Capítulo 14

1

Por muy difícil que le resultara a Cortés sonsacarle a Estabrook los detalles del viaje nocturno que lo había conducido hasta Pai’oh’pah, no podría ser más complicado que conseguir hablar con el tipo, para empezar. Fue a su casa alrededor del mediodía y se encontró con que las cortinas de todas las ventanas estaban meticulosamente corridas. Tocó el timbre varias veces e incluso llamó a la puerta, pero no obtuvo respuesta. Supuso que Estabrook había salido a dar un paseo, de modo que abandonó el intento y fue a echarse algo al estómago que, tras haber sido vilmente despreciado la noche anterior, rugía con el eco de su vacío. Era el día posterior al de Navidad y, ya que era fiesta nacional, ni los restaurantes ni las cafeterías estaban abiertos, pero encontró un pequeño supermercado regentado por una familia paquistaní que estaba haciendo su agosto vendiendo pan duro a los cristianos. Aunque muchas de las estanterías se encontraban vacías, la tienda aún contaba con un tentador muestrario de artículos ideales para provocar caries, así que Cortés salió de allí con chocolate, galletas y un pastel que satisfarían su goloso apetito. Se sentó en un banco para saciar el hambre. El pastel resultó ser demasiado empalagoso para su gusto, así que lo troceó y se lo arrojó a las palomas que se habían acercado atraídas por su comida. No tardó en correrse la voz de que había comida a disposición, y lo que comenzara como un picnic privado pronto se convirtió en una reyerta callejera. A falta de panes y peces con los que contentar a la multitud, Cortés arrojó lo que quedaba de las galletas a los comensales y volvió a casa de Estabrook conformándose con el chocolate. Cuando se acercaba al lugar, un movimiento en una de las ventanas de la planta de arriba llamó su atención. En esa ocasión, no se molestó en llamar al timbre ni en golpear la puerta, sino que gritó directamente hacia la ventana.

—¡Solo quiero hablar con usted, Charlie! Sé que está ahí. ¡Abra!

Cuando se convenció de que Estabrook no estaba por la labor de darle gusto, levantó la voz un poco más. El tráfico no le hizo la competencia en demasía, puesto que era un día festivo. Su voz se alzó, clara y potente.

—¡Venga, Charlie! Abra a menos que quiera que sus vecinos se enteren de nuestro pequeño negocio.

La cortina se apartó en esa ocasión y Cortés consiguió ver por primera vez a Estabrook. Tan solo fue un vistazo, ya que la cortina volvió a su lugar un momento después. Cortés esperó; justo cuando estaba a punto de comenzar con la arenga de nuevo, escuchó que alguien abría la puerta principal. Estabrook apareció, descalzo y calvo. Esto último fue una conmoción, porque Cortés no tenía ni idea de que el hombre llevara bisoñé. Sin pelo, su rostro tenía el mismo aspecto redondo y blanco de un plato, con los rasgos dispuestos como el desayuno de un niño: un par de huevos por ojos, un tomate por nariz y un par de salchichas para los labios; todo ello, nadando en el aceite del miedo.

—Ha llegado el momento de que hablemos —le dijo Cortés, que entró en la casa sin esperar invitación alguna.

No se anduvo por las ramas con el objetivo de la entrevista y dejó claro desde el principio que no se trataba de una visita social. Necesitaba saber el paradero de Pai’oh’pah y no estaba dispuesto a dejarse engañar con una sarta de excusas. Para refrescar la memoria de Estabrook, había llevado consigo un destrozado callejero de Londres. Lo colocó en la mesa, entre ellos.

—Bien —dijo—. Vamos a estar aquí sentados hasta que me diga adónde fue esa noche. Y si me miente, le juro que volveré y le romperé el cuello.

Estabrook no fingió confusión alguna. Su comportamiento era el de un hombre que se hubiera pasado muchos días temiendo escuchar el más mínimo ruido y que se sentía aliviado al descubrir que, una vez llegado dicho ruido, su causante fuera simplemente un humano. Los huevos que tenía por ojos estaban a punto de reventar y le temblaban las manos al pasar las páginas del callejero, mientras murmuraba que no estaba seguro de nada, pero que intentaría recordar. Cortés no lo presionó demasiado y dejó que el hombre recreara el recorrido en su memoria al tiempo que movía el dedo sobre el mapa.

