centro había una hoguera, que crepitaba con estruendo en la noche silenciosa.

Los maderos del techo formaban un entramado lleno de agujeros sobre su cabeza, y por una rendija vio a una lechuza que miraba hacia abajo, con los ojos muy abiertos y asombrados. Por algún lugar goteaba el agua. Las salpicaduras caían rítmicamente junto a su cara, como si acabase de descargar una fuerte tormenta. Se había formado un charco, que mojaba la paja. Una mano se hallaba extendida fuera de las mantas; intentó moverla sin mucha confianza y los dedos largos, agarrotados, se estiraron. Así supo que era suya.

Se sentía desorientado, levemente curioso por identificar su entorno, como si hubiera realizado un viaje largo y agotador fuera de su cuerpo. O como si acabara de regresar a su hogar para encontrarlo frío e incómodo.

Su garganta, cuando recordó que la tenía, estaba seca. Le picaban los ojos. Y cuando desentumeció el cuerpo, notó dolor.

Debía de estar delirando, porque no había estrellas. En lugar de ellas, por las rendijas del techo desvencijado del establo se colaba un único Ojo rojo que pendía del cielo, como la luna durante un eclipse lívido.

Jared estudió el Ojo. Le aguantó la mirada, aunque el Ojo no lo miraba a él. Miraba al hombre.

El hombre estaba atareado. Sobre las rodillas tenía una capa vieja (o tal vez una túnica de Sapient) y a cada lado de su cuerpo se amontonaban sendas montañas de plumas. Algunas eran azules, como la que había enviado Jared a través del Portal. Otras eran largas y negras, como de cisne, y otras marrones, el plumaje de un águila.

—Las azules son muy útiles —dijo el hombre sin darse la vuelta—. Muchas gracias.

—No hay por qué darlas —murmuró Jared. Cada una de sus palabras sonó como un graznido.

Por el establo colgaban unos farolillos dorados, como los que empleaban en la Corte. O a lo mejor eran las estrellas, que habían bajado y se habían quedado suspendidas aquí y allá, sujetas con alambres. Las manos del hombre se movían con agilidad. Cosía las plumas en las calvas de la túnica, después de aglutinarlas con bolas de resina pegajosa que desprendía un olor a agujas de pino cuando goteaba sobre la paja. Azul, negra, marrón. Un traje de plumas, con las mangas anchas a modo de alas.

Jared logró sentarse después de muchos esfuerzos y se apoyó en la pared, algo mareado. Se notaba débil y tembloroso.

El hombre apartó la prenda y se acercó a él.

—Tomaos vuestro tiempo. Aquí tenéis agua.

Cogió una jarra y un vaso y lo llenó de agua. Mientras le tendía el vaso, Jared vio que le faltaba el dedo índice de la mano derecha; una suave cicatriz sellaba el muñón.

—Bebed poco a poco, Maestro. Está muy fría.

Jared apenas notó el contraste del agua en la garganta. Mientras bebía, observó al hombre de pelo moreno y éste lo miró a la cara, con una sonrisa triste y compungida.

—Gracias.

—Hay un pozo muy cerca. La mejor agua del Reino.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Aquí no existe el tiempo, ¿no os acordáis? Al parecer, el tiempo está prohibido en el Reino.

El hombre se apoyó en la pared y unas cuantas plumas se le quedaron pegadas al cuerpo. Tenía los ojos penetrantes y obsesivos, como los de un halcón.

—Sois Sáfico —dijo Jared con voz pausada.

—Adopté ese nombre en la Cárcel.

—¿Allí es donde estamos?

Sáfico se apartó unos plumones del pelo.

—Esto es una cárcel, Maestro. Si está en el Interior o en el Exterior es lo de menos. Ya he asimilado que no importa. Y temo que ambas cosas sean la misma.

Jared se esforzó por ordenar sus pensamientos. Había cabalgado por el Bosque. Allí había muchos proscritos, marginados y locos. Allí se refugiaban quienes no podían soportar el estancamiento de la Era, y deambulaban como vagabundos. ¿Sería ese hombre uno de ellos?

Sáfico se recostó y extendió las piernas hacia delante. Iluminado por la luz de la hoguera tenía un aspecto joven y pálido, con el pelo lacio por la humedad del bosque.

—Pero Escapasteis —dijo Jared—. Finn me ha contado algunas historias que corren sobre vos dentro de Incarceron.

Se frotó la cara y la notó rugosa, ligeramente marcada. ¿Cuánto tiempo llevaba allí metido?

—Nunca faltan historias.

—¿No son ciertas?

Sáfico sonrió.

—Sois un estudioso, Jared. Sabéis que la «verdad» es un cristal, igual que la Llave. Parece transparente, pero tiene muchas caras. Distintos brillos, rojos, dorados y azules, relucen en sus profundidades. Y aun así, abre la puerta.

—La puerta… Hallasteis una puerta secreta, según cuentan.

Sáfico sirvió un poco más de agua.

—¡Cuánto la busqué! Me pasé vidas enteras buscándola. Me olvidé de mi familia, de mi hogar; derramé sangre, lágrimas, sacrifiqué un dedo. Me fabriqué unas alas y volé tan alto que el cielo me empujó hacia abajo. Caí en medio de una oscuridad tan espesa que parecía que el abismo fuese interminable. Pero por fin, la encontré: allí estaba, una puertecilla humilde en el corazón de la Cárcel. La salida de emergencia. Precisamente allí había estado todo el tiempo.

Jared dio un sorbo de agua. Tenía que ser una visión, como las que experimentaba Finn durante los ataques.

—Sáfico… Debo preguntaros…

—Preguntad, amigo mío.

—La puerta… ¿Todos los Presos pueden salir por ella? ¿Es posible?

Sin embargo, Sáfico había cogido la túnica de plumas y estaba estudiando los parches.

—Cada hombre tiene que encontrarse a sí mismo, igual que hice yo.

Jared se inclinó hacia la pared. Se abrigó con la manta, cansado y tiritando de frío. En la lengua de los Sapienti preguntó en voz baja:

—Decidme, Maestro, ¿sabíais que Incarceron era minúscula?

—¿Lo es? —respondió Sáfico en la misma lengua, y cuando alzó la mirada, sus ojos verdes se encendieron con unos profundos puntos incandescentes—. Tal vez para vos lo sea. Para sus Presos, no. Cada cárcel es un universo para sus internos. Y pensadlo un momento, Jared Sapiens. ¿Qué os impide plantearos que el Reino también sea minúsculo, un artilugio que cuelgue de la cadena del reloj de un ser que habita un mundo todavía más inmenso? Escapar no basta; no responde a las preguntas. No implica la Libertad. Por eso, arreglaré mis alas y volaré hacia las estrellas. ¿Las veis?

Señaló hacia el techo y Jared suspiró con admiración, porque allí estaban, rodeándolo por completo, las galaxias y nebulosas, las miles de constelaciones que tantas veces había observado a través del poderoso telescopio de su torre, el fulgor titilante del universo.

—¿Oís su canción? —murmuró Sáfico.

Pero sólo le embargó el silencio del Bosque, y Sáfico suspiró:

—Están demasiado lejos. Pero sí cantan, y yo oiré esa melodía.

Jared negó con la cabeza. La fatiga se estaba apoderando de él, eso y el miedo habitual.

—A lo mejor la Muerte es nuestra forma de Escapar.

—La Muerte es una puerta, no cabe duda. —Sáfico dejó de dar puntadas sobre una pluma azul y lo miró a la cara—. ¿Teméis la Muerte, Jared?

—Temo el camino que me llevará a ella.

El rostro enjuto parecía un cúmulo de ángulos a la luz del fuego. Sáfico dijo:

—No permitáis que la Cárcel se ponga mi Guante, ni use mis manos, ni hable con mi rostro. Haced lo que sea necesario, pero no lo permitáis.

Había tantas preguntas que Jared quería hacerle… Pero se le escabullían como si fueran ratas colándose por los agujeros, así que cerró los ojos y se acostó. Igual que su propia sombra, Sáfico se recostó a su lado.

—Incarceron nunca duerme. Sueña, y sus sueños son terribles. Pero nunca duerme.

Jared apenas oyó las palabras. Empezó a caer por el tubo de un telescopio, a través de sus lentes convexas, y se introdujo en un universo de galaxias.

Rix parpadeó.

Se detuvo, poco más de un segundo.

Entonces dejó caer la espada. Attia se estremeció y gritó, pero el arma silbó por detrás de ella y cortó las cuerdas que la unían a Keiro. Le raspó la muñeca, que empezó a sangrar.

—¿Se puede saber qué haces? —jadeó Attia, mientras se apartaba.

El mago ni siquiera la miró. Señaló con el filo tembloroso a Keiro.

—¡¿Qué has dicho?!

Si Keiro estaba sorprendido, no lo demostró. Le aguantó la mirada y habló con voz fría y medida.

—Te he preguntado qué llave abre el corazón. ¿Qué pasa, Rix? ¿No eres capaz de resolver tu propio acertijo?

Rix se quedó pálido. Se dio la vuelta y anduvo en círculo a toda prisa antes de acercarse de nuevo.

—Eso es. Eres tú. ¡Eres tú!

—¿Qué soy yo?

—¿Cómo puedes ser tú? ¡No quiero que seas tú! Hubo un tiempo en el que pensé que podía ser ella. —Apuntó con el filo hacia Attia—. Pero nunca lo dijo, ¡ni siquiera por equivocación!

Trazó otro círculo dando pasos frenéticos.

Keiro había sacado la navaja. Mientras cortaba las cuerdas de las muñecas, murmuró:

—Delira.

—No, espera. —Attia observó a Rix con los ojos como platos—. Te refieres a la contraseña, ¿verdad? La pregunta que, según me contaste, sólo tu Aprendiz podría formularte. ¿Es eso? ¿La ha dicho «Keiro»?

—Sí. —Rix era incapaz de controlarse. Temblaba y sus dedos largos apretaban y soltaban la empuñadura de la espada—. Es él. Eres tú. —Arrojó el arma al suelo y se abrazó el cuerpo—. Un ladrón de la Escoria es mi Aprendiz.

—Todos somos escoria —dijo Keiro—. Si crees…

Attia lo hizo callar con la mirada. Tenían que andar con pies de plomo.

Keiro acabó de deshacer los nudos de la cuerda y estiró los pies con una mueca. Después se inclinó hacia atrás y Attia se dio cuenta de que lo había entendido. Esbozó su sonrisa más encantadora.

—Rix, por favor. Siéntate.

El desgarbado mago se desplomó y se acurrucó en un ovillo, igual que una araña asustada. Su absoluto desconsuelo hizo que a Attia casi le entraran ganas de reír a carcajadas, aunque al mismo tiempo, sentía pena por él. El sueño que había marcado el rumbo de sus pasos durante años se había hecho realidad, y Rix estaba destrozado por la desilusión.

—Eso lo cambia todo.

—Yo habría dicho lo mismo. —Keiro le lanzó la navaja a Attia—. Entonces, soy el aprendiz de un hechicero, ¿no? Bueno, a lo mejor termina siendo útil.

Attia lo miró con el ceño fruncido. No era el momento de hacer bromas. Tenían que jugar bien sus cartas.

—¿Qué significa?

Keiro se inclinó hacia delante, y su sombra creció como un gigante en la pared de la cueva.

—Significa que no voy a vengarme. —Rix miró con ojos vacuos hacia las llamas—. El Arte de la Magia tiene sus normas. Significa que tengo que enseñarte todos mis trucos. Todas las sustituciones, las réplicas, las ilusiones. Cómo leer la mente y la palma de la mano y las hojas de los árboles. Cómo desaparecer y reaparecer.

—¿Y cómo cortar a una persona por la mitad?

—Eso también.

—Genial.

—Y las escrituras secretas, las artes ocultas, la alquimia, los nombres de los Grandes Poderes. Cómo despertar a los muertos, cómo vivir eternamente. Cómo hacer manar oro de la oreja de un burro.

Contemplaron su rostro sombrío y embelesado. Keiro enarcó una ceja hacia Attia. Ambos sabían lo peligrosa que era la situación. Rix estaba tan desequilibrado que era capaz de matarlos; sus vidas dependían de su capricho. Y además, tenía el Guante.

En voz baja la chica dijo:

—Entonces volvemos a ser todos amigos…

—¡Tú! —La miró fijamente—. ¡Tú no!

—Vamos, vamos, Rix. —Keiro le plantó cara—. Attia es mi esclava. Hará lo que yo mande.

Attia se tragó su rabia y desvió la mirada. Keiro disfrutaba con la situación. Le tomaba el pelo a Rix hasta los límites de la cordura, después sonreía y apartaba el peligro con sus encantos. Ahora Attia se hallaba atrapada entre los dos y no tenía más remedio que quedarse, y todo por el Guante. Porque tenía que hacerse con él antes que Keiro.

Rix pareció sumirse en un letargo. Y luego, al cabo de un segundo, asintió con la cabeza, murmuró algo para sus adentros y se acercó al carromato. Empezó a sacar cosas y más cosas.

—¿Comida? —preguntó Keiro esperanzado.

Attia susurró:

—No tientes a la suerte…

—Por lo menos, yo tengo suerte. Soy el Aprendiz, puedo hacerlo bailar sobre un dedo si me apetece. Doblarlo como un alambre flexible.

Sin embargo, cuando Rix regresó con pan y queso, Keiro comió con la misma gratitud que Attia, mientras Rix los observaba y mascaba ket, a la vez que parecía recuperar su buen humor y su sonrisa desdentada.

—Así que los robos no dan para mucho últimamente.

Keiro se encogió de hombros.

—Y las joyas. Los sacos con el botín. —Rix soltó una risita divertida—. La ropa elegante…

Keiro lo atravesó con sus ojos fríos.

—Bueno, y ¿por cuál de los túneles tenemos que seguir?

Rix miró los siete pasadizos.

—Ahí están. Siete arcos estrechos. Siete puertas hacia la oscuridad. Una de ellas conduce al corazón de la Cárcel. Pero ahora, durmamos. Cuando llegue Lucencendida, os guiaré hacia lo desconocido.

Keiro se chupó los dedos.

—Lo que tú digas, jefe.

Finn y Claudia cabalgaron toda la noche. Galoparon por las oscuras llanuras del Reino, repicaron con los cascos sobre puentes y atravesaron pantanos en los que asustaron a varios patos soñolientos que aletearon entre los juncos. Irrumpieron en aldeas embarradas llenas de perros que les ladraron, donde sólo el ojo de un niño presenció cómo se alejaban los jinetes a través de la ranura de un postigo entreabierto.

Se habían convertido en fantasmas, pensó Claudia, o en sombras. Vestidos de negro como los proscritos, habían huido de la Corte, y tras ellos se levantaría un revuelo: la reina se pondría furiosa, el Impostor querría vengarse, los sirvientes se aterrorizarían y el ejército se desplegaría por todo el Reino.

Aquello era una rebelión, y ahora nada volvería a ser igual.

Habían desafiado el Protocolo. Claudia vestía unos pantalones bombachos oscuros y una chaqueta, mientras que Finn había arrojado a unos matorrales las elegantes prendas del Impostor. Cuando despuntó el alba, llegaron a lo alto de un promontorio y desde allí contemplaron un paisaje dorado, en el que los gallos cacareaban en las hermosas granjas, entre pintorescas casitas brillantes por la nueva luz del sol.

—Otro día perfecto —murmuró Finn.

—A lo mejor no dura mucho. No, si Incarceron se sale con la suya.

Entristecida, Claudia emprendió el descenso de la colina.

A mediodía estaban demasiado cansados para continuar cabalgando y los caballos se arrastraban desfallecidos. En un establo aislado, a la sombra de unos olmos, encontraron paja amontonada en un granero sombrío surcado por algunos rayos de sol, en el que revoloteaban unas moscas perezosas y varias palomas arrullaban desde el techo.

No había nada que comer.

Claudia se acurrucó y se quedó dormida al instante. Si hablaron antes, no lo recordaba.

Cuando se despertó, lo hizo saliendo de un sueño en el que alguien llamaba con insistencia a su puerta, y en el que Alys le decía:

—Claudia, ha venido vuestro padre. ¡Vestíos, Claudia!

Y luego, como un susurro al oído, le llegó la voz sedosa de Jared:

—¿Confiáis en mí, Claudia?

Sobresaltada, se incorporó de repente y suspiró.

La luz empezaba a menguar. Las palomas se habían marchado y el granero estaba en silencio, salvo por un leve susurro en un rincón alejado, que podría haber sido una camada de ratones.

Se inclinó hacia atrás, lentamente, sobre un codo.

Finn se hallaba de espaldas a ella; dormía con el cuerpo enroscado sobre la paja y la espada al alcance de la mano.

Lo observó durante un rato hasta que su respiración cambió y, a pesar de que no se movió, Claudia supo que estaba despierto. Le preguntó:

—¿Hasta qué punto recuerdas?

—Todo.

—¿Por ejemplo?

—A mi padre. Cómo murió. A Bartlett. Mi compromiso contigo. Mi vida entera en la Corte antes de la Cárcel. Aparece… en una neblina, pero está ahí. Lo único que no sé es qué ocurrió entre la emboscada que me tendieron y el día en que me desperté dentro de la celda de Incarceron. Tal vez no lo sepa nunca.

Claudia dobló las rodillas y se sacudió la paja que se le había pegado a los pantalones. ¿Era cierto lo que decía? ¿O le resultaba tan imprescindible recordar que él mismo se había convencido de que lo hacía?

Quizá su silencio revelara sus dudas. Finn se dio la vuelta.

—El vestido que llevabas ese día era plateado. Eras tan pequeña… Y llevabas un collar de perlas. Y me dieron un ramo de rosas blancas para que te lo presentara. Me regalaste tu retrato en un marco de plata.

¿Era un marco de plata? Claudia habría dicho que era dorado.

—Me dabas miedo.

—¿Por qué?

—Me dijeron que tenía que casarme contigo. Pero eras tan perfecta, y tan radiante, tenías una voz tan alegre… Lo único que yo quería era marcharme a jugar con mi mascota nueva.

Claudia lo miró fijamente. Y entonces dijo:

—Vamos. Apenas les llevamos unas horas de ventaja.

Lo habitual era tardar tres días en viajar desde el palacio hasta el feudo del Guardián, pero eso era parándose en alguna posada y desplazándose en carruaje. Ellos habían optado por un galope incesante, fatigoso y exigente, y se habían detenido únicamente para comprar pan duro y cerveza a una chica que había salido corriendo de una cabaña destartalada. Habían dejado atrás molinos de agua e iglesias, anchas colinas donde pacía el ganado, habían sorteado matorrales y zarzas con lana enganchada, habían saltado zanjas y amplias cicatrices en las que crecía la hierba, vestigios de las antiguas guerras. Finn dejó que Claudia fuese la primera. Él ya no sabía dónde estaban, y todos los huesos de su cuerpo le dolían a causa del inusitado esfuerzo de cabalgar tantas horas seguidas. Sin embargo, tenía la mente despejada, más despejada y más tranquila que en cualquier otro momento que recordase. Veía el paisaje con nitidez y brillo; percibía los olores de la hierba pisoteada, el canto de los pájaros, las suaves neblinas que se elevaban desde la tierra, como si fuese la primera vez. No se atrevía a albergar la esperanza de que los ataques de ansiedad hubieran terminado. Aunque tal vez su recuerdo hubiera hecho aflorar cierta fortaleza del pasado, cierta seguridad.

El paisaje fue cambiando poco a poco. Las pendientes ganaron terreno y los campos se hicieron más pequeños, los matorrales más espesos, unidos a unas extensiones descontroladas de robles, abedules y acebos. Cabalgaron durante toda la noche para atravesar los bosques, patearon senderos, caminos de herradura y atajos secretos, mientras Claudia se convencía cada vez más de que sabía dónde estaba.

Y entonces, cuando Finn se había quedado casi dormido sobre la montura, su caballo se detuvo en seco y el muchacho abrió los ojos y miró hacia abajo, para ver una antigua casa solariega, un feudo, pálido por el resplandor de la luna destrozada, con un foso de brillo plateado, con sus ventanas iluminadas por velas, con el perfume de unas rosas fantasmales que endulzaban la noche.

Claudia sonrió aliviada.

—Bienvenido al feudo del Guardián. —Entonces sonrió con descaro—. Me marché en un carruaje cargado de ropa de gala para celebrar mi boda. Menuda forma de volver…

Finn asintió.

—Sí, pero por lo menos has vuelto con el príncipe —dijo.