26

—Dios mío —exclamó Robert desde la proa del SS Bird of Paradise, rodeado de pasajeros.

Maui ya había quedado atrás y la Gran Isla se acercaba lentamente. Todos contemplaron en silencio la enorme nube de vapor que se elevaba del mar en el punto en el que la lava se precipitaba por los acantilados y hacia hervir las aguas del océano. El cielo estaba cubierto de humo y gases volcánicos, y por toda la costa ardían aldeas enteras.

Entraron en la bahía de Hilo entre el traqueteo del motor y el oleaje, y vieron a una multitud de hombres, mujeres y niños que aguardaban en el muelle, cargados con fardos y cajas, cerdos, perros y gallinas, gritando que querían salir de la isla.

El vapor se acercó al muelle y los trabajadores del puerto se apresuraron a atrapar las amarras que les lanzaban desde cubierta. Anna vio a un hombre, de aspecto corpulento y en mangas de camisa, encaramado en lo alto de una caja y dirigiéndose a una multitud aterrorizada. Un grupo de marineros de aspecto aguerrido contenían la marea de gente.

—Ese es Clarkson —dijo Robert—. Es el agente portuario. Su abuelo ya lo era cuando mi madre llegó a la isla.

—¡Ah del barco! —gritó Clarkson levantando la vista hacia la cubierta del SS Bird of Paradise—. ¿Cuántos podéis llevar?

El primer oficial echó un vistazo a la atestada cubierta antes de responder.

—¡Seis y sin animales!

Los trabajadores del puerto colocaron la pasarela y la muchedumbre se abalanzó hacia ella. Clarkson apuntó una pistola hacia el cielo y disparó; el estruendo fue tal que la multitud se detuvo al instante.

—¡Solo los que puedan pagar! —gritó—. ¡Y únicamente aceptamos dinero!

—Malnacido —gruñó Robert mientras Anna y él desembarcaban—. Aprovechándose del miedo del prójimo… Lo que esos pobres diablos no saben es que tendrán que pagar de nuevo cuando suban a bordo.

La gente gritaba y suplicaba. Las madres mostraban en alto a sus bebés, esperando que eso les concediera algún tipo de prioridad. Un anciano que caminaba con muletas suplicó a Clarkson que lo dejara embarcar, pero el agente portuario solo permitió pasar a aquellos que se acercaron con las manos llenas de monedas y las dejaron caer en sus grasientas manos.

Los seis afortunados subieron a bordo, dos hombres y cuatro mujeres, todos kanaka, abrazados a sus posesiones. La muchedumbre intentó romper el cordón humano que los contenía, amenazando con invadir el barco, así que retiraron la pasarela y el vapor hizo sonar la sirena. Las palas empezaron a girar y la embarcación se separó del muelle. El capitán ya había advertido a Robert que, al igual que en Kona, la escala sería lo más breve posible porque todo el mundo estaba desesperado por salir de la isla. El SS Bird of Paradise recalaría al sur de la isla, mucho menos poblado, a fin de abastecerse de agua y madera para los motores.

—Hacia dieciocho años que no venía —dijo Robert mientras se abrían paso entre la multitud hacia el agente portuario, que estaba contando su dinero—. Fue cuando murió mi padre y trasladé la sede de la empresa a Honolulú. Esto está muy cambiado. Clarkson sabrá dónde conseguir caballos.

El agente abrió los ojos al verlo llegar.

—¡Vaya, vaya, si es el capitán Farrow! ¡Ha pasado mucho tiempo desde la última vez, señor!

—Necesitamos caballos, y rápido.

Clarkson se rascó la descuidada barba.

—Yo probaría con Jorgensen. Si sigue la carretera encontrará su establo, si es que continúa en pie. Cuando empezaron los temblores muchos caballos huyeron asustados. Se escaparon. Los propietarios no saben dónde están. ¿Adónde planea ir? —preguntó al tiempo que observaba a Anna con una curiosidad evidente.

—Hacia el sur, al bosque de Kahauale.

Clarkson soltó un largo silbido.

—Esa zona es muy peligrosa. Demasiado cerca de la caldera. ¿Van a rescatar a alguien?

—Algo así.

—No se lo recomiendo. La actividad es intensa allí. Aparecen bocas nuevas por todas partes, enormes. Lo más probable es que acaben engullidos por la tierra.

El pueblo estaba sumido en el más absoluto caos. Sus habitantes iban de un lado a otro, aterrorizados, buscando a sus seres queridos y preguntando por los animales que se les habían escapado. Muchas de las casas de madera se habían desplomado y ahora eran montañas de escombros. La gente se sentaba frente a lo que quedaba de sus hogares, envueltos en mantas y con la mirada perdida. En el centro de la población, frente al pequeño ayuntamiento y las oficinas gubernamentales, se levantaba un improvisado campamento donde los misioneros ofrecían camastros y repartían comida y ropa entre aquellos que no tenía adónde ir.

El establo de Jorgensen seguía en pie, aunque su propietario, un inmigrante de casi setenta años, estaba tan nervioso que Robert necesitó tiempo y paciencia hasta que consiguió hacerse entender.

—¿Caballos? —repitió el hombre, visiblemente desconcertado—. Solo me queda uno. Los demás salieron de estampida después del primer terremoto. Gracias a Dios que mi esposa está en Oahu visitando a su hermana. ¡Dicen que la isla va a hundirse en el mar!

—Un caballo, por favor, tenemos prisa.

—Sí, por supuesto.

Jorgensen se dispuso a preparar a la yegua. Buscó entre todos los arreos que se habían caído de las paredes y las vigas; parecía que un tornado había arrasado el establo. Por fin encontró unas bridas y se las entregó a Robert.

—Empezó en plena noche —explicó el hombre, que aún buscaba entre un amasijo de correas, riendas y pesos—. La lava empezó a brotar del suelo en Kahuku y avanzó rápidamente hacia el mar. Dicen que se ha abierto una falla de alrededor un kilómetro y medio de largo que escupe chorros de lava al aire y que arrasa los bosques a su alrededor.

Por fin encontró el peto. Se lo entregó a Anna, quien ayudó a Robert a preparar al caballo.

—Por lo que he oído —continuó Jorgensen—, el flujo de lava se dividió en varios ríos paralelos al llegar a las planicies, mientras que el principal siguió hacia el mar e hizo que las olas hirvieran con una violencia nunca vista. La lava destruyó un rancho con treinta cabezas de ganado, pero la familia que vivía en él consiguió escapar en camisón. Fue entonces cuando empezaron los terremotos…

De pronto la tierra tembló.

—¡Otra vez no! —exclamó Jorgensen.

—Tenemos que darnos prisa —dijo Robert, y ayudó al anciano a asegurar la silla.

Cuando el caballo estuvo listo Robert colgó el petate del pomo, montó y se inclinó para ayudar a Anna. Ella se cogió con fuerza a su cintura y se alejaron del pueblo al galope.

Cabalgaron a toda velocidad entre casas de madera y cabañas de ramaje siguiendo un estrecho sendero que se abría entre campos de cultivo. La vegetación se hizo más densa, más verde, y ya no había viviendas. Hilo había quedado atrás. A la derecha, más allá del bosque, enormes columnas de humo y gases ascendían hacia el cielo mientras que a la izquierda, un poco más adelante, vieron gigantescas nubes de vapor elevándose sobre las olas donde la lava se precipitaba al mar.

—La Vagina de Pele está por allí —dijo Robert. Detuvo la montura y señaló hacia una zona de vegetación tan espesa que Anna pensó que era una pared de vegetación sólida—. Según la descripción de Mahina, la cueva está en los límites de la erupción de 1830. —Negó con la cabeza y añadió—: Pero hay muchos campos de lava por ahí.

El suelo tembló de nuevo y Anna vio una bandada de pájaros rojos y azules, un centenar quizá, levantar el vuelo sobre las copas de los árboles y dirigirse hacia el mar.

—¡Agárrate fuerte! —gritó Robert, y se adentraron en el bosque.

Anna pegó la cara a la espalda de Robert mientras cabalgaban a toda velocidad entre ramas, hojas afiladas y enredaderas que caían de los árboles. A través de estos vio zonas de tierra desnuda, lava brillante y ancestral, partida allí donde los helechos ama’u se habían abierto paso entre las grietas. Galoparon a través de claros donde los cascos de la yegua repiqueteaban sobre la lava solidificada, las plantas florecían y la frágil superficie de la lava endurecida se deshacía hasta transformarse en tierra. Llegaron a otro espacio abierto donde Anna vio más vegetación, brotes y enredaderas que eran el inicio de un bosque joven y que cubría lo que antes era un desolado campo de lava. Vio los helechos y los matorrales ’ohelo repletos de frutos que eran sagrados para Pele y pensó: «La lava, antes destructiva, ha dado vida a un bosque nuevo».

De pronto la tierra se elevó bajo sus pies y volvió a desplomarse como las olas del mar durante una tempestad. A su alrededor llovieron piedras y las rocas se partieron por la mitad.

—¡Mira! —gritó Anna.

Una manada de jabalíes había emergido de entre los árboles entre chillidos aterrorizados. Robert tuvo que controlar a la yegua mientras las bestias, enormes y dotadas de terribles colmillos, pasaban por delante de ellos.

Siguieron avanzando, ahora más despacio. Robert tenía que encontrar espacios por los que pasar entre el tupido bosque de árboles ohia, cuyas flores, rojas y con espinas, arañaban los brazos de Anna.

El suelo volvió a temblar y la yegua se levantó sobre las patas traseras con tanta energía que estuvo a punto de tirarlos al suelo.

—¡Tenemos que soltarla! —gritó Robert levantando la voz por encima del ruido ensordecedor del terremoto. La ayudó a bajar de la montura, soltó el macuto, dirigió el animal hacia Hilo y lo vio alejarse al galope—. No le costará encontrar el camino de vuelta a casa —dijo.

Siguieron a pie, ascendiendo lentamente por la pendiente cubierta de musgo mientras la tierra bajo sus pies no dejaba de temblar y los árboles se desplomaban a su alrededor, como arrancados por la fuerza de un viento huracanado. De pronto se oyó una explosión y vieron, a través de los árboles, a menos de cien metros de allí, un enorme surtidor de lava que brotaba del suelo y escupía rocas hacia el cielo. Robert y Anna se cobijaron bajo un baniano enorme y aguardaron. Desde allí podían ver el océano. Horrorizados, advirtieron que la marea se retiraba de la orilla y desaparecía aguas adentro, dejando tras de sí un lecho de arena húmeda. Unos segundos más tarde una ola enorme se levantó a unos mil quinientos metros de la costa, avanzó hacia la isla, rebasó los acantilados y anegó la tierra, barriendo todo a su paso.

Robert y Anna echaron a correr entre los helechos húmedos y las enredaderas, las gruesas ramas de los árboles y las hojas cubiertas de rocío. Un bosque de niebla y verdor. El suelo se movía bajo sus pies. Temblaba, retumbaba sin cesar.

Anna perdió el equilibrio y cayó.

Casi sin detenerse, Robert la levantó y la mantuvo sujeta por el brazo.

El suelo cubierto de musgo sobre el que corrían vibraba y se estremecía. Oyeron otra explosión, muy cerca de donde estaban, y notaron el olor acre del azufre. Los temblores ganaron en intensidad. Apenas podían mantenerse en pie, como si una fuerza invisible quisiera hacerlos caer de rodillas.

Y de pronto lo vieron, a escasos metros de distancia, el río líquido que brotaba de una grieta en la tierra con un caudal tremendo. Ante sus ojos aterrorizados cuatro gigantescas fuentes de lava escupieron el rojo líquido con auténtica virulencia, lanzando rocas enormes hacia el cielo. Los dos acabaron en el suelo. El calor era tan intenso que las plantas que había a su alrededor se volvieron marrones antes de marchitarse. Oyeron gritos a lo lejos, por detrás de ellos, y el violento silbido del mar que hervía sin cesar. Siguieron avanzando, esquivando las grandes gotas de lava escupidas por el volcán.

—¡No creo que lo consigamos! —gritó Robert, y en aquel preciso instante la tierra volvió a temblar y un árbol lehua gigante se partió por la base y se desplomó a escasa distancia de donde estaban—. ¡No podemos rodearlo!

Anna levantó la mirada hacia el cielo, hasta las oscuras nubes de gases volcánicos. El olor a azufre era tan intenso que tuvo que contener una arcada. Podía sentir el calor de la ira de Pele sobre la piel. Y, de pronto, recordó algo…

—¡Tenemos que encontrar la forma de seguir avanzando! —dijo Robert mientras buscaba en el petate, sacaba un cuchillo de caza y golpeaba las ramas con él como si fuera un machete.

Anna bajó la mirada al suelo, al musgo que lo cubría, a los helechos, a las hojas que se agitaban con cada sacudida.

Pensó: «Este es el hogar de Pele, una isla vieja como el tiempo. No sabe nada del mundo moderno. Exige ser honrada según las viejas tradiciones».

Pero ¿qué era…? Intentó recordar. Algo que Mahina le había enseñado.

¡Sí! ¡Eso era!

Extendió los brazos e inclinó la cabeza hacia atrás como si fuera a ejecutar el salto del ángel. Con la cara dirigida hacia el cielo y los ojos cerrados empezó a cantar en voz alta:

Aloha mai no, aloha aku… o ka huhu ka mea e ola ’ole ai… E h’oi, e Pele, i ke kuahiwi, ua na ko lili… ko inaina…

Robert se dio la vuelta y la miró. Conocía aquel cántico y la postura de un ritual que había visto realizar a Mahina muchas veces.

Anna levantó la voz para hacerse oír por encima del rugido de la tierra.

Aloha mai no, aloha aku…

Bajó los brazos lentamente mientras las palabras seguían brotando de su boca. Empezó a hacer gestos, a enfatizar las frases con golpes rápidos y precisos y puñaladas que acometía con las manos.

De pronto se agachó y, con los ojos cerrados, movió las palmas sobre el suelo rocoso.

E h′oi, e Pele! I ke kuahiwi, ua na ko lili… ka inaina!

Robert la observó extasiado. Había visto y oído a muchos danzantes y cantantes nativos expertos a lo largo de su vida, y Anna los imitaba a la perfección. ¿Acaso Mahina había estado enseñándola en secreto? Su cántico era perfecto, con pausas glotales y vocales alargadas en los sitios exactos, y las manos realizaban su propia danza mientras los dedos ondeaban sobre la lava, acariciando la roca dura.

De pronto su voz se apagó. Se levantó lentamente del suelo y abrió los ojos. Los dos miraron a su alrededor y se dieron cuenta de que los temblores habían cesado.

—¡Rápido! —Robert la cogió de la mano—. Ahora podemos escalar por estas ramas rotas.

Se abrieron paso a través de ellas y de las hojas afiladas y, cuando emergieron al otro lado, Robert señaló hacia delante.

—¡Mira! Anna observó el paisaje maravillada. Parecía imposible que, en el corazón de aquel enorme y denso bosque tropical hubiera un campo de lava negro y desértico de varios kilómetros de anchura. Nunca había visto un paisaje tan desolador como aquel. No había ni un solo árbol, ni un matorral, ni siquiera una brizna de hierba en todo aquel mar interminable de lava solidificada. Imaginó cómo había sido en el pasado, un río rojo y sinuoso que desprendía un calor inimaginable.

—Tiene que ser de la erupción de 1830 —dijo Robert—. Seguro.

El lugar en el que Pua se había adentrado en el fuego de Pele y se había sacrificado inmolándose.

—La cueva ha de estar dentro de este perímetro. Por aquí.

Avanzaron entre los árboles, con el campo de lava a la izquierda. El viento había cambiado de dirección y traía consigo el humo y los gases de varias chimeneas volcánicas no muy lejanas. Anna se preguntó si habría alguna cerca, si al traspasar la siguiente hilera de árboles se encontrarían con un río ardiente. Mientras Robert abría un sendero con el cuchillo y sujetaba las ramas para que pudiera pasar, Anna no apartaba la mirada de la extensión yerma que se extendía a su izquierda. De vez en cuando veía retazos de hierba y vegetación allí donde la lava de 1830 se había bifurcado para rodear una zona de bosque, que permanecía intacta.

¿Sería eso lo que les pasaría a Robert y a ella? «¿Acaso encontraremos un río de lava frente a nosotros y, al darnos la vuelta, descubriremos que nos ha rodeado, que estamos atrapados?».

Llegaron a un pequeño claro cubierto de musgo y de helechos de un color esmeralda tan espectacular que parecían sacados de un cuento de hadas. Al otro lado, un curioso montículo cubierto de hierba despuntaba entre los árboles.

—Eso podría ser una antigua chimenea —dijo Robert.

Anna observó aquella roca tan extraña que se elevaba del suelo del bosque sin que hubiera ninguna otra colina cerca. Estaba cubierta de helechos, de flores y de enredaderas. Robert retiró la vegetación hasta dejar al descubierto un agujero negro en la tierra.

—¿Será aquí? —preguntó Anna.

—Se corresponde con la descripción de Mahina. Una cueva lo suficientemente grande para que una persona pueda entrar sin tener que agacharse. Espero que sea estable.

—Los temblores han cesado.

Robert prestó atención al silencio reinante y luego sonrió.

—No sé qué has hecho, pero Pele parece satisfecha. Por el momento… Será mejor que nos demos prisa antes de que despierte de nuevo.

Se quitó el petate de la espalda, sacó una linterna y, tras prender la llama, entró lentamente en la cueva.

Necesitaron unos segundos hasta que sus ojos se acostumbraron a la falta de luz. La cueva, además de oscura, era muy húmeda, pero era alta y su anchura bastaba para que ambos caminaran uno al lado del otro.

—Según la descripción de Mahina —dijo Anna—, la Piedra de Lono es grande, y está tallada en una roca de lava solidificada que fue pulida hasta hacerla brillar. Es muy explícita en la forma y lo que significa.

Robert acercó la linterna a las paredes rocosas de la caverna y encontró la figura ritual sobre una repisa natural.

—Sigue aquí —anunció.

—Mahina me contó que había algo más en la cueva, algo kapu que no debería haber mirado.

Robert alumbró con la linterna las paredes, el techo y el suelo.

—No veo nada.

—Espera —lo interrumpió Anna—. ¿Qué era eso? Un poco más atrás… ¡Ahí!

—¿Dónde? No veo nada —repitió.

Se adentraron en la caverna hasta llegar a una grieta que se abría en la pared.

—Es esto —susurró Anna—. Esto es lo que vio Mahina cuando entró en la cueva. El kapu más prohibido de todos.

Robert enfocó con la linterna el interior de la grieta y la llama iluminó unos huesos y los objetos enterrados con ellos. Los restos de una capa con plumas amarillas. Un casco alto y arqueado. Lanzas. Una talla en madera de un dios.

El cráneo. Los largos huesos…

—Santo Dios —susurró Robert—, ¿es…?

—El jefe Kekoa fue uno de los jóvenes que partió con el cuerpo de Kamehameha para enterrarlo en algún lugar secreto donde nadie pudiera encontrarlo y robarle el mana.

Kaiwi kapu, los huesos sagrados —murmuró Robert, estupefacto ante la certeza de que se encontraban en presencia del símbolo supremo de Hawái: el héroe legendario en persona, Kamehameha el Grande.

Y, de pronto, Pele despertó.

Un terrible temblor sacudió la zona, y del techo de la cueva se desprendieron rocas y piedras. Robert y Anna echaron a correr. De repente la cubierta cedió por completo y se desmoronó en una lluvia de rocas y pedruscos. Cuando la tierra dejó de moverse y el polvo se aposentó, vieron que la salida estaba bloqueada y que no entraba ni un triste rayo de sol.

—Anna, estás sangrando.

Robert levantó la linterna para examinarle la frente.

—Estoy bien —replicó ella—. Un simple corte. Parece más grave de lo que es. —Se arrancó los puños de encaje del vestido, hizo una bola con ellos y se la aplicó en la frente—. ¿Cómo vamos a salir de aquí? ¡No podremos mover esas rocas!

Robert iluminó la pared de rocas que les cerraba el paso. Empujó aquí y allá en busca de algún punto débil. Luego retrocedió y la contempló en su conjunto.

—Solo se me ocurre una forma de salir. —Señaló la piedra más grande—. Hagámosla rodar y reptemos a través del agujero que deje. —Se frotó la cara, cubierta de polvo y sudor—. El problema es que no cede. —Reflexionó un instante y exclamó—: ¡Arquímedes!

—¿Cómo?

—Un griego de la Antigüedad que dijo: «Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo». —Volvió a recorrer las paredes con la linterna—. Una palanca amplifica la fuerza que se aplica a un objeto para desplazarlo, así que lo único que necesitamos es…

—¿Qué estás haciendo? Robert había introducido una mano en la grieta de la pared y rebuscaba entre las cosas que había en ella. Cuando la sacó, sujetaba una vara larga y gruesa. —La vieja lanza de Kamehameha. En muy buen estado, por cierto. Si los hawaianos no se equivocan y el mana de una persona reside también en sus posesiones, el poder del gran rey obrará en nuestro favor. A hora necesitamos un punto de apoyo. No creo que me cueste encontrarlo.

El suelo tembló, como si Kamehameha protestara por el uso tan vulgar que hacían de sus objetos reales. O quizá, pensó Anna, expresaba su aprobación al saber que iban a utilizar su lanza en un reto tan valeroso. La Piedra de Lono estaba al otro lado de los escombros. Si no conseguían salir de allí no podrían devolverla al pueblo de Kamehameha.

Robert dejó la linterna en el suelo, movió una piedra, encajó la lanza, movió otra vez la piedra y volvió a encajar la lanza. Repitió el mismo proceso hasta que por fin anunció que aquella seria su única oportunidad de salir de allí. Introdujo la punta de la lanza bajo la roca y descargó toda su fuerza en el otro extremo.

No pasó nada.

Volvió a intentarlo, con tanto ímpetu que se le hincharon las venas del cuello, pero sin éxito.

Anna corrió a ayudarlo y se situó delante de él. Robert contó hasta tres, y los dos empujaron hacia abajo al mismo tiempo. Temían romper la lanza, pero aun así ella apoyó todo el peso de su cuerpo mientras él, detrás, se esforzaba tanto en tirar que se le escapó un gemido.

De pronto la piedra cedió y, con un último empujón, rodó hasta caer al suelo, dejando tras de sí una abertura lo suficientemente grande para reptar a través de ella.

Sin embargo, cuando pasaron al otro lado no encontraron la Piedra de Lono. Había quedado sepultada tras el desprendimiento del techo.

El suelo empezó a moverse de nuevo, y esa vez los temblores eran tan violentos que parecía que se hallaran en un temporal en medio del mar. Robert y Anna se quedaron donde estaban y siguieron excavando frenéticamente con las manos, a pesar del polvo y la tierra que les caía encinta.

—¡La tengo! —exclamó Robert—. ¡Y está intacta!

Anna acabó de apartar las últimas piedras mientras él tiraba con cuidado del falo de lava solidificada desde abajo.

El terremoto aumentó de magnitud.

—¡Corre! —gritó Robert con la Piedra de Lono sujeta contra el pecho.

El suelo tembló de tal modo que a punto estuvo de caerse de bruces, pero consiguió salir de la cueva justo detrás de Anna, apenas unos segundos antes de que se derrumbara.

Con un ruido ensordecedor y una explosión de rocas y polvo, la caverna de lava se desplomó por completo, sellando la Vagina de Pele para siempre.

Anna aguardaba en la galería superior de la casa. Estaba junto al telescopio de Robert, pero no miraba el mar. Observaba la carretera que venía del palacio ’Iolani, donde Robert había pasado los últimos cuatro días deliberando a puerta cerrada con el rey y los pocos ali’i que quedaban en las islas.

Habían salido de Hilo a bordo de un vapor repleto de viajeros. Durante el trayecto intentaron no relacionarse con nadie; tenían que proteger el tesoro que portaban, de un valor incalculable. Apenas se dijeron nada. Estaban exhaustos, y la experiencia del volcán los había dejado agotados mentalmente.

Al llegar a Honolulú Robert había insistido en que Anna se quedara en su casa (¿adónde más podía ir?), pero desde entonces casi no lo había visto.

Ahora lo esperaba en la galería, nerviosa y con muchas dudas acerca del futuro.

Allí estaba, acercándose calle abajo. El ala del sombrero le tapaba la cara, así que no pudo adivinar sus emociones. Robert se había reunido en privado con la realeza y los nobles de Hawái para determinar el destino de la Piedra de Lono. Quería que la custodiaran los leprosos de Molokai, pero había quienes pretendían exponerla en palacio.

Anna bajó la escalera a toda prisa, sujetándose la falda de aquel vestido que la señora Carter le había prestado hasta que decidiera qué quería hacer, y se reunió con Robert, que acababa de entrar por la puerta.

—¿Y bien? —le preguntó.

Él la miró con una expresión circunspecta. Acto seguido se quitó el sombrero y le sonrió.

—¡Han aceptado llevar la piedra a Molokai!

—¡Oh, Robert, qué gran noticia!

—Sí, lo es —dijo él sin apartar los ojos de ella.

Anna sintió que algo se removía en su interior y que se le aceleraba el pulso al saberse tan cerca de Robert Farrow. Todavía no habían hablado de la noche que habían pasado a los pies del Pali, después de que el jefe Kekoa muriera. Entonces creía que aquella sería la única vez que estaría entre sus brazos, estaba convencida de que nunca más volvería a verlo, pero allí estaban…

—Anna —dijo Robert cogiéndola de la mano—, ven conmigo. Quiero decirte algo. La llevó hasta su despacho y de allí a la terraza cubierta, repleta de flores de colores deslumbrantes y donde el viento traía consigo la fragancia tropical de la isla.

—Mi querida Anna… No sé cómo expresar los sentimientos tan profundos que mi corazón alberga. Decir que te amo no basta. No hay palabras para describir lo que siento por ti.

—Sí que hay una —afirmó ella—. Aloha! —Y la dijo como Mahina o Kekoa, casi suspirando, arrastrando la «O» hasta convertir esa palabra en la expresión máxima del amor.

Aloha —susurró Robert. Y de pronto la sorprendió hincando una rodilla, tomándola de la mano y diciéndole con pasión—: Anna Barnett, eres el gran amor de mi vida y sé que moriría ahora mismo si supiera que no podré vivir contigo a mi lado. Por favor, cásate conmigo. Sé la señora Anna Farrow y comparte tu vida conmigo. Prometo hacerte tan feliz como me sea posible.

Anna sonrió.

—Si, mi querido Robert, por supuesto que me casaré contigo.

Él se puso en pie y la atrajo hacia si para darle un beso, tras el cual se apartó con una sonrisa enorme y los ojos brillantes.

—¡Soy el hombre más feliz del mundo! —declaró—. ¡Oh, Anna, las cosas que haremos juntos, los lugares que visitaremos! El mundo nos espera.

Ella tembló de la emoción al imaginar su futuro.

—Pero antes tenemos que ir a Molokai.

Una multitud los despidió en el puerto de Honolulú, partidarios todos de que la piedra sanadora de Lono fuera llevada a la isla de los leprosos.

Habían decidido no revelar el otro secreto que habían descubierto en la cueva, la tumba del héroe más famoso de Hawái; así preservarían el mana de Kamehameha el Grande.

Robert, Anna y Jamie se acercaban ya a la zona este de la península de Kalaupapa, en la costa norte de Molokai, una bahía en la que ningún barco soltaba anclas, donde no había muelle, ni aduana, ni siquiera un triste bote de remos. La playa, desierta y desolada, y el pequeño valle que se abría detrás estaban rodeados por escarpados acantilados y picos cubiertos de bruma perpetua.

Los tres estaban en cubierta, observando a la gente que salía de chozas y refugios rudimentarios y se reunía en la orilla en espera de que las olas arrastraran hasta la arena las cajas de suministros.

Cuando soltaron amarras Robert, su hijo y Anna subieron a un bote, repleto ya de alimentos y otros enseres, y los marineros ocuparon sus puestos a los remos. Desde la cubierta arriaron la pequeña embarcación para transportarlos a tierra.

Los marineros llevaron el bote hasta la playa y empezaron a descargar los suministros mientras una multitud silenciosa observaba la escena. La enfermedad no los había afectado a todos por igual; algunos estaban ya terriblemente desfigurados, pero otros aún tenían buen aspecto. Muchos se cubrían los dedos de las manos y de los pies con trozos de tela, y los había que incluso se tapaban la cara. Había ancianos y niñas. Algunas de las mujeres sujetaban en brazos a sus bebés.

—Qué lugar tan horrible —dijo Anna con lágrimas en los ojos mientras una racha de viento soplaba desde lo alto de los acantilados.

La gente que se había reunido en la playa se apartó y apareció una mujer robusta cubierta con un muumuu azul claro que flotaba a su alrededor.

Aloha! —exclamó con los brazos alzados.

Mahina abrazó a su yerno y a su nieto, y se echó a llorar de emoción. Pero la sorpresa que reflejó su rostro fue aún mayor cuando se volvió hacia Anna.

—¡Keleka! —gritó.

—Ya no soy Theresa. Soy Anna.

Mahina sonrió.

—¡Anna! Suena nombre hawaiano. Tienes pelo. Muy bonita.

No le dijeron que Kekoa había muerto. Ya tenía suficiente dolor con el que lidiar.

Robert observó a la multitud, que vigilaba las cajas que estaban apiladas en la playa. Luego miró a Mahina.

—¿Cómo va, madre?

Ella sonrió.

—Antes todo muy mal. Nos tiran por la borda. Tiran comida al mar. Antes de venir Mahina a Molokai muchas peleas por comida. Cuando cajas llegan a tierra solo hombres grandes y fuertes comen. Todos los otros pasan hambre. Pero ahora me escuchan porque soy ali’i. Ahora hay paz.

—Madre —dijo Robert—, voy a enviar suministros para construir casas de verdad. Recibiréis ropa y medicinas de forma regular. Cuando llegue gente nueva nadie la lanzará por la borda. No se verán obligados a nadar hasta la orilla; los acercarán en barca. Tengo un regalo para ti —añadió, y le entregó el macuto de lona que había traído desde el barco.

Mahina lo abrió y sus ojos se agrandaron al ver lo que contenía. Cuando miró a Robert, su rostro mostraba una alegría y una gratitud tan sinceras que él se sintió conmovido.

—Tú encuentras —susurró Mahina—. Tú vas a cueva de Pele y encuentras Piedra de Lono. Ahora mi gente puede curar. Robert se volvió hacia los marineros, que se habían refugiado en la seguridad del bote y desde allí, visiblemente nerviosos, vigilaban a los leprosos.

—¡Eh, vosotros! Abrid las cajas.

Pero no se movieron. Mahina puso una mano en el brazo de su yerno.

—Ellos no acercan a enfermos. Ve, hijo. Tú y Anna y Pinau. No acerques a nosotros. Mahina abre cajas y reparte comida y ropa.

Robert observó los rostros sin expresión, algunos con lesiones terribles, otros sin apenas marcas, mujeres hermosas y jóvenes apuestos, pero también lisiados y ancianos con las manos tan deformadas que parecían garras.

—Madre —dijo Robert—, ¿por qué no vuelves con nosotros?

Mahina negó con la cabeza.

—Hace muchos años Mika Kalono y Mika Emily vienen a Hilo, mi madre Pua quiere ser amiga de haole. Ella aprende a leer y escribir. Ella escucha historias de Jesús. Ella dice a Mika Kalono que ella reza a Jesús. Pero él dice solo a Jesús. Solo dios haole. Mi madre dice nosotros tenemos Pele y Lono, tenemos Kane y Laka. Tenemos diosa de nacimiento y dios de guerra, diosa de leche y dios de trueno, diosa de luna y dios de viento. Nosotros tenemos diosa lagarto y dios tiburón. Tenemos ’aumakua, espíritus de ancestros. ¿Adónde van? ¿No rezamos a ellos, no damos regalos y sacrificios y canciones sagradas? Así que guardamos, pero también rezamos a Jesús. —Movió la cabeza con tristeza—. Mika Kalono dice solo Jesús, solo dios haole. Entonces Mahina queda con su gente y recuerda a gente tradiciones antiguas, y ahora con poder de Lono, gente cura. Mahina crea heiau sagrado y gente de Mahina empieza a curar.

Guardó silencio un instante mientras contemplaba la piedra pulida que atesoraba entre las manos. Luego miró a Robert y dijo:

—Recuerdo Mika Emily día que llega a Hilo hace muchos años. Ella muy bonita. Mi madre Pua acaricia y besa y quiere ser amiga. Mi madre Pua trae a ti al mundo, hijo mío, y lleva a altar de Lono para que bendiga. Siento Mika Emily. Siento que ella hace morir mi gente. —El enorme pecho de Mahina tembló de la emoción. Pero añadió—: Yo perdono. —Se rodeó la cintura como si los abrazara—. Mahalo por regalo de Lono. Sacrificio de Pua no olvida nadie. Mahina explica a gente para que Pua una a leyendas de la isla. Y ahora con piedra sanadora Hawai’i Nui no desaparece. Kanaka viven muchas generaciones.

Mahina estrechó entre sus brazos a Jamie y lo llamó su «pequeño Pinau». Luego se volvió hacia Anna.

—Tú marcha ya, vuelve a casa, a Honolulú, y ayuda mi gente. Y tus haole también.

Mientras el barco levaba anclas, el motor despertaba y las palas empezaban a girar, Jamie preguntó a su padre y a Anna:

—¿De verdad creéis que la piedra de Lono los curará?

—Si no los cura —respondió ella—, al menos les dará esperanza.

Los tres estaban en la cubierta del barco, con la vista perdida en el océano, sintiendo el sol y el viento en la cara. El futuro, como siempre, era un misterio, pero ahora sabían que en buena medida dependía de ellos: Robert Farrow, hijo de una valiente misionera y de un capitán con una gran visión y unas convicciones de hierro; Jamie, con la sangre de los antiguos reyes y guerreros de Hawái mezclada con la de los fornidos marineros de Nueva Inglaterra; y Anna, hija a su vez de pioneros que habían atravesado un continente plagado de peligros para establecerse en el Oeste americano.

A Jamie le esperaba un futuro prometedor en la abogacía y en la política de las islas, en la que haría de nexo entre los kanaka y los haole.

Robert dirigió la mirada hacía el horizonte y pensó en las innovaciones que estaban por llegar al archipiélago: el telégrafo, la tecnología del vapor, barcos más rápidos y más seguros, hoteles para turistas. Sin embargo, el progreso no era lo único que le interesaba, ya no. Le ilusionaban también otros proyectos, gracias a Anna. Trabajaría para introducir nuevas leyes que protegieran los derechos de los nativos. Quería hacer una campaña para retirar la prohibición del hula y otros rituales. También había trazado un plan para echar a Edgeware del gobierno por negligencia y por no preocuparse del bienestar de los nativos.

Pero, por encima de todo, a Robert Farrow le esperaba un futuro emocionante al lado de su futura esposa, Anna Barnett, la mujer que había traído la magia y el amor de vuelta a su vida y que le recordaba quién era él en realidad.

Anna también tenía planes. Por fin era libre para desarrollarse como enfermera. Quería abrir una escuela de enfermería para las jóvenes hawaianas, donde no se limitaría a enseñar lo que había aprendido con las Hermanas de la Buena Esperanza. También recurriría a los programas progresivos de Florence Nightingale. Y aún había más: Mahina le había dado los nombres de los kahuna sanadores de Oahu y de la Gran Isla. Los visitaría, se ganaría su confianza y seguiría ampliando y dando a conocer sus conocimientos sobre los secretos de la medicina kanaka. Su escuela de enfermería combinaría ambos sistemas.

Se dio la vuelta y dirigió la mirada hacia la isla esmeralda donde la niebla creaba arcoíris y la luz del sol brillaba con destellos de oro sobre las aguas, y admiró la capacidad de Mahina para perdonar a Emily Farrow.

Deslizó la mano en la de Robert y sintió un escalofrío de emoción. Estaba ansiosa de que empezara su nueva vida.