Habían pasado por Lambeth, dijo, Kennington y Stockwell. No recordaba haber visto Clapham Common, por lo que asumía que se habían alejado por el este, en dirección a Streatham Hill. Recordaba haber visto una iglesia, de modo que buscó en el mapa hasta localizar el lugar.

Había varias, pero solo una que quedase lo bastante cerca del otro punto de referencia que recordaba: la estación del ferrocarril. Llegados a ese punto, afirmó no poder ofrecer nada más en lo que a direcciones se refería, solo una descripción del lugar en sí mismo: una valla de hierro ondulado, las caravanas y las hogueras.

—Lo encontrará —le dijo.

—Eso espero —contestó Cortés.

Hasta el entonces, no le había contado nada sobre las circunstancias que lo habían llevado de vuelta, si bien el hombre le había preguntado en varias ocasiones si Judith estaba sana y salva. En aquel momento, volvió a preguntárselo.

—Por favor, dígamelo —le pidió—. He sido sincero, lo juro. ¿No me va a decir cómo está, por favor?

—Está vivita y coleando —contestó Cortés.

—¿Le ha hablado a Jude de mí? Debe de haberlo hecho. ¿Qué le ha dicho? ¿Le ha dicho que todavía la amo?

—Yo no soy su recadero —replicó él—. Si consigue convencerla de que hable con usted, dígaselo usted mismo.

—¿Qué voy a hacer? —preguntó Estabrook mientras agarraba a Cortés del brazo—. Usted es un experto en lo que se refiere a las mujeres, ¿no es cierto? Todo el mundo lo sabe. ¿Qué puedo hacer para enmendar mis errores?

—Es probable que se sintiera satisfecha si le enviase sus pelotas en una bandeja —contestó Cortés—. Cualquier otra cosa resultaría del todo inapropiada.

—Cree que esto es divertido.

—¿El intento de asesinato de su esposa? No, no creo que tenga mucha gracia. ¿Que haya cambiado de opinión y quiera que todo vuelva a ser de color de rosa? Eso sí que es para descojonarse.

—Espere a querer a alguien como yo quiero a Judith. En el caso de que sea capaz de hacerlo, cosa que dudo. Espere a desear a alguien con tanta intensidad que esté a punto de perder la razón. Entonces lo comprenderá.

Cortés no hizo ningún comentario al respecto. Aquello se asemejaba demasiado a su estado actual como para confesarlo abiertamente, incluso ante sí mismo. No obstante, una vez fuera de la casa y con el callejero en la mano, no pudo reprimir una sonrisa de satisfacción por haber encontrado una forma de seguir adelante. La tarde de pleno invierno cerraba su mano sobre la ciudad, y la oscuridad comenzaba a extenderse. Pero la oscuridad amaba a los amantes, por mucho que el mundo los hubiera olvidado.

2

A mediodía, sin que la inquietud que sintiera la noche anterior hubiera disminuido un ápice, Pai’oh’pah había sugerido a Theresa la posibilidad de abandonar el campamento. La sugerencia no fue recibida con mucho entusiasmo. La niña estaba resfriada y no había parado de llorar desde que se despertara; el otro niño también tenía fiebre. Theresa había afirmado que no era momento de marcharse ni siquiera aunque tuviesen otro lugar adonde ir, que no era el caso.

—Nos llevaremos la caravana. Nos marcharemos de la ciudad. Hacia la costa, tal vez, donde los niños podrán beneficiarse de un aire más puro —había sugerido Pai.

A Theresa le había gustado la idea.

—Mañana —había respondido—. Mañana, o pasado. Pero hoy no.

No obstante, Pai insistió hasta que ella le preguntó por el motivo de su nerviosismo. No encontró respuesta alguna que darle; al menos, no una que a ella le hubiera gustado escuchar. La mujer no sabía nada acerca de su verdadera naturaleza y tampoco le había preguntado sobre su pasado. Él no era más que alguien que sustentaba a su familia, alguien que llevaba comida a las bocas de sus hijos y que la abrazaba por la noche. Pero su pregunta aún flotaba en el aire, de modo que la contestó lo mejor que pudo.

—Tengo miedo de que nos pase algo —contestó.

—Se trata de ese viejo, ¿verdad? —replicó Theresa—. Ese que vino a buscarte. ¿Quién era?

—Quería que le hiciera un trabajo.

—¿Y lo hiciste?

—No.

—Entonces, ¿crees que va a volver? —dijo—. Le echaremos a los perros.

Era reconfortante escuchar una solución tan sencilla aunque no solucionara nada, como en ese caso. Su alma de místico se veía atraída, en ocasiones con demasiada celeridad, hacia las ambigüedades que reflejaban su verdadera naturaleza. Pero su alma siempre lo castigaba y le echaba una reprimenda para recordarle que había adoptado un rostro y una función y, en la esfera humana, un sexo; para recordarle que, en lo que a ella se refería, él pertenecía a un mundo integrado por dos niños, unos perros y unas cascaras de naranja. No había lugar para la poesía en unas circunstancias tan difíciles, ni tiempo que perder en dudas o especulaciones entre el duro amanecer y el incierto crepúsculo.

Otro de esos crepúsculos había llegado y Theresa estaba acostando a sus adorados hijos en la caravana. Ambos dormían sin sobresaltos. Todavía le quedaba un hechizo, que había mantenido en perfecto estado desde los días en los que aún tenía poder; consistía en un modo de recitar oraciones sobre una almohada con el fin de que dulcificara los sueños del durmiente. Su maestro le había pedido ese consuelo en numerosas ocasiones y Pai aún seguía utilizándolo doscientos años después. En ese mismo momento, Theresa había tendido las cabezas de sus hijos sobre un estanque de canciones de cuna que habían sido dispuestas allí en secreto, para guiarlos desde la oscuridad del mundo hacia la luz.

El chucho que saliera a su encuentro junto a los límites del campamento bajo la grisácea luz del amanecer comenzó a ladrar con furia y Pai se acercó con el fin de calmarlo. Al ver que se aproximaba, el animal tiró de la cadena y escarbó en la tierra para acercarse a él. Su dueño era un hombre con el que Pai tenía poco contacto, un escocés temperamental que maltrataba al perro cuando lograba atraparlo. Pai se puso en cuclillas para silenciar al animal, por temor a que el ruido de sus ladridos distrajera al dueño de su cena. El perro obedeció, aunque continuó golpeándolo con las patas sin descanso, en un claro intento de que lo liberara de la cadena.

—¿Qué te pasa, colega? —le preguntó mientras le rascaba tras las destrozadas orejas—. ¿Es que tienes a una dama esperándote ahí fuera?

Miró a la valla al tiempo que le hablaba y captó la fugaz imagen de alguien que se ocultaba entre las sombras, detrás de una de las caravanas. El perro también había visto al intruso, lo que provocó otra nueva ronda de ladridos. Pai volvió a ponerse en pie.

—¿Quién anda ahí? —preguntó.

Un ruido que provenía del otro lado del campamento reclamó momentáneamente su atención: alguien estaba arrojando agua al suelo. No, no se trataba de agua. El olor ya había alcanzado sus fosas nasales: gasolina. Giró la cabeza hacia su caravana. La sombra de Theresa se perfilaba tras la persiana; tenía la cabeza agachada mientras apagaba la lamparita colocada junto a la cama de los niños. El olor también provenía de esa dirección. Alargó el brazo y soltó al perro.

—Vamos chico, ¡corre!, ¡corre!

Sin dejar de ladrar, el animal comenzó a correr en dirección a la figura que acababa de deslizarse por un hueco de la valla. Al mismo tiempo, Pai comenzó a correr hacia la caravana, llamando a gritos a Theresa.

A sus espaldas, alguien le gritó que se callara, pero las voces quedaron amortiguadas por el estallido del fuego en dos focos simultáneos que iluminaron el campamento de un extremo a otro. Escuchó los gritos de Theresa y vio que las llamas emergían de uno de los laterales de su caravana. El combustible derramado no había sido más que la mecha. Antes de que pudiera cubrir los diez metros que lo separaban del lugar, la carga principal explotó justo debajo del vehículo con la fuerza necesaria para levantarlo del suelo y volcarlo sobre uno de los laterales.

Una oleada de calor sofocante lanzó por los aires a Pai. Cuando consiguió ponerse en pie, la caravana se había convertido en una bola de fuego. A medida que atravesaba el calor abrasador camino de semejante pira, escuchó otro sollozo y se dio cuenta de que era él mismo quien lo emitía; no recordaba siquiera que su garganta fuera capaz de emitir un sonido semejante, pero aquello no cambiaba nada: era como echar sal sobre la herida.

Cortés acababa de avistar la iglesia que Estabrook había señalado como última referencia, cuando un repentino amanecer se alzó frente a él: una llamarada tan intensa que le hizo pensar que el sol había aparecido para quemar a la noche. El coche que iba delante dio un giro brusco; Cortés consiguió evitar la colisión subiéndose a la acera y frenando a escasos centímetros de uno de los muros de la iglesia.

Salió del vehículo y corrió en la dirección del fuego. En cuanto giró una esquina, se adentró en una cortina de humo que se arremolinaba más y más a medida que avanzaba, de modo que apenas podía vislumbrar lo que tenía delante. Vio una valla de hierro ondulado y, tras ella, un grupo de caravanas, la mayoría presa de las llamas. Aun sin la descripción de Estabrook, que confirmaba sin duda alguna que ese era el hogar de Pai’oh’pah, el simple hecho de su destrucción habría bastado para señalarlo como tal. La muerte lo precedía, al igual que hacía su sombra en esos momentos, que se proyectaba delante de él a causa de una llama que se alzaba a sus espaldas y que era aún más brillante que el incendio al que se encaminaba. El conocimiento que tenía de ese otro cataclismo, el que sucedía a sus espaldas, había formado parte del asunto que los uniera a él y al asesino desde el principio. Se había dejado entrever cuando intercambiaron las primeras palabras en la Quinta Avenida; había avivado la furia que lo impulsó a batirse con el lienzo; y había sido mucho más luminoso en sus sueños, en aquella habitación que él había imaginado (o quizá recordado), donde suplicó a Pai el olvido. ¿Qué era lo que habían experimentado juntos? ¿Qué podía ser tan terrible como para hacerle desear sumir su propia vida en el olvido antes que vivir con la realidad de lo que había sucedido? Fuera lo que fuese, era algo que reverberaba en esta nueva calamidad, y rogaba a Dios poder recordar de nuevo con el fin de saber qué crimen había cometido que traía un castigo semejante a tantos inocentes.

El campamento era un infierno. El viento avivaba las llamas que, a su vez, provocaban nuevas rachas de aire, y la carne de los humanos era el juguete de ambos. Lo único que podía hacer para detener el incendio era mear y escupir (¡menuda gilipollez!), pero siguió corriendo de todos modos, con los ojos llenos de lágrimas a causa del humo y sin saber las posibilidades que tenía de sobrevivir. Lo único que sabía con certeza era que Pai estaba en algún lugar de ese incendio, y que perderlo en aquel momento sería el equivalente a perderse a sí mismo.

Había unos cuantos supervivientes; muy pocos, por desgracia. Los dejó atrás para dirigirse hacia la brecha de la valla por la que acababan de escapar. Su ruta se veía despejada o intransitable por momentos, según el viento arrastrara el humo en otra dirección o lo trajera de nuevo consigo. Se quitó la chaqueta de cuero y se la colocó sobre la cabeza a modo de protección rudimentaria contra el calor y, acto seguido, traspasó la valla. Delante de él se extendía un muro de fuego que hacía que le resultase imposible ir más allá. Lo intentó por el flanco izquierdo y encontró un pasadizo entre dos vehículos en llamas. Pasó entre ambos y hasta él llegó el fuerte olor del cuero quemado. De repente se encontró en mitad del campamento, un lugar relativamente libre de material inflamable y, por tanto, del fuego. En cambio, el resto del lugar estaba ardiendo. Solo tres caravanas habían resistido al ataque de las llamas, pero el viento no tardaría en llevar el fuego hasta allí. No sabía cuántas personas habrían logrado escapar antes de que las llamas se extendieran, pero estaba seguro de que todos los que no hubieran logrado salir hasta ese momento ya no podrían hacerlo. El calor era insoportable. Lo golpeaba por todos lados, horneando sus pensamientos hasta convertirlos en meras incoherencias. Sin embargo, logró concentrarse en la imagen de la criatura que había venido a buscar, decidido a no abandonar la pira hasta no tener ese rostro en sus manos o hasta saber con absoluta certeza que había quedado reducido a cenizas.

De entre el humo, apareció un perro que no cesaba de ladrar.

Cuando pasó a su lado, una nueva llamarada obligó al animal a regresar por donde había venido, más asustado que antes. Puesto que no tenía una ruta mejor, Cortés decidió seguir al perro a través del caos sin dejar de llamar a gritos a Pai mientras corría; como cada bocanada de aire que respiraba era más caliente que la anterior, su voz quedó reducida a un ronco susurro tras gritar unas cuantas veces. Había perdido el rastro del animal entre el humo, junto con todo sentido de la orientación. Aunque el camino estuviera despejado, no habría sabido dónde se encontraba. El mundo se alzaba en llamas a su alrededor.

Escuchó que el perro volvía a ladrar en algún lugar por delante de él y, al pensar que tal vez la única vida que podría salvar de semejante horror era la del animal, corrió en su busca. Las lágrimas le caían por las mejillas; apenas podía ver dónde ponía los pies. Los ladridos se detuvieron de nuevo, dejándolo sin faro alguno que lo guiara. No había vuelta atrás, solo podía seguir hacia delante y rezar porque el silencio no significara que el perro había caído. No, no estaba muerto. Lo localizó justo delante de él, encogido por el miedo.

Cuando se disponía a tomar una bocanada de aire para llamarlo, se dio cuenta de que una figura surgía del humo un poco más allá del lugar donde estaba el perro. El fuego había hecho mella en Pai’oh’pah, pero al menos estaba vivo. Sus ojos, al igual que los de Cortés, no dejaban de llorar. Tenía sangre en la boca y en el cuello, y llevaba un bulto en los brazos. Un bebé.

—¿Queda alguno más? —gritó Cortés.

Por toda respuesta, Pai miró por encima del hombro hacia el montón de escombros que poco antes había sido una caravana. En lugar de aspirar otra bocanada de aire asfixiante, Cortés hizo ademán de acercarse a la hoguera, pero fue interceptado por Pai, quien le colocó a la pequeña en los brazos.

—Sostenla —le dijo.

Cortés arrojó a un lado la chaqueta y cogió a la niña.

»¡Y ahora, lárgate! —gritó Pai—. Yo te seguiré.

Y en lugar de esperar para comprobar que seguía sus instrucciones, se dirigió de nuevo hacia los escombros.

Cortés miró a la niña que sostenía. Estaba cubierta de sangre y ennegrecida, probablemente muerta. Aunque quizá podría insuflarle de nuevo vida si actuaba con celeridad. ¿Cuál era la ruta más rápida hacia un lugar seguro? El camino por el que había llegado era una vía cortada, y delante de él no había más que restos chamuscados. Puestos a elegir entre girar a la derecha o a la izquierda, se decidió por la izquierda porque escuchó que alguien silbaba más allá del humo: una prueba de que al menos allí se podía respirar.

El perro lo acompañó, si bien solo un pequeño trecho. Se dio la vuelta poco después, a pesar de que el aire era mucho más respirable a cada paso que daban y de que un poco más adelante se distinguía un hueco entre las llamas. Un hueco que, no obstante, no estaba vacío. A medida que Cortés se acercaba, una figura apareció por detrás de una de las hogueras. Se trataba del silbador, que aún entonaba su melodía a pesar de que tenía el cabello en llamas y de que sus manos, alzadas delante de él, no eran más que huesos humeantes. Mientras caminaba, ladeó la cabeza y miró a Cortés. La canción que silbaba era desagradable pero resultaba encantadora si se la comparaba con su mirada. Sus ojos eran dos espejos que reflejaban el fuego: también ardían y humeaban. Había sido él quien había iniciado el fuego, comprendió Cortés, o uno de los que lo hicieron. Por eso silbaba mientras ardía, porque aquel era el paraíso que había creado. No intentó posar sus manos carbonizadas sobre la niña ni sobre Cortés, sino que se encaminó hacia el humo, dirigiendo su mirada de nuevo hacia las llamas y dejando así libre el camino de Cortés hacia la valla. El aire fresco resultó más sofocante, si eso era posible; tanto que le provocó un mareó y lo hizo tropezar. Sujetó con fuerza a la niña y se concentró únicamente en llegar a la calle, algo a lo que le ayudaron dos bomberos que lo habían visto acercarse y que salieron a su encuentro con los brazos extendidos. Uno de ellos cogió a la niña; el otro cargó con él en el mismo momento en que las piernas le flaqueaban.

—¡Hay gente con vida ahí dentro! —exclamó, girando la cabeza para mirar el incendio—. ¡Tienen que entrar ahí y sacarlos!

El bombero que lo había rescatado no se apartó de su lado hasta que lo dejó al otro lado de la valla, en la calle. Una vez allí, otras manos se hicieron cargo de él. Los sanitarios de una ambulancia se acercaron con camillas y mantas, y le dijeron que ya se encontraba a salvo y que todo iba a salir bien. Pero él sabía que no era cierto, no lo sería mientras Pai siguiera allí dentro. Se quitó la manta con un movimiento de hombros y rechazó la mascarilla de oxígeno que se disponían a colocarle en la cara, sin dejar de insistir en que no necesitaba ayuda. Con el número de personas que necesitaban atención, no perdieron el tiempo en un vano intento por convencerlo y se alejaron para ayudar a aquellos que sollozaban y gritaban por todos lados. Esos eran los afortunados, los que aún tenían una voz que alzar. Vio cómo llevaban a otras personas en brazos, demasiado graves como para quejarse siquiera, y aún había más tumbadas sobre el asfalto, envueltas con unos sudarios improvisados que en ocasiones dejaban ver los miembros carbonizados.

Le dio la espalda a semejante horror y comenzó a rodear el perímetro del campamento. Estaban doblando la valla para permitir que las mangueras, que atestaban la calle como serpientes en pleno ritual de apareamiento, se abrieran camino hasta el fuego. Los motores bombeaban y rugían, pero los destellos azules de sus luces no eran rival para el intenso brillo del fuego. A la luz del incendio vio que una considerable multitud se había congregado para observar lo que ocurría. Se escucharon unos vítores cuando los bomberos volcaron la valla que, al caer, levantó una nube de chispas semejantes a luciérnagas. Continuó avanzando mientras los bomberos dirigían las mangueras hacia el foco principal del incendio en un intento de sofocarlo. Una vez que hubo recorrido la mitad del perímetro y llegó al lado opuesto a la brecha que los bomberos habían conseguido abrir, las llamas ya habían retrocedido en algunas zonas, si bien el humo y el vapor habían tomado el relevo de su fiereza. Desde la privilegiada posición en la que se encontraba, observó cómo los hombres ganaban terreno en busca de cualquier asomo de vida, hasta que la aparición de otras dos máquinas de bombeo y de otro retén de bomberos lo obligó a apartarse y tuvo que retroceder al lugar donde iniciara el recorrido.

No había rastro alguno de Pai’oh’pah. Los bomberos no lo habían rescatado del incendio y tampoco se encontraba entre los pocos supervivientes que, como Cortés, se habían negado a que los alejaran de allí para ser atendidos. El humo que se alzaba del ya derrotado incendio se hacía cada vez más espeso y, para cuando llegó al lugar donde los cadáveres habían sido dispuestos en una fila (a esas alturas el número se había multiplicado por dos), era imposible ver lo que sucedía en el interior. Echó un vistazo a los cuerpos envueltos en los sudarios. ¿Sería Pai’oh’pah uno de ellos? Cuando se aproximaba al bulto más próximo, alguien le puso una mano en el hombro; al darse la vuelta, se encontró con un policía cuyo semblante le recordó al de un niño soprano, terso y angustiado.

—¿No es usted el que sacó a la niña? —le preguntó.

—Sí, ¿está bien?

—Lo siento, amigo. Me temo que ha muerto. ¿Era su hija?

Cortés negó con la cabeza.

—Había otra persona. Un hombre negro con el pelo largo y rizado. Tenía la cara llena de sangre. ¿Sabe si ha salido?

En aquella ocasión, el policía empleó un lenguaje más formal.

—No he visto a nadie que se ajuste a esa descripción.

Cortés giró la cabeza y echó un vistazo a los cuerpos tumbados sobre el asfalto.

—No tiene sentido buscarlo por el color de piel —dijo el policía—. Ahora son todos negros, fuera cual fuese su color inicial.

—Tengo que mirar —contestó Cortés.

—Le estoy diciendo que no merece la pena. No lo reconocería. ¿Por qué no me deja que lo acompañe a una de las ambulancias? Necesita que lo atiendan.

—No. Tengo que seguir buscando —replicó Cortés.

Estaba a punto de alejarse cuando el policía lo agarró del brazo.

—Creo que será mejor que se aleje de la valla, señor —le dijo—. Hay riesgo de explosiones.

—Pero puede que todavía esté ahí dentro.

—Si está ahí, supongo que estará muerto, señor. No hay muchas posibilidades de encontrar a alguien más con vida. Déjeme acompañarlo al perímetro de seguridad. Desde allí, podrá observar cuanto quiera.

Cortés se zafó de la mano del hombre.

—Iré yo solo —le dijo—. No necesito escolta.

Fue necesaria toda una hora para controlar el incendio y, cuando por fin lo lograron, el fuego había dejado poca cosa sin consumir. Durante esa hora, lo único que pudo hacer Cortés fue esperar tras el cordón policial y observar las idas y venidas de las ambulancias que trasladaban a los últimos heridos antes de comenzar a llevarse los cadáveres. Tal y como había predicho el niño soprano, no aparecieron más víctimas, ni vivas ni muertas, si bien Cortés esperó hasta que casi toda la gente se hubo marchado, salvo aquellos que habían llegado más tarde, y el fuego estuvo prácticamente extinguido. Solo cuando el último de los bomberos salió del crematorio y se enrollaron las mangueras, perdió la esperanza. Eran casi las dos de la mañana. Sus miembros cargaban con el peso de la fatiga; sin embargo, en comparación con lo que sentía en el pecho, podía decirse que la carga era ligera. Ser víctima de un corazón afligido no era la invención de un poeta: uno tenía la sensación de que el corazón se hubiera convertido en plomo y de que su peso magullaba la carne blanda de sus entrañas.

De camino hacia su coche, escuchó otra vez el silbido, la misma melodía discordante que flotaba de nuevo en el aire maloliente. Dejó de andar y se giró en todas las direcciones en busca del origen del sonido, pero el hombre ya estaba fuera de su vista y él se encontraba demasiado cansado como para perseguirlo. Aun cuando lo hubiera hecho, pensó, ¿de qué le habría servido agarrarlo por las solapas y amenazarlo con romperle sus carbonizados huesos? Asumiendo que su amenaza hubiera surtido efecto (y no había duda de que el dolor sería el alimento para una criatura que silbaba mientras ardía), no habría sido capaz de interpretar su respuesta, al igual que le había sucedido con la carta de Chant, y por las mismas razones. Ambos eran refugiados de la misma tierra desconocida; una tierra cuyos límites Cortés había acariciado durante su estancia en Nueva York; el mismo mundo en el que existía el Dios Hapexamendios y donde había nacido Pai’oh’pah. Tarde o temprano conseguiría encontrar el modo de entrar en ese lugar y, cuando lo hiciera, todos los misterios serían resueltos: el hombre que silbaba, la carta, el amante. Incluso podría resolver el misterio con el que se encontraba casi todas las mañanas frente al espejo: ese rostro que hasta hace poco había creído conocer a la perfección y cuyo código, según se daba cuenta en aquel momento, había olvidado y no podría volver a recuperar sin la ayuda de esos dioses que estaban aún por descubrir.

3

De vuelta en su domicilio de Primrose Hill, Godolphin pasó la noche sentado, escuchando los boletines informativos que narraban la tragedia. El número de muertos se elevaba a cada hora que pasaba; dos heridos acababan de fallecer en el hospital. Por todos sitios se aventuraban teorías acerca del origen del incendio. Los expertos aprovechaban el suceso para comentar la falta de seguridad que existía en lugares tales como los campamentos itinerantes, y exigían que el Parlamento iniciara una investigación exhaustiva para establecer las causas e impedir que se repitiera algo semejante.

Los informes lo dejaron horrorizado. Aunque le había dado carta blanca a Dowd para que se encargara del místico (y quién sabía qué intenciones ocultas yacían tras ese deseo), la criatura había sobrepasado los límites. Tendría que imponerle un castigo por el abuso que había cometido, si bien en esos momentos no se encontraba de humor como para decidir en qué consistiría. Aguardaría la ocasión propicia. Ya llegaría. Mientras tanto, la violencia de Dowd le parecía una evidencia más que suficiente de la alteración en su conducta. Cosas que él había dado por inmutables comenzaban a cambiar. El poder se escapaba de las manos de aquellos que lo habían ostentado tradicionalmente y ahora lo esgrimían sus subordinados (organizadores, secuaces y funcionarios), que no estaban preparados para ponerlo en práctica. El desastre que acababa de ocurrir era tan solo una muestra. Pero la enfermedad apenas si había empezado a incubarse. Una vez se extendiera por los Dominios, no habría modo de detenerla. Ya habían comenzado las insurrecciones en Vanaeph[6] y en L’Himby; había rumores de rebelión en Yzordderrex; y en el Quinto Dominio iba a comenzar una purificación organizada por la Tabula Rasa, lo que proporcionaría un trasfondo perfecto para la venganza de Dowd y sus sangrientas consecuencias. Había signos de desintegración por todas partes.

Paradójicamente, a simple vista la señal más atemorizante era una imagen de reconstrucción: la imagen de Dowd mientras remodelaba su rostro, de modo que si algún miembro de la Sociedad se cruzaba con él, no pudiera reconocerlo. Era un proceso que llevaba a cabo generación tras generación, pero había sido la primera vez que un Godolphin asistiera a dicho proceso. En ese momento, cuando Oscar reflexionaba sobre aquel instante, sospechaba que Dowd había desplegado su capacidad de transformación delante de él con toda deliberación, como una muestra más de su recién adquirida autoridad. Y había funcionado. Contemplar cómo ese rostro que había llegado a conocer tan bien mutaba a voluntad de su poseedor había resultado ser el acontecimiento más angustioso que Oscar había presenciado jamás. El nuevo rostro que Dowd había conjurado no tenía ni bigote ni cejas, su cabello era más lustroso que antes y su apariencia era más juvenil: el rostro del nacionalsocialista ideal. Dowd debió de haber pensado lo mismo porque, poco después, se decoloró el cabello y se compró unos cuantos trajes nuevos, todos de color albaricoque, pero con un corte mucho más severo que los que solía llevar en su anterior encarnación. Percibía la inestabilidad que se avecinaba con la misma claridad que lo hacía Oscar; sentía la podredumbre en la clase política y se estaba preparando para la llegada de una Nueva Austeridad.

¿Y qué mejor instrumento que el fuego? El fuego era el gozo del censurador de libros, la dicha del purificador de almas. Oscar se estremecía al pensar en el placer que habría obtenido Dowd con su trabajito nocturno, tras haber asesinado de un modo tan cruel a familias enteras en su afán por perseguir al místico. Sin duda, regresaría a casa con el rostro bañado por las lágrimas y afirmando estar arrepentido por el daño que había causado a tantos niños. Pero no sería más que una actuación, una farsa. La criatura carecía de la capacidad de sentir dolor o arrepentimiento, y Oscar lo sabía. Dowd era el engaño personificado y, a partir de ese momento, tendría que estar en guardia. Los años placenteros habían llegado a su fin. En lo sucesivo, dormiría con la puerta de su habitación bien cerrada con llave